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Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

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ISBN 970-95193

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1948 Mensaje de un latinoamericano a los intelectuales del mundo. Vicente Lombardo Toledano.

México, D. F., 18 de agosto de 1948.

 

 

Mensaje enviado al Congreso Mundial de Intelectuales en Favor de la Paz, realizado entre el 25 y el 30 de agosto en Wroclaw, Polonia; organizados por el Comité Polaco-Francés de Intelectuales.

 

MENSAJE DE UN LATINOAMERICANO
a los intelectuales del Mundo
Vicente LOMBARDO TOLEDANO

 

De América salen para el mundo, en esta vez, las noticias más nutridas y constantes anunciando la proximidad de una nueva guerra.

Yo sé que en muchos europeos existe la creencia de que los países del Hemisferio Occidental forman una unidad política y que, por este motivo, debe ser considerado el Continente Americano, en su conjunto, como una fuerza material y psicológicamente dispuesta para una nueva contienda internacional.

Este mensaje tiene por objeto destruir esa falsa creencia.

*

Hace más de cuatro siglos el Continente Americano se abrió para Europa como una esperanza; era tierra nueva para una posible vida material mejor, y refugio contra persecuciones de carácter religioso o político.

Estos incentivos fueron poblando el Continente, de norte a sur. En el norte, los anglosajones; en el sur, los españoles y los portugueses.

No obstante este origen común de las Américas, su desarrollo desigual las hizo diferentes desde la primera hora y las ha mantenido distintas la una de la otra.

Los motivos son profundos. Entre los pobladores del norte y los del sur del Continente Americano, existía una diferencia enorme en el grado de civilización; los del norte eran cazadores y recolectores nómadas; los del sur —los mexicanos y los peruanos, para emplear términos genéricos— sin el uso del hierro y de animales domésticos vigorosos, y sin el conocimiento de la rueda, habían llegado, sin embargo, a tal grado de progreso que, comparados con pueblos de otros continentes en un estadio de evolución histórica semejante, podrían ser considerados, con razón, entre los pueblos más brillantes del mundo. Esta diferencia, junto a otras, facilitó el mestizaje en las colonias de España y lo hizo difícil en las colonias de Inglaterra; pero lo que separó a las Américas substancialmente fue la discrepancia en la mentalidad de sus colonizado-res: los anglosajones traían la experiencia de la revolución industrial de su país y poseían una mentalidad capitalista; los españoles traían la experiencia de la producción meramente agrícola de la Península Ibérica y tenían una mentalidad feudal.

De la colonización diferente nacieron en América dos formas de esclavitud: en el norte, mediante el tráfico de africanos, la población blanca establecía una sociedad fincada,

en gran parte, en la esclavitud de hombres no americanos; en el sur, la población blanca creaba una sociedad apoyada en la esclavitud de los indios y de los mestizos.

La esclavitud en el norte estaba destinada a desembocar en el capitalismo: en la América Latina estaba destinada a desembocar en el feudalismo. En el Nuevo Mundo se reflejaba la diferencia que había entre Inglaterra y España en los albores de la época moderna.

Esa diferencia determina el carácter de la revolución de independencia de las dos Américas: en el norte, la revolución preparó el advenimiento del capitalismo. En el sur, se logró la independencia política, pero se reforzó el régimen del latifundio esclavista poseído por la Iglesia Católica y por los descendientes de la nobleza creada por el Monarca español.

La revolución de independencia de los Estados Unidos es fundamentalmente el producto de la revolución democrático-burguesa de Inglaterra. La revolución de independencia de la América Latina es, en un aspecto, el fruto de la revolución democrático-burguesa de Francia; pero como se realiza medio siglo después de la revolución norteamericana, se inspira también en los Derechos del Hombre y en la estructura del régimen republicano de los Estados Unidos.

