Introducción
¿Qué hacemos con los pobres? Ignacio Ramírez, Carta a Carlos Olaguíbel, del 25 de octubre de 1875
Este libro es un memorial de la desmemoria, una crónica del olvido: un recuento de la inveterada relegación a la irrealidad que el país afortunado ha ejercido sobre el país anónimo, sin rostros y sin palabras. Tradición, modernidad, democracia: pasado, presente y futuro vuelven a disputarse los destinos en un tablero donde los mexicanos siguen jugándose el derecho a vivir dignamente.
Una pregunta formulada en 1875 por El Nigromante pende sobre la reiterada querella por la nación: “¿Qué hacemos con los pobres?” Hace diecisiete años, Moisés González Navarro partió de esa pregunta para emprender una extensa y profunda investigación sobre La pobreza en México, dirigiendo la mirada sobre todo hacia los siglos XIX y XX y hacia las acciones que, desde la Iglesia o el Estado, se habían emprendido con la pretensión de aliviarla. La interrogación es más vigente que nunca en el umbral del siglo XXI. Los neoliberales, como ayer los liberales del XIX, deploran la condición de los pobres, “la suerte de los desgraciados” en palabras de El Nigromante. Pero, como hace un siglo, no encuentran caminos para remediarla porque su confianza sigue puesta, únicamente, en las leyes del mercado. La reflexión que me propuse rastreó los callejones que fueron configurando el laberinto de la pobreza y procuró desenredar los hilos que señalarían hacia una salida.
Este libro germinó en una intensa vivencia personal. En 1982 descubrí el “otro México”: el país tradicional, el país campesino, el Sur palpable, con rostros, de carne y hueso. Lo descubrí en Tabasco, recorriéndolo primero varias veces con Enrique González Pedrero en una campaña electoral: de 1983 a 1987 fui testigo y copartícipe de una experiencia llena de lecciones. En un estado con más del 60% de población campesina, donde coexisten la industria petrolera, la ganadería extensiva y los cultivos de plantación con una precaria agricultura de subsistencia, conocí de cerca la penuria y el rezago. Fue una sacudida profunda, que removió esquemas intelectuales y los fue sustituyendo por realidades. La pobreza empezó a tener nombres y, para siempre, dejó de ser una abstracción.
La inquietud por ubicar mejor una experiencia local en el espacio más amplio del desarrollo del país y de la fatalidad que ha marcado el destino de los países pobres fue el punto de partida. ¿No es acaso evidente que los problemas globales se gestan en los espacios locales y deben entenderse y atenderse allí para que puedan incidir las soluciones en un auténtico cambio mundial? Un ir y venir entre lo local y lo global recorre este libro, que fue redactado entre febrero de 1991 y agosto de 1994.
El brote de un volcán social y político en Chiapas, el 1° de enero de 1994, obligó a añadirle un último capítulo a la exploración de los laberintos planetarios de la pobreza y de las espirales de tiempo que fueron desdoblando en México, desde la Conquista, la constante y desmesurada desigualdad.
En el escenario de 1994 afloraron y se hicieron visibles todos los tiempos de México, incluyendo las opciones para el futuro. El proceso y la jornada electorales del 21 de agosto mostraron el traumático entrecruzamiento de los tiempos y se barajaron en las urnas las inercias del pasado y las expectativas del cambio. La incógnita del futuro está abierta.
Una multisecular inercia autoritaria sigue pesando sobre un sistema que impuso, desde los años veinte de este siglo, su proyecto modernizador al país tradicional. El desafío que hoy encara la sociedad civil es el de desplazar los lastres autoritarios premodernos para abrir el acceso a una modernidad democrática que beneficie a todos.
La pobreza y la dependencia clientelar siguen pesando en los sufragios, junto con la convicción arraigada en buena parte de la población de que la persistencia del régimen de partido de Estado responde a una fatalidad inescapable. Al uso discrecional de recursos y de programas, entre los pobres, para fines electorales se asocia la inequitativa disposición de fondos para campañas y el asedio que se tiende sobre la población desde los medios, sobre todo radiofónicos y televisivos. El déficit nutricional y el déficit educativo se retroalimentan y favorecen el círculo vicioso con el que juega el statuquo. Es responsabilidad de los sectores más alertas de la sociedad civil ir abriendo espacios a un ejercicio cada vez más esclarecido de los derechos ciudadanos. Pero el análisis postelectoral de esos temas no será abordado en estas páginas, que concluyen en la víspera del 21 de agosto.
