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Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1925-1926 Propaganda. Adolfo Hitler. [Mi Lucha]

1925-1926

 

Capítulo VI
PROPAGANDA DE GUERRA
Habituado a seguir con marcada atención el curso de los acontecimientos políticos, la actividad de la propaganda me había interesado siempre en grado extraordinario. Veía en ella un instrumento que justamente las organizaciones marxistas y socialistas dominaban y empleaban con maestría. Pronto debí darme cuenta de que la conveniente aplicación del recurso de la propaganda constituía realmente un arte casi desconocido para los partidos burgueses de entonces. El Movimiento Cristiano-Social, especialmente en la época de Lüger, fue el único capaz de servirse de ese instrumento con una cierta virtuosidad, lo cual le valió muchos de sus éxitos.

Durante la Gran Guerra empezó a observarse a qué enormes resultados podía conducir la acción de una propaganda bien llevada. Desgraciadamente todo tenía que ser aprendido del enemigo, pues la actividad por nuestra parte, en ese sentido, fue más que modesta. Justamente el fracaso total, en el plano de explicación al pueblo alemán, fue para mí un motivo más para ocuparme en particular de la cuestión de la propaganda.

No nos faltaba oportunidad para pensar sobre esa cuestión. Lamentable­mente, las lecciones prácticas nos las dio el enemigo y nos costaron muy caro. Aquello que nosotros habíamos descuidado lo supo explotar el adversario con Increíble habilidad y con un sentido de cálculo verdaderamente genial. Para mi vida política fue una gran enseñanza la propaganda de guerra del enemigo. Aquellos que de ella se debían haber servido, como eficiente lección, la dejaron pasar desapercibida; se creían lo suficientemente expertos como para aprender de los demás. Por otra parte, no existía tampoco una voluntad honesta.

¿Existió en realidad una propaganda alemana de guerra?

Lamentablemente debo responder que no. Todo lo que se había hecho en este orden fue tan deficiente y erróneo desde un principio, que no reportaba provecho alguno y, a veces, llegaba a resultar hasta contraproducente, deficiente en la forma, psicológicamente errada en su carácter. Tal es la conclusión a que se llega examinando con detenimiento la propaganda alemana de guerra.

He comenzaba por no saber claramente si la propaganda era un medio o un fin.

La propaganda es un medió y debe ser considerada desde el punto de vista del objetivo al cual sirve. Su forma, en consecuencia, tiene que estar condicionada de modo que apoye el objetivo perseguido. Es también claro que la importancia del objetivo que se tiene a la vista se puede presentar de diferentes maneras, teniéndose en cuenta el interés social. Por lo tanto, la propaganda puede variar en su valor intrínseco. La finalidad por la cual habíamos luchado en la guerra fue la más sublime y magna de cuantas se puede imaginar para el hombre. Se trataba de la libertad y de la independencia de nuestro pueblo, se trataba de asegurar nuestra subsistencia en el porvenir, se trataba del honor de la Nación. Estábamos frente a una cuestión que, a pesar de la opinión contraria de muchos, aún existe, o mejor debe existir, pues los pueblos sin honra acostumbran perder la libertad y la independencia, tarde o temprano. Eso, a su vez, corresponde a una justicia más elevada, pues generaciones de vagabundos sin honra no merecen la libertad. Aquél que quiera ser un esclavo cobarde no puede tener el sentimiento del honor.

El pueblo alemán luchó por el derecho a una humana existencia, y apoyar esa lucha debió haber sido el objetivo de nuestra propaganda de guerra.

En el momento en que los pueblos de este planeta luchan por su existencia, esto es, cuando se les hace inminente el problema decisivo de ser o no ser, quedan reducidas a la nada las consideraciones humanitarias o estéticas. Porque esas ideas se originan más bien en la imaginación de los hombres con seguridad existencial. Con su marcha de este mundo, desaparecen también esas ideas, pues la Naturaleza las desconoce. Incluso entre los hombres ellas son propias sólo de algunos pueblos o, mejor, de ciertas razas, en la medida que éstas provienen del sentimiento de esos mismos pueblos o razas. El sentimiento humanitario y estético desaparecería, hasta incluso de un mundo habitado, una vez que desaparecieran las razas creadoras y portadoras de esas ideas.

Todas esas ideas tienen un significado secundario en la lucha de un pueblo por su propia existencia; llegan incluso a desaparecer, una vez que puedan contrariar su instinto de conservación.

Por lo que al humanitarismo respecta, ya Moltke dijo que en la guerra lo humanitario radicaba en la celeridad del procedimiento; es decir, que estaba en relación directa con el empleo de los medios de lucha más eficaces.

A aquellos que procuran argumentar en esos temas con palabras tales como estética y otras, se les puede responder de la siguiente manera: las cuestiones vitales de la importancia de la lucha por la vida de un pueblo anulan todas las consideraciones de orden estético. La mayor fealdad en la vida humana es y será siempre el yugo de la esclavitud. ¿Será posible que esos decadentes de Schwabing consideren “estética” la suerte actual del pueblo alemán? Es verdad que, con los judíos, que son los modernos inventores de esa “cultura perfumada”, no se debe discutir sobre esos asuntos. Toda su existencia es una viva protesta contra la estética de la imagen del Supremo Creador.

Si, en la lucha, esos temas de humanidad y belleza son excluidos, tampoco podrán servir de orientación para la propaganda.

La propaganda durante la guerra era un medio para un determinado fin, y ese fin era la lucha por la existencia del pueblo alemán. Por consiguiente, la propaganda sólo podría ser orientada bajo el punto de vista de principios conducentes a lograr dicho objetivo.

Según eso, las armas más crueles eran humanas, si es que su empleo determinaba la pronta consecución de la victoria; y en este orden, buenos eran sólo aquellos métodos capaces de contribuir a asegurarle a la Nación la dignidad de su soberanía. En una lucha tal, de vida o muerte, debió haber sido ésta la única orientación posible para la propaganda de guerra.

Si de esto se hubiesen percatado las autoridades llamadas responsables, jamás se habría podido caer en la inseguridad de la forma y modo de aplicación de ese recurso, que también es un arma, y un arma verdaderamente terrible en manos de quien sabe servirse de ella.

La segunda cuestión de importancia decisiva era la siguiente: ¿a quién debe ser dirigida la propaganda, a los intelectuales o a la masa menos culta? ¡La propaganda siempre deberá dirigirse a la masa!

Para los intelectuales, o para aquellos que hoy, lamentablemente, así se consideran, no se debe hablar de propaganda y sí de instrucción científica.

Semejantes son las condiciones con las que hoy designamos la palabra propaganda.

El fin de la propaganda no es la educación científica de cada cual, y sí llamar la atención de la masa sobre determinados hechos, necesidades, etcétera, cuya importancia sólo de esta forma entra en el círculo visual de la masa.