Sobre estos cimientos se apoya el desarrollo histórico de las dos Américas. Hacia la mitad del siglo XIX, la Guerra de Secesión conduce a los Estados Unidos al ascenso rápido dentro del sistema capitalista. La Guerra de Reforma en México, coetánea de la guerra civil en el país del norte, es sólo semejante a la revolución que en Europa aniquiló el poder económico de la Iglesia Católica hacia el siglo XVI.

A partir de entonces, el desarrollo desigual de la América anglosajona y de la América Latina llega a tal grado, que el progreso material de los Estados Unidos se transforma

en obstáculo para el desarrollo económico de las veinte repúblicas hijas de España y Portugal.

Y cuando llega el capitalismo en los Estados Unidos a su etapa de apogeo, sus recursos sobrantes se invierten en la América Latina para obtener de ésta las materias primas que la industria yanqui necesita.

El Continente se divide en dos grandes porciones: de un lado, una gran nación industrial; del otro, veinte países productores de materias primas.

Las relaciones interamericanas dejan de apoyarse en una aspiración común hacia la igualdad, para transformarse en relaciones entre una metrópoli y un conjunto de naciones semidependientes de ella.

La diferencia esencial entre las dos Américas ha sido una diferencia económica; no ha sido, ni puede ser, una diferencia racial o ideológica.

Explicar el progreso de un país o de una región cualquiera del mundo por motivos raciales, es apartarse de la verdad: el empuje inicial del capitalismo hizo posible la gloria de Venecia; después el auge de Holanda; más tarde la grandeza de Francia; posteriormente la creación del Imperio Británico y, finalmente, la fuerza enorme de Alemania y de los Estados Unidos. El socialismo ha hecho del pueblo ruso uno de los más poderosos de la historia, y transforma hoy a numerosos países de la Europa Central y Sudoriental en naciones de nueva democracia.

No es la raza la que ha dividido a las Américas, sino el imperialismo: mientras los Estados Unidos han progresado con ritmo sin precedente, las naciones latinoamericanas han visto deformarse su estructura económica y han tropezado con obstáculos múltiples en el camino de su liberación.

Por eso el sentimiento antiimperialista de los pueblos de la América Latina es tan profundo e indestructible.

El correr de los años ha hecho de ese sentimiento una verdadera conciencia histórica: los pueblos de la América Latina saben distinguir entre el imperialismo yanqui y el pueblo de los Estados Unidos; entre la fuerza de los monopolios norteamericanos y el espíritu democrático de la gran masa de la población de ese país.

Esta es la causa de que, por la primera vez en la historia de las dos Américas, la política de la Buena Vecindad formulada por el Presidente Franklin Delano Roosevelt haya sido acogida como una política amistosa por todos los pueblos latinoamericanos.

Porque la buena vecindad es diferente al panamericanismo; los vecinos, diversos entre sí, pueden ser amigos: pero no pueden ser nunca iguales, ni sumar los intereses de unos a los de los otros, porque estos intereses son opuestos y aun contradictorios.

Lo que produce la semejanza histórica entre los pueblos no es la cercanía en el espacio sino la proximidad en el tiempo, es decir, su desarrollo económico, social y cultural.

Más cerca se hallan los pueblos de la América Latina de los pueblos de China y de la India, que de los Estados Unidos, porque el grado de su evolución histórica aproxima a aquéllos por encima de la distancia geográfica, en tanto que la historia separa a los Estados Unidos de la América Latina, a pesar de la proximidad material que los junta en el mismo Hemisferio.

Sólo una causa común a todos los hombres y a todos los pueblos de la tierra puede unir a los países del Continente Americano, como ocurrió ante el plan de dominio del mundo por la Alemania nazi. En cambio, una guerra por intereses americanos, exclusivos del Continente Americano, es imposible, pues tales intereses no son comunes.

La amenaza de Adolfo Hitler fué una amenaza por igual para las grandes potencias tanto como para los países de escaso poder. Vencidas aquéllas, los pueblos débiles como los de la América Latina, habrían sucumbido ante la fuerza bárbara al servicio del plan de un nuevo arreglo del mundo, basado en la supuesta superioridad de las razas y de las naciones.

