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Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

Este Sitio es un proyecto personal y no recibe ni ha recibido financiamiento público o privado.

 

 
 
 
 


1926 1915. Manuel Gómez Morín

Febrero de 1926

 

INICIACIÓN

Hace unos cuantos años, en la desazón de un régimen político que agonizaba, un pequeño grupo inició formalmente la rebelión espiritual contra las doctrinas que entonces y desde hacía tiempo eran verdad obligatoria en México.

En el Ateneo de la Juventud, Vasconcelos, el maestro Caso, Pedro Henríquez Ureña, Acevedo, Ricardo Gómez Robelo, Alfonso Reyes y otros pocos más, alzaron la bandera de una nueva actitud intelectual.

No hicieron doctrina común. No estaban unidos por otro lazo que el de una inquietud. No tuvieron tiempo, tampoco, de definir conclusiones. Quizá hasta estaban -con excepción de Vasconcelos- alejados de la vida mexicana. Demasiado intelectualizados, demasiado europeizados. Sólo, eso sí, con un honesto deseo de cultura, con un ferviente propósito de seriedad intelectual.

El grupo se deshizo pronto. Ya en 1915 sólo el maestro Caso estaba aquí. Pero en torno del maestro se formó pronto otro grupo no ya organizado como el Ateneo, ni siquiera conocido, sino disperso; integrado por los discípulos directos de Caso o de Pedro Henríquez, por los que la Revolución había agitado ya y buscaban en el pensamiento un refugio, una explicación o una justificación de lo que entonces acontecía.
 
En el inolvidable curso de Estética de Altos Estudios y en las conferencias sobre el Cristianismo en la Universidad Popular, estaban González Martínez, Saturnino Herrán, Ramón López Velarde y otros más jóvenes. Todos llevados allí por el mismo impulso.

En esos días, Caso labraba su obra de maestro abriendo ventanas espirituales, imponiendo la supremacía del pensamiento, y con ese anticipo de visión propio del arte, en tono con las más hondas corrientes del momento, González Martínez recordaba el místico sentido profundo de la vida, Herrán pintaba a México, López Velarde cantaba un México que todos ignorábamos viviendo en él.

El aislamiento forzado en que estaba la República por el curso de la lucha militar, favoreció la manifestación de un sentido de autonomía. Poco podíamos recibir del extranjero. Razones militares y aun monetarias nos impedían el conocimiento diario y verídico de los sucesos exteriores y la importación de los habituales artículos europeos o yanquis de consumo material o intelectual. Tuvimos que buscar en nosotros mismos un medio de satisfacer nuestras necesidades de cuerpo y alma. Empezaron a inventarse elementales sustitutos de los antiguos productos importados.

Y con optimista estupor nos dimos cuenta de insospechadas verdades. Existía México. México como país con capacidades, con aspiración, con vida, con problemas propios. No sólo era esto una fortuita acumulación humana venida de fuera a explotar ciertas riquezas o a mirar ciertas curiosidades para volverse luego. No era nada más una transitoria o permanente radicación geográfica, del cuerpo estando el espíritu domiciliado en el exterior. Y los indios y los mestizos y los criollos, realidades vivas, hombres con todos los atributos humanos. El indio, no mero material de guerra y de trabajo, ni el criollo producto de desecho social de otros países, ni el mestizo fruto ocasional, con filiación inconfesable, de uniones morganáticas entre extranjeros superiores y nativos sin alma.

¡Existían México y los mexicanos!

La política "colonial" del porfiriato nos había hecho olvidar esta verdad elemental. ¡Y que riqueza de emociones, de tanteos, de esperanzas, nacieron de este descubrimiento! Sobre todo, ¡que abismos de ignorancia de nosotros mismos se abrieron luego, incitándonos -incapacitados como estábamos a investigarlos y todos llenos del misterio- salvarlos con el salto místico de la afirmación rotunda, de la fe en una milagrosa revelación, de la confianza en nuestra recién hallada vitalidad!

Y en el año de 1915, cuando más seguro parece el fracaso revolucionario, cuando con mayor estrepito se manifestaban los más penosos y ocultos defectos mexicanos y los hombres de la Revolución vacilaban y perdían la fe, cuando la lucha parecía estar inspirada nomás por bajos apetitos personales, empezó a señalarse una nueva orientación.

El problema agrario, tan hondo y tan propio, surgió entonces con un programa mínimo definido ya, para ser el tema central de la Revolución. El problema obrero fue formalmente inscrito, también, en la bandera revolucionaria. Nació el propósito de reivindicar todo lo que pudiera pertenecernos: el petróleo y la canción, la nacionalidad y las ruinas. Y en un movimiento expansivo de vitalidad, reconocimos la sustantiva unidad ibero-americana extendiendo hasta Magallanes el anhelo.

La necesidad política y el ciego impulso vital, obligaron a los jefes de un bando a tolerar expresamente estos postulados que tácitamente el pueblo perseguía des de antes. El oportunismo y una profunda inspiración de algunos, permitieron el feliz cambio que estos nuevos propósitos vinieron a obrar en una revuelta que, para sus líderes mayores, era esencialmente política.