En la antesala del nuevo milenio, México no puede seguir aplazando la reconciliación entre su pasado y su futuro. El agravio de cinco siglos del país tradicional habló a gritos el 1° de enero y entró sin anunciarse, por la puerta trasera, para desazonar la autocomplacencia de las conciencias felices.
La violencia no puede ser el camino. El único camino está en la práctica urgente de una democracia de carne y hueso, sin escamoteos, ni maquillajes, ni reticencias. El país, a seis años del siglo XXI, tiene que insertarse, en condiciones más propicias, dentro del todavía incierto y asimétrico nuevo [des] orden mundial.
No podrá hacerlo sin reconstruir, a la vez, su trama social, la vasta red de comunidades rurales y barrios urbanos donde habita la gran mayoría de los mexicanos. Esa trama que ha sido abatida por una modernización que nunca ha entendido la lógica del “otro México”. Lo único que parece viable es conjugar, en lo sucesivo, un doble modelo.
Hay que modernizar con inteligencia, parsimonia y prudencia, con la mirada hacia fuera pero también hacia dentro. Fortaleciendo el derecho de las comunidades a elegir sus autoridades y a desarrollar sus capacidades básicas. Asegurándoles a los mexicanos pobres el derecho a comer; a prevenir la enfermedad y a curarla; a educarse para entender y aprovechar mejor el entorno inmediato, el vínculo con el país y con el mundo; a insertarse, con la propia identidad y la propia cultura fortalecidas, en el concierto de las otras culturas: en la cultura universal. Sólo entonces habrá condiciones para tener algún acceso, por modesto que pueda ser, a lo que Peter Drucker llama la sociedad del conocimiento y Robert B. Reich ha designado como la red global.
A principios de 1991, nos envolvía el optimismo y la magia de un nuevo milagro. La oferta del Paraíso tenía nuevos nombres y nuevas mecas. El futuro volvía a ser “el país de las maravillas”. En el futuro se habrían multiplicado los panes y los peces y todo alcanzaría para todos. El futuro volvía a ser la tierra prometida. La oferta del flamante milagro que recorría el planeta nos tocaría con la varita mágica de una inserción, por la vía rápida, al Primer Mundo. La globalización no era un hecho complejo, de rostro contradictorio, sino una aparición propicia y ubicua que sembraba, por todas partes, la buena nueva y que pronto nos visitaría, en el cuerpo y el espíritu del Tratado de Libre Comercio.
Cabía preguntarse si la venta de expectativas sería inseparable de la política y si acaso no era inevitable que la convirtiera, casi siempre, en un mercado de milagros. La industrialización acelerada, el crecimiento a altas tasas, el petróleo, el TLC fueron sucesivas ofertas en ese mercado de abalorios. El verdadero milagro estaba en que los pobres siguieran sobreviviendo en la periferia de tantos milagros, esperando siempre en vano el goteo de las lluvias que les ha venido prometiendo el cielo protector del Progreso.
Era un buen momento para mirar alrededor, para mirar hacia atrás, para mirar hacia el futuro y para hacer un balance. En una lenta exploración de casi cuatro años se fue armando este libro, largo como la esperanza de los pobres.
A casi un lustro del fin del segundo milenio y 500 años después de la Conquista, crece la agraviante distancia que siempre ha separado, en México, a los muy pobres de los muy ricos. Una es la desigualdad que se genera, en sociedades donde las oportunidades son más parejas, por las diversas cualidades y talentos personales, y otra la desigualdad oprobiosa que se transmite por generaciones cuando se escatiman los accesos a todas las oportunidades.
Reconciliar, por fin, tradición y modernidad es el único camino. Si todos los intentos de modernización han sido fallidos es porque nunca se intentó una reconciliación sino un avasallamiento: el proyecto moderno pretendió borrar al país tradicional adosándoselo sin miramientos, como lastre, en su marcha a la conquista del Progreso. Por eso sigue habiendo, hoy, dos países. Por eso no hay más remedio que encontrar para ellos un modelo dual, que los contemple a ambos y no excluya al más vulnerable. La democracia, en todos los ámbitos, es la opción reconciliadora.
El proyecto moderno empezó con los Borbones y siguió con Juárez, con Porfirio Díaz, con Carranza, con Obregón y Calles, con los gobiernos que institucionalizaron la revolución. El intento más reciente ha sido la modernización neoliberal. Todos coincidieron en un presupuesto: las culturas “arcaicas” tienen que incorporarse subordinadamente al empuje y la fatalidad del Progreso, que hoy por hoy se llama “globalización”.
