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Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

Este Sitio es un proyecto personal y no recibe ni ha recibido financiamiento público o privado.

 

 
 
 
 


1953 El occidente y la conciencia de México (Fragmento). Leopoldo Zea.

1953

 

... hasta la comparativamente débil civilización nativa de México ha comenzado a reaccionar. La revolución por la que atraviesa México desde 1910 puede interpretarse como el primer movimiento para sacudir los avios de civilización occidental que le impusimos en el siglo XVI; y lo que ocurre hoy en México puede suceder mañana en Los asientos de la civilización nativa sudamericana: el Perú, Bolivia, Ecuador, Colombia.

ARNOLD J. TOYNBEE
La civilización puesta a prueba

Desde 1910 el pueblo mexicano ha estado desempeñando una función sobresaliente en la vida pública de nuestra civilización occidental.

La revolución agraria en México desde 1910, me interesa particularmente porque pienso que en este aspecto, el pueblo mexicano ha sido un precursor. Lo que ha sido ya realizado en México en este campo, puede quizás, ocurrir en otros países latinoamericanos, y tal vez también en Asia o en África. La revolución agraria mexicana antes de ser, de una gran importancia en sí misma, me parece que constituye un evento histórico. Veo en ella, el principio de un movimiento de alcance mundial.

ARNOLD J. TOYNBEE

Carta…

III. RESPUESTA DE LA REVOLUCIÓN

11. Vuelta a los orígenes

La Revolución Mexicana de 1910 plantea, de golpe, los problemas con que México se había venido debatiendo en toda su historia, a pesar de todos los ocultamientos: el problema de la pertenencia de la tierra. Este problema lo había planteado la Conquista y había venido siendo escamoteado en las sucesivas revoluciones de Independencia y Reforma. Ahora, al agudizarse el problema con la actitud del régimen porfirista, los ancestrales dueños de esas tierras, los indios, se lanzaban al campo y exigían al grito de "Libertad y Tierras" los derechos que se les habían negado. Por vez primera esa fuerza reprimida y sorda de los inconquistados indígenas se dejó sentir con una violencia jamás imaginada. A su lado, como en otras ocasiones, volvieron a surgir otros intereses que en nombre del lema "Sufragio Efectivo. No Reelección" parecían sólo preocupados por cambios políticos y no sociales, como simple demanda de oportunidades para obtener el poder; pero estos intereses, a pesar de chocar con los primeros, tendrán que subordinarse a lo que era una autentica revolución.

De todos los lugares de la tierra mexicana brotarían los oscuros dueños de ella reclamándola en todos los tonos. Todos los desposeídos, que ahora formaban la totalidad de la masa que había cargado con todos los sacrificios de las diversas luchas libertarias, se lanzaban al campo de lucha. La mismo los peones de las viejas haciendas de españoles y criollos, que los de los latifundios de mestizos y extranjeros. Lo mismo los miembros de las disueltas comunidades agrarias que los miembros de los grupos indígenas que se habían alejado hasta las tierras más miserables e inhospitalarias. Lo mismo mansos peones que altivos e indomables miembros de comunidades indígenas como la de los yaquis en Sonora. Lo mismo, en el Norte que en el Sur; en el Este como en el Oeste del país. En todas las zonas, en todos los campos y ciudades, la hasta ayer pacífica República se estremeció al paso de estos hombres que brotaban de todas partes. Por vez primera México entero parecía unificado por una ola de violencia como expresión de un sordo descontento.

Múltiples libertades se hicieron patentes y, con ellas, las voluntades de hombres a quienes, hasta ayer, se les había venido negando tal calidad. Estas voluntades, sin banderas, sin planes a largo plazo, empezaron a exigir soluciones concretas a problemas no menos concretos como los que la falta de esa tierra reclamada representaban: el pan, un mínimo de seguridad vital inmediata. Frente a estas concretas exigencias se desbarataban todas las teorías y doctrinas importadas, todos los modelos de soluciones sociales aprendidos en libros o vistos en tierras extrañas. Las soluciones a los problemas que la realidad mexicana hacia patente con toda su violencia, no podría obtenerse sino de la realidad misma. Soluciones alcanzadas sobre la marcha, mediante torpes pero cada vez más seguros ensayos. Por vez primera el mundo occidental y su cultura fue puesto entre paréntesis. Los campesinos que a caballo y pie surcaban la República de un lado a otro, nada sabían de las últimas doctrinas sociales y políticas de Occidente. De éste sólo tenían la acartonada imagen que les había dejado el régimen de Porfirio Díaz.