Del caos de aquel año nació la Revolución. Del caos de aquel año nació un nuevo México, una idea nueva de México y un nuevo valor de la inteligencia en la vida.

Quienes no vivieron ese año de México, apenas podrán comprender algunas cosas. Vasconcelos y Alfonso Reyes, sufren todavía la falta de esa experiencia.

OSCURIDAD

Las nuevas doctrinas predicadas entonces, coincidieron con postulados evidentes de la Revolución, encontrando campo propicio en el desamparo espiritual que reinaba en México después del fracaso cabal del porfirismo en la política, en la economía y en el pensamiento, y justificaron e ilustraron el libre desarrollo de tendencias profundas que animaban el espíritu revolucionario.

La afirmación del libre albedrío, la campaña antiintelectualista, la postulación del desinterés como esencia de la vida y de la intuición como forma del conocimiento, la incitación panteísta que "busca en todas las cosas una alma y un sentido ocultos", la revelación artística inicial de insospechadas bellezas y capacidades criollas e indígenas, se sumaron a las penas terribles, a la grave confusión y al hondo anhelo que tratan los sucesos políticos, para formar un sentimiento en que se mezclaban sin discernimiento pero con gran fuerza mística, un incipiente socialismo sentimental, universalista y humanitario, con un nacionalismo hecho solamente de atisbos y promesas, reivindicador de vagas aptitudes indígenas y de inmediatas riquezas materiales; una creencia religiosa en lo popular junto con la proclamación de la superioridad del genio y del caudillo; un culto, igualmente contradictorio, de la acción  y, a la vez, del misterioso e incontrolable acontecimiento que milagrosamente debe realizar el sino profundo de los pueblos y de los hombres.

La gran guerra, además, de cuyos efectos no pudo sustraernos enteramente nuestro movimiento político, contribuyó en la desorientación trayéndonos promesas, inquietudes y valores que en vez de darnos una norma acrecieron el romanticismo y la aspiración mística alejándonos más de una definición tan urgentemente necesitada.

Los más enterados, percibían este malestar de confusión y esperaban que sucesivos ensayos mostraran la clave para descifrarlo. Los demás -todos, puede decirse-, vivían simplemente arrastrados por el maelström político e intelectual, asiéndose de principios, de hombres, de frases que en cualquiera forma parecían coincidir o representar el ansia indefinida del momento.

¡Que interesante será para el futuro mexicano un análisis del paisaje espiritual de estos últimos años! i Una investigación que catalogue y valore las encontradas doctrinas aceptadas, que encuentre y siga entre los movimientos aparentes y las manifestaciones superficiales, la verdadera e inexpresada razón que impulsó el pensamiento y la vida en esta época!
 
La falta de maestros y de disciplina y el apremio de la política, hicieron imposible toda labor crítica. Motivos biológicos determinaban la aceptación apresurada de fórmulas que luego, por los mismos motivos, debían abandonarse. El postulado admitido porque resolvía una situación cualquiera, resultaba contradictorio del principio adoptado para entender o explicar otras situaciones. Y no era sólo el tránsito de una tesis a otra. A menudo los intereses creados en torno de una afirmación y a veces de un nombre nada más, obligaban a conservar ese nombre o esa afirmación junto con sus contrarios. Luego se cambiaban el contenido de la doctrina o la detonación del nombre y las más diversas actitudes quedaban amparadas por ellos.

Lo que era nada más retórica polémica, se postulaba como verdad absoluta. La superficial formulación de un anhelo, quedaba como programa definitivo. La teoría inventada para explicar un acontecimiento, valía como doctrina universal.

Aparentemente no ha habido en México, en la lucha de facciones, sino motivos políticos encubiertos por un vano nominalismo. ¡Hasta tal punto ha sido sombría intelectualmente esta época!

La crítica ha sido tan pobre que todavía no podemos concretar lo que el nombre Revolución implica. Y quizá la expresión mejor de ese tiempo se encuentra en aquel cruel "pachequismo" que por serlo hizo fortuna: "la revolución es la revolución", y que muestra bien la amarga verdad de unos años de tempestad en que la vida era difícil y llena de sobresalto y la pasión o el sufrimiento privaban sobre la inteligencia.

Porque infortunadamente no sólo han existido oscuridad intelectual y desorientación política. También son parte de estos años un terrible desenfreno y una grave corrupción moral.

Primero, obra directa de la lucha en los campos, consecuencia inevitable de la contienda armada, un turbulento desbordar de apetitos. Venganzas y saqueos; homicidios, robos, violaciones. Pero eso fue normal e inevitable. Era la guerra con sus atributos militares. El rápido aflojar de un resorte mal ajustado por una disciplina inadecuada. La República entera fue un gran campamento y no se podían exigir límites de normalidad. El homicidio mismo formaba parte del natural espectáculo diario y la destrucción, para el "ciudadano armado", era la pura prueba del viejo aborrecimiento o se hacía por mero espíritu infantil, irresponsable y gozoso de destruir.