El arte está exclusivamente en hacer esto de una manera tan perfecta que provoque la convicción de la realidad de un hecho, de la necesidad de un procedimiento, y de la justicia de algo necesario. La propaganda no es y no puede ser una necesidad en sí misma, ni una finalidad. De la misma manera como en el supuesto del cartel, su misión es la de llamar la atención de la masa y no enseñar a los cultos o a aquellos que procuran cultivar su espíritu; su acción debe estar cada vez más dirigida al sentimiento y sólo muy condicionalmente a la llamada razón.

Toda acción de propaganda tiene que ser necesariamente popular y adaptar su nivel intelectual a la capacidad receptiva del más limitado de aquellos a los cuales está destinada. De ahí que su grado netamente intelectual deberá regularse tanto más hacia abajo, y cuanto más grande sea el conjunto de la masa humana que ha de abarcarse. Mas, cuando se trata de atraer hacia el radio de influencia de la propaganda a toda una Nación, como exigen las circunstancias en el caso del sostenimiento de una guerra, nunca se podrá ser lo suficientemente prudente en lo que concierne a cuidar que las formas intelectuales de la propaganda sean simples en lo posible.

Cuanto más modesta sea su carga científica y cuanto más tenga en consideración el sentimiento de la masa, tanto mayor será su éxito. Esto, sin embargo, es la mejor prueba de lo acertado o erróneo de una propaganda, y no la satisfacción de las exigencias de algunos sabios o jóvenes estetas. El arte de la propaganda reside justamente en la comprensión de la mentalidad y de los sentimientos de la gran masa. Ella encuentra, por la forma psicológicamente adecuada, el camino para la atención y para el corazón del pueblo. Que nuestros sabios no comprendan esto, la causa reside en su pereza mental o en su orgullo. Comprendiéndose la necesidad de la conquista de la gran masa, por medio de la propaganda, se saca la siguiente conclusión: es errado querer dar a la propaganda la variedad, por ejemplo, de la enseñanza científica.

La capacidad receptiva de la gran masa es sumamente limitada y no menos pequeña su facultad de comprensión; en cambio, es enorme su falta de memoria. Teniendo en cuenta estos antecedentes, toda propaganda eficaz debe concretarse sólo a muy pocos puntos y saberlos explotar como apotegmas hasta que el último hijo del pueblo pueda formarse una idea de aquello que se persigue. En el momento en que la propaganda sacrifique ese principio o quiera hacerse múltiple, quedará debilitada su eficacia por la sencilla razón de que la masa no es capaz de retener ni asimilar todo lo que se le ofrece. Y con esto sufre detrimento el resultado, para acabar a la larga por ser completamente nulo.

Cuanto más importante sea el objetivo a alcanzar, tanto más cierta, psicológicamente, debe ser la táctica a emplear.

Fue un error fundamental ridiculizar al adversario como lo hacía la propaganda de las hojas humorísticas de Austria y Alemania.

Error fundamental, porque el individuo, cuando llegaba el momento de verse cara a cara con el enemigo, cambiaba por completo la idea que tenía, lo cual debió, por cierto, traer muy graves consecuencias. Bajo la impresión inmediata de la resistencia que oponía el adversario, el soldado alemán se sintió defraudado por aquellos que hasta entonces habían ilustrado su criterio, y en lugar de experimentar una reacción de mayor espíritu combativo, o por lo menos una consolidación del mismo, se produjo el fenómeno contrario, sobreviniendo un momentáneo desaliento.

Opuestamente a esto, la propaganda de guerra de los ingleses y de los americanos era psicológicamente adecuada, porque al pintar a los alemanes como a bárbaros, como si fuesen hunos, disponían a sus soldados a los horrores de la guerra y contribuían así a ahorrarles decepciones. El arma más terrible que hubiera podido emplearse contra ellos no les habría entonces parecido más que una comprobación de lo ya oído, acrecentándose de este modo su fe en la rectitud de las apreciaciones de su gobierno y ahondando por otra parte su furor y su odio contra el enemigo maldito. El cruel efecto del arma del adversario que comenzaba a experimentar le parecía, al poco tiempo, una prueba de la brutalidad feroz del enemigo “bárbaro”, del que ya había oído hablar, sin que, por un instante, hubiese sido inducido a pensar que sus propias armas fuesen, muy posiblemente, de acción más devastadora.

Así fue como el soldado inglés jamás tuvo la impresión de haber sido falsamente informado en su país, muy al contrario de lo que por desgracia ocurría con el soldado alemán, que acabó por rechazar en general como “embustes” las informaciones de propaganda que recibía desde retaguardia.

Todo ello era la resultante de encomendar ese servicio de propaganda al primer burro que se encontraba, en vez de comprender que para este servicio era necesario un profundo conocedor del alma humana.

La finalidad de la propaganda no consiste en compulsar los derechos de los demás, sino en subrayar con exclusividad el suyo propio.

Mucho se podría haber aprendido del enemigo, sobre todo aquél que, con los ojos abiertos y con el sentido alerta, observase la ola de propaganda enemiga durante los cuatro años y medio de guerra.

Lo que se comprendía menos era la primera condición de toda actividad propagandística, a saber: la actitud fundamentalmente subjetiva y unilateral que la misma debe asumir en relación al objetivo previsto. En este terreno se cometieron errores tan grandes, desde el comienzo de la guerra, que se tenía el derecho a dudar si tanta equivocación podía ser atribuida sólo a la pura ignorancia.

¿Qué se diría, por ejemplo, de un cartel anunciando un nuevo jabón si en el mismo se indican como “buenos” otras marcas de jabones? La única cosa que se podría hacer ante eso sería encogerse de hombros y seguir.

Lo mismo sucede en relación a la propaganda política.

Error capital fue el de discutir la cuestión de la culpabilidad de la guerra considerando que no sólo Alemania era la responsable del estallido de la catástrofe. Mejor se habría obrado imputando totalmente la culpa al enemigo, aun en el caso de que esto no hubiese sido verdad, como en realidad lo era.

¿Cuál fue la consecuencia de esta indecisión?

La gran masa de un pueblo no se compone de diplomáticos o sólo de catedráticos de Derecho, ni siquiera de personas capaces de pensar con acierto, y sí de criaturas propensas a la duda y a las incertidumbres. Cuando se verifica en una propaganda el menor indicio de reconocer un derecho a la parte contraria, se crea inmediatamente la duda en cuanto al derecho propio. La masa del pueblo es incapaz de distinguir dónde acaba la injusticia ajena y dónde comienza la suya propia. Ella, en un caso como éste, se vuelve indecisa y desconfiada, sobre todo cuando el adversario no comete la misma cretinez, sino, por el contrario, lanza todas las culpas sobre el enemigo. Nada más natural, pues, que finalmente el pueblo termine creyendo más en la propaganda enemiga que en la propia, dada la uniformidad y coherencia de aquélla. Ese fenómeno es, entonces, inevitable cuando se trata de un pueblo como el alemán, que ya de por sí sufre de tan gran manía de objetivismo, y está siempre preocupado de evitar injusticias al enemigo, Incluso ante el peligro de su propio, aniquilamiento.