El proyecto no ha cuajado porque siempre ha ignorado el rostro del país real y le ha puesto la máscara elegida por las élites. El México impávido y recalcitrante persistió sin embargo. No cristalizó el proyecto porque nunca se escuchó la voz múltiple de los pueblos, de las comunidades, de los pobres. Porque se les quiso imponer una modernidad que los excluía. Se ignoró la aspiración de autonomía de los municipios y los pueblos. Se atropello el consenso para imponer la voluntad del Centro.
Hoy, la brecha entre los dos Méxicos es enorme. La trampa de los milagros fue tan grande como el sueño de los mexicanos. Un sueño de abundancia, en la libertad, engarzó la fantasía de unos cuantos ilustrados, en 1824, de alcanzar en unos cuantos años la prosperidad de los Estados Unidos. El afán de emparejarse con los países modernos e industriosos marcó la gestión de los liberales y los empeños de los “científicos”. El país real, rezagado y macilento, tocó a la puerta e irrumpió sin anunciarse en el festín del Centenario, a caballo y también sin miramientos.
Las noticias de la presencia de México en el concierto de los ricos no habían cambiado la suerte de los peones acasillados ni de los pueblos despojados de sus tierras a lo largo de cuatro centurias. La Revolución Mexicana haría el milagro de cambiarlo todo para que, a fin de cuentas, no cambiara casi nada.
El proyecto modernizador fue retomado con nuevos bríos, para recuperar el tiempo perdido y calzando las botas de siete leguas. Una vez más se quiso brincar rápidamente, sobre 150 años, para alcanzar, entonces sí, el crecimiento de los Estados Unidos. El “milagro mexicano” alzó chimeneas y contaminó la “utopía bucólica” pero no le dio un lugar a los campesinos mientras trazaba carreteras y construía escuelas y extendía el pavimento sobre tierras ejidales.
El milagro estaba agotándose en 1968, cuando los primeros vástagos de la modernización cuestionaron la mecánica autoritaria que sustentaba la estabilidad. Se quiso mostrar entonces la cara benefactora del milagro “compartiendo” mejor sus dones y levantando nuevos e insospechados espejismos de abundancia sobre un subsuelo imaginado como inmenso barril sin fondo, rebosante de petróleo. Las promesas de abundancia naufragaron en un mar de números rojos, de déficit y de asfixiante endeudamiento. El fin de la “economía-ficción” fue seguido por una drástica purga, que permitió sobrevivir a los más aptos —es decir, a los más acolchonados—, diezmó a los estratos medios y emparejó, hacia abajo, a los pobres.
La “segunda modernización” se propuso insertar al país, después de un indispensable ajuste, dentro de la nueva economía global cuyas reglas habría que aceptar en aras del realismo. La teoría del goteo había supuesto primero —a partir de 1940— que había que crecer mucho y multiplicar la riqueza de los que adentro disponían de capitales para que, después, se filtrara hacia abajo y acabara por rociar a los más pobres. Hoy habría que esperarlo todo de un nuevo goteo, que se derramaría sobre los pobres de adentro cuando crecieran y se multiplicaran las inversiones de afuera: las únicas que, ahora sí, serían capaces de esparcir la prosperidad.
Una enorme abundancia de pobres ávidos de salarios, por bajos que pudieran ser, sería paradójicamente el atractivo para esas inversiones, que permitirían volver a crecer y crear empleos. Al milagro de la industrialización protegida, con capitales de dentro y de fuera, y centrada en la ampliación del mercado interno, sucedería el nuevo milagro de una industrialización sujeta a las necesidades globales, promovida sobre todo con capitales de hiera y dirigida a la exportación.
El TLC sería la puerta de entrada al nuevo milagro. Había que apostarle, una vez más, al crecimiento del sector moderno como la panacea que, en algún futuro, acabaría por revertir beneficios sobre el resto del país. En la primera versión del desarrollismo, el sector moderno no pudo absorber al tradicional.
La fórmula neoliberal sostiene que el modelo de más inversiones extranjeras y más exportación goteará más prosperidad.
