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Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1979 Tercer Informe de Gobierno. Mensaje. José López Portillo

1º de Septiembre de 1979

Honorable Congreso de la Unión:

Porque las cosas cambian, hay tiempo y éste, hecho historia, es, en política, el factor de los factores. El tiempo político se acelera en los momentos de crisis; se estanca en periodos de inmovilismo y reflujo.

Pronto serán tres años en que, juntos, hemos hecho nuestro tiempo y escrito nuestra historia. Acelerado tiempo de crisis, movilidad y flujo, emocionada historia de audacia, transformación y retos. La mitad del camino de nuestra vida, al frente de las instituciones de la República, con el poder que el pueblo de México nos ha conferido.

No creo en el poder por el poder. Entiendo el poder para servir; no lo gozo en sí, como el amor; no me embriaga ni lo ejerzo como vicio, costumbre o placer. Lo vivo, intensamente, como responsabilidad que tengo que merecer cada día. Y es que el poder lo creamos todos; es del pueblo y no mío. El deber -ese sí mío-, es cumplir su mandato. He querido, apasionadamente, servir.

Servir a mi Patria, a esta Patria nuestra, cuyos orígenes se funden en el mágico crisol de su confluencia para escribir una de las más grandiosas páginas de la historia del mundo y que marca, por ello, un destino luminoso, al que accederemos por el cultivo de las esencias del planteo universal en el que fuimos concebidos. Ese es mi credo.

Pero no basta creer ni sólo pensar o sentir y menos sólo decir. Los caminos no se hacen solos; los hacemos al caminar. El mundo en el que estamos insertos, padece. Pueblos enteros sufren y se sacrifican. Los problemas de los energéticos exasperan a los poderosos y están aniquilando a los débiles. La inflación y la recesión como su secuela, se convierte ya en la patología crónica de las democracias. Muchas que lo fueron, son ahora dictaduras represivas, que castigan pero no controlan. Las reformas democráticas que se intentan en el mundo están cercadas y acechadas por la crisis económica.

Tengamos conciencia de ello para entender lo que nos sucede y no añadir a las presiones y tensiones de fuera las cargas internas de la impaciencia y la inculpación, que nada remedian e incitan a quienes se alimentan del morbo, la provocación y la insidia, a graznar y revolotear, en vano intento por ensombrecer nuestro horizonte.

Frente a los grandes imperios del mundo, hemos sido capaces de ganar y preservar nuestra libertad y hemos sabido cuidarla, día a día, conviviendo con el país más fuerte del orbe. Hemos podido ejercer nuestra soberanía y nos autodeterminamos como Nación.

México hizo la Revolución y, con ello asumió el compromiso de dominar su geografía, su vecindad y ahora también su demografía, para gobernarse a sí mismo y vivir su derecho a la movilidad social y a la felicidad.

Estamos saliendo de uno de los grandes tropiezos contemporáneos. Pero si impresionante es lo que hemos hecho antes y en el pasado inmediato, desafiante es lo que nos falta por hacer. Hay quien, por ello, olvida, regatea o se rebela contra lo alcanzado. Nosotros, inconformes, lo vemos como punto de referencia, base de perspectiva y obligación para continuar.

Y es que la historia es memoria; a veces identidad y unión; pero no siempre esperanza, y es ésta la que importa a los pueblos en formación. El pasado, es referencia; el futuro, es alternativa; el pasado, está hecho; el futuro, hay que hacerlo; el pasado, son hechos; el futuro, derechos, opciones de cambio.

Aquí nos reúne la institución como vía de ese cambio. Cada quien tiene su motivación; no todos, la razón. Nuestra motivación, es convencer para continuar y perseverar hasta conseguir. La razón, la del Estado, para alcanzar sus fines.

Juzgar imparcialmente una cosa, es conocerla en su entorno y con éste, ubicarla en el todo.

Para calificar a México, tenernos que conocerlo en su historia y entenderlo en su relación con el mundo. Sólo así podremos apreciar en todo lo que vale, lo que otros no tienen y nosotros sí.

