NOTA A LA PRESENTE EDICIÓN
Este libro fue escrito hace treinta años. El panorama educativo del país ha cambiado radicalmente desde entonces. Su lectura tiene sentido como documento histórico, sin duda muy valioso, pero no explica la actual situación del sistema educativo.
En aquellos años, los precedentes que se tenían permitían contemplar a la educación como un factor de unidad nacional, como impulsor del crecimiento económico y como una vía privilegiada de movilidad que atenuaba la inequidad social.
Lamentablemente, hoy tenemos que reconocer que durante los últimos 25 años la educación ha seguido un proceso gradual y consistente que ha convertido el rezago del sector en uno de los más serios de México, al grado de que la educación dejó de ser ese factor clave de progreso con unidad y equidad social.
Asumir y corregir ese proceso es responsabilidad de toda la sociedad.
Desde luego, ha habido avances importantes en la educación que reciben los alumnos de ingresos altos. Son también evidentes los esfuerzos de superación de algunas instituciones públicas de educación superior, en las que sirven cientos de miles de profesores a millones de estudiantes.
Sin embargo, la rapidez de los cambios sociales y de los avances tecnológicos que han alcanzado otros países evidencia dramáticamente que nuestros esfuerzos han seguido un rumbo equivocado, además de que han sido insuficientes.
FERNANDO SOLANA
Agosto de 2010
PROLOGO
De tiempo en tiempo se siente la necesidad de lanzar una mirada retrospectiva a la historia de nuestro país, para medir sus logros y precisar, dentro de una perspectiva actual, sus exigencias más perentorias. Especialmente en el campo de la educación, que ha sido una de las tareas más ingentes del Estado mexicano, conviene reflexionar sobre nuestras realizaciones.
La educación y la cultura van de Ja mano y se influyen recíprocamente. Durante la Colonia la cultura religiosa, escolástica y tradicional se imponía en todas las instituciones docentes. Éstas eran instrumentos dóciles y eficaces para su permanencia y desarrollo. Formar un hombre piadoso, de sentimientos monárquicos, respetuoso de las tradiciones y las autoridades establecidas parecía ser el desideratum de la educación de la Nueva España.
En el periodo de la Independencia todo tendía a favorecer el desarrollo de una personalidad individual, enérgica, racionalista, que no hubiese perdido la fe en los ideales universales y ecuménicos, corno eran la libertad, la igualdad y el progreso, sino que por el contrario luchase por ellos. Pero este ímpetu de la típica cultura de Ja Ilustración empleó la mayor parte de sus energías en una etapa, que podía denominarse crítica, más bien que orgánica, pues sus objetivos fundamentales parecían ser destruir el prestigio moral y político de las instituciones de la Colonia, deshacer la antigua unión entre el altar y el trono y oponer a la fuerza de fas tradiciones el peso irresistible de la razón. La lucha contra las tendencias conservadoras desgarró al país y evitó que éste pudiese organizar debidamente su sistema educativo, en consonancia con sus afanes racionalistas y de modernización.
Cuando el movimiento de Reforma se impuso, un nuevo concepto cultural habría de guiar a la educación mexicana: la filosofía positivista, que veía en el desarrollo científico naturalista el único camino de la educación y del progreso, concebido éste con un sentido estrictamente material.
Visto desde la perspectiva de las inseguridades, contradicciones y confusiones retrógradas de la era santanista, el país progresó considerablemente en Ja época porfiriana. El dictador impuso orden en el país, lo organizó jurídicamente a través de los códigos civil ·y de comercio apoyados en el penal. Inició su desarrollo económico, levantando la agricultura y la ganadería, reabriendo Ja minería, creando una vasta red ferroviaria y poniendo en marcha la explotación de los mantos petroleros. Sin embargo, todo esto se hizo bajo un concepto librecambista universalista, que abrió las puertas a las inversiones extranjeras, sin consideración alguna a los intereses nacionales, lo que motivó un desarrollo económico desigual e inequitativo, que fue el talón de Aquiles del régimen porfiriano.
En este periodo el sistema educativo alcanza por primera vez su organización más coherente. Se sientan las bases para la enseñanza primaria; Ja pedagogía más moderna y efectiva anima sus escuelas. Es la época de Rébsamen, Carrillo y Barrera. La Escuela Nacional Preparatoria se organiza en torno al concepto central del positivismo. Los institutos científicos y literarios se fortalecen y aumentan en las poblaciones más importantes, constituyendo el antecedente inmediato de nuestras actuales universidades.
Pero la enseñanza de las comunidades rurales, llevada a cabo con tanto éxito por los misioneros en los primeros siglos de la Colonia, había sido abandonada no sólo durante Ja misma Colonia sino por los gobiernos independientes. La educación porfiriana se concentra esencialmente en las zonas urbanas y se proyecta básicamente para las clases dirigentes, aunque siempre, justo es decirlo, estuvo abierta para las clases populares más humildes. Prueba de ello son algunos de los más insignes mexicanos que pudieron pasar desde el jacal de una remota sierra oaxaqueña a los puestos más altos de la República, y un distinguido literato que pasó de pequeños poblados surianos a ser primera figura en el mundo cultural de la Reforma.