Una verdadera causa universal, un peligro real y directo para cada país del mundo, la amenaza cierta de una potencia o un grupo de potencias que propugnaran un plan de sometimiento de todos los pueblos a los intereses económicos y políticos de esa fuerza, podrían asociar otra ver a los pueblos de la América Latina con otros pueblos en una lucha común. Pero también una causa universal positiva puede unir a los pueblos latinoamericanos a los demás pueblos del mundo. Esta es la causa de la paz.

Si hay pueblos amantes de la paz y enemigos decididos de la guerra, los de la América Latina han de contarse entre ellos en primer término. Porque si estallara una nueva guerra mundial, el Continente Americano sería aislado del resto del mundo por las fuerzas militares de los Estados Unidos, y se desencadenaría una represión brutal contra todas las fuerzas democráticas de las naciones latinoamericanas. Es decir, si viniera la guerra otra vez, se destruiría totalmente la democracia en la América Latina por largos años.

Y sin democracia, vivida cotidianamente y no sólo proclamada para fines de propaganda interior o internacional, las mejores fuerzas del pueblo en la América Latina no podrán liquidar las supervivencias del pasado feudal ni podrán tampoco impulsar el desarrollo económico de cada país, que ha de conducirlos algún día a su cabal emancipación.

La Segunda Guerra Mundial, que salvó de la mortal amenaza fascista a todas las naciones. hizo a la inmensa mayoría de los países de la América Latina más dependientes de los Estados Unidos que nunca, y las consecuencias de esa sujeción las están sufriendo ahora mismo sus pueblos en la forma de un tremendo desequilibrio entre los precios de las mercancías y servicios fundamentales para la vida y los recursos económicos de las grandes masas, y en la presión de los monopolios norteamericanos que tratan de destruir el reciente progreso industrial logrado en algunas naciones latinoamericanas, para que éstas permanezcan en su tradicional situación de proveedoras de materias primas para el gran aparato de producción industrial de los Estados Unidos, de compradoras de manufacturas provenientes del norte y de mercados para el capital sobrante de la gran potencia.

Por estas causas nadie quiere aquí, en esta región del mundo, una nueva guerra. Sólo los agentes del imperialismo yanqui se suman hoy a la campaña de los monopolios tendiente a que el mundo acepte la tesis acerca del llamado destino de América como fuerza directriz de la humanidad.

Los filósofos del imperialismo yanqui, hablan de la americanidad. Esta tesis es falsa, porque supone la existencia de una América homogénea y unida desde Alaska hasta los países del Plata, y esta unidad dentro de la igualdad no existe.

Los filósofos del imperialismo yanqui hablan también del Siglo Americano. Esta tesis es falsa, como la otra: la conducción de los hombres y de los pueblos no es tarea o privilegio que el destino haya repartido, por rotación, entre los países de la tierra.

Los americanos de la América Latina sólo en un alarde de desmesurada vanidad podríamos atrevernos a decir que nos corresponde la dirección histórica de los hombres y de los pueblos de los otros continentes.

Los americanos de los Estados Unidos de Norteamérica tampoco pueden asignarse a sí mismos el honor de dirigir a los demás pueblos de la tierra, porque ningún país, por poderoso que sea, tiene derecho a arrogarse tamaña facultad. Y, además, porque son un pueblo joven que al lado de sus virtudes indudables, de su disciplina colectiva valiosa, de su gran capacidad para el trabajo y de su honestidad frente a muchos problemas de la existencia, adolece de los defectos de un país que no acaba de salir aún del primitivismo y de la superficialidad, y por estas causas se aleja mucho del papel de modelo para las demás naciones del mundo.

El siglo XX no es, ni puede ser, el siglo americano, excepto que se pretenda ocultar en esa frase audaz y ambiciosa el propósito de los grandes monopolios yanquis de dominar a los demás países de la tierra. Pero si de esto se trata, es evidente que ni en la teoría ni en la práctica puede aceptarse tesis tan grotesca y tan injuriosa para la especie humana.