Fue la época en que los salones servían de caballeriza, se encendían hogueras con confesionarios, se disparaba sobre los retratos de ilustres damas "científicas" y la disputa por la posesión de un piano robado quedaba resuelta con partirlo a hachazos lo más equitativamente posible. La época en que se volaban trenes y se cazaban transeúntes. En que se fusilaban imágenes invocando a la virgen de Guadalupe. En que, con el rifle en la mano, los soldados pedían limosna.

Hasta en el crimen había cierta ingenuidad. La ignorancia de las masas les impedía ver lo que llamamos amplio horizonte del propósito; pero su generoso impulso superaba la pobreza del programa declarado. Del caudillo no podían entender más que la incitación inmediata. Ni comprendían ni les importaba la fútil jerigonza del general o del político. Pero peleaban y se entregaban sin reservas por las secretas razones de su corazón.

Después, pasado el fervor de la primera lucha, al desenfreno incalculado, irresponsable, natural de la masa, ha sucedido la verdadera corrupción moral. AI homicidio, el asesinato; al saqueo, el peculado; a la ignorancia, la mistificación. Del crimen de exceso, pasamos al de defecto.

No roba ni mata ya la turba armada. Pero el mismo funcionario que decreta la muerte para el soldado ladrón de una gallina, se enriquece en el puesto y no vacila en mandar asesinar a su enemigo.

AI caudillo surgido de la necesidad y del entusiasmo con la virtud mínima del valor, sucede el ladino impreparado que escamotea el afán democrático y diciéndose encarnación del pueblo, justifica sus necedades esgrimiendo en su defensa la noble y fundada convicción en el profundo acierto del instinto popular.

El elogiado "hombrearse con la muerte", el generoso desprecio de la propia vida cuando es preciso luchar, se han convertido en desprecio de la vida ajena, en crimen de cantina o en asesinato político.

Este cambio se debe fundamentalmente a la noche espiritual en que vivimos. No salimos aun del estado mental de lucha que influenció a nuestra generación. La falta de definición es nuestro pecado capital.

Un día descubrimos que la Revolución tenía sobre todo fines económicos. Exaltamos la razón económica sobre las demás y a poco un grosero materialismo que invade hasta a los más jóvenes, se funda y justifica en aquella proclamación indiscriminada. Encarecimos la generosidad de la acción y las virtudes de la violencia, y luego en nombre de esa afirmación se hace la apología de la crueldad, de la violencia sin propósito. Dijimos que la razón no es el único ni el mejor camino del conocimiento y pronto se ha llegado a considerar "reaccionario" todo intento de lógica y de racionalización. La reivindicación nacionalista de potenciales aptitudes indígenas y populares, amenaza ahora con la invasión del líder indigenista y del pastiche popular, con la negación de todo otro valor estético o intelectual.

Hasta los más honestos, aun los espiritualmente prevenidos para entender el momento y descubrir la falsificación de actitudes y programas, han debido aceptar transacciones, desconcertados y con la esperanza de posterior mejoramiento o, víctimas de su misma convicción acrítica, no han vacilado en hacerse solidarios, aun en las formas más deprimentes, de lo que creen consecuencia inevitable de su fe.

Ni maestros ni crítica. Iniciadores, nada más. Predicadores sinceros o no de doctrinas incompletas. Aceptación apresurada, por otra parte, de tesis contradictorias. Consagración de verdades a medias. Propaganda de sistemas que no son sino frases. Perentoria necesidad de afirmar sin reservas, de condenar sin límites. Indefinición. Estos son nuestros males. Esta es, más exactamente, la causa de nuestros males.

INVITACIÓN

Por fortuna, la vida suple en ocasiones a los maestros y es ella misma una disciplina, aunque más ruda y a veces más lenta que la inteligencia.

El fruto de estos años no ha sido solamente el escepticismo y la corrupción. De los ensayos frustrados, del romanticismo inicial, de la vaga afirmación mística, va surgiendo una creciente claridad.

En el penoso proceso de nuestra historia, los acontecimientos pasados parecen ordenarse siguiendo un sentido. La Conquista y el régimen colonial, la Independencia y la Reforma; hasta las revueltas incesantes, hasta Santa Anna, son explicables. Podemos descubrir en ellos una teleología.
 
Los hechos actuales están también llenos de intención. Desde 1915 a pesar de la tiranía, a pesar de los asesinatos, a pesar de la concupiscencia y de la desesperante estupidez de los líderes, a pesar de la aridez mental y moral, cada vez parece más segura y más inminente la revelación de un sino, de un peculiar modo de ser, de una íntima razón que impulsa la historia de México.

Y va tomando contornos precisos una convicción intelectual que depurará las anteriores verdades provisionales.

En varias ocasiones ha parecido llegado el momento de la revelación. Así fue, por ejemplo, en 1920, cuando se inició con prestigio apostólico la obra de Vasconcelos.