¿Por qué? ¿Cómo y qué lo garantiza? ¿No sería de esperarse, más bien, una creciente polarización? ¿No tendería la lógica más elemental del mercado a acentuar la concentración de la riqueza en islotes de modernidad y la expansión de la pobreza en el resto del territorio? ¿Acaso la lógica de la producción del capital no lo atrae hacia los enclaves más dinámicos, donde más y mejor tiende a acrecentarse? Hoy, el ingreso de las 24 familias más ricas del país equivale al de 25 millones de mexicanos pobres. El crecimiento desigual, que relega al olvido a los más pobres de las regiones pobres, contribuirá a acentuar la concentración de riqueza y la difusión de pobreza.
El sector moderno tiene su lógica y es la lógica del mercado. Sería iluso no reconocer que esa lógica, en las circunstancias del mundo interdependiente de hoy, es inevadible. Pero también lo sería no advertir que esa lógica, por sí sola, no atenúa sino que acentúa las asimetrías que la han engendrado y que su propio desenvolvimiento engendra. La creación de empleos en el sector moderno nunca podrá absorber a la inmensa mayoría de los pobres. No hay fasttrackal Primer Mundo. Y no habrá un solo país, integrado y razonablemente moderno, mientras esa inmensa mayoría de pobres no tenga acceso a satisfactores razonables para sus necesidades básicas, esencialmente la capacidad de producir, la nutrición y la educación.
La única garantía de estabilidad es reconocer al país real que, todavía hoy, es dos países. La única garantía de estabilidad es abrirle paso a la democracia. El país tiene dos polos, distantes entre sí por años luz de recursos y de oportunidades. El discurso de las profecías, pronunciado por Fray Servando Teresa de Mier en el Constituyente de 1824, sigue vigente: todavía hoy, uno es el país imaginado por las élites y otro el país que arrastra, sin resolverlo, su pasado. Todavía sigue inventándose un país que sirva al Progreso y a la Modernidad, en vez de encontrar accesos modestos, pero reales y para todos, a la modernidad y al progreso. Todavía hoy no se encuentra un modelo coherente con el país real.
No se trata de rechazar, en bloque, la modernidad. ¿Quién querría renunciar a todo lo que puede aportar la nueva tecnología para mejorar la calidad de vida? La modernidad que, una y otra vez, ha defraudado a los mexicanos es la que no entiende que debe imbricarse en una realidad compleja, muy diversa a la de los países desarrollados. Es imperdonable modernizar sólo para unos cuantos, distrayendo o apaciguando a los demás con la falacia de que un día la riqueza va a rociarlos. Una modernización excluyente aleja cada día, en vez de acercarlo, el remedio a la extremosa desigualdad. Hay que aspirar a una modernización incluyente, por la vía de un desarrollo viable y sustentable.
Hace falta un nuevo modelo, que sea nuestra versión de la modernidad, con dos vertientes. Una que acepte y se ajuste a la globalización económica, en el área de empresas que produzcan para exportar, con eficacia, en las condiciones de la competencia mundial. Y otra que ofrezca protecciones temporales a ramas atrasadas, para que maduren y den soluciones a proyectos locales, con amplia participación de las comunidades, para abastecer al mercado zonal, comercializando regionalmente sus excedentes.
Sin renunciar a la eficiencia económica global, ese modelo ha de tener una dimensión social. Sin romper la disciplina del gasto, la estabilidad cambiaria y de precios, debe atender las prioridades del desarrollo humano. Entendiendo que la pobreza en las ciudades refleja la del campo y se ha generado en el campo, debe apoyar con fórmulas realistas, y no esperando a que lluevan improbables inversiones, a un desarrollo integral con campesinos en vez de soñar con desplazarlos “porque no son eficaces”.
Aunque haya más crecimiento con el TLC, México no será viable si no puede abatirse la pobreza extrema. Las inversiones extranjeras crearán un número moderado de empleos calificados en las ciudades y en la agroindustria de exportación. Pero la gran mayoría quedará fuera de esos beneficios. Hay que pensar en un modelo de desarrollo sustentable para el país tradicional, que no quedará automáticamente incorporado al sector moderno.
Cuesta muy caro un empleo en el sector moderno y hay un déficit de cerca de 9 millones de empleos, al que se añade la demanda de un millón anual, que ha sido paliado por la migración hacia los Estados Unidos y la economía informal. Paralelamente a las inversiones que puedan fluir, es urgente fomentar el ahorro interno y apoyar a la industria pequeña y mediana para que mejoren sus manufacturas.
