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Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1928 Discurso de Álvaro Obregón

Jalapa, Veracruz, 8 de mayo de 1928.

La fuerza del caudillo era tal, que relegó a los partidos a un plano secundario. En este discurso queda expuesto de manera clara el papel irrelevante de los partidos en el proceso que llevó a la segunda elección presidencial de Obregón, proceso que se vio truncado con el asesinato del caudillo

Cuando llegamos a la capital del Estado jarocho, que ha sido uno de los baluartes de la Revolución; cuando con este mitin de Jalapa terminamos la jira política por los Estados del Sureste, cerrando la etapa de este movimiento político, más que un discurso se antoja hacer un resumen de los progresos que dicho movimiento ha realizado, y de las condiciones en que lo encuentra la tercera etapa, cuando terminamos la jira por los Estados del Sureste.

Hace aproximadamente diez meses que el que habla aceptó figurar como candidato a la Presidencia de la República, bajo la creencia de que era la opinión nacional la que le imponía la obligación de volver a las luchas políticas.

Hemos encontrado veintitrés Estados de la República, y en todas esas entidades hemos sido recibidos con grandes muestras de entusiasmo y cariño, y las demostraciones que las masas populares, la clase media y una parte de las clases altas, han hecho en favor de mi candidatura, nos dan el derecho de decir, sin ofender nuestra modestia, que teníamos razón cuando aceptamos volver a las luchas políticas, bajo la suposición de que era la Nación la que nos llamaba a desempeñar el delicado encargo de regir los destinos de la Patria.

Cuando resolví retornar a la lucha, yo creí de mi deber establecer, en declaraciones concisas, cuáles eran mis apreciaciones políticas y sociales en esta nueva etapa de la intensa vida revolucionaria, política y social de nuestra patria. No creí indicado entrar en plásticas previas con los directores de las diversas organizaciones políticas y sociales que funcionan en nuestro territorio, primero, porque una gran mayoría de esas organizaciones, y especialmente las campesinas, ya se habían dirigido a mí, demandando mi retorno a la vida política, y segundo, porque una gran parte de las organizaciones de los Estados, que, perteneciendo a Partidos cuyo eje radica en la capital de la República, y cuyos directivos no habían resuelto aún a qué candidatura incorporarse, habían también declarado que yo era su candidato.

Así se inició el movimiento político; así se inició la jira de propaganda, y cada día que transcurría, nuestro movimiento contaba con mayores contingentes, y la opinión pública demostraba una mayor orientación; y eso determinó el movimiento armado que realizaron los candidatos contrincantes, considerando, y con razón, que ya no podrían oponerse a la candidatura del que habla, dentro del terreno del sufragio. Los hechos han sido del dominio público. y no hay para qué relatarlos.

Mi candidatura fué tomando fuerza, como dijera hace un momento. Los Partidos políticos que ya se habían agrupado a ella, fortalecieron sus arrestos e intensificaron su propaganda. Se organizaron nuevas agrupaciones políticas, y por fin, a fines del mes de agosto, el Partido Laborista celebró su Convención en la ciudad de México, y al terminar aquella asamblea, acordó hacerme su candidato, es decir, acordó adherirse a mi candidatura, que venía jugando hacia alrededor de los meses.

El grupo de directores de dicho Partido, que radica en la ciudad de México, tuvo a bien acordar reservarse el derecho de rectificar el acuerdo de aquella Convención, cuando ellos lo estimaron indicado, es decir, la Convención aceptó hacerme su candidato, y los directores se reservaron el derecho de establecer el divorcio de mi candidatura con el Partido Laborista, cuando a ellos les pareciera conveniente. En estas condiciones, siguió la campaña política, pero yo sería injusto si no declarara en esta asamblea, que las organizaciones filiales al Partido Laborista, de los Estados de Coahuila y de Hidalgo, algunas del Estado de Zacatecas, y algunas de otros Estados de la República, antes que se celebrara la Convención del Partido Laborista, y sin ninguna reservas, declararon su filiación en favor de mi candidatura, asumiendo todas las responsabilidades, e intensificando sus trabajos en ese sentido.

