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Autora: Doralicia Carmona Dávila.

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

 


 
 

 


 


Martín Francisco Xavier Mina Larrea

1789-1817

Nació en Otano, cerca de Pamplona, Navarra, España, el 1º de julio de 1789 (algunos señalar el 1º de diciembre). Sus padres,  Juan José Mina Espoz y María Andrés Larrea, eran propietarios de una modesta hacienda ubicada en las cercanías de Monreal. Se carece de información sobre cómo transcurrió su niñez, se supone que fue en la hacienda de sus padres, pero se cuenta que desde su infancia demostró inteligencia y afición al estudio. Además del castellano, su lengua habitual era el euskera. A los once años fue a vivir a Pamplona con su tía Simona Espoz, casada con Baltasar Sainz, para continuar sus estudios de latín, matemáticas y humanidades en el seminario. Ahí trabó amistad con el coronel retirado Juan Carlos de Aréizaga, de quien aprendería sus primeras nociones del arte de la guerra. También, por sus actividades y relaciones, aprendió algo de francés.

En 1807, ingresó a la Universidad de Zaragoza para estudiar jurisprudencia. El 16 de febrero del siguiente año, el ejército francés tomó Pamplona y el 19 de marzo siguiente, ante la sumisión de la corona española a los franceses, el pueblo español se amotinó en Aranjuez, hizo huir a Manuel Godoy, primer ministro favorito de la reina, y abdicar a Carlos IV a favor de su hijo Fernando VII. Después, ambos monarcas entregaron su reino al hermano de Napoleón Bonaparte, quien fue coronado como José I.

Ante el avance invasor francés, Aréizaga invitó al joven Mina a tomar las armas, quien aceptó interrumpir sus estudios y dedicó todo su tiempo a observar en la parte norte de los Pirineos, el movimiento de las tropas del general francés D'Armagnac, en compañía de su tío Francisco Espoz y Mina, quien se convertiría en héroe de la guerra de Independencia española contra la dominación francesa.

Después, Mina participó en la defensa de Zaragoza bajo las órdenes del general Palafox. Por órdenes de Aréizaga, ya ascendido a teniente general, en agosto de 1809, Mina inició la formación del "Corso Terrestre de Navarra", un cuerpo de voluntarios organizado conforme a los decretos de Cádiz relativos a las guerrillas. Desde El Carrascal", cercano a  Pamplona, Mina se dedicó a asaltar y a emboscar al ejército francés con tanto éxito que les tomó prisioneros, bagajes, enseres y dinero. Su objetivo era entorpecer los movimientos y el abastecimiento de la tropa francesa acantonada en Navarra, así como impedir sus comunicaciones con Francia y con los demás cuerpos del ejército francés.

Al mando de Mina, el cuerpo guerrillero comenzó a crecer, contó ya con caballería, y en los meses siguientes simbolizó la resistencia popular a la invasión francesa. Para hacer la contraguerrilla, fue enviado el general D'Agoult; se libraron muchas acciones y el Corso se adueñó de las rutas de Navarra con el Alto Aragón. El ejército francés fue incapaz de vencer al Corso, ya para entonces denominado "Primero de Voluntarios de Navarra", debido a su número (1200 infantes y 150 de caballería), versatilidad y maniobrabilidad, por lo que recurrió al terror para evitar que siguiera creciendo y ahorcaba o fusilaba a todo guerrillero que hacía prisionero.

Por los cuantiosos daños causados en bajas, armas y abastecimientos, Napoleón envió al general Harispe a exterminar a los guerrilleros, pero fue derrotado en Tudela. Victorioso, Mina aumentó y extendió a varios lugares sus acciones de asedio y hostigamiento al ejército francés.

El 28 de marzo de 1810, tras varias acciones exitosas, Mina dispersó a sus fuerzas en pueblos vecinos y se retiró a Labiano, a la casa de su abuela. Al amanecer del día siguiente lo sorprendió un destacamento de soldados y policías al servicio de los franceses. Perseguido y acorralado, una vez caído del caballo, el gendarme Michel dio fuerte sablazo al brazo izquierdo de Mina que por poco y se lo cercena por completo. Gravemente herido, otro gendarme le quitó su caballo, sus pistolas y sus efectos personales.

Al enterarse Napoleón de la captura, ordenó al gobernador Dufuor que Mina fuera pasado por las armas lo más pronto posible. Mina fue llevado a Pamplona y sometido a severos interrogatorios; no fue fusilado porque se consideró mejor tenerlo como rehén contra el resto del movimiento guerrillero. Su tío Espoz asumió el mando de los guerrilleros y continuó la lucha contra los franceses.