La masa no llega a comprender que no es así como se imaginan esas cosas en los puestos de mando.

La gran mayoría del pueblo es, por naturaleza y criterio, de índole tan femenina que su modo de pensar y obrar se subordina más a la sensibilidad anímica que a la reflexión.

Esa sensibilidad no es complicada, por el contrario, es muy simple y rotunda. Para ella no existen muchas diferenciaciones, sino un extremo positivo y otro negativo: amor u odio, justicia o injusticia, verdad o mentira, pero jamás estados intermedios.

Todo eso lo supo comprender y tomar en cuenta en forma realmente genial la propaganda inglesa. Allá no había en efecto razones de dos filos que condujesen a la duda.

Una prueba del admirable conocimiento de la emotividad primitiva de la gran masa la constituía su propaganda de las “atrocidades alemanas”, perfectamente adaptada a las circunstancias.

Esta táctica sirvió para asegurar, en forma tan inescrupulosa como genial, las condiciones necesarias para el mantenimiento de la moral en el teatro de la guerra, aun en el caso de las mayores derrotas. Otra prueba de la propaganda inglesa en este orden, era la contundente sindicación que se hacía del enemigo alemán considerándolo como el único responsable del estallido de la guerra. Una mentira que sólo gracias a la parcialidad e impúdica persistencia con que era difundida, pudo adaptarse al sentir apasionado y siempre extremista de las muchedumbres; por eso mereció crédito.

Cuán eficiente fue esa manera de hacer propaganda, quedó plenamente evidenciada en el hecho de haber conseguido, después de cuatro años, no sólo asegurar la resistencia del enemigo sino incluso comenzar a influir nocivamente en el modo de ver de nuestro propio pueblo.

No es de extrañar que a nuestra propaganda le estuviera reservado un fracaso. Era portadora de la simiente de la ineficacia en sus propias vacilaciones. Además de eso, era poco probable, a juzgar por su contenido, que fuera capaz de producir el efecto necesario en el seno de la multitud anónima.

Sólo nuestros “estadistas” faltos de espíritu podían imaginar que, con ese pacifismo anodino y oliendo a flor de azahar, se consiguiese despertar el entusiasmo de alguien hasta el punto de arrastrarlo al sacrificio, incluso de la vida. Fue, pues, inútil esa miserable táctica y hasta perniciosa. Cualquiera que sea el talento que se revele en la dirección de una propaganda, no conseguirá el éxito si no se toma en consideración siempre e intensamente un postulado fundamental: ella tiene que conformarse con poco; sin embargo, ese poco tendrá que ser repetido constantemente. La persistencia, en este caso, es, como en muchos otros de este mundo, la primera y más importante condición para el éxito.

Los temas de propaganda, precisamente, no pueden ser dirigidos por estetas, ni por “blasés" [Hastiado de todo]. Los primeros imprimen, por la forma y por la expresión, un sello a la propaganda que, dentro de poco, sólo tiene poder de atracción en los círculos literarios; los segundos, deben ser cuidadosamente evitados, pues su falta de sensibilidad hace que se busquen constantemente nuevos atractivos. Esas personas se cansan de todo con facilidad; lo que ellos desean es la variedad y son incapaces de una comprensión de las necesidades de sus conciudadanos todavía no contaminados por su pesimismo.

Ellos son siempre los primeros críticos de la propaganda, o, mejor dicho, de su contenido, el cual les parece demasiado arcaico, etcétera. Sólo quieren novedades, sólo buscan variedad y se vuelven de esa forma enemigos mortales de una conquista eficiente de las masas, desde el punto de vista político. Después que una propaganda, en su organización y en su contenido, comienza a orientarse por las necesidades de aquéllos, pierde toda unidad y se dispersa completamente.

La propaganda, por consiguiente, no fue creada para proporcionar a esos señores blasés una distracción interesante y sí para convencer a la masa. Ésta necesita —por ser de más lenta comprensión— de un determinado período de tiempo, antes de estar en condiciones de tomar conocimiento de un hecho y, solamente después de repetirles millares de veces los conceptos más elementales, es cuando su memoria entrará a retenerlos.

La variación en la propaganda no debe alterar jamás el sentido de aquello que es el objeto de esa propaganda, sino que desde el principio hasta el fin debe significar siempre lo mismo. El motivo en cuestión puede ser considerado desde puntos de vista diferentes, mas es condición esencial que toda exposición entrañe en resumen, invariablemente, la misma fórmula. Sólo de esta suerte es posible hacer que la propaganda sea eficaz y uniforme.

Sólo la línea maestra, que nunca debe ser abandonada, es capaz, guardando la acentuación uniforme y coherente, de hacer madurar el éxito final. Sólo entonces se podrá constatar con asombro cuán formidables y casi incomprensi­bles resultados es capaz de producir una persistencia tal.

El éxito de toda propaganda, sea en el campo del comercio o en el de la política, supone una acción perseverante y la constante uniformidad de su aplicación.

También en esto fue ejemplar la propaganda de los Aliados, basada en pocos puntos de vista, exclusivamente destinada a la masa y llevada adelante con tenacidad incansable.

Durante toda la guerra se emplearon los principios fundamentales reconocidos correctos, así como las formas de ejecución, sin que se intentara nunca la más mínima modificación. Al principio, esa táctica parecía descabellada en el atrevimiento de sus afirmaciones. Se volvió más tarde desagradable, y al final traída. Y es así como al cabo de cuatro años y medio estalló en Alemania una revolución, cuyo lema provenía de la propaganda de guerra enemiga.

Inglaterra se había percatado de algo más al considerar que el éxito del arma espiritual de la propaganda dependía de la magnitud de su empleo, y que el éxito compensaba plenamente todo esfuerzo económico.

La propaganda era considerada allí como un arma de primer orden, en tanto que entre nosotros no significaba otra cosa que el último mendrugo para políticos sin situación, o bien la posibilidad de un puestecillo de retaguardia para héroes modestos.

Por eso, en conjunto, el resultado de la propaganda alemana de guerra fue Igual a cero.

[…]

Capítulo VI

NUESTRA LUCHA EN LOS PRIMEROS TIEMPOS. LA IMPORTANCIA DE LA ORATORIA

Perduraba aún la resonancia de nuestra primera asamblea, realizada el 24 de febrero de 1920 en la sala principal de la “Hofbräuhaus" de Munich, cuando comenzaron los preparativos para una próxima reunión. Contrariamente al criterio, hasta entonces sustentado, sobre el riesgo que entraña efectuar pequeñas asambleas políticas una vez al mes y hasta cada quince días, resolvimos que en adelante debía llevarse a cabo semanalmente un gran mitin.