La turbulencia política ha sido una causa que detiene esa revelación. Pero, en realidad, para retardar el advenimiento que esperamos, hay algo más fuerte que los acontecimientos políticos.

Es la desvinculación en que viven los que desean ese advenimiento. Dispersos en la República, ignorándose unos a otros, combatiéndose muchas veces por pequeña pasión o por diferencias verbales, hay millares de gentes -la generación de 1915- que tienen un mismo propósito puro, que podrían definir el inexpresado afán popular que mueve nuestra historia.

Porque realmente existe una nueva generación en México.

Es difícil definir lo que sea una generación. Algunos pretenden que lo que es todo grupo de hombres contemporáneos. Otros piensan que no el tiempo, sino el estilo, forma las generaciones. Otros, creen que un acervo común de ideas, una forma peculiar de reacción, una obra colectiva, determinan la existencia de una generación.

Pero hombres separados por muchos años, pueden formar generación. Y la diversidad de estilos, las diferencias ideológicas, la falta de empresa común, son frecuentes entre los hombres de una generación.

La unidad de época, de manera o de acción, son a menudo sus aspectos externos; pero la esencia de las generaciones debe buscarse en otra parte, en una intima vinculación establecida entre varios hombres por la existencia en todos ellos, de un mismo impulso inefable, de una inquietud peculiar, de ciertas maneras profundas de entender y valorizar la vida y de plantear sus problemas. Es una especie de unidad biológica superior, trascendental; una "consanguinidad" espiritual que se manifiesta lo mismo en las semejanzas que en las diferencias.

Una generación es una unidad totémica en a fórmula spengleriana. A través de ella puede observarse el sentido de la raza; su actitud es símbolo de un interno impulso peculiar a una unidad étnica. Y cuando se da como fundamento de una generación la “contemporaneidad”, se expresa mal e incompletamente un hecho: quienes forman una generación, como los miembros de una familia, llevan un aire común, indefinible en ocasiones, porque es como un arquetipo que en cada uno fuera realizándose parcial, defectuosamente.

Los que forman generación, resultan individualmente ensayos de adaptación al arquetipo, resultados -frustráneos por parciales- del trágico esfuerzo que el arquetipo desarrolla por realizarse plenamente en individuo.

Cada generación viene a ser, también, un nuevo esfuerzo, en la interminable labor dolorosa de un sino, de una" cultura", del espíritu de una raza, para cumplirse, para realizarse.

Fracasados una vez y otra vez, el arquetipo, el sino, renuevan el empeño de realización y siguen su lucha con el tiempo enemigo de realizaciones, porque realizar es cumplir, terminar, morir, dejar de ser, negar el tiempo en suma, que es emprender, prometer, iniciar, vivir, llegar a ser.

Una generación resulta, en consecuencia, un momento en esta lucha entre el realizar y el vivir, entre lo creado y el espíritu creador, entre lo que quiere ser y permanecer y lo que varía y en variar tiene su esencia, entre el espacio -la obra- y el tiempo -el obrar.

Una generación es un grupo de hombres que están unidos por esta intima vinculación quizá imperceptible para ellos: la exigencia interior de hacer algo, y el impulso irreprimible a cumplir una misión que a menudo se desconoce, y la angustia de expresar lo que vagamente siente la intuición, y el imperativo de concretar una afirmación que la inteligencia no llega a formular; pero que todo el ser admite y que tiene un valor categórico en esa región donde lo biológico y lo espiritual se confunden.

No importa, pues, para reconocer una generación, para afirmarnos como una generación, que falten la unidad de época o de estilo o de ideología y empresas comunes. Ni importa para este solo fin, que los hombres de la generación se odien o se amen, que trabajen juntos o que se destruyan. Importa que tengan la misma incontenible inquietud, la misma necesaria agresividad para conservar o para rehacer. Esto les da a veces parecido de gemelos, unidad de estilo, comunidad ideológica. Pero otras veces los vuelve tan diversos que sólo después de mucho tiempo o con una admirable percepción se advierte en ellos la existencia del "aire de familia", de ciertos rasgos fisonómicos peculiares.

Cada generación tiene, por ello, un valor de símbolo y su contemplación puede darnos un nuevo dato para hallar el sentido del afán humano, de un afán humano.

Y cuando la generación se reconoce, cuando advierte en tiempo la unidad que es su esencia, es preciso volver activos sus propósitos, consciente su simbolismo, deliberada y encauzada su actuación.

Los que eran estudiantes en 1915, y los que, entre el mundo militar y político de la Revolución, lo sufrían todo por tener ocasión de deslizar un ideal para el movimiento, y los que, apartados, han seguido los acontecimientos tratando de entenderlos, y los más jóvenes que nacieron ya en la Revolución, y todos los que con la dura experiencia de estos años, han llegado a creer o siguen creyendo en que tanto dolor no será inútil, todos forman una nueva generación mexicana, la generación de 1915.