Por la gravedad de su herida se le envió al castillo de Vincennes en Francia. Ahí, en 1811, conoció al general francés Víctor Fanneau de Lahorie, preso político, enemigo de Napoleón. Cuenta Martín Luis Guzmán en la biografía que dedicó a Mina, que entre ambos se estableció una relación en la que “Lahorie sentía inclinación a enseñar, mientras en Mina había grandes deseos de aprender”. Así supo Mina del pensamiento clásico político y militar, pero sobre todo, Lahorie le inculcó su pasión por el liberalismo, cuyas palabras cita Manuel Ortuño en su biografía de Mina: “Xavier, la libertad es el don más preciado de los hombres, que han sabido conquistarlo a lo largo de los siglos frente a la barbarie, el fanatismo, el absolutismo y la esclavitud. Si hay algo por encima de cualquier cosa por la que vale pelear es por la libertad”. En Vincennes, Mina permaneció cuatro años, hasta que en febrero de 1814, fue trasladado a Saumur y liberado en abril siguiente.

De regreso a España, Mina encontró que la restauración de Fernando VII, por la que había luchado, estaba desmantelando todo el avance liberal logrado por las Cortes de Cádiz: se restableció la Inquisición, se suprimió la libertad de imprenta, se restituyeron los patrimonios a los conventos, se repuso la organización gremial. Además, se desaparecieron todos los cuerpos irregulares de guerrilleros. A Mina se le ofreció el mando de una división para luchar contra la insurgencia en Nueva España, lo cual rechazó indignado, “como si la causa que defendían los americanos fuese distinta de la que había exaltado la gloria del pueblo español; como si mis principios me asemejaran a los serviles y egoístas que para oprobio nuestro mandan a pillar y desolar la América; como si fuese nuevo el derecho que tiene el oprimido para resistir al opresor y como si estuviese calculado para verdugo de un pueblo inocente quien sentía todo el peso de las cadenas que abrumaban a mis conciudadanos”.

Mina, su tío Francisco Espoz, el coronel Asura y otros conjurados trataron de tomar Pamplona el 25 de septiembre de 1814 con el propósito de restablecer la Constitución de Cádiz de 1812. Fracasaron por completo y tuvieron que huir a Francia en donde nuevamente fueron hechos prisioneros, hasta que Mina pudo escapar a Inglaterra el 23 de abril de 1815.

Por ese tiempo, en el ámbito internacional, el imperio español estaba en franca desintegración y las nuevas potencias, Inglaterra y Estados Unidos, ambicionaban apoderarse de sus vastos territorios, o en el caso de que surgieran nuevos países independientes, como México, trataban de obtener condiciones ventajosas para su comercio y para sus inversiones en la explotación de las riquezas de las excolonias. La existencia de un gobierno insurgente, apoyado en una Constitución (la de Apatzingán) y con una estructura militar que dirigía Morelos, abría la posibilidad de obtener créditos garantizados por un gobierno mexicano. Así, en la capital inglesa se reunían los refugiados rebeldes de las colonias españolas, quienes solicitaban ayuda económica para sus movimientos.

En Londres, ampliamente conocido por sus hazañas como guerrillero, Mina comenzó a trabajar para la resistencia en España contra Fernando VII con el apoyo de los whigs ingleses. Por eso tuvo contacto con españoles liberales exiliados, así como con personalidades que por su ideología liberal o por su interés en invertir en nuevos países, simpatizaban con la independencia de las colonias de la corona española. Obtuvo el apoyo económico de connotados liberales ingleses como Lord Holland, John Allen y Lord Russelll. Inclusive conoció al general Winfield Scott (veterano de la guerra anglo-americana de 1812 y que más de treinta años después tomaría la ciudad de México), quien interesado en extender la forma de gobierno republicano estilo americano, le ofreció su apoyo personal en los Estados Unidos. Pero lo más importante para México, fue que conoció a fray Servando Teresa de Mier, quien planeaba formar una expedición para ayudar a Morelos y al gobierno emanado del Congreso de Chilpancingo.

Así fue como, habiendo fracasado un nuevo levantamiento encabezado por Porlier en tierras españolas, Mina aceptó dirigir la expedición a México, una expedición que tuvo un carácter internacionalista liberal y que contaba con el apoyo económico de Fermín Tastet, banquero de Bilbao, de Lord Holland, líder del grupo whig en el parlamento inglés, y de otros personajes ingleses, españoles y americanos, como el general Scott. La idea de los mexicanos exiliados, como José María Fagoaga, era llevar en apoyo de la insurgencia mandos y cuadros militares capaces de servir de estructura básica organizativa de cuerpos de ejército más amplios; pensaban que unos tres mil soldados europeos, al frente de un comandante carismático, podían levantar un ejército capaz de cortar la comunicación entre México y Veracruz para derribar el ya tambaleante gobierno virreinal y reconciliar a criollos, mestizos y españoles en la formación de un gobierno independiente.