De la civilización y del progreso no conocían otra cosa que el despojo de que habían sido objeto para realizarlos. Muchos de los hombres que ahora estaban en armas jamás habían oído siquiera estas palabras. No sabían sino lo que sus padres y los padres de sus padres les habían enseñado en una cadena que se remontaba hasta un pasado que iba más allá de la época en que unos hombres blancos les habían arrancado sus tierras, les habían humillado y sometido; pero no habían podido borrar de sus mentes los viejos ritos y el sentido de una vida en la que lo traído por estos blancos era sólo superficial. Ahora estos hombres entraban en las ciudades tropezando con expresiones de una civilización que les era desconocida o superficial. Era, ahora su mente, y su conciencia, la que se asentaba sobre este mundo ajeno y le imponía sus propios puntos de vista. Los papeles se cambiaban: la conciencia de hombres marginales, de hombres que habían permanecido al margen de las imposiciones occidentales, se proyectaba sobre el mundo que se le había querido imponer adaptándolo a sus necesidades.

El mundo indígena, hasta ayer ahogado bajo los intereses de otras clases que se habían venido justificando con doctrinas importadas, se imponía a su vez y justificaba intereses, no sólo indígenas, sino de todo hombre explotado independientemente de su situación racial. Este mundo y sus hombres se convirtieron en símbolos de lo popular, del pueblo. Y siendo de lo popular lo fueron también de la Nación. De una nación que no quería ya parecerse a ninguna otra extraña, por poderosa que ésta fuera; sino que veía en sí misma los elementos de su constitución. Lo indígena matizó todas las expresiones culturales, sociales, políticas y económicas del país. Representó a la nación misma; su historia, esa historia no reconocida hasta ayer, se convirtió en la raíz y base de la misma. El color oscuro de estos hombres se convirtió en el color preferido de los artistas que lo utilizaron para expresar lo que consideramos como más propio de México. La sufrida y estoica figura del indio se alzó vigorosa en todos los murales de los grandes pintores de la Revolución, tan vigorosamente como se había alzado en los campos de batalla para luchar por lo que ancestralmente le pertenecía. Su silencio y laconismo se hizo también patente en la obra de la nueva novelística mexicana; pero con un silencio y laconismo que al mismo tiempo que protesta era fórmula de expresión del hombre propio de México. Los poetas, aun los más esotéricos, dejaron sentir, dentro de este esoterismo, el alma que animaba a estos hombres que simbolizaban ahora la mexicanidad. Al lado de pintores, novelistas y poetas aparecerían pronto los filósofos que verían en el indígena el más poderoso elemento de nuestra nacionalidad. El indígena simbolizaría ahora ese elemento cuya resistencia a toda imposición extraña había permitido la creación de un autentico espíritu nacional. (1)

EI indio representó así el espíritu propio de nuestra llamada Revolución Mexicana. Fue su más poderoso impulsor y exponente y arrastró en su violenta sacudida a todos los grupos, que, junto con él representaban las fuerzas vivas de la nación. AI teñir con su color la nueva etapa de nuestra historia puso, de hecho, fin a esa separación discriminatoria que la Conquista y la Colonia habían establecido y que no habían podido borrar las distintas revoluciones. EI indio dejó de ser indio, como expresión denigratoria, para convertirse sin más, en pueblo. Ya no más encomendado, como estableció la Colonia; ya no más traba del progreso, como lo vio el Porfirismo. Esto es, ya no un pueblo dentro de otro pueblo, sino simplemente el pueblo. Por supuesto, pueblo con sus miserias y desigualdades económicas; pero de cualquier manera pueblo y no un objeto o cosa con el cual no se sabe qué hacer. Pueblo con miserias pero ya consciente de que éstas le vienen por otras razones en las que lo racial ya nada tiene que ver. Pueblo como base y origen de una nación dentro de la cual en vez de significar una afrenta es ya motivo de natural orgullo. Las diferencias, dije antes, son ahora más de carácter económico que racial.

