Prólogo
Porfirio Muñoz Ledo
Hace más de cuatro lustros conocí a Ricardo Álvarez como destacado estudiante, activista de una generación universitaria intensamente involucrada en la efervescencia social que elevó la corriente democrática; más tarde se integró como base intelectual y cultural del Partido de la Revolución Democrática [PRD].
Desde entonces, su incansable trayectoria lo ha llevado por la academia, la vida partidista y el Poder Legislativo, donde reunió experiencias singulares sobre el funcionamiento del sistema político mexicano. Aunado a ello, su convicción democrática lo convirtió en uno de los actores más perseverantes en la inacabada lucha por la reforma del Estado.
En 1986, cuando expresamos ante un régimen de partido hegemónico el objetivo de "una auténtica democracia que rescate el impulso de la sociedad civil en la definición, ejecución y supervisión de los actos de gobierno", no imaginamos que la ciudadanía iba a penetrar por las grietas que dos años más tarde abrió en el Estado una elección tan competida como fraudulenta.
Menos aún imaginamos que más adelante, la clase política se expandiría a distintos sellos ideológicos para asegurar el predominio del proyecto transexenal y transnacional del neoliberalismo. A pesar de ello, con un alto sacrificio de vidas y de esfuerzos, logramos desmontar instrumentos autoritarios, construir instituciones electorales autónomas, ocupar gobiernos y legislaturas locales y alcanzar la posibilidad de una alternancia en el Poder Ejecutivo.
La decisión histórica que extravió a la democracia fue el abandono de la transformación política una vez que se despojó al PRI del poder presidencial. Desde entonces, la reforma política se convirtió en una vía para consolidar la partidocracia, o bien, como moneda de cambio para avanzar o bloquear las pretendidas "reformas estructurales".
Al coordinar a los equipos de asesoría legislativa del PRD, nuestro autor ha enfrentado el desafío de un régimen político estancado por la mezquindad de los actores predominantes. Es por ello que, amén de abundantes disquisiciones teóricas, esta publicación es un testimonio invaluable de la precariedad de nuestro momento político y de las oportunidades que la irresponsabilidad y la miopía han desperdiciado.
Destaca la idea de que las propias fuerzas políticas deben emprender una profunda transformación hacia adentro para destrabar la transición. La evidencia más próxima se encuentra en los arreglos clandestinos mediante los cuales los partidos mayoritarios pactaron el reparto de los poderes públicos, lo que ocasionó el naufragio del capítulo electoral de la reforma del Estado en el proceso de 2007-2008, prescindiendo del método del consenso que animó la única reforma política más exitosa entre 1995 y 1996.
Por otro lado, el desempeño de los partidos en los gobiernos y en las legislaturas evidencia la impostergable necesidad de transformar el régimen. El presidencialismo clausura la posibilidad de una relación equilibrada entre poderes e incentivos perversos para una competencia equitativa. La parcelación geográfica y social del país entre las agrupaciones partidistas ha mermado gravemente la representatividad, lo que permite la reproducción de la impunidad y de la concentración del poder.
Si no emprendemos ahora la reforma de los poderes públicos, pronto serán los poderes fácticos quienes se apoderen por completo de ellos. El proceso ya comenzó. Cuentan con bancadas propias, censuran o avalan candidaturas, impulsan legislaciones a su propia medida e incluso han sesgado el objetivo de mecanismos como la reelección y las candidaturas independientes para asegurar un futuro en el sistema político.
Éstas fueron algunas razones por las que el Consejo Editorial de la Cámara de Diputados decidió publicar el libro de Ricardo Álvarez, que nos habla de los sedimentos del autoritarismo enraizado en los políticos. Es una obra crítica que corresponde al propósito de estimular el debate público sobre las grandezas y servidumbre del proceso legislativo.
Esta obra contiene muchas de las claves para reconstruir los vínculos entre la ciudadanía y los partidos políticos, única opción para evitar la recurrente aparición de los fantasmas de una transición fracasada: la retórica de la invencibilidad, la norma de la inequidad, el monopolio informativo, la captura de los órganos electorales y la intervención del gobierno en los comicios. Espero que cuente con la más amplia y detenida lectura de generaciones actuales y venideras.
Presentación
Aidée Gracia Rodríguez
El presente texto El sistema de partidos políticos en México. Un esquema residual del autoritarismo da cuenta de la génesis, desarrollo y consolidación de los partidos políticos en nuestro país, y a la par ofrece un excelente análisis de los procesos que hicieron posible la incorporación de la representación plural en el Congreso de la Unión.