Todos deberían caminar juntos. Pero viven separados por la suspicacia y por su propia indefinición. Olvidan la empresa común y se empeñan en destruirse afiliándose a banderías de momento, absteniéndose de obrar, dejándose llevar por la fácil molicie de la complacencia o abrumados por el "para-que-ismo", esa espantosa impresión de inutilidad del esfuerzo que a todos nos domina en ocasiones.

¡Cuantas veces en estos años, hombres de sana intención y de convicción ferviente, se han perdido para la acción futura arrastrados perversión del medio o agobiados por la esterilidad de su esfuerzo aislado! ¡Cuántos, de buena fe, se gastan y gastan a los demás, revolviéndose y predicando la rebelión contra una tiranía corrompida, sin advertir que necesariamente caerán en otra corrupción y hallarán otro tirano, porque el mal que exige remedio está más allá de la acción política inmediata!

Es tiempo de alzar una bandera espiritual; de dar el santo y seña que permita el mutuo reconocimiento.

Hace falta una definición de tendencia y de actitud; la afirmación de un valor siquiera, en torno del cual se reúnan los esfuerzos dispersos y contradictorios.

No podemos intentar todavía una doctrina y menos una organización.

Pero si el alba de 1915 ha de llegar a ser pleno día, es menester encontrar un campo común, una verdad, un criterio aunque sea provisional, para encauzar y juzgar la acción futura.

Necesitamos después organizar una ideología que integre y precise los vagos deseos y la indefinida agitación que a todos nos tienen conmovidos hasta el malestar físico, una ideología de la vida mexicana, de los problemas que agitan a México. Una ideología sin mistificaciones de oratoria, adecuada a propósitos humanos, que resuelva en la acción y no en la literatura, las graves contradicciones que estamos viviendo.

No pueden servirnos con este objeto las grandes palabras -Justicia, Libertad, Mejoramiento- que suenan a hueco y cada quien llena con significado especial.

Tampoco pueden servirnos los nombres conocidos -socialismo, colectivismo, individualismo, comunismo- que usamos para designar conjuntos teóricos de contenido cambiante e impreciso.

Un nombre no puede conformarnos. Imposible e inútil lograr inmediata conformidad con una doctrina. Seria, además, perjudicial el intento de hacerlo, porque la falta de un criterio objetivo convertiría la doctrina elegida en un nuevo tópico de confusión.

Encontrar, por tanto, un criterio de verdad, un método y una actitud fundamental, es la tarea del momento.

No es pequeña tarea; mas podremos quizá a agotarla provisionalmente, en términos que en vez de extinguir la discusión y la búsqueda, las hagan posibles y fructíferas.
Aun para llegar a la crítica que nos es indispensable, necesitamos, desde luego, ser dogmáticos y objetivos como todo constructor. Volverá después el análisis a depurar la obra; pero es necesario iniciar la obra y adoptar, para ello, una afirmación.
 
Por eso, debemos hablar de nuestra generación, ahondar en sus raigambres, proyectarnos a su porvenir, buscar en ella el símbolo de lo que podrá esperarse después en nuestro México: oscuridad dolorosa de mestizaje, trágica supervivencia de grupos derrotados en una científica selección racial, mediocridad de criollos tropicales vivaces, superficiales y espiritualmente invertebrados, o "raza cósmica", cultura nueva sentido total de la vida que armonice y supere las contradicciones que atormentan al mundo moderno.

Y debemos emprender esta tarea sin olvidar la provisionalidad de nuestra primera afirmación, que nos obliga a especial cautela critica; la carencia de datos ya establecidos firmemente para juzgar de posteriores afirmaciones, que nos fuerza a ser plenamente objetivos al adoptar un criterio fundamental de verdad, una guía de la acción y del pensamiento.

DOLOR

¿Podríamos, así, hallar un elemento primordial y objetivo para el juicio, un propósito provisional para orientar la acción?

Entre las doctrinas opuestas, a su pesar y causado por ellas a menudo, hay un hecho indudable: el dolor humano.

El dolor de los hombres es la única cosa objetiva, clara, evidente, constante.

Y no el dolor que viene de Dios, no el dolor que viene de una fuente inevitable, sino el dolor que unos hombres causamos a otros hombres, dolor que originan nuestra voluntad o nuestra ineficacia para hacer una nueva y mejor organización de las cosas humanas. Todo lo demás es discutible e incierto.

Y por esta primera razón podemos adoptar el dolor como criterio, provisional de verdad; la lucha contra el dolor como campo común de trabajo y discusión.

Claro que no es el fin del hombre suprimir el dolor.

Hace tiempo que salimos del limbo utilitarista. El paraíso terrenal sin pena ni gloria fue bueno para el despertar espiritual de la especie; no para satisfacer un afán adulto y redimido.

Pero mientras los hombres consuman lo mejor de su vida y de su energía en librarse de los más bajos dolores -de la miseria, de la opresión-, será imposible que logren alcanzar propósitos superiores e ideales más altos.

