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Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1979 Discurso en la ceremonia de transferencia de soberanía del Canal del Panamá

José López Portillo
1º de Octubre de 1979

"Señor Presidente de la República Panameña;

Señor Vicepresidente y representante del Presidente de los Estados Unidos de América;

Señores Presidentes y representantes de países hermanos y testigos;

Amigos todos;

Panameños:

Hablo en representación de los Mandatarios de América Latina. Me esforzaré por estar a la altura del honor que ello entraña y que agradezco a la Nación protagonista de este acontecimiento histórico.

Hace más de cien años, en 1826, ante la Asamblea de Panamá, convocada por Bolívar, Guadalupe Victoria, primer Presidente de mi país, expresó:

"Afianzar la independencia ganada por los más heroicos esfuerzos; estrechar de un modo sólido y permanente las relaciones de la gran familia americana; proclamar las intenciones amistosas y pacíficas de los nuevos Estados, esas son las bases, y sus resultados, la creación del derecho público, del derecho magnánimo de las Américas".

Hoy, en esta cintura prodigiosa de nuestro continente, puerta oceánica del Caribe y del Pacífico; puente hemisférico y puerto de arribo a tierra americana, tan asediada desde afuera y tan entrañable para nosotros, nos reunimos, unos para cumplir, otros para dar testimonio de un acto jurídico, de derecho internacional, de derecho de las Amé ricas.

Aquí, en el espacio elegido como esbelta urna, todavía vacía de nuestra vocación anfictiónica; sitio en el que convergen los ideales latinoamericanos desde que nos congregamos para fundar la unidad de nuestra diversidad y para hacer de nuestras gestas libertarias historia común de independencia; aquí, en esta sede del ideal bolivariano de lo que pudo ser el mundo que quisieron nuestros próceres, y fue, en la realidad, doloroso confín de coloniaje hasta ahora redimido, avanza el proceso irreversible de la batalla librada por un pequeño pero gran pueblo heroico, el de Panamá.

Honra para quienes desde el reducto de su modestia, luchan sin fatiga por reafirmar sus convicciones y convertir su razón en derecho; mérito para quien en su fuerza, rectifica la prepotencia y reconoce, por el derecho, la razón.

Hoy este Canal, privilegio y riesgo de la geografía ístmica. empieza a ser sólo de Panamá, y así ha de ser conforme a derecho. Empeñemos el compromiso de nuestra voluntad, al límite de nuestra capacidad. para dar fortaleza al triunfo de esta causa.

Porque esta reivindicación nos concierne a todos. País hermano que conquista el derecho a ejercer sus derechos soberanamente, sin tutelas ni custodias ajenas, y que se yergue por sí mismo y avanza por su propio pie, jamás de rodillas. Por ser lo que es, suprema aspiración délfica. Ante nuestra conciencia vigilante aparecen escenas, cicatrices de nuestro pasado, heridas de nuestro presente, expectativas de nuestro porvenir.

Atestiguamos un hecho símbolo de la última mitad de este siglo, un paso más en el camino de descolonización, por el que la humanidad rescata del atentado de los imperiales destinos manifiestos, su esencia y su dignidad

Este episodio ocurre entre americanos, entre habitantes del que en su tiempo se conoció como nuevo mundo, y que llegó a llamarse entonces, continente de la esperanza.

Desde su origen reflejó la división de los viejos dominios. Ahora entre norte y sur. Una parte ha prosperado sobre la Tierra; a las otras la fortuna no siempre les ha sido favorable.

El norte es la potencia formidable que desde Monroe, quiso condicionar su modelo de América, a los demás americanos; concretó en Panamá la conspiración de los canales; hizo de nuestra América su zona de influencia y de imposición de su poderío, ámbito de su estrategia y espacio de su defensa.

En tanto que para el sur, para nosotros, los integrantes de la supuesta Magna Patria, no ha sido sencilla la tarea de sobrevivir y progresar bajo el coloso. Los que ya lograron erradicar el feudalismo, porque sufren las consecuencias de una industrialización tardía, raquítica y dependiente; los que han alcanzado ciertas instancias de modernización, porque están lejos de haber superado el marginalismo o porque los asedia la inflación, la crisis de energía, el desempleo y el crónico desequilibrio de los intercambios con el exterior.

Cuando instauramos la libertad, no siempre lo hacemos con justicia; en ocasiones, cuando vivimos periodos de estabilidad, restringimos la democracia. Buscamos mejores condiciones de vida para nuestros pueblos, igualdad de oportunidades y seguridades para nuestros hombres y mujeres, amplias libertades para nuestros ciudadanos y autodeterminación para nuestras naciones; pero sólo parcialmente lo alcanzamos.

Los hechos se han consumado y el saldo relativo no nos es propicio.

Pero ahora nuestra circunstancia se transforma por la capacidad de justicia y no por la de violencia. Estamos aquí para convalidar la debida reparación, triunfo de la juventud panameña y de la recia voluntad de sus estadistas, de Omar Torrijos, para llamar al hombre por su nombre.

Celebramos, con júbilo, la conclusión de la humillante sinrazón que separaba a Mesoamérica; que sobre el Canal ondee ya su legítima Bandera: la panameña.

Somos realistas y objetivos. Sabemos que con frecuencia, política es, frente a lo deseable, el arte de lo posible; y sabemos que todavía hay plazos y requisitos pendientes.