Sin embargo, para entonces, habiendo sido fusilado Morelos, en Nueva España el movimiento de independencia era sostenido sólo en las montañas y en las selvas por Vicente Guerrero y Guadalupe Victoria. El nuevo virrey Juan Ruiz de Apodaca había ofrecido el indulto a los insurrectos para menguar más su movimiento y muchos de ellos lo habían aceptado. El carácter de Apodaca, inclinado a la comprensión y a la clemencia, le había ganado simpatía entre la población, por lo que parecía que la insurgencia terminaría por apagarse.

A pesar de la muerte de Morelos y de la disolución del gobierno insurgente, Mina fletó el bergantín "Caledonia", barco construido para transportar esclavos negros, y lo cargó de armamento y pertrechos militares. El 15 de mayo de 1816, salió del puerto de Liverpool, acompañado de fray Servando y 22 oficiales españoles, italianos e ingleses, rumbo a los Estados Unidos, con el propósito de organizar ahí un ejército invasor. Llegó a Norfolk, Virginia, el 30 de junio siguiente. En territorio estadounidense, Mina recibió el apoyo de exiliados hispanoamericanos liberales y del general Scott, quien convenció a oficiales norteamericanos de que se unieran a la expedición. Pero sus actividades eran espiadas por el embajador español Luis de Onís, que trataba de desprestigiar a Mina, y de obstaculizar sus movimientos, de los cuales Onís mantenía plenamente informado al virrey Apodaca y al gobernador de Cuba, que aun era colonia española.

Antes de emprender su expedición, Mina viajó a Haití, república ya independiente y en donde el general Pietón, su presidente, simpatizaba con su causa. Ahí se entrevistó con Simón Bolívar, a quien trató de convencer de que se incorporara a la lucha contra Fernando VII en Nueva España. Después trasladó su pequeña flota a Galveston y Nueva Orleáns en preparación del desembarco en tierras novohispanas. Finalmente, a pesar de no haber recibido todo el apoyo esperado de Londres y de Estados Unidos, sin haber logrado contacto con los representantes del gobierno insurgente mexicano y con sólo una carta de apoyo de Guadalupe Victoria, Mina partió de Galveston hacia México y desembarcó con 308 voluntarios en Soto la Marina (hoy Tamaulipas), el 15 de abril de 1817. Su propósito era tomar un puerto importante, que con el apoyo de la población local sirviera de base para recibir ayuda externa. A su llegada, imprimió y distribuyó una proclama, en la que dio a conocer los motivos de su lucha:

“Al separarme para siempre de la asociación política, por cuya prosperidad he trabajado desde mis tiernos años, es un deber sagrado al dar cuenta a mis amigos y a la nación entera de los motivos que me han dictado esta resolución. Jamás, lo sé, jamás podré satisfacer a los agentes del espantoso despotismo que aflige a mi desventurada patria: pero es a los españoles oprimidos y no a los opresores a quienes deseo persuadir que no la venganza ni las otras bajas pasiones, sino el interés nacional, principios los más puros y una convicción íntima e irresistible, han influido sobre mi conducta pública y privada”...

“De las provincias de este lado del océano obtenía el usurpador los medios de obtener su arbitrariedad; en ellas se combatía también por la libertad y desde ese momento, la causa de los americanos fue la mía "…

"Sin echar por tierra en todas partes el coloso del despotismo, sostenido por los fanáticos y monopolistas, jamás podremos recuperar nuestra dignidad. Para esa empresa es indispensable que todos los pueblos donde se habla castellano aprendan a ser libres, a conocer y practicar sus derechos”…"La causa de los americanos es justa, es la causa de los hombres libres, es la de los Españoles no degenerados"… "Ellos (el rey, los empleados y los monopolistas) dicen que la España no puede existir sin la América; y esto es cierto si por España se entienden ellos, sus parientes, amigos y favoritos, porque emancipada la América no habrá gracias exclusivas, ni venta de gobiernos, de Intendencias y demás empleos de Indias; porque abiertos los puertos americanos a las naciones extrangeras el comercio pasará a una clase más numerosa e ilustrada; y porque libre la América revivirá induvitablemente la industria española”…

“Si la emancipación de los americanos es útil y conveniente a la mayoría del pueblo español, lo es mucho más por su tendencia infalible a establecer definitivamente gobiernos liberales en toda la extensión de la antigua monarquía. Sin echar por tierra en todas partes el coloso del despotismo, sostenido por los fanáticos y monopolistas, jamás podremos recuperar nuestra dignidad. Para esa empresa es indispensable que todos los pueblos donde se habla castellano aprendan a ser libres, a conocer y practicar sus derechos… La patria no está circunscripta al lugar en que hemos nacido sino, más propiamente, al que pone a cubierto nuestros derechos personales”.