Así los sucesos siguieron desarrollándose; nuestra campaña tomando proporciones cada día, el enemigo vencido ya en sus dos ilusos candidatos, no se atrevió a presentar una nueva candidatura, y estamos jugando ahora sin enemigo al frente.

Recientemente, uno de los más altos representativos del grupo de directores del Partido Laborista en la capital de la República, con motivo de la celebración del Día del Trabajo, tuvo una serie de cargos y ataques para la candidatura del que habla, y presagió para el Gobierno que habré de tener el honor de presidir, una, serie de lacras molares, declarando el propósito de su grupo de directores de no prestar ninguna colaboración al Gobierno que suceda al del señor general Calles porque, a juicio de ellos, no será merecedor a ella.

Yo no voy a contestar los ataques severos y violentos que contra mí, como candidato y contra mis partidarios, lanzara ese representante de los directores del Partido Laborista y alto funcionario público, porque quiero dejar al tiempo la tarea de contestarlos. Ningún aliado es más eficaz que el tiempo, para los hombres que obramos con honestidad y rectitud, y será la Nación, el primer domingo de julio, la que habrá de contestar esos cargos en las urnas electorales...

En cuanto al propósito que expresó públicamente de que ellos se abstendrán de colaborar con el Gobierno que me cabrá el honor de presidir, debido a las lacras que ellos presumen habrá de ostentar aquel Gobierno, para vergüenza nuestra, yo, por decoro, tengo que ser respetuoso de ese propósito, y dejando al tiempo la tarea de ratificar o rectificar esos prejuicios que con tanta severidad y violencia se lanzaron contra la futura administración, quiero decir que yo seré el más respetuoso de ese propósito; que no yo intentaré jamás convencerlos de que lo abandonen, pero que así, privado de su colaboración, el movimiento político que hemos organizado en todo el territorio nacional, cuenta con elementos suficientemente identificados con el que habla, como candidato a la Primera Magistratura de la Nación y representativo del movimiento social que viene sirviendo de base a nuestro programa de gobierno, y que entre esos elementos podremos encontrar a los colaboradores que vengan de buena fe a asumir con su candidato el ciento por ciento de las responsabilidades que habrá de contraer nuestra administración ante el mundo y ante la historia, y a laborar honesta y perseverantemente en bien de nuestra gran obra de reconstrucción nacional.

Nos encuentra, pues, esta tercera etapa política dentro de las condiciones que he presentado a todos ustedes. Los directores del Partido Laborista tienen reservado el derecho de rectificar el acuerdo de la Convención, y dejar de considerarme como su candidato cuando ellos lo estimen conveniente.

No seré yo el que me sienta autorizado a disgustarme siquiera o extrañarlo si ellos llegan a resolver la rectificación. Porque desde que acepté su adhesión, ellos establecieron la condición de entrar al movimiento político y de poder retirarse de él cuando lo encontraran suficientemente justificado; no seré yo entonces el que desconozca ese derecho que con tanta previsión se reservaron; será la Nación la que juzgue los acontecimientos, porque hemos llegado a un punto en que no debe considerarse con la razón al que grite más recio, ni el que lance ataques más violentos; deben considerarse del lado de la razón y de la justicia, todos los que luchan por el engrandecimiento de la Patria y por la unión revolucionaria, y los que anhelan que toda la familia de los revolucionarios se unan en un solo sentimiento para poder resolver los grandes problemas de carácter interior y exterior que todavía tenemos sobre la carpeta. Yo creo interpretar a todos mis partidarios cuando me abstengo de contestar ataques violentos, y encomiendo al tiempo, a la conciencia nacional, la tarea de pronunciar su fallo definitivo.