12. El espíritu del mestizaje

Sin embargo, todo lo anterior no quiere decir, y es menester volver a insistir, que esta nueva etapa de nuestra historia sea propiamente indígena, aunque sea el indio el que le ha dado ya su color natural. No, en esta nueva etapa de nuestra historia ha sido también el mestizo el que le ha dado su sentido e, inclusive, esa interpretación indigenista. EI malestar sordo y violento que dio origen a la Revolución como expresión de la injusta situación social en que se había venido manteniendo al campesino se transformó, sobre la marcha, en un movimiento con una determinada orientación. La orientación propia del mestizo, esa misma que había fracasado en su primer intento, en el que hemos visto expresarse a través de la llamada, por Justo Sierra, Burguesía Mexicana. Este primer intento fracasó porque lejos de ser una burguesía mexicana, no era otra cosa que un grupo servidor de los intereses de una clase extranjera y por extranjera ajena a los intereses de lo que debería ser, auténticamente, una burguesía mexicana. EI grupo que intentó establecer esta nueva clase no hizo sino cambiar una servidumbre por otra; la de la impuesta por el imperialismo mental español, por la impuesta por el imperialismo económico de la gran burguesía occidental. Se pasó de un coloniaje a otro.

Con la revolución se establecen las bases para realizar los fracasados ideales de la burguesía porfirista. Estas bases las ofrecerá, una vez más, el espíritu mestizo. EI movimiento revolucionario se orienta hacia el nacionalismo y hacia la constitución de una autentica burguesía nacional. Esto es, hacia la constitución de una clase que, aun sirviendo a sus propios intereses, unificase al país social, política y económicamente. Una clase que absorbiese las dispersas fuerzas de la nación y les diese integración. Esta clase tendría que buscar en su propia realidad los elementos de su constitución y la solución de sus problemas, si no quería seguir siendo un apéndice de intereses extraños. La reorganización de la nación tenía que realizarse por otras vías que las de la imitación servil de clases que le eran extrañas por la diversidad de sus situaciones.

Dentro de esta realidad estaban las fuerzas indígenas a las cuales no se podía seguir ignorando o discriminando. Una economía nacional, para ser tal, tendría que apoyarse en estas fuerzas orientándolas. Los problemas que planteaban estas fuerzas tenían que ser resueltos dentro de un programa de integración nacional. De la capacidad de estas fuerzas para la producción y el consumo tendría que depender el éxito de la creación de una autentica burguesía mexicana. La industrialización del país, sobre bases nacionales, dependería de la capacidad de estas grandes masas, hasta ayer segregadas de la nación, para adquirir y consumir los productos de la misma. No se trató ya, como con el Porfirismo, de constituir una burguesía semejante a la occidental, aunque fuese con el carácter de servidora, sino de constituir una burguesía de acuerdo con los elementos que proporcionase la propia realidad mexicana. Esta nueva burguesía tenía que ser lo suficientemente fuerte para servir sus propios intereses, pero sin caer en nuevas servidumbres extranjeras.

La propiedad de la tierra representó uno de los problemas de más urgente solución. La economía de un país, esencialmente rural como el nuestro, dependía de esta propiedad, de las manos que la trabajasen y explotasen. Los grandes acaparamientos de tierra no habían servido para otra cosa, que para sostener a los miembros de esa raquítica, burguesía a que dio origen el Porfirismo y para acrecentar las ganancias de los lejanos accionistas de las compañías extranjeras que las tenían. Era menester devolver las tierras a sus antiguos dueños o entregarlas a quienes las trabajasen directamente. Establecer nuevas comunidades agrarias o pequeñas propiedades según las circunstancias. Los miembros de estas comunidades y propiedades serían, con el futuro, los sostenes de la economía a que tendría que dar una industrialización como la proyectada por la nueva burguesía mexicana. Sólo sobre esta base se podría alcanzar una relativa independencia frente a los intereses de la gran burguesía occidental. De ella se podría ser eficaz colaboradora, pero ya no su simple servidora o amanuense. La nueva burguesía, si quería ser independiente, tendría que bastarse a sí misma, esto es, encontrar dentro del ámbito de su circunstancia los elementos que le permitiesen, no sólo producir, sino consumir. En el campo estaban esos elementos. Para reforzarlos o formarlos inicio una nueva repartición de la tierra deshaciendo el status que había sido establecido desde la Colonia.

Ahora bien, este reparto, como es de suponerse, no ha sido realizado de acuerdo con los simples intereses de los campesinos, sino de acuerdo con los intereses de la clase que nuevamente ha tornado la dirección de la nación. Intereses que las mismas circunstancias han convertido en nacionales. Esto es, intereses en los cuales se juega, no sólo el porvenir de la nueva burguesía, sino también el de la clase campesina y obrera de México. De aquí que la reorganización de la propiedad de la tierra se haya realizado de acuerdo con diferentes criterios, según las necesidades e intereses de la clase dirigente. Estos criterios han dado lugar a grandes repartos, como los realizados durante el régimen cardenista, o a su freno en tiempos recientes. Se han estimulado o frenado diversas formas de propiedad dentro de las que no ha faltado tampoco la formación de nuevos latifundios. La nueva burguesía mexicana ha venido oscilando dentro de un juego de intereses dentro de los cuales es sólo una parte, aunque sea la más importante. Oscilando entre formas económicas propias de grandes países industrializados o de países propiamente rurales. Acrecentando la producción industrial a costa de los intereses de los económicamente pobres grupos de trabajadoras del campo o del proletariado de estas industrias, para mantener su independencia frente a los intereses de la gran burguesía occidental.