El lector encontrará entre sus páginas, un largo periodo que inicia con la creación del Partido Nacional Revolucionario [PNR], su transformación en el Partido de la Revolución Mexicana [PRM] y finalmente el surgimiento y consolidación del Partido Revolucionario Institucional [PRI] como un partido hegemónico que se desarrolla sin cortapisas durante seis décadas.
También se describen los procesos que fueron factor de presión para la realización de reformas electorales que permitieron, aunque de manera muy lenta, la apertura para que opciones distintas al partido hegemónico tuvieran reconocimiento oficial y eventualmente representación política en el Congreso de la Unión.
Tal es el caso de los primeros partidos que logran tener participación política en la Cámara de Diputados, como el Partido Popular [PP] y el Partido Auténtico de la Revolución Mexicana [PARM], que incluso llegaron a ser funcionales al sistema para desfogar a los actores políticos desplazados del gobierno y que encontraron en esas opciones políticas una forma de seguir vigentes.
Por otro lado, quisiera destacar que el autor aporta elementos que rompen con el mito de que el Partido Acción Nacional [PAN] ha sido la única fuerza política opositora que surgió como fruto del esfuerzo espontáneo de la sociedad civil y no como producto de rompimientos con el sistema.
De manera paralela, también existieron fuerzas políticas de izquierda que resistieron la llamada "guerra sucia", estrategia represora orquestada por el aparato oficial, y que se mantuvieron durante muchos años en la clandestinidad. Aquí se menciona brevemente el rol que jugaron en la sociedad mexicana los partidos más importantes de izquierda como el Partido Comunista Mexicano [PGM] —el más antiguo de las fuerzas políticas de izquierda—, su transformación en Partido Socialista Unificado de México [PSUM] y su fusión con el Partido Mexicano de los Trabajadores [PMT] para finalmente dar paso a la conformación del Partido Mexicano Socialista [PMS] y posteriormente, al Frente Democrático Nacional que agrupaba al FARM, al Partido Popular Socialista [PPS] y al Partido del Frente Cardenista de Reconstrucción Nacional [PFCRN], así como a distintas organizaciones sociales y políticas que impulsaron la candidatura presidencial del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano. El componente más importante de este movimiento, derivó en la creación del Partido de la Revolución Democrática [PRD].
También da cuenta de la presencia en nuestro sistema político de partidos de gran pragmatismo y con causas meramente coyunturales, como el Partido Verde Ecologista de México [PVEM], el Partido Nueva Alianza [Panal] y el Partido del Trabajo [PT], que subsisten en el escenario político gracias a que han sabido administrar sus alianzas en momentos clave retomando actores políticos que le han dado oxígeno a su permanencia en la competencia política.
Los datos aquí expuestos resultan muy interesantes porque demuestran que las reformas electorales impulsadas, primero desde el Poder Ejecutivo y luego desde la representación plural en el Congreso, y desde las plataformas de los liderazgos opositores han sido un factor clave para el crecimiento de las fuerzas políticas alternas al gobierno en turno en las dos cámaras del Congreso.
En este sentido, cabe destacar que las legislaturas LVII y LVIII representaron una oportunidad magnífica para modificar toda la estructura y los vicios del régimen edificado durante muchos años por el PRI. En 1997, el PRI perdió el control de la Cámara de Diputados y después, en el 2000, por primera vez en la historia, perdió su poder absoluto en ambas cámaras del Congreso. Por primera vez, la oposición tuvo en sus manos la oportunidad de hacer profundas reformas constitucionales para modificar el régimen de gobierno y no lo hizo porque el PAN, que había ganado la presidencia de la República, careció de una visión transformadora que le impidió generar los consensos para impulsar una transición democrática e incluyente y, ante esa incapacidad, sufrió amargamente el peso de la representación plural ya que no le fue posible contar con plenos poderes, frustrando su exótica aspiración a la hora de encabezar el Ejecutivo, de poseer el poder absoluto que en otros tiempos había tenido el PRI.
Este libro es una invitación abierta a la reflexión sobre el avance de los partidos políticos y sobre las reformas electorales que nos darían mayor equidad en la competencia y, a la vez, un recordatorio de que el gran pendiente sigue siendo la democratización interna de estas instituciones políticas; mismas que se han construido a marchas forzadas bajo la sombra de un esquema profundamente antidemocrático y que tendrán que evolucionar para no reproducir en su interior al monstruo que combatieron desde sus orígenes.