En aquellos tiempos, nos hacíamos siempre esta angustiosa pregunta: ¿El pueblo vendrá a nuestras reuniones, estará dispuesto a oírnos? Por lo que a mí respecta, ya estaba firmemente convencido de que una vez que el pueblo asistiese a los mítines, allí permanecería y escucharía a los oradores con atención.

En aquella época, la sala de la “Hofbrauhaus” llegó a tener para los Nacionalsocialistas una significación casi sagrada. Cada semana un mitin, y cada vez más concurrido y más ferviente el auditorio. En nuestras conferencias discutíamos sobre la “culpabilidad de la guerra”, tema del cual nadie se ocupaba en aquellos tiempos; nos interesábamos igualmente por los tratados de paz y, en fin, por todo aquello que, ideológicamente o desde el punto de vista de la agitación política, parecía conveniente o necesario. Sobre todo, la crítica del Tratado de Paz despertaba gran atención popular. Casi todo lo que el nuevo movimiento profetizó sobre ese asunto se realizó después. Hoy es fácil hablar o escribir sobre el Tratado de Paz. Un mitin popular de grandes proporciones, formado por excitados elementos proletarios y no por flemáticos burgueses y donde se tenía por tema el Tratado de Versalles era considerado entonces como un ataque contra la República y como el síntoma de una tendencia reaccionaria, si no monárquica. Ya a las primeras palabras que implicaban una crítica para el Tratado de Versalles, se podía oír en el auditorio la exclamación violenta con la frase estereotipada: “¿Y qué es el Tratado de Brest-Litovsk?'’. '‘¡Brest-Litovsk! "Brest-Litovsk!”, continuaba gritando la muchedumbre, hasta quedar ronca, o bien hasta que el orador renunciaba a su propósito de persuadir. Ante un pueblo semejante, uno habría podido darse con la cabeza contra la pared de desesperación.

Era un pueblo sordo, reacio a querer comprender que Versalles constituía una deshonra y un oprobio. Hasta se resistía a reconocer que ese Tratado significaba una inicua expoliación de la Nación Alemana. El trabajo destructor del marxismo y el veneno de la propaganda enemiga habían nublado la razón de aquellas gentes. En realidad no había derecho para quejarse, puesto que la culpa pesaba gravemente sobre nuestra burguesía. ¿Qué había hecho ella para atajar tan terrible obra disociadora y para combatirla, imponiéndose el deber de abrir paso a la verdad, mediante una labor de difusión popular bien encaminada y minuciosa? Nada, absolutamente nada. Nunca encontré, en aquellos tiempos, a los grandes apóstoles de hoy. Tal vez estuviesen pronunciando conferencias en reuniones familiares, a la hora del té o en otros círculos semejantes. No se encontraban nunca en el lugar en que debieran estar, esto es, entre los lobos, aullando con ellos.

En esa época me era claro el hecho de que para el pequeño núcleo de nuestro Movimiento, en sus comienzos debía aclararse previamente la cuestión de la culpabilidad de la guerra, es decir, establecer la verdad histórica. Fue una condición sinequa non del éxito de nuestra causa el haber proporcionado a las masas la comprensión del Tratado de Paz. Como en aquellos tiempos todos veían en esa paz una victoria de la democracia, se hacía necesario luchar contra esa idea y grabar en la cabeza del pueblo y para siempre el odio contra eso Tratado para que más tarde cuando esa obra de mentiras apareciese en su dura realidad, el recuerdo de nuestra actitud de antaño sirviese para mantener hacia nosotros la confianza del pueblo.

Ya en aquellos días, sin temer a la impopularidad, al odio ni a la lucha, asumí una actitud abiertamente contraria al criterio dominante con respecto a las grandes cuestiones de principio, en las cuales toda la opinión pública sostenía un punto de vista erróneo. El Partido Nacionalsocialista no debe ser un esbirro de la opinión pública, sino el formador de la misma.

Existe naturalmente, sobre todo para un Movimiento todavía incipiente, la gran tentación de adherirse y vociferar con los demás, cuando un adversario mucho más poderoso ha logrado, gracias a su arte de seducción, inducir al pueblo a una resolución absurda, o a adoptar una actitud falsa. Y esto precisamente cuando unas pocas razones, aunque sólo aparentes, desde el punto de vista del interés del propio Movimiento, inducen a obrar en aquel sentido.

La cobardía humana busca con tanto ardor esas razones que casi siempre encontrará alguna cosa que ofrezca una apariencia de justicia para, desde su punto de vista, colaborar en un crimen semejante.

Más de una vez experimenté casos en los cuales fue necesario el máximo de energía para impedir que la nave de nuestro Movimiento resultase arrastrada por la corriente general, artificialmente provocada. La última vez que esto sucedió fue cuando nuestra prensa infernal, que es la Hécuba de la Nación Alemana, consiguió dar a la cuestión del Sur del Tirol una preeminencia que tuvo graves consecuencias para el país.

Sin reflexionar sobre la causa a la que estaban sirviendo, muchos de los llamados nacionalistas, individuos, partidos y asociaciones, simplemente su temor a la opinión pública excitada por los judíos, hicieron coro común con el sentir general e idiotamente dieron su apoyo a la lucha contra un sistema que nosotros los alemanes, especialmente en la crisis actual, deberíamos ver como una brillante esperanza en este momento de corrupción mundial. Mientras el judaísmo internacional, lenta pero firmemente, intentaba estrangularnos, los que se dicen patriotas vociferaban contra un hombre y un sistema que se había aventurado a liberar por lo menos un trozo del planeta de la dominación de los judío-masones y a oponer las fuerzas nacionales contra ese veneno internacional. Era más cómodo, sin embargo, para caracteres débiles navegar a favor de los vientos y capitular ante el clamor de la opinión pública. Y, de hecho, todo no pasó de una capitulación. Pueden esos individuos, con la falsedad y la maldad que les es peculiar, no confesar esa debilidad, ni incluso ante su propia conciencia, pero la verdad es que sólo por miedo y cobardía de la opinión pública, preparada por los judíos, consintieron en colaborar en la acción a la que nos referimos. Todas las demás razones que presentaron no pasaron de ser más que miserables subterfugios de quienes tienen la mala conciencia del crimen ejecutado.

Se hacía, pues, necesario un puño de hierro para dar otra orientación a la política y librarnos así de los daños ocasionados por esa mala dirección. Intentar un cambio de esa naturaleza en un momento en que la opinión pública era excitada en un determinado sentido por las oscuras fuerzas, no era una misión popular sino, al contrario, extremadamente peligrosa, incluso para los más audaces. Sucede, sin embargo, en la Historia que, en estos momentos, aparecen algunos raros individuos que se dejan lapidar por un gesto que dará a la posteridad motivos para postrarse a sus pies.

Con ese reconocimiento de la posteridad debe contar todo Movimiento de gran alcance y no solamente con los aplausos de los coetáneos. Puede suceder que, a veces, los individuos se dejen perturbar. No deben, sin embargo, olvidar que, después de esas horas difíciles, vienen las gloriosas del triunfo y que una Idea que pretende renovar el mundo tiene que mirar más al futuro que al presente.

