Adolfo López Mateos, 14 de Octubre de 1959
Con la amistad y la cordialidad que mi país siente por los pueblos aquí representados, y con mis saludos respetuosos, me dirijo a este Foro para reiterar la profunda fe de México en los destinos de la Organización Mundial, y su convicción, fundada en el análisis de las circunstancias internacionales, de que ella es la única esperanza de superar la crisis que vive el mundo.
México es miembro fundador de la Organización de las Naciones Unidas, y en sus tareas pone el entusiasmo con que siempre ha acogido todo propósito de elevar a la esfera del derecho, los asuntos de las naciones, muy especialmente los que pueden entrañar desajustes o controversias, para encontrar, con la dignidad de las partes y mediante la aplicación de principios justos, las soluciones que produzcan paz, concordia y ventura para todos.
En nuestra actitud internacional partimos de la firme convicción de que no hay conflictos que no puedan resolverse pacíficamente. Si los hombres han logrado vivir dentro de un régimen de derecho, sujetos a él y dirimiendo legalmente sus controversias, ¿por qué no van a hacerlo de igual manera las naciones? El México insurgente abrevó en un ideario que entendía el derecho internacional como la lógica continuación del derecho interno, para nosotros, la libertad del individuo y la libertad de las naciones son inseparables y se apoyan mutuamente. Sólo hay naciones libres cuando los hombres que las integran gozan de libertad; y los individuos sólo alcanzan su libertad, cuando viven en un país libre. La Revolución Mexicana conjugó con este concepto tradicional, el nuevo principio: la libertad individual se hace plena en la justicia social. Y es así como mi país lucha por la independencia de las naciones, la libertad de los individuos y la justicia social de las colectividades.
Las normas de derecho a que esta Organización responde surgieron de la misma conciencia humana, por encima de las limitaciones geográficas o históricas entre pueblos y naciones. Esas normas poseen la universalidad, la equidad y la prudencia necesarias. El derecho internacional ha sido y sigue siendo creado por todos los pueblos; se apoya en la aceptación libre de sus principios, y en la decisión leal de respetar sus determinaciones. De cada violación que han sufrido sus normas, ha surgido más vigoroso y alentador.
Sus grandes postulados: la igualdad de las naciones; el respeto de todas al derecho de cada una; la fidelidad a los tratados y convenios libremente concertados; el derecho de cada país a determinarse las instituciones acordes con su naturaleza; la búsqueda de la paz mediante la dignidad de cada pueblo y apoyada por la justicia; la garantía de las libertades básicas de que deben gozar todos los hombres; y la decidida cooperación entre los países para que la prosperidad se haga universal, son los más generosos que el hombre haya establecido y se reafirman en cada etapa de la historia.
De tiempo en tiempo, la vida internacional se halla en crisis. Casi siempre éstas surgen de la contraposición latente entre el pasado y el presente, entre el poder y el derecho. En nuestros días la fracasada teoría del equilibrio de los poderes persiste aún en la política de poder que obstaculiza la seguridad dentro del derecho. De ello nace un conflicto en que se juega la conservación de la existencia misma de cada país y la del mundo, y esto constituye el mayor problema, y el de más urgente resolución, que tiene por delante la comunidad internacional.
En esta crisis, el futuro de la Organización de las Naciones Unidas depende fundamentalmente de la solución que pueda darse al problema del desarme universal y de la superación, honrada y valerosa, que se alcance del instinto de dominar, de prevalecer y de ejercer hegemonía, que por mucho tiempo ha sido en los países poderosos el móvil fundamental de su política exterior.
Los conflictos, los problemas cotidianos constituyen para el derecho internacional, su campo de ejercicio, en el que además, encuentra la fuente renovadora de sus fórmulas. A su cuerpo doctrinal están incorporados principios, criterios y normas antiguas, cuya bondad ha probado el hombre en su larga historia y nuevos principios, criterios y técnicas, cuya utilidad y valor ha podido ya aquilatar. De ahí que el derecho internacional se renueve y fortalezca con la crisis. Después de la primera guerra mundial surgió un derecho social internacional que ha sido instrumento decisivo en la lucha por la justicia. Todo nos permite considerar que después de la segunda guerra mundial se ha venido configurando, lentamente, no sin esfuerzos ni dificultades, un derecho económico internacional fundado en la cooperación de las naciones en distinto grado de desarrollo. Ese derecho se está traduciendo en la ayuda técnica y financiera impartida con la convicción de que sólo la cooperación, engendra cooperación, y de que los países no están aislados, sino que pertenecen a un mundo indivisible en que la suerte de uno-afecta a la de todos.
Suelen presentarse las crisis internacionales como oscilaciones entre la guerra y la paz. Hemos llegado a conocer las causas profundas que en parte provocan o facilitan la acción bélica. En gran proporción, esas causas son la miseria, la injusticia y el temor. La miseria es con frecuencia la impotencia del hombre para aprovechar los recursos de la naturaleza; la injusticia es a veces el dominio o la opresión de unos grupos sobre otros; el temor suele originarse en la amenaza de unos a otros, de los poderosos entre sí, o de los poderosos a los débiles.
En lo que va del siglo, se han realizado transformaciones fundamentales en la vida de los pueblos. Esas transformaciones se resumen, en la vida interior de los países en la urgencia de otorgar a sus poblaciones mejores niveles de vida. Muchos pueblos han alcanzado ya su desarrollo o lo han iniciado; otros quieren vencer su retraso técnico, aspiran al progreso económico, a la abundancia con libertad, y a la autonomía política en lo exterior. El anhelo de estos pueblos y sus dificultades por alcanzar las condiciones civilizadas de existencia, constituyen el origen de preocupación mundial ante el tremendo desequilibrio entre los países que han avanzado más en su desarrollo y el resto de los pueblos de la tierra, que naturalmente aspiran a mejorar sus condiciones. Esta es una de las causas profundas de la guerra, y para atacarla es conveniente que los pueblos que palpan la magnitud de sus necesidades y la insuficiencia de sus recursos, obtengan, mediante sistemas de cooperación internacional, medios par acelerar su desenvolvimiento. Todos anhelamos la paz y debemos decidirnos legalmente a alcanzarla y a consolidarla
por medios pacíficos. La historia demuestra que es ilusión vana la paz que pretende ser apoyada en los instrumentos de la guerra, y que más o menos tarde, los medios de la violencia, acumulados con la intención de evitarla, la amenazan, la rompen lamentable y fatalmente. No debemos considerar la paz como imposible o convertirla en utopía. La paz es y debe ser posible porque nos es indispensable.
Se ha dicho repetidamente, que los medios de destrucción en poder de las grandes potencias son de tal magnitud que su uso en una contienda bélica acabaría con la civilización del género humano, ¿qué objeto, pues, ,el de una guerra que nadie ganaría y que había de perder la humanidad entera?
Dentro del vasto campo de las naciones que alberga el planeta, pocas, muy pocas, son las que poseen esas armas de plenipotencia destructora. Esas pocas naciones, tienen por ende, la responsabilidad humana de no emplearla. Pero los pueblos del orbe, aquí representados, tenemos la obligación solidaria de buscar las fórmulas de paz, hasta encontrarlas y hacerlas vigentes, dentro de las condiciones de al realidad mundial, apoyándolas en la confianza mutua.
La paz que anhelan los pueblos no es una tregua armada; tampoco es una era de inmovilidad infecunda. Es preciso concebir una paz dinámica, generosa y realista, en que se sobreponga el principio de la convivencia mundial al de la destrucción, en donde prevalezca la negociación sobre la amenaza, y el diálogo persuasivo substituya a la disputa violenta. La paz del mundo debe apoyarse en el principio de la seguridad de todos. Una paz sin justicia sería opresiva, y una paz sin progreso, estéril inacción. El mundo debe unirse no solamente ante el horror a la guerra, sino por la voluntad de realizar un progreso pacífico. La paz es también, en la conciencia humana, la certidumbre, la creencia inquebrantable de que el espíritu se halla a salvo de opresiones y amenazas.
El desarme constituye un problema de tanta trascendencia que nadie podría renunciar a considerarlo en cualquier aspecto en que se plantee o en cualquier forma en que se enuncie; los hombres responsables de cada país deben persistir tenazmente en el propósito de resolverlo, examinando todas las iniciativas y probando todos los procedimientos. Ante tan grave problema, ninguno debe dejarse ganar por la desilusión, por la inercia o por la apatía. Es cierto que el problema del desarme mundial supera en mucho la acción de las pequeñas y de las medianas potencias; pero si éstas carecen del argumento de la fuerza, deben empuñar en cambio las armas de la persuasión y fomentar en todos los aspectos, dentro de sí mismas y hasta el límite de su álcense, las condiciones sociales, económicas y políticas que favorezcan la paz.
Nuestro tiempo posee grandes poderes logrados por medio de la ciencia y la técnica en lucha por dominar la naturaleza. Esos recursos deben ponerse al servicio de la concordia y de la cooperación internacionales, para que puedan llevar la civilización a todos, impulsar el bienestar humano donde no exista con pleno vigor y acelerarlo en donde se realice trabajosa y lentamente. De ese modo, los instrumentos del poder serán el mejor soporte para la libertad, la paz y la justicia.
Nada puede proyectarse para el futuro de los hombres sino por medio de la comprensión y el entendimiento. El poder alcanzado por las grandes naciones las ha conducido a la convicción de que deben emplearlo para el fomento de la civilización, y eludir el peligro de destruirla. El hombre, que ha sido capaz de dominar las fuerzas de la naturaleza, tiene que ser capaz de encauzar las fuerzas del espíritu. Sería inhumano pensar que los hombres han progresado tanto, solamente para destruirse unos a otros y todos a sí mismos.
Se piensa que nuestra civilización se halla sujeta a prueba. Si así fuere, la fe en el hombre nos conduce a creer que saldremos airosos de la prueba. Creemos en el progreso, porque estamos lejos de pensar que hemos llegado al periodo del mundo acabado. No estamos en un callejón sin salida. Contemplamos grandes horizontes, y a ellos debemos acercarnos sabiendo que la libertad tiene un sentido indeclinable, y el hombre un valor perenne. Estamos en la hora de decidir que sólo la unidad en el propósito de alcanzar para todos la libertad y la prosperidad, prolongará la historia humana. Todos tenemos fe en que así suceda.
México tiene fe en las soluciones positivas. Prefiere la fuerza del derecho a los recursos del poder; se empeña, hoy como ayer, en sostener inalterables los principios jurídicos de la convivencia internacional; apela a los más elevados sentimientos y a la más alta responsabilidad de todos los estadistas de la Tierra, esperando con plena con fianza que ellos sabrán responder al destino que sus pueblos les han encomendado, y a la misión que su propio poderío y su grandeza les impone frente a los demás hombres.
Con fe en los principios de la Organización de las Naciones Unidas, con la reiterada determinación de cooperar en todo memento a la causa universal, y con los mejores deseos por la ventura personal de ustedes y por la prosperidad de sus naciones, les transmito el mensaje de paz, de justicia, de libertad y de concordia que mi país envía a todos los países del mundo aquí representados.
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