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Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1958 La cuestión del desarme en la Organización de los Estados Americanos. Discusión en el Consejo de la OEA sobre la propuesta de José Figueres de limitar los armamentos y transformar la estructura de los ejércitos iberoamericanos.

Washington, marzo 5 y 6 de 1958.

 

LA CUESTION DEL DESARME EN LA ORGANIZACION DE LOS ESTADOS AMERICANOS

Los días 5 y 6 de marzo de 1958, se discutió en el Consejo de la Organización de los Estados Americanos una propuesta del Representante de Costa Rica, tendiente a limitar los armamentos en Iberoamérica. La propuesta dio lugar a un debate lleno de sorpresas y, luego, a una agitada polémica de prensa en todo el Continente. Hasta ahora no se ha publicado el texto taquigráfico íntegro de este debate. Constituye el complemento indispensable de cualquier estudio sobre el militarismo en Iberoamérica.

Por razones de espacio, se han suprimido las intervenciones referentes a cuestiones de procedimiento y trámite. Tal como figuran en las actas oficiales, las intervenciones de los representantes del Brasil, Estados Unidos y Haití aparecen en los idiomas respectivos de esos países.

 

CONSEJO DE LA ORGANIZACION DE LOS ESTADOS AMERICANOS

ACTA DE LA SESION ORDINARIA CELEBRADA EL 5 DE MARZO DE 1958

En la ciudad de Washington, a las 10:30 de la mañana, del miércoles 5 de marzo de 1958, celebró sesión ordinaria el Consejo de la Organización de los Estados Americanos. Presidió la sesión el señor Embajador Don Eduardo Augusto García, Representante de Argentina y Presidente del Consejo. Asistieron los siguientes miembros: Señor Lic. don Gonzalo J. Facio, Embajador de Costa Rica y Vicepresidente del Consejo; señor doctor don Guillermo Sevilla Sacasa, Embajador de Nicaragua; señor doctor don Luis Quintanilla, Embajador, Representante de México; señor doctor don Juan Bautista de Lavalle, Embajador, Representante del Perú; señor John C. Dreier, Embajador, Representante de los Estados Unidos; señor doctor don Fernando Lobo, Embajador, Representante del Brasil; señor don Víctor Andrade, Embajador de Bolivia; señor doctor don José T. Barón, Embajador, Representante de Cuba; señor don Julio A. Lacarte, Embajador del Uruguay; señor doctor don Gonzalo Escudero, Embajador, Representante del Ecuador; señor don Mariano Puga, Embajador de Chile; señor

Salnave Zamor, Embajador, Representante de Haití; señor Lic. don Virgilio Díaz Ordóñez, Embajador, Representante de la República Dominicana; señor doctor don Nelson Himiob, Representante interino de Venezuela; señor Lic. don Carlos F. Hidalgo, Representante interino de Honduras; señor doctor don Roberto E. Quirós, Representante interino de El Salvador; señor don Persioda Silva, Representante suplente del Paraguay; señor doctor don Julio Asencio Wunderlich, Representante suplente de Guatemala; señor doctor don Arturo Morgan Morales, Representante suplente de Panamá; señor don Jorge Franco Holguín, Representante suplente de Colombia. También estuvieron presentes el señor Secretario General de la Organización, doctor don José A. Mora, y el Secretario General Adjunto, señor doctor William Manger, Secretario del Consejo.

El señor presidente: El siguiente punto del orden del día es la declaración y proyecto de Resolución del Embajador de Costa Rica. Tiene la palabra el señor Embajador de Costa Rica.

El señor embajador de Costa Rica: Señor Presidente, en la sesión del 20 de noviembre de 1957, al agradecer mi elección como Vicepresidente de este Consejo, planteé ante mis distinguidos colegas lo que entonces era sólo una inquietud: la posibilidad de iniciar el desarme en América Latina. Me pregunté ante los señores Representantes de los Estados Americanos si no habría llegado ya el momento de pensar en un plan para limitar los armamentos en América Latina, a fin de que los recursos que así se economizaran se destinasen a la imperiosa tarea de elevar las condiciones de vida de nuestros conciudadanos.

Fui el primero en sorprenderme ante la calurosa acogida que la prensa de los Estados Unidos, y luego la de América Latina, dieron a esa sencilla sugestión. De muy diferentes sectores recibí requerimientos para que desarrollara en forma más concreta las ideas apenas insinuadas en los párrafos finales de mi discurso del 20 de noviembre.

Ello me obligó a meditar seriamente sobre el problema. En un discurso pronunciado en el “Overseas Press Club” de Nueva York, en el mes de enero último, concreté los argumentos que abonaban mi idea de que los países de América Latina pueden iniciar un desarme parcial, ofreciéndole al mundo un nuevo ejemplo de solidaridad. Las tesis allí expuestas pueden resumirse así:

1. Los pueblos de América Latina están en plena efervescencia. Se han dado cuenta de las posibilidades que ofrece la civilización occidental a mediados del siglo XX. Exigen una vida mejor. Demandan intuitivamente que se rompa el círculo vicioso en que se mueven los países subdesarrollados, donde la falta de recursos para la educación, la salud pública y las técnicas avanzadas de trabajo impiden el crecimiento de la productividad, y donde la baja productividad hace que el ingreso nacional sea tan exiguo que resulta casi imposible el ahorro indispensable para acumular el capital destinado a aumentar la producción.

2. Sólo una inyección continua de capital de inversión puede romper ese círculo vicioso, que en términos humanos significa la existencia de millones de latinoamericanos sin casa, sin familia organizada, sin escuela, sin bienes, sin tierra, sin cultura y sin salud.

3. Ese flujo constante de capital lo han buscado afanosamente los países de América Latina a través de créditos a plazo y a tipo de interés adecuado por medio de inversiones privadas y a través de mercados más amplios y de precios más remunerativos para sus artículos básicos de exportación. Hasta ahora, la afluencia de capital de inversión obtenido por todos los medios ha estado lejos de satisfacer las necesidades de nuestras economías en proceso de desarrollo.

4. Resulta indispensable, entonces, no sólo incrementar los recursos que pueden obtenerse de las fuentes mencionadas, sino buscar nuevos factores de financiamiento del desarrollo económico. Uno de esos factores lo constituyen, sin lugar a dudas, los recursos que los países subdesarrollados del Hemisferio emplean en el mantenimiento de su maquinaria militar.

5. El sistema interamericano ha estructurado el mecanismo de paz más efectivo que ha conocido el mundo.

La Carta de la OEA reafirma los principios de seguridad colectiva y sienta las bases de una armoniosa relación interamericana. El Pacto de Río ha permitido se ponga fin, mediante la acción colectiva, a todo intento de conflicto armado que se ha producido dentro del Continente. El principio básico sobre el que el Pacto descansa, o sea el de que la agresión contra cualquier país de América se considerará una agresión contra todos los demás, constituye un freno a las ilusiones de una fácil conquista militar por parte aún de las más grandes potencias extracontinentales.

6. El desarme universal es uno de los problemas más importantes de las relaciones internacionales. En principio, todas las naciones están de acuerdo en que la concentración de riquezas, recursos humanos e investigaciones científicas en una carrera armamentista es factor principal de la inseguridad en que vive el mundo, y constituye un desperdicio colosal de recursos económicos que podrían dedicarse a lograr se elimine de la tierra el espectro de la miseria.

7. La falta de confianza recíproca entre las grandes potencias ha hecho fracasar todos los planes de desarme, desde los días de la Sociedad de las Naciones hasta los de la última sesión de la Asamblea General de las Naciones Unidas. Sólo cuando los planes de desarme estén respaldados por sistemas adecuados de inspección internacional, cuándo la seguridad de todos esté protegida contra deslealtad de alguno, sólo entonces podrá romperse ese otro círculo vicioso en donde la falta de confianza impide el progreso del desarme, y la falta de progreso en el desarme impide el establecimiento de la confianza.

8. La posición de los Gobiernos de América Latina en los debates mundiales ha sido definitivamente favorable a los más completos planes de desarme. La actividad de los delegados interamericanos ha sido extraordinaria en su afán de lograr que las potencias alcancen un acuerdo, sin dejar de reconocer que los intereses de nuestra región están íntimamente ligados a los de las potencias occidentales. El Gobierno de México llegó hasta a proponer el nombramiento por Naciones Unidas de un Comisionado de Desarme, con amplias facultades para negociar un acuerdo entre las partes en pugna. La mayoría de los países latinoamericanos apoyaron la iniciativa mexicana. Por su marcado interés en los planes de limitación de armamentos, Brasil y Argentina, junto con México, fueron incluidos en la Comisión de Desarme de Naciones Unidas, que venía operando sin representación latinoamericana desde que fue creada en 1952.

9. El hecho de que no se haya logrado un acuerdo universal sobre desarme, no impide que el problema se enfoque en términos interamericanos. Al contrario, los miembros de la OEA pueden en esta materia, como en tantas otras, abrir el camino que luego puede seguir la organización mundial. Claro que dentro de las precarias condiciones de paz en que vive el mundo, los Estados Unidos no pueden reducir por ahora sus gastos militares. Como lider de las naciones occidentales, Estados Unidos tiene que sobrellevar el penoso deber de mantener una maquinaria militar tan fuerte y costosa como la de la Unión Soviética. Pero ese requerimiento no es aplicable a los países de América Latina.

10. Los avances científicos en materia de armas nucleares y de proyectiles dirigidos, han cambiado por completo la estrategia de la guerra moderna. Es absurdo hacer preparativos militares para un conflicto global con base en las experiencias de la Segunda Guerra Mundial. Armar y entrenar las fuerzas militares de las naciones latinoamericanas dentro de las técnicas cambiantes de la guerra nuclear e intercontinental, es algo que está por encima de la capacidad económica de cualquiera de esas naciones, y aun de los Estados Unidos. Imponerles esa carga, aunque fuera en forma muy limitada, equivaldría a liquidar toda esperanza de progreso en la elevación de las condiciones de vida de los latinoamericanos.

11. Desde el punto de vista de las relaciones interamericanas, no se puede admitir siquiera a discusión el tema de si es necesario o no armar con equipo moderno a las repúblicas latinoamericanas, para que se defiendan de hipotéticos ataques entre ellas. Admitirlo sería desconocer la solidaridad continental y olvidar la existencia del Pacto Interamericano de Asistencia Recíproca.

12. Desde el punto de vista de la defensa global de Occidente, tampoco es necesario pensar en el tremendo sacrificio que significaría imponer a los países de América Latina la obligación de equiparse con una maquinaria bélica moderna. No existe una amenaza de agresión masiva del comunismo internacional como la que se cierne sobre Corea, Vietnam, Taiwan y la Europa Occidental. La única agresión que parece posible es la que se lleva a cabo en forma de propaganda. Y los armamentos, por modernos que sean, no constituyen defensa contra esta clase de agresión. La forma de hacerle frente a la propaganda demagógica de los comunistas es la de procurar solución democrática a las aspiraciones de una vida mejor que con todo derecho alientan nuestros pueblos. Los principales esfuerzos, tanto de las naciones latinoamericanas como de su aliado norteamericano, deben dirigirse a incrementar el ritmo del desarrollo económico de nuestros países, que es el único medio de elevar a un digno nivel las condiciones en que viven sus pobladores.

13. Las fuerzas militares latinoamericanas, equipadas con armas convencionales, serían impotentes y hasta inútiles en una temible guerra mundial en que los contendientes principales usarían armas nucleares y proyectiles intercontinentales. Luego, desde el punto de vista de Occidente, resulta innecesario, y hasta un derroche, mantener fuerzas militares a las que exija la seguridad interna y una función secundaria en la defensa continental.

14. Desde el punto de vista puramente interamericano, la existencia de ejércitos y armamentos convencionales relativamente grandes, viene a resultar todavía más injustificada. Los conflictos que existen entre los Estados Americanos, no son de tal entidad como para que no puedan solucionarse pacíficamente. Pero aún en el caso de que la pasión nacionalista pudiera provocar un conflicto armado, la máquina pacificadora del Pacto de Río entraría inmediatamente en funciones —como lo ha hecho en todos los conflictos que se han presentado desde su vigencia— y pondría fin a la lucha armada, restableciendo, por lo menos, el statu quo.

15. Las fuerzas militares de varios países latinoamericanos están realizando, por medio de sus cuerpos de ingenieros, importantes tareas en el campo de las obras públicas. Con una organización y un equipo adecuados, todas las fuerzas militares podrían dedicar parte de sus energías a la construcción de caminos, puentes, represas, instalaciones portuarias. En esa forma, los ejércitos dejarían de ser reservas frente al peligro de una guerra interamericana que no es posible se llegue a presentar, o frente al peligro de una guerra mundial, donde serían prácticamente impotentes. Por el contrario, serían una fuerza suplementaria para la cabal realización de los programas de desarrollo económico, un centro de entrena miento que preparará miles de latinoamericanos para la batalla de la producción.

Al terminar la exposición que acabo de resumir en estos quince puntos, manifesté que nadie podría señalar en estos momentos los detalles de un programa de limitación de armamentos en América. Ello tiene que ser producto de mucho estudio y de mucha negociación colectiva. Esta manifestación la reitero hoy ante los señores miembros del Consejo de la OEA. Pero mantengo también, como lo mantuve antes, que el Consejo debe estudiar cuidadosamente el asunto, encargando a una comisión especial la preparación de informes y, en su caso, de proyectos concretos que habrían de ser luego sometidos a la Undécima Conferencia Interamericana.

En el discurso que pronunciara ante el “Overseas Press Club” de Nueva York, llegué a adelantar opinión sobre los puntos que, entre otros, debiera abarcar un hipotético proyecto de convención sobre limitación de armamentos en América Latina. Quiero presentarlos oficialmente a la consideración del Consejo, a fin de que sean discutidos oportunamente si, como lo espero, los señores Representantes aprueban el proyecto de Resolución que, por mí medio, somete el Gobierno de Costa Rica a la decisión de este Alto Cuerpo.

Los puntos que, a mi juicio, debiera comprender un posible proyecto de convención interamericana sobre limitación de armamentos son los siguientes:

a) Compromiso de los países latinoamericanos de no fabricar armas nucleares, ni de llegarlas a adquirir de las potencias que las fabriquen.

b) Compromiso de los Estados Unidos de no vender, arrendar ni donar armas nucleares a los países latinoamericanos, ni de prestarles ninguna facilidad para su fabricación. (Este compromiso no impediría el que se negociara el establecimiento en cualquier punto de Amé rica Latina, de las bases para el lanzamiento de proyectiles intercontinentales o de alcance intermedio, que los Estados Unidos juzgue indispensable para la defensa continental).

c) Compromiso de los países latinoamericanos de no comprar armamentos convencionales a países situados fuera de nuestro Hemisferio.

d) Compromiso de los Estados Unidos y demás Estados Americanos que las fabrican de no vender, arrendar o donar armas convencionales por encima de las cantidades que una comisión técnica interamericana considere suficientes para la seguridad interna del respectivo país.

e) Fijación del máximo de fuerzas armadas de aire, mar y tierra que cada nación latinoamericana pueda poseer, tomando en cuenta la población, el área, las condiciones geográficas, la extensión de las costas y cualesquiera otros elementos de importancia militar para cada Estado de América Latina.

f) Establecimiento de un sistema adecuado de control de armamentos y de inspección de movimientos e instalaciones militares, para asegurar el cumplimiento de las obligaciones que imponga la convención de desarme.

g) Enfasis en las funciones civiles de ingeniería y de obras públicas de los respectivos ejércitos latinoamericanos creando o robusteciendo centros para el entrenamiento de los miembros de las fuerzas armadas en esas tareas civiles.

Ese discurso en que analicé el desarme como factor de desarrollo económico en América Latina, provocó una reacción más amplia y más favorable aún que aquél en que por primera vez insinué el tema. Los tres importantes diarios de esta ciudad: “The Washington Post & Times Herald”, “The Washington Daily News” y “The Evening Star”, publicaron sendos editoriales endosando calurosamente la idea, y manifestando su esperanza de que la OEA actuara prontamente sobre esta materia. Igual actitud tomaron, poco después, numerosos diarios de la América Latina, contándose entre ellos los más importantes, así como gran número de periódicos de este país.

De los más diversos lugares de América he recibido correspondencia en la que ciudadanos particulares u organizaciones cívicas apoyan la tesis del desarme latinoamericano, y me instan a hacer todos los esfuerzos necesarios para que pueda ser llevada a la práctica.

Espero que los señores miembros del Consejo habrán de disculpar que tome la actitud, aparentemente inmodesta, de traer a cuento estas numerosas manifestaciones de solidaridad. Sé que habrán de comprender que no lo hago por jactancia, sino porque ellas revelan de parte de nuestros pueblos, y de sus órganos de prensa, un creciente interés en utilizar todos los recursos posibles para acelerar su desarrollo económico. Sé que el aplauso que en tan variadas formas he recibido no va en realidad dirigido a mí, sino a la idea de la limitación de gastos militares, que ni es enteramente nueva, ni es enteramente mía.

Sólo un sector se ha atrevido a atacar públicamente las ideas sobre desarme que me ha correspondido exponer. Ese sector lo constituyen los Partidos Comunistas de varios países de América Latina. Tengo en mi poder recortes de hojas periodísticas publicadas por los comunistas en Costa Rica, México, Argentina y Brasil, en donde, con sospechosa similitud de léxico, se ataca lo que ellos llaman “el plan Facio para que los Estados Unidos ocupen militarmente a la América Latina”. Según esas publicaciones, yo no soy sino “un instrumento” del Departamento de Estado para llevar a cabo sus “designios imperialistas”.

Desde luego, esta reacción comunista me ha parecido tan alentadora como las propias manifestaciones de apoyo de los diarios, de las entidades cívicas y de los ciudadanos particulares. Revela que ellos se han dado cuenta de que un plan de limitación de armamentos en América Latina podría ser, en verdad, un nuevo y poderoso factor de financiamiento del desarrollo económico. Y no hay nada que los comunistas combatan con más ahínco que los planes efectivos de mejoramiento de las condiciones de vida de los pueblos. Porque la miseria, bien lo saben los distinguidos miembros del Consejo, constituye el mejor caldo de cultivo para las ideas subversivas que trata de expandir la propaganda roja.

El Senador Hubert H. Humphrey, Presidente de la Subcomisión de Desarme del Senado de los Estados Unidos, en declaraciones dadas a la prensa, primero, y en un discurso pronunciado en la alta Cámara, después, me hizo el honor de comentar favorablemente las ideas que yo había expuesto en mi trabajo sobre “El Desarme como Factor de Desarrollo Económico en América Latina”.

En ambas ocasiones el Senador Humphrey hizo hincapié en que la América Latina ofrecía una oportunidad excepcional para romper, regionalmente, el impasse que existe en materia de desarme, y manifestó su esperanza de que la OEA tratara de lograr un convenio regional de limitación de armamentos, tomando en cuenta estas tres obligaciones:

“1. Los requerimientos de la seguridad interna, realísticamente determinados, sin ensancharlos para cubrir propósitos especiales de quienes ejercen el Poder;

“2. La necesidad de establecer un sistema coordinado de defensa para la sección Sur del Hemisferio;

“3. La obligación de todas las 20 Repúblicas Latinoamericanas con Naciones Unidas”.

Creo que las ideas del brillante Senador por Minnesota, que además de sus méritos personales tiene la experiencia que en la materia le ha proporcionado la ingente labor del Subcomité de desarme que él preside, son muy dignas de tomarse en cuenta. Mi Delegación las ha considerado muy seriamente al preparar la Resolución que hoy tengo el honor de someter al Consejo. Por eso hizo énfasis en que la Comisión que habría de nombrarse estudie primordialmente las necesidades de defensa interamericana, así como las de cada Estado Miembro de la OEA, para determinar si es posible, y de serlo en que grado, se ha de llevar adelante un plan de desarme latinoamericano.