Se puede comprobar fácilmente que los mayores éxitos y sus efectos más duraderos en la Historia de la Humanidad fueron incomprendidos en los comienzos. Y eso porque se contraponían a los puntos de vista de la opinión pública. Lo pudimos verificar en los primeros días de nuestra presentación en público. Nunca hemos implorado el favor de las masas, sino que hemos afrontado los desvaríos de este pueblo. Casi siempre sucedía, en aquellos tiempos, el que me presentara en reuniones de hombres que creían y querían lo contrario de lo que yo les decía y ofrecía. Nuestra misión era, durante dos horas o más, liberar a dos o tres mil hombres de las nociones erradas que poseían; por golpes sucesivos, destruir los fundamentos de las mismas y, finalmente, atraerlos hacia nuestras ideas y nuestra causa.

En corto tiempo había aprendido algo muy importante: arrebatarle al enemigo de la mano el arma de su réplica. Pronto se hizo notorio que nuestros adversarios, particularmente sus oradores, aparecían en escena con un “repertorio" determinado y en el cual se repetían siempre los mismos argumentos contra nuestros asertos, de tal modo que la sistemática del procedimiento permitía deducir que se trataba de un definido y homogéneo entrenamiento. Y así era en efecto. Aquí nos fue dado conocer la extraordinaria disciplina de la propaganda puesta en acción por nuestros adversarios, y aún hoy me siento orgulloso de haber encontrado el medio de neutralizar la eficacia de esa propaganda y de anular a sus autores. Dos años más tarde me había hecho maestro en ese arte.

En cada uno de los discursos era esencial orientarse previamente acerca del probable contenido y la forma de las objeciones que podrían ser formuladas en el curso de la discusión, para, según eso, analizarlas minuciosamente en el propio discurso. Convenía desde un comienzo mencionar las posibles impugnaciones del adversario y demostrar su inconsistencia. Así el oyente, a pesar de las numerosas objeciones que le habían sido inspiradas, por la destrucción anticipada de las mismas era fácilmente conquistado para la causa, siempre que fuese un hombre bien intencionado. La lección que le enseñaron de memoria era abandonada y su atención era cada vez más atraída hacia la exposición del orador.

Ésa fue la razón por la que a partir de mi primera conferencia sobre el Tratado de Paz de Versalles, que dicté para la tropa de mi regimiento, en mi calidad de “instructor”, optara por cambiar el tema, hablando en lo sucesivo simultáneamente de los “Tratados de Paz de Brest-Litovsk y Versalles”. El primero de éstos siempre había irritado al auditorio; poco tiempo después, y a decir verdad, ya en el curso de la primera de mis nuevas conferencias, pude constatar que la gente no tenía en realidad ni la menor idea de lo que era Brest-Litovsk, pero que, sin embargo, gracias a la hábil propaganda de sus partidos políticos, había sido posible presentar este Tratado y no el de Versalles como uno de los actos de violencia más humillantes del mundo. La persistencia con que semejante mentira era difundida entre la gran masa del pueblo hizo que millones de alemanes creyesen ver en el Tratado de Versalles una justa compensación para el crimen cometido por nosotros en Brest-Litovsk, considerando, en consecuencia, injusta toda oposición al Tratado de Versalles.

Y ésta fue también una de las causas que contribuyó a que en Alemania se arraigara aquella tan desvergonzada como monstruosa palabra: “reparación”. Simulación canallesca, que aparecía realmente ante los ojos de millones de nuestros engañados compatriotas como la concreción de una justicia superior. ¡Terrible, pero fue así A pesar de ello, tuve éxito con la propaganda que dirigí contra el Tratado de Brest-Litovsk. En mis conferencias confrontaba ambos Tratados, los comparaba punto por punto, demostrando cuán inmensamente humano debía aparecer en verdad el Tratado de Brest-Litovsk frente a la inhumana crueldad del de Versalles. El resultado debió ser sorprendente. Trató el tema en asambleas de dos mil personas, donde a menudo se concentraba sobra mí la mirada hostil de unas mil ochocientas. Tres horas más tarde me veta rodeado de una muchedumbre poseída de indignación sagrada y de furia inaudita contra los enemigos de la Patria. Una vez más se desarraigaba de los corazones y de los cerebros de miles una gran mentira, para en su lugar quedar inculcada una verdad.

Yo consideraba las conferencias sobre “Las Verdaderas Causas de Guerra” y sobre “Los Tratados de Versalles y Brerst-Litovsk” como las más importantes. Por eso las repetía decenas de veces, siempre con argumentos nuevos, hasta que una comprensión clara y definida se formase en el espíritu de los oyentes, entre los cuales nuestro Movimiento captaba los primeros adeptos.

Estas asambleas tuvieron para mí, además, la ventaja de haber ido adaptándome poco a poco al carácter de un orador de grandes mítines: se me había hecho corriente el tono patético y la mímica que se requiere para hablar una gran sala ante un auditorio de miles.

Como ya dije, hasta entonces nunca se había dado en público y ante grandes masas una explicación sobre esos Tratados con la orientación adoptada por mí. Sin embargo, hoy otros partidos llenan su boca con esas ideas y actúan como fuesen ellos los que hubieran modificado la opinión popular. Si los llamados partidos políticos nacionalistas alguna vez hicieron conferencias en ese sentido fue siempre en círculos que ya poseían las mismas ideas del conferenciantes y sólo servían para fortalecer las convicciones del auditorio.

No sucedió nunca, sin embargo, que por medio de la propaganda se procurase conquistar la adhesión de los que, hasta entonces, por su educación por sus ideas se mantenían en el campo opuesto.

Al servicio de nuestra labor de difusión pusimos también la propaganda impresa. Ya en el seno de la tropa yo había redactado un folleto haciendo una comparación entre el Tratado de Brest-Litovsk y el de Versalles, que alcanzó una gran tirada. Más tarde me serví de ese medio para la propaganda del Partido. En ese punto, también la eficiencia se hizo sentir.

Nuestras primeras asambleas se caracterizaron por la circunstancia de que las mesas hallábanse cubiertas de volantes, periódicos, revistas, folletos, etcétera. Sin embargo, a la palabra hablada le atribuíamos importancia capital, porque en realidad sólo ella es capaz de impulsar grandes transformaciones, y esto debido a razones de orden psicológico.

En otro capítulo de este libro, ya llegué a la conclusión de que todos los acontecimientos importantes, todas las revoluciones mundiales, no son nunca fruto de la palabra escrita sino, por el contrario, son siempre producidos por la palabra hablada.