Para esta difícil tarea, propia sólo de países coloniales como el nuestro que tratan de alcanzar su independencia, el espíritu mestizo ha sido el más indicado. Ese espíritu de oscilación y despego de una situación determinada, ha permitido la elasticidad que es menester para mantener un justo equilibrio nacional dentro de un ambiente que lo dificulta continuamente. Por un lado, tiene que absorber y subordinar los intereses de grupos económicos, políticos y sociales hasta ayer ajenos a este espíritu nacional; por el otro, evitar caer en subordinaciones económicas internacionales que anulen este espíritu. Debe cuidarse, por un lado, de la desintegración; por el otro, de la subordinación. De la fuerza de su integración dependerá la fuerza de su independencia internacional; de ésta, a su vez, dependerá su capacidad de integración nacional. Para mantener la una y la otra ha realizado las más audaces experiencias económicas y reformas sociales. Al lado de un espíritu de libre empresa se han establecido progresistas reformas de un alto espíritu social. Se establecen las bases que permitan la creación de grandes industrias; pero al mismo tiempo las bases que permitan limitar los intereses a que dan origen éstas para defender los intereses de los grupos que necesariamente han de sufrir las consecuencias de este desarrollo. (2 )

EI mestizo ha podido mantener, así, el más difícil de los nacionalismos: el nacionalismo como reacción anticolonial dentro de circunstancias y situaciones coloniales. Un nacionalismo que, sin más armas que la justicia de sus pretensiones, exige el reconocimiento de su soberanía por encima de los intereses de los nacionales de otros países por poderosos que éstos sean. Un nacionalismo que sabe que en cada una de sus renovadas exigencias se juega toda su existencia. (3) Este nacionalismo y el espíritu que le animó permitió la elaboración de un sistema de defensas puramente moral. Sólo la terca insistencia en los propios derechos de hombres dispuestos a jugarse el todo por el todo, en un juego en que todo se podía perder o ganar, ha permitido ese respeto y consideración que ha ganado México en el exterior. Este espíritu, como se ha dicho, sólo lo podían poseer hombres acostumbrados a vivir todas las situaciones como incidentales o accidentales, hombres no acostumbrados a tomar nada como permanente, dispuestos, sin embargo, a jugarse el todo por ese mínimo de permanencia, por lo accidental y limitado, por ser esto lo que consideran como propio. (4 )

Sin embargo, a fuerza de jugarse el todo por el todo, a fuerza de afirmar lo circunstancial y limitado, a fuerza de una permanente afirmación de lo considerado como accidental, el espíritu mestizo ha dado lugar a un nuevo sentimiento de seguridad, superioridad y eficacia. Su terca insistencia en un determinado proyecto, animado por la seguridad de que "alguna vez ha de acertar" y de que si no acierta, acertará en otra ocasión o en otra, ha dado lugar a un alto espíritu de empresa. Acostumbrado, lo mismo a perder que a ganar, insiste en el azaroso juego en el que las probabilidades de ganancia son cada vez mayores. Como por encanto, los aciertos se van acumulando y ofreciendo mayores posibilidades para juegos más arriesgados. Los límites de esta suerte acumulativa los ignora o, simplemente, no le importan. Su capacidad de arriesgue es cada vez mayor, haciéndole cada vez más audaz. Sin temor a lo que pase mañana, se mantiene, como ayer, en un ahora permanente pero constructivo. Un ahora con un mañana nunca seguro. Pero en este aspecto su inseguridad no es mayor que la sentida por el Occidente en la actualidad. Se mantiene con un futuro incierto, pero dentro de un presente cada vez más firme, con esa firmeza que ahora falta al hombre occidental que no sabe qué hacer sin un futuro cierto.