La quiebra de empresas entró en un círculo vicioso, en los últimos años, con la contracción del mercado interno. La gente que perdió el empleo ya no puede comprar nada. Los campesinos nunca pudieron hacerlo. Aun rescatando a la microempresa, el sector industrial no podría asimilar a todos los marginados. Tampoco los servicios, que requieren calificaciones sofisticadas. Los que tocan fondo en la pobreza están fuera del mercado y seguirán fuera. Hay que apoyar la autosuficiencia y pequeñas soluciones locales con modesta participación en el mercado.
Hay que entender que si el país moderno busca sus caminos, los del país tradicional no son necesariamente los mismos. Reconciliar a los dos países significa que la lógica de uno no excluya a la lógica del otro. Significa cuidar que la lógica dominante, porque representa los intereses más fuertes, no pretenda barrer a la otra, que representa los intereses más vulnerables.
El Estado no puede resolverlo todo: cuando lo pretendió, nunca lo hizo. Pero puede regular, facilitar y hacer contrapeso entre los intereses y las demandas sociales. Puede apoyar las soluciones alternativas que, desde los ámbitos locales, la gente busca para sus múltiples necesidades. Puede propiciar un auténtico federalismo y el fortalecimiento de municipios democráticos y con recursos para promover el desarrollo. Puede ver con simpatía y promover, en vez de ver con desconfianza y obstaculizar, las múltiples iniciativas de ONG y de las diversas instancias que ahora canalizan la iniciativa de la sociedad civil. Puede, y debe, prestar oídos a los sentimientos de la nación.
Las soluciones para los problemas globales y vastos son, a menudo, locales y pequeñas. La medida es la de la gente concreta, que vive en un poblado o en un barrio y dispone de mínimos recursos, aun para satisfacer necesidades elementales. La de los pobres, en una palabra. El gasto social no puede distribuirse igual entre desiguales: los más pobres son prioritarios. Los pobres son, además, la mayoría.
¿Quiere decir eso que son pobres porque se reproducen demasiado? Un curioso neomaltusianismo ha empezado a deslizarse en argumentos que nos avisan de la improbabilidad de distribuir mejor el bienestar sin poner coto, antes, al crecimiento demográfico. Cuando no se busca autocomplacerse en la buena conciencia aparecen, pronto, argumentos más consistentes: la gente no es pobre porque tiene muchos hijos sino que tiende a buscar más hijos porque es pobre. Los hijos son la única inversión que pueden hacer los pobres.
La política de control demográfico se inició en los años setenta dentro del esquema de “compartir” el desarrollo. En los sesenta y los setenta la fecundidad sólo descendió en los medios urbanos de clase media y alta. Sin embargo, se pasó del 3.5% en 1973 al 2.6% al terminar la década. Los años de alto crecimiento económico habían coincidido con el crecimiento de la población, alentado además por una deliberada política poblacionista. La desigualdad y los bajos niveles educativos no se alteraron con el “milagro”, cuyos beneficios fueron muy selectivos. La alta fecundidad de los marginados se mantuvo hasta principios de los años ochenta, cuando se integró la planeación familiar en la planeación del desarrollo: se fijaron metas de 2.5% para 1982, 1.9% para 1990 y 1% para el año 2000.
Según los expertos, la meta de 1% para el año 2000 será inalcanzable porque no se han modificado las precarias condiciones de vida. Aunque sus niveles de mortalidad son los más elevados, la población indígena sigue creciendo a índices más altos que los demás mexicanos, por patrones culturales y también, sin duda, por la extrema penuria. Tras casi dos décadas de insistencia en el control, han descendido los índices hasta 1.9% pero no ha mejorado la distribución de beneficios del desarrollo.
Una reciente investigación es muy clara: sin coordinarse con amplias acciones sociales, la simple "regulación poblacional" no es eficaz para lograr una distribución más justa. Para que los índices puedan seguir bajando hay que atender, antes, los grandes rezagos básicos:
Debería insistirse en una voluntad política capaz de impulsar mecanismos eficaces y duraderos de distribución que en México no existen, y cuya ausencia puede ser la causa principal de una abismal desigualdad, de la pobreza, de la paralización del aparato económico y, tal vez, del entorpecimiento del cambio demográfico.
Parece pertinente, cuando tanto se habla de “globalidad”, echar una mirada sobre el sistema global y sus asimetrías; el crecimiento y sus límites y la ubicación de México en ese marco referencial, sin olvidar los azares de su vocación latinoamericana y su frontera de 3 mil kilómetros con el país más poderoso del Hemisferio Norte. A todo eso se refiere el primer capítulo de este libro.