La Revolución tendió, naturalmente, a corregir los vicios de la época porfiriana, especialmente en el campo educativo, en donde inició una vasta y bien organizada educación popular, que es uno de sus logros más perdurables. Se estableció la enseñanza rural, la educación indígena y la enseñanza técnica, la cual abrió el amplio abanico de las modernas especialidades que exige el desarrollo de un país en marcha hacia Ja industrialización.
Al sentido objetivo e impersonal de la educación científica del porfirismo se sobrepuso el principio de justicia social que traía en lo más profundo de su seno Ja Revolución Mexicana. Esta tendencia trastornó todo el sistema de la enseñanza: de Ja ciencia se pasó a la historia, del desarrollo de la personalidad individual al desarrollo equitativo y equilibrado de la colectividad; del interés individual al interés colectivo. Tal vez todo esto quiso significar en su momento la educación socialista. Este intento pretendió clarificar los objetivos de la Revolución Mexicana, que no alcanzaban aún definición precisa.
Pero durante el gobierno del general Avila Camacho, Jaime Torres Bodet, secretario de Educación Pública, logró superar la crisis y dar expresión cabal a los ideales educativos mexicanos, en el actual Artículo Tercero constitucional, modelo de principios pedagógicos en el mundo, y cuyas ideas influyeron desde su fundación en la propia UNESCO.
La historia de la educación en México muestra las vicisitudes de su desarrollo político: instrumento de dominación y dependencia cultural en la Colonia: individualista y racionalista durante la primera etapa de su independencia; positivista, cientificista y elitista en la época porfiriana; social y popular, de la Revolución a nuestros días. Cada etapa de su historia es reflejo de las luchas políticas y los objetivos nacionales que, en su momento, se consideraron esenciales y prioritarios.
Con el propósito de presentar una historia panorámica de la educación en México se ha planeado esta obra. Su exposición histórica arranca de 1876, inicio de la primera etapa del porfirismo, cuando se establece claramente en México la educación pública. Desde entonces el gobierno se hace cargo de las tareas fundamentales de la educación. se constituye en el poder rector. dirigente del sistema educativo nacional, vistos los fundamentales objetivos que persigue, tan esenciales al bienestar y desarrollo del país.
Por tales razones, esta obra enfoca fundamentalmente sus puntos de vista al campo de la educación pública y hace hincapié en los aspectos institucionales y de administración pública, las circunstancias económicas y sociales que han condicionado Ja gestión tanto de los jefes de Estado como de los ministros de Educación Pública.
A lo largo de este recorrido surgen por una parte las grandes figuras de la educación pública en México: Joaquín Baranda, Justo Sierra, José Vasconcelos, Moisés Sáenz, Narciso Bassols, Jaime Torres Bodet; y por la otra los maestros y pedagogos que permitieron a esos ilustres funcionarios realizar sus programas educativos, como Laubscher, Rébsamen, Carrillo, Torres Quintero, Gabino Barreda, Ezequiel A. Chávez, Rafael Ramírez y muchos otros que sería largo enumerar.
Esta Historia se ha concebido al nivel de los alumnos de educación media y especialmente para los de enseñanza normal. Sin embargo, no dudamos que pueda servir para todo aquel que esté interesado en la historia educativa de México.
En esta obra ha colaborado un destacado grupo de pedagogos y maestros mexicanos, con una larga trayectoria docente y una bien ganada experiencia en las aulas y oficinas administrativas escolares. Todos cuentan con importantes obras en educación y en la historia de México que acreditan su capacidad intelectual para la tarea que se les ha encomendado.
El plan de la obra fue elaborado inicialmente por los coordinadores, y puesto a discusión de todos los colaboradores. A medida que cada uno de ellos terminaba el capítulo que se le había encomendado, se presentaba en sesión de grupo, para ser discutido formalmente. Los colaboradores, no obstante su prestigio personal, se prestaron admirablemente a oír críticas y a aceptar modificaciones, por lo que aquí damos fe de su honestidad y alta calidad profesional. La intención ha sido dar una exposición histórica objetiva, imparcial, crítica y bien informada, que ponemos al servicio de la juventud estudiosa de México y de todos los que se interesan por su desarrollo educativo.
PASADO Y FUTURO DE LA EDUCACIÓN PÚBLICA MEXICANA. FERNANDO SOLANA
ESTA historia de la educación pública en México es un relato colectivo sobre una de las luchas más calladas y apasionantes en que han persistido, durante más de un siglo, miles de mexicanos, para construir una nación más independiente, más justa, más rica y más democrática.