13. Integración nacional dentro del mestizaje

En la medida en que el país se va integrando más, el mestizaje, desde un punto de vista tanto racial como cultural, va creciendo. La revolución vino a ser un gran crisol donde grupos raciales aun no contaminados se fundieron en la gran masa mestiza. La sangre se mezcló en todos los puntos del país. Se rompieron las barreras sociales que, con pretextos más económicos que raciales, se mantuvieron durante la etapa porfirista. La violencia misma de la revolución obligó a los grupos aun recalcitrantes a mezclarse. Al lado del mestizaje racial se estableció un mestizaje cultural en el que se fundieron hábitos y costumbres al parecer diversos y contradictorios. Lo que los conquistadores quisieron realizar por la fuerza, se fue realizando libremente, dentro una necesidad ineludible que era necesario aceptar.

Dentro del nacionalismo cultural a que ha dado lugar la Revolución se han mezclado formas que parecían antagónicas. Dentro de un fondo en el que lo indígena da el color natural y local, se expresan formas artísticas de técnica occidental pero de interpretación raciona!. Se sigue alerta a las grandes expresiones de la Cultura de Occidente; pero con interés marcado por preocupaciones de origen más concreto y por concreto más propio de nuestra realidad. Ya no se pretende estar a la última moda en arte, literatura, ciencia o filosofía; la moda es ahora buscar la concordancia de esas nuevas formas culturales de occidente con ese modo de ser que nos es propio al cual deben servir si han de ser tomadas en cuenta. La moda es ahora ese nacionalismo que alarma a quienes se conformaban con estar enterados de las últimas producciones do: la cultura llamada universal, sin pretender colaborar con ella. Se va estableciendo un mestizaje cultural en el que se combina lo propio, lo local, con lo aparentemente extraño, lo universal. Lo occidental, hasta ayer postizo y falso, se va transformando en parte esencial y, por esencial, propio de nuestra cultura.(5 )

Desde otro punto de vista, el económico, el mestizaje, tanto social como cultural y étnico se va realizando en la medida en que se realizan los proyectos de la nueva burguesía mexicana. La industrialización del país va transformando los hábitos y costumbres de una gran parte de la población campesina que es ahora atraída a las ciudades. Las vías de comunicación, cada vez más amplias, van rompiendo con tradicionales formas de vida que aun recordaban a las de la Colonia. Los lugares más apartados de la República se ven invadidos por la febril actividad mestiza que, a su vez, va mestizando, en todos los sentidos, a otros grupos tanto sociales como étnicos. Grandes zonas del país a las que la Revolución ha llevado la mecanización en sus diversas formas, se van transformando para dar origen a otras formas de explotación por lo que respecta a tierras y a la industrialización de sus productos. Comunidades indígenas, a las cuales ni la violencia de la Revolución de 1910 había alterado, se ven obligadas a transformarse para adaptarse al nuevo ritmo de vida que les impone, por ejemplo, la construcción de grandes sistemas de irrigación como los del Papaloapan, o los del Tepalcatepec.(6 )

En estas zonas ese modo de sentir y actuar, propio del mestizaje, se hace patente en la forma como se van creando las ya extraordinarias construcciones. Urgidos por el tiempo, sin poder esperar el necesario para el mejor éxito de sus construcciones, se aventuran en ellas y, al tener éxito, van creando formas de trabajo que sólo la audacia, o una paciente experiencia podrían ofrecer. Se construye al borde de la catástrofe, se juega el todo por el todo  y… se triunfa.

EI arquitecto Luís González Aparicio, responsable de la Zona de Irrigación en la Cuenca del Papaloapan, decía, al explicar la forma y técnica usadas, en las construcciones que ya se han realizado o se están realizando, a un grupo de visitantes: "Antes de realizar los trabajos que ahora se realizan, habría sido necesario llevar a cabo una serie de experimentos, que asegurasen el éxito de los mismos. Pero esto significaba tiempo, mucho tiempo; y el tiempo significaba el aplazamiento de la solución de problemas urgentes de una gran parte de nuestro pueblo, por lo tanto, era menester actuar, aun a costa de fracasar; pero actuar urgentemente, enfrentándose, sobre la marcha, con los posibles fracasos." Así, con audacia, se han ido creando técnicas de trabajo que ahora admiran técnicos, como los norteamericanos. El fracaso en varios de estos trabajos habría podido significar el desastre; pero este no vino, o llegó en medida limitada. La obra continúa y se va venciendo al tiempo. Este ritmo se va también imponiendo a la multitud de trabajadores de todas las zonas cercanas a la Cuenca; los cuales se van contagiando y transformando su propia índole. La vida, al parecer inconmovible de varios pueblos indígenas que se encuentran en esta zona, esta siendo transformada. Sus hábitos y costumbres se van semejando a los de los constructores. Se va realizando una autentica incorporación. Esta vez no conscientemente; no pretenden incorporar al indígena, simplemente transformar la realidad mexicana y, dentro de esta transformación se va arrastrando a éste, haciéndole tomar parte en la obra.

