Martín Luis Guzmán, 30 de Abril de 1919
A ORILLAS DEL HUDSON. Las más de las páginas contenidas en este volumen fueron escritas en la ciudad de Nueva York (Estados Unidos de Norteamérica) y publicadas allí entre 1916 y 1918 por dos periódicos mexicanos: la Revista Universal y El Gráfico. Ello explica el título de la obra.México, 1920
LA POLÍTICA MEXICANA.
VISTA desde lejos por un mexicano, y a la luz de lo que acontece en otros países, la vida pública de México se presenta con perfiles enteramente definidos y claros. Falso que sea aquél un país tan absurdo como suelen creer algunos de sus hijos, o tan inexplicable y misterioso como a menudo aseguran los extranjeros.
Todo lo contrario, la política de México parece, desde aquí, desenvolverse sobre un plano que no por ser muy peculiar está exento de lógica. Hay allí, y en esto concuerda México con todos los países del mundo, un grupo de hombres, honrados unos y pícaros otros, que tienen por oficio intervenir en los asuntos de la República. Pero, a diferencia de los políticos de otras partes, la mayoría de los políticos mexicanos sólo concibe una manera de ejercer su oficio: el uso del poder.
Esto, naturalmente, no se debe en ellos a maldad o ambición —sería injusto y torpe el asegurarlo—, sino más bien a la estrechez de aptitudes que por lo común los caracteriza. La única habilidad, o la habilidad suprema, de casi todos los gobernantes que México ha tenido desde la guerra de Independencia ha sido la habilidad de mandar. Y como la política es una profesión (o una pasión) que, lo mismo que las otras profesiones, ha de practicarse diariamente durante toda la vida, resulta muy natural que los hombres de mando que en México profesan la política pretendan llegar sin tardanza al gobierno y mantenerse en su puesto perpetuamente. Los políticos mexicanos no son, salvo excepciones contadas, ni escritores, ni oradores, ni periodistas, ni conferenciantes, ni maestros; son ciudadanos simples, hombres de poquísimas o ningunas letras, aunque a veces de muy buena intención, que han resuelto encauzar con su brazo el fluir de la patria.
Basta lo anterior para explicar desde luego dos resortes de la política mexicana: la predilección de los hombres públicos de México por el estado de guerra siempre que no empuñan ellos el gobierno y, corolario de esto, la resistencia del partido, o del grupo, o del caudillo vencidos a deponer las armas de un modo absoluto. Respecto de lo primero, es evidente que en tiempo de paz sólo se participa en la cosa pública —cuando no se desempeña algún cargo— moldeando la opinión, es decir, poniendo en juego la palabra, la pluma, las ideas, actividad vedada a los más de los políticos mexicanos, que rara vez escriben o hablan. Respecto de lo segundo, a nadie chocará que los políticos de esta especie crean, no sin razón, que, una vez vencidos, influyen más en el gobierno de su país merodeando por la sierra al frente de dos o tres docenas de hombres, que volviendo a la nada, o a la medianía, de donde surgieron. Esto sin contar con algo más: que el político gobernante, siempre expuesto a caer de su sitio por virtud de las armas, aniquila al vencido temible que se le entrega.
La sedición, pues, y el levantamiento, y el motín, no son, en México, signos necesarios de inmoralidad (aun cuando muchas veces sí lo sean), sino la forma habitual como casi todos los políticos mexicanos de la oposición expresan su desacuerdo. ¿Que por qué lo expresan así? Porque ése es el único medio de expresión que ellos conocen o de que ellos son capaces. ¿Qué puede hacer el general Zutano o el general Mengano para convencer a los demás de que ellos tienen razón, sino levantarse en armas y demostrar, con el triunfo de las armas, que la razón les asiste? ¿Acaso está en su órbita conseguir eso mismo mediante la fuerza de las ideas?
Frente por frente de los políticos militantes, la gran masa de los mexicanos vive entregada a sus negocios. Priva entre las clases mejor educadas del país la teoría de que la política, la política mexicana por lo menos, es sólo digna de los espíritus aventureros o inferiores y de quienes ambicionan el poder o el enriquecimiento rápido. Y de tal actitud toman pie circunstancias favorables a la continuación del régimen de la violencia. Porque si esas clases, de cuyo seno podrían salir políticos dotados, a lo menos, del instrumento indispensable para hacer política sin recurrir a la espada, queremos decir, políticos capaces de utilizar el lenguaje y la escritura, se abstienen de todo impulso ciudadano, no hay alternativa para que cese el reino de los que se entienden a golpes, ni asiste justificación moral a quienes se lamentan de que así ocurra.