Los doce capítulos que siguen procuran ir detectando, a lo largo de la aventura histórica de México, el divorcio entre el país tradicional y el país moderno que ha sido el común denominador de una reproducción transgeneracional de la pobreza.
Acaso el matrimonio de conveniencia con el vecino próximo y distante, acelerado por la presurosa élite que encabeza al sector moderno, no sea tampoco la solución mágica: la magia y la milagrería sólo operan en lo imaginario. La integración silenciosa que ha ido dándose desde hace décadas no nos ha sacado de pobres. La formalización de relaciones le pondrá más pisos al edificio de la modernidad pero no bastará para esparcir considerablemente sus beneficios. Nada puede sustituir el encuentro, menos espectacular pero más seguro y perdurable, entre los dos Méxicos.
Nada puede sustituir la maduración esforzada y sólida de las mejores reservas del país, que no son por cierto las del petróleo ni las del dinero, sino las de la gente: los cerca de 90 millones de mexicanos que merecen la oportunidad de asumir, con plena conciencia, su destino. La inicua inequidad de las condiciones sociales se refleja, por supuesto, en la inequidad de los procesos electorales. La evaluación final de Alianza Cívica señaló que el 21 de agosto hubo dos elecciones simultáneas: una moderna, relativamente limpia, en zonas urbanas y otra, con alta incidencia de violaciones graves, en zonas rurales, especialmente del Sur del país. Es decir, una elección de Primer Mundo para el país urbano y moderno y otra, muy diversa, para el país rural y profundo . Hasta ahí fue notorio el triste lastre que inhibe los afanes de cambio con su peso muerto.
Sólo una obstinada decisión de los sectores más despiertos de la sociedad civil podrá presionar para que se dé el salto sobre la inequidad electoral y, en condiciones de competencia efectiva en el acceso a los electores, en la información de esos electores y en la prístina emisión del sufragio, pueda transitarse con holgura hacia la democracia.
La reciente Conferencia del Cairo volvió a poner sobre el tapete el gran tema de nuestro tiempo que es el desarrollo sustentable. El atorado círculo vicioso entre el acceso vedado al bienestar y la multiplicación de los pobres no tendrá salida mientras se persista en modelos consumistas y depredadores. La pobreza es un hoyo negro para los pobres pero es, también, un riesgo para los ricos. La estabilidad y la seguridad no son viables sin mejorar la calidad de vida de los que ya nacieron y siguen naciendo pobres.
La participación democrática es la única llave maestra para abrirle paso a un desarrollo de dimensión humana. Para encontrarse con un mejor destino hay que romper primero la fatalidad histórica.
Los dos países que ha sido México tienen que reencontrarse y reconciliarse en uno solo. La única opción es la democracia.
J. C.
15 de septiembre de 1994
Índice general
Agradecimientos
Introducción
Post Scriptum
I. La pobreza en su laberinto
Fin de milenio
¿Fin de la utopía?
Lo global no quita lo local
Los de arriba y los de abajo
La grande bouffe
El fetiche del progreso
¿Nuevas direcciones?
La abundancia no gotea
De Bretton Woods a la década perdida
Globalización asimétrica
Modelos propios
Satisfacer necesidades básicas
El PIB no mide el bienestar
Pensar en la gente antes de tomar decisiones
Experiencia: la prueba de fuego
Aprovechar la globalización en vez de padecerla
No hay más camino que la democracia
El cuerpo maltrecho de Latinoamérica
¿A qué le apostamos?
Modernidad sin consenso no es modernidad
II. ¿Qué hacemos con los pobres?
Rascacielos de riqueza y espinazo de pobreza
Ser pobre en país pobre
El destino de los tlatoque
Y fue nuestra herencia una red de agujeros
Un puente de plata
Los Borbones, precursores de la Reforma
Los que poseen todo y los que nada tienen
1810: una nación que quería ser oída
Un pecado original
La única salvación: sacrificar a las comunidades
La disputa por la tierra
Que nos devuelvan todo lo que nos han quitado
Tener “luces” o gastar en cirios para los santos
Un pueblo de parias
¿Qué hacemos con los pobres?
III. Una revolución parricida
Un juego donde se jugó el destino
Los muchos Méxicos
Todos los tiempos y un “estupor optimista”
Los que hicieron una revolución porque no querían cambiar
La utopía zapatista
Todos los pueblos Anenecuilco
Entre Anenecuilco y Huatabampo, distancia de siglos
Los texanos de México
¿Fin al reparto agrario?