Es la historia de la educación pública. Antes, la educación en México no era pública ni contaba con las bases ideológicas y jurídicas del liberalismo sobre el cual habría de construirse el México moderno.
La historia nacional puede contemplarse y escribirse desde distintos puntos de observación. El de la educación es particularmente útil para conocer cómo surgieron las ideas que orientarían y darían conciencia a la nación mexicana, y cómo se fue constituyendo el sistema que habría de encargarse de su conformación cultural y educativa. Es útil, también, para apreciar la forma como los mexicanos han ido aumentando gradualmente su capacidad para mejorar por sí mismos, individual y colectivamente, la calidad de su vida.
Los antecedentes
Una nación estudia su historia para conocerse mejor. Para, al conocerse, integrar mejor su propia personalidad. Y para tomar de manera más informada las grandes decisiones que van construyendo, en el devenir, su futuro. El pasado y la prospectiva de una nación iluminan así la comprensión del presente y ayudan a reflexionar sobre el futuro mediato e inmediato.
Por esto es adecuado, al presentar esta obra, referimos tanto al pasado como al futuro de la educación nacional.
La educación pública mexicana nace con el liberalismo. Las leyes del 21 y 23 de octubre de 1833, expedidas por Gómez Farías, marcan su inicio. Al crear la Dirección General de Instrucción Pública para el Distrito y Territorios Federales, al declarar libre la enseñanza y al secularizar un conjunto de instituciones para dedicarlas al servicio educativo, se define por vez primera, en el México recientemente independizado, la competencia del Estado respecto a la educación.
Aunque de momento estas medidas habían de surtir un efecto limitado, el desarrollo de las corrientes liberales las llevaría más adelante a su plena madurez en la Constitución de 1857, en las Leyes de Reforma y particularmente en la Ley Lerdo de diciembre de 1874, que establece el laicismo en la educación primaria.
El proyecto de una educación pública, gratuita, dependiente del Estado, libre de la influencia eclesiástica destinada a toda la población queda plenamente afirmado con el triunfo de la Reforma. Varios ensayos de la obra analizan este proceso fundamental en la construcción del país que hemos llegado a ser.
Con la Revolución, y particularmente con el establecimiento de la Secretaría de Educación Pública en 1921, cristaliza la organización de un sistema nacional que llega a ser en nuestros días uno de los cimientos principales del Estado mexicano. Los capítulos relativos a este último periodo, documentan el proceso de crecimiento y consolidación de la acción educativa a través de las diversas administraciones que han gobernado al país durante las últimas décadas.
Los últimos 60 años
En los últimos 60 años el país se ha transformado profundamente, y con él, su educación. En 1981 somos 70 millones de mexicanos; en 1921 éramos 14. Somos actualmente un país articulado en sus instituciones, en pleno crecimiento económico, empeñado en avanzar hacia formas más justas de convivencia social y que mejora gradualmente sus mecanismos políticos y las expresiones de su cultura. Entonces éramos un país agotado por la lucha armada, pobre, donde todo estaba por reconstruirse y mucho, lo más, por inventarse.
La educación nacional era rudimentaria. Los establecimientos educativos federales y estatales existentes en 1921 no llegaban a 10 mil. Hoy son más de 100 mil.
En 1921 cursaban la primaria 868 mil alumnos, un 6% de la población total. En 1981 fueron 15 millones, el 21% de la población.
Egresaban de la preparatoria cerca de 500 alumnos cada año y otro tanto de las diversas escuelas de educación superior. En 1981 egresaron 267 mil de la preparatoria y 70 mil de la educación superior.
En conjunto, si la población del país se ha multiplicado por 5, el sistema educativo lo ha hecho por 24.
En el orden cualitativo, cuatro grandes logros resumen el esfuerzo educativo mexicano desde la creación de la Secretaría de Educación Pública.
Primero: la consolidación de la función educativa del Estado, establecida por el artículo 3° constitucional, que garantiza una educación popular, democrática y nacionalista.
Segundo: la institucionalización de la educación, que ha dado por resultado un sistema educativo articulado, orgánico, sujeto a normas, en el que participan coordinadamente la federación, los estados y algunos municipios y al que se dedica una proporción considerable de recursos.
Tercero: el avance persistente hacia la suficiencia educacional para hacer efectivas la igualdad de oportunidades y la justicia social.
Cuarto: la profesionalización del magisterio, que hoy constituye la profesión más numerosa del país, la más vinculada al pueblo y una de las que mayores esfuerzos han hecho por superarse.
El futuro previsible
Ése es el pasado inmediato de la educación pública mexicana. Documentarlo, analizarlo es el objeto de la presente obra. Su estudio debe servir para iluminar nuestro futuro. Y no por la pretensión de intentar profecías, sino porque la reflexión prospectiva ayuda también a comprender mejor la realidad presente y a informar las decisiones de hoy para el mañana' conviene añadir aquí una breve consideración sobre el futuro previsible de la educación nacional.