Al hablar de las obligaciones que impone la defensa interamericana, debe tenerse presente la Resolución XI de la Conferencia Interamericana para el Mantenimiento de la Paz y la Seguridad del Continente, que fue la que elaboró el Pacto de Río. Según esa Resolución, el propósito primordial del Tratado Interamericano de Soluciones Pacíficas, es “afirmar la paz y la seguridad del Continente” y, en consecuencia, “ninguna disposición del Tratado debe ser interpretada en el sentido de justificar armamentos excesivos, ni puede ser invocada como razón para la creación o el mantenimiento de armamentos o fuerzas armadas más allá de los necesarios para la defensa común en interés de la paz y la seguridad”.

En el valioso informe que el Dr. Alberto Lleras Camargo, entonces Director General de la Unión Panamericana presentara al Congreso Directivo sobre la Conferencia celebrada en Río de Janeiro, en agosto y septiembre de 1947, llamó la atención de los directores sobre la citada Resolución XI, que “refleja muy acertadamente el significado del Pacto de Río y sus consecuencias próximas”.

“Es bien claro —dice en su informe el Dr. Lleras— que el Tratado afirmará la paz y la seguridad del Continente, y que, firmarlo para lanzarse a una carrera armamentista, sería ilógico y absurdo.

“Para la mayoría de quienes asistimos a la Conferencia de Río de Janeiro, si no para todos, la guerra ha quedado definitivamente proscrita del hemisferio, en cuanto a la posibilidad de una agresión a un Estado americano por otro Estado americano. Si ese no fuera el espíritu de todos los firmantes del Tratado, habría habido un empeño tenaz de dejar alguna salida a un presunto agresor, y no lo hubo jamás, en el curso de las deliberaciones. Si ello es así, no habrá en efecto ninguna razón para que los países latinoamericanos iniciaran ahora una campaña para elevar sus armamentos a niveles antes no conocidos, con el pretexto de que ellos se necesitarán para la defensa del hemisferio. Es posible que convenga buscar cierta unidad de material y de preparación técnica entre las fuerzas militares del Continente para atender a la única hipótesis de guerra que es posible considerar después del Tratado, es decir, la agresión a América venida de fuera de América. Pero si fuéramos a crear ejércitos y armamentos en cada país latinoamericano con capacidad para iniciar una defensa individual suficiente contra un agresor que se atreviera a desafiar al hemisferio, ligado por el Tratado de Río de Janeiro, habríamos condenado a nuestros pueblos a la miseria, sacrificándolos a una expectativa de tener que recurrir a su defensa, pero debilitados internamente por cuantiosos gastos que la mayor parte de ellos no están en capacidad de asumir, ni deben asumir dentro de un claro concepto de prelación de los problemas fundamentales de cada uno. La Conferencia no vaciló en condenar cualquier política armamentista que vaya más allá de lo necesario e indispensable para la defensa común. Y ese concepto, expresado en una Resolución, debe tenerse muy en cuenta, inclusive como una fuente de interpretación del Tratado y de su auténtico espíritu”.

En sesión del Senado celebrada el 17 de febrero del presente año 1958, el Senador por Florida, George Smathers, pronunció un trascendental discurso en el que analizó la política de los Estados Unidos con respecto a la América Latina. La posición que en ese discurso asumió el Senador Smathers, y las recomendaciones que hizo para que se diera a nuestra América la importancia que merece, pusieron de relieve, una vez más, el conocimiento que el distinguido parlamentario tiene de los problemas latinoamericanos, así como el cariño que guarda por nuestros pueblos.

No podía faltar en una intervención de ese calibre una referencia al problema de los armamentos. Y yo no podría concluir esta exposición sin citar la opinión del Senador Smathers con respecto al problema que estoy analizando.

“El Secretario de la Fuerza Aérea, Mr. Douglas, dijo el otro día que estamos progresando con tal rapidez en el desarrollo de armamentos, que cuando una nueva arma entre en uso, ya se ha tornado obsoleta.

“Debemos dar gracias a Dios —agregó el Senador Smathers— de contar con los medios de sufragar gastos tan enormes en cosas tan improductivas. Sin embargo, ninguno de nuestros vecinos está en condiciones de hacerle frente a estos gastos. Ninguno de ellos tiene una economía tan fuerte que pueda resistir el gran peso que significa el armamento moderno. En consecuencia, debemos considerar con gran cuidado si estamos ayudando o perjudicando a nuestros vecinos al incluirlos en nuestros planes de defensa, que les exigen invertir sumas relativamente fuertes en equipo y entrenamiento militar.

“Creo que nadie puede sostener que el equipo que entregamos a nuestros vecinos latinoamericanos tendría un valor práctico en caso de una guerra extensa entre la dictadura comunista y el mundo libre. ¿No debemos preguntarnos si la próxima guerra será conducida de la misma manera y en el mismo modo que la última? Si no ha de ser así, ¿por qué presionar a nuestros vecinos latinoamericanos a que acepten responsabilidades y obligaciones con el propósito de hacerle frente a las demandas de una guerra similar a la última? Es obvio que ningún bien práctico puede esperarse de este modo de pensar, tan anacrónico y poco realista. Es verdad, le hacemos un daño a nuestros amigos cuando insistimos en que inviertan recursos en la operación y mantenimiento de equipo que va cayendo en desuso. Sus economías en realidad no les permiten hacerle frente a gastos para este tipo de inversión improductiva.

“Cuánto más útil sería si estos recursos se invirtieran en el desarrollo de sus economías, para mejorar el transporte vial, la educación, el saneamiento, los servicios hospitalarios. El equipo militar que les entregamos a los planes para la defensa común que con esos países preparamos, requieren de su parte que muchos de sus hombres más talentosos en vez de emplearse en actividades productivas se dediquen a programas destinados a hacerle frente a una guerra que, si viene, los dejará inservibles en cuestión de minutos.

“Tampoco debemos perder de vista el hecho desafortunado de que en el pasado, parte del equipo militar que hemos confiado a estos países no ha sido empleado como habíamos previsto. Lamentablemente, ha sido usado en contra de los pueblos cuya defensa se suponía iba a asegurar. Por lo tanto, nos parece que ha llegado la hora de examinar nuevamente la política de nuestro Gobierno de ayuda a nuestros amigos latinoamericanos. Con realismo debemos preguntarnos si nuestro programa de ayuda militar de veras contribuye a la defensa de sus países y del Hemisferio Occidental, o si, en efecto, disminuye las oportunidades para la promoción de los derechos y libertades individuales de los pueblos. "

En su reciente mensaje al Congreso sobre el Programa de Seguridad Mutua para el año fiscal que habrá de iniciarse en julio de 1958, el señor Presidente Eisenhower sugirió un nuevo programa para ayudar a la América Latina a usar parte de sus fuerzas militares “en la construcción de obras públicas útiles y necesarias.”

Al efecto, el señor Presidente de los Estados Unidos solicitó se le autorizara a tomar fondos del capítulo de “Asistencia Especial”, para ofrecer a los países de América Latina “entrenamiento de personal y equipo de tipo civil” para organizar o fortalecer los cuerpos de ingenieros de sus respectivos ejércitos.

Si esta feliz iniciativa del señor Presidente Eisenhower es aprobada por el Congreso, lo que no parece difícil, la idea que antes expuse de poner mayor énfasis a las funciones de ingeniería y de obras públicas de las fuerzas armadas latinoamericanas, y de crear o robustecer centros para el entrenamiento de los militares en estas tareas civiles, contará con recursos financieros para llevarla a la práctica.

En razón de todo lo expuesto, la Delegación de Costa Rica tiene el honor de someter a la decisión de este Consejo el siguiente proyecto de Resolución:

 

El Consejo de la Organización de los Estados Americanos.

Considerando:

Que los altos fines que persigue la Organización de los Estados Americanos están íntimamente ligados al desarrollo económico y social de los pueblos de este Hemisferio;

Que por ello es indispensable intensificar los esfuerzos nacionales y de cooperación interamericana tendientes a elevar las condiciones de vida del hombre americano;

Que los grandes avances logrados en la estructura del sistema interamericano de seguridad colectiva han hecho prácticamente imposible una guerra entre naciones de este Continente, y sumamente difícil una agresión bélica extracontinental;

Que ninguna de las naciones de América Latina posee armas nucleares, ni ha demostrado tener interés en adquirirlas o producirlas, ya que en repetidas declaraciones los Gobiernos Latinoamericanos han hecho patente su empeño en canalizar los conocimientos técnicos y los recursos de que sus países disponen, hacia el uso pacífico de la energía nuclear;

Que el mantenimiento de fuerzas militares equipadas con armamentos convencionales consume una considerable proporción de los recursos de los países latinoamericanos;

Que los cuerpos de ingeniería de las fuerzas armadas de varios países del Hemisferio están llevando a cabo labor beneficiosa para el desarrollo económico de sus respectivos países, y que, con una organización y equipo adecuados, las fuerzas armadas de todos los países de América Latina podrían incrementar considerablemente esa tarea de construcción de obras públicas y apertura de nuevas zonas para la explotación económica, sin mengua de sus funciones militares;

Que en el seno de Naciones Unidas, todos los países de América Latina, sin una sola excepción, han apoyado calurosamente la idea del desarme universal, y han dado vigoroso respaldo a los planes de las potencias occidentales, destinados a lograr una limitación progresiva de armamentos y fuerzas militares;

Que por Resolución XLVI la Décima Conferencia Interamericana encomendó al Consejo de la Organización realizar estudios y preparar proyectos sobre temas que habrían de ser tratados por la Conferencia Interamericana o a la Reunión de Consulta de Ministros de Relaciones Exteriores,

Resuelve:

1. Nombrar de entre sus miembros una Comisión Especial encargada de realizar un estudio sobre las necesidades de defensa interamericana y de defensa de cada uno de los Estados Americanos, con el objeto de determinar si es posible que los países de la América Latina: (a) renuncien al uso y a la posibilidad de adquirir armas nucleares; (b) pongan mayor énfasis en las funciones de ingeniería civil y de sus fuerzas armadas; (c) limiten sus gastos militares; y, (d) destinen los recursos que obtengan de la reducción de sus egresos militares a la financiación de programas de desarrollo económico, nacionales o interamericanos.

2. Si de ese estudio resultare que es posible y conveniente adoptar todas o algunas de las medidas previstas en el artículo anterior, la Comisión Especial elaborará el o los proyectos necesarios para llevarlas a la práctica.

3. El o los proyectos que la Comisión Especial llegare a elaborar en cumplimiento de su mandato, serán sometidos a conocimiento de la Undécima Conferencia Interamericana.

4. La Comisión Especial podrá solicitar la cooperación de los órganos del Consejo, así como de la Junta Interamericana de Defensa.

5. Autorizar al Secretario General para contratar los servicios de asesoría técnica que sean indispensables para que la Comisión cumpla a cabalidad el mandato que por esta Resolución se le otorga.

La Delegación de Costa Rica no espera que el proyecto que acaba de someter a la consideración del Consejo sea votado, o siquiera debatido en la sesión de hoy. Sabe muy bien que los señores Representantes tienen que consultar con sus Gobiernos antes de emitir opinión al respecto. Por eso solicita de la Presidencia se sirva fijar un término prudencial, el más breve que las circunstancias permitan, para que los señores miembros del Consejo lleven a cabo sus consultas. Una vez expirado ese término, mi Delegación espera que la Presidencia insertará el tema en lugar preferente de la agenda de la sesión ordinaria más próxima al vencimiento de ese plazo, o convocará inmediatamente a una sesión especial.

Señor Presidente, la idea de limitar armamentos para destinar mayores recursos a la financiación del desarrollo económico de nuestros pueblos, puede parecer utópica para esta época. Hace cien años hubiera parecido utópica la existencia de una Organización de Estados Americanos, todos iguales en derechos, todos libres de intervenciones violatorias a su soberanía, todos aunados por un pacto de seguridad colectiva, que hace considerar la agresión a uno de sus miembros como una agresión a todos los demás. Y, sin embargo, eso que nuestros antecesores hubieran considerado sólo bella ensoñación, es hoy día dichosa realidad.

De nosotros depende en gran parte, señor Presidente, el que la OEA se decida a dar un nuevo gran paso, que permitirá concentrar en el mejoramiento de las condiciones de vida de nuestros pueblos, el ingenio y los recursos de que dispone el Hemisferio Americano.

El señor Embajador de México: Señor Presidente, he escuchado con toda atención el discurso que ha sido leído por el señor Embajador de Costa Rica, mi querido amigo el Dr. Facio. También he consultado con mi Cancillería sobre su reacción a la propuesta que tenemos ya formalmente sometida a esta Mesa. Voy primero, señor Presidente, a comentar muy a la ligera algunas de las cosas que acabo de escuchar en el discurso, puesto que este discurso debe interpretarse como la justificación por parte del proponente para entregarnos el documento que todos ustedes conocen. El señor Embajador Facio recoge en este discurso algunos de los puntos que abordó en el “Overseas Press Club” de Nueva York y resume en quince puntos la posición por él tomada allí, y hoy en el Consejo. Aquí, señor Presidente, vemos en el punto 1 que “los pueblos de América Latina están en plena efervescencia”, que se han dado cuenta de las “posibilidades que ofrece la civilización occidental a mediados del siglo XX.” Señor Presidente, sería el colmo que los países de América Latina no se hubieran dado cuenta de las posibilidades que ofrece la civilización occidental... En el punto 2, así como en el 3, se afirma que “sólo una inyección continua de capital de inversión puede romper ese círculo vicioso en que se mueven los países subdesarrollados” —y no me gusta el calificativo “subdesarrollados”—“donde la falta de recursos para la educación, la salud pública y las técnicas avanzadas de trabajo impiden el crecimiento de la productividad”. Estos dos puntos —el 2 y el 3— sugieren que sólo ese procedimiento, o sea una “inyección continua de capital de inversiones”, va a poder romper ese dramático círculo vicioso...

El señor Presidente: Señor Delegado ¿me permite una pequeña interrogación? Tengo entendido que el señor Embajador de Costa Rica ha presentado este proyecto con el objeto de que no se discuta en esta oportunidad, sino simplemente para que las Delegaciones que lo estimen conveniente lo eleven a sus respectivas Cancillerías.

El señor Embajador de México: Sí, señor Presidente, al contrario yo hago una excepción de la regla que insinúa la Presidencia. Es inconcebible que cuando un señor Delegado hace una declaración y somete una Resolución se pueda exigir a cualquiera de los otros miembros del Consejo que permanezca con la boca callada cuando tiene algo que decir. Por tanto, ruego al señor Embajador de Costa Rica que me dispense si no puedo recoger su recomendación de que lo que acabamos de oír y lo que se nos ha presentado, ni siquiera sea debatido en la sesión de hoy. Ruego a la Presidencia que, si no hay inconveniente, se me permita continuar en el uso de la palabra.

El señor Presidente: Continúe en el uso de la palabra, señor Representante. Mi aclaración era simplemente en vista de que el proyecto concreto, presentado por el señor Delegado de Costa Rica, no era para discutirse en esta oportunidad.

El señor Embajador de México: Sí, señor Presi dente, ese es el deseo muy respetable del señor Delegado de Costa Rica, que mi Delegación no puede atender.

El señor Embajador de Costa Rica: Señor Presidente, desearía aclarar un punto. Desde luego, estoy de acuerdo en que todo señor Delegado puede hablar, debatir y exponer todo lo que desee aquí en este Consejo porque para eso estamos. Simplemente sugerí eso como una cortesía para los señores Delegados que tienen que transmitir el proyecto a sus países porque no tienen instrucciones, pero estoy dispuesto a debatirlo con los que tengan instrucciones.

