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Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

Este Sitio es un proyecto personal y no recibe ni ha recibido financiamiento público o privado.

 

 
 
 
 


1964 El silencio de Cuauhtémoc resuena aún. Discurso pronunciado por Jaime Torres Bodet durante el acto de inauguración del Museo Nacional de Antropología.

Septiembre 17 de 1964

 

 

EL SILENCIO DE CUAUHTÉMOC RESUENA AÚN

El gran edificio austero, de sobrias líneas y espacios nobles, cuya construcción fue esperada durante lustros, abre sus puertas esta mañana. Y las abre en septiembre en Chapultepec.

Tierra egregia la de estos sitios, cerca de la colina inmortalizada por la pasión de los Niños Héroes. Pocas más dignas de sostener el palacio que hoy inaugura el Primer Magistrado de la Nación. ¿Y qué momento mejor para el acto que nos reúne? Septiembre es el mes en que nuestro pueblo conmemora su independencia y engavilla, como su recolección el labriego, la cosecha moral de su libertad. Al evocar su pasado, México mide el tamaño de su presente y —en pensamiento y en obra— se proyecta hacia el porvenir.

Un poeta de nuestra edad y de nuestra América dijo, en alguna ocasión, que "lo que tiene el árbol de florido, vive de lo que tiene sepultado". Nada más cierto. La raíz es la explicación del tronco, el tronco de la rama, la rama de la flor. Cuanto más hondo el cimiento, más aérea y audaz la torre... Así los pueblos. A todas horas y en todas partes, somos los hombres historia viva. Historia que perdura conscientemente en cédulas y tratados, retratos y manuscritos, libros y hemerotecas. O historia que no conserva ningún archivo: tradición que no necesita prenderse a ninguna fecha, a ninguna anécdota; ímpetu que, de pronto, al realizar la menor acción, revela un impulso antiguo, callado e indeclinable, y obtiene para nosotros —a veces, sobre nosotros— victorias póstumas, según contaban quienes creían en las batallas que, incluso muerto, ganaba el Cid.

 

POR LA AFIRMACIÓN DE LO NACIONAL,
A LA INTEGRACIÓN DE LO UNIVERSAL

En el día de honrar a los creadores de tantas culturas decapitadas, mencionar a un campeón de España podría tal vez sorprender a algunos. Aunque no veo por qué razón. Sangre de España corre también por las venas de millones de mexicanos. Es fuerza, en nosotros, el mestizaje. Avanzamos, por la afirmación de lo nacional, hacia la integración de lo universal. Nuestra vocación no se encuentra desfigurada por los prejuicios étnicos o geográficos. América es nuestro ámbito natural; México, la razón de nuestro destino. Pero el escenario de ese destino lo constituye la tierra entera. Y queremos participar con independencia en el progreso común de la humanidad.

Monumento de monumentos, el museo que abrimos hoy al fervor del público mexicano y a la curiosidad de los extranjeros, atestigua la magnitud de nuestro homenaje para las civilizaciones interrumpidas por la caída de Tenochtitlan y de las capitales de otros grandes señoríos. Toda el ansia de manifestar lo inefable del ser y del no ser. que las obras aquí reunidas expresan con patetismo, nos habla de un formidable naufragio histórico. Adivinamos, en los ecos de ese naufragio, la firmeza, el amor, la pena, la sabiduría, la vehemencia y la fe implacable de muchos pueblos que vivieron organizando los métodos de la paz y las tácticas de la guerra con la simbólica ordenación de un rito.

Atentos al tránsito de los astros, entre las lanzas verdes de sus maizales, frente a los discos de turquesa o de ámbar— de sus cenotes, junto al fresco refugio de sus lagunas, en la cúspide de sus templos, a los pies de sus ceibas o en los valles ceñidos por sus volcanes, los hombres de aquellos pueblos supieron fijar en piedra las estaciones, convertir en deidades coléricas o indulgentes a los elementos de la naturaleza, e imaginaron robustecer el vigor del sol con ofrendas y sacrificios, animándole a proseguir el combate del día contra la noche, hasta el punto de que la aurora —para los últimos defensores de aquel mundo teocrático e imperial — resultaba, más que un triunfo de la luz sobre las tinieblas, una victoria, tan humana como divina, de la vida sobre la muerte.

Desde el monolito de Coatlinchan, que saluda a los paseantes, hasta la misteriosa Coatlicue —que asombra y llama al espectador con la violencia de un grito cósmico—, a lo largo de este museo se desarrolla una sucesión de creaciones ásperas o felices, duras o sonrientes, casi todas místicas. Místicas, pues los seres que las hicieron y las amaron vivieron bajo el dominio de una emoción religiosa, lo mismo, si eran mayas, cuando situaban un concentrado perfil heráldico sobre unos frisos de Uxmal que cuando reproducían, si eran teotihuacanos, la serpiente emplumada de Quetzalcóatl; labraban, si eran toltecas, los atlantes de Tula; modelaban, si eran zapotecas, las urnas de Monte Albán, o esculpían, si eran aztecas, la expectación angustiosa de Xochipilli.