Una revolución parricida
IV. Un compromiso entre dos utopías: Lázaro Cárdenas
Una fórmula conciliatoria
Un gran padre generoso para una orfandad de siglos
Un mosaico de criterios y un Estado catalizador
Todo empieza en lo más pequeño
La Iglesia y los indios
Un país para todos
Lo antiguo y lo moderno en el reparto cardenista
Los sinsabores del ejido colectivo
Cuando la realidad desbordó a la utopía
La modernidad se imponía
Educarse para vivir mejor
Sanar a un país enfermo
Un milagro efímero y una democracia tutelada
V. El milagro mexicano
Un destino manifiesto
Nadie sabe para quién trabaja
Regateando la industrialización
Revolución en crisis pero con alianza patriótica
Así nos han dado la tierra
Un milagro “como debe ser”
La “verdadera solución”: el neolatifundio
Pensar en grande
Charrismo, “mexicanidad" y un alegato impugnador
¿Utopía o sentido común?
Importar capitales o exportar hombres
Los sustentos del “milagro”
Confianza y tranquilidad en el campo
Un verano y un otoño calientes
Espectadores y voceros: una clarinada de disidencia
Un modelo casi mítico
Progreso para un 20%
De cómo inventar un país moderno
La modesta cosecha del crecimiento y un activo faltante: democracia
Tiempo encapotado
VI. En busca de una legitimidad perdida
Borrón y cuenta nueva
Un malestar esquizoide y una fractura ostensible
¿Desarrollo compartido?
Arriba con las inversiones y adelante con la deuda
Economía y democracia, manejadas desde Los Pinos
Los campesinos, “hijos predilectos del régimen”
Gasto alegre, empresas desde arriba y más burocracia
Desarrollismo colectivista
Lo peor y lo mejor de la economía presidencial
Más de lo mismo, con “populismo”
Otra versión de los dos Méxicos
En el filo de la navaja
La apoteosis del sobregiro
La balanza perdió su fiel
VII. El espejismo de la abundancia
Los veneros del diablo
Lo que resiste apoya
Conflicto de lealtades
Una “nueva sociedad” o el preludio de una disputa
Una recomendación: repartir la tierra
La danza de los millones
Las trampas del progreso improductivo
Un doble modelo, garantía de sobrevivencia
Alegre vértigo de finanzas frágiles
¿Crecer o no crecer?
Inoperante “altruismo”
No hacen falta grandes inversiones para que la gente coma
¿Aulas y centros de salud o atención real?
La disputa por la nación
“Malas noticias de la realidad”
Los valores de los mexicanos
Los que heredaron el futuro
VIII. Entre la espada y la pared
Los “nuevos científicos”
Apego a la realidad v siete propósitos irreprochables
Entre la Revolución Mexicana y la neoliberal, prudente rectoría del Estado
Finanzas sanas, Estado esbelto, economía abierta
Entre la espada (de la deuda) y la pared (del ajuste)
La opción de taiwanizarse
Los empresarios, interlocutores del régimen
El “nuevo dogma” y sus impugnadores
A corto plazo todos estamos ya muertos
Una crítica desde la plataforma modernizadora
Protestas sin eco
Importar maíz, una tragedia nacional
Lo que hundió al campo
Lo que podría restaurarlo
Tiempo de rescatar el otro sueño mexicano
Espacios para la pequeña democracia
Hegemonía en jaque: “¿hora cumplida?”
Una generación sacrificada
¿Qué tantos y qué tan pobres?
Campo minado
Elecciones aciagas
Reclamación democrática vs. despotismo ilustrado
Un mandato sutil y contundente
La lección de la elección: un pueblo que votó por la democracia
¿Gobernar al país real o inventar uno a la medida?
IX. El nuevo milagro
Fast track al Primer Mundo
Compromiso con “una política moderna”
Afianzar; desmantelar; renegociar
Apertura vs proteccionismo
Globalización, palabra clave
El circuito de la riqueza
Tres polos y un solo dios verdadero, la economía de mercado....
El modelo neoliberal en la probeta latinoamericana
Reformando al Estado: el proyecto salmista
Los diez mandamientos
Se puede, pero no se debe
“Capitales de la esperanza”
Exitosa privatización
¿Integración por la puerta trasera?
¿Destino manifiesto o apuesta temeraria?
Pros y contras de un matrimonio de conveniencia
Una “ventaja comparativa” demasiado cara
¿Negociar al margen o con la sociedad civil?
