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Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1968 Discurso de exhortación a los mexicanos, desde Jalisco

Gustavo Díaz Ordaz, 1o. de Agosto de 1968

Señor Gobernador del Estado;

Señora de Medina Ascensio;

Señoras y Señores:

Cuando me fue presentado el proyecto de programa para esta gira por Jalisco, figuraba en esta comida —que por cierto mucho agradecemos, señor Gobernador, mucho agradecemos a todos ustedes, señoras y señores—, figuraba un discurso de ofrecimiento por parte del señor Gobernador del Estado.

Yo le hablé suplicándole que suprimiéramos los discursos. Le decía yo: la gente ya está cansada de oír discursos, no se siente a gusto, quiere mejor seguir tomando su café o platicando en lugar de oir a uno de dos oradores, y me compromete usted también a contestarle. Él gentilmente accedió y ahora yo, descaradamente, falto al compromiso contraído. (Aplausos). Pero no voy a decir precisamente un discurso, sino unas cuantas palabras, y eso en razón de que he recibido una serie de indirectas en el curso de estos dosdías y medio que llevo en Jalisco, de que por qué en ninguna de las comidas, en ninguno de los actos de mis visitas a este querido Estado, hago uso de la palabra; que si en otros Estados sí hablo; que si están sintiéndose. Y entonces pensé que la mejor manera de disipar las dudas era decirles unas cuantas palabras para que no hubiera susceptibilidades.

Quiero, en primer lugar, agradecerles a todos ustedes, yen ustedes a Jalisco entero, la oportunidad que nos brindan de darnos a nosotros mismos, a la señora Díaz Ordaz y a mí, a mis acompañantes, el honor de pisar esta tierra; la satisfacción de volver a estar entre ustedes, encontrar a viejos y queridos amigos y tener el placer de estrechar su mano nuevamente.

Pero quiero, además, usar esta tierra, tierra que ha sido de hombres en toda su historia, tierra que por alguna profunda razón el Cura Hidalgo, lleno de sabiduría y de bondad, lleno de ansias de libertad y de amor a sus semejantes, escogió para abolir la esclavitud. (Aplausos). Yo quiero escoger esta tierra para dirigirme a la Nación entera, para convertirla brevemente en una tribuna nacional frente a los deplorables acontecimientos de los últimos días en la Capital de la República.

No quiero decir que a nadie le han dolido más que a mí, porque nunca he pretendido ser el primero en nada ni significarme frente a todos quienes son mis iguales, pero yo estoy entre los mexicanos a quienes más les haya herido y lacerado la pérdida transitoria de la tranquilidad en la Capital de nuestro país por algaradas en el fondo sin importancia. A mí me ha dolido en lo más intenso del alma que se hayan suscitado esos deplorables y bochornosos acontecimientos.

Cuando cerraba mi campaña electoral en mi Estado natal, yo decía —y en estas horas de felicidad mezclada con angustia que he vivido entre ustedes lo he recordado—, decía allá en Puebla: muchas cosas nos unen a los mexicanos, muchas y muy importantes; muy pocas nos separan. Cuando asome la discordia entre nosotros, acordémonos de lo que nos une; olvidémonos de lo que nos divide.

Al pueblo entero de México le pido que recuerde todo lo que une al mexicano; que olvide lo poco que nos puede separar entre nosotros.

(Aplausos).

Con la sangre y la vida de nuestros héroes, con el sacrificio abnegado de millones de mexicanos, a través de los años, hemos ido construyendo esta Patria que tiene muchos y lacerantes problemas, muchas escaseces, pero que es nuestra Patria y que, además es dulce y acogedora, que ha sido nuestra cuna, que es nuestro hogar y será nuestra tumba. Al construirla, hemos erigido muchos grandes edificios para satisfacer necesidades del mexicano, para colmar sus aspiraciones; hemos ido atesorando una gran riqueza material y espiritual, que nos permite ir progresando aceleradamente en el orden económico y también en forma acelerada en el orden espiritual, llámese cultura, llámese civismo.

¿No vale la pena que todo eso que con tanto esfuerzo, con tantas vidas, con tanto sacrificio hemos logrado reunir como acervo valioso para dejarlo a nuestros hijos y nuestros nietos, no vale la pena que lo defendamos y lo cuidemos? Por supuesto que sí. ¿Y qué pedimos? ¿Muy grandes sacrificios para defender ese insustituible, invaluable tesoro que hemos logrado ir juntando? No, lo único que pedimos es que se vean con objetividad los hechos, serenidad, ponderación, ecuanimidad; que no ahondemos más las diferencias; que sin perder la dignidad —que no debernos perderla jamás ningún mexicano— hagamos a un lado el amor propio (aplausos) que tanto estorba para resolver los problemas. Eso es lo que pedimos. A eso exhortamos a los mexicanos todos, a todos los mexicanos, en la inteligencia de que me incluyo naturalmente yo: a olvidar el amor propio, a disminuir diferencias, a acercarnos por lo mucho que nos une y volver a la tranquilidad tan necesaria que favorece, que beneficia a todos: al agricultor, al ganadero y al industrial, para producir; al comerciante, para vender y comprar; al abogado, al ingeniero y al médico, para ejercer sus profesiones; al estudiante para estudiar; a la madre para amar; a Iodos, para servir a nuestra Patria. (Aplausos).