En el mediano plazo -el año 2000- México se transformará profundamente. Entraremos al siglo XXI con otra fisonomía. Seremos 100 millones de habitantes o poco más. El producto interno bruto se multiplicará entre tres y cinco veces, lo cual implica que tenemos que crear 2 a 4 veces más unidades productivas. Cada mexicano disfrutará, en promedio, de un nivel de vida 2 o 3 veces mejor que el actual.
Los cambios cualitativos deberán ser aún mayores. Habremos de integrarnos mejor como sociedad plural y madura. Disminuir decididamente las desigualdades. Intensificar los procesos de participación social y política. Reafirmar la identidad nacional. Contrarrestar las tendencias negativas de una comunicación social dominada por intereses de las grandes potencias. Fortalecer la capacidad de juicio y la entereza de nuestra población.
El sistema educativo sufrirá grandes transformaciones. Podemos hacer estimaciones -siempre tentativas y sujetas a un conjunto de supuestos- sobre la expansión del sistema y sus previsibles modificaciones.
El sistema educativo escolarizado comprenderá, en el año 2000, alrededor de 30 millones de alumnos. El Consejo Nacional de Población estima que en 1982 la tasa de crecimiento demográfico habrá disminuido a 2.5% y en el año 2000 se habrá reducido a 1.0%, Si esta tasa sólo se redujera a 1.5% en vez de 1.0%, habría 2.5 millones más de alumnos en el sistema, particularmente en el nivel preescolar (800 mil niños más) y en la primaria 1.4 millones más. Esto no obstante, el cambio en la estructura de la matrícula del sistema escolar en el año 2000 no dependerá tanto de la evolución del crecimiento de la población, sino de los coeficientes de atención de la demanda y de la eficiencia. Los cambios en la estructura del sistema escolar en ambas alternativas aparecen en los cuadros 1, 2 y 3.
De acuerdo con las proyecciones elaboradas por la Secretaría de Educación Pública, conforme a las actuales políticas de desarrollo de la educación, la evolución de la matrícula en los próximos 20 años en cualquiera de estas alternativas, experimentará transformaciones importantes en sus efectivos absolutos.
La educación preescolar se habrá cuadruplicado, incorporando desde 1990 a la totalidad de los niños de cuatro y cinco años, y como desde 1985 el grupo de cuatro a cinco años comenzará a disminuir, será factible, mediante el establecimiento de tres grados de preescolar, empezar a atender en 1991 a niños de tres años, de manera que en el año 2000 se atienda al 50% de niños de esta edad, sin necesidad de incrementar la planta física o el número de maestros.



La matrícula de primaria empezará a decrecer a partir de 1984 y más bruscamente en los últimos años del siglo, por efecto del menor crecimiento demográfico y la atención que se está dando en estos años al rezago. El nivel primario, que ahora representa el 70% de las plazas del sistema escolar, representará sólo alrededor del 37% en 2000.
La secundaria, en cambio, casi se duplicará (de 3 a 5.8 millones). Si ahora representa el 15% del total de plazas, representará aproximadamente 20% a fines del siglo.
El nivel medio superior será el que sufra mayores modificaciones no sólo porque aumentará casi cinco veces (a 5.5 millones de alumnos), sino porque su matrícula se distribuirá entre el bachillerato propedéutico y la educación profesional terminal de una manera muy distinta a la actual: 2.2 millones cursarán el bachillerato y más de 3.2 millones la educación profesional técnica.
Actualmente existe un exceso de egresados de normales primarias, por lo que la matrícula en la normal básica disminuirá progresivamente durante esta década, estabilizándose en la década de los noventas. En la primaria el número de alumnos por maestro muestra una tendencia persistente a decrecer, de 37 en el ciclo escolar 1981-1982, hasta 30 que se estiman para fines del periodo.
El nivel superior triplicará su matrícula (de 911 mil en 1980-1981 a 2.7 millones de jóvenes en 2000) , no obstante la disminución del crecimiento del bachillerato. Si ahora representa el 4% de las plazas del sistema, llegará a representar cerca del 10%.
El posgrado también experimentará un crecimiento considerable, pasando de 25 mil alumnos a más de 250 mil.
Estos cambios darán por resultado una configuración distinta del sistema escolar: la actual pirámide de la educación básica se modificará gradualmente, con tendencia a una estructura rectangular; la diferenciación entre la educación terminal y la propedéutica en el nivel medio superior se hará más definida y la educación superior alcanzará una considerable expansión y robustecimiento. Del país de cuarto o quinto grado de primaria que somos ahora, habremos de ser, en 19 años, un país de noveno o décimo grado.