Cultura en el tapete y democracia arrinconada
A torn country
¿Acuerdo parejo o venta de ilusiones?
Callejón sin salida
Temores y expectativas
El Tratado en cuestión
¿Ningún TLC u otro TLC?
X. Proyecto en entredicho
El campo que se merece la globalización
El campo ordeñado
¿Escenarios catastróficos?
Ocaso del maíz y fin al reparto agrario
Todas las tierras al mercado
La mesa puesta
Un chivo expiatorio que no se quería morir
Alternativas campesinas
Las disidencias, “el cuarto de junto” y el modelo chileno
¿Diáspora o agricultura con campesinos?
Se equivocan de modelo o se equivocan de país
Milagro “prematuro”
Un proyecto en entredicho
Estancamiento estabilizador
Déficit comercial, desempleo, inversión especulativa
Mitos geniales
Ácida realidad
Neorrealismo futurista
Mi bicicleta por el TLC
Calendario de expectativas y sobresaltos
El campo es mal negocio
Carteras vencidas: la punta del iceberg
¿Subsidios con qué fin?
Procampo: mucho ruido y pocas nueces
¿Éxodo o “gran reservación”?
Las empresas no aguantan más
Entre “Pobre México” y “la nueva grandeza mexicana”, el TLC .
Modelo mexicano
XI. La tela de Penélope
Vertiginosa pobreza
Hambre sin adjetivos
Incipiente filantropía
Religiosos al rescate de los pobres
¿Sociedad derrotada?
Fuenteovejuna, señor
El mito genial del desempleo y el milagro de sobrevivir
Pequeños caminos en la megaciudad
La sociedad civil sí funciona
Los pobres construyendo su política social
Abrir agujerotes y parchar agujeritos
Compensación “sin precedentes”
Escasa participación, mucha publicidad
Un fénix que renacía de sus cenizas: el Estado benefactor
Retejer la tela de Penélope
¿Aritmética solidaria?
Los más pobres, otra vez fuera
Precaria panacea
Una golondrina no hace verano
País alimentado, país educado: país de ciudadanos
XII. Alumbramiento aplazado
Mucha economía y poca política
Democracia empantanada
Lento y sinuoso camino
Un parto difícil
El calendario de la in-transictón
Elecciones a mitad del río
La democracia en compás de espera
Sombra de duda o vencer sin convencer
A medio camino de la refundación
Transición transada
Hostigada sobrevivencia
La gran ausente
La realidad tocaba a la puerta
Tiempo agotado
¿Democracia inevitable?
Juego limpio
XIII. Crónica de incertidumbres
Un corazón colectivo y una “palabra verdadera”
Conversaciones en la catedral
Una apuesta a la sociedad civil
La realidad convoca un fantasma
De vuelta del “país de las maravillas”
Lloviendo sobre mojado
Dos caras de la moneda
¿Cómo recuperar el crecimiento?
La operación fue un éxito; el paciente murió
Dinero llama dinero
Desarrollo donde quepan todos
El pasado entre corchetes
Economía postelectoral
Una buena idea que se promovió “como si fuera un milagro”
Repensar el país
La paciencia, y el sistema, agotados
Los compromisos de un discurso
¿Qué va a suceder en México?
La reforma “más profunda” desde los años cuarenta
Un crimen contra México
Romper el maleficio
En la llanura de sombras
Acuerdo para la transición y adiós al sistema
Un debate que hizo olas
Coalición o colisión
La guerra y la paz
Los nudos de la credibilidad
¿Un solo hombre, garantía de credibilidad?
Acuerdo nacional para la transición
La hora de la democracia
Entre el Apocalipsis y la esperanza
Volver y no volver al pasado
Los llamados “confines de la tierra”
Jcomonaltic y la aspiración de autonomía
Debajo de la hierba
De la utopía del éxodo al callejón sin salida
Los nudos que se volvieron gordianos
Inoperante Solidaridad
Una onda expansiva
Alternativas para la selva
Tradición y modernidad en el alzamiento de Chiapas
La intemperie de la pobreza
Es hora de que la sociedad mexicana se reconozca a sí misma
El barco de Fitzcarraldo
Imparcialidad a prueba
“Hoyos negros” en la credibilidad
Entre la inercia autoritaria y la apropiación del futuro
Siglas
Bibliografía
Hemerografía
Discursos, documentos, folletos, informes y tesis
Índice analítico y onomástico
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