Los filósofos del imperialismo yanqui hablan, asimismo, de que América es, en la actualidad, la depositaria de la cultura occidental. Esta tesis, falsa como las anteriores, implica la idea de que la cultura sigue siendo patrimonio exclusivo del Occidente, y también de que en los países europeos la cultura ha desaparecido o se halla en crisis irreparable y que, por esta razón, ha tenido que refugiarse en tierras de América. Apenas es necesario decir, para mostrar lo deleznable de semejante teoría, que en nuestra época la cultura es universal como nunca, si por cultura ha de entenderse Ia posesión del acervo de los conocimientos del hombre sobre la naturaleza y sobre la vida y la valoración de la existencia, con tal calidad, que haga fuerte la fe en la perfectibilidad constante del ser humano, por encima de consideraciones geográficas e históricas. Ningún país del mundo puede reclamar hoy, como propia, la prerrogativa de ser el depositario de la cultura, que no es occidental ni oriental, sino simplemente humana, y que será cada vez más humana, en la medida en que los hombres se emancipen de la explotación y puedan tener acceso al saber y a las posibilidades de expresar y transmitir el conocimiento por medio de la ciencia y del arte.

 

Los filósofos del imperialismo yanqui hablan, de igual modo, de la Era Atómica, fundando su afirmación en la creencia de que el dominio de la energía atómica es un monopolio de los Estados Unidos, y que de este descubrimiento trascendental ha de cambiar el destino del mundo. Desde el punto de vista de la civilización, es evidente que cada hallazgo científico de importancia tiene sus repercusiones en la vida económica y en muchos de los aspectos de la existencia humana. Pero creer que el descubrimiento de la energía nuclearia habrá de quedar reducido al empleo de la bomba atómica, es una ingenuidad, para emplear un término piadoso. Lo indudable es que la fuerza atómica, puesta al servicio de los intereses del progreso, habrá de procurar el bienestar de todos los pueblos y habrá de influir en la fraternidad de todos los hombres. Pero esta obra no habrá de ser tarea de un solo país, sino trabajo incesante de miles de laboratorios en todas partes de la tierra, dedicados a conducir las fuerzas de la naturaleza en beneficio de los hombres.

*

Los intelectuales de la América Latina vemos con honda preocupación el panorama del mundo, porque conocemos bien el carácter de las fuerzas que pretenden desencadenar una nueva guerra; pero también comprobamos, con alegría, que al lado de las fuerzas poderosas que trabajan en favor de una nueva guerra, las que se levantan en favor de la paz son mayores y tienen una decisión más grande que las otras para alcanzar sus objetivos.

Porque, como afirmaba Baruch Spinoza, ya hace siglos, "la paz no es la ausencia de la guerra, sino la virtud que nace del vigor del alma". Y los pueblos de nuestra época tienen una moral y un temple superiores a los que poseían los hombres del pasado. Los hombres y las mujeres de nuestro tiempo tienen ideales políticos inconmovibles que defender: la integridad y la prosperidad de la patria propia, y también la prosperidad y la libertad plena de toda la humanidad. Contra este vigor colectivo nada podrán, a la postre, las fuerzas de la agresión imperialista.

Del modo más cordial tendemos nuestras manos, los intelectuales de la América Latina, a todos los intelectuales del mundo por encima de las fronteras de los países, por encima de los mares y de los otros impedimentos de carácter geográfico, y les prometemos luchar al lado de las masas del pueblo por una paz profunda y permanente que haga posible el progreso y la libertad para todas las naciones.

Como mejicano, como hijo y ciudadano de Méjico, país que tiene un régimen democrático que en esta hora aciaga para la América Latina refulge con mayor brillo que nunca, renuevo a los hombres y a las mujeres de buena fe que han puesto lo mejor de su vida al servicio de una causa superior a sus propios intereses, mi decisión inquebrantable de luchar con todo mi ser por un mundo nuevo, libre de la miseria, de la tiranía y del terror.

México, D. F., 18 de agosto de 1948.