Por eso, antes que nada, es precise luchar contra estos dolores y como ellos son indudables, como su existencia es objetiva, como son la única cosa de esencia humana que sea, a la vez, en cierto modo" cuantitativa", sólo ellos pueden darnos un criterio seguro de verdad en las relaciones entre los hombres y un elemento fundamental de juicio para resolver los problemas sociales.

Como base de la nueva ideología podremos, pues, hacer una teoría del dolor. Partiremos así de un hecho; limitaremos en principio el campo de discusión; tendremos un propósito claro aunque provisional para la acción y determinaremos un criterio común para juzgar de las promesas, de las instituciones y de los conceptos.

En nuestra vida personal podremos estar separados por las más profundas diferencias. Dios seguirá hablando a cada quien en su propio lenguaje. Las inquietudes personales y el dolor propio y el afán intimo seguirán siendo intocables. Cada uno vivirá personalmente en la más conforme resignación o movido por una inquieta rebeldía.

Pero en cuanto se trate de la vida común, en cuanto se entre en relación con otros hombres, la acción no podrá ser exclusivamente personal, porque cuando se forma parte del grupo, la calidad espiritual de hombre se pierde un poco y en cierto modo se convierte en mecánica; porque ninguna acción social deja de tener trascendencia; porque el hombre en sociedad depende y disciplina, da y recibe, crea y destruye, puede causar dolor o remediar males y no tiene ya el derecho de ser inviolable, de cometer absurdos ni de olvidar que sus actos o sus omisiones engendran sufrimientos a otros hombres.

Socialmente, por lo menos, nuestro deber es obrar, remediar males, mejorar la condición de los hombres. Proclamar este primer postulado, es darnos una señal de inteligencia que nos permitirá estar cerca unos de otros, cualesquiera que sean las distancias que en otros puntos nos alejan.

LA TÉCNICA
 
Pero no olvidemos que éste es nada más un criterio provisional y que el deber es saber en qué estriban los males que reclaman acción, y concretar en programas realizables el indeterminado anhelo común de mejoramiento.

No gastarnos en academicismo; pero tampoco en ilustrar como comparsa acciones políticas siempre pequeñas, sino revisar urgentemente los conceptos y las instituciones y hacer de nuestra acción una acción ennoblecida, porque sirva a propósitos humanos claros y definidos y no camine, como el carro del cuento, sin rumbo conocido, machacando víctimas ante la inercia de una pobre sensiblería o ahogando su clamor con el estruendo de rumbos retóricos.

Y para esto, fijemos el método elegido aunque sea también provisionalmente.

No positivismo ni pragmatismo siquiera. Es posible otro camino: el de la técnica.

Técnica que no quiere decir ciencia. Que la supone; pero a la vez la supera realizándola subordinada a un criterio moral, a un ideal humano.

Técnica que no es tampoco positivismo; que conoce y postula otros valores para el conocimiento y para la vida y sabe la honda unidad que existe entre todas las manifestaciones del espíritu: música y filosofía, ciencia y pintura, arquitectura y derecho.

Conocimiento de la realidad. Conocimiento cuantitativo, ya que el error del liberalismo -no esquivado por el movimiento social contemporáneo- estriba en involucrar un problema de calidad en lo que es sólo problema de cantidad; en pretender resolver problemas de organización, de igualamiento, que son cosa de peso y medida, con elementos y nociones puramente cualitativos; en espaciar problemas de duración, según el lenguaje bergsoniano, tan querido para nuestro 1915.

Dominio, por último, de los medios de acción. Pericia en el procedimiento que haya de seguirse para transformar los hechos según el tipo que proporcione el propósito perseguido.

No el escueto conocimiento de la realidad que para en el quietismo de leyes inmutables. Iniciamos nuestra vida intelectual bajo el signo del hombre, afirmando la libertad y la posible adaptación de la ciencia a fines humanos.

Tampoco la vana palabrería de propósitos quiméricos, sino determinación concreta de un fin con realización posible según nuestra verdadera capacidad y sin que ello signifique renuncia o transacción deprimentes, sacrificio de más altos anhelos, antes indicando que se trata de una lenta ascensión por un camino inconfundiblemente trazado de antemano.

Investigar disciplinadamente en nuestra vida, ahondando cada fenómeno hasta encontrar su exacta naturaleza tras los externos aspectos artificiales. Disciplinadamente, también, inventariar nuestros recursos y posibilidades. Buscar con amor el oculto afán que quiere realizarse y fijarlo luego en términos de accesibilidad. Andar los caminos propios y ajenos del procedimiento hasta poder conocer, elegir y seguir el mejor en cada caso sin extravío y sin el peligro mayor de confundir la vía con el destino, el procedimiento con la obra. No despreciar la labor pequeña, ni arredrarse del fin remoto. Graduar la acción de acuerdo con la posibilidad aunque el pensamiento y el deseo vayan más lejos. Que el fervor de la aspiración anime la búsqueda y la disciplina de la investigación reduzca el anhelo, porque es peor el bien mal realizado que el mal mismo. Lo primero, destruye la posibilidad del bien y mata la esperanza. El mal, por lo menos, renueva la rebeldía y la acción.