Cuando de tarde en tarde algún miembro de las clases cultas de México se lanza a hacer política por su cuenta, y no como mero instrumento de generales ignorantes, sus mayores esfuerzos para substituir la razón a la fuerza son de todo punto inútiles; la atmósfera militar se encarga de demostrarle pronto que en la República no valen las palabras, sino las acciones, y de obligarlo a recurrir a los medios violentos o a desaparecer: tal fue el caso de Madero.
Esa misma actitud de las clases cultas de México explica también el que no haya allí aquella categoría social, presente en todas las naciones de la Tierra medianamente organizadas, ya sean democráticas, oligárquicas o monárquicas, que tiene el papel de ocuparse, sin mira inmediata ninguna hacia el poder o hacia las riquezas que del poder se derivan, en los asuntos públicos, en la educación pública, en el espíritu público y. dicho de una vez, en cuanto concierne a la vida nacional de un país. Lejos de ello, de nada se ufanan tanto los intelectuales mexicanos como de su indiferencia por las cuestiones políticas. No hacer política equivale, a sus ojos, a practicar una virtud: como si realmente el ejercicio de la inteligencia trajera aparejado en México el sacrificio de la dignidad de ciudadano y el olvido de la responsabilidad de ser padre.
En estos momentos no se columbra en todo el país un solo escritor, un solo orador, un solo maestro que pueda medirse con la magnitud de las necesidades nacionales.
Orígenes del Partido de la Revolución
PERSONALISMO ELECTORAL
I
ELECCIONES —elecciones de presidente, de magistrados, de diputados, de gobernadores, de munícipes—: siempre es esto en México sinónimo de posibles graves conflictos.
A diferencia de lo que ocurre en otras partes, las campañas electorales mexicanas no equivalen a la lucha entre dos o más formas de entender el bien colectivo —la mera administración de los asuntos de la República —; se reducen a la lucha entre el interés de dos o más personas. o dos o más grupos de personas, consideradas en sí mismas y como tales. En los países dotados de verdaderos partidos políticos, la figura del hombre destinado a encarnar el programa partidista no supone más que un problema incidental de última hora. En México, privado de agrupaciones políticas verdaderas y, lo que es aún más grave, de ideas políticas nacionales y locales susceptibles de una clasificación útil para la vida, toda disyuntiva electoral es un problema del personalismo mesiánico. Los partidos políticos que realmente han existido en México, a despecho de nombres impersonales —exceptuada la época de la Reforma y de los constituyentes—, fueron siempre personalistas, o en eso desembocaron cuando tuvieron origen en una revolución. En lo que va de esta centuria nuestros partidos políticos verdaderos han sido —hablando tan sólo de las elecciones presidenciales— el porfirista, el revista, el maderista, el huertista, el carrancista, el gonzalista, el obregonista, etcétera.
Así las cosas, absurdo sería buscar en el ánimo público de los actuales momentos algo diverso de una profunda ansiedad ante las próximas elecciones. Si la lucha electoral de 1920 sólo tuviera que resolver el choque entre varios modos como la voluntad nacional quiere encarrilar su futuro, comenzaría a sentirse ahora el empeño político —interesado o altruista— de unos y otros, pero no el temor de graves acontecimientos; apuntaría un simple trastorno electoral, no una inquietud despierta a los peores peligros y eventualidades. Tal disposición temerosa, sin embargo, es lo que realmente se encuentra tan pronto como se rasca un poco bajo la incertidumbre popular de estos días. Detrás de la incipiente actividad de pablistas y obregonistas —y a ellos nos referimos particularmente porque son los más preparados para las elecciones—, y detrás de su entusiasmo, fingido en algunos, sincero en otros, lo que de hecho alienta en el corazón de los mexicanos es un negro presentimiento de los sucesos posteriores a las elecciones próximas.