Por supuesto, estos cambios, esta transformación de hábitos y costumbres está siendo vista, no sólo como un bien, sino también como un mal. Nuevamente, como en la Colonia, se teme al contagio de una civilización cuyos malos frutos se dejan sentir en todos los ámbitos de la tierra. Se quiere, al igual que los misioneros cristianos del siglo XVI, preservar del contagio a los grupos indígenas que aun no lo reciben o están ya en peligro de recibirlo. Se quiere, claro está, dotar a estos grupos de las nuevas técnicas. Como modernizados Vascos de Quiroga preparan a los indígenas en el uso de nuevas técnicas; pero quieren también, al igual que éste, preservarlos de los males que implica el contacto con los creadores de las mismas. Se quiere preservar sus "costumbres y sencillos hábitos", su "moral casi natural", su modo de ser casi infantil. Se les vuelve a ver si no como inferiores, sí como "desiguales" a los que hay que proteger, nuevamente podemos decir, preservar.

Frente a estos cambios no ha faltado tampoco la protesta extranjera, la de hombres cansados de la "civilización occidental", que siguen buscando en nuestro mundo primitivo una salida a sus decepciones. Éstos se alarman entre la invasión de un mundo que debe ser evitado a toda costa y claman porque se le detenga, porque se libre a las viejas comunidades indígenas de su contagio. Para éstas quieren las ventajas de la civilización, pero no sus males. Para eliminar tales males es preferible eliminar sus ventajas. Todas las civilizaciones, aun las más poderosas, exclaman, han perecido; los pueblos pequeños, las comunidades sencillas, casi primitivas, aun subsisten. Las sacudidas de las grandes culturas no las han alterado, pues han sobrevivido a estas. (7 ) Ven en el México rural algo semejante a las viejas utopías del Renacimiento: un remanso de paz, donde el tiempo ha podido detenerse. Pequeños Shangrila, sin violencias, sin disputas, con todas las ventajas de la sencillez y claridad. De la nueva técnica sólo quieren que tomen lo indispensable para una vida modesta y sencilla;

Dentro de la política del mismo Instituto Indigenista, creado por la Revolución para ayudar e incorporar a los grupos indígenas, no ha faltado este criterio hecho con la mejor buena fe y el mejor de los espíritus de justicia. También aquí se habla de incorporar al indígena a la vida nacional dotándolo de las nuevas técnicas y adiestrándolo en su uso; pero, también, se quiere preservar a éstos de los males que ahora arrostra la civilización que ha creado estas técnicas y las utiliza. También aquí se habla de guardar y mantener la moral y costumbres sencillas de los indígenas. Moral y costumbres que necesitan defensa, protección; la misma defensa y protección que antaño les ofreciera la Iglesia y la Corona españolas. La misma defensa y protección que siguió manteniendo el criollo después de la Independencia. El mismo proyecto de incorporar a los indígenas a la vida nacional mediante su adiestramiento en las nuevas técnicas; pero alejándolo de todo posible contacto social con los creadores de éstas. Esta actitud, ya hemos visto, a pesar de toda su buena fe, y todo el espíritu de justicia, no sacó al indígena de su situación de encomendado, esto es, de inferior frente a sus protectores. Por más de tres siglos permanecieron sometidos a este espíritu que se había convertido en su defensor. En esos tres siglos la incorporación no fue sino un mito. Su adiestramiento en las nuevas técnicas no les situó jamás dentro de la vida raciona!.

Fue necesario, también lo hemos visto, el despiadado espíritu del criollo que nada entendía de diferencia de razas, costumbres o hábitos, sino tan sólo de una transformación de la sociedad, para que el indígena se viese obligado a participar en la vida raciona!. EI despojo de las últimas tierras, la injusticia permanentemente sufrida, la falta de protección, fue lo que obligó al indígena, verdaderamente, a incorporarse a la nación. Ha sido esta misma incorporación la que le ha obligado, también, al mejor uso de las nuevas técnicas. La transformación de la nación lo ha obligado a transformarse. Ahora no sólo está asimilando los usos de las nuevas técnicas, también, para su bien o para su mal, la moral y costumbres de sus creadores. Al asimilar el espíritu que ahora da sentido a la nación mexicana, se está realmente incorporando a ella. Ese bien o ese mal que le puede advenir, no es ya un bien o un mal que le sea propio, sino un bien o un mal raciona!. Su suerte, buena o mala, es ahora la suerte de la nación. La cual, a su vez, está ligada a la suerte que pueda seguir la misma humanidad. Que, gracias a esa técnica, y a su contagio con esos hábitos y costumbres, se ha ligado también al destino de otros pueblos en situación semejante a la suya. La mestización del indígena, por los caminos señalados, ha sido la mejor de las respuestas al estimulo occidental que se hizo patente desde la Conquista.