El señor Embajador de México: Señor Presidente, yo creo que con o sin instrucciones cada miembro del Consejo es responsable de sus actos y no tiene que rendir más cuentas que a su Cancillería y a su Gobierno. Por lo tanto, entiendo que en éste y en cualquier otro debate los Representantes ante el Consejo tienen absoluta e irrestricta libertad de expresar las opiniones que consideren pertinentes. Señor Presidente, si este fuera un asunto sin trascendencia, si este fuera un asunto exclusivamente técnico, sería comprensible el que pudiese aplazarse el debate; pero el debate, señor Presidente, ya lo inició el propio señor Embajador de Costa Rica. Yo entiendo que el debate no es un monólogo, sino un diálogo. Decía yo respecto a los puntos comprendidos en el discurso que en algunos de ellos recoge el pensamiento que acabo de señalar y fue expresado en el “Overseas Press Club” de Nueva York. En otros, se declara que uno de esos factores que mantiene en estado “subdesarrollado” a los países de América Latina; lo constituyen, sin lugar a dudas, los recursos que los países subdesarrollados del Hemisferio emplean en el mantenimiento de su maquinaria militar. Está pues esa afirmación, y me voy a referir a ella más adelante. Estoy totalmente de acuerdo con el Embajador Facio cuando en su discurso recoge las muy nobles y muy claras afirmaciones de que todas la naciones —aquí no se habla de un grupo que es Latinoamérica ni otro, que serían los Estados Unidos—están de acuerdo en que la concentración de riquezas, recursos humanos e investigaciones científicas en una carrera armamentista es factor principal de la inseguridad en que vive el mundo, y constituye un desperdicio colosal de recursos económicos que podrían dedicarse por todos esos países a lograr se elimine de la tierra el espectro de la miseria. También estoy totalmente de acuerdo cuando el señor Embajador Facio destaca aquí que la falta de confianza recíproca entre las grandes potencias ha hecho fracasar todos los planes del desarme, desde los días de la Sociedad de las Naciones hasta los de la última sesión de la Asamblea General de las Naciones Unidas; que sólo cuando los planes de desarme estén respaldados por sistemas adecuados de inspección internacional y cuando la seguridad de todos esté protegida contra la deslealtad de alguno, sólo entonces podrá romperse ese otro círculo vicioso en donde la falta de confianza impide el progreso del desarme, y la falta de progreso en el desarme impide el establecimiento de la confianza. Mi Delegación sería la última en estar en desacuerdo con esas sabias consideraciones del distinguido Embajador de Costa Rica. En el punto 9 se dice que la OEA debe “abrir el camino”. Señor Presidente, la OEA debe no abrir el camino, porque como lo voy a comprobar más tarde, este camino ya ha sido abierto en ocasiones públicas solemnes, en conferencias, en reuniones de consulta. Este no es camino que estamos abriendo, ni que estamos explorando, es un camino conocido que nos llevará algún día a conseguir precisamente que se realice ese anhelo de poder vivir en paz y con prosperidad. Luego entra el señor Embajador de Costa Rica en comentarios que, no siendo yo militar, señor Presidente, no me atrevería a calificar. Dice que es absurdo hacer preparativos militares para un conflicto global con base en las experiencias de la Segunda Guerra Mundial, y que armar y entrenar las fuerzas militares de las naciones latinoamericanas dentro de las técnicas cambiantes de la guerra nuclear intercontinental es algo que está por encima de la capacidad económica de cualquiera de estas naciones. Desde el punto de vista de las relaciones interamericanas no se puede admitir siquiera, dice el Embajador Facio, el tema de si es necesario o no armar con equipo moderno a las Repúblicas latinoamericanas, para que se defiendan de un ataque. Señor Presidente, esto es un asunto cuya discusión sería muy interesante en el seno de la Junta Interamerica de Defensa. Luego el señor Embajador Facio, en una plausible actitud de optimismo declara que la única agresión que parece posible es la que se lleva a cabo en forma de propaganda—es decir, no habría más peligro que el de la propaganda y que la forma de hacerle frente a la propaganda demagógica de los comunistas es la de procurar solución democrática a las aspiraciones de una vida mejor que con todo derecho alientan nuestros pueblos. La Delegación de mi país está totalmente de acuerdo en que la mejor manera de combatir el comunismo es practicar la democracia, como lo dice muy bien el señor Embajador de Costa Rica. Luego, señor Presidente, en el párrafo 13, afirma el señor Embajador Facio—y repito, éste es un concepto de estrategia militar que yo soy muy poco competente para entender— que las fuerzas militares latinoamericanas, equipadas con armas convencionales, serían impotentes y hasta inútiles en una temible guerra mundial en que los contendientes principales usarían armas nucleares y proyectiles intercontinentales. Ese es una cuestión que sería, y lo repito, materia de juicio para estrategas y gente especializada en asuntos militares. Señor Presidente, luego en este discurso el señor Embajador Facio enumera los puntos que a su juicio—y asumo que son los de la querida República hermana que representa— deberían comprender un posible proyecto de convención interamericana sobre limitación de armamentos. El a), sería el compromiso de los países latinoamericanos de no fabricar armas nucleares ni de llegar a adquirirlas. Es decir, sería un compromiso. El b), sería un “compromiso”, —y lo pongo entre comillas— “de los Estados Unidos de no vender, arrendar ni donar armas nucleares a los países latinoamericanos, ni de prestarles ninguna facilidad para su fabricación”. El nuestro sería un compromiso positivo, y el segundo sería un compromiso negativo. Luego agrega el señor Embajador Facio, para hacer más explícitos sus pensamientos, que este compromiso negativo por parte de Estados Unidos, pero positivo para la América Latina, no impediría el que se negociara el establecimiento en cualquier punto de América Latina de las bases para el lanzamiento de proyectiles intercontinentales o de alcance intermedio que los Estados Unidos juzguen indispensables para la defensa continental. Luego el c), señor Presidente, sería un compromiso de los países latinoamericanos de no comprar armamentos convencionales a países situados fuera de nuestro Hemisferio, o sea que ningún país podría comprar o adquirir—ya no digamos bombas atómicas— armamentos a cualquier otro cliente que no fuese los Estados Unidos. Luego el d): compromiso de los Estados Unidos y demás Estados Americanos que fabrican esas armas convencionales, de no vender, arrendar o donar armas convencionales por encima de las cantidades—y esto es muy importante señor Presidente— que una comisión técnica interamericana considere suficientes para la seguridad del respectivo país. Esto, señor Presidente, es una revolución en el concepto de soberanía. Luego el e): fijación del máximo de fuerzas armadas de aire, mar y tierra que cada nación latinoamericana pueda poseer. Luego el f): un sistema adecuado de control de armamentos y de inspección para asegurar el cumplimiento de las obligaciones que acabamos de referirnos. Y, por último, un énfasis en las funciones de ingeniería y de obras públicas de los respectivos ejércitos latinoamericanos. Luego, el señor Embajador Facio declara en la forma más categórica que sólo un sector se ha atrevido a atacar la idea sobre el desarme, y que ese sector lo constituyen los partidos comunistas de varios países. Eso, señor Presidente, equivale a seguir la práctica conocida y abusiva que consiste simplemente en declarar que el que no está de acuerdo con uno es comunista y es subversivo. El argumento no me impresiona en lo más mínimo, señor Presidente; estamos muy acostumbrados a oirlo y a leerlo y no siempre de fuentes muy nobles. Luego, insiste, “esta reacción comunista me ha parecido tan alentadora” ... Es decir, que apartándonos de ese proyecto, automáticamente somos miembros de esa reacción comunista. Luego„ el señor Embajador de Costa Rica, para invocar la bondad de su proposición invoca a dos ilustres senadores de los Estados Unidos, al Dr. Lleras Camargo y al señor Presidente Eisenhower. Yo, señor Presidente, confieso que mi complejo mexicano, anti-intervencionista, no me permitiría estar aquí opinando sobre proposiciones sometidas en el Congreso de los Estados Unidos por dos distinguidos senadores, o ante la Prensa por el señor Presidente de los Estados Unidos. Y al final dice el señor Embajador Facio, la idea de limitar armamentos para destinar mayores recursos a la financiación del desarrollo económico de nuestros pueblos —ya aquí no sabemos si “nuestros pueblos” son los de América Latina o los Estados Unidos, porque confieso que con ese concepto esquizofrénico del panamericanismo es difícil saber cuál de las dos entidades divididas en esa forma es la que debe uno tomar en cuenta— esa idea, dice, de limitar armamentos para destinar mayores recursos para la financiación del desarrollo económico en nuestros pueblos parece utópica para esta época. Señor Presidente, esa idea no es utópica ni novedosa. Como verán los señores Miembros del Consejo, voy a mencionar resoluciones de conferencias interamericanas en las que la presentación de esa idea, desde 1923, no permiten que se dé la impresión de que aquí por primera vez estamos considerando un problema de paz y de desarme. Luego, para terminar, dice el Embajador Facio, de nosotros depende en gran parte que la OEA se decida a dar un nuevo gran paso. Sí, señor Presidente, de nosotros depende que la OEA se atreva a dar un gran paso, pero éste debe ser hacia adelante y no hacia atrás. México mantiene exclusivamente los elementos militares que juzga estrictamente indispensables para preservar, dentro de su soberanía, la seguridad interna y estar preparado a defender su independencia como país. La cantidad asignada a la Secretaría de la Defensa de México, que incluye los gastos de su Ejército Nacional, representa un porcentaje relativamente pequeño del presupuesto de la República Mexicana. Por ejemplo, el presupuesto de México para 1958 asciende a un total de 8. 403 millones de pesos mexicanos. Dentro de ese presupuesto global corresponde 1638 millones a la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas; 1. 153 millones a la Secretaría de Educación Pública; 901 millones de pesos para atender la Deuda Pública; 777 millones a la Secretaría de Recursos Hidráulicos; 644 millones para inversiones del Estado en diversas obras de interés nacional; y solamente 591 millones para la Secretaría de la Defensa Nacional y los gastos del Ejército Mexicano. Es decir, el presupuesto de la Secretaría Mexicana de la Defensa Nacional representa aproximadamente un 7% del presupuesto total de la Federación. Si se compara ese 7% de su presupuesto que México dedica a cubrir sus necesidades militares, con los altísimos porcentajes que en otras partes del mundo, y para los mismos fines, llegan a más del 70%, podrá verse que en México no existe ningún problema de desequilibrio presupuestal ocasionado por gastos militares; sino que, al contrario, el Gobierno de México dedica más del 90% de sus ingresos a la satisfacción de necesidades relacionadas todas ellas con el bienestar social y económico de la población. México ha mantenido como norma de su política exterior una tradición eminentemente pacifista. México no representa para otros países ningún peligro de agresión, ni teme tampoco el ser agredido por ninguno. Más aún, en todas las reuniones internacionales en que el tema de la paz ha sido abordado, México siempre se ha distinguido por su activa defensa de la paz internacional y por su deseo de buscar, como lo hizo el año pasado en las Naciones Unidas, fórmulas universales, compatibles con la soberanía nacional, que pudieran aliviar la pesada carga del armamentismo en todas partes del mundo. Así, el prestigio de México en este sentido no puede ser más alto. La actuación de México en la solución pacífica de todos los conflictos surgidos entre miembros de la OEA habla por sí sola, a este mismo respecto. México siempre respaldará cualquier moción ya sea en favor de la paz o del desarme, que se aplique por igual a todos los países del mundo, sin discriminación alguna y sin menoscabo, por lo tanto, de la soberanía y la dignidad de algún Estado o grupo de Estados. Hablar de desarme no es nada nuevo para las Repúblicas americanas. En la Quinta Conferencia Interamericana, celebrada en Santiago de Chile en 1923, fue aprobada una Resolución que lleva por título “Consideración de la Reducción y Limitación de Gastos Militares y Navales sobre una base justa y practicable”. Esa Resolución recomienda a los Gobiernos americanos que “dentro del más libre y espontáneo ejercicio de sus atribuciones soberanas, promuevan con la Nación o con los Estados que dentro de esa misma libertad creyeren conveniente, y en las oportunidades que juzguen adecuadas, el estudio de pactos tendiente a la discreta consideración de sus respectivos armamentos”. En 1936, en la Conferencia Interamericana de Consolidación de la Paz, efectuada en Buenos Aires se aprobó la Resolución XXXIII, intitulada “Limitación de Armamentos” en la que se resuelve: “Recomendar a todos los Gobiernos que se consideren en aptitud de hacerlo celebren acuerdos generales o bilaterales con el fin de determinar o ampliar la limitación de sus armamentos hasta el extremo de lo posible y dentro de las necesidades de su orden interior y de la defensa justificada de su soberanía”. En 1947, esta vez en Río de Janeiro, la Conferencia Interamericana para el Mantenimiento de la Paz y la Seguridad del Continente, durante la cual se firmó nada menos que el Tratado de Río, aprobó una Resolución sobre “Los Armamentos y las Obligaciones del Tratado” (Resolución XI), en la cual los Gobiernos americanos declaran “Que su propósito primordial, así como el del Tratado (de Asistencia Recíproca) que han cumplido, es afirmar la paz y la seguridad del Continente y que, en consecuencia,  ninguna disposición del Tratado ni las obligaciones creadas por el mismo, deben ser interpretadas en el sentido de justificar armamentos excesivos ni pueden ser invocadas como razón para la creación o el mantenimiento de armamentos o fuerzas armadas más allá de los necesarios para la defensa común en interés de la paz y la seguridad”. Estas tres Resoluciones reflejan la plausible preocupación de los Gobiernos americanos por evitar, dentro de su absoluta soberanía, una carrera armamentista en nuestra América; pero, y esto es importante señalarlo, esas Recomendaciones van dirigidas a todos los miembros de la comunidad americana, sin distinción alguna entre América Latina y América anglosajona. En 1951, en la Cuarta Reunión de Consulta de Ministros de Relaciones Exteriores, los Cancilleres de América aprobaron una importante Resolución sobre “Cooperación Militar Interamericana” (Resolución III) y en ella resolvieron “Recomendar a las Repúblicas Americanas que orienten su preparación militar de tal manera que por medio de su esfuerzo propio y de la ayuda mutua, y de acuerdo con sus posibilidades y con sus normas constitucionales, así como de conformidad con el Tratado de Río, puedan, sin perjuicio de la legítima defensa individual y de la seguridad interna: (a) incrementar aquellos de sus recursos y reforzar aquellas de sus fuerzas armadas que mejor se adapten a la defensa colectiva, manteniendo esas fuerzas armadas en condiciones tales que puedan estar prontamente disponibles para la defensa del Continente; y (b) cooperar entre sí, en materia militar, para desarrollar la potencia colectiva del Continente necesaria para combatir la agresión contra cualquiera de ellas”. Esta Resolución como las otras anteriores va dirigida a todos los miembros del sistema regional sin distinción alguna, y subraya la importancia de la cooperación militar interamericana para desarrollar la potencia colectiva del Continente que se juzga indispensable para combatir cualquier eventual agresión. En cuanto a las medidas específicas que figuran en el Proyecto de Resolución que acaba de ser entregado, México se complace en reconocer el generoso propósito que inspira a la Delegación de la hermana República de Costa Rica, pero en caso de que el actual texto de Resolución sea debatido en este Consejo, México anuncia que se reserva el derecho de llamar la atención sobre los diversos aspectos de ese texto que, conviene aclararlo una vez más, sólo se pretende aplicar a los países de la América Latina. Desde luego, las medidas consignadas en el Proyecto de Resolución costarricense conciernen claramente a la soberanía de los Estados; plantea cuestiones que afectan indiscutiblemente al sistema interamericano de seguridad colectiva, y que afectan también la posición individual de los Gobiernos americanos, dentro de las Naciones Unidas, en relación con el sistema de seguridad colectiva del organismo mundial. A mayor abundamiento, debe recordarse que la consideración del problema del desarme, que es universal por naturaleza, está inscrita permanentemente en el programa de la Asamblea de las Naciones Unidas.

Ahora bien, considerando la trascendencia de la materia involucrada en este documento, México piensa que, antes mismo de iniciarse un prematuro y errático debate sobre la proposición de Costa Rica, acaso habría resultado conveniente que la ilustrada Cancillería de esa República hubiese consultado directamente a todas las Cancillerías de nuestros países sobre la cuestión a que se contrae el referido Proyecto de Resolución. Más tarde, a la luz de las respuestas recibidas, el Gobierno de Costa Rica habría podido determinar la forma en que él decidiera finalmente someter esta importante cuestión al Consejo. México, y de seguro todas las Cancillerías americanas, habrían agradecido sinceramente esa constructiva consulta del Gobierno de Costa Rica. Señor Presidente, hemos superado esa etapa y ahora sometido este proyecto de Resolución, esa consulta se hará entre nosotros y nuestras Cancillerías. Puede estar convencido la Honorable Representación de Costa Rica de que México siempre aplaudirá cualquier moción equitativa que permita a todas las naciones del mundo y, desde luego a todos los miembros de la comunidad americana, progresar material y espiritualmente; invirtiendo en ello no sólo sus mayores esfuerzos sino también sus mayores recursos.

El señor Embajador de Chile: He oído con profundo agrado la exposición del señor Embajador de Costa Rica. La suerte que habría de correr la bienhechora iniciativa de Costa Rica queda entregada a la sabiduría de este Consejo y de nuestros respectivos Gobiernos. Desgraciadamente la Delegación de Chile no ha podido recibir aún instrucciones de su Gobierno con respecto a la proposición de la Delegación de Costa Rica, porque ésta nos fue entregada a fines de la semana pasada, por lo cual terminaré solicitando, como se ha adelantado a hacerlo la distinguida Delegación de Costa Rica, que se suspenda este debate para dar tiempo a que recibamos instrucciones sobre una materia tan trascendental y delicada. La proposición de Costa Rica se basa, como ella lo afirma, en el hecho de que los países de la América Latina “consumen una considerable proporción de sus recursos” en gastos militares. La consideración que precede, por paradójico que esto parezca, no implica que todos nuestros países tengan armamentos adecuados ni para la defensa interamericana ni para la defensa individual. Es sin duda por la razón recién expuesta que la proposición de Costa Rica al tratar de “limitar” los gastos militares descarta implícitamente la idea de congelar o reducir los armamentos en su nivel actual. Al proponer la “limitación de los gastos militares, o sea el señalamiento del máximo a que ellos deberán alcanzar en el futuro, la proposición de la Delegación de Costa Rica, persigue librar a los Gobiernos y a los pueblos de América Latina contra los males de una carrera armamentista ilimitada. Repito, señor Presidente, que para conocer la proposición que en definitiva asumirá mi Gobierno en esta materia estoy a la espera —lo mismo que la mayoría de las otras Delegaciones— de las instrucciones pertinentes, por lo cual propongo que el Consejo se sirva suspender el debate de este asunto por el tiempo que se requiera para recibir esas instrucciones.

El señor Embajador de la República Dominicana: Señor Presidente, entiendo que la proposición que acaba de replantear en estos momentos el Representante de Chile es asunto que ha sido decidido anteriormente; que el Representante Je Costa Rica expresó que él no tenía inconveniente en que los Representantes que ya tuvieran instrucciones de sus Gobiernos pudieran tomar parte en este debate. En consecuencia, considerando que ya el asunto fue propuesto y resuelto creo que tengo derecho a hacer mi exposición. Ruego al señor Presidente indicarme si me considera en lo cierto.

El señor Presidente: Al señor Delegado y a los demás señores Delegados quiero recordarles que se ha pedido la suspensión del debate por el señor Representante de Chile. De acuerdo con el Artículo 33 del Reglamento del Consejo, cualquier Representante puede solicitar la suspensión del debate; sólo dos Representantes podrán hablar brevemente en favor, y dos en contra de dicha moción, la cual será votada de inmediato. De manera entonces que si el señor Delegado de la República Dominicana ha de hablar a favor o en contra de la moción presentada por el señor Delegado de Chile, continúa en el uso de la palabra.

El señor Embajador de la República Dominicana: Continúo en el uso de la palabra, porque voy a hablar en contra de la proposición de suspensión del debate. Mi razonamiento es el siguiente: la suspensión del debate fue propuesta por el señor Delegado de Costa Rica, distinguido Dr. Facio; una vez sometido el asunto hubo una solución —fue decidido, con la ausencia del señor Representante de Costa Rica, que el debate podría seguir; fue también sugerido por el señor Representante de México que el debate podría seguir aun por aquellos Embajadores aquí presentes que no hubieran recibido todavía instrucciones de sus Cancillerías. En consecuencia, por tratarse de una cosa ya juzgada, que no puede volver a ser juzgada, yo opino que no debe ser suspendido el debate. Muchas gracias.

El señor Embajador de los Estados Unidos: Señor Presidente, refiriéndome a la moción de suspensión del debate formulada por el señor Representante de Chile, yo quisiera expresar mi oposición a la moción de suspender el debate en estos momentos, porque ya se ha oído un discurso muy interesante por el proponente, otros discursos igualmente interesantes haciendo observaciones sobre el mismo, y ya se ha tomado en cuenta que no va a tomarse ninguna decisión hoy. Eso no implica la necesidad de que tengan que hablar aquellos miembros del Consejo que no estén en condiciones de expresar su posición definitiva. Yo también estoy en esa misma situación, pero a pesar de ello no creo que se debe impedir que algún miembro que desee hablar en estos momentos lo haga. Y, específicamente, quisiera reservar mi oportunidad para expresarme brevemente, en vista de que se han citado opiniones de varios funcionarios y fuentes autorizadas de mi país. Por eso, señor Presidente, yo le pido al Honorable Representante de Chile que entienda que de ninguna manera estoy insistiendo en que los Miembros del Consejo se expresen definitivamente, pero que simplemente quisiera reservar la oportunidad para los señores Representantes que quizás desearan expresar su opinión o decir algo, en el entendimiento de que no vamos a llegar a ninguna decisión definitiva en la sesión de hoy.

El señor Presidente: Muchas gracias, señor Delegado. Habría entonces oportunidad para que dos señores Delegados hablen a favor de la moción. Si no se hace uso de la palabra, yo le rogaría al señor Embajador de Chile que más bien retirase la moción, porque habría asentimiento en continuar con el debate. (Quedó retirada la moción). Continúa el señor Delegado de la República Dominicana en uso de la palabra.