“Americanos: he aquí los principios que me han decidido a unirme a vosotros…permitidme participar de vuestras gloriosas tareas, aceptad la cooperación de mis pequeños esfuerzos a favor de vuestra noble empresa…contadme entre vuestros compatriotas”…

Al desembarcar, Mina sufrió una primera desilusión porque no encontró el apoyo del pueblo que supuestamente se uniría a su causa, el cual, atemorizado, ya había sido víctima de la propaganda que etiquetaba a Mina y sus hombres de “forajidos, criminales y herejes” y huía a esconderse. Tampoco encontró los oficiales realistas que pensaba engrosarían sus filas a su llamado, convencidos por sus proclamas. Por el contrario, el virrey Apodaca disponía de información de todos sus movimientos y temeroso de que la insurgencia tomara nuevos bríos, envió una fuerte columna con dos mil quinientos hombres y 14 cañones al mando del mariscal de campo Pascual Liñán para atacarlo por tierra. Por mar mandó a Soto La Marina a la fragata de guerra "Sabina" y a dos goletas, flotilla comandada por Francisco de Berarguer, que el 17 de mayo siguiente, hundió uno de los barcos insurgentes, otro pudo huir y el tercero quedó embarrancado; pero lo más grave fue que al quedar desprotegida la costa, los soldados que defendían la plaza fueron derrotados y los sobrevivientes, aprehendidos, entre ellos fray Servando Teresa de Mier.

El 24 de abril, Mina inició su avance tierra adentro apoderándose de 700 caballos destinados al ejército realista. Después se tomó tiempo para analizar la situación y decidir si tomar Tampico o Veracruz. Entretanto, el coronel Perry y sus soldados norteamericanos que acompañaban a Mina, desertaron y regresaron a Estados Unidos. Entonces se decidió a actuar y en un primer momento consiguió una serie de victorias: el 3 de junio tomó Valle del Maíz; el 7, la hacienda de Jaral; el 15, la hacienda de Peotillas; el 18, Real de Pinos; el 22 se unió a una partida insurgente y el día 24 entró al Fuerte del Sombrero (Comanja para los realistas), defendido por el insurgente mexicano Pedro Moreno y que estaba situado a 18 leguas de la ciudad de Guanajuato, a 5 de Lagos de Moreno y a 6 de la ciudad de León. Ahí Mina se entrevistó por primera vez con las autoridades insurgentes encabezadas por el padre José Antonio Torres.

Por su parte, el virrey Apodaca inició la concentración de sus fuerzas y publicó un bando en el que estableció la pena de vida y la confiscación de bienes a quien auxiliara a Mina; la recompensa de 500 pesos por su captura y por cada uno de sus hombres, 100 pesos; además, a los desertores insurgentes ofreció 50 pesos, el indulto y la salida para su país de origen.

El 27 de julio Mina intentó tomar la ciudad de León, pero fue rechazado y este fue su primer gran fracaso que le ocasionó numerosas pérdidas de vidas y pertrechos. A partir de entonces, su suerte cambió: las victorias se fueron convirtiendo en derrotas, cuando los realistas sitiaron El Sombrero y finalmente lo tomaron entre el 15 y 17 de agosto. El fuerte fue demolido y todos sus defensores fueron pasados por las armas. Mina pudo escapar hacia el fuerte de los Remedios (San Gregorio para los realistas) del padre Torres, ubicado cerca de Pénjamo, pero estableció en Valle de Santiago su cuartel general porque el ejército realista cercó el fuerte de los Remedios con unos 4,000 hombres.

Después de combatir en la hacienda de La Caja, el  12 de octubre Mina llegó a Jaujilla, Michoacán, en donde estaba la Junta de Gobierno insurgente. Desde ahí lanzó su última proclama el día 19 siguiente, en la que instó a “los valientes españoles todos”, a dejar la apatía y a juntar brazos y espíritus con los americanos; en suma, señaló que de lo que se trataba era de hacer libres e independientes a los mexicanos para que a su vez lo ayudaran a derrocar a Fernando VII.

La junta le sugirió organizar un ejército en la zona de tierra caliente, en donde los realistas no tenían posiciones fuertes, a diferencia de la región del Bajío, en donde tenían tropas y fortificaciones. Sin embargo, urgido de apoderarse de una ciudad importante que reviviera la insurgencia, Mina atacó Guanajuato la noche del 24 de octubre; pero sus tropas fueron dispersadas por el enemigo que les disparaba desde las azoteas.

Al verse derrotados, Mina y Moreno huyeron al Rancho del Venadito "distante nueve leguas de Silao"; pero un cura de ese pueblo, los denunció a los realistas y fueron atacados a las siete de la mañana del 27 de octubre; en la refriega Mina y Moreno resultaron prisioneros. Mina fue encadenado y Moreno fue decapitado inmediatamente.

Escribe Martín Luís Guzmán (Javier Mina): “El día 27, al amanecer, Orrantia, ya a la vista del rancho, mandó que avanzaran al galope 120 dragones del Cuerpo de Frontera al mando del coronel José María Novoa. La sorpresa fue completa. Aquellos de los insurgentes que intentaron defenderse -don Pedro Moreno entre otros- fueron muertos. Al ruido, Mina salto del lecho y, sin casaca, salió presuroso con ánimo de reunir a la gente, lo que le hizo perder tiempo y fue causa de que luego no pudiera huir. Porque, al convencerse de que todo esfuerzo era inútil, ya no pudo encontrar su caballo, ensillado oportunamente por el criado negro que venía sirviéndole desde Nueva Orleáns. Un dragón, sin reconocerlo siquiera, lo cogió preso.

Minutos después Mina se descubrió por sí mismo. Lo llevaron ante Orrantia, que lo llamó traidor a su patria y a su rey; y como él, altivo, contestase con expresiones injuriosas para Fernando VII, Orrantia lo golpeó de plano con la espada. Aquel acto tan innoble hizo justa esta exclamación de Mina: "No siento haber caído prisionero, sino estar en manos de un hombre que no respeta su carácter de soldado ni el nombre de español."

Ese mismo día Orrantia entró triunfalmente en Silao llevando preso a Mina y la cabeza de Moreno en el hierro de una lanza. A Mina le echaron allí grillos. Conforme se los ponían, dijo: "¡Bárbara costumbre española! Ninguna nación civilizada usa ya este género de prisiones. ¡Más horror me da verlas que cargarlas!"

Los siguientes días, Mina fue sometido a severos interrogatorios y solicitó hablar con el general Liñán, pero el virrey Apodaca ordenó que no se siguiera demorando su ejecución. El 11 de noviembre de 1817, Mina fue conducido por un piquete de soldados a la cresta del Cerro del Bellaco o Cerro del Borrego, frente al fuerte de los Remedios, cerca de Pénjamo, donde fue fusilado por la espalda, como traidor, por elementos del Batallón de Zaragoza. Antes de morir pidió a los soldados apuntaran bien y no le causaran sufrimientos innecesarios. Tenía sólo 28 años. Al parecer, nunca se arrepintió de sus acciones, sólo lamentó que se le diese la muerte de un traidor.

Por esa captura, el virrey Apodaca recibió el título de conde del Venadito. El soldado de dragones que aprendió a Mina, José Miguel Cervantes, recibió un escudo con el lema: “Prendió al traidor Mina” y los 500 pesos de la recompensa ofrecida; también fue ascendido a cabo. Para celebrar la captura de Mina hubo Te Deum en la catedral de México y en las iglesias de la Nueva España.

Mina fue reivindicado el 17 de septiembre de 1823, cuando su cuerpo fue enterrado solemnemente en una urna ubicada frente al altar mayor de la catedral de México, junto con Hidalgo, Morelos, Allende, Ximénez, Matamoros, Pedro Moreno y Víctor Rosales, considerados “Padres de la Patria” recientemente independizada de España. Desde el 15 de septiembre de 1910, sus restos descansan en la Columna de la Independencia.

Para Manuel Ortuño (Xavier Mina, Fronteras de Libertad) “Mina no traicionó a España, todo lo contrario, buscó liberarla. Desde América, Mina se enfrentó a Fernando VII con la intención de provocar cambios institucionales favorables a la recuperación de las libertades, la reorganización de la monarquía, la autonomía territorial, el reconocimiento de las diferencias y un sistema económico acorde con las exigencias de la época: el libre comercio y la libertad económica y social. Con ello buscó redimir a España del atraso político y económico que representaba el absolutismo de Fernando VII, para insertarla en la vanguardia de la comunidad internacional”.

Doralicia Carmona. Memoria Política de México.

Efeméride: Nacimiento 1º de julio de 1789. Muerte 11 de noviembre de 1817.