Mejoramiento de la eficiencia
Las estimaciones que se presentan, elaboradas por la Secretaría de Educación Pública, de acuerdo con las políticas actuales de crecimiento, suponen mejoramiento de la eficiencia de todos los niveles escolares. El flujo de alumnos, en consecuencia, se alterará -de continuar estas tendencias y estas políticas- de manera que egresen del nivel superior 23 alumnos de cada cien que ingresaron a primaria 17 años antes, en vez de los 7 que egresan ahora. Asimismo egresarán de la educación profesional técnica -con 12 grados de escolaridad- 39 alumnos de cada cien de la cohorte inicial, en vez del egreso actual de 1.3. También el egreso del bachillerato se incrementará de 13 a 26 alumnos de cada cien de la cohorte inicial respectiva.
Es obvio que el logro de estas transformaciones en la educación formal está condicionado por muchos factores. La universalización efectiva de una educación básica de diez a once grados supone la superación de las condiciones sociales y económicas que han hecho tan selectivo el acceso, la permanencia y el rendimiento escolar. Particularmente, la distribución del ingreso con mayor equidad y el mejoramiento del nivel nutricional de los sectores menos favorecidos son condiciones fundamentales de estas transformaciones.
Dentro del sistema educativo será indispensable mejorar sustancialmente la calidad del maestro y de los demás factores que influyen en el proceso de enseñanza-aprendizaje, si la eficiencia se ha de superar en el grado previsto. Las nuevas tecnologías de la comunicación ofrecen recursos importantes para facilitar el aprendizaje. Asimismo, el estímulo de las familias, la multiplicación de bibliotecas hasta en localidades pequeñas y la abundancia de libros adecuados y asequibles contribuirán a apoyar el aprendizaje que se realice en la escuela.
Adicionalmente a esto se requerirían políticas definidas del sector educativo para compensar las deficiencias de los alumnos más necesitados. La evolución cualitativa del sistema permitirá, en algunos años más, que los mejores maestros sean enviados a las zonas más deprimidas mediante estímulos adecuados. El magisterio tendrá que ser capacitado para manejar las diferencias en el proceso de aprendizaje de los alumnos, de modo que se eviten el atraso escolar y la deserción. Las comunidades, sobre todo las rurales, tendrán que ser estimuladas a participar en la vida de las escuelas. Sobre todo, el proceso de enseñanza-aprendizaje deberá ser interesante y atractivo por todos los medios posibles. De ninguna manera se trata de dar "más de lo mismo"; la expresión cuantitativa debe ser el escenario de una reforma cualitativa permanente, profunda y sistemática, en todos los niveles escolares.
Puede decirse que el periodo del gran crecimiento, de la expansión cuantitativa, está a punto de completarse. De aquí a fin del siglo la matrícula no crecerá más allá de un 50%. Incluso, en el nivel de primaria, corno se ha visto, habrá una disminución absoluta. Por ello, la oportunidad de dedicar inteligencia, recursos y voluntad al mejoramiento cualitativo será mucho mayor que en el pasado.
Es posible, y muy conveniente, que se amplíen y perfeccionen proyectos orientados a mejorar la calidad de la enseñanza. A impulsar la parte valorativa de la educación. A desarrollar en los niños y jóvenes, usos, actitudes y habilidades a los que hasta hoy no ha sido posible prestar la atención necesaria. Es de esperarse que en los próximos años se preste una atención sin precedente al desarrollo de la responsabilidad de los educandos, a la educación de su conducta.
Impulso a la educación no formal
Por importantes que sean las transformaciones previsibles en la educación formal, más aún serán las que habrán de presentarse, con toda probabilidad, en la no formal. El impulso que ésta habrá de recibir en los veinte años siguientes es de tal magnitud que la escuela hará relativa su actual importancia ante la abundancia de oportunidades no formales de educación.
Tal como ocurre ya en países más avanzados, la educación no formal afectará sobre todo a dos grupos de población: a los niños de 0 a 4 años y a los adultos.
Tres factores parece que contribuirán a dar mayor impulso en el futuro a la educación de los niños pequeños: la convicción de la importancia de la educación temprana para el desarrollo intelectual y afectivo del niño, la intención de prevenir y compensar desde los primeros años las desigualdades sociales que afectan las capacidades de los futuros alumnos en el sistema escolar, y los cambios en la organización familiar, principalmente por la mayor participación de las madres en actividades productivas.
Por ello, es probable que la política educativa del país incremente sustancialmente la atención a la educación de los niños pequeños e imagine modalidades adecuadas a las muy variadas situaciones que se presentan en el territorio nacional. Será necesario establecer vínculos más estrechos entre los recursos educativos del Estado y el medio familiar. Además de crear instituciones de variados modelos, es posible anticipar que el Estado estimulará y apoyará la acción insustituible de los padres de familia, muy especialmente de las madres, que por naturaleza son las mejores educadoras para esa edad. Los medios de comunicación masiva podrán prestar en esta tarea un servicio de gran utilidad social y los métodos participativos permitirán aprovechar mejor el gran potencial de sabiduría educativa de las familias mexicanas.