El señor Embajador de la República Dominicana: Muchas gracias, señor Presidente. La palabra desarme tiene un encanto mágico porque, angustiada la humanidad por las grandes guerras de este siglo, todo lo que encienda una esperanza de paz no puede sino despertar simpatías y entusiasmos en todos nuestros países. En este sentido, creo que todos somos desarmamentistas. Considero que no habría corazón en nadie para oponerse a un movimiento que persiguiera el desarme o la limitación de los armamentos, porque ese movimiento tendría como finalidad llegar a la paz. Entiendo también que las generaciones actuales del mundo han alcanzado el convencimiento de que para llegar al desarme material hay que hacer antes escala en el desarme moral. Es el armamentismo moral, manifestado en resentimientos y en desconfianzas, el que ha hecho que los pueblos se procuren armas materiales. Y todo movimiento verdadera o sinceramente desarmamentista, en cuanto a lo material y militar, debe comenzar por un desarme moral, por una acentuación de la comprensión y de la fraternidad entre todos los pueblos. Hay quienes son optimistas hasta la embriaguez, cuando afirman que “es sumamente difícil, actualmente, una agresión bélica extracontinental.” Felicito a quien tiene ese optimismo, y quisiera tenerlo yo también. Pero hay que ser realistas: todavía en el mundo “el derecho sin la fuerza no es más que impotencia.” Comienzo por elogiar, por admirar, las palabras de inspiración tan noble con que el distinguido Representante ante este Consejo ha presentado el proyecto leído por él. Desde un punto de vista completamente objetivo, haciendo abstracción —en este momento y nada más que en este momento— de la representación que ostento, y guiándome de un sentimiento verdaderamente colectivo y americanista, quiero señalar las observaciones que me ha merecido el proyecto que se discute. Ese proyecto, señores Representantes, colide con el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca. No voy a abundar en ello, porque el Honorable Representante de México ya ha hecho explicaciones concretas; pero sí cito y recomiendo la lectura, de los Artículos 3, 5, 6, 7, 8, 20 y 26 del referido Tratado, para que la simple lectura de esos artículos nos convenza de lo siguiente: Estamos obligados a una asistencia recíproca; estamos obligados a una defensa colectiva; cada país de América, además de esa obligación, tiene el derecho de recibir esa asistencia colectiva. ¿Y hasta qué punto la disminución, la limitación de los recursos militares y de las fuerzas armadas nos incapacitaría para cumplir con el derecho que se nos reconoce de ejercer plena y soberanamente nuestra legítima defensa individual, además de la defensa colectiva? De manera que en lo que respecta al Tratado de Río, si la proposición no tiene elementos que destruyan el cumplimiento de nuestros derechos y de nuestros deberes en relación con este Tratado cuando menos los disminuye: sería un “semi-Tratado” de “semi-Asistencia semi-Recíproca”. Eso altera violentamente, eso le hace un impacto muy serio a lo que significa el Tratado de Río. Pero no es solamente en el Tratado de Rio: tenemos la misma Carta de la OEA, y la lectura de los Artículos 4, 5, 6, 7, 8, 9, 11, 18, 44, 45 y 46, produciría en nosotros las mismas reacciones y los mismos argumentos. ¿Es que lo que queremos ofrecer en cuanto a obligaciones, es la mitad o la cuarta parte, o un tanto por ciento de la plenitud de esas obligaciones? A eso nos llevaría la proposición que ha sido leída aquí esta mañana, porque ¿qué se haría entonces con los Artículos 44, 45 y 46 de la Carta de la Organización de los Estados Americanos que establecen un Comité Consultivo de Defensa y establecen las posibilidades de una reunión de los Jefe Supremos Militares de los Estados Americanos? Pero ¿cuál sería el objetivo de eso? Para que esta proposición fuera viable y fuera efectiva, habría que pensar en emprender una reforma muy sustancial de los instrumentos, de los organismos, de las decisiones básicas que informan, dirigen, animan y alrededor de las cuales gira todo el sistema interamericano. Pero no se conforma el proyecto con interferir en esos dos instrumentos básicos de nuestro sistema, sino que va mucho más allá: va hasta las Cartas Constitucionales de los Estados Americanos, en las cuales hay preceptos aceptados por nuestros pueblos, en cuya virtud se garantiza la soberanía y la integridad de nuestros respectivos Estados, el consagrar la existencia de fuerzas armadas. Y se habla de limitación de esas fuerzas para ponerlas al nivel de la posibilidad de un ataque. Pero ¿quién, desde este Consejo, desde estos sillones, puede asegurarnos ahora cuál va a ser la magnitud del ataque que vamos a recibir? En consecuencia, ¿cuál será el punto de referencia para nosotros llegar a esa limitación? Francamente, las colisiones del proyecto que estamos comentando, con esas bases de nuestro Sistema y con las Cartas fundamentales de nuestros Estados, es cosa que hay que pensarlo mucho. Considero que ésta es una proposición verdaderamente extraordinaria, dicho esto con el mayor respeto. Ahora bien, el desarme —yo creo que todos lo sabemos— para ser efectivo, para ser eficaz, para ser útil, para tener un valor funcional, no solamente tiene que ser universal, sino que tiene que ser simultáneo. La simultaneidad y la universalidad del desarme tienen que ser las madrinas de cuna de todo proyecto que realmente pueda llegar a producir los efectos que se persiguen. Por otra parte, estos instrumentos sagrados que nos sirven de Constitución, como la Carta, establecen igualdad entre los Estados Americanos. Es uno de los principios medulares básicos de nuestro sistema. Sin embargo, en el proyecto hay un germen de desigualdad. Francamente, la Organización de los Estados Americanos quedaría dividida entre Estados desarmados y un Estado armado; entre Estados medio armados y los Estados Unidos de Norte América, nación que habría que considerarla totalmente armada. Esto es: vamos por el mal camino, en ese sentido, de lograr o de permitir que la Carta de la Organización de los Estados Americanos quede sometida al patrón de otra Carta que yo respeto mucho y que es la Carta de la Organización de las Naciones Unidas. Entonces, si nuestra Carta tiene la ventaja sobre aquélla de que entre nosotros no hay grandes ni pequeños, ni hay permanentes y no permanentes, hay que conservar en ella ese principio de igualdad. En el proyecto hay un germen que, francamente (a pesar de todo el respeto que nos merecen las Naciones Unidas), nosotros no debemos permitir que invada nuestra Carta y quede influida por aquella otra tesis. Nuestra Carta es mucho más democrática porque, de acuerdo con ella, el principio de la voluntad mayoritaria se impone; en ella no hay la posibilidad de que un solo voto, uno sólo, creando una especie de neo-cesarismo moderno, pueda imperar y destruir la voluntad de la mayoría. Ahora bien, la Carta nuestra establece como un derecho sagrado para nosotros el derecho de legítima defensa, al cual no podemos renunciar siquiera en parte, no. Pero la proposición presentada tiene fronteras de fricción sobre ese punto. Y otra cosa: cierto es que el proyecto, tal como nos ha llegado en su forma actual, no habla de que la defensa continental sería puesta a cargo de nuestro hermano mayor, los Estados Unidos de América. Eso no lo dice el proyecto en la forma en que ha sido producido, pero de eso se habló, y aunque se haya omitido hablar de eso ahora, en hecho, lo que resultaría es que los Estados Unidos quedarían encargados de la defensa continental. Allí está el germen de la creación de un tutelaje defensivo que repugna y que rechaza la conciencia de los Estados Americanos. Ahora bien, se ha dicho que América Latina desarmada o medio desarmada sería un ejemplo; yo digo que América Latina desarmada o semiarmada sería una tentación o una semitentación. Los dos papeles son inaceptables. Por estas razones, señor Presidente y señores Representantes, la naturaleza extraordinaria del proyecto tiende a debilitar, cuando menos, las aptitudes para cumplir nuestros deberes frente a la Carta, para ejercer nuestros derechos frente a las disposiciones del Tratado de Río y frente a las respectivas constituciones nacionales de cada uno de los Estados Miembros. Y no tengo dudas de que este Consejo, en sus atribuciones ordinarias, no tiene verdadera, total e indiscutible competencia para conocer de asuntos tan extraordinarios que tanto afectan los Tratados. Cartas y disposiciones constitucionales de nuestros Esta dos. Porque este Consejo ahora mismo se ha reunido en una sesión ordinaria y no para uno de los casos que taxativamente prevé la Carta y el mismo Tratado de Río, para conocer de asuntos políticos que afecten gravemente los intereses de nuestros países. Todo lo dicho, señor Presidente y señor Representante de Costa Rica, lo he expresado sin perjuicio de que la noble aspiración del desarme pueda ser llevada donde y cuando sea pertinente llevarla, bien a organizaciones cuyas decisiones tienen alcance mundial, o bien en momentos en que ya América Latina, ciertamente, como dice el interesante discurso del Embajador Facio, se encuentre convencida de que “es sumamente difícil una agresión bélica extracontinental”. Muchas gracias.

El señor Embajador de Costa Rica: Señor Presidente: He escuchado, con atención y respeto, las réplicas que los señores Embajadores de México y República Dominicana se han servido hacer a los argumentos que expuse en favor del proyecto de resolución sobre limitación de armamentos, que mi Delegación ha sometido hoy a conocimiento de este Consejo. Voy a tratar de delinear algunas ideas que espero aclaren la intención y alcances del proyecto, en la esperanza de que, a su vez, servirán para disipar las dudas planteadas por los señores Embajadores Quintanilla y Ordóñez. Comienzo por referirme a la exposición del señor Embajador de México. Me complazco en manifestar que soy el primero en reconocer que la gran nación que él representa es amante de la paz, y que su Gobierno siempre ha hecho todo cuanto está a su alcance por lograr un acuerdo universal en materia de desarme. En consecuencia, mi proyecto no lleva implícita ninguna crítica contra México, país tan querido para todos los costarricenses. Al señor Embajador Quintanilla le preocupa fundamentalmente el hecho de que mi proyecto hace un enfoque separado de los grandes sectores de nuestro Continente: el anglo-sajón y el latinoamericano. Él lo ha calificado de “esquizofrenia interamericana”, porque asegura que yo estoy atribuyendo al interamericanismo una doble personalidad: la de los Estados Unidos por un lado y la de América Latina por el otro. El mantiene que todos los problemas interamericanos deben enfocarse globalmente, sin hacer ninguna distinción entre un grupo de estados y otro. Yo le respondo diciendo que no soy yo quien ha hecho esa división. Siempre he luchado porque disminuyan las diferencias entre uno y otro sectores de América. Es la realidad la que lo ha hecho, y no podemos eliminarla con sólo negarnos a reconocer su existencia. Lo real, lo cierto es que existe un país plenamente desarrollado, realmente poderoso, que cuenta con recursos económicos suficientes para sufragar los gastos colosales que implica la existencia de una maquinaria militar moderna. Por su propio desarrollo económico y político, ese país —los Estados Unidos de América— está en capacidad de sacrificar sus recursos (porque implica un sacrificio destinar sumas tan descomunales a menesteres militares, cuando esos recursos podrían destinarse a formar el bienestar de su propio pueblo y el de sus vecinos) a fin de proporcionar los medios adecuados de defensa de nuestro sistema de vida, frente a posibles agresiones de las potencias que tienen un distinto concepto del hombre y de la sociedad. Por otro lado, aunque no quisiéramos que así fuera, están los países latinoamericanos, que yo he calificado de “sub-desarrollados”, países que se encuentran económicamente y técnicamente incapacitados para mantener instalaciones militares modernas. Anuncio que no usaré más el término “sub-desarrollados” en relación con los países de América Latina, para no herir más la susceptibilidad del Embajador Quintanilla. Pero deseo aclarar que ese término, que ha sorprendido desagradablemente al señor Embajador de México, ni lo he inventado yo, ni lo he aplicado yo por primera vez a la América Latina. La palabra “sub-desarrollado” es un término técnico que los entendidos en economía usan para definir un país o una región en donde el ingreso per cápita es bajo, en donde la productividad es deficiente, en donde no existe el capital para aprovechar debidamente los recursos naturales y humanos en la tarea de la producción. Por mucho que ello hiera la vanidad de nuestros hermanos de América Latina, esta región cae todavía dentro de la acepción que los economistas dan al término “sub-desarrollado”. Así lo han reconocido numerosas resoluciones tomadas por conferencias interamericanas. Tengo a la vista una resolución tomada en la Conferencia de Buenos Aires—con el voto de México— en la que se habla de los problemas de divisas en los países “sub-desarrollados de América Latina”. Si el calificativo no nos gusta, debemos hacer todo lo posible por no merecerlo. Mi proyecto tiende precisamente, a destinar mayores recursos al desarrollo de nuestros países, para que dejen de ser países “sub-desarrollados”. Pues bien, si la realidad es que América Latina no tiene recursos económicos ni técnicos que la capaciten para adquirir armas nucleares y espaciales, en tanto que los Estados Unidos de América sí tienen esa capacidad, ¿qué tiene de extraño, qué tiene de “esquizofrénico” el que el problema del desarme se analice en forma separada para los Estados Unidos y para la América Latina? Mi razonamiento es muy sencillo. Creo haberlo expuesto con claridad al hacer la exposición inicial del tema. La guerra entre los países de América, es imposible. La impide el desarrollo de nuestro sistema regional de seguridad colectiva. La impide el Pacto de Río y la solidaridad entre nuestras naciones. Luego, no se necesitan grandes ejércitos ni muy poderosas armas convencionales para la defensa nacional frente a una hipotética agresión de un Estado Americano contra otro Estado Americano. Desde el punto de vista del Hemisferio, los ejércitos y las instalaciones militares sólo deben cumplir una tarea relacionada con la seguridad interna, y con el cumplimiento del Pacto de Río. Para llenar esas tareas, estimo yo, no se requiere continuar destinando enormes sumas. Eso lo dice la lógica. Yo no soy militar—como me lo ha recordado el Embajador Quintanilla. Por eso yo no estoy diciendo ahora cómo ha de procederse a la organización de la defensa nacional e interamericana. Por eso he pedido, únicamente, que se haga un estudio con intervención de los técnicos en la materia. Para la defensa del Hemisferio contra un agresor extra-continental, para ese menester sí se necesita una tremenda maquinaria militar equipada con armas ultra modernas. Pero aquí volvemos al problema inicial. ¿Está en condiciones la América Latina de adquirir armas nucleares y espaciales, así como de distraer su personal técnico de las tareas de la producción, para dedicarlo a las tareas de mantener y operar ese armamento moderno? La respuesta lógica es un no. No se necesita ser perito militar para saber que el mantenimiento de una maquinaria militar dentro de las técnicas cambiantes de las armas de guerra moderna, es muy superior a las fuerzas económicas y científicas que actualmente posee la América Latina. Luego, el único país miembro de la Organización de Estados Americanos que está en capacidad para mantener las armas modernas necesarias para la defensa del Hemisferio es los Estados Unidos de América. No es que yo quiera que adoptemos una actitud incompatible con nuestra dignidad, y que nos sometamos a lo que aquí se ha llamado “tutelaje defensivo de los Estados Unidos”, Es que ya la realidad nos ha impuesto esa situación. Para cambiarla, tendríamos que sacrificar todos los recursos que ahora destinamos a mejorar las condiciones de vida de nuestros pueblos, para emplearlos en la adquisición y mantenimiento de equipo militar nuclear y espacial. Y yo no creo que un concepto que yo llamaría falso de la dignidad latinoamericana nos llevare a sumir más aún en la miseria a nuestros pueblos, a renunciar a toda esperanza de redención económica, para salvar nuestro orgullo, y dar la apariencia de que contribuimos a la defensa de Occidente, y de que no nos sometemos al tutelaje defensivo de los Estados Unidos. Si se revisan las sumas astronómicas que Estados Unidos gasta en su Defensa—que es la defensa del llamado “Mundo Libre”— no puede pecarse de pesimista al afirmar que, ni aun sacrificando todos sus recursos a la voracidad de la maquinaria militar moderna, ni aun así podría la América Latina equiparse efectivamente para hacerle frente a un agresor que contara con armas nucleares y proyectiles espaciales. Eso sin tomar en cuenta el poderoso instrumento que la miseria en que habríamos de sumirnos entregaría a los enemigos de nuestro sistema de vida. Ahora bien, si no podemos armarnos con armas convencionales, y si una hipotética guerra mundial —tan hipotética como pavorosa— no se pelearía con armas convencionales, ¿para qué estamos los latinoamericanos invirtiendo grandes sumas en armamentos que no servirían en caso de una guerra mundial, y que no van a usarse para luchas intracontinentales, porque nuestro sistema ha hecho prácticamente imposible la guerra entre los Estados Americanos? A Estados Unidos no lo podemos desarmar mientras la Unión Soviética esté poderosamente armada. Pero el limitar los armamentos convencionales que adquiere la América Latina no afecta nada el balance mundial de Poderes, y sí da oportunidad a nuestros pueblos, mediante el desarrollo de sus economías, de colaborar más efectivamente, con su mayor producción, con sus ciudadanos más cultos y más conscientes, a la defensa de la causa de Occidente. Mi proposición no desconoce, en absoluto, el principio de la igualdad jurídica de los Estados Americanos, como lo ha afirmado el señor Embajador de México. La igualdad jurídica —piedra angular del derecho internacional, que ha encontrado formidable aplicación en el derecho interamericano— no implica la igualdad física, ni geográfica, ni económica, ni militar. Los Estados Americanos somos desiguales en tamaño, recursos, población, y poderío militar, aunque sean jurídicamente iguales. Actualmente sólo Estados Unidos posee armas nucleares, y sólo Estados Unidos posee proyectiles espaciales. Es más fuerte, militarmente, que todos los otros Estados Americanos juntos. Como lo decía Drew Pearson en su columna de hoy, con una sola bomba de hidrógeno los Estados Unidos podrían acabar con todas las instalaciones militares de México. Pero no por eso, por ser más fuerte, Estados Unidos ha desconocido la igualdad jurídica de los Estados Americanos. El voto de Costa Rica, país pobre, pequeño y desarmado, vale tanto aquí como el de los Estados Unidos. La situación de igualdad jurídica no se cambiaría por el hecho de que la América Latina gastara menos en armas obsoletas, y empleara más recursos en su desarrollo económico. Todo lo contrario. El señor Embajador Quintanilla ha hecho una serie de citas para demostrar que la idea del desarme no es nueva en América Latina. Soy el primero en reconocerlo. Los textos que él ha traído a colación yo los conocía. Los he estudiado, y a través de ellos llegué a la conclusión de que no se ha podido lograr un acuerdo porque lo ha impedido ese concepto trasnochado de soberanía absoluta de que el señor Embajador Quintanilla ha hecho gala en esta sesión. No hubo acuerdo en el pasado porque se mantuvo que la determinación de las fuerzas armadas de cada país así como el uso que de ellos se hiciera, era cuestión de soberanía nacional, de jurisdicción interna. Por ese concepto, que he llamado “trasnochado”, está hoy día obsoleto, sobrepasado por los conceptos nuevos de derecho internacional que se han puesto en práctica en Naciones Unidas y en la O. E. A. ¿Cómo podría alegarse ahora que se viola la soberanía nacional si en un pacto se señalan límites a los armamentos de cada país americano y se establecen controles adecuados sobre la forma de usar esos armamentos, cuando eso es precisamente lo que todos los Estados Americanos han venido sosteniendo, junto con Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia y demás potencias occidentales? ¿No hemos acaso votado resoluciones en la Asamblea General de Naciones Unidas pidiendo se inspeccione el movimiento de tropas y las instalaciones militares de cada nación para impedir ataques sorpresivos? ¿Por qué, cabe preguntarse, los Estados Americanos no han considerado que se viola su soberanía cuando proponen una supervigilancia internacional de armamentos y una limitación de sus efectivos, y si habrían de considerar ahora que se viola su soberanía si esa supervigilancia y limitación, en vez de ser internacional es interamericana? ¿Por qué una limitación de armamentos y un control de los acuerdos respectivos no viola la soberanía si es Rusia, o es Francia o es Checoeslovaquia la que interviene en el control, y si es una violación de la soberanía, si es un país hermano de América Latina el que interviene? Este argumento de la violación de la soberanía no tiene, a mi juicio, ningún fundamento. Quiero repetir que no estoy proponiendo aquí se ordene ya la limitación de armamentos, y se diga cuántas armas ha de tener cada Estado Americano. No soy tan mentecato como para proponer una medida de esa índole sin que ella sea el producto de un estudio muy serio hecho por técnicos en la materia, de muchas discusiones colectivas, de mucha negociación. Estoy proponiendo simplemente que una comisión haga un estudio de las necesidades militares de defensa interamericana y nacional, para determinar si es posible limitar armamentos y dedicar las sumas que en esa forma se ahorren al desarrollo económico de nuestros pueblos. Con estudiar el problema nada se pierde. Si la idea es noble —como se ha dicho y repetido—si hay urgencia en que los pueblos de América Latina dispongan de recursos adicionales para aumentar su producción, ¿por qué no explotar todas las posibilidades? El Embajador Quintanilla, a manera de reproche, ha manifestado que su complejo anti-intervencionista no le permitiría opinar aquí —como lo he hecho yo—sobre proposiciones sometidas al Congreso de los Estados Unidos por dos distinguidos Senadores o hechas ante la prensa por el señor Presidente de los Estados Unidos. Me parece muy extraña esa manera de entender el anti-intervencionismo, sobre todo cuando en estos momentos México, junto con muchos otros países latinoamericanos, está haciendo gestiones ante órganos de la OEA para tratar de que Estados Unidos no tome la medida de elevar sus tarifas aduaneras sobre plomo y zinc. Estas gestiones las realiza México cuando el asunto de las tarifas de zinc y plomo pende de resolución del Congreso de los Estados Unidos. Aclaro que yo apoyo plenamente la gestión de México y demás países interesados en que no se eleven esas tarifas. Cito el caso para ilustrar la contradictoria actitud del Embajador Quintanilla. Según él, citar en un discurso ante la OEA manifestaciones de dos Senadores y del Presidente de los Estados Unidos, hechas ante el Congreso de este país, es intervencionismo. Pero opinar sobre un asunto que el Congreso de Estados Unidos está discutiendo, no es intervencionismo. Dejo constancia de que yo no creo que lo último es intervenir en los asuntos internos de Estados Unidos. Pero si ello no constituye intervención, menos, mucho menos lo constituye la cita de simples opiniones de estadistas norteamericanos. Más aún, el año pasado, el CIES, con el voto de México, aprobó una Resolución manifestando su más viva complacencia por el proyecto de Fondo Renovable de Préstamos que en ese momento había presentado el Presidente Eisenhower a la consideración del Congreso. A nadie se le ocurrió alegar entonces que estábamos interviniendo en asuntos internos de este país. Si hoy prevaleciera el criterio que me trata de aplicar el Embajador Quintanilla, ello hubiera constituido una intervención mucho más grave que la que según él he cometido yo. Con respecto a la intervención del distinguido Embajador de la República Dominicana, deseo manifestar lo siguiente: Tal vez de lo que llevo dicho comprenderá el señor Representante dominicano que yo creo que mi proyecto colida—como él lo afirma—con el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca. Debe tomarse en cuenta de que lo que yo he propuesto es que se estudie las necesidades de defensa interamericana y nacional, para determinar si es posible limitar armamentos. Si del estudio resulta que no es posible, no se llevará a cabo ninguna limitación. Si de ese estudio resulta que sí es posible, se elaborará un proyecto de convención, que indudablemente tendrá en cuenta los tratados existentes, armonizándolo con ellos. No ha sido la intención de mi país someter un proyecto violatorio de los pactos existentes. Nosotros también estimamos que la Carta y el Pacto de Río son pactos sacrosantos. Desgraciadamente, no todos los países que se declaran respetuosos de esos documentos, los cumplen a cabalidad. Por ejemplo, no todos los países viven dentro del espíritu democrático de la Carta. No todos los Gobiernos han hecho del respeto a la dignidad del hombre la meta central de sus actuaciones. La Carta exige el ejercicio efectivo de la democracia representativa como prerrequisito de la solidaridad continental, y bien sabemos que hay países que ni por asomo viven el régimen democrático. Hay países qué no han podido llevar a cabo en la forma que prevén los pactos, el respeto a los derechos humanos. Sin embargo, no por eso vamos a decir que la Carta es una semi-Carta de una semi-Organización de Estados Americanos. Yo expliqué anteriormente por qué no creo que menoscabe nuestra dignidad la existencia de ese “tutelaje defensivo de los Estados Unidos sobre América Latina” que según los Embajadores de México y de la República Dominicana sería la consecuencia de mi proposición. Ese tutelaje existe ahora en la realidad. No lo podemos remediar porque no tenemos recursos para proveer a nuestra propia defensa con armas nucleares y espaciales. Más dignamente actuaremos si reconocemos la realidad, y nos preocupamos de levantar nuestro nivel de vida. En cuanto a si este Consejo tiene o no competencia para conocer de este proyecto, debo responder que en mi criterio si la tiene. La tiene, porque la Carta específicamente dice que el Consejo, además de las funciones específicas que la misma Carta le encomienda, realizará aquellas que le encargue la Conferencia Interamericana o la Reunión de Consulta de Ministros de Relaciones Exteriores. Ahora bien, por Resolución XLVI, la Décima Conferencia Interamericana encargó al Consejero el estudio de todos aquellos proyectos de interés americano que puedan dar base a una resolución de las próximas Conferencias. Si la delegación de Costa Rica pidiera que el Consejo resuelva ahora o en el futuro el desarme de la América Latina, o que procediera a firmar un pacto de limitación y control de armamentos, claro está que estaría extralimitando las funciones de este Cuerpo. Pero la propuesta de Costa Rica no va tan lejos. Simplemente pide un estudio para que, si con base en él se llega a una conclusión positiva, se someta el o los proyectos correspondientes a conocimiento de la Undécima Conferencia Interamericana. Y para realizar ese estudio, el Consejo está plenamente facultado, según resolución XLVI antes mencionada. Esto es cuanto quería decir, por ahora. Me reservo el derecho de intervenir nuevamente, para aclarar dudas o para replicar a los argumentos que contra el proyecto de la Delegación de Costa Rica se sirvan presentar los señores miembros del Consejo.