Sobre este asunto se entabló, en un sector de la prensa, una amplia discusión, en la que nuestros intelectuales de la burguesía combatieron aquella afirmación. La razón por la que esto acontecía era suficiente para destruir los argumentos de los que contrariaban esa verdad. Los intelectuales burgueses protestaban contra tal noción, sólo porque visiblemente no poseían energía y capacidad para ejercer influencia sobre la masa por medio de la palabra hablada. Acostumbrados a actuar siempre por la palabra escrita, no eran capaces de utilizar la gran fuerza explosiva de un discurso. Ese hábito, con el correr de los tiempos, tuvo fatalmente el resultado que hoy descubrimos en la burguesía; esto es, la pérdida del instinto de acción sobre las masas.

El orador tiene en el auditorio al cual se dirige un punto permanente de referencia, siempre que sepa leer en la expresión de sus oyentes hasta qué punto éstos son capaces de seguirle y comprender sus ideas, y que sepa ver también si la impresión y el efecto producidos por sus palabras conducen al propósito deseado. El escritor, en cambio, nada sabe de sus lectores. En consecuencia no podrá dirigirse a un determinado público situado al alcance de sus ojos, sino que deberá dar a sus exposiciones un carácter general y difuso. De esta forma pierdo, hasta cierto punto, la finura necesaria para comprender la psicología popular y, con el tiempo, la plasticidad indispensable. Es más frecuente que un brillante orador consiga ser un gran escritor que viceversa.

Es preciso anotar aunque las masas humanas son naturalmente prejuiciosas y, por eso, inclinadas a conservar sus antiguos hábitos. Raramente, por impulso propio, procuran leer cualquier cosa que no corresponda a las ideas que ya poseen o que no contengan aquello que esperan encontrar. Un impreso de tendencia determinada será leído en la mayoría de los casos únicamente por gentes que ya se cuentan entre los adeptos de esa corriente. Quizá, por su concisión, puede un volante o un anuncio contar con la posibilidad de atraer pasajeramente la atención de una persona que piensa de modo diferente.

Mejores perspectivas de éxito tiene en este orden la propaganda gráfica en todas sus formas, incluso el film. En este caso, los individuos no son obligados a hacer ningún trabajo mental. Basta mirar los pequeños textos. Muchos preferirán una representación por imágenes a la lectura de un largo escrito. Un gráfico proporciona en tiempo mucho más corto, a veces casi de golpe, una explicación que por escrito se obtendría sólo después de penosa o dilatada lectura.

Lo más importante es que el escritor nunca sabe a qué medios van a parar sus obras ni quién va a aceptar sus ideas. La actuación del propagandista será en general, tanto más eficiente cuanto más las ideas propagadas correspondan al nivel intelectual y al modo de ser de los lectores. Un libro que esté destinado a las grandes masas debe, en primer lugar, esforzarse por adoptar un estilo y una elevación completamente diferentes de otro que se dirija a las altas clases intelectuales. Sólo con esa capacidad de adaptación puede la palabra escrita aproximarse, en sus efectos, a la palabra hablada.

Supongamos que el orador trate del mismo asunto explicado en un libro. Si él es un gran orador, no precisa repetir el mismo asunto dos veces de la misma forma. El orador siempre se dejará influenciar por la masa, de modo que instintivamente fluyen de sus labios justamente aquellas palabras que él necesita para tocar el alma de los oyentes. Cuando toma un camino equivocado, tiene la oportunidad de corregirlo. En la fisonomía del auditorio podrá observar, primero, si está siendo comprendido; segundo, si todos los oyentes pueden seguirlo; tercero, si están persuadidos de la justicia de lo que está diciendo.

Si ve que no le comprenden, expresarán sus conceptos en formas tan elementales y claras que hasta el último de sus auditores tendrá que entenderla, si se percata de que no son capaces de seguirle, entonces desarrollará sus ideas tan cuidadosa y lentamente que el más ignorante de entre ellos no quede sin participar; y si, finalmente, nota que sus oyentes no parecen hallarse convencidos de la veracidad de lo expuesto, optará por repetir lo mismo cuántas veces sea necesario, siempre en forma de nuevos ejemplos, refutando las objeciones que, sin serle hechas, él capta en el auditorio y las refuta y desmenuza hasta que, en definitiva, el último sector de oposición revele, a través de su actitud y de la expresión de los que lo forman, haber capitulado ante la poderosa argumentación del orador.

Lo más corriente es que se trate de destruir en las gentes prejuicios que no tienen arraigo en su intelecto, sino que inconscientemente están basados sólo en el instinto. Vencer esta barrera de animadversión instintiva, de odio apasionado y de repulsión preconcebida, es mil veces más difícil que rectificar una opinión científica deficiente o errónea. Las concepciones falsas y la deficiente instrucción son susceptibles de corregirse mediante la enseñanza; en cambio, jamás se rectificarán por el mismo medio las resistencias del sentimiento. Sólo una llamada a esas fuerzas misteriosas es capaz de hacer efecto. Muy difícilmente puede lograr esto el escritor.

La prueba más evidente de eso está en el hecho de que la prensa burguesa, a pesar de su gran habilidad, a pesar de distribuirse por millones sus ejemplares, no ha podido evitar que las masas se constituyeran en los mayores enemigos del mundo burgués. El aluvión de periódicos y de libros que todos los años producen los intelectuales se escurre entre millones de alemanes de las clases inferiores, como agua sobre piel untada de aceite.

Este hecho puede probar dos tesis: o el error de contenido de todas esas producciones escritas, o la imposibilidad de alcanzar el corazón de las masas sólo por la palabra escrita, sobre todo cuando esta palabra escrita no está de acuerdo con la psicología colectiva, como es nuestro caso.

No se objete (como lo intentó un gran periódico Nacionalista de Berlín) que el marxismo con sus escritos, sobre todo por la actuación de la obra fundamental de Karl Marx, ofrece una prueba en contrario de nuestra afirmación.

Lo que al marxismo le dio el asombroso poder sobre las muchedumbres no fue de ningún modo la obra escrita, de carácter judío, sino más bien la enorme avalancha de propaganda oratoria que en el transcurso de los años se apoderó de las masas. Entre cien mil obreros alemanes no hay, por término medio, cien que conozcan la obra de Marx, obra que desde un principio fue estudiada mil veces más por los intelectuales, y ante todo por los judíos, que por los verdaderos adeptos al marxismo, situados en las vastas esferas inferiores del pueblo; como que tampoco esta obra fue escrita para la masa, sino exclusivamente para loe dirigentes intelectuales de la máquina judía de conquista mundial, máquina que se alimentó luego con un combustible muy poderoso: la prensa marxista, tan diferente a nuestra prensa burguesa.

La prensa marxista está escrita por agitadores, en tanto que la burguesa, aun queriendo hacer también agitación, se sirve sólo de “plumíferos”.

El redactor clandestino socialdemócrata y marxista, que casi siempre sale de los locales de reunión para las redacciones, conoce a su gente mejor que nadie. El plumífero burgués, que sale de su oficina para ponerse en contacto con el pueblo, se pone enfermo sólo al sentir el olor de las masas y, por eso, queda impotente frente a ellas, con su “palabra escrita”.