El partidario personalista, que todo lo espera, para sí o para el país, del triunfo de su candidato, no ve ni siente más allá de su parcialidad. Por eso está bien creer que tanto obregonistas como gonzalistas pueden esperar de buena fe el bien nacional englobado en la victoria de sus caudillos. Pero el pueblo todo de la República, que asiste sin entusiasmo ni egoísmo a la preparación de los acontecimientos, no para mientes en las posibles ventajas que el país sacará del triunfo de cualquiera de los candidatos ahora imaginables. Para la gran masa nacional no hay gran diferencia de uno a otro, o, de haberla, no le importa grandemente. Bien a bien, quizás el menos apto de todos ellos le satisfaría con sólo que llegase al poder mediante una sucesión tranquila y normal. 0 sea, que malos o buenos, todos los candidatos para las próximas elecciones des-aparecen a ojos de la parte consciente de la nación y sólo dejan en pie este hecho, indiscutible por su enorme significación para la patria: otra vez en el curso de nuestra vida pública, y pese a infinitas enseñanzas y dolores, el poder para manejar los intereses materiales y espirituales de México es motivo de disputa entre grupos personalistas. Peor aún: todavía los jefes de esos grupos no dicen lo que, según cada uno, debiera ser una gestión gubernativa apta y útil, y ya acuden cerca de ellos multitud de adeptos, convencidos y entusiastas, ansiosos de ganar. Hay obregonistas, hay gonzalistas, pero no hay obregonismo ni gonzalismo ideológicos. No existe ningún compromiso contraído por los actuales candidatos respecto a determinada manera de gobernar, nada, ajustado a declaraciones que pudieran diferenciar del obregonismo al gonzalismo; y, eso no obstante, existen los obregonistas y los gonzalistas, que entre sí luchan sin saber, desinteresadamente, por qué.
De tal incongruencia, entre la idea y la acción, de tal vacío, mejor dicho, entre la idea y la acción, arrancan las inquietudes discernibles en el alma mexicana de esta hora. Si ciego, irracional —o simplemente afectivo o interesado— es el impulso que agrupa a los contendientes de las próximas elecciones, ¿qué puede esperarse del choque electoral mismo?, ¿qué, si no algo también irracional y ciego? Cuando los gonzalistas o los obregonistas triunfen, ¿consentirán unos u otros en la derrota? Probablemente los candidatos sí; pero, ¿y los partidarios? Se consiente en la derrota transitoria de un programa, de un propósito; por eso los grandes partidos políticos se conforman con no triunfar hoy, en espera del triunfo de mañana. Pero ¿cómo ha de consentirse en la derrota absoluta y definitiva que es todo fracaso de las ambiciones fundadas en un mero personalismo? Los impulsos irracionales y ciegos sólo ceden ante otro impulso ciego e irracional más poderoso, y capaz de imponerse por la fuerza. De aquí los temores que inspiran las próximas elecciones.
II
Los elementos efectivos con que nos disponemos a llevar a cabo la renovación de los hombres investidos de mando, esa obra tan difícil en México —imposible casi si ha de hacerse en condiciones normales—, son, lo decíamos ayer, inadecuados y paupérrimos. En vísperas de elecciones sólo contamos con unos cuantos grupos personalistas, grupos sin programas nacionales, sin compromisos nacionales, sin prestigio nacional y sin tradición de ninguna especie en cuanto a su aptitud para administrar los asuntos públicos.
Todos ellos, por otra parte, arrancan de un mismo acontecimiento político, son simples derivaciones personalistas de la Revolución, y eso también los invalida para cumplir su papel satisfactoriamente. Nacidos unos y otros de nuestro gran movimiento social, la idea más o menos vaga encarnada en este último, la virtud política que hizo posible a la Revolución misma, no les servirá para luchar entre sí, pues justamente por ser todos revolucionarios constitucionalistas, esos grupos no encierran, ni pueden encerrar, ninguna verdad que los distinga en términos capaces de escindir con evidencia la opinión y la voluntad del país. En otras palabras, el peligro de las próximas elecciones, caso de llevarse a cabo sin más ordenamiento de la voluntad popular que el personalismo en favor del general Pablo González, o del general Álvaro Obregón, o del general Salvador Alvarado, o de otros candidatos posibles, estriba en que tales circunstancias no darán a la opinión nacional materia para expresarse clara e inconfundiblemente.
Invitadas sólo a los afectos, simpatías y entusiasmos personalistas, resulta ocioso suponer que las masas populares, en todos sus estratos, vayan a las urnas con deseo inequívoco. Obregonistas, gonzalistas, alvaradistas, verán al día siguiente al de la expresión del voto que sus fuerzas han sido casi iguales, y no creerán ni aceptarán que el triunfo sea de todos o de nadie. Y de esta neutralización de fuerzas, de esta incierta manifestación de la voluntad nacional surgirá el desorden, y, de allí, el ofuscamiento, y la pasión, y la no conformidad con la derrota: es decir, la guerra.
Afortunadamente para México, al lado de estas reflexiones pesimistas —necesarias aunque crueles, porque ellas conducen a la verdad y al remedio— surgen otras alentadoras. No es demasiado tarde para que una preparación prudente y sabia produzca resultados de otra índole si, partiendo de las realidades políticas, se lleva el movimiento electoral por cauces menos aleatorios. Esto, en el caso, quizás utópico, de que el impulso vital de la nación sea capaz de imponerse a la eterna pequeñez al eterno egoísmo.
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