Íntima unión de realidad, propósito y procedimiento, de manera que en un solo acto espiritual el propósito elegido ilustre el conocimiento de la realidad, el conocimiento determine la elección del propósito y conocimiento e ideal entreguen los medios que deben utilizarse, determinen e impongan la acción, esto es lo que podemos en tender usando la palabra "técnica".

Es el único método que podrá alzarnos de esta deprimente y fangosa condición en que el cientificismo de antes, el inevitable romanticismo y el misticismo vago de los días de lucha y los groseros desbordamientos de un triunfo sin realizaciones, nos tienen todavía postrados.

ARGUMENTOS

"Alas y plomo... "

Pero no ya la recomendación cobarde del tiempo en que sólo las alas sin plomo podían volar. -Ahora, "alas y plomo" hacen posible el vuelo-. Y el consejo, a la vez, es ejemplo que muestra el valor de la técnica.

Sin embargo, para algunos la actitud propuesta peca seguramente de ambición. Para otros, en cambio, es limitada y cobarde.

Extremada, en efecto, implica más que un método un fin: reunión del genio y del héroe. Limitada, significa abandono de más elevados propósitos en bien de alivios y bienes mediocres.

Sólo el segundo argumento, de ser cierto, seria valido. Mas predicar los límites de la realización posible, es el único medio de hacer posible la acción y fructífero el esfuerzo. Y acometer la empresa a sabiendas de su provisional limitación, está lejos de ser cobardía.

Toda realización, así sea la más generosa, es limitada. Lo que debe carecer de límites, es el afán de conocer y de crear.

El valor no estriba en lanzarse a la empresa quimérica, sino en el caudal de energía y de vigor espiritual necesario para mantener siempre vivo el impulso de realización.

El valor no es cerrar los ojos ante el fracaso, sino evitarlo o sacar de él nuevo aliciente para la acción; no conformarse tampoco en el éxito, sino adelantarlo luego.

El valor, el gran valor, consiste en conocer de antemano la inagotabilidad de la acción y en seguir obrando con fe en la eficacia del bien alcanzado cada día.

PREVENCIONES

He aquí, pues, una tarea para la generación de 1915. Imperativo de nuestra época, resultado de nuestra experiencia, fruto de aquel año en que surgió un nuevo México.

Podría decirse "generación de 1927 o de 1930", como se dice" generación de 1915". Hasta sería más exacto para algunos. Pero 1930 podrá ser el tiempo de la mayor edad o simplemente un año cualquiera de esfuerzos y vicisitudes, mientras 1915 fue ya el año de la iniciación.

Muchas cosas han cambiado desde entonces en nosotros y fuera de nosotros; mas el cambio operado en ese año ha hecho posibles los cambios posteriores.

Ahora, es preciso volver consciente la fuerza que nos ha movido como a pesar nuestro.

Los primeros ensayos serán seguramente pobres en comprensión y en resultados. Y esa pobreza resultará acicate para renovar el esfuerzo.

Los primeros éxitos parecerán mediocres. Serán apenas el comenzar del largo trabajo.

Participamos de los problemas y de la zozobra occidentales, como participamos -biológica y espiritualmente- de su civilización.

Pero aun lo más genuinamente occidental toma aquí un carácter peculiar y hay, además, inquietudes y valores que nada tienen de común con Occidente. A veces, la civilización europea nos resulta inadecuada y las ideas hechas que importamos no ajustan siempre a nuestra condición. Conscientemente las hacemos nuestras; pero en el torrente de la subconsciencia y de la acción, imperan otros valores. Lo medular en nosotros no coincide con lo cerebral.

Y no nos conforma ya aquella explicación simplista que sólo ve en México dos grupos: la minoría espiritualmente dirigente, de origen o de cultura europeos, y la mayoría "actuante", indígena o simplemente barbará. Proclamamos nuestra sustantividad.

Hasta ahora sólo ha sido una afirmación apasionada, elocuente y demagógica. Se apoya en presentimientos. No es creadora aun y apenas si pasa de provincialismo soberbio y de curioso folclorismo. Se precia de cacharros porque no puede presentar instituciones.

Nuestro mexicanismo es todavía más un nacionalismo de alfarería que de cultura. Y cuando quiere ser serio, esta preñado de temibles amenazas de regresión.

Precisa, pues, desentrañar lo que tenga de verdad esencial esta aspiración a "ser nosotros mismos", descubrir y valuar su contenido y convertirlo luego en motivo creador. Si hay realmente un sentido estético, una tabla moral y un anhelo interior que determinen una producción artística, una forma de vida, una organización social y un espíritu religioso mexicanos, no empeñarnos más en aplicarnos sin éxito explicaciones y sistemas extraños a nuestra naturaleza.

Para lograr este esclarecimiento como para realizar cualquier intento de mejora, necesitamos, ante todo, método y crítica.