Lo que hizo que el marxismo conquistase a millones de trabajadores fue menos la manera de escribir de los pontífices marxistas que la infatigable y verdaderamente poderosa propaganda de cien mil incansables agitadores, empezando por los apóstoles de la primera fila, hasta los pequeños empleados de fábricas y los oradores populares. Fue en las centenas de miles de reuniones, en las salas contaminadas de humo de los albergues, donde los oradores martillaban sus ideas en la cabeza del pueblo, obteniendo un conocimiento fabuloso del material humano, donde el marxismo aprendía a usar las armas adecuadas para conquistar la opinión pública.

La victoria del marxismo se debió también a las formidables demostraciones colectivas, a aquellas manifestaciones de cientos de miles de hombres, ante los cuales los individuos se consideraban mezquinos gusanos, pero, a pesar de eso, se enorgullecían de pertenecer a la gigantesca organización, al soplo de la cual el odiado mundo burgués podría ser aventado, permitiendo a la dictadura proletaria festejar su victoria final.

De esa propaganda proceden los hombres que estaban preparados para leer la prensa socialdemócrata, prensa que no es escrita sino “hablada". Mientras, en el campo burgués, profesores y exegetas, teóricos y escritores de todas las ideas, intentaron usar la tribuna, los oradores marxistas también se dedicaron a la producción de trabajos escritos. Sobre todo el judío, que, en esos asuntos, no debe ser nunca perdido de vista; sin embargo, gracias a su dialéctica mentirosa y a su maleabilidad, él será siempre más aficionado a la oratoria que a la palabra escrita.

Ésa es la razón por la que los burgueses (poniendo de lado el hecho de que estaban en gran parte influenciados por los judíos y no tenían ningún interés en instruir a la colectividad) no pudieron ejercer la menor influencia sobre la gran masa del pueblo.

De cuán difícil es destruir prejuicios, impresiones y sentimientos y substituidos por otros que dependen de influencias y condiciones imprevisibles, sólo el orador, que siente el alma popular, se puede hacer una idea. Porque, extrañamente, la misma conferencia, el mismo orador, el mismo tema, producen efectos diferentes a las diez de la mañana que a las tres de la tarde, o en la noche. Yo mismo, como principiante, intenté hacer reuniones por la mañana y me acuerdo muy bien de una demostración que, como “protesta contra la modificación de nuestras fronteras", hicimos en el "Kindl-Keller" de Munich. Era la mayor sala de la ciudad y el riesgo que corríamos pendía sobre nuestras cabezas. Para facilitar la presencia de nuestros adeptos y de todos los que quisieran tomar parte en la misma, fijé la reunión para las diez de la mañana de un domingo La expectativa era de ansiedad, que luego se transformó en una lección de las más instructivas: la sala se llenó, la impresión era de victoria, pero se notaba la más fría disposición por parte del auditorio. Nadie se inflamaba. Yo mismo, como orador, me sentía infeliz, no conseguía establecer contacto con los oyentes. Además, estaba convencido de que no había hablado mal; pero, a pesar de ello, el efecto de la conferencia fue nulo. Descontento, a pesar de haber adquirido una experiencia más, abandoné la sala de reuniones. Otras pruebas que más tarde intenté dieron el mismo resultado.

Eso no debe causar admiración de nadie. Quien asista a una representación teatral a las tres de la tarde y después asista a la misma obra a las ocho de la noche, quedará sorprendido con la diferencia de impresiones. Cualquier persona de sentimientos delicados y de capacidad artística para comprender ese estado de ánimo podrá luego comprobar que la impresión causada por la representación de la tarde no se puede comparar con la misma de la noche. Lo mismo sucede con el cine. Esta última observación es importante, porque se podría decir que, durante el día, los artistas de teatro no desarrollan el mismo esfuerzo que durante la noche.

Sin embargo, con el cine sucede lo mismo, en el día y en la noche. La razón es el tiempo que provoca la alteración, tal como sucediera conmigo en relación al sitio elegido. Hay lugares que provocan frialdad, por motivos que difícilmente se pueden analizar, y donde cualquier intento de armonía con el pueblo encuentra la más firme resistencia. Los recuerdos y representaciones del pasado, presentes en el espíritu de los hombres, también pueden crear una cierta impresión. Así, una representación de “Pársifal” en Bayreuth producirá una impresión diferente de la que tendría lugar en cualquier otra parte del mundo. El místico encanto de la casa de Fest-Spielhügel, de la ciudad de los antiguos margraves, no puede ser substituido ni sobrepasado.

En cualquier caso, significa una disminución del libre albedrío del hombre. Esto es más verdadero todavía cuando se trata de asambleas en las que los individuos poseen puntos de vista opuestos. Por la mañana, e incluso durante el día, la fuerza de voluntad de las personas parece resistir mejor, con más energía, contra la tentativa de imponerles una voluntad extraña. Por la noche, se dejan vencer más fácilmente por la fuerza dominadora de una voluntad fuerte. En realidad, en cada una de esas reuniones hay una lucha de dos filenas opuestas. La superioridad de un verdadero apóstol, en cuanto a elocuencia, se verificará en la conquista de nuevos adeptos.

Tiende al mismo objetivo la misteriosa y mágica hora del Angelus de la Iglesia Católica, con sus luces, su incienso y plegarias.

En esa lucha del orador con el adversario al que se quiere convencer, adquiere aquél, poco a poco, un espíritu de combatividad que casi siempre le falta al escritor. De ahí resulta que las producciones escritas, en su limitada eficiencia, se prestan mejor a la conservación, fortalecimiento y ahondamiento de un punto de vista ya aceptado. Todas las grandes modificaciones históricas fueron debidas a la palabra hablada y no a la escrita.

No se crea, ni por un momento, que la Revolución Francesa se realizó por la fuerza de las teorías filosóficas de los Enciclopedistas. Habría fracasado si no se hubiera contado con un ejército de demagogos de alto estilo, que despertaron las pasiones del pueblo enfervorizado hasta el punto de provocar la terrible erupción que dejó a Europa transida de espanto.

La misma explicación tiene la mayor Revolución de nuestros días, la Revolución Comunista de Rusia. Ella no fue la consecuencia de los escritos de Lenin, sino de la eficacia oratoria de grandes y pequeños agitadores que despertaron el odio de las masas contra la situación existente.

Un pueblo de analfabetos no sería arrastrado nunca a una revolución comunista por la lectura de un teórico como Karl Marx, pero sí por los millares de agitadores que, al servicio de una idea, arengaban al pueblo.

Eso fue y ha de ser así.

Corresponde plenamente a la falta de sentido práctico de la mentalidad alemana la creencia de que lógicamente el escritor tiene que ser de inteligencia superior al orador. Tal criterio resulta graciosamente ilustrado por el comentario de un periódico burgués, al decir que a menudo decepciona ver publicado el discurso de un orador notable.