Nos sentiremos siempre alentados y sorprendidos frente a tantas realizaciones; definitivas unas, y desdeñosas, en su trágica perfección; conmovedoras otras por la ternura de la línea frustrada que proyectaban hacia las formas de un mundo nuevo.

 

EL HOMBRE, HIPÓTESIS SIN DESCANSO.
INVENCIÓN SIN TREGUA

Nuestra vinculación con semejantes realizaciones no podría pensarse exclusivamente en términos geográficos, invocando el hecho de que vivimos en zonas donde brillaron algunas de las civilizaciones precolombinas de calidades más eminentes.

Ni podría pensarse tampoco, exclusivamente, en términos étnicos, porque circule en las arterias de nuestro pueblo sangre que un día acompasó el pulso de Nezahualcóyotl, agitó el pecho del personaje encontrado bajo las sombras geométricas de Palenque o nutrió la retina de los funcionarios y los guerreros que desfilan, desde hace siglos, sobre los muros de Bonampak.

Las circunstancias de vivir en la misma tierra y de haber recibido —aunque sea en parte— el caudal de la misma sangre ¿bastan, acaso, para allanar el secreto de los anhelos que esas culturas sintieron intensamente y que, a su modo, soñaron y proclamaron?... Porque el hombre no es sólo una reacción frente al lugar donde nace y ama, sufre, piensa y desaparece; ni es, tampoco, una pasiva entidad, subordinada al rigor de la biología. Contestación vulnerable, y en ocasiones imprevisible, a las exigencias del medio que lo circunda y al llamado de su linaje, es el hombre también hipótesis sin descanso, invención sin tregua, creación perenne y descubrimiento incesante de los enigmas que le propone su propia esfinge en la ondulación —luminosa y sombría— del universo.

Entendamos con claridad nuestra posición. La historia es irreversible. Al pronunciar la palabra patria, no sugerimos por cierto un regreso utópico a la Liga de Mayapán, a la teogonía teotihuacana, a los métodos bélicos de Axayácatl o a las normas suntuarias de Moctezuma. Sin embargo, nuestra visión general de México resultaría arbitraria y falsa, si no admitiéramos francamente que el cielo que contemplamos, las montañas que nos custodian y la tierra que nos sustenta fueron el marco de una evolución secular, de cuyos trofeos debemos reconocemos depositarios agradecidos y respetuosos.

Ángel María Garibay lo ha dicho de la manera más persuasiva:

Al cabo de cuatro centurias, alienta en el corazón de cada mexicano un hilo de aquella sangre que se agitó en las emociones ante el sol naciente, encamado por Huitzilopochtli, o bailó en las alegres fecundidades de las mieses, bajo la lluvia de bendición de un Tláloc que sigue criando el maíz divinizado, pan de las carnes morenas y alegría de los campos, con su cantar de hojas y su rumor de espigas.

Aplastadas por los vencedores, ignoradas o menospreciadas por los ocupantes — cuando no, también, por algunos de sus legítimos legatarios—, las culturas indígenas no desaparecieron jamás del todo. Sus templos habían sido destruidos, o abandonados a la avidez de las selvas próximas. Pero las nuevas creencias no desterraron completamente a los viejos dioses. Agricultores, los indios continúan los cultivos tradicionales. Artesanos, acarician todavía las formas de su cerámica. Y, cuando decoran ciertos muros, determinados muebles y múltiples piezas de orfebrería, se advierte —bajo las líneas de los modelos occidentales— la afirmación de sus concepciones imprescriptibles de la belleza plástica.

¿Cómo admitir que este gran museo consistiera tan sólo en una profusión de reliquias desencarnadas? Por eso, junto a las joyas de la escultura (cinceladas estrofas de un himno, inaudible ahora en su integridad), nuestros colaboradores buscaron el acompañamiento antropológico indispensable: fondo histórico y etnográfico que subraya el valor artístico de cada objeto en particular y que comprueba, a la vez. la permanencia de ciertos hábitos, vivos aún en las tradiciones de numerosas comunidades de la República.

 

LAS TRES FUNCIONES DEL MUSEO:
ESTÉTICA, DIDÁCTICA Y SOCIAL

Este museo tiene, por consiguiente, tres funciones complementarias. La primera —puramente estética — obedece al requerimiento de presentar al espectador la obra del pasado, en la soledad de su prístina desnudez. Nada podría sustituir el descubrimiento que cada quien haga de sí propio frente a las experiencias que aquí le esperan. Ninguna lección revelaría tanto al viajero como la obra maestra en su plenitud. Los espacios que hemos tratado de establecer frente a cada una fueron concebidos para facilitar el dialogo silencioso entre el visitante, que se enriquece con lo que admira, y el documento, que despierta y explica su admiración.