El cambio más profundo del sistema educativo del país en los próximos veinte años consistirá, muy probablemente, en el impulso sustancial que se dará a la educación de los adultos. No es concebible un México moderno -en lo económico, lo social y lo político- con una elevada proporción de su población adulta sin educación básica. Actualmente, el 85% de la población mayor de 15 años se encuentra en esta situación. De no sostenerse en el futuro la decisión de corregirla, la población adulta sin instrucción básica seguirá pesando como lastre del mejoramiento económico y social del país.
Mirando al futuro, sería demasiado optimista pensar que en veinte años podamos eliminar por completo el rezago educativo. Ciertamente se seguirá "cerrando la llave" de este rezago en la medida en que se generalice la educación básica formal y en que una proporción cada vez mayor de los niños que inicien la primaria y la secundaria, las terminen. Pero la eliminación del actual rezago encontrará grandes obstáculos, por decidida que sea la voluntad política de lograrlo.
En estos años se están estableciendo las bases de un ambicioso programa para los adultos. Se han creado servicios de apoyo (organización de círculos de estudio, contratación de asesores, elaboración de textos y materiales didácticos, entre otros), mecanismos de promoción y difusión e instrumentos normativos para la planeación, ejecución y evaluación de la educación de los adultos. Se estudian también las políticas y estrategias y se empiezan a experimentar diversas modalidades. Éstas deberán dar respuesta a las distintas razones que puedan tener para estudiar los diversos grupos de mayores de 15 años.
Es necesario encontrar fórmulas que combinen adecuadamente la necesidad de equivalencia de la educación no formal (por referencia a los niveles educativos formales) con la importancia de la educación para la vida práctica del adulto; diseñar y crear los incentivos, las formas de comunicación y los apoyos técnicos adecuados; estimular la participación de todos los sectores sociales en esta actividad y desarrollar los aparatos administrativos y de formación de personal necesarios. Todo esto es complejo, pero habrá que trabajar intensamente en ello para que el sistema educativo del país sea capaz de resolver el gran rezago educativo que registran las estadísticas de quienes tienen más de 15 años.
Las políticas específicas que el país adopte en educación de adultos apenas pueden por ahora esbozarse. Nos falta mucha experimentación. Ciertamente serán distintas las estrategias que se apliquen a la población urbana y a la rural, así como las que se implanten en las diversas regiones del país.
Es previsible también que en los próximos años tome un auge aún mayor la educación de adultos orientada a la capacitación para el trabajo y organizada a través o con apoyo de las unidades productivas, públicas y privadas. La necesidad de mayor calificación de la fuerza de trabajo, el crecimiento de las utilidades empresariales y las disposiciones fiscales parecen apuntar en este sentido. Pero este hecho no debiera situar la educación de los adultos en una óptica exclusivamente económica: la educación de la población adulta no es menos necesaria para la transformación social y política del país.
Educación y desarrollo
Cada vez se tendrá más conciencia de que la educación es el factor decisivo de nuestro desarrollo y se dedicarán a ella mayores esfuerzos.
En lo cualitativo, la educación demandará múltiples innovaciones que correspondan a las peculiares necesidades de nuestra población y al ritmo acelerado de nuestro desarrollo. Por esto, el sistema educativo en los próximos años deberá estar abierto a la experimentación, la evaluación rigurosa, la búsqueda de mejores y más variadas formas de educación.
En lo administrativo, la educación estará -deberá estar- fuertemente desconcentrada. Es altamente conveniente y deseable que la capacidad de decisión esté mejor distribuida entre la federación, los estados, los municipios y los planteles, dentro de un marco de normas nacionales.
El pasado y el futuro
La presente obra es una invitación a reflexionar sobre la tarea permanente de construir la educación pública del país. Al documentar el pasado, se suscitan necesariamente interrogantes sobre el futuro. De esta manera lleva a descubrir el panorama completo del desarrollo de nuestra educación, en el cual hay una ausencia explicable: la del momento presente.
El significado de este tiempo en que nos toca actuar, se hallará indagando en ambas direcciones: hacía el pasado, para comprender nuestras raíces, y hacía el futuro para avizorar nuestras posibilidades.
La acción presente -lo mismo las grandes decisiones de la política educativa que la actuación cotidiana de los maestros en los salones de clase- es al mismo tiempo continuidad con una tradición que compromete e innovación que se propone modificar la historia y convertirla en proyecto deliberado.
De las muchas lecturas posibles de un libro de historia, deseamos que la de éste se oriente a plantear un desafío: el de esforzamos por descubrir -y realizar- un mejor futuro para la educación pública en México.