El indígena se ha incorporado, no tanto al espíritu de la Cultura Occidental, sino a una de las formas que éste ha estimulado al entrar en contacto con nuestra América. La cultura mestiza que ahora empieza a perfilarse es occidental, ni que negarlo, pero a pesar de ello, distinta, inconfundible. Esta distinción se la da esa parte que el indígena ha aportado, así como también se la da ese espíritu o modo de sentir la vida que, hemos visto, es propio del mestizo, del hijo del blanco y de la india que un accidente hizo surgir. La formación del mestizo y la incorporación del indígena, con respuestas al estimulo del Occidente. Estas respuestas, como piensa Toynbee, podrán también servir de ejemplo a otros pueblos en situación semejante a la nuestra como los del resto de Hispanoamérica.

14. Ejemplo de respuesta a un estimulo

Lo visto hasta aquí, no ha sido sino una historia, la historia de un pueblo que lenta y calladamente ha formado, dentro de su propia estructura, los elementos que le han permitido responder a los violentos estímulos que le impuso la Cultura Occidental a partir del siglo XVI. La Revolución de 1910 ha sido, en este sentido, el resumen y culminación de sucesivas respuestas, ninguna de las cuales creaba los elementos necesarios para una auténtica respuesta de signo positivo. La respuesta de la Revolución ha dado, por fin, término a una situación que parecía no tener fin. Ha alterado el status social, político y económico que se había establecido en la Colonia sobre la base de una discriminación racial. Los diferentes gropos sociales a los que dio origen y el espíritu que los animó se han fundido casi en su totalidad dentro de un espíritu nacional en el crisol del mestizaje. Los problemas del México actual se plantean ahora en otros términos que ya no son los raciales. Estos problemas son los mismos en los cuales se debate el resto del mundo. Problemas económicos. Problemas de pobres y ricos; de pueblos que lo poseen todo o de pueblos que no poseen nada. Dentro de esta problemática lo racial pierde toda importancia y, con él, la justificación de un tipo de explotación apoyada en esta discriminación.

Los pueblos no se sienten ya inferiores por un accidente racial. Su inferioridad material, lo saben, se debe a una serie de hechos económicos a la cual se puede llegar a poner fin. EI inferior desde un punto de vista racial, difícilmente podía superar esta inferioridad que lo acompañaba permanentemente; el inferior, desde el punto de vista económico, sabe, tiene conciencia de los orígenes de esta su situación y sabe que puede ser transformada. Ya no se siente menoscabado en su humanidad, tan sólo reducido en sus posibilidades. Estas posibilidades, sabe también, pueden ser transformadas conociendo los resortes de la economía que le han colocado en semejante situación. Así vemos reacciones como las de Gandhi en la India que, con métodos sencillos, pero tenaces de alteración de la economía occidental, logra que ésta acceda a la independencia de su patria. Algo semejante realiza México al hacer valer sus derechos sobre el subsuelo, los cuales le permiten afianzar sus propias posibilidades económicas y, con ellas, el incremento de su espíritu nacional como actitud defensiva. La seguridad de su humanidad le da también la seguridad de sus derechos. Sólo violando estos derechos podría el Occidente imponer sus puntos de vista; pero violar estos derechos significaría rebajar esa humanidad de la cual se presenta como paladín.

En otros países de nuestra América, la América Hispana, por desgracia, ese sentido de lo humano, el reconocimiento de la propia humanidad y la de los otros como sus semejantes, no es, todavía, plenamente un hecho. Aun hay países que creen en castas y establecen jerarquías sociales sobre bases raciales. Aun, el indígena es visto como simple objeto, como cosa manuable y explotable. Aun la explotación se realiza directamente sobre las espaldas del hombre mismo, al cual se niega calidad humana. En estos países el indígena sigue siendo algo semejante a una afrenta nacional y mucho se quisiera ponerlo en reservaciones o exterminarlo. Se le ve, todavía, como una rémora nacional y se procura excluirlo de todo contacto con los cuerpos civilizados. En estos países aun no da su respuesta el indígena. Los estímulos, al parecer, no son aun suficientemente fuertes. El mestizaje, tanto racial como cultural, sigue siendo algo inaceptable.