Esto me recuerda una crítica análoga que conocí durante la guerra. Se analizaba minuciosamente los discursos de Lloyd George, por entonces Ministro británico de municiones, para llegar a la ingeniosa conclusión de que esos discursos, moral y científicamente considerados, eran de valor secundario y, por lo demás, productos banales y simples. Yo mismo recibí en forma de un pequeño folleto algunos de los discursos de Lloyd George y no pude menos de reír a carcajadas pensando que, naturalmente, un vulgar emborronador de cuartillas no podía tener capacidad para comprender aquellas piezas maestras de manipulación psicológica de las masas. Tal crítico juzgaba los discursos de Lloyd George exclusivamente a través de la impresión que ellos habían producido en su mente presuntuosa, sin darse cuenta de que en realidad el gran demagogo inglés dirigía sus discursos únicamente al propósito de ejercer la mayor influencia posible sobre la masa de sus oyentes y, en sentido más amplio, sobre la totalidad de las clases populares.

Considerados desde este punto de vista, los discursos de Lloyd George constituían admirables producciones, porque testimoniaban un conocimiento verdaderamente asombroso de la psicología de las multitudes.

(Compárese estos discursos con el imponente balbuceo de Bethmann Hollweg! Lo cierto es que, aparentemente, los discursos de éste eran de más calidad intelectual, pero en realidad no demostraban otra cosa que la incapacidad le aquel hombre para hablar a su pueblo.

Que Lloyd George tenía un ingenio no sólo equivalente, sino mil veces superior al de un Bethmann-Hollweg, lo comprobó el hecho de que Lloyd Goorge encontró para sus discursos aquella forma y aquella expresión que debieron abrirle el corazón de su pueblo y que a la postre redijeron a ese pueblo a su incondicional voluntad. El sobresaliente talento político de este inglés se manifiesta precisamente en la sencillez de su lenguaje, en lo elemental de sus formas de expresión y en el empleo de ejemplos simples y fácilmente comprensibles.

La fuerza de la palabra de un estadista que habla a su pueblo no se debe medir por la impresión que produce en el ánimo de un profesor de Universidad, sino por el efecto causado en el seno del pueblo mismo.

Y es sólo esto lo que da la medida para apreciar la genialidad de un orador.

Exclusivamente al conocimiento y a la aplicación constante de esta verdad se debe el asombroso desarrollo del Movimiento Nacionalsocialista, que hace pocos años surgiera de la nada y contra el cual se estrellan hoy los enemigos internos y externos de nuestro pueblo.

Por más importante que sea la producción escrita del Movimiento, ella tendrá siempre más valor para la formación intelectual de los grandes y pequeños líderes, en un plano partidista, que para la conquista de las masas situadas en puntos de vista contrarios. Sólo en casos excepcionalísimos un socialdemócrata convencido o un fanático comunista condescenderá en adquirir un folleto o incluso un libro Nacionalsocialista para leerlos y de ahí formarse una idea sobre nuestra doctrina o para estudiar la crítica a sus convicciones. Los periódicos raramente se leen cuando no traen bien claro el sello del partido al que pertenecen. Además de eso, la lectura de un ejemplar del periódico aclara muy poco. Su literatura es de tal modo difusa, que de la misma ninguna influencia digna de relieve se puede esperar. No se puede y no se debe exigir de nadie, sobre todo de aquellos para los que un Pfennig es mucho dinero, que se suscriban a periódicos enemigos, sólo por el deseo de obtener aclaraciones sobre los puntos de vista opuestos. Eso tal vez suceda en un caso sobre diez mil. Quien ya se adhirió a una causa leerá naturalmente el periódico de su partido, para ponerse al tanto de las noticias del movimiento en el que está incluido.

Lo contrario sucede con los boletines y folletos. Las personas los toman en sus manos y los leen, sobre todo cuando aquéllos se distribuyen gratuitamente. Eso sucede más frecuentemente todavía cuando se anuncia la discusión de un tema que está en boca de todos. Después de la lectura de algunos de esos boletines, el lector tal vez sea conquistado por los nuevos puntos de vista o, al menos, se le habrá despertado su atención hacia el nuevo Movimiento. Sin embargo, por ese medio sólo se conseguirá producir un impulso y nunca una situación definitiva. Esto sólo se obtendrá con los mítines populares.

Desde luego, la asamblea es indispensable porque el individuo, que como futuro prosélito de un naciente Movimiento se muestra hostil al principio, encuentra allí el cuadro de una comunidad numerosa, lo cual llene, para la mayoría de las gentes, influencia reconfortante y alentadora.

El mismo individuo, formando parte de una compañía o de un batallón rodeado de todos sus camaradas, se lanzará más temerariamente al asalto que cuando se halle solo. Agrupado, sentiráse siempre protegido hasta cierto punto, aunque prácticamente mil razones demuestren lo contrario. El sentimiento de comunidad que inspira la manifestación colectiva no sólo alecciona al individuo, sino que cohesiona y contribuye también a crear el espíritu de cuerpo.

El hombre que se inicia en una nueva doctrina y que en su empresa o en su oficina sufre opresiones, precisa fortalecerse por la convicción de que es un miembro y un luchador dentro de una gran colectividad. Esta impresión la reciba sólo en las manifestaciones colectivas. Cuando sale de su pequeña oficina o de su gran fábrica, donde se siente infinitamente pequeño y, por primera vez, entra en una asamblea y allí encuentra a millares de personas con las mismas ideas que las suyas, cuando es arrastrado por la fuerza sugestiva del entusiasmo de tres o cuatro mil personas, cuando el éxito visible de la causa y de la unanimidad de opiniones le proporcionan la convicción y la certeza del nuevo Movimiento, despertándole la duda sobre la verdad de sus antiguas ideas, entonces estará bajo la influencia de lo que podríamos designar con estas palabras: sugestión de las masas. La voluntad, el ansia y también la energía de miles, se acumulan en cada uno. El hombre que lleno de dudas y vacilaciones entra en una asamblea, sala da ella íntimamente reconfortado: se convirtió en un miembro de la comunidad.

El Movimiento Nacionalsocialista nunca debe olvidar esto, y no se dalia nunca dejar influenciar por esos bobos burgueses que lo saben todo, pero que, ni por eso, impidieron ir a la ruina a un gran Estado y perdieron hasta la dirección de la propia clase. Ellos son extraordinariamente inteligentes, saben lodo, entienden de todo; sólo una cosa ellos no entienden: cómo impedir que el pueble alemán cayese en las garras del marxismo. En eso fracasaron de la manera más estrepitosa. Su presunción actual es pura ignorancia. Es sabido que el orgullo anda siempre de la mano de la estupidez.

Cuando esos individuos se rehúsan a dar cualquier valor a la palabra hablada, actúan así simplemente porque están convencidos de la ineficacia de su palabrería hueca.