ÍNDICE GENERAL
Nota a la presente edición
Prólogo
I. Introducción. Pasado y futuro de la educación pública mexicana. Por Fernando Solana
II. Orígenes de la educación pública en México. Por Raúl Bolaños Martínez
Primeras inquietudes en materia educativa, 13; La preocupación por la introducción, 16; Propósito de participación del Estado en la educación, 19; Libertad de enseñanza, 23; La educación durante la Intervención, 26; La instrucción secundaria, 28; La educación elemental, 28; La educación superior, 29; La educación pública en México, 30; La Ley Orgánica de Instrucción Pública de 1867, 31; La Ley Orgánica de Instrucción Pública de 1869, 32; La teoría pedagógica, 33; La obra educativa de José Díaz Covarrubias, 37; Palabras finales, 39
III. El Porfiriato. Primera etapa (1876-1901). Por Salvador Moreno y Kalbtk
Introducción, 41; Liberalismo y positivismo, 42; Las primeras realizaciones. La obra de Ignacio Ramírez, 45; Protasio P. de Tagle y Manuel Flores, 47; Posición del secretario Ezequiel Montes, 50; El congreso higiénico pedagógico de 1882, 52; Acción educativa de Joaquín Baranda. Impulso general de la educación, 54; El Primer Congreso Nacional de Instrucción Pública, 1889-1890, 58; El Segundo Congreso Nacional de Instrucción Pública, 71; La legislación educativa, 75; Situación que presentaba la educación en México al finalizar el siglo XIX, 79; Bibliografía, 81
IV. Justo Sierra y la obra educativa del Porfiriato, 1901-1911. Por Luis Álvarez Barret
La situación política de 1900, 83; La controversia sobre el positivismo, 85; Las estructuras socioeconómicas de México en 1900, 85; Justino Fernández en la Secretaría de Justicia e Instrucción Pública, 88; El Consejo Superior de Educación Pública, 89; El movimiento pedagógico mexicano a principios del siglo XX, 90; La reelección de Porfirio Díaz en 1904, 92; Justo Sierra, ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes, 94; La personalidad de Justo Sierra, 95; La obra educativa de Justo Sierra, 96; La Ley de Educación Primaria de 1903, 98; El papel histórico del positivismo, 100; El desplome de la dictadura, 103; El Ateneo de la Juventud, 106; La obra educativa del porfiriato, 107; La gestión de Justo Sierra, 113
V. La Revolución Mexicana y la educación popular. Por Leonardo Gómez Navas
Introducción, 116; Antecedentes de la escuela popular, 118; El Plan de San Luis, 124; Carencia de contenido social de la educación pública en el régimen porfirista, 125; El porfirismo y la escuela rudimentaria, 127; Soluciones, 131; Las demandas de los grupos revolucionarios, 132; Repercusión educativa del constitucionalismo en las entidades federativas, 136; La educación popular y la Constitución Política de 1917, 138; Los preceptos constitucionales más importantes y los órganos a quienes compete organizar, dirigir y administrar la labor de la enseñanza, 148; Supresión de la Secretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes, 149; La obra educativa del presidente Carranza, 150; Iniciativa de ley, 154
VI. La creación de la Secretaría de Educación Pública. Por José E. Iturriaga
VII. La política educativa de José Vasconcelos. Por Alvaro Matute
Marco histórico, 166; José Vasconcelos: un perfil, 168; Establecimiento de la Secretaría de Educación Pública, 171; Una acción educativa integral, 174; La lectura: el elemento fundamental, 177; Fin del experimento, 181
VIII. La escuela que surge de la Revolución. Por Raúl Mejía Zúñiga
Introducción, 183; Legado educativo, 186; Revolución y educación, 188; Encuesta nacional, 189; Fervor por una escuela nueva, 191; Ensayo de educación preconstitucional, 194; Titubeo educativo, 196; Desbrozamiento, 198; Política educativa de la Revolución 200; La escuela rural, 202; Doctrina social en que se apoya, 203; Su didáctica, 205; Las misiones culturales, 207; Las normales rurales, 209; Flujo y reflujo de la educación normal, 212; La escuela socializada, 214; La enseñanza superior, 216; El departamento de Educación Rural, 218; La educación tecnológica, 220; Visión general de la educación secundaria, 222; La secundaria mexicana 224· Instituto nacional de pedagogía, 226; La autonomía de l; Universidad, 229; Epílogo, 231
IX. La educación socialista. Por Jesús Sotelo Inclán