Gozamos de estabilidad política, reforzada por una reforma en pleno ejercicio. Somos -con alguno otro- el único país del mundo en el que el ciudadano puede votar, al mismo tiempo, por la mayoría y por la minoría; por el Gobierno y por la oposición; por la permanencia de la estructura y por la tendencia del cambio.

Tenemos recursos y capacidad, energéticos y fertilizantes, mercado interno creciente y tranquilidad, capacidad de pago y negociación.

Tenemos convicción y disposición, y por ello y para ello, tenemos que aprender a decir y a decirnos la verdad. Toda equivocación -reconocida y superada-, es mejor que la más piadosa mentira. No le tengamos miedo a la verdad. Recordemos que por eludirla, la democracia griega, mediante el bolo, corrompió a su pueblo y la República Romana, mediante el circo, degradó a su ciudadanía.

Ningún pueblo es perfecto y menos superior. Pero sí, todos diferentes. Decir a un pueblo, o que un pueblo se diga a sí mismo, dónde están sus defectos y sus virtudes, cuáles son sus lacras y sus remedios, es el mejor y más leal servicio que se le puede hacer.

De aquí que tengamos que informar e informarnos.

Informar es penetrar en la forma, a la sustancia.

Penetremos las máscaras de la hipocresía y la indiferencia. Aclaremos los malos entendidos y con sinceridad y entereza reconozcamos y aceptémonos.

No nos comunicamos bien y hay confusión a pesar de la libertad y no puedo pensar que es por ella. Hay insuficiencia y contradicción entre derechos y obligaciones, entre intenciones e intereses de toda índole, que en el desorden se acumulan hasta la irritación o el desaliento.

Tenemos fallas, lo reconozco: rezagos, vacíos y aun ocultamientos de información; temor a quedar en evidencia o ponerse en entredicho. Ha habido y hay funcionarios que emplean la influencia o los recursos de su cargo para solventar sus querellas, desahogar sus rencores. alimentar su vanidad o apoyar su ambición, a través del manejo de información y de medios de comunicación.

Más podrán decir nuestros censores. Podrán decir todo, menos que no tienen libertad para decirlo.

Pero, a veces, se confunde la libre expresión con las necesidades del libre comercio de la información, que se mantiene válidamente -lo subrayo- de vender noticias, publicidad y popularidad. Suele suceder, entonces, que el derecho a la información y la libertad de expresarlo derivan en desconcierto cuando se deforma la realidad con la exageración, se aturde con el escándalo, se azora con sensacionalismo, se provoca con el morbo, se vende el temor como noticia, se extorsiona con el chantaje, se afama por difamar, se prestigia por desprestigiar, se calla para cobrar, se miente para argumentar y se calumnia para vivir.

Se ha levantado una aberrante estructura a nivel internacional detrás de todo esto.

La información que sobre nuestros países en vías de desarrollo se ofrece y la que se nos proporciona, la manejan los otros. Y valga un solo ejemplo para ilustrar a qué me refiero.

El 18 de octubre de 1978 -ocho meses antes que el Ixtoc I; y me vuelvo a referir a él- se descontroló a los Estados Unidos la perforación del pozo Cameron 81 en el Golfo de México, a 71 kilómetros de la costa de Louisiana, playas americanas, que desde hace algunos miles de años reciben los residuos fósiles de hidrocarburos, conocidos como brea, que brotan de las denominadas chapopoteras, que existen en casi todos los mares del mundo y que han constituido valiosos indicios de la presencia de petróleo. Aquel derrame, que-todavía continúa, ha llegado a ser de 80 millones de pies cúbicos diarios de gas, que se queman.

Cada año, en el mundo, se descontrola un promedio de sesenta pozos de hidrocarburos, de los cuales, aproximadamente quince, ocurren en el mar. En estos momentos se encuentran descontrolados, en tierra, diez pozos: siete en Estados Unidos, uno en Canadá, uno en China y uno en Irán. Y en el mar, cuatro: uno de Estados Unidos, uno de Singapur, uno de Irán y nuestro Ixtoc 1.

Queda clara la desinformación y aun la deformación, que existe sobre lo nuestro. Afuera, tendenciosa; adentro, consentida o pervertida.