La segunda de las funciones a que antes me referí no es ya puramente estética. Es didáctica, sobre todo. Importa que el estudioso comprenda (hasta donde parezca factible, dada la limitación de nuestro saber) el sentido social de las obras que lo cautivan. Ninguna producción, por intemporal que resulte en sus consecuencias, niega arbitrariamente la influencia del pueblo que hizo posible su advenimiento. Y si esto es cierto en términos generales, más lo es en el caso de creaciones que en nada ocultan su relación con el mundo que trataron de eternizar.

La intención didáctica que menciono nos indujo a pedir un trabajo suplementario —y no siempre fácil— a quienes nos ayudaron en la realización de la empresa: arquitectos, artistas y museógrafos a los que no debo solamente una enhorabuena oficial, sino una honda y personalísima gratitud. Tendió ese trabajo suplementario a relacionar (cuando lo creímos plausible) las manifestaciones de cada civilización con el medio físico, el ambiente étnico, la condición social y el momento histórico en que las investigaciones científicas las sitúan. Mapas, maquetas —y escenas, que constituyen hipótesis verosímiles y, con frecuencia, fieles reproducciones — sirven al público en calidad de puntos de referencia, o signos de orientación.

A veces, tales escenas interpelan al espectador en el idioma concreto de ciertos hechos, paisajes, fiestas y ritos que es todavía posible observar en la realidad. A veces, estimulan más bien su aptitud poética, alentando ese don imaginativo sin cuyo impulso la visita a cualquier museo resultaría siempre engañosa. En efecto, por hermoso que juzguemos este palacio —en su vasta armonía de acero y luz, vidrio, mármol, cedro, tezontle y cemento armado—, su positiva importancia estará en función de la actitud de los seres que vengan a recorrerlo.

 

EQUILIBRIO DE PIEDRA Y ALMA

Figuran en el Museo del Hombre, cerca del Sena, estas palabras de Valéry: "De los que pasan depende que sea tesoro o tumba: que les hable o que me calle..." Tenía razón el autor de La joven Parca. La belleza de los museos no se hace entender verdaderamente sino de aquellos que saben interrogarla.

Y que saben interrogarla con pertinencia y con emoción. Las esculturas más prodigiosas serían sarcófagos, si quienes las contemplaran no procurasen hallar, dentro de su original equilibrio de piedra y alma, una respuesta para sus dudas, un perdón para sus errores, una piedad para sus quebrantos y una enseñanza para sus vidas.

¡Original equilibrio de piedra y alma! La frase en que me detengo me obliga a considerar la importancia inmensa de la tercera de las funciones atribuidas a este museo: la de inspirar a los mexicanos, junto con el orgullo de la historia heredada, el sentido de su responsabilidad colectiva ante la historia que están haciendo y la que habrán de hacer en lo por venir. Solamente lo auténtico puede contribuir a lo universal. Y solamente lo que contribuye a lo universal acrece en verdad el legado humano. El mundo intelectual y moral que expresaron los creadores de las culturas representadas en estas salas sucumbió, de improviso, porque los acontecimientos lo sometieron a la más dramática de las pruebas: la de luchar contra algunas técnicas superiores. La poesía, el denuedo, la intrepidez en el combate y el estoicismo ante la muerte —grandes virtudes de esas culturas— no bastaron a compensar, a la hora de la invasión, lo que Spengler llamó "falta de voluntad de potencia técnica".

En nuestros días, la lección que señalo tiene un alcance incontrovertible. Sin confianza en el alma de lo que somos, perdería sentido nuestra existencia; pero, sin los conocimientos y los métodos necesarios para defender nuestra libertad y nuestro progreso, ¿no perderíamos igualmente, junto con la piedra que esculpimos, el alma que sustentamos?

 

ESPÍRITU Y TÉCNICA

Las culturas, para durar, requieren una intangible alianza entre la espiritualidad y el dominio técnico. Ante los testimonios de tantas civilizaciones paralizadas, nos prometemos solemnemente no incurrir jamás en deslealtad para los altos designios que postulamos, ni en renuncia frente al esfuerzo de adaptación que reclama, en lo material, la preservación de los ideales que esos designios implican.

Situado (a vuelo directo) entre los rascacielos de Nueva York y los llanos de Venezuela, a mitad del camino de Australia al Bósforo, y a igual distancia de las nieves de Alaska y de las costas cálidas del Brasil, México parece predestinado a un deber de orden universal. La historia confirma esta invitación de la geografía. ¿No se habla, a menudo, de tres Méxicos superpuestos: el precortesiano, el virreinal y el independiente?... La simple enumeración de esas tres etapas demuestra cómo están integrándose en nuestro territorio —y en nuestro espíritu - energías de carácter muy diferente: la evolución anterior al descubrimiento de América, el ímpetu vital que estimuló a los conquistadores y el afán de progreso en la libertad, escogido por nuestro pueblo a partir de Hidalgo.