Una mano está tendida: es la mano de un hombre que a través de la pequeña historia de su vida ha demostrado que sabe ser leal. Los mexicanos dirán si esa mano se queda tendida en el aire (aplausos prolongados, porras, urras y un grito: "¡Qué digno Presidente tenemos!") o bien esa mano, de acuerdo con la tradición del mexicano, con la verdadera tradición del verdadero, del genuino, del auténtico mexicano, se vea acompañada por millones de manos de mexicanos que, ente todos, quieren restablecer la paz y la tranquilidad de las conciencias. (Aplausos prolongados).

Y ahora, para ustedes jaliscienses, queridos amigos míos, muchas gracias por tantas demostraciones de solidaridad y de afecto. No han escapado ni podrían escapar a mi experiencia y sensibilidad en la materia, los gritos, las expresiones, los ademanes, las actitudes, lascaras de las gentes no solamente llenas del júbilo, del cariño con que me han recibido en otras múltiples ocasiones en que antes de ser Presidente y ya siéndolo los he visitado.

En las actitudes de los últimos días hay, además, una cargada intención, sutil, profunda, que es como nosotros los mexicanos decimos a veces los compromisos más solemnes y las palabras más sagradas.

(Aplausos).

Lo he visto, lo he sentido y recojo esas actitudes para guardarlas como uno de mis mejores recuerdos.

Recorrí parte muy importante de su Estado: comencé desde los límites con Colima, en la costa de Jalisco. Usted saben que tenemos el plan de desarrollar turísticamente esa región, en unión de ustedes; que los trabajos previos se están realizando; que van por muy buen camino las gestiones para obtener los créditos, y que esa maravillosa costa jalisciense, llena de bahías, de hermosísimo mar y de suaves playas, que seguramente serán un gran atractivo para muchos visitantes, sólo están esperando nuestro esfuerzo, que comuniquemos esos lugares, que la inversión privada vaya a erigir hoteles, y abriremos al mundo unos nuevos paraísos para que vengan a descansar a las playas jaliscienses muchos centenares de miles de hombres de todas partes.

Visité la feraz región de la costa, donde las tierras ubérrimas también estaban esperando el esfuerzo del hombre para ponerse a producir, y el camino para poder sacar los productos.

Vinimos después a recorrer los caminos de la tierra jalisciense donde la naturaleza ha sido menos generosa en las condiciones ecológicas, pero que en compensación ha hecho ahí a los hombres más esforzados para arrancarle, a pesar del cielo hostil y de la tierra pobre, mejores productos a su pequeñísima propiedad, para poder engrandecer este Estado, para poder llevar el pan a su familia y poder aumentar así la riqueza de la Patria.

Hemos venido poniendo al servicio o visitando obras que ya lo están, en lo fundamental del desarrollo jalisciense: energía eléctrica, queduplicará la vida de muchas gentes al quitarle la oscuridada las noches, que permitirá liberarse de los trabajos domésticos a muchas mujeres nuestras, que servirá también para mover la borraba que extraiga el agua del subsuelo para regar los campos y para mover la fábrica que ha de producir lo que después han de vender en las tierras jaliscienses, en el territorio entero de la República o en el extranjero.

Pondremos la placa de inaugurado en el gasoducto que terminó Petróleos Mexicanos y que es otra de las bases energéticas del desarrollo industrial de Jalisco. Y a propósito, qué mejor respuesta que ya esté solicitada, ocupada toda la capacidad del gasoducto por ustedes, emprendedores jaliscienses, que apenas acabado de poner en servicio, ya están consumiendo todo el gas que se les puede proporcionar. Esa es la mejor respuesta que podíamos obtener a los afanes que pusimos en la obra y a las esperanzas que en ella habíamos cifrado.

Obras también de educación, de salud del pueblo, etcétera. Es decir, hemos procurado ir a la entraña misma de los problemas de esta progresista Entidad. ¿Por qué? Porque tenemos fe absoluta en sus hombres.

Ustedes rne han hecho el honor de recoger como mía una expresión que en realidad es de ustedes; son ustedes los que están de pie y trabajando; yo simplemente, en alguna ocasión, le di forma en palabras a lo que ustedes ya le habían dado forma en hechos, porque está de pie Jalisco trabajando, con fe en su futuro. Por eso tenemos los demás mexicanos, también, fe en Jalisco y en los hombres que lo pueblan. (Aplausos).

Sentimos un gran honor, una gran satisfacción en visitarlos y en poder sumar la modestia de nuestros esfuerzos, de nuestras ansias y de nuestras preocupaciones, al esfuerzo de ustedes por engrandecer a su patria chica y por engrandecer a su patria grande.

Por la oportunidad que nos han brindado, muchas, muchísimas gracias. Ustedes saben cuánto los querernos; nosotros sabemos qué bien estamos correspondidos.

Gracias, señores. (Aplausos prolongados).