26 de Agosto de 1985
Querido Julio:
Contesto a la pregunta que me hiciste hace algunos días. Lo hago por escrito para evitar, en lo posible, los equívocos y las ambigüedades.
Recuerdo, naturalmente, aquella comida en la casa de Daniel Cosío Villegas. Concurrieron el presidente Echeverría, acompañado de varios miembros de su gabinete, así como un pequeño grupo de escritores y periodistas que escribíamos en Excélsior, en la época en que tú eras el director de ese diario. No podría reproducir hoy, con todos sus detalles, la larga y animada conversación que sostuvimos, pero sí tengo presente el tema que fue el centro de la discusión y que provocó las afirmaciones y las réplicas más apasionadas: la función de los intelectuales en las sociedades modernas, especialmente en la nuestra, y sus relaciones con los poderes públicos. No fue un debate académico: fue una conversación entre el presidente de la República y en la que él participó con no menos pasión que los otros. Te confieso que hoy, después de tantos años, me parece admirable la libertad con que nos expresamos y, en primer término, la del presidente Echeverría.
En el curso de la conversación evocamos el pasado de nuestro país. Uno de nosotros, tú o Cosío Villegas, subrayó que sólo durante muy cortos periodos de nuestra historia habíamos gozado de plena libertad de prensa. Se mencionó a los gobiernos de Juárez, Lerdo de Tejada, Madero. . . Después se pasó a conversar sobre la misión del intelectual en el mundo moderno. Se dijo, con razón, que era muy distinta a la que había sido en la Antigüedad y en la Edad Media. Aparte de sus quehaceres específicos, que son los primordiales —escribir, investigar, enseñar— el intelectual desempeña en el mundo actual una función crítica. Si no es la conciencia de la sociedad sí es, con frecuencia, sus ojos y su lengua. El intelectual dice lo que ve y lo que oye; es el testigo y el vocero de su tiempo. De ahí el carácter, a un tiempo íntimo y contradictorio, de sus relaciones con el poder público. Si el intelectual calla ante los abusos y los crímenes de los poderosos, traiciona su condición y traiciona a sus lectores y a sus oyentes; a su vez, el gobierno tiene la obligación, dentro de ciertos límites, degarantizar la libre expresión de las críticas, incluso de aquellas que los gobernantes juzguen equívocas o sin fundamento.
Alguno de los comensales —no recuerdo si fue el mismo presidente Echeverría o Muñoz Ledo— aclaró que reducir la misión del intelectual a la censura y la crítica era un punto de vista muy limitado. Muchas veces los intelectuales forman parte del gobierno; es claro que, en estos casos, su deber es gobernar bien y con justicia, no criticar los actos del régimen al que pertenecen. La función de los intelectuales no sólo era "negativa" (la crítica) sino "positiva" (gobernar). Me tocó a mí responderles. Comencé diciendo que no estaba muy seguro de que los intelectuales en el gobierno fuesen realmente intelectuales. En primer lugar, es muy distinto mandar a pensar: lo primero corresponde al gobernante, lo segundo al intelectual. Los intelectuales en el poder dejan de ser intelectuales; aunque sigan siendo cultos, inteligentes e incluso rectos, al aceptar los privilegios y las responsabilidades del mando substituyen a la crítica por la ideología. Una cosa es ser el ideólogo de un régimen, como lo fueron los juristas de Felipe el Hermoso de Francia, los teólogos de los Austrias y los ideólogos del Kremlin, y otra ser un intelectual en el sentido moderno de la palabra. El primero justifica, defiende y orienta la acción de un gobierno y, así, le da un fundamento moral, lógico e histórico; el segundo examina, juzga y, cuando es necesario, contradice y denuncia. (Se me ocurre ahora un ejemplo contemporáneo que no mencioné esa tarde: Cosío Villegas fue un intelectual, Reyes Heroles un ideólogo. Me refiero a la vida pública de ambos, no a sus meritorios trabajos de historiografía mexicana.) Pero mi recelo ante los intelectuales en el poder, agregué, es más profundo que la diferencia entre crítica e ideología. Procuraré en lo que sigue hacer un resumen de lo que dije.
En general, los intelectuales aman a las ideas sobre todas las cosas. Las aman en sus formas más perfectas y cristalizadas: como seres de proposiciones enlazadas, es decir, como sistemas cerrados. Por esto, cuando llegan al poder, pretenden inmediatamente implantar sus hermosas geometrías. Pero la realidad es, por naturaleza, irregular y rebelde a las simetrías racionales. El intelectual no ceja ante la resistencia de la realidad y se empeña en reducirla: la corta y la recorta. Así nace el terror. El amor a las abstracciones es amor a la perfección, mientras que el amor a los hombres es paciencia y compasión ante lo inacabado y lo imperfecto. El intelectual en el poder sacrifica los hombres a las ideas; el gobernante piadoso prefiere los hombres a los esquemas. Los orígenes del terror moderno son intelectuales: la guillotina fue para Robespierre y SainJust un silogismo irrefutable.
No recuerdo ahora quiénes fueron mis contradictores ni cuáles sus razones. Recuerdo, sí, que acudí al ejemplo de la antigua China y cité la filosofía política de Lao Tse y de Chuang Tzu. Los "sabios", es decir, los que ahora llamamos intelectuales, dividen siempre a los hombres en instruidos e ignorantes, buenos y malos; poseídos por una inmoderada y estúpida confianza en el "bien" —o sea en su sistema— castigan a los que juzgan malos e ignorantes, que son la mayoría, y premian a los que consideran virtuosos, que son los pocos devotos de su sistema. Así llenan las cárceles de inocentes y desventurados. El mundo moderno corrobora de una manera impresionante las ideas de los dos filósofos taoístas. En un pasaje memorable, Chuang Tzu dice que el gobierno del príncipe tiránico es menos malo que el gobierno de los "sabios" virtuosos: al tirano se le puede asesinar con el puñal o el veneno mientras que las ideas con que los "sabios" justifican sus exacciones son inmortales e incorpóreas. Entonces, ¿cuál es el mejor principio de gobierno? La ausencia de principios. En otro momento Chuang Tzu dice que el mejor gobierno es aquel bajo el cual las cosas pasan por sí mismas y no movidas por la voluntad de arriba: un gobierno débil y mediocre es mejor que un gobierno activo y poderoso. . . El puro anarquismo de Lao Tse y de Chuang Tzu es inaplicable, pero es un modelo y puede ser una inspiración. Si los gobernantes tuviesen presentes sus ideas, los pueblos sufrirían menos. . . La reacción ante mis palabras fue un cortés silencio y dos o tres sonrisas. No importa: me consuela pensar que tú las recuerdas.
Un abrazo de tu amigo,
Octavio Paz
(Los Presidentes, Julio Scherer)
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