Introducción
El sistema de partidos políticos en nuestro país ha pasado diferentes etapas, por lo que el presente análisis se centra en el periodo actual que va de 1997 a 2010 y parte de un análisis histórico-descriptivo que inicia en 1928. A lo largo del texto trataré de establecer cinco ideas fundamentales:
1. Que el sistema de partidos en México, de 1928 a 1988, se caracterizó por la construcción de un partido hegemónico impulsado desde el poder, desde el gobierno federal; con un esquema de oposiciones reales marginales, con un conjunto de oposiciones leales, tanto de derecha como de izquierda, y con desprendimientos y rupturas que en distintos momentos lograron mermar la tremenda fuerza del partido dominante más longevo del mundo occidental; y que las reformas de apertura democrática, en realidad, buscaron siempre ser una fuente de legitimidad del sistema y la profundización del control político con estabilidad.
2. Que a partir de 1988 el sistema de partidos ha transitado hacia un esquema de mayor competencia político-electoral, lo cual ha transformado el mapa político del país.
3. Que las principales fuerzas políticas deben hacer su propia transición a la democracia en un esfuerzo muy grande de adaptabilidad a las nuevas circunstancias de competencia democrática y de alternancia en el poder; y cada una de las formaciones debe recorrer senderos muy diferentes en la ruta de la construcción de una verdadera cultura democrática.
4. Que el déficit democrático al interior de los partidos ha contribuido al descarrilamiento de la transición democrática en México y la simulación que ha resultado de la alternancia, aprovechada al máximo por los poderes fácticos, nos ha postrado en una democracia embrionaria que está más cerca de colapsarse que de madurar.
5. Que en el momento actual estamos lejos de la resultante deseable de cualquier sistema de partidos políticos que es la construcción, por un lado, de un espectro partidario de fuerte identidad ideológica y de un electorado identificado —en líneas generales— con cada una de las fuerzas políticas; y, por otro, un electorado volátil pero consciente de lo que representan cada una de las fuerzas políticas. Actualmente tenemos nichos electorales duros, identificados con los partidos y sus liderazgos, pero fundamentalmente tenemos un electorado en general volátil que persigue la idea de "cambio" sin reparar en los contenidos programáticos de las ofertas políticas. Por tanto, seguimos atrapados en un sistema de partidos cuyo esquema es residual de la etapa del autoritarismo en México, ya que la democracia no se ha logrado consolidar; la democracia partidaria es en general declarativa y no ha impulsado una cultura democrática en la militancia y menos en la ciudadanía y, obviamente, las opciones políticas no resultan claras para el electorado, y subyace en la oferta política de las fuerzas partidarias una idea mesiánica de "cambio total", de "disputa por la nación" e incluso, de restauración autoritaria, lo cual implica la eliminación del "otro", y no la construcción democrática incluyente.
Desde luego que la serie de reformas electorales en México emprendidas en 1946, 1954, 1963, 1977, 1989, 1993, 1994, 1996, 2002 y 2007, han sido cruciales para reconfigurar el sistema de partidos y el impulso reformador. Siguiendo a Leonardo Morlino, el impulso que ha hecho posible los cambios de apertura democrática en México ha tenido dos anclajes, dos motores en el tiempo.
Hasta 1986, el motor del cambio fue el propio Poder Ejecutivo, buscando distender sus relaciones convivenciales con las distintas oposiciones y presiones que surgían a lo largo de las décadas. Para las reformas de 1989 en adelante —como veremos después— el motor del cambio ya no es el Poder Ejecutivo, aunque sí participa, se suma o conduce. La sinergia ahora se genera en la oposición política, en la ciudadanía organizada y en la sociedad en pie de lucha por la democracia. En este segundo tramo, el empuje de los partidos políticos ha sido crucial, en particular el de las oposiciones más organizadas de ese momento: PRD y PAN.
Índice
PRÓLOGO. Porfirio Muñoz Ledo
PRESENTACIÓN. Aidée Gracia Rodríguez
INTRODUCCIÓN
ANTECEDENTES HISTÓRICOS DE 1928 A 1988
EL SISTEMA DE PARTIDOS A PARTIR DE 1988
EL SISTEMA DE PARTIDOS POLÍTICOS EN MÉXICO A PARTIR DE 1997
EVOLUCIÓN RECIENTE DE LA CORRELACIÓN DE FUERZAS DE LOS PARTIDOS POLÍTICOS EN LA CÁMARA DE DIPUTADOS DE LA LVI A LA LXI LEGISLATURAS
ESCENARIO FUTURO DE UN SISTEMA DE PARTIDOS PARA LA DEMOCRACIA CONTEMPORÁNEA DE MÉXICO
Los partidos minoritarios
PROSPECTIVA DEL SISTEMA DE PARTIDOS POLÍTICOS EN MÉXICO
CONCLUSIONES
COMENTARIOS A LA OBRA. José Luis Jaime Correa
SOBRE EL AUTOR
FUENTES CONSULTADAS
Bibliografía
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