Abril 4 de 1919
La última guerra ha extendido la desolación y la destrucción sobre vastas comarcas de la tierra: ha conmovido nuestro edificio social hasta sus cimientos: ha dejado lisiadas, postradas y enfermas a multitudes de prójimos nuestros; y ha llenado al mundo con las lamentaciones de los espoliados y de los sufrientes. Como Padre común de la humanidad y como custodio del Mundo Cristiano, el Soberano Pontífice, en el nombre de Dios y por el bien de la humanidad, ha apelado a todos nosotros no sólo para que curemos las heridas hechas a nuestra civilización, sino también para señalar la vía hacia una paz permanente y de buena voluntad abogando firmemente por la justicia. Pero mientras que nosotros laboramos en amor y en caridad para cumplir este deber que la Religión Cristiana nos impone y que el Santo Padre tan elocuentemente reclama para nosotros, hay quienes avivan antiguos temores y enardecen antiguos rencores, una minoría corta, egoísta pero poderosa, extravía aun y entenebrece las voluntades de los hombres sencillos. Los derechos de los más débiles siguen siendo sacrificados a los intereses de los más fuertes.
A pesar de la buena voluntad de los americanos, un pequeño grupo -que tiene en tan poco las vidas de sus conciudadanos como las de los mexicanos: ha iniciado una campaña de calumnias de los Estados Unidos contra el pueblo mexicano. Unos cuantos extranjeros fomentan la anarquía en México y nuestro pueblo ha sido exitado por indebidos entrometimientos en nuestros asuntos domesticas, humillación que una nación altiva y soberana no puede sobrellevar ligeramente. Una prensa llena de amenazas y vaticinios de una nueva guerra contra nuestra amada patria, -guerra iniciada por hombres egoístas, sin corazón y sin criterio-, pone de manifiesto los propósitos de esas actividades.
Nosotros, los infrascritos, Prelados mexicanos, sostenidos en nuestro destierro por nuestra Fe y nuestra confianza en Dios, y por el amor de nuestra patria, participamos de las esperanzas y tribulaciones de nuestro pueblo: Nos regocijamos con sus alegrías: Compadecemos con sus dolores: Sufrimos con sus angustias: Y, en obedecimiento a los mandamientos de Jesucristo, Nuestro Bendecido Señor y Maestro y en conformidad a los ordenamientos de su Vicario, Nuestro Soberano Pontífice, y constreñidos por nuestra siempre vigilante solicitud en favor de la seguridad y bienestar de los que han sido encomendados a nuestro cuidado, hemos sido impelidos a hacer un llamamiento a los ciudadanos de los Estados Unidos y a los ciudadanos de la República Mexicana para que sean pacientes y se sobrelleven unos a otros, porque de otro modo su amistad y el justo deseo de preservarlas y de fomentarlas quedarían rotos por las maquinaciones de las fuerzas del mal, conjuradas contra ellos. Deseamos que los sanos consejos sustituyan a los pensamientos de violencia en la consideración de las dificultades existentes o que puedan ser creadas entre nuestra amada patria mexicana y la tierra que nos hospeda. Entre tierras a las que la naturaleza, las circunstancias y la opinión han dado un destino común: entre tierras libres, preordenadas por Dios para ayudarse recíprocamente en plena armonía, con mutua buena inteligencia y perfecto desinterés y unidas para siempre una a otra en el cumplimiento de la alta misión para la que Elías ha creado; la paz, la paz de Dios y de la Iglesia, debe prevalecer.
Nosotros, como representantes de la Iglesia, que durante nuestro apostolado y también en nuestras personas ha sufrido persecución por parte del Gobierno Mexicano, hacemos no obstante un llamamiento especial en nuestra angustia a todos aquellos que llevan cargas impropiamente puestas sobre sus hombros por las autoridades mexicanas, y damos testimonio a los oprimidos así, de nuestra inquebrantable fe en el sentimiento de la justicia que radica en el pueblo mexicano y de nuestra inalterable confianza en el triunfo indefectible de todas las causas justas sometidas a su tribunal. Nosotros, Pastores sin hogar, cuyos apriscos han sido destruidos y arruinados y cuyas ovejas han quedado dispersas y opresivamente afligidas: Nosotros, que estamos obligados en conciencia a no omitir esfuerzo alguno hasta que no quede cumplida la misión que Dios nos confió: Nosotros, instamos para que haya mutua paciencia y tolerancia, porque nuestra confianza en el pueblo mexicano es absoluta. Y, si proclamamos esa confianza, apelaremos en vano a los modeladores inteligentes de la opinión americana para que refrenden las ideas de violencia y endilguen al pueblo por las vías de la Caridad y del pacifico arreglo de todas las dificultades?
Apelamos especialmente a aquellos de buena fe que, en los Estados Unidos han hecho suya nuestra causa, recordándoles que los corazones del pueblo son los templos de Dios y que la misión de la Iglesia es crear la paz y la buena voluntad entre los hombres. El principio en que está fundada nuestra Iglesia establecerá una paz de justicia, porque la disposición del pueblo mexicano para corresponder a la Misión de la Iglesia no tiene más límites que las barreras artificiales y transitorias que restringen nuestro ministerio. Finalmente, apelamos a los fieles en los Estados Unidos y en México para que se unan en nuestras oraciones, a fin de que Dios sea servido de remover prontamente todas las ocasiones de desacuerdos entre estos dos Estados soberanos de manera que el pueblo mexicano y el pueblo americano puedan convivir en perfecta paz ahora y siempre, pero conservando su propia independencia y soberanía.
Chicago, Abril 4 de 1919.
Lo anterior es una declaración conjunta de FRANCISCO PLANCARTE, Arzobispo de Linares. LEOPOLDO RUIZ, Arzobispo de Michoacán. FRANCISCO OROZCO, Arzobispo de Guadalajara.
La Fiesta del Papa. Escuela Tipográfica Salesiana, México, 1920; 112 pp.; Protesta, pp. 15 a 27; Acta de Chicago pp. 43 a 46; Declarado Conjunta pp. 46 a 49.
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