El señor Presidente: Antes de concederles la palabra a los señores Delegados que la han solicitado, quería expresarles a los señores Representantes que la Presidencia entiende que por la naturaleza, la importancia y la forma en que ha sido presentado el proyecto por la Delegación de Costa Rica, convendría que las Delegaciones que lo consideren conveniente lo reciban y lo transmitan a sus respectivas Cancillerías. Luego la fijación del plazo para ser considerado —y a que se ha referido también el señor Delegado de Costa Rica— dependería naturalmente de la reacción de las respetivas Cancillerías.

El señor Embajador de los Estados Unidos: Mr. Chairman, I understand that the Council is not called upon to take any decision today on the motion of the representative of Costa Rica, nor is any member of the Council expected to state his definite views on this complex subject at this time. Accordingly, I do not intend to state the definite position of my Delegation on the specific motion that the Costa Rica Delegation has submitted. However, inasmuch as several references have already been made by others to opinions expressed by various official and private sources in the United States, I should like briefly to summarize the position of the United States Delegation regarding the general subject to which the Costa Rica initiative is directed. The Representativé of Costa Rica has submitted a proposal that a special committee of the Council be set up to study the requirements of the defense of the American nations with a view to determining whether it is possible for the countries of Latin America to: (a) renounce the use of, or the possibility of acquiring nuclear weapons; (b) place greater emphasis on the civil engineering functions of their armed forces; (c) limit their military expenditures; and, (d) devote the resources which they may obtain from a reduction of military expenditures to the financing of national or inter-American programs of economic developments. If the results of this study indicate the desirability of proceeding with any such plans, the committee is to draft some projects for consideration by the Eleventh Inter-American Conference. The United States considers the problem of disarmament to be one of the most urgent and important facing the world as a whole. The advent of the nuclear age and now the beginning of the space age heighten this urgency and importance. They have vastly increased not only the destructive power, but also the financial cost of military expenditures. It is our sincere purpose, in seeking in the United Nations a safe-guarded agreement on the limitations and control of armaments, to build a world in which all nations, large and small, will be free from the danger of war and from the increasing economic burdens of armaments, and can devote themselves and their resources to building lasting peace and a growing prosperity. While the question of reaching a sound worldwide disarmament agreement is a difficult and complex one, we must not give way to dispair. Instead we must press on, seeking in any way compatible with the legitimate security interests of the free world to conclude a sound agreement. It is with this spirit that in the United States, together with the United Kingdom, France and Canada, and with the endorsement of the NATO nations, put forward a balanced, practical plan for a first stage of disarmament agreement independent of any prior settlement of the major outstanding political problems which beset the world. The substance of this plan announced on August 29, 1957, was soundly endorsed by the United Nations General Assembly, by a vote of 57 to 9 with 15 abstentions. The United States feels that the joint proposals present a fair and farsighted program which, if implemented, would be a step of the highest significance and importance in lessening the dangers of a future war. The proposal of the Representative of Costa Rica presents this problem in terms of the Latin American states. It would not by its own provisions directly include the United States in any agreements which might result therefore. However, as an American state and a member of the OAS, the United States cannot fail to have certain important interests in whatever might be done in connection with the limitation or control of armaments by the other members of the Organization. Moreover, as Secretary Dulles stated before the General Assembly in September 19, 1957:

“If we cannot advance on a universal front, let the nations, wherever possible, draw closer together, so that, within the limits of safety, we may relieve the burden, and reduce the risks, or armament.”

In connection with any plan for the regulation or control or armaments in this Hemisphere, it is of course of first importance to bear in mind the requirements of hemisphere defense. Every nation has its own military requirements for the maintenance of its national security. The American States, furthermore, have, under Treaty of Rio de Janeiro, a responsibility for the maintenance of peace in the Hemisphere and the defense of the Hemisphere against any outside attack. Fortunately, the effectiveness of the OAS system of collective security has, indeed, gone far towards abolishing the possibility that war might break out amongst the states of this Hemisphere. Unfortunately, the same cannot be said of possible extra-continental attacks. Therefore, it is of the utmost importance that the requirements for the defense of the American continent, as set forth by appropriate international procedures, notably the IADB, be recognized and fulfilled. These requirements have provided the basis for the bilateral military agreements which the United States has concluded with other American Republics. The United States is also directly concerned with the economic implications to itself and to the other American Republics of the problem of armaments in Latin America. It has repeatedly been stated that the improvement of economic conditions is essential to the strengthening of the democratic progress of our countries. Any unnecessary diversion of economic resources to military purposes beyond those required for legitimate national and collective defense needs, merely holds back progress in the important field of economic and social advancement.

The United States guides its policy with respect to military affairs in this Hemisphere in accordance with the main factors I have just mentioned. The United States could not but view with sympathy any efforts of any group of states to work out, in terms that they considered desirable, a plan which would permit the greatest possible dedication of economic resources to constructive purposes so long as the basic requirements for national and collective defense under present world conditions were still adequately met. Mr. Chairman, the United States Delegation having made this brief statement, fully reserves its position in regard to all other aspects, substantive or procedural, of the problem placed before the Council by the Costa Rican proposal or as a result of statement made by other Delegations.

El señor Embajador del Brasil: Senhor Presidente, estamos todos os Representantes de acôrdo em que não vamos tomar hoje una decisão sobre a importante sugestão feita nesta sessão pelo Representante de Costa Rica, mas não deixa de ser extremamente útil esta troca de idéias, de informações, sobre assunto tão relevante. Eu creio que, dentre as declarações feitas pelos senhores Representantes, três merecem a nossa atençao. Primeiro, qual o foro mais apropriado para a discussão deste problema —isto é, se as Nações Unidas ou se a Organização dos Estados Americanos; segundo competencia dêste Conselho para discutir assuntos tão relevantes. Sôbre estos pontos a minha Delegação tem uma posição definida, mas reservaria para outra sessão a determinação dêsses pontos de vista; e, terceiro, o que nos disse o Representante da República Dominicana, sobre uma possível colisão entre problemas de desarmamento e o Tratado de Rio„ que assegura a todos uma defensa colectiva. A Delegação do Brasil leu com grande intêeresse o documento apresentado a êste Conselho pelo ilustre Representante de Costa Rica, Embaixador Gonzalo J. Facio, relativo à criação de uma Comissão Especial encarregada de elaborar um estudo sôbre a possibilidade de regular a aquisição, compra, venda e fabricação de armas nucleares, assim como a manutenção de efetivos mínimos de fôrças de terra, mar e ar dos países latino-americanos. A Delegação do Brasil está igualmente convencida da legitimidade dos altos propósitos que inspiraram a apresentação do projeto da Delegação de Costa Rica. Quero, entretanto, acreditar —e digo-o sem a menor intenção de examinar o mérito da proposta do digno Representante de Costa Rica— que o assunto é demasiado importante, diría, mesmo, demasiado novo para que, sem prévio e devido estudo por parte das autoridades competentes de cada um dos nossos países, nos possamos manifestar, ainda que em princípio, favoráveis ou contrários ao plano costarriquenho. Transmitirei a meu Governo hoje todas as importantíssimas declarações feitas pelos distinguidos Representantes; por ora, só me cabe, portanto, externar o interesse e o empenho com que transmitirei à consideração de meu Governo e importante documento que acaba de apresentar-nos o Representante de Costa Rica, reservando a posição definitiva da Delegação do Brasil para uma sessão posterior do Conselho, quando espera já estar devidamente instruída pelo Governo que representa. Estou certo, senhores, que êste assunto é dos mais importantes que o Conselho tem tratado nos últimos tempos. Muito obrigado.

El señor Embajador de Bolivia: Señor Presidente, voy a comenzar por felicitar a nuestro distinguido colega el Embajador de Costa Rica por haber traído aquí a esta mesa interamericana un problema tan importante. Considera mi Delegación que precisamente la Organización de los Estados Americanos y el Consejo están llamados a discutir sobre los graves problemas que interesan individual y colectivamente a todos los países americanos. Estamos aquí para cambiar opiniones y hacer reflexiones que nos ilustren mutuamente y nos ayuden a encontrar el mejor camino para hallar soluciones a esos problemas. La actitud de Costa Rica es sumamente generosa y sería una injusticia no reconocer que dentro de esa actitud existe un profundo sentido panamericanista y que debe emocionarnos profundamente que un país se decida a dar un paso de esta naturaleza trayendo a esta mesa un tema sumamente complejo y que por lo tanto debe alentarnos a nosotros a meditar sobre el fondo del mismo. Por Jo mismo, señor Presidente, que en la exposición hecha por el señor Embajador Facio expresa su deseo de que no se adopte ninguna decisión sobre el fondo de la Resolución sometida, lo único que nos toca comentar, y a mí especialmente como Representante de Bolivia, es la fundamentación hecha al proyecto. El proyecto mismo será remitido a mi Gobierno y él enviará las instrucciones que estime pertinentes. Pero, señor Presidente, creo que quedaría incompleta, quedaría sin una solución de continuidad si después de la exposición hecha por el distinguido Embajador de Costa Rica los Delegados aquí presentes, o algunos de ellos, no hiciéramos conocer nuestras reflexiones personales. Tengo la impresión, señor Presidente, de que mi país ha de simpatizar grandemente con la idea; ha de simpatizar porque ya la Delegación de mi país presentó un proyecto similar a las Naciones Unidas en la Asamblea General del año 1953, pero buscó ese conducto porque consideraba entonces, y sigue considerando, que el problema del desarme no es un hecho ni un acontecimiento regional, unilateral; es un problema de índole esencialmente mundial. No se puede hablar de desarme si se desarma un solo país o se desarma solamente un sector de países que para el hecho significa lo mismo. El desarme, como lo dijo un distinguido colega, tiene que ser simultáneo y universal. Además, mi país ha de simpatizar enormemente con esa idea, porque dentro de nuestra comunidad americana Bolivia ha sido uno de los países que ya ha puesto en práctica internamente esta generosa

idea; desde hace varios años nuestro ejército se dedica exclusivamente a obras de fomento, a abrir caminos, a colonizar, a sanear nuestras regiones inhóspitas; en otras palabras, se ha dado un sentido evidentemente productivo a nuestras fuerzas armadas. Sin embargo, de esta profunda simpatía que ha de tener este proyecto en mi país, creo de mi deber hacer ciertas reflexiones de orden general y tal vez institucional. El desarme tiene esencialmente esta causa: la preservación de la paz; pero no se puede conseguir ese ideal de la paz si el desarme es unilateral. Si las Naciones Unidas tienen en su agenda, como tema permanente de discusión el desarme universal, es porque se considera que es uno de los elementos esenciales para garantizar la paz mundial; pero la proposición de la Delegación de Costa Rica tiene otro sentido: el desarme, según su proyecto, no es para garantizar la paz, es para canalizar en una forma más constructiva los recursos que tiene cada país. En consecuencia, los motivos de ese desarme son enteramente diferentes al desarme físico que se discute en las Naciones Unidas. Yo consideraría más bien el proyecto de la Delegación de Costa Rica como una generosa exhortación de hermano a los otros países hermanos para que inspirándose del ejemplo que les damos en este caso Costa Rica y Bolivia, lo sigan, canalizando los recursos en una forma mucho más productiva. Pero, señor Presidente, no puedo menos que hacer constar que una idea vertida en ese sentido tiene que ser analizada dentro de la luz de los pactos solemnes que han sido suscritos en el continente. Nosotros tenemos un pacto de seguridad colectiva y de defensa mutua; ¿cómo es posible que pueda existir mutualidad de defensa si una de las Partes de ese pacto, automáticamente, se desprende de los instrumentos para llevar a cabo este compromiso? Habrá que preguntar a la Parte afectada si está dispuesta a sobrellevar la carga total de este compromiso y entonces, recién, uno podrá denunciar ese pacto solemne en el cual uno se ha comprometido a sacrificar parte de sus recursos, parte hasta de sus propios deseos, y quién sabe hasta de sus propias convicciones en servicio del interés colectivo. El deseo, la idea de que las entidades o colectividades débiles económicamente no participen en conflictos armados es una idea bastante antigua. Recuerdo bien que en el Tratado de Madrid de 1750, suscrito entre los Reynos de España y Portugal, convinieron generosamente esos dos países de que en caso de que hubiese guerra entre las dos Coronas, las colonias que tenían esos países en la América no intervendrían en la guerra y seguirían comerciando normalmente. ¿Podrá existir, me pregunto yo, en esta época moderna un pacto de esta índole entre las dos grandes potencias contendientes en este conflicto frío que presencia el mundo? Mientras eso no exista, y mientras la amenaza se cierne cada vez en forma más dramática sobre nuestra seguridad, yo creo que debemos precisamente más bien revisar las bases de nuestra seguridad y de nuestra defensa colectiva. Yo, por ejemplo, señor Presidente, por el hecho de haber concurrido personalmente a la guerra, he tenido la dolorosa oportunidad de incursionar en los terrenos militares y de saber esa ciencia que para los civiles a veces nos está vedada hasta que la patria no nos llama a ser carne de cañón; por eso digo, incursionando en esta ciencia, que me he preguntado varias veces si dentro de ese conflicto mundial, la concentración del poder retaliatorio de una sola parte del continente será un elemento estratégicamente cabal para defender a todo el continente. Me pregunto simplemente, porque cuando uno lee en las publicaciones que hace la prensa—que es el único elemento de información que uno puede tener— de que la otra parte, es decir, las potencias detrás de la Cortina de Hierro, precisamente han dispersado en todo su vastísimo territorio la posibilidad de manufactura de armas, sus bases y sus núcleos retaliatorios, de tal manera que la destrucción de Moscú o Leningrado no signifique precisamente la destrucción de todo ese sistema, me pregunto, señor Presidente —y esto no lo hago por un afán militarista ni mucho menos—si nosotros alentamos la concentración del poder retaliatorio en una sola parte del continente, ¿estaremos haciendo un servicio efectivo a la defensa continental? Creo que tenemos un organismo evidente todas nuestras Delegaciones tienen aquí eminentes militares de nuestros respectivos ejércitos que se reúnen semanalmente allí en la calle 16 y que discuten y que estudian esos problemas, los cuales, posiblemente, en el caso dado nos harán conocer cuál es la misión que le corresponde a la América Latina en esta defensa del continente. Señor Presidente, se me ocurre otra reflexión más, y lo digo esto a pesar de que mi inclinación personal habría sido suscribir junto con el Embajador Facio esa proposición si es que la considera viable, si es que se la considera que realmente responde al llamado de las épocas presentes; pero tenemos un ejemplo, casi de ayer. Después de terminada la segunda contienda mundial las fuerzas democráticas que ocuparon Corea abandonaron la región; Corea automáticamente se dividió en dos partes, una armada y otra desarmada. No necesito repetir el doloroso calvario que tuvo que sufrir precisamente los Estados Unidos para salir de ese tremendo problema que se habría podido evitar, posiblemente, si es que Corea del Sur hubiera estado tan armada como Corea del Norte, porque es un hecho conocido que la población de Corea del Sur es mayor y sus recursos naturales también son mayores que los de Corea del Norte. Yo me pongo a pensar al leer algunos estudios de las Naciones Unidas sobre aumento de población, cómo Latinoamérica es en estos momentos, y por los años que se pueden prever, la zona donde el aumento de población está rompiendo todos los récords anteriores. Evidentemente, en uno de los Informes de las Naciones Unidas se dice que en Latinoamérica, es decir, al sur del Río Grande, la población antes de fin de siglo, llegará a quinientos millones de habitantes. Entonces, señor Presidente, pregunto si nosotros deberemos poner hoy los cimientos de una organización totalmente indefensa para esa formidable masa humana que, por el contrario, si se la desarrolla económica e industrialmente —que es la base para un desarrollo militar— podría constituir más bien aquel peso que le falta a la balanza mundial para garantizar de una vez por todas la paz. Estas reflexiones se me han ocurrido cuando al escuchar los diferentes discursos he recorrido las bases dentro de las cuales se ha organizado por ejemplo la OTAN. La OTAN se ha organizado precisamente para que la responsabilidad de la defensa de los países occidentales en Europa no caiga íntegramente sobre las espaldas de Estados Unidos; y, si no estoy equivocado, los Estados Unidos continuamente han estado haciendo presión para que esos países aumenten sus recursos, aumenten sus propias unidades militares para hacerse cargo de su propia defensa a fin de que este país pueda recobrar su propio equilibrio financiero. No es un secreto para nadie las enormes cargas que tiene que soportar el contribuyente norteamericano; no soy quien va a asumir la defensa de él, mucho peor si mi país a veces le exige ayuda directamente a ese contribuyente—y en compensación a esa ayuda mi país oportunamente dio, en tiempo de guerra, la producción de artículos estratégicos. Pero, cuando hablamos de la misión que les corresponde a los países latinoamericanos en este problema de la paz mundial, yo quisiera ver más o menos resumido en los siguientes términos: la América toda—no me refiero solamente a los países latinoamericanos sino también a los Estados Unidos— deben ejercitar toda la presión moral para que se consiga el desarme mundial, para que los países que están en posibilidad de amenazar la paz lleguen a un desarme paulatino y a una limitación en el uso de las armas y, si es posible, al compromiso solemne de no utilizar en lo absoluto armas nucleares. Pero mientras ese ideal mundial no se consiga, señor Presidente, considero que es de responsabilidad de Latinoamérica el prestar su concurso, el concurso que le toque, a la defensa del continente y a la defensa individual de cada uno de ellos.

(Se levanta la sesión).

 

 

El señor Presidente: Señores Representantes, habiendo el quorum necesario se declara abierta la sesión para continuar la discusión del proyecto de Resolución presentado por la Delegación de Costa Rica en el día de ayer. Está inscrito para hacer uso de la palabra en primer término el señor Representante del Brasil.

El señor Embajador del Brasil: Ontem anunciei a êste Conselho que a minha Delegação havia lido com interêsse a proposta apresentada pelo Delegado de Costa Rica para. a criação de uma Comissão Especial encarregada de realizar um estudo sobre as necessidades da defesa interamericana e da defesa de cada um dos Estados Americanos com o objetivo de determinar a possibilidade de a) renunciarem ao uso ou à possibilidade de adquirir armas nucleares; b) porem mais ênfase nas funções de engenharia civil de suas forças armadas; c) limitarem seus gastos militares e d) destinarem os recursos oriundos da redução de suas despesas militares ao financiamento de programas de desenvolvimento econômico, nacionais ou interamericanos. Anunciei também que reservava a posição de minha Delegação, uma vez que, tratando-se de assunto de tão grande importância, devia consultar previamente o meu Governo antes de pronunciar-se definitivamente sobre a matéria. Hoje, entretanto, já está esta Delegação apta a manifestar-se de forma concreta sôbre a proposta do ilustre Representante de Costa Rica. Posso afirmar a êste Conselho que, embora reconheça e tenha na devida conta os elevados propósitos que animaram o Governo de Costa Rica ao apresentar seu projeto, o Governo brasileiro sente não poder dar-lhe seu apoio. Além das dúvidas, já aqui suscitadas pelos Representantes do México, da Bolívia e da República Dominicana, sôbre a oportunidade e conveniência de conferir-se exclusivamente a um país membro o encargo de prover à defesa do Continente, assim como sôbre a possibilidade de estarmos aqui em presença de um problema de carácter nitidamente universal e, não regional, merece consideração detida também o argumento de que o plano de Costa Rica viria colidir com compromissos multilaterais de defesa assumidos em diferentes ocasiões pelos Estados-Membros da Organização dos Estados Americanos, sobretudo com obrigações estabelecidas no Tratado Interamericano de Assistência Reciproca, firmado no Rio de Janeiro em 1947. O Govôrno Brasileiro está perfeitamente compenetrado da necessidade de acelerar o ritmo de desenvolvimiento económico do Brasil, assim como das outras Repúblicas Latino-Americanas. Mas está igualmente certo de que há outras medidas de cooperação internacional capazes de melhor levar a efeito este objetivo do que as sugeridas pela proposta de Costa Rica. Finalmente, desejo acentuar que, após ouvir diversas manifestações contrárias ao projeto de Costa Rica, está a Delegação do Brasil absolutamente convencida da inoportunidade da discussão do tema emâmbito regional, o que, a seu ver, não contribuiria para o fortalecimento das relações de amizade e comprensão existentes entre os países-membros da OEA.

El señor Representante Suplente de Honduras: Señor Presidente, la Delegación de Honduras ha escuchado con sumo interés el elocuente discurso que pronunció el día de ayer en este recinto el ilustre Embajador, Representante de Costa Rica, Dr. Gonzalo Facio, a manera de introducción a su iniciativa presentada a la consideración de la Organización de los Estados Americanos en que propone que se nombre de su seno una Comisión Especial que se encargue de estudiar las necesidades de la defensa de cada país y del Continente, y la posibilidad de llevar a cabo una limitación de armamentos mediante la renuncia por parte de los Estados latinoamericanos a la compra y uso de armas nucleares, y, en cambio dedicar las sumas cuantiosas que se economizarían al desarrollo económico y cultural que tanto necesitan nuestros pueblos. Mi Delegación considera que la iniciativa del distinguido Representante de Costa Rica es una idea noble y muy digna de ese pequeño gran pueblo, amante de la paz y del trabajo, que hasta en su Carta Fundamental se ha declarado en contra de un ejército profesional y ha dirigido toda su atención a su economía y a su cultura. Aunque mi Delegación todavía no tiene instrucciones de su Gobierno al respecto, quisiera hacer las siguientes consideraciones: La proposición del Dr. Facio contiene un bello ideal que ha preocupado a los estadistas desde hace muchos años y continúa siendo la preocupación más grande de todos los Estados en el presente. Sin embargo, por la naturaleza tan complicada de este asunto, considero que debe ser estudiado detenidamente por los Gobiernos, pues cada uno de ellos puede tener circunstancias especiales para poder hacer una determinación sobre el particular. Mi Delegación ha enviado ya la proposición del ilustre Embajador de Costa Rica a su Gobierno para que resuelva lo procedente. Muchas gracias, señor Presidente.

El señor Embajador de Uruguay: Señor Presidente, si bien la Representación del Uruguay aún no dispone de instrucciones sobre este tema, desearía formular algunos muy breves comentarios. Primeramente, desearía destacar que los propósitos que persigue el proyecto de Resolución de la Representación de Costa Rica, a estudio actualmente del Consejo, coincide en un todo con ideales a los cuales mi país adhiere tradicionalmente. La proposición costarricense busca paz y prosperidad, y no hay ninguna duda que no es sólo el Uruguay, sino todos nuestros países, que bregan por alcanzar esos mismos objetivos. Desde ese punto de vista, señor Presidente, no me cabe ninguna duda que en mi país la proposición costarricense seguramente recibirá el más cálido elogio. Ahora bien, se trata de una proposición muy completa, que abarca temas de orden militar, de orden político, de orden económico; dentro y fuera de fronteras; que toca —como se ha comentado en la reunión de ayer— pactos regionales, que puede también en algunos aspectos referirse a tratados bilaterales vigentes, que suscita temas de orden interno en cada uno de nuestros países, y que, además, debemos estudiar a la luz de nuestros compromisos y de nuestras actividades en las Naciones Unidas. En consecuencia, señor Presidente, estimo que sería sumamente difícil en este momento llegar a un pronunciamiento definitivo sobre el tema; la cuestión es demasiado compleja para que así sea, y por lo tanto mi Delegación adhiere a la propuesta hecha por el señor Presidente en el sentido de que el proyecto sea sometido a nuestros Gobiernos y una vez que obtengamos las instrucciones del caso se coloque este asunto nuevamente en el temario para su definitiva resolución. Muchas gracias, señor Presidente.

El señor Embajador del Perú: Señor Presidente, por la naturaleza y la importancia de la materia, así como por los sentimientos de amistad y estimación que merecen la Representación de Costa Rica y el Gobierno y el pueblo de esa República hermana que tan dignamente representa el Embajador Facio, puede estar seguro de que el proyecto de Resolución que ha presentado al Consejo de la Organización de los Estados Americanos habrá de merecer seria y cuidadosa consideración del Gobierno peruano y de esta Representación. Comparto plenamente con el Embajador Facio la fe en las instituciones y los procedimientos del sistema interamericano de paz, digno de servir de ejemplo e inspiración, a cuyo éxito ha contribuido en forma eminente este Consejo, y participo de su sincero interés y preocupación por el desarrollo económico y la elevación del nivel de vida de los pueblos de los países americanos, sin creer que la reducción de gastos militares por los Estados de América Latina pudiera ser la clave para la solución integral de esos complejos y fundamentales problemas. Piensa esta Representación que al plantearse y estudiarse las medidas que propone el proyecto de Costa Rica debe darse la consideración que merece a los aspectos de la seguridad interna de los Estados Americanos y a los compromisos vigentes en materia de seguridad colectiva en el ámbito mundial y regional. Se ha señalado con acierto a este respecto la naturaleza universal e indivisible de la paz y la seguridad en el mundo en que vivimos, evidenciada en las iniciativas y esfuerzos que presenciamos de parte de los estadistas y diplomáticos, que con angustioso y justo interés siguen todos los pueblos de la tierra. A ese concepto responden la jurisdicción ecuménica de las Naciones Unidas y la forma decidida y destacada en que los Estados Americanos han participado y participan en las deliberaciones y resoluciones de la Asamblea General sobre desarme. Estando en curso esas negociaciones y abierto el debate, en pleno ímpetu de la revolución nuclear y espacial que estamos viviendo, quizás sí cabría examinar con prudencia este asunto, no fuera prematura cualquiera decisión que en alguna forma pudiera afectar en el futuro a la defensa colectiva del Hemisferio. En estos aspectos los Gobiernos necesitarán consultar la opinión de los técnicos y habrá de ser indispensable y valiosa la cooperación de la Junta Interamericana de Defensa. A este respecto conviene tener en consideración que el planteamiento y los acuerdos en materia de defensa del Continente adoptados por la Cuarta Reunión de Consulta de los Ministros de Relaciones Exteriores, con el correspondiente asesoramiento técnico, se hallan vigentes en tanto no sean reexaminados y modificados. La Representación del Perú considera que no debe adelantar opinión sobre el proyecto presentado por la distinguida Representación de Costa Rica en tanto su Gobierno no haya tenido la oportunidad de estudiarlo con el detenimiento que requiere y de recibir sus instrucciones, reservándose el derecho de hacerlo más adelante.

El señor Embajador de Nicaragua: Señor Presidente, por lo que a mí respecta debo declarar ante el Honorable Consejo que me hubiera complacido mucho que mi apreciable colega de Costa Rica, Embajador Gonzalo J. Facio, a quien tanto estimamos y cuya inteligencia y cortesía siempre hemos reconocido, hubiera invitado a todos sus compañeros de Consejo a realizar un cambio amistoso de impresiones sobre los alcances de su proyecto, antes de haberlo hecho público. Me estoy refiriendo a una reunión privada, de esas reuniones que se llaman de familia, que se acostumbran en los cuerpos colegiados y en los Parlamentos, y que no son extrañas a nuestro Consejo, donde ciertamente actuamos como Embajadores, pero sin dejar de ser compañeros y amigos. Pero bien comprendo qué motivos tuvo el ilustrado colega para no invitamos. He de respetar esos motivos, mas no dejaré de manifestar que me hubiera agradado asistir a una reunión de ese carácter, vale decir, amistosa y privada. Digo que motivos tuvo, pues aquí nos ha pedido que no discutamos su proyecto, sino que lo remitamos a nuestras Cancillerías. Por fortuna la puerta se abrió, y podemos manifestar nuestros criterios. En esa reunión privada que yo hubiera querido que se realizara, podíamos haberle manifestado al colega lo que pensábamos sobre la iniciativa de su Gobierno; haberle transmitido nuestras ideas, nuestras opiniones y quizás el criterio de nuestras Cancillerías, para que él canalizara esas ideas, esas opiniones y esos criterios hacia su superioridad, a fin de que ésta comenzara a apreciar el ambiente que su proyecto iba encontrando entre nosotros. En esa reunión privada, que tanto hubiera agradecido, uno de nosotros podría haberle aducido al Embajador Facio que este Consejo no tiene competencia para conocer de una solicitud relacionada con el desarme parcial, y menos con la forma como ha sido presentada. Esa palabra “desarme”, que ayer fue calificada de “mágica” por el distinguido Embajador de la República Dominicana, es verdad que tiene mucho de mágica y quizás por eso apasiona y entusiasma. Todos anhelamos el desarme, todos quisiéramos un mundo desarmado, claro está y la prueba es que los latinoamericanos hemos sido una sola voz en las Naciones Unidas, acuerpando el desarme y apoyando, con plena convicción, como apoyaremos siempre, el razonado plan de los Estados Unidos de América. Quisiéramos que la Unión Soviética comprendiera la nobleza que hay en el plan del Honorable Presidente de esta gran nación, relacionado con el desarme universal. Todos lo hemos aplaudido. Pero una cosa es el desarme en términos de universalidad, y otra cosa es el desarme parcial, como sería el de un Continente, como sería por ejemplo, el desarme de América Latina. Son dos cosas completamente distintas, y cuando se pretende que los latinoamericanos nos desarmemos, mientras todos los sectores del mundo están muy bien armados, al Embajador de Nicaragua lo asaltan estos interrogantes: ¿Le conviene a América Latina desarmarse? ¿Debe hacerlo? ¿Puede hacerlo? ¿Cómo debe presentarse una solicitud que persiga el desarme de América Latina? Son preguntas que me asaltan, y me las hago ante vosotros, señores Embajadores. He sido uno de los primeros en reconocer los sanos propósitos del proyecto del Honorable Gobierno de Costa Rica, así como las buenas intenciones de su apreciable personero mas debo sostener, con pleno convencimiento, que no hay contradicción alguna entre la actitud que hemos asumido en las Naciones Unidas respecto al desarme universal, y la que presentamos aquí frente a un proyecto de desarme parcial. Como el Embajador Facio piensa que este Consejo tiene competencia para designar una Comisión Especial como la sugerida, le decimos que no la tiene para darle a esa Comisión atribuciones tan extraordinarias, como son la de hacer un estudio sobre las necesidades de la defensa interamericana y de la defensa de cada uno de los Estados Americanos. No, señor Presidente; nosotros no tenemos competencia para darle semejantes atribuciones a una Comisión. ¿Quién de nosotros, estimados colegas, desearía pertenecer a una Comisión de tal calibre, cuya tarea no sería otra que decirle a los Presidentes de nuestras Repúblicas, “muchas armas tenéis; no necesitáis más que éstas”? Yo no quiero pensar lo que le contestarían a esa Comisión. En la reunión privada a que me he referido y que no se realizó, uno de nosotros, por ejemplo, un colega centroamericano —digamos el Embajador de Nicaragua— podía haberle preguntado al Embajador Facio, ¿No cree usted, colega, que en el ámbito de la ODECA y en forma prudente, como deben hacerse las cosas, podría canalizarse mejor esta idea de Costa Rica, dándola a conocer a los otros Gobiernos de las Repúblicas centroamericanas, para que éstas consideren la posibilidad de equilibrar los armamentos de las cinco Repúblicas, reducir sus efectivos militares, etc., mas no con el propósito de darle a Latinoamérica una lección de desarme, porque Centro América no puede tener tal vanidad, y Latinoamérica no necesita esa lección, pero sí para dar un hermoso ejemplo de cordialidad y de buen entendimiento? Creo que Centro América presenta un sector propicio para canalizar ideas como esas. El  gobierno de un Estado puede hacer lo que quiera con  los efectivos militares de que dispone, excepto lo siguiente: ni puede agredir, pues la agresión la prohibe la  moral internacional y la sanciona el Tratado de Petrópolis; ni desprenderse así no más de sus armamentos, porque tiene obligaciones que cumplir, derivadas de ese Tratado, que por una parte reglamenta la solidaridad de los Estados Americanos en casos de agresión, y viene a ser una muralla para contener la agresión de un Estado contra otro Estado, y por otra es fuente de derechos y obligaciones que las Repúblicas Americanas han asumido y que las de América Latina no podrían renunciar en provecho propio y en perjuicio de tercero; y menos cuando esas obligaciones dicen relación a la defensa continental. ¡Mal podrían las Repúblicas hermanas de la América Latina endosarle semejante responsabilidad al hermano mayor, que dichosamente es el más próspero y el más fuerte: ¡los Estados Unidos de América! Eso, señor Presidente, a juicio de mi país, no sería humano, ni lógico, ni decente, ni digno. Al paso que vamos, señores, los pueblos de Latinoamérica—ya no digamos nuestros soldados— llegarán a creer que la defensa del Continente debe corresponderle sólo a los Estados Unidos. No podemos admitir eso, Señores. En mi país hay conciencia de que las armas las necesitamos para defender la soberanía, la independencia y la integridad territorial de Nicaragua, mas no ignoramos la obligación que hemos asumido, de defender al Continente, en la medida de nuestro esfuerzo. Sabemos también que tendremos que defender a los Estados Unidos si este país, desgraciadamente, llegara a ser atacado. Pero volvemos a referirnos a la reunión privada. Otro colega podía haberle formulado al Embajador Facio una pregunta, aparentemente delicada, pero, ¿por qué va a serlo, si estamos debatiendo en el terreno de las realidades? Podía haberle preguntado si el Presidente Electo de Costa Rica está de acuerdo con el proyecto, pues si no lo está, ¿qué hacemos aquí? Es público y notorio que el 8 de mayo habrá un nuevo presidente en esa nación hermana. Sería interesante saber si el licenciado don Mario Echandi está conforme con la letra de este Proyecto. Que el Embajador Facio no me diga que el señor Echandi anunció en su campaña que desarmaría a Costa Rica. Parece que lo dijo; pero una cosa es desarmar a su propio país, y otra es proponerle a una familia entera de naciones un raro plan de desarme, como el que propone el Embajador de Costa Rica. Son dos cosas completamente distintas. Desearíamos entonces saber si el presidente electo de Costa Rica está de acuerdo con el Proyecto, pues si no lo está, ¿qué hacemos aquí?, vuelvo a preguntarme. En esa misma reunión otro colega podía haber preguntado: ¿Dónde está la disposición del proyecto que evite que los elementos revoltosos se armen con peligro para los gobiernos? pues según vemos se trata de desarmar a los gobiernos, y en cambio el proyecto no impide que los revoltosos queden muy bien armados, a base de contrabandos de armas que atentan contra la paz y ponen en peligro la soberanía de los Estados. Una cosa es elogiar el desarme universal y otra combatir un desarme parcial mal planteado. Yo soy partidario del desarme; mi Gobierno lo es; todos nosotros lo somos; pero algo muy difícil y peligroso es determinar si el desarme debe hacerse parcialmente y si conviene hacerlo. Por eso digo que no obstante las buenas intenciones que le reconozco al proyecto costarricense, no podría aquí manifestar en nombre de mi país que estoy de acuerdo con la forma en que ha sido planteado el desarme de América Latina. En mi opinión el Consejo no podría decretarlo. La idea no tiene ni podría tener ambiente. Surge de nuevo la importancia de esa reunión privada a que me he referido, donde todos, al calor de la confianza que nos vincula, hubiéramos podido ofrecer ideas—no consejos—que tal vez le hubieran interesado a la Cancillería de Costa Rica. Si a uno de nosotros se nos antojara presentar mañana un proyecto que tendiera, por ejemplo, a cambiarle el nombre a América, estaríamos impulsados a emitir una opinión inmediata sobre el mismo, antes de enviarlo a las Cancillerías. ¿Para qué estamos aquí nosotros? De manera, señor Presidente, y lo digo con el respeto que me merecen las opiniones ajenas, sobre todo cuando son estimadas, vecinas y amigas, que no puedo estar de acuerdo con la forma en que ha sido planteado el desarme de América Latina por la Representación de la República de Costa Rica. En consecuencia, razono mi voto expresando que en el Tratado de Petrópolis hemos asumido serias obligaciones, no sólo en provecho de nuestros países, sino en provecho del Continente Americano, inclusive para no dejarle a los Estados Unidos de América, generoso y noble país que tiene en sus manos la paz del mundo, la tremenda responsabilidad de defendernos. Del Tratado de Petrópolis no sólo se derivan derechos, sino obligaciones que no debemos ignorar. Así resumo mi criterio, señor Presidente, declarando que no puedo calificar de prudente la forma en que ha sido planteado el desarme de América Latina por el Gobierno de Costa Rica.

El señor representante interino de Venezuela: Señor Presidente, al llegar a mis manos el Proyecto de Resolución presentado por la Delegación de Costa Rica, lo leí con todo interés y en seguida lo transmití a mi Gobierno, cuyo Departamento competente lo estudia en la actualidad, en relación con los requerimientos de la defensa de la soberanía nacional y de los compromisos internacionales adquiridos. Reservo, pues, el derecho de mi Delegación de exponer su opinión sobre el citado proyecto en una sesión posterior, cuando haya recibido instrucciones de mi Gobierno al respecto.

El señor representante suplente de Colombia: La Delegación de Colombia desea apoyar las diversas proposiciones hechas aquí en este Consejo sobre el aplazamiento del debate para una fecha posterior. Colombia desea participar en este debate porque lo considera como uno de los problemas quizás más interesantes que jamás se hayan planteado ante la Organización de los Estados Americanos, pero quiere hacerlo una vez que haya recibido instrucciones de su Cancillería y haya estudiado a fondo los diversos aspectos económicos, militares y políticos de la propuesta hecha por el ilustre Embajador de Costa Rica.

El señor embajador de Costa Rica: Señor Presidente, la intervención del distinguido Embajador de Nicaragua me obliga a aclarar una serie de puntos que él ha planteado desde su muy particular punto de vista. En primer lugar quiero comenzar diciéndole al señor Embajador de Nicaragua que yo represento al Gobierno de Costa Rica hasta las 12 del día del 8 de mayo de 1958 y que mientras represente a ese Gobierno legítimamente electo de Costa Rica, puedo traer aquí los asuntos que ese Gobierno crea convenientes y no tengo que rendirle cuentas a ningún señor Embajador sobre lo que piensa el futuro Gobierno de Costa Rica. Agrego, además, que me siento muy orgulloso de que en Costa Rica se produzcan cambios de gobierno cada cuatro años, respetando la voluntad de un pueblo que es apasionado amante de la libertad electoral y de la alternabilidad de los hombres que ejercen el Poder. Quizás algunos países no tengan mucha experiencia en materia de cambios de gobierno y por eso les asalten dudas sobre los poderes de un gobierno que termina y las funciones de un presidente electo. Presento ese proyecto porque esa es la opinión y ese es el deseo del actual y legítimo Gobierno de Costa Rica. El Embajador Sevilla rae ha reclamado—reprendido casi— por la forma en que he tramitado este asunto. Es cuestión de criterio y es cuestión de puntos de vista. Para él los asuntos que interesan a América deben tratarse en conciliábulos privados, debe haber conferencias secretas donde los asuntos no trasciendan al mundo. Para mí las cosas deben tratarse de otra manera; yo creo en la diplomacia abierta —tal vez esté equivocado, pero creo en esta materia y siempre he mantenido esos principios— yo creo que nosotros representamos no sólo a Gobiernos sino a pueblos, y por ello mantengo que los pueblos tienen el derecho pleno de enterarse de los asuntos que los afectan directamente. Por eso no seguí el camino que le hubiera gustado que yo tomara al Embajador de Nicaragua. Si yo hubiera tomado ese camino, hubiera recibido consejos muy importantes, muy trascendentales que estoy recibiendo aquí. Pero me pregunto, ¿qué mal le he hecho a la Organización de los Estados Americanos? ¿qué mal le he hecho a América? ¿qué mal le he hecho a nuestras relaciones futuras, con plantear el asunto abiertamente, ante el Consejo? Yo no tengo la vanidad de ganar todos los puntos, no tengo la menor vanidad de salir victorioso de este debate. He querido plantear una inquietud mía y de mi Delegación y estoy dispuesto a acatar respetuosamente el resultado de las deliberaciones. He escuchado en el curso de este debate razones muy importantes, de mucho peso para tomar en cuenta, y serán tomadas en cuenta; pero los pueblos de América también tienen derecho a conocerlas y tomarlas en cuenta. Si yo los planteo aquí, es porque creo que aquí se deben debatir ampliamente, con franqueza, sin escondrijos de ninguna clase los problemas que nos afectan. Todavía recuerdo la emoción que produjo el discurso pronunciado en Caracas por el Secretario General de la Organización, en ese entonces, Dr. Lleras Camargo, quien se quejaba precisamente de que aquí en el Consejo no se discutían los asuntos que interesan fundamentalmente a América, de que nos perdíamos en elucubraciones de otro género. Voy a citar lo que dijo el Dr. Lleras en esa oportunidad, hablando de las fallas estructurales de la Organización:

Ahí está, por ejemplo, el caso del Consejo de la Organización. En México, en 1945, cuando aún no tenía la jerarquía que después le otorgó la Carta, se determinó que conocería, dentro de los límites que le trazaran las Conferencias Interamericanas, o por encargo especial de las Reuniones de Ministros de Relaciones Exteriores, “de cualquier asunto que afecte al funcionamiento efectivo del sistema interamericano y a la solidaridad y bienestar general de las repúblicas americanas”. Que el Consejo no usó mal, sino muy bien esas facultades, lo dice su formidable tarea preparatoria de los documentos básicos de nuestra Organización: el Tratado de Asistencia Recíproca, la Carta de la Organización y el Tratado de Soluciones Pacíficas...

En la Conferencia de Petrópolis nadie vaciló en darle al Consejo poderes todavía más vastos, como el de convocatoria del Organo de Consulta para la aplicación del Tratado de Río, que implica, necesariamente, un juicio sobre si se ha configurado la agresión o el ataque armado o la amenaza para la paz, y, luego, la más grave responsabilidad de actuar provisionalmente como Organo de Consulta. Que obró bien lo dice la historia de los casos de aplicación del Tratado, en que no hubo lugar a la reunión del Organo de Consulta, porque el Consejo, actuando provisionalmente como tal, los solucionó con tino, eficacia, imparcialidad y a satisfacción de las partes en conflicto.

En la Carta no se le despojó de esas atribuciones. Al contrario: la Conferencia y la Reunión de Consulta pueden conferir cualesquiera que juzgue convenientes, además de las rutinarias y muy precisas que la Carta especifica. Pero no se las ha dado aún y mientras tanto su jurisdicción y competencia están en discusión y el Consejo comienza a trazar penosos círculos en el vacío, a explorar minuciosamente sus limitadas funciones, a enredarse en materias de procedimiento, cuando en todas partes, fuera de su recinto se discuten los problemas interamericanos que debieran ser su natural campo de actividad.

¿Y, cuál podría ser el temor de que ese órgano substancial de la Organización se ocupe de los problemas vitales de nuestra convivencia? ¿No están allí los Gobiernos representados directamente —y por cierto en forma notable—y no ha dado ese Consejo pruebas inequívocas de su capacidad para dilucidar y resolver los más graves asuntos que haya tenido la Organización en su existencia? El temor debería cargarse al otro lado. Al de tener que admitir que, en todas partes, menos en el Consejo de la Organización, se pueden tratar los temas en que la opinión pública americana y los gobiernos están interesados.

Esa crítica hecha por el Dr. Lleras no fue desechada en absoluto por los gobiernos representados en la Décima Conferencia; al contrario, se tomaron Resoluciones para cubrir las críticas y para remediarlas. Se tomó la Resolución XLVI para que el Consejo saliera de esa especie de inmovilidad, otorgándole un amplio campo de acción, para lo que le encomendó una serie de funciones, entre otras, ésta de estudiar proyectos que pueden ser discutidos en la Conferencia Interamericana. Dice la Resolución XLVI:

considerando: Que el Artículo 33 de la Carta de la Organización de los Estados Americanos dispone que la Conferencia Interamericana decide la acción y la política generales de la Organización y determina la estructura y las funciones de sus órganos, de acuerdo con lo dispuesto en la Carta y en otros tratados interamericanos;

Que el Artículo 50 de la Carta de la Organización de los Estados Americanos establece que el Consejo de la Organización conoce, dentro de los límites de dicha Carta y de los tratados y acuerdos interamericanos, de cualquier asunto que le encomienden la Conferencia Interamericana o la Reunión de Consulta de Ministros de Relaciones Exteriores;

Que, de acuerdo con el Artículo 51 de la Carta, el Consejo de la Organización es responsable del cumplimiento adecuado de las funciones señaladas a la Unión Panamericana;

RESUELVE:

1. Encomendar al Consejo de la Organización los siguientes asuntos:

a) Preparar, a petición de los gobiernos y asesorado por los órganos correspondientes del Consejo, proyectos de acuerdos con el fin de promover la cooperación interamericana;

b) Realizar estudios y preparar proyectos, cuando lo estime conveniente, sobre temas del Programa de la Conferencia Interamericana o de la Reunión de Consulta de Ministros de Relaciones Exteriores;

c) Someter recomendaciones a los gobiernos o a la Conferencia Interamericana sobre el funcionamiento de la Organización de los Estados Americanos; y

d) Decidir sobre las recomendaciones de los órganos del Consejo, cuando éstas afecten la realización del programa de trabajo, los servicios o el presupuesto de la Unión Panamericana.

Expresamente la Conferencia dio amplias facultades al Consejo para entrar en el campo de los asuntos que verdaderamente interesan a América; para realizar los estudios necesarios. Mi Gobierno estima que este es un asunto que debe estudiarse. Los demás Gobiernos tienen la más amplia facultad y el derecho más absoluto para considerar que es o que no es necesario estudiarlo, que no es oportuno o que no vale la pena. Yo respeto esa opinión, pero tengo el derecho, como Representante del Gobierno de Costa Rica, de pedir que se estudie este asunto que nosotros juzgamos de interés para América. No quiero que los argumentos que damos para sustentar nuestra tesis, así como los que den los señores Representantes para oponerse a ella, queden limitados al estrecho ámbito de una conversación amigable entre un grupo de Embajadores. Yo quiero, mi Delegación desea, que se debatan ampliamente, y que la opinión pública de los países —de aquellos países en que se puede expresar esa opinión pública— tome participación en este debate y haga saber a los Gobiernos cuál es la corriente que los mueve. Eso es todo lo que quiero expresar por ahora y que me he visto obligado a decirlo en vista de las manifestaciones del señor Embajador de Nicaragua. Quiero también repetir que he venido aquí con un criterio totalmente despojado de vanidad; que no pretendo ganar ningún debate, que no pretendo que todo el mundo acepte mi tesis; al contrario, no he creído por un momento que la mayoría podía pronunciarse favorablemente. No he pretendido tampoco que se abra un debate inmediatamente; mas ahora resulta que este acto que es de cortesía, como lo dije ayer—pues quería dar una oportunidad a los señores miembros del Consejo para que transmitieran el asunto a sus Gobiernos—se convierte en una imposición intolerable de mi parte, como si yo quisiera cerrar el debate, cuando casualmente lo que he querido es provocarlo, y gracias al señor Embajador de México se ha iniciado ese debate. No he pretendido ni un solo momento, como lo insinúa el señor Embajador de Nicaragua, que no se debata este asunto y que solo yo exponga mis ideas y nada más. Si eso hubiera sido lo que yo quería, entonces sí hubiera seguido la recomendación del Embajador Sevilla Sacasa y hubiera reunido en casa un pequeño grupo de Embajadores, hubiera expuesto mis ideas, hubiera escuchado las contrarias, y allí hubiera terminado el asunto.

El señor Embajador de Nicaragua: Señor Presidente, lamento que el Embajador Facio no se haya referido a las dudas que me han asaltado al analizar su extraordinario proyecto, dudas que me permití anunciar hace pocos momentos. Especialmente me refiero a la que concreté en estos términos: que tratándose de un país que prestigia a la ODECA, como es Costa Rica, podía muy bien su Cancillería haber conversado este importante asunto con las Cancillerías vecinas de la América Central. Nadie va a convencerme de que ha sido prudente el paso dado por un Estado centroamericano al proponer el desarme en la forma que lo ha hecho el Embajador Facio. Hay muchas expresiones geográficas en el mundo; los Continentes lo son, y así como dentro de la expresión geográfica de Amé rica está América Latina, dentro de América Latina está la expresión que constituye la América Central, que se ufana mostrando al mundo una Organización regional con su Carta constitutiva que lleva el nombre de la capital de El Salvador. No me van a convencer de que hubiera sido inútil conversar de este asunto en familia centroamericana, en el ámbito fraternal de la ODECA; no me van a convencer de que eso hubiera sido imprudencia. En cambio sostengo convencido que hubiera sido muy prudente hacerlo. Infortunadamente el Embajador Facio no estará con nosotros mucho tiempo más. Cuánto lo sentimos; mas también es vedad—al menos se dice—que el nuevo Gobierno no podrá contar con las brillantes luces del colega, y eso es de lamentarse. Los que nos creemos prudentes sostenemos que hubiera sido útil que la Cancillería proponente hubiera consultado este proyecto con el Presidente Electo de Costa Rica, quien ya es un funcionario de alta categoría, porque su pueblo le otorgó el derecho de ser su Gobernante. Lógicamente un Embajador, dentro de sus funciones y su capacidad puede hacer lo que a bien tenga, según las instrucciones que reciba, pero el Embajador Facio no podrá convencerme de que no hubiera sido atinado hacer lo que no se hizo. De manera que yo no le voy a decir al señor Embajador que él no puede hacer lo que quiera, hasta el término de su misión. Lo que yo le sostengo es que hubiera sido prudente que su Cancillería conversara al respecto con el futuro Gobernante de Costa Rica, quien puede bien no tener una opinión favorable al planteamiento de este proyecto. El podrá desarmar mañana su Patria, con la autoridad que tendrá, saltándose si se quiere el Pacto de Petrópolis, pero no podrá proponer a sus vecinos de América un desarme así no más. En cuanto al término conciliábulo declaro que realmente me sorprende que así se produzca un parlamentario como lo ha sido el Embajador Facio, quien no debe ignorar que conciliábulo es algo muy distinto de una reunión privada de amigos y compañeros. ¿Podríamos llamar conciliábulo, Embajador Facio, a las reuniones privadas de Gabinetes, que no se hacen a espaldas de la prensa, para que ésta no se entere, sino porque así deben hacerse? Cambiar impresiones de orden privado,  es práctica corriente en todas partes. Mal podríamos llamar conciliábulo a las reuniones privadas que celebra nuestra Comisión General en este cuarto vecino. Mal podríamos llamar conciliábulo a las reuniones que llevan a efecto los cuerpos directivos de nuestros Congresos, o a las que realiza este mismo Consejo, de acuerdo con nuestro Reglamento, que el Embajador Facio conoce. No, señores. Una reunión de ese género, en cualquiera de nuestras casas, no podría llamarse ni remotamente conciliábulo. Se le llama reunión de Embajadores, que además somos amigos y compañeros. Yo así conjugo el compañerismo. Me gusta conjugarlo en esta forma, fuera de conciliábulos. Conciliábulo es otra cosa, en todos los léxicos del*

mundo. En el léxico panamericano, señor Embajador, en el léxico del Consejo que usted lo conoce muy bien, una reunión en vuestra honorable casa o en la mía, no hubiera sido jamás un conciliábulo, hubiera sido una reunión de colegas, caballerosa y fraternal, con el único propósito de cambiar impresiones sobre lo que usted se proponía. Declaro que yo hubiera procedido así. Y no peco al sostener que todos nuestros colegas hubieran deseado asistir a esa reunión. Claro está que sí. Termino como principié, señor Presidente, lamentando que el Embajador Facio no lo haya inspirado esta vez su reconocido centroamericanismo; porque estoy hablando aquí en voz alta, como para que me escuchen también los ilustrados Cancilleres de la América Central. El de mi país concurriría gustoso a una cita de ese carácter, animado del propósito de hacer algo constructivo, algo práctico y posible que reafirme la cordialidad centroamericana y que no esté reñido con los compromisos contraídos. Reitero que este asunto no ha sido planteado en forma prudente y que mucho me hubiera complacido esa reunión privada que infortunadamente no se celebró. Esperemos el mes de junio, y ojalá que el sucesor del Embajador Facio, con las mismas capacidades y bríos de él, pueda defender con éxito el. proyecto costarricense sobre el desarme de América Latina.

El señor Embajador de México: Señor Presidente, como el señor Embajador de Costa Rica refutó varios argumentos aducidos por la Delegación de México en la sesión anterior, voy a tratar de ser muy breve a pesar de que me tengo que referir, eso sí extensamente, a este problema de la competencia del Consejo que se esgrime a veces con demasiada facilidad. Señor Presidente, yo admiro el sentido realista del Embajador Facio. Nos dijo ayer: la realidad es ésta, existe sólo un país capaz de defendernos; para ese país es un “sacrificio”, pero es así... Señor Presidente, si aplicáramos, con ese sentido realista que no me atrevería a calificar de cínico ese criterio, podría suceder lo siguiente: Centroamérica es un grupo sui géneris desde el punto de vista de las relaciones internacionales, puesto que ha formado una asociación que es la ODECA. Muy bien; entonces allí podrían decir los centroamericanos: aquí, vamos a desarmarnos, vamos a limitar nuestros armamentos, vamos a reducir nuestros gastos militares, pero, vamos a delegar a uno de nosotros, el más grande —en este caso sería Guatemala— la función de defendernos. Si lo aplicáramos a la Europa Occidental, podríamos decir: como Inglaterra es la única que tiene la bomba atómica y la bomba de hidrógeno, entonces, ustedes Francia y Bélgica y Luxemburgo, Holanda, Italia y Alemania Occidental, no se preocupen; mejor dedíquense a construir carreteras y puentes, porque el sentido realista, aplicado en este caso, aconsejaría que fuese Inglaterra sola la que asumiera esa. carga. No nos preocupemos porque la realidad es así, uno tiene la bomba atómica y los demás no la tienen. Ahora, si pasáramos al mundo árabe, entonces los árabes, recogiendo el realismo del Embajador Facio dirían: ¿para qué estamos gastando en ejércitos Jordania, Yemen y Arabia Saudita? Vamos a dejar que Egipto que es el más fuerte pueda seguir armándose como él lo quiera, pero nosotros, amantes del desarme, vamos a autolimitar nuestra soberanía para dejarle al más fuerte el “sacrificio” de defendernos. Luego, en el mundo comunista esa tesis si sería mucho más fácil de aceptar. En el mundo comunista a todos los países del bloque soviético se les diría: ustedes no tienen “sputniks”, ustedes no tienen bomba hidrogena, vamos a ser realistas, aquí el único que los puede defender es el Gobierno de Moscú. Allí se presentaría una dificultad, porque hay otro país comunista que está tomando una fuerza creciente y que es China; pero en fin, si aplicáramos ese sistema realista a todas las regiones o subregiones del mundo, acabaríamos por establecer dos clases de Estados: los Estadospolicías y los Estados-protegidos. Señor Presidente, del proteccionismo al colonialismo no hay más que un paso; se puede considerar que es el mismo fenómeno con distinta máscara. Nosotros hemos luchado—y debo confesar que yo he dedicado veinticinco años de mi vida a hacerlo, en la cátedra, en el libro, en la diplomacia, en la OEA, en las Conferencias Interamericanas, desde la de Chapultepec y la de Bogotá― precisamente para acabar con esa filosofía que será todo lo realista que se quiera pero que va contra la dignidad misma de nuestros países. Por eso logramos en Bogotá hacer de los problemas americanos problemas de todos, y por eso aprobamos en Bogotá una Carta que descansa fundamentalmente en esa igualdad jurídica que ayer el Embajador Facio decía que no existe. Lo tengo aquí anotado y por cierto que me llamó la atención y pensé que quizás lo que quiso decir el Embajador Facio es que existe esa igualdad jurídica en los tratados pero no en la realidad.