Colocado en un punto clave, del espacio y del tiempo, México tiene plena conciencia de sus responsabilidades como nación. Por su vecindad con los Estados Unidos y el Canadá —y con sus Américas Central y Meridional— nuestro país constituye un puente entre las culturas latina y sajona del Nuevo Mundo. Por los orígenes de su población, es un puente histórico entre las tradiciones americanas precolombinas y las europeas del orbe mediterráneo. Y, tanto por su posición en la esfera terrestre cuanto por la sinceridad de su comprensión para todos los horizontes del hombre, puede ser asimismo un puente un puente de verdad, de concordia y de paz— entre los pueblos que ven la aurora antes que nosotros y los pueblos que, después de nosotros, miran nacer el sol Ahora bien, la audacia de todo puente supone una garantía: la solidez de su estructura. México no lo ignora. De ahí su voluntad de conciliación patriótica. De ahí sus campañas de educación popular, cada vez más vigorosas y más intensas. De ahí su respeto para las fuerzas de la cultura. Y de ahí también su labor, de habilitación técnica, en el campo y en las ciudades.

Muchas de las obras que este museo conserva equivalen a una apología espléndida de la muerte.

El mexicano anterior a la idea del México en que vivimos tuvo un concepto extraordinariamente lúcido del tránsito inevitable y de la catástrofe sin piedad. Tan penetrante sentido de lo que se marchita, de lo que pasa, de lo que desfallece a cada momento y al cabo muere, persiste en muchos de los mexicanos de hoy. Sin embargo, ese mismo sentido se encuentra ahora envuelto en fervor de vida, pues al destino como fatalidad, nuestro pueblo quiere oponer el destino como proeza, como hazaña esencial del hombre: el destino que se hace todos los días con el trabajo, en la independencia y en la virtud.

Frente a Coatlicue, tierra con falda túrgida de serpientes, nos inclinamos en doloroso arrobo; pero sentimos que, si "la muerte está en la existencia cual la semilla en el fruto", existencia y muerte se compenetran, para los individuos y las naciones, en torrentes de eternidad.

 

LOS TESOROS DE CUAUHTÉMOC

La figura de un hombre, en cuyo semblante es ahora perdón la sonrisa estoica, pero será ejemplo siempre la valentía, vela —invisible— a las puertas de este recinto. Pienso en Cuauhtémoc. Un día de agosto, cuatrocientos cuarenta y tres años antes de éste, vio caer la capital de su heroico imperio. La defendió como raras veces se ha defendido un estilo de vida o una forma de pensamiento: contra el sentido de sus presagios, contra la fuerza de sus leyendas, contra el pronóstico de sus dioses. Los tesoros que no entregó están representados aquí. No consistían únicamente —ahora lo comprendemos— en las piezas de oro que pretendían convertir en monedas sus adversarios. Eran los testimonios de la cultura de sus mayores y de todas las que cubría, con alas tensas y dominantes, el águila de su estirpe.

Por los tesoros que no entregó, fue llevado al suplicio injusto. Se estremecieron, bajo sus plantas, lenguas de fuego. Pero el silencio de Cuauhtémoc resuena aún. Lo escuchamos, los mexicanos, mientras vivimos. Hasta el extremo de que silencio tan elocuente forma parte profunda de nuestra vida; es como escudo de bronce de nuestras almas y resistencia entrañable de nuestro ser.

Gracias, señor presidente de la República, no sólo por haber dispuesto que se ofreciera a millares de esos tesoros el monumento que merecían, sino por el entusiasmo y el inalcanzable interés con que examinó los proyectos, consideró los trabajos y orientó la realización de la obra. Gracias, arquitectos, ingenieros, antropólogos, historiadores, museógrafos, escultores, pintores, hombres de letras y obreros todos que, bajo la iluminada dirección de Pedro Ramírez Vázquez, tan diligentemente nos ayudasteis a presentarlos entre esos muros. Gracias, personalidades ilustres del país y del extranjero que os asociáis a nosotros en el júbilo de este día.

La ceremonia que nos reúne lo confirma admirablemente: Cuauhtémoc no murió en vano. Junto a los restos de lo que fue la grandeza de un mundo prócer, México se levanta: laborioso, perseverante, atrevido y fiel.

Al honrar los vestigios de su pasado, ese México tiene la convicción de que honra en sí propio, y enaltece en lo universal, el prestigio de su presente y la gloria de su futuro.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Zertuche Muñoz Fernando. Jaime Torres Bodet. Realidad y Destino.