Antecedentes mediatos (anteriores a la Constitución de 1917), 234; Luchas por la reforma liberal, 235; Introducción del laicismo, 236; Se instituye el laicismo, 237; Actividades sociales y políticas del clero, 238; Actividades sociales y políticas de los liberales, 239; Los católicos durante la Revolución, 240; Fermentos anticlericales y socialistas, 241; Los constitucionalistas en campaña, 242; La escuela racionalista llega a Sonora, 244; El artículo 39 en la Constitución de 1917, 245; Incumplimiento y oposición a la Carta Magna, 246; Reanudación de los conflictos Iglesia-Estado, 248; Un camino de adoctrinamiento campesino, 249; Un camino de adoctrinamiento obrero, 2 50; Los votos a Cristo Rey, 2 52; Problemas durante el gobierno de Plutarco Elías Calles, 2 54; Las declaraciones de un prelado reviven un conflicto, 255; La Guerra Cristera, 256; Fin de Obregón y fundación del PNR, 256; Problemas durante el gobierno de Pascual Ortiz Rubio, 258; La vigilancia oficial en las secundarias, 258; Bassols y el laicismo integral en las primarias, 259; Inquietudes mundiales por el socialismo, 260; 1932: crisis del laicismo en el gobierno de Abelardo Rodríguez, 261; Reanudación del conflicto Estado-Iglesia, 262; 1933: alboroto por la educación sexual y el socialismo, 262; Primeros conflictos por la educación socialista, 263; La educación durante el gobierno de Lázaro Cárdenas, 264; La reforma del Artículo 39 Constitucional, 264; Defensa de la autonomía universitaria, 265; Universidades de provincia: Durango y Jalisco, 266; Los pródromos electorales, 267; La agitación en 1934, 268; Declaraciones del general Lázaro Cárdenas, 269; Extremismo de Calles en el Grito de Guadalajara, 270; La aprobación legislativa del Artículo tercero, 271; Reforma del Artículo 73, fracción XXV, 274; El texto del Artículo 39 socialista, 274; La Escuela Socialista en el gobierno de Lázaro Cárdenas, 275; Consejo Nacional de la Educación Superior y la Investigación Científica, 289; La educación en el período de Manuel Ávila Camacho. Hacia una política de equilibrio, 306; Gestión de Luis Sánchez Pontón, 308; Gestión de Octavio Véjar Vázquez, 311; Gestión educativa de Jaime Torres Bodet, 316; Texto vigente del Artículo 39, reformado en 1946, 324; Conclusiones, 326
X. El período de conciliación y consolidación. 1946-1958. Por Raúl Cardiel Reyes
La política educativa en el sexenio de Adolfo Ruiz Cortines, 347
XI. El segundo período de Torres Bodet: 1958-1964. Por Arquímedes Caballero y Salvador Medrano
Ideas rectoras, plan inicial de trabajo y primeras acciones, 360; El plan de once años, 365; Los libros de texto gratuitos, 372; La reforma a planes programas de estudio, 377; Planteamientos generales, 377; La formación y mejoramiento profesional del magisterio, 381; El impulso a la educación técnica, 388; La educación mexicana en el marco internacional, 395; Otros aspectos de la obra de Torres Bodet, 397; La política educativa del régimen, 399; Balance de la obra educativa en el sexenio 1958-1964, 401
XII. Los años recientes. 1964-1976. Por Arturo González Cosío
Introducción, 403; La gestión de Agustín Yáñez en la Secretaria de Educación Pública (1964-1970), 405; La gestión de Víctor Bravo Ahuja ( 1970-1976), 415
XIII. La educación normal. Por Martha Eugenia Curiel Méndez
La situación de los maestros en la época colonial, 426; Los primeros intentos, 427; La organización de las escuelas normales, 429; La crisis en la formación de profesores durante el proceso armado de 1910. 1917, 434; El conflicto ideológico de la Escuela Mexicana de Pedagogía, 436; La reorganización de la educación normal, 440; Las escuelas normales y la educación socialista, 447; La educación normal durante el período de la unidad nacional, 450; Las nuevas directrices en la educación normal, 452; El Congreso Nacional de Saltillo y la Reforma de 1969, 456; La capacitación del magisterio como una necesidad en la formación de profesores, 460
XIV. La educación tecnológica en México. Por Eusebio Mendoza Ávila
Introducción, 463; Época prehispánica, 464; Época colonial, 465; Liberalismo, Reforma y Porfiriato, 466; Etapa de la Revolución, 469; Escuela Nacional de Industrias Químicas, 470; Génesis del Politécnico, 473; Fundación del Instituto Politécnico Nacional, 478; Definición del Instituto Politécnico Nacional, 480; Periodo de Manuel Ávila Camacho, 483; Período de Miguel Alemán, 485; Período de Adolfo Ruiz Cortines, 488; Periodo de Adolfo López Mateos, 491; Periodo de Gustavo Díaz Ordaz, 500; Período de Luis Echeverría, 510; Reestructuración de la Secretaría de Educación Pública, 517; Periodo de José López Portillo, 521
XV. La educación universitaria. Por Diego Valadés
La educación española en México, 532; Aurora de la educación mexicana, 542; Consolidación de la educación nacional, 55 5; Revolución y educación, 565; El sistema universitario nacional, 575
APÉNDICES
A: Nómina de los secretarios y encargados de la administración pública en el campo de la educación.
B: Gasto público en el ramo de educación pública en los presupuestos federales desde 1868 a la fecha.
C: Cuadros estadísticos sobre número de escuelas, alumnos y profesores en México, 1900-1979.
D: Cronologías de la Historia de la Educación Pública en México.
E: Datos sobre los colaboradores de esta obra.
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