Desde este punto de vista, México y su Revolución, son vistos, por los grupos más conscientes de esta América, como modelos que deben ser realizados en cada uno de sus respectivos países. En la Revolución Mexicana se busca la justificación de muchas actitudes, a veces acertadas, a veces equivocadas. Muchas formas de demagogia se escudan en lo que se dice, ha de ser algo semejante a esta revolución. (8 ) Hechos que nos indican la necesidad que sienten estos países de dar este paso. Paso que, como se ha visto, ha de ser previo para una auténtica incorporación en la Humanidad. Para alcanzar ésta, es menester, antes que nada, reconocería en uno mismo, tener conciencia de ella. Una nación que no reconoce la humanidad de todos sus miembros, difícilmente puede estar segura de poseer ésta y exigir su reconocimiento ante otras naciones, salvo que tenga la fuerza física para hacerlo. Pueblos débiles como el nuestro sólo pueden exigir aquello que están previamente dispuestos a reconocer en otros, en sus propios nacionales, o en los de otros de naciones semejantes a la suya.

FIN DE «EL OCCIDENTE Y LA CONCIENCIA DE MÉXICO»

 

Notas:
1 Este hecho es ahora reconocido por otros países en nuestra América. Véase mi libro La filosofía como compromiso, parte titulada "México en Iberoamérica".
 
2 Estas contradicciones se hacen patentes dentro de la misma Constitución de 1917, como lo hace observar Frank Tannenbaum en su trabajo "México: la lucha por la paz y por el pan", en Problemas agrícolas e industriales de México, núm. 4. vol. Ill, México, 1951.

3 Según Tannenbaum, la justicia de esta exigencia mexicana ha obligado a los Estados Unidos a llevar un trato especial con México, para no entrar en contradicción con el espíritu de libertad y de democracia de los cuajes se dicen abanderados. Este mismo espíritu, dice, anima las pretensiones mexicanas, por lo tanto se le debe respetar, aun cuando este respeto choque con los intereses concretos de los ciudadanos norteamericanos puestos en disputa. La falta de este respeto arrancaría a los Estados Unidos la bandera que ha venido enarbolando en sus disputas con otros grandes palees. "Si el pueblo mexicano estaba dispuesto al sacrificio antes que rendir su dignidad y su soberanía nacional -dice-, el pueblo de los Estados Unidos no podía ni quería aceptar ninguna oferta de sacrificio. Esto iba en contra de sus convicciones", estas ideas nos permitieron después "reñir una guerra mundial contra la agresión alemana en dos conflictos tremendos", "Bélgica, Polonia, Checoslovaquia, Manchuria y China pudieron ser defendidas con completa convicción por Wilson y Roosevelt, porque también habiamos defendido a México contra nosotros mismos". En ob. cit.
 
4 Sobre la psicología del mestizo de la revolución y su expresión moral, véase mi libro Conciencia y posibilidad del mexicano, num. 2 de esta Colección México y lo Mexicano

5 Sobre estas relaciones entre la Cultura Universal u Occidental y la nuestra trato en otras partes como en mi libro América como conciencia, Cuadernos Americanos. México, 1953.

6 Véase al respecto, como visión de conjunto de esta alteración de la vida nacional por estos sistemas, el Viro de Oswaldo Díaz Ruanova, Bajo el signa de Tláloc, Porrúa y Obregón, S. A. México, 1953. Respecto a los cambios que están sufriendo las comunidades indígenas en estas zonas, véase Problemas de la población indígena del Tepalcatepec, por Gonzalo Aguirre Beltrán. Ediciones del Instituto Nacional Indigenista. México. 1952. En el mismo sentido será interesante el titulado Problemas sociales y económicos de la cuenca del Papaloapan, de próxima aparición.
 
7 Tal es el sentido, por ejemplo, de las críticas de Frank Tannenbaum a nuestra industrialización y su defensa de las pequeñas comunidades rurales. Crítica y defensa hecha con la mejor de las intenciones, pese a la opinión de alarmistas y oportunistas. Véase su libro ya citado: México: la lucha por la paz y el pan.
 
8 Sobre el eco e influencia de la Revolución Mexicana en Iberoamérica, he escrito en mi libro La filosofía como compromiso, en la parte titulada "México en Iberoámerica".