El señor Embajador de Costa Rica: Por favor, señor Embajador. ¿Cómo voy a desconocer el principio de la igualdad jurídica? Jamás lo pondría en duda, pero usted mejor que nadie sabe que una cosa es la igualdad jurídica y otra cosa es la igualdad militar, la igualdad económica y de otras clases. Así como la igualdad jurídica en los hombres implica, desde luego, una desigualdad de posiciones que su inteligencia o sus recursos le dan. Nunca he hablado en el sentido indicado por el Embajador de México y si se interpretaron mis palabras en esa forma me retracto, fue un lapsus-linguæ. Yo creo simplemente en la igualdad jurídica y la considero la piedra angular del derecho internacional.

El señor Embajador de México: Muchas gracias, señor Embajador. Habiendo acuerdo sobre esto que es indiscutible—y es la base de la Carta de la OEA esa igualdad jurídica—voy a leer el artículo que implica igualdad de derechos y de obligaciones para todos los

miembros de la comunidad. También oí, pero quizás oí mal, este concepto: “el concepto de soberanía viene a ser trasnochado”. Yo no tengo la culpa, señor Embajador, de escuchar con mucho cuidado lo que mis colegas dicen...

El señor Embajador de Costa Rica: Lo que dije, señor Embajador, es que un concepto absoluto de la soberanía que rechazara cualquier limitación o compromiso, es trasnochado; tan trasnochado que hoy día nadie lo sostiene, puesto que la existencia misma de esta Organización y la existencia misma de las Naciones Unidas implica una serie de limitaciones a la facultad que antes tenían los Gobiernos de decidir lo que tuvieran a bien en materia internacional. Y entre más relaciones internacionales existan y entre más evolucione el derecho internacional, más se limita la soberanía por propia decisión de los países signatarios de los acuerdos correspondientes.

El señor Embajador de México: Muchas gracias, señor Embajador, es una teoría muy respetable y que además está en el ambiente y ha sido recogida por juristas tan notables como por ejemplo Jessup en su “Modern Law of Nations”, pero, estamos viviendo nosotros dentro del concepto tradicional de soberanía, y ése es el que recoge la Carta de la OEA, y no el que yo me atreví a llamar el concepto revolucionario de soberanía. Sea dicho de paso, y yo no desecho esa idea, que algún día los países pueden llegar a un grado de civilización que per mita delegar, dentro de su soberanía, algunas de sus facultades soberanas para conseguir objetivos comunes que beneficien a todos ellos, pero siempre que les den iguales derechos a todos, sin ninguna discriminación, porque si no esa modificación de soberanía iría contra el concepto de la igualdad jurídica, y asimismo, de la justicia, a secas. El señor Embajador Facio dice que él nada más ha solicitado que se haga un estudio. Señor Presidente, si el señor Embajador Facio hubiera dicho: aquí hay un problema que interesa mucho a Costa Rica, que es la grave carga de los presupuestos militares en todos nuestros países, no voy a someter ningún plan pero quisiera sugerir que ese problema se estudie. Eso sí tendría el aspecto de simple, inofensiva y constructiva iniciativa, y entonces seguramente habríamos sugerido que se considerara el asunto en una Reunión de Consulta o en una Conferencia Interamericana; pero no es éste el caso. Ahora, señor Presidente, voy a referirme a la competencia del Consejo. Se ha dicho aquí que la resolución XLVI ha ampliado las facultades del Consejo. Yo voy a preguntar ¿en qué sentido? Esa Resolución consigna en sus considerandos que el Artículo 5o. de la Carta de la Organización de los Estados Americanos establece que "... el Consejo reconoce, dentro de los límites de dicha Carta... " Voy a precisar cuáles son esos límites dentro de la Carta, límites que nadie puede ignorar sin una enmienda a la Carta de la Organización, ni siquiera la Conferencia Interamericana, porque ni los Gobiernos, legalmente, pueden ir más allá de su Constitución; y esta es la Constitución nuestra. Nadie—y se dice en el considerando de la Resolución XLVI y por eso México pidió en Caracas que se incluyera esa referencia— puede obrar sino dentro de los límites de la Carta. Y ¿qué es lo que encomienda esta resolución?

1. Encomendar al Consejo de la Organización los siguientes asuntos:
a) Preparar, a petición de los gobiernos...

No equivale eso a la petición de un gobierno, sino a petición de la mayoría de los gobiernos,

... y asesorado por los órganos correspondientes del Consejo, proyectos de acuerdos...

Yo no he visto un proyecto de acuerdo,

... con el fin de promover la cooperación interamericana.

En este caso no sería la cooperación interamericana, sino cooperación latinoamericana. Y luego„ si analiza uno la proposición de Costa Rica parecería que se trata de una cooperación de tipo económico, porque los considerandos dan la impresión—cuatro de ellos—de que se trata de hacer algo inspirándose en motivos económicos, o sea, vamos a desarmarnos para tener más dinero. Es un problema económico. Mencionan los considerandos elementos de cooperación económica interamericana. Además, esta letra a) del Artículo 1 de la Resolución XLVI tantas veces citada no sería aplicable a este caso. Tendríamos que crear otra organización de Estados latinoamericanos para entonces lograr esos fines, y creo que nadie está pensando en que eso fuese siquiera conveniente para los intereses de América, puesto que toda la filosofía del panamericanismo descansa en el concepto continental bolivariano de una América. El b) de esa Resolución XLVI, dice:

b) Realizar estudios y preparar proyectos...

Aquí parecería que como se ha dicho “estudios”, éste es un estudio. Ya he dicho que no es un estudio sino que es una proposición concreta, con un mecanismo muy concreto—un proyecto de Resolución no para estudiar, sino para proponer un mecanismo para que éste se estudie. Eso es muy distinto. Sigue la letra b):

... cuando lo estime conveniente...

Lo estime conveniente ¿quién? El Consejo, o sea siempre una mayoría,

... sobre temas del Programa de la Conferencia Interamericana...

No veo por ningún lado esa sugestión de Costa Rica para que figure en el Programa de la Conferencia Interamericana. Si Costa Rica lo propone, entonces nuestros Gobiernos opinarán primero sobre la conveniencia o la inconveniencia de incluir el tema, y segundo, si la mayoría dice que sí, se encomendaría al Consejo que haga estudios, que es lo único que dice esta Resolución XLVI —en donde no se han ampliado ningunas facultades del Consejo. Luego,

... o de la Reunión de Consulta de Ministros de Relaciones Exteriores;...

Tampoco he visto en ninguna parte de la Resolución de Costa Rica una sugerencia para que esto pase a una Reunión de Consulta de Ministros de Relaciones Exteriores. Ahora, señor Presidente, quiero terminar con esto: aquí está lo que la Carta establece; éstos son los límites de la Carta. Creo que en ese sentido ya no se trata aquí de una interpretación de la soberanía dentro de una Academia de Derecho, sino de la interpretación de soberanía que nuestros Gobiernos, en nombre de sus pueblos, han consignado en un instrumento tan solemne como es la Carta de Bogotá. En su Artículo 6 la Carta de Bogotá dice:

Los Estados son jurídicamente iguales, disfrutan de iguales derechos e igual capacidad para ejercerlos,...

Si alguno de nosotros tiene el derecho de armarse a su antojo, todos los demás tienen el mismo derecho. Si se nos priva de ese derecho, habría una discriminación, no un sacrificio—una discriminación en favor de uno y en contra de otros.

... y tienen iguales deberes...

No sólo tienen iguales derechos sino iguales deberes. Si nuestro deber—de aceptarse esta Resolución—fuese, dentro de la OEA, limitar nuestros armamentos, ese deber tendría que aplicarse por igual a todos los países miembros de la OEA. Y continúa el Artículo 6:

... Los derechos de cada uno no dependen del poder, de que disponga para asegurar su ejercicio...

Es decir, no importan las razones realistas, las razones materiales que se nos han invocado aquí. Los deberes de cada uno no dependen del poder de que disponga ese Estado, cualquier Estado, para asegurar su ejercicio, que es exactamente la materia que estamos discutiendo aquí. La Carta no es una Carta realista, es una Carta jurídica y ésa es la que hemos firmado. Y es un corolario del principio de igualdad jurídica:

... sino del simple hecho de su existencia como persona de derecho internacional.

El Artículo 8 dice:

Los derechos fundamentales de los Estados no son susceptibles de menoscabo en forma alguna.

Artículo. 14:

El respeto y la fiel observancia de los tratados constituyen normas para el desarrollo de las relaciones pacíficas entre los Estados...

Aquí está la obligación de respetar la fiel observancia de los tratados, y por lo que se dijo ayer, se ve que por lo menos se debilitaría evidente y lógicamente nuestra implementación de esos tratados, específicamente del Tratado de Río. Luego el Artículo 15 que es un orgullo para la OEA dice:

Ningún Estado o grupo de Estados tiene derecho de intervenir, directa o indirectamente, y sea cual fuere el motivo en los asuntos internos o externos de cualquier otro...

¡Vaya que el asunto del grado de preparación militar que corresponde a cada Estado es un asunto importante! ¡Es atributo de su soberanía! Dice este Artículo:

... El principio anterior excluye no solamente la fuerza armada, sino también cualquier otra forma de ingerencia o de tendencia atentatoria de la personalidad del Estado, de los elementos políticos...

Este es uno de ellos,

... económicos y culturales que lo constituyen.

México, señor Presidente, no hace cuestión de la competencia o de la incompetencia del Consejo. México se opondría a esta discriminatoria Resolución en favor de un desarme o de una limitación de armamento, tuviese o no tuviese competencia el Consejo, pero reconoce que las dudas sobre la competencia que se han mencionado aquí no dejan de tener mucho valor y mucha fuerza. Señor Presidente, yo creo —y lo quiero decir porque sabe mi colega de Costa Rica todo lo que yo respeto y quiero, a su patria y a su pueblo, y todo lo que yo admiro la calidad moral profunda y esencialmente democrática de la República de Costa Rica, que como ha dicho muy bien el Delegado de Honduras es una pequeña gran República— que el debate de ayer y de hoy han dejado muy claro el reconocimiento del generoso propósito que inspiró a esa hermana y querida República de Costa Rica a traer este importante asunto a la mesa del Consejo; eso, señor Presidente, nunca se lo reprochará mi Delegación. Cuando un país convencido de la fuerza moral de su posición trae un problema de esa trascendencia al Consejo, ese país merece, en cuanto a su propósito, el reconocimiento de todos, y yo soy el primero en admitirlo. Pero, señor Presidente, México abrió la puerta ayer a este debate, y ha servido mucho, para que no fuera a entenderse que aquí estamos divididos en grupos en favor de la paz y del desarme, y en grupos en favor del armamentismo y de la guerra. No, señor Presidente, lo único que se reprocha a esta proposición —y debe ser motivo de orgullo para Costa Rica—es que no va bastante lejos; que reduce su aplicación a un grupo limitado de países. Ese hecho, señor Presidente, ya justificaría la insistencia de la Delegación de México en que ese proyecto de Resolución no fuese simplemente transmitido a nuestras Cancillerías para recibir instrucciones, como si fuese un proyecto inocuo, sino que desde un principio, desde que el Embajador Facio abrió el debate, se nos diera una oportunidad —como la hemos tenido, y estamos agradecidos a la Presidencia por ello— de manifestar, sin entrar al análisis parte por parte de este documento —porque no lo hemos hecho todavía, y espero que no habrá necesidad de hacerlo— ante la opinión pública de nuestros pueblos que están siguiendo este asunto con mucha atención, el parecer de sus representantes en esta etapa, sobre siquiera aspectos generales. Señor Presidente, cuando se trata de principios generales yo creo que puede uno expresarse sin necesidad de instrucciones, por lo menos así lo practica mi Delegación. Si fuéramos a tratar ya el proyecto en sí, las disposiciones, el texto de la Resolución, entonces tendríamos que transmitirla a nuestros respectivos Gobiernos para recibir instrucciones. Si la Delegación de Costa Rica, en atención a lo que ha escuchado aquí, insiste ahora en la no-discusión del proyecto, nos reservamos el derecho de reconsiderar la forma de abordar este problema que es de interés hoy, que lo será mañana y lo seguirá siendo siempre.

El señor Embajador de Cuba: Señor Presidente, no tengo aún instrucciones de mi Gobierno sobre el proyecto del señor Embajador de Costa Rica, cuyo noble propósito reconozco, y por ello no puedo hacer conocer a este Consejo su opinión. Sin embargo, desde un punto de vista puramente personal, creo que el examen del proyecto demuestra que las facultades para investigar sobre armamentos que se le dan a la Comisión que se establecería por la Resolución propuesta, infringe el principio de no intervención en los asuntos internos de los países americanos, sustentado en los tratados interamericanos en vigor y en la propia Carta de la Organización. Creo que un desarme parcial de los países de América podría poner en peligro la independencia de esos países, y más aún, la defensa del Hemisferio; además estimo que el Consejo no tiene competencia para tratar asuntos de tanta trascendencia e implicaciones, en sus sesiones ordinarias ni extraordinarias. Cuando más, en una Reunión de Consulta de Cancilleres, y preferiblemente en la XI Conferencia Interamericana.

El señor Embajador de Haití: Monsieur le Président, le débat actuel est sans doute extrêmement intéressant, mais sa portée pratique m’échappe entièrement, car j’ai l’impression que la majorité des collègues expriment simplement un point de vue purement personnel. Cependant, le problème du désarmement, quoique intéressant tous les hommes de bonne volonté amis de la paix, est d’abord un problème d’ordre essentiellement gouvernemental. Le république d’Haiti, pour une population de près de quatre millions d’habitants est le pays le moins armé de cet hémisphère. En fait, nous n’avons qu’une petite formation militaire strictement nécessaire au maintien de l’ordre intérieur et pour la défense des institutions nationales. Je crois que c’est également la situation de plusieurs pays de ce continent. Donc, à ce niveau, je ne puis pour ma part, et cela faute d’instructions formelles de mon gouvernement, qu’être sympathique au projet de résolution patronné par la Republique de Costa-Rica. Dans ces conditions, mes collègues comprendront qu’à mon point de vue il conviendrait d’abord de soumettre l’examen du projet à une commission spéciale qui nous ferait rapport dans le plus bref délai possible. Entre temps, les chancelleries respectives avant étudié la proposition de l’Ambassadeur Facio, pourraient faire connaître leur point de vue officiel, et de la somme des informations recueillies il serait facile à notre organisation de fixer la tendance majeure qui prévaut au sein des Etats souverains de cet hémisphère. Le point de vue qui se dégagerait ainsi de cet ensemble de prises de position pourrait peut-être, le cas échéant, être communiqué à l’organisme correspondant des Nations Unies à toutes fins utiles. Merci, monsieur le Président.

El señor Embajador del Ecuador: Señor Presidente, la Delegación del Ecuador reserva su derecho a formular oportunamente su opinión sobre el importantísimo proyecto sometido por el señor Embajador de Costa Rica ante el Consejo de la Organización, una vez que disponga de instrucciones suficientes de su Gobierno y pueda reanudarse el interesantísimo debate que ha venido desarrollándose en el seno de este alto Organismo. Nada más, señor Presidente.

El señor Representante Interino de El Salvador: Señor Presidente, he solicitado la palabra para exponer únicamente en la forma más breve posible que mi Delegación apoya la proposición hecha por usted el día de ayer en el sentido de que las Delegaciones mismas envíen este proyecto a sus respectivas Cancillerías y que, una vez que sea conocida la reacción de ellas, se determine una sesión posterior en la que habrá de considerarse nuevamente este importante asunto. Creo, señor Presidente —y estimo que estoy en lo cierto— que esta proposición fue aprobada al menos tácitamente el día de ayer, por cuanto que cuando usted la hizo no hubo ninguna objeción de ninguno de los miembros de este Consejo; sin embargo, he querido dejar constancia del acuerdo de mi Delegación, y además, de mi opinión en el sentido de que este plazo por concederse a las Cancillerías debe ser lo más amplio posible, a fin de que se haga un detenido y cuidadoso estudio de esta importante cuestión. En segundo lugar, señor Presidente, solicité la palabra para cumplir con un acto de justicia. El día de ayer, como ustedes recordarán, me permití hacer una proposición en el sentido de que la Secretaría hiciera todos los esfuerzos posibles para que este día nos fuera entregada el acta provisional de la sesión celebrada el día de ayer. He comprobado esta mañana, con la mayor satisfacción, que en nuestras, carpetas apareció un documento que contiene las exposiciones hechas en la sesión de ayer. Creo que interpreto el sentir de todos los Delegados —por ser yo quien hizo la proposición—al expresar al personal de la Secretaría nuestra más viva complacencia, así como nuestro agradecimiento más sincero por el excelente trabajo que ha desarrollado. Muchas gracias.

El señor Presidente: Señores Representantes, el debate está prácticamente agotado, y la Presidencia, según lo expresó el día de ayer, estima que por la naturaleza e importancia del asunto y por la forma en que fue presentado por la ilustrada Delegación de Costa Rica, conviene que aquellas Delegaciones que lo crean necesario, o que no lo hubieren hecho hasta el momento, transmitan el proyecto a sus Cancillerías. Como el propio autor del proyecto expresó su deseo de que el debate sobre el fondo del asunto se produzca más adelante, sería necesario tener en la Presidencia el resultado de las reacciones de las respectivas Cancillerías para fijar la fecha en que habrá de presentarse nuevamente el proyecto. Mientras no haya reacción de las Cancillerías, o no haya respuestas, la Presidencia se considerará impedida para fijar la fecha en que habrá de tratarse este asunto.

El señor Embajador de México: Señor Presidente, sólo para un esclarecimiento. Si entendí bien a la Presidencia, se decidió, primero, que todos los representantes que quieran hacerlo remitan el proyecto a sus Gobiernos —cosa perfectamente lógica, sobre todo tratándose de un asunto de tanta importancia y que ha suscitado tanto interés— y en segundo lugar, si entendí bien, se habló de que cuando la Presidencia tuviese las reacciones de las Cancillerías se fijará la fecha de la próxima reunión.

El señor Presidente: Sí, señor Embajador, a través de los señores Delegados. Los señores Delegados se servirán manifestarle a la Presidencia si han tenido o nó instrucciones al respecto.

El señor Embajador de México: Muy bien, señor Presidente, muchas gracias.

El señor Presidente: Señores Delegados, como Representante de la República Argentina quiero expresar en el seno del Consejo que el proyecto presentado por la Delegación de Costa Rica ha sido recibido con vivo interés, y ha sido transmitido al Gobierno que represento, y que, hasta este momento no tengo instrucciones para expedirme sobre el fondo del mismo.

(Se pasa a otro punto de la orden del día).