Los Estados Unidos, enfrentados a la opinión de América Latina, y el criterio de otro nombre que aquí debe decirse, el del Presidente Carter, hicieron posible encarar las inercias del replanteamiento del dominio, persistencia y me atrevo a decir superstición, de una estrategia de principios de siglo; vestigios del sentido que del peligro tiene el poderoso, manifestado como soberbia. No hay plena autonomía; pero se adelanta en el sentido correcto. Todavía es el enclave militar, como unilateral interpretación de una neutralidad sesgada y por ello parcial. Pero fue lo posible, lo razonable; así lo reconocemos.

Lo importante ahora es lo que los americanos del norte y del sur, habremos de realizar con ésta que empieza a ser nueva voluntad continental.

Esa voluntad será buena, si los americanos del norte convierten en imperativo categórico el genio de sus próceres, como Jorge Washington. que expresara: "Pactar el respeto y justicia hacia todas las naciones del mundo. Cultivar la paz y la armonía con todas ellas... nada es más esencial que evitar antipatías permanentes y enraizadas contra otras naciones"; como el apotegma de Lincoln, que dijera: "Ningún hombre es lo bastante bueno para gobernar a otro sin su consentimiento"; y aceptarán con Juárez "que ennoblece a los hombres reconocer sus errores y que entre los individuos como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz''. Incluso la paz de su conciencia, que no se tranquilizará si la imponen por la fuerza.

Que tengan presente que en este ámbito del inundo el problema es también de principios y de relación; de justicia y de igualdad; reobligaciones y de recíprocos derechos. De no exigir de los demás lo que no estemos dispuestos a dar, regla de oro de la conducta humana entre los hombres y entre las naciones.

Para los latinoamericanos es preciso entender que nuestra subyacente voluntad anfictiónica, debe ser el resultado de nuestra autodeterminación vinculatoria; sólo nosotros podemos conseguirla y que menester es fijar políticas válidas entre nosotros mismos y en el trato a los demás, no como mero estilo retórico sino como forma de vida que otorgue a la subsistencia el rango de convivencia.

Ningún país nuestro será verdaderamente libre si no lo son todos los pueblos latinoamericanos.

Nuestros Estados, que tienen origen en la independencia y provienen de una emancipación colonial, no cederán lo que han ganado como herencia de los fundadores de nuestras Repúblicas, que habremos de merecer, preservar y acrecentar. No seremos neocolonias, ni campo de hegemonías extranjeras; nadie hará por nosotros lo que no hagamos por nosotros mismos; nadie puede arrogarse la facultad de velar por nuestra soberanía. Nadie, más que nosotros y sólo nosotros.

Entendamos de una vez y para siempre que, desunidos, encogemos nuestro continente en su expresión política y económica; en su cultura y rapacidad creadora. O nos unimos y nos ordenamos, o el orden llegará por tortuosos caminos de hegemonía económica y/o política, de grupos de poder armado y financiero bajo signos que no pertenecen a nuestra historia. La superación de la injusticia y el subdesarrollo no pueden aplazarse por más tiempo, so pena de ver nuestro continente convertido en una tierra incendiada.

De poco servirá combatir la intervención y las presiones extranjeras si en nuestras propias naciones aumentan la desunión, la represión, la pobreza y las desigualdades. Salir adelante implica, necesariamente, superar nuestras propias contradicciones, para ser lo que cada uno somos y lo que juntos podemos ser.

Cerca hemos vivido recientemente una importante experiencia característica también de nuestro tiempo: la revolución del poder popular de Nicaragua. Más que la caída de un Régimen político, es la derrota de un prototipo de explotación, autoritarismo y dependencia.

En Nicaragua se enterró una triste caricatura de América Latina que hace décadas circulaba por el mundo y se expió una culpa que hace siglos circula en nuestras venas.

En Panamá se está enterrando el oprobio del coloniaje y del abuso de la fuerza.

Como el inmenso Martí proclamara: "De todos sus peligros se va salvando América. Sobre algunas Repúblicas está durmiendo el pulpo. Otras, por la ley del equilibrio, se echan a pie a la mar a recobrar, con prisa loca y sublime, los siglos perdidos''.

Ganemos los próximos tiempos, cada uno en su marca: nosotros en la del norte, ustedes en la del istmo, los demás en su sitio, no para enfrentarnos, sino para conservar nuestra identidad, hacer nuestra historia y forjar nuestro porvenir por la vía de la concordia, la equidad y la libre suscripción de nuestras auténticas singularidades a la pluralidad del concierto universal.

México ofrece su amistad a todos los pueblos de América, su solidaridad a Latinoamérica y su apoyo sereno y cabal para salvaguardar la unión, la justicia y la paz.

En Nicaragua, en Panamá, en América, están triunfando nuestros próceres y nuestros hijos.

Las nuevas legiones de jóvenes de América entera, de norte a sur, hoy nos reclaman congruencia y nos exigen proyecto y acción. Podemos responderles, debemos cumplirles; no acosemos su necesidad, no rehuyamos sus demandas, no cancelemos su esperanza, no los defraudemos. Ganémonos su respeto, respetándolos a ellos y a nosotros mismos: encaucemos por la vertiente de la madurez, su noble e infinita energía vital de transformación; seamos artífices, todos, de nuestro destino común.

Como en la estrofa que el coro canta en el Himno panameño: ''Alcancemos por fin la victoria, en el campo feliz de la unión y con ardientes fulgores de gloria se ilumine la nueva Nación''.

¡Viva Panamá!

¡Viva la juventud de América!

¡Viva América!