Crítica de nosotros mismos que nos ponga incesantemente en guardia contra las asechanzas de este medio tan propicio a la improvisación o contra los excesos de nuestro entusiasmo; que nos permita discriminar lo verdaderamente propio y genuino, de lo que sólo sea copia o adaptación discutible; que, dándonos la medida de nuestra capacidad, nos deslinde los campos de la actuación propia y de la universal, de lo que podremos crear y de lo que habremos de adoptar.

Encarecer la necesidad de método seria inútil después de recomendar crítica severa, si no fuese porque la crítica a menudo esteriliza y agobia. Además, donde toda idea de orden libre se ha perdido, donde sólo hay arbitrariedad y capricho, proclamar la superioridad del método, es cosa fundamental.

Crítica y método; lo que no quiere decir matar la vigorosa espontaneidad característica de este momento ni significa olvidar que "el hombre es la medida de todas las cosas".

Atentos a la vida y al pensamiento; pero que no se torne la actitud en complacencia de espectador ni en dilettantismo vacio.

Pensar y obrar. No lejos de la pasión, dentro de la vida. Evitando igualmente la fácil falsedad de la esquematización y la vana disculpa de un romanticismo inerte.

Vigilar la acción, que no se aparte de la inteligencia. Con el mismo empeño evitar la indeterminación del propósito que debe alcanzarse y el conformismo del éxito inmediato.

Parcos en el programa de acción y generosos en el impulso. Sinceros, en todo caso.

Lógicos e intuitivos. Serenos y entusiastas. Convencidos y escépticos. Todo según la actividad y el momento.

Rechazar como falsa la doctrina que agrave los males de los hombres, como equivocada la acción que los cause a las mantenga. Mas, también, huir de la débil filantropía, de la cobardía disfrazada de piedad y cuidar de que no pare en sensiblería la comprensión del dolor.

Hasta violencia, si el propósito lo exige. El campo del bien no es fácil y la lucha es esencia de la vida sin ser necesariamente contraria al bien. La violencia, además, como el dolor, redime y salva si no es torpe ni pequeña. En México, sin embargo, hemos de huir de la violencia que ha amparado siempre bajas pasiones porque no tenemos "piedad de nuestra propia sangre" y porque nada pesa más gravemente sobre nosotros que la cruel tradición de Huitzilopochtli.

Rigor en la técnica y bondad en la vida. Ese es el nuevo programa.

EPÍLOGO

Por supuesto que no trato de describir con lo dicho caracteres de nuestra generación ni de plantear siquiera una orientación para ella.

El dolor puede ser un inseguro criterio para valorar la acción. La técnica resultará un débil sistema de trabajo, ya que hasta el nombre induce a confundirlo con el mero procedimiento, con la receta para obrar. El hecho mismo de proclamar que somos una generación, puede ser falso.

¡No importa! Hago nada más una invitación a la comprensión y al trabajo. Las recomendaciones son vagas y estrechas y habrá que cambiarlas técnicamente sin pararse siquiera a discutirlas, porque su espíritu es ese: trabajar y comprender, seguros de la unanimidad profunda más allá de los errores de expresión.

He tratado solamente de señalar un hecho y de indicar una posibilidad: la posibilidad de encontrar un medio para reunir las buenas voluntades dispersas, los entusiasmos contradictorios, y para definir la insoportable angustia que ahora nos agota; el hecho de que hay una multitud de gentes que podrían trabajar juntas en vez de negarse y combatirse; de que hay una orientación, una razón de ser común en los acontecimientos que en confusión terrible y sin aparente sentido, ocurren en México.

Quiero decir, además, que una grave responsabilidad pesa sobre nosotros porque somos una" generación eje".
 
La historia se mueve por años sin cambio aparente. Las generaciones se suceden sin convulsión heredándose el mismo patrimonio de convicciones y de bienes. Pero en un momento, la historia se tuerce, el patrimonio espiritual y económico heredado resulta insuficiente y hay que decidirse a tomar un nuevo rumbo y a crear un acervo nuevo de ideas y de riqueza. La generación de ese momento es, así, el eje del cambio. De ella depende que tras de la temible sacudida que el movimiento produce, sólo queden ruinas y rencor o se creen una organización y un patrimonio nuevos y mejores.

Esta es nuestra situación, esta es nuestra responsabilidad. No pensemos que somos mejores que otros ni consintamos en parecer peores. Sólo podemos estar destinados a ser diferentes. No hacernos ilusiones paradisiacas ni permitir que se prediquen seguros desastres.

Quizá esta generación, como todas, será apenas instrumento de fines superiores a los hombres. Aun así, nuestra época exige que lo seamos conscientemente y nos abre una puerta de esperanza al afirmar que es siempre posible la libertad, la libertad siquiera de ser un buen instrumento o un instrumento malo de la fatalidad que hoy se llama evolución.

El deber mínimo es el de encontrar, por graves que sean las diferencias que nos separen, un campo común de acción y de pensamiento, y el de llegar a él con honestidad -que es siempre virtud esencial y ahora la más necesaria en México.

Y la recompensa menor que podemos esperar, será el hondo placer de darnos la mano sin reservas.
 
México, febrero de 1926.