A pesar de todo, y ello no es mérito sino ejercicio de nuestra convicción más profunda, en bien de nuestra democracia no atentamos contra la libertad de expresión y prensa. Preferirnos correr los riesgos que de su ejercicio deriven y no caer en la flagrante provocación.

Al Gobierno corresponde velar que todos tengan acceso a los medios de información para expresarse o para defenderse.

Debemos aceptar con serenidad el derecho a la crítica y la legítima posibilidad de vivir, profesional o políticamente, de ella así como admitir que muchas veces el critico profesional o político -también válidamente-, por no asumir responsabilidades ejecutivas se convierte, ante la opinión pública, en parte acusadora, en juez e incluso en verdugo y presuntivamente en portador de la verdad y de todas las virtudes. Está bien. Ese es el generoso privilegio que otorga el sistema.

Es parte esencial e insustituible de nuestro proyecto global de Reforma Política. De otro modo, correríamos el peligro de tener una opinión sin voz, un Congreso sin eco y un poder sin contrapeso.

No admitamos sistemas de censura de una parte, ni de agresión o de insulto de la otra, y de ningún bando, fuerzas que degeneran en presiones o represiones: que no lo son, cuando la ley se aplica y sanciona, y sí cuando las autoridades, los grupos o los individuos, impiden por la violencia, el flujo del libre análisis o la toma institucional de las decisiones.

Sobre las conveniencias del negocio fácil y las tentaciones del dogmatismo, debe prevalecer la auténtica pluralidad de la opinión y el propósito general de desarrollar al país, a partir de su verdad y conciencia. Ese podría ser el renovado entendimiento de lealtad entre el Gobierno y los medios de información. Sería una alianza para la comunicación. La República lo reclama y la Nación lo merece.

Porque el tiempo transcurre, las cosas cambian y el cambio, hecho propósito, es el motor de la voluntad política.

Pronto tendremos sólo tres futuros años para influir en el acontecer nacional; para aprovechar los vientos propicios, porque tenernos puerto de arribo: ni cambiar todo por cambiar, a costa incluso de la seguridad y tal vez para nada ganar, ni tampoco nada cambiar, para no alterar lo establecido y perpetuar el letargo y sus injusticias. Falsos extremos de la disyuntiva de quienes no tienen puerto ni vientos ni nave y por eso quieren tormentas.

Nuestra conciencia revolucionaria, ante el tiempo histórico y el porvenir, no niega problemas ni contradicciones, como tampoco se cierra a las disidencias. Las instituye para que concurran, responsablemente, al libre juego de las decisiones mayoritarias; para que dejen de ser fugaces presiones aisladas, facciosas y oportunistas.

En nuestro sistema no se enfrentan la libertad de la voluntad con la voluntad de justicia. Si el hambre es una realidad injusta, argumentemos, ya lo hemos dicho, contra el hambre y no contra la libertad, que es libertad del hombre y no libertad para abusar del hombre. No podemos permitir por ningún concepto y menos por el libertinaje de unos cuantos, su sacrificio y el de la justicia.

Enfrentar problemas no es hacer alardes; es plantearlos y definirlos; es identificar deficiencias y sumar esfuerzos: es persuadir y proponer tiempo y tareas; es ratificar la convicción de nuestra capacidad; es conocer el sistema y el ritmo que nos conviene. Sabemos cómo y tenemos con qué. No se construye con quejas y complacencias, sino con valor; no con anarquía, sino con leyes; detectando fallas y señalando errores, sin llevar al país a la histeria o al derrotismo. En pos de justicia y no de su apariencia.

Actuemos, cada nuevo día, con el ánimo de vencer las faltas de equidad que todavía subsisten en nuestro pueblo para convertir sus necesidades sentidas, en auténticas demandas, pero con alegría y ganas de ganar y no sólo de analizar, criticar, contemplar o lamentar lo que no hemos hecho, o hemos hecho mal. No incubemos el fracaso. Fecundemos la esperanza.

Tenemos que hacer, cada vez más justas, las, políticas de salarios, precios y utilidades, como factores distributivos; y las de fisco y eficiencia del sector público central y paraestatal, como redistributivos del ingreso. Usemos para ello inteligencia, honestidad e imaginación.

No aflojemos en el crecimiento económico. Es precondición y posibilidad. No vamos a frenar el empuje. Eso significaría retroceso.

Sigamos fortaleciendo y reformando, en lo que haga falta, la capacidad de la Administración, para conducir el desarrollo planeado, en el que corresponde al Estado asegurar la participación de todos los sectores de la población y de todos los factores de la economía, a partir de la premisa de que nuestro equilibrio se mantiene porque es dinámico.

Tenemos el camino y tenemos el rumbo. En lo que falta de este año y del siguiente, consolidemos lo alcanzado, hagámoslo sólido, y desde ahí, impulsemos nuestro despegue. Es la gran oportunidad de nuestra soberanía.

Fortalezcamos la Alianza para la Producción. Va bien. Tendrá que ir mejor. Sólo con producción, producción y más producción, se combate efectivamente la inflación. Si hemos reconstituido el vigor de nuestra economía, que no nos arredre la magnitud de la faena por realizar; que no nos distraiga el ladrido de los perros. Sigamos avanzando.

Que México renazca en la modernidad.

Que el renacimiento de México sea ya no de la lucha contra quienes, en lo interno y externo disputaban nuestra soberanía y amenazaban nuestro suelo, como en la Independencia y en la Reforma; ya no de la lucha contra quienes negaban libertad y justicia, oscureciendo nuestro horizonte como en la Revolución, sino de nuestra propia voluntad y esencia, para rescatar y proyectar lo que somos, lo que tenemos y lo que podemos, para que ahora emerja de nosotros mismos.

Modernizar al país es terminar nuestra descolonización. En lo interno, rompiendo los feudos del caciquismo; en lo internacional, estableciendo relaciones no entre súbdito y amo, sino entre seres iguales.

Es impulsar el desarrollo social y, sobre todo, es intensificar nuestra acción, para revalorar nuestros recursos naturales, propugnando, con ello, el advenimiento del nuevo orden económico mundial.

Es continuar por el rico caudal de nuestra Constitución, con el régimen de economía mixta, ajuste constante de nuestra realidad, que admite, solidariamente, todas las formas de propiedad y de producción y las aportaciones de las iniciativas pública, privada y social, por las que ejercemos nuestra libertad y su diversidad.

Modernizar al país, es descentralizar la Federación y fortalecer el federalismo.

Es revertir el comportamiento de los asentamientos humanos.

Es recuperar el tiempo que perdimos, o que no pudimos ganar, en la periferia de la revolución industrial.

Es organizar la eficiencia de nuestra agricultura.

Es impulsar el nuevo esquema de desarrollo industrial a partir de una coherente política de energéticos.

Es completar nuestra infraestructura.

Es aumentar nuestra productividad como Nación.

Modernizar al país es garantizar a los mexicanos, desde ahora: Trabajo para su fuerza y capacitación para su trabajo. Lo podemos brindar.

Bienes básicos de consumo. Lo podemos hacer.

Educación permanente. La podemos ofrecer.

Justicia equitativa y expedita. La podemos impartir.

Honradez en sus gobernantes. La podemos exigir.

Oportunidad de vivir con dignidad. La podemos tener.

Modernizar al país es, en suma, cumplir a plenitud y trascendencia, las proposiciones de los Sentimientos de la Nación de Morelos, que se vuelven norma categórica en nuestra Carta Magna.

Reafirmémonos como un pueblo que, en comunión de ideales, conjunción de principios, integración de contradicciones y unión de  esfuerzos, está dispuesto a romper las inercias retrógradas, a redimir la validez universal de sus paradigmáticos orígenes, a reconocer con honestidad sus logros y sus fracasos, a exterminar los estigmas de incompetencia, corrupción y dejadez para arribar, con optimismo, fundado en la razón, al umbral del siglo XXI, siendo lo mejor que podemos ser, como República Nacional, Democrática, Representativa y Revolucionaria.

De lo que acertemos a hacer ahora nosotros los mexicanos, dependerá lo que nuestros hijos puedan ser y hacer mañana por México.

¡Esa es la medida de nuestra responsabilidad con México!

¡Ese es el imperativo de México!

¡Viva México!