Home Page Image
 

Edición-2020.png

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

Este Sitio es un proyecto personal y no recibe ni ha recibido financiamiento público o privado.

 

 
 
 
 


1914 Teodoro Roosevelt. La guerra mundial. Norte América y la situación mexicana.

Del «N. Y. Times» diciembre 6 de 1914.

 

 

TEODORO ROOSEVELT LA GUERRA MUNDIAL.
NORTE AMÉRICA Y LA SITUACIÓN MEXICANA

[…]

Nuestra responsabilidad en México

 

 

 

Una comprobación sorprendente de la facilidad con que multitud de personas se dejan sugestionar por palabras y no por hechos, nos la proporciona la declaración hecha por los defensores de la actual Administración referente a que el Presidente Wilson «nos ha evitado una guerra con México». Estas son las palabras.

Pero los hechos han sido: Primero, una intromisión constante y más o menos furtiva en los asuntos internos de México, llevada hasta el punto que impone a esta nación grave responsabilidad por los hechos criminales de las facciones victoriosas, y segundo: el haber lanzado a este país a lo que en realidad fué una «guerrita» inútil y nada gloriosa con México, una guerra a la que se fué sin propósito adecuado, abandonada sin haber logrado objeto alguno, adecuado o inadecuado.

Decir que no estuvimos en guerra con México, no es sino mero juego de palabras. La cuarta parte de las guerras del mundo han comenzado y se han llevado a término sin una previa declaración de guerra.

La toma del puerto principal de otra nación, y la retención del territorio así ocupado durante varios meses, constituyen lo que se llama guerra, y afirmar que esto no es guerra, sólo sirve para divertir el intelecto que asegura que Alemania no está en guerra con Bélgica, porque Alemania nunca ha declarado la guerra a Bélgica. La guerra del presidente Wilson sólo tuvo como resultado el sacrificio de una (1) veintena de americanos y de cien o doscientas vidas mexicanas; una guerra sin objeto en lo absoluto; no ha servido ningún fin bueno; no ha logrado nada y ha sido abandonada por el Presidente Wilson sin obtener el fin por el cual se pretextó entrar en ella; por lo tanto, puede justamente ser estigmatizada como una guerra peculiarmente tonta, innoble e ineficaz; pero ello, no obstante, ha sido guerra.

Esto en sí fué bastante malo. Pero la línea de conducta seguida por nuestra Administración con México ha sido peor y aun ha producido mayores y más trascendentales daños. Y aquí también pueden los amantes a los juegos sofísticos de palabras, procurar demostrar que el Presidente «no intervino» en México; pero si así lo hicieren, estarían obligados a establecer la diferencia que existe entre intervención oficiosa y dañina, y malévola intromisión.

Bien sea que se diga que el Presidente Wilson intervino en México o meramente que se mezcló en los asuntos mexicanos logrando producir mucho mal y ningún bien, y hacemos responsables de los actos de facciones sin ley, ignorantes y sedientos de sangre, ello es de poca importancia. La diferencia es puramente de palabras. El hecho simple es: que gracias a la acción del Presidente Wilson (y algunas veces su inacción ha sido la forma más viciosa y efectiva de acción) este país se ha hecho en parte culpable y responsable de algunos de los peores actos que se han llegado a cometer en las guerras civiles en México.

Cuando Mr. Wilson resultó electo Presidente de los Estados Unidos, Huerta era Presidente de México. Sobre cualquier teoría de no intervención en los asuntos de nuestros vecinos, o cualquier teoría que tratara de evitar la guerra y rehusar tomar parte o hacerse responsable de los actos de algunas de las facciones contendientes, manchadas de sangre, está claro que el deber del Presidente Wilson era aceptar al Sr. Huerta como Presidente de México.

A menos que el Presidente Wilson hubiera estado preparado para intervenir activamente en México y establecer alguna forma de protectorado en ese país, no era de su incumbencia juzgar sobre la forma de cómo Huerta escaló el poder (lo cual ocurrió antes de que Wilson tomara posesión de su alto cargo) que el derecho que México hubiera tenido para rehusarse a reconocer al Sr. Hayes como Presidente, fundándose en que la República Mexicana no estaba satisfecha con su política económica y que simpatizaba más en la controversia con las ideas del Sr. Tilden (que por supuesto la manera más terminante de intervención fué la de rehusar reconocer al Presidente mexicano), él debió haber notificado a las potencias extranjeras su propósito, para prevenir en lo posible que éstas hubieran reconocido a Huerta. El Presidente Wilson intervino en forma tan débil, que sólo logró el máximum de daño para nosotros, para otros extranjeros y para los mismos mexicanos, y el mínimum de bien para nadie. Wilson pegó, pero pegó suavemente. Ahora bien, nadie debe de pegar, si puede evitarlo; pero nunca, cuando se pega, se debe pegar con suavidad.

 

El acto de Wilson fué de clara intervención

 

Cuando el Presidente Wilson rehusó reconocer a Huerta, cometió un acto de verdadera intervención. A un mismo tiempo, él y el Sr. Bryan contemplaban con los brazos cruzados y sin la menor protesta que ciudadanos americanos fueran asesinados y robados o maltratados vergonzosamente en todas partes en México, por las distintas facciones de bandidos con máscara de soldados. Mantuvo por mucho tiempo un trato amistoso con una de las facciones de aventureros políticos por intermedio de agentes diplomáticos, nombrados en la forma más irregular, y adoptó abiertamente una actitud ofensiva hacia el Jefe de otra fracción, no obstante que éste era de hecho la cabeza del único Gobierno que México tenía.

El acto de permitir el paso de armas por la frontera, de parte de Wilson, hizo que éste no solamente ayudara activamente la insurrección, sino que sin duda alguna le dió los medios para que triunfara, en tanto que activamente impedía a Huerta el que organizara una resistencia efectiva. Los defensores de Wilson alegan que él no podía haber impedido la remisión de armas por la frontera. La respuesta es la de que él la impedía a intervalos. De este modo demostró que tomaba un interés activo en armar a los revolucionarios, pues cuando así lo deseaba, daba el permiso y cuando lo creía más conveniente, lo negaba, siendo él por lo tanto absoluto responsable de esto.

Los derechos nominales que alegaban las facciones contendientes y las odiosas acciones cometidas por todas ellas, no nos importaban más allá de en lo que afectaban a los americanos u otros extranjeros.

 

Los Estados Unidos responsables de las tropelías de la facción triunfante

 

Individualmente nosotros podremos simpatizar, como por ejemplo yo personalmente, con el programa de división de tierras entre los cultivadores mexicanos, programa que Carranza, Villa y otros jefes revolucionarios sostienen; pero ello en nada justifica nuestra intervención, como no la justificaría que algún poder extranjero creyera prudente se estableciera en Estados Unidos el sistema de rentas llamado «single tax». Además, nada en la vida o carrera de Carranza o de Villa o de sus antecedentes justifica que éstos lleven a término este programa.

De cualquier manera, la intervención se efectuó. El camino seguido por el Presidente Wilson con respecto a Huerta y el seguido por él con respecto a Villa y Carranza, demostró su intervención activa en los asuntos interiores de México. Tomó parte con las facciones que triunfaron y que inmediatamente se han dividido en otras tantas facciones que se combaten con más o menos violencia.

Personalmente yo no creo que la Administración debiera de haber intervenido en esa forma, pero sí se puede estar seguro de una cosa: cuando la intervención fué hecha por el Gobierno americano, éste estaba obligado a aceptar la responsabilidad de sus actos. No podía dar ayuda ninguna, a los revolucionarios sin aceptar la parte correspondiente de responsabilidad por las malas acciones que éstos cometieron. No podía ayudarlos en vista de su actitud sobre la cuestión de tierras sin asumir responsabilidad, lo mismo que por la actitud de éstos respecto de la religión y sus sacerdotes.

Los Estados Unidos no hubieran tenido la menor responsabilidad en lo que se ha hecho a la iglesia en caso de que la facción que hubiera hecho el daño no hubiera sido ayudada para triunfar por los Estados Unidos. Pero cuando los Estados Unidos toman parte en una guerra civil en México en la forma que los señores Wilson y Bryan obligaron a nuestro Gobierno a tomar parte, este país por ese hecho se hace responsable de las horrendas injusticias, de las terribles violencias cometidas por los revolucionarios victoriosos en centenares de creyentes de ambos sexos.

Para evitar malas interpretaciones adrede, permítaseme marcar mi posición. Yo sostengo que no debíamos haber intervenido en los asuntos interiores de México por cuanto a que estos afectaban solamente a los ciudadanos mexicanos; pero una cosa sí es segura: que cuando la Administración interviniera, estaba obligada a aceptar la responsabilidad de sus actos.

Item más, yo sostengo que nuestro deber era haber intervenido prontamente y de una manera efectiva en pro de los ciudadanos americanos que fueron maltratados, en vez de haberse comportado como lo hicieron el Presidente Wilson y Bryan. Para desgracia nuestra como nación, los ciudadanos americanos se vieron obligados a pedir y aceptar protección de Inglaterra y Alemania, pues nuestro Gobierno no se la daba o proporcionaba.

Cuando nosotros intervenimos en los asuntos interiores de México para ayudar a una facción, nos hicimos responsables de la conducta de ésta y no tenemos derecho ahora para tratar de evadir esa responsabilidad. Los señores Wilson y Bryan han rehusado intervenir para proteger los derechos de los americanos y otros extranjeros en México; pero han intervenido entre los mexicanos en favor de una facción, la cual han logrado poner en el poder. Tienen por lo tanto que aceptar la responsabilidad de todos los hechos de esta facción.

No hace mucho que el Presidente Wilson en un discurso, en Swarthmore, Penn. declaró que «en ninguna parte de este hemisferio puede subsistir ningún Gobierno que esté manchado con sangre» y en Mobile dijo que «nosotros jamás perdonaremos la iniquidad sólo porque resulte más conveniente hacerlo así».

Al mismo tiempo que pronunció frases tan elevadas, los jefes de la facción que él activamente ayudaba, estaban fusilando a sangre fría y por centenares; estaban torturando a hombres reputados como ricos; estaban arrojando de sus hogares a centenares de familias pacíficas; estaban saqueando las iglesias y estaban tratando a los sacerdotes y a las religiosas de la manera más infame y abominable que pueda haber desde el asesinato hasta la violación.

En otras palabras, al mismo tiempo que el Presidente aseguraba que «en ninguna parte de este hemisferio puede durar un Gobierno que esté manchado por la sangre», él ayudaba activamente a colocarse en el poder a un Gobierno que no solamente estaba manchado por la sangre, sino con manchas mucho peores que la misma sangre. Al mismo tiempo que anunciaba «que jamás transigiría con la iniquidad porque no era conveniente hacerlo así», no solamente transigía con ésta, sino que abiertamente ayudaba a la iniquidad y colocaba en el poder a hombres cuyas acciones eran las de bárbaros feroces.

Recuérdese que mi propósito no es el de defender a los contrarios a la facción victoriosa. No hay evidencia suficiente para decidir cuál de estas facciones se ha portado peor; pero sí se ha comprobado que todas han cometido atrocidades. Aparentemente la Administración mantenía que así como Huerta y sus secuaces habían sido malos hombres, nuestro deber era pasar por el mal que cometieran sus contrarios.

El Reverendo E. H. Tierney de la ciudad de New York, hombre del todo veraz, me informa que cuando en compañía de otros dos caballeros cuyos nombres me proporciona, visitó al señor Bryan para presentar a su consideración los abominables atropellos cometidos por los carrancistas y villistas en ciertas monjas, el señor Bryan informó al Padre Tierney que él tenía noticia de que «los partidarios de Huerta habían cometido actos semejantes en dos mujeres americanas de Yowa» (2). Aparentemente, (el señor Bryan creía que él asunto quedaba así arreglado y que con esto relevaba a los revolucionarios de sus culpas. Seguramente que no sería necesario decir que los hechos presentados por Bryan eran ciertos (y si hubiera la menor duda el Gobierno debiera exigir una investigación inmediata) pero entonces la forma de obtener justicia no era la de tratar de borrar una infamia por medio de otra, sino condenar ambas y procurar que se evitaran en lo sucesivo.

Aun concediendo por un momento que la actitud de esta Administración no requería moralmente que él Gobierno interviniera en pro de las monjas violadas, la aseveración del señor Bryan al Padre Tierney demuestra hasta lo increíble la indiferencia de este funcionario ante los más crueles sufrimientos y ante hechos aún más odiosos que el simple asesinato de cualquier hombre.

Parece literalmente imposible que cualquier representante del Gobierno Americano en posición tan alta pudiera dejar de indignarse contra tanta maldad o se hubiera rehusado a insistir en el inmediato y condigno castigo de los malvados y obtener que no se hiciera posible la repetición de estos hechos. Aparentemente, el único camino que se le ocurría a Bryan para ejercer acción cobre la facción de aquellos que había perpetrado la violación sobre dos mujeres americanas, fué la de dar fuerza a otra facción que de antemano él debió de haber sabido y sabía, cometerían y habían cometido ya tan odiosas violaciones.

Tengo frente a mí un ejemplar del Heraldo de Toluca, fecha 13 de Septiembre que contiene el manifiesto de los revolucionarios victoriosos secuaces de Carranza y Villa, refiriéndose a «condiciones bajo las cuales el culto católico romano será practicado. Entre los preámbulos están los siguientes:

1°. Que los Ministros del culto católico no circulen doctrinas que no estén de acuerdo con los principios del verdadero Cristo; 2°. que en virtud de la ilustración de esos sacerdotes, no pueden en el concepto de los que saben tanto o más que ellos (pero que difieran en opinión) ser considerados como sinceros creyentes de las doctrinas que predican y que por lo tanto explotan la ignorancia de las masas, y 3°. que en tanto que con esta conducta perjudican al pueblo atemorizándolo con el castigo eterno y por ese medio los hacen instrumentos del clero y en virtud de que tanto los obreros como los capitalistas contribuyen con mucho dinero para las iglesias y por varios actos semejantes, se promulga este decreto.

 

Nosotros debemos protestar contra la opresión anticlerical

 

Este decreto incluye la prohibición de «cualquier sermón que fomente el fanatismo»; proscribe el ayuno o prácticas semejantes; prohíbe que se pague por bautizos, matrimonios o cualesquiera otro servicio; prohibe que se colecte dinero por medio de cepillo en las iglesias, que se digan misas por los muertos o que se celebren más de dos misas por semana; prohibe la confesión y con este objeto cierran las iglesias y sólo las abren una vez por semana cuando celebran la misa; finalmente prohíben que viva en Toluca más de un sacerdote y éste queda obligado a andar por las calles vestido como un civil y sin nada que revele que es sacerdote. Para poder ejercer tan limitadas funciones, el sacerdote está de antemano obligado a firmar un documento por el cual acepta todas estas disposiciones.

Ahora bien, en varias partes de las naciones Sudamericanas han habido luchas muy cruentas entre los clericales y los anticlericales y en todos los casos, los exaltados de ambos bandos han tomado posiciones que ante los ojos de americanos sensatos que pertenecen a todos los credos, son verdaderamente intolerables. Existen en nuestro propio país individuos que sinceramente creen que los masones o Caballeros de Colón o los miembros de la Orden de Mecánicos Americanos o de la Iglesia Católica o de la Metodista o de la Sociedad Etica de Cultura, están en un error.

Existen hombres que sinceramente, por medio de argumentos, tratan de convencer a sus semejantes en los Estados Unidos que están equivocados, ya cuando concurren a la Iglesia o cuando dejan de concurrir a ella; cuando predican sermones de «tipo fanático» o atacan «sermones de tipo fanático»; cuando ponen su óbolo en el platillo para ayudar a la Iglesia o cuando rehúsan prestar esa ayuda; cuando se afilian a sociedades secretas o se colocan en la banca de los dolientes o se confiesan. Según nuestros ideales, todos los hombres están en su derecho para favorecer o oponerse a estas prácticas; pero según nuestras ideas también nadie tiene derecho de pretender que el Gobierno las favorezca o se oponga a ellas. Según nuestro criterio, nosotros deberíamos oponemos a que en cualquier país hispano — americano exista opresión para los católicos o para los protestantes, para los masones o los antimasones, liberales o clericales, o que de alguna manera restrinjan la libertad religiosa, bien sea que la intolerancia sea en pro o en contra de cualquier credo religioso o por gentes que creen o no creen en ninguna religión.

 

Pruebas de atrocidades cometidas por la tropa

 

Sostengo que estas deben ser nuestras simpatías; pero terminantemente sostengo también que: no es el deber de este Gobierno obligar a otros países a obrar de acuerdo con nuestro modo de ser y sobre todo no es el deber del Gobierno ayudar a otro Gobierno que procede en contra de estos grandes principios aceptados por nosotros. Los señores Wilson y Bryan, por sus actos, han asumido cierta responsabilidad sobre el comportamiento de la facción victoriosa en México, la cual acaba de asumir la actitud de la proclama a que antes me he referido, actitud indiscutiblemente hostil a todo principio de verdadera libertad religiosa, actitud que aplicada lógicamente significaría que: ningún sacerdote podía en público usar frac u otra prenda de vestir y llegaría hasta el extremo de impedir un acto tan sencillo como lo es el pasar el platillo en cualquier Iglesia con objeto de fomentar tal o cual credo.

Pero esta actitud es solamente una de tantas ofensas cometidas. Las escuelas católicas, casi en todas las partes de México han sido cerradas; las instituciones educativas saqueadas, y las bibliotecas, aparatos astronómicos y otros objetos han sido destruidos; los sacerdotes y las monjas expulsados por centenares y muchos de los sacerdotes ejecutados y algunas de las monjas violadas.

El Arzobispo Blenk de Nueva Orleans; el Padre Tierney, editor de «AMERICA»; el Padre Kelly, Presidente de la Iglesia Católica para la extensión del culto; el señor Petry, uno de los Directores de la, Sociedad de Extensión de la Iglesia Católica y un obispo mexicano cuyo nombre no doy porque podría comprometerlo, vinieron a verme a mi casa, y en Chicago tuve oportunidad de ver a otros sacerdotes refugiados, monjas y clérigos. Las aseveraciones y documentos que como pruebas tengo en mi poder, relatan hechos increíbles de condiciones qué literalmente son aterradoras y de las cuales, recuérdese, por la actitud de los señores Wilson y Bryan, este país es en parte responsable.

Por ejemplo: el Arzobispo Blenk me mostró un testimonio jurado por la Priora de las Carmelitas Descalzas, del Convento de Querétaro. En ese testimonio, a juzgar por lo que sabía la Priora, se demuestra cómo las iglesias han sido profanadas por los soldados que han penetrado en ellas montados a caballo, rompiendo estatuas, pisoteando reliquias y desparramando por el suelo las Hostias Sagradas y hasta llegando a dárselas de comer a los caballos. Que en algunas iglesias los revolucionarios han hecho burlescos servicios y las han profanado en forma tan vergonzosa que no es para relatarse, portándose precisamente como se manejaban los terroristas en la Revolución Francesa en las iglesias de París. La Iglesia de San Antonio en Aguas-Calientes filé convertida en Palacio Legislativo y la Iglesia de San José en Querétaro y el Gran Convento de las Carmelitas y el Liceo de los Hermanos Cristianos, han sido todos confiscados. La propiedad de la Iglesia y sus archivos han sido secuestrados y quemados y los hombres y mujeres de la comunidad han sido expulsados sin permitírseles siquiera sacar una muda de ropa o un misal.

La Priora manifiesta que ella misma ha visto en la ciudad de México, monjas que han sido «víctimas de las pasiones de los soldados revolucionarios» y algunas de éstas fueron encontradas en sus propias casas y otras en hospitales o casas de maternidad las cuales, en consecuencia, están próximas a dar a luz. Dice la informante:

«Yo he visto soldados vistiendo estolas, casullas, capas pluviales y manteles del altar y también he visto a sus mujeres ataviadas con albas, amitos y usando como pañuelos las servilletas del altar.»

Ella ha visto los vasos sagrados profanados de mil modos. Describe haber encontrado a siete monjas que habían sido violadas y a quienes ella envió a la casa de maternidad; las pobres estaban tan desesperadas que clamaban «estamos malditas y abandonadas de Dios; mal haya el momento en el cual profesamos». Describe también la forma en que ella escapó de Querétaro acompañada de varias monjas que se vieron obligadas a esconderse en casas particulares para evitar que los soldados revolucionarios se las llevaran a sus cuarteles. Refiere también cómo se vió obligada a mendigar el sustento para las veinticuatro infelices monjas con las que escapó.

En Chicago yo ví a un sacerdote francés, el Padre dominico, Fournier, de la Congregación de la Pasión que acababa de escapar de México con dos seminaristas españoles. Había escapado de la ciudad de Toluca, absolutamente sin nada, ni siquiera con un rosario; él y los dos novicios me describieron todo cuanto sufrieron en Toluca. Las iglesias y casas religiosas fueron saqueadas y confiscadas y los soldados y sus mujeres celebraron orgías frente a los altares.

Uno de los hermanos legos llamado Mariano González intentó salvar algunos objetos de la Iglesia. Los revolucionarios lo cogieron y lo acusaron de robo al Estado. Fue fusilado por un piquete de soldados en 22 de agosto último y su cadáver permaneció todo el día en el atrio, en el cual el Padre Fournier y los otros sacerdotes así como los dos novicios que me hablaron, y otros compañeros, habían sido confinados. Permanecieron en la prisión diez y seis días y entonces les permitieron marcharse, sin llevarse otra cosa que lo puesto.

Yo he visto el original y tengo en mi poder una traducción de una carta escrita el 24 de octubre por una joven de Toluca a su confesor que actualmente se encuentra desterrado. Ella describe cómo el Obispo había sido multado fuertemente y desterrado, cómo los clubs de niños y niñas para quienes ella trabajaba habían sido disueltos; pero no obstante algunos de los niños a quienes repartían desayuno por las mañanas, los domingos, los visitaban cada vez que podían y ella ahora pide consejo respecto a cómo podría lograr mantener estas asociaciones de los pobres sin que se desorganizaran por completo. Pero la parte de la carta más patética y horrorosa se encuentra en el siguiente párrafo:

«Ahora voy a hacerle a usted una pregunta: en el supuesto de que alguna cayera en poder de los zapatistas, ¿sería mejor matarse? primero antes que permitirles saciar sus apetitos como tienen costumbre de hacerlo? Como nunca pensé en que tal cosa pudiera suceder, no se lo había preguntado a usted antes; pero ahora sí viéndolo tan posible de suceder. Si no tuviéramos a nuestro buen Dios en quien confiamos, creo que nos dejaríamos llevar de nuestra desesperación.»

En otras palabras esta niña que se ocupaba en obras caritativas relacionadas con la Iglesia, consultaba a su confesor si su creencia le permite cometer el suicidio para sustraerse a violaciones a que tantas mujeres mexicanas y tantas monjas han estado sujetas en los últimos meses. No puedo imaginarme que un hombre de cualquier credo (o de ningún credo) pueda leer esta carta sin que su sangre hierva de horror y cólera, y nosotros los americanos debiéramos tener presente el hecho que las acciones del Presidente Wilson y del Ministro Bryan al ayudar a los villistas nos han hecho en parte responsables de tales monstruosidades.

Se me han entregado y se me han mostrado cartas de refugiados en Gálveston, en Corpus Christi, en San Antonio y en Habana. Estos refugiados incluyen siete Arzobispos, seis Obispos, algunos centenares de sacerdotes y por lo bajo trescientas monjas. La mayoría de estos eclesiásticos fueron encarcelados y de diversos modos maltratados y confinados. Las dos terceras partes de los planteles de instrucción superior en México han sido confiscados o más o menos destruidos por completo, una gran parte de las instituciones educativas han sido tratadas en forma similar.

Muchas de las pruebas que tengo frente a mí refieren torturas tan espantosas, que rehusó publicarlas. Sería prolijo referir todos los hechos que se presentan en estas pruebas. Por ejemplo hay una por Daniel R. Lowiree, sacerdote de la diócesis de Guadalajara, hijo de padre americano y bibliotecario del Seminario y Profesor de Química. Describe lo que presenció en Guadalajara. El 21 de julio como cien sacerdotes de la ciudad y alrededores fueron encarcelados, en tanto que la Catedral fué convertida en cuartel.

 

Asesinato y tormento dado por los rebeldes mexicanos

 

En el testimonio del Canónigo José María Vela, de la Catedral de Zacatecas, dice de qué modo los constitucionalistas fusilaron a un sacerdote llamado Velarde; cómo 23 curas fueron apresados por orden del general Villa y se les requirió que entregaran un millón de pesos como rescate, en el plazo de veinticuatro horas o que de lo contrario serían pasados por las armas. Un comité formado por los mismos sacerdotes fué de casa en casa implorando caridad y recibiendo hasta centavos de los chiquillos.

Una niña entretanto era violada en la pieza próxima a aquella en que estaban prisioneros los sacerdotes. Finalmente los vecinos reunieron unos doscientos mil pesos y los sacerdotes fueron puestos en libertad, permitiéndoles que huyeran sin nada de lo que les pertenecía. Diez y siete de estos curas se encuentran en El Paso y sus nombres se mencionan en el documento que tengo a la vista, el cual está también suscrito por algunos de ellos.

En un testimonio del Reverendo Miguel Kubieza, de la Sociedad de Jesús y que es hijo de un médico húngaro, se describe cómo fué víctima de tormento para obligarlo a dar dinero. Un soldado de apodo «Baca», en presencia del general Fierro, le echó una cuerda al cuello y la estrechó hasta asfixiarlo y hacerle perder el conocimiento. Al volver en sí, Baca disparó un pistoletazo cerca de su cabeza y le ordenó que descubriera dónde estaba escondido el tesoro de los Jesuitas. Al responder que no existía tal tesoro, fué nuevamente estrangulado hasta volver a perder el conocimiento y este procedimiento se llevó a efecto por tercera vez. El testimonio relata algunos de los sufrimientos de los sacerdotes durante su huida.

Toda clase de testimonios de distinta índole me han sido proporcionados, y en ellos se trata de crímenes, asesinatos y tormento, como en el caso del Padre Alba, sacerdote de la Parroquia de Cabra que fué muerto, la muerte del Padre Vicario de Tula, la del Capellán, del Rector y del Vicepresidente del Colegio de Hermanos Cristianos.

El único hecho digno de satisfacción para cualquier americano, es que en todos los testimonios se reconoce que los refugiados fueron tratados en Veracruz con toda bondad por parte de oficiales y tropa americana y muy especialmente se menciona al general Funston.

Lo que he manifestado no es sino una parte muy pequeña de la inmensa cantidad de hechos disponibles para el Presidente y el señor Bryan, si hubiesen querido examinarlos. Esos hechos demuestran las iniquidades cometidas contra los católicos. Todo esto es simplemente porque la inmensa mayoría de los mexicanos es católica. Yo al presentarlos ¿o hago lo mismo que se hubiera tratado de libre — pensadores, protestantes o masones, pues yo mismo soy protestante y masón. Aun en el supuesto de que no tuviéramos la menor responsabilidad, no concibo cómo ningún americano pueda leer esta relación sin arder de indignación. Las cosas como están en la actualidad, hacen que se mezcle la vergüenza con la indignación, pues la actitud del Presidente y Mr. Bryan ha sido tal, que ha hecho en parte a nuestro país responsable por tan horribles injusticias y daños como los que han sido perpetrados.

 

 

II

 

El Tío Samuel y el resto del mundo (3)

 

Precisamente acabo de ver una carta de Naco, Arizona, escrita por un maquinista el 10 de Enero de 1915. En ella refiere que han sido muertas cinco personas y cuarenta y siete heridas en el lado americano, inmediato a la línea divisoria, por algunas balas perdidas disparadas por los mexicanos y agrega:

«Mi esposa que leía un libro, fue herida en el cuello, dentro de nuestra casa, situada a seiscientas yardas de la línea divisoria. Yo preferiría estar una y mil veces con el Emperador Guillermo, que ser un ciudadano americano, bajo estas condiciones.»

Acaba de visitarme un caballero boer que ha residido doce años en México, y que después de la guerra en Africa Austral fué desterrado de la Colonia del Cabo y confiscadas sus propiedades; pero en México no se ha presentado como ciudadano de los Estados Unidos, sino que ha hecho todo lo posible por continuar siendo súbdito británico, porque Inglaterra, al igual que Alemania y Francia, ha dado pruebas de proteger a sus ciudadanos, mientras que una amarga experiencia ha demostrado que por término medio, los ciudadanos americanos que se encuentran en este caso en México, han sido robados y asesinados, sin que levante una protesta el Gobierno de su nación.

En estos momentos la Administración está protestando por el embargo llevado a cabo sobre algunos buques de propiedad americana que conducían cobre y goma elástica, con destino a una de las naciones beligerantes de Europa. De esta manera se sostiene vigorosamente el derecho de propiedad del hombre que desea vender sus artículos a los extranjeros que están en guerra. También se está haciendo lo posible porque se adopte una ley que permita al Gobierno comprar los buques de una de las potencias empeñadas en la guerra, cuyos barcos han sido internados en nuestras aguas; una compra que acarrearía grandes ventajas pecuniarias a ciertas firmas bancarias y casas comerciales y que sería una gran ayuda pecuniaria para la potencia en cuestión; pero que nos embrollaría muy bonitamente con las naciones que ahora se encuentran en guerra, con esa potencia. Por este motivo, dicha, ley sería muy reprochable. Y mientras así se esfuerza en servir, algunas veces bien y otras mal, a los intereses de los hombres de negocios que han sido afectados por esta guerra, la Administración no presta la menor atención a los casos que se relacionan con los hombres de negocios —tan dignos de atención— quienes han sufrido terriblemente en México, ni se fija para nada en ninguno de los casos de los ciudadanos americanos de posición humilde y de pocos recursos, ni en los hombres, mujeres y niños que han perdido la vida o algún miembro de su cuerpo, y que les han arrebatado lo poco que les quedaba, durante los últimos dos años, en la frontera mexicana y en el interior de México.

«El Paso Morning Times» que es un periódico demócrata que apoya al Presidente Wilson, en su edición del 26 de Diciembre de 1914, dice que al disparar los soldados mexicanos a través de la frontera «un total de cincuenta personas, incluyendo algunos soldados americanos» fueron heridos. Un antiguo Juez de Distrito de Nuevo México, me escribe diciéndome que el número exacto de heridos fué de cincuenta y siete, algunos de los cuales murieron a consecuencia de las heridas, y que las víctimas, inclusive los militares americanos, recibieron las balas mientras andaban por las calles o funcionaban como centinelas. Esta información fué obtenida del médico legista (coroner) en Naco. Por el mismo conducto he sido informado que antes que el Presidente Wilson subiera al poder, diez y ocho ciudadanos americanos habían sido muertos y heridos en El Paso, de igual manera. Quizás el rasgo más extraordinario de todo lo que se relaciona con la cuestión de Naco, es que ese lugar es un puerto terrestre, libre para el tráfico internacional. Las armas y municiones usadas para matar mujeres, niños y soldados americanos, fueron ostensiblemente compradas en los Estados Unidos y públicamente entregadas por las Aduanas de este país, a las facciones guerreras de México.

Un oficial del ejército americano, cuyo nombre no puedo revelar, y que ha esta prestando sus servicios a lo largo de la frontera mexicana, me informa que entre los hombres que se han enganchado al ejército americano, uno tras de otro, una vez que han cumplido su plazo, se niegan a reengancharse, debido a las órdenes que han recibido de la Administración,, de que cuando los mexicanos hagan fuego para el lado americano, se abstengan de contestarlo, o sea, que por ningún motivo deben hacer fuego hacia el lado mexicano. Hablo de lo que personalmente me consta, cuando digo que este modo de obrar de la Administración, no solamente nos rebaja tremendamente ante los ojos de los mexicanos, sino que es un terrible motivo de desmoralización entre las tropas americanas, y es literalmente incomprensible para mí cómo es que cualquier americano que conozca la verdad, pueda seguir tolerando que los asuntos continúen en esas condiciones.

Es seguro que nuestro pueblo ha meditado ya detenidamente sobre estos hechos. Puedo citar ciudadanos particulares americanos, heridos por veintenas en suelo americano y otros muertos por balas disparadas a través de la línea divisoria. Algunas de esas muertes han sido ocasionadas por pura negligencia y por nuestra desdeñosa indiferencia respecto a nuestros deberes, algunos de los cuales han sido maliciosamente y de propósito violados; y aun así, la Administración del Presidente Wilson no ha tomado ningunas medidas. Los anales de la anterior Administración respecto a México, no tienen agradables recuerdos para los americanos que estimen el honor de su bandera; pero la Administración actual ha hecho que los americanos que viven cerca y dentro de México, se sientan sin bandera que les haga respetar.

 

* * *

 

Debe tenerse presente que no había la más ligera dificultad en poner un «hasta aquí» a los escandalosos ultrajes que se han cometido a lo largo de la frontera. Había habido algunas dificultades— en relación con otros asuntos— para seguir cierta política en México, pero jamás había habido ninguna dificultad sobre esta materia en especial. En cualquier momento, durante los cuatro años de revuelta, esta clase de ultrajes podían haberse impedido en veinticuatro horas. En una noche podían haberse suspendido. Todo lo que hay que hacer es: notificar a las autoridades mexicanas que si se repiten tales desmanes, las fuerzas americanas cruzarán la frontera y marcharán al lugar donde ocurra el atentado, y harán que los culpables Jo desocupen hasta situarse a una distancia que los ponga fuera del alcance de los rifles a partir de la línea divisoria, y exigirán el castigo inmediato para cualquier hombre u hombres que contravengan las disposiciones que dé el oficial americano con el fin de proteger a nuestros pacíficos ciudadanos dentro de nuestro territorio. Es verdaderamente incomprensible que tales órdenes no se hayan dictado durante cuatro años.

Hablo de tales clases de ultrajes, porque ellos son verdaderamente escandalosos, y porque no admiten discusión ni defensa alguna que pueda dejar perplejo a cualquier hombre de mediana inteligencia. Pero las injusticias cometidas en este sentido, constituyen solamente una pequeñísima parte de los innumerables ultrajes que se han cometido con los americanos y extranjeros de diversas nacionalidades durante la anarquía con que, durante cuatro años, han devastado a México, innumerables grupos de bandidos. Los peores de éstos, han sido más o menos ayudados por la actual Administración; y durante cuatro años, pero muy especialmente en los dos últimos, se les ha proporcionado todo lo necesario para que gocen de impunidad y ataquen a las personas y a la propiedad de los americanos y de los extranjeros Radicados en México.

Nuestro Gobierno merece ser censurado por la política que ha seguido en México; pero es necesario ser francos con nosotros mismos para comprender que, como nación, merecemos tal condena todos los americanos, porque hemos tenido amplio conocimiento de cuanto ha estado ocurriendo, y, lo que es peor, todo se ha puesto en nuestro conocimiento detalladamente, de una manera oficial. Y sin embargo, nos hemos rehusado a manifestar la indignación que sentimos contra el Presidente Wilson y el Secretario de Estado Mr. Bryan, quienes no solamente han sido negligentes, sino que han fomentado y alentado a los «leaders» mexicanos—responsables de los asesinatos y de los ultrajes conferidos a mujeres americanas. Tengo deseos de que todos los americanos lean el discurso del Senador Albert B. Fall, de Nuevo México, pronunciado en el Senado americano el 9 de Marzo de 1913. No solamente no se ha contestado al senador Fall los cargos que enumera, pero ni siquiera se ha intentado hacerlo. Uno o dos de los senadores demócratas han procurado contestar unos cargos parecidos a los anteriores, asegurando que las cosas malas que están ocurriendo ahora, fueron permitidas durante la Administración del Presidente Taft. Pero al discurso del senador Fall no se le podía dar tal respuesta, puesto que él cita imparcialmente los casos de ultrajes cometidos durante la pasada Administración y los cometidos en el tiempo en que ha estado en funciones la actual. El Senado sí cumplió en parte con su deber. El 20 de Abril de 1913, éste envió al Presidente una súplica formal, pidiéndole informes del número exacto de americanos asesinados en México, de la cifra precisa de los que habían sido arrojados del país y de los pasos que se hubieran dado para obtener justicia. Como ninguna contestación se obtuviera a esta indagatoria, el Senado la repitió en Julio del mismo año. Entonces el Presidente la contestó declinando dar la información solicitada, alegando que no convenía a los intereses públicos el dar tales informes. Si el Presidente desde entonces hubiera tenido delineada ya la verdadera política que iba a seguir para remediar las condiciones existentes, la contestación hubiera sido apropiada. Pero, en realidad, los acontecimientos han demostrado ampliamente que él no tenía ninguna: política que no fuese la de ineptitud y vacilación, la cual no puede llamarse política. Diez y ocho meses han transcurrido desde que el Senado recibió la contestación del Presidente. Los asesinatos y robos han continuado incesantemente y ninguna resolución ha tomado la Administración americana para corregir los terribles errores cometidos, y a pesar de ello, hasta hoy no se ha dado a conocer al público la documentación que obra en poder de la Secretaría de Estado.

Los siguientes cargos constan en el discurso del senador Fall. El Presidente Wilson y el Secretario de Estado Mr. Bryan, hace dos años, cuando esas declaraciones fueron hechas, estaban en aptitud de averiguar si eran fundadas o no. El deber inmediato de ambos, era abrir una averiguación. Sin embargo, nada han hecho.

El senador Fall cita unos extractos de las declaraciones del Jefe de la Liga de Conductores de los Ferrocarriles de México; de las declaraciones del conductor T. J. O´Fallon y de las constancias que obran en poder del conductor J. S. McGranie y del maquinista J. D. Kennedy obtenidas el 3 de Agosto de 1913. Todos estos documentos comprenden en detalle los ultrajes cometidos en 1911, el resultado de todo lo cual fué: que 500 ferrocarrileros americanos fueron expulsados de México. El Jefe de la Orden de los Conductores de Ferrocarriles, hace notar de una manera pertinente: Todo americano que ha estado en contacto con la situación y todo extranjero de los demás países civilizados, comprenden la necesidad de fortalecer la Doctrina de Monroe por medio del buen garrote (Big Stick)», lo cual es simplemente una manera gráfica e idiomática para decir la verdad llana y lisa, al asegurar que a menos que no se tome una resolución firme y exista una fuerza potencial en apoyo de cualquier doctrina o de la declaración de cualquier política exterior, la enunciación de una u otra, no causará sino irrisión. Estas infamias, así como parte de las que ha referido el senador Fall, fueron cometidas antes de que el Presidente Wilson llegara al poder; pero el Presidente Wilson jamás ha exigido castigo para tales males ni tampoco por los que se han cometido en tiempo de su administración. A propósito, el senador Fall, interroga:

«¿Qué se ha investigado acerca de la muerte de la señora Anderson, ocurrida en Chihuahua el 22 de Junio de 1911? En esa época, Wilson no estaba en el poder. Estas cosas no son cuestiones de particularismos políticos, y creo que no se me hará el cargo de que trato, si es posible, de sacar ventajas políticas, en lo que pasaré a decir acerca de la pasada y de la actual Administración; pero si desearía yo saber si se ha dado algún paso para aclarar el caso a que acabo de referirme

Fall entonces refiere los hechos. La señora Anderson era una mujer humilde que vivía en su casa acompañada de su hija de trece años de edad y de su hijo de siete años. Los soldados de Madero entraron a la casa y le exigieron que les diera de comer. Fue herida y arrojada al suelo, y luego obligada a levantarse para que continuara trabajando, mientras que su hija era ultrajada en su presencia. Un muchacho de la vecindad se atrevió a ir en ayuda de la pobre americana y fué muerto tan pronto como traspasó la puerta. Los americanos de la colonia, que entonces no estaban tan amedrentados como lo han estado después, aprehendieron a los hombres responsables del crimen. Recayó una sentencia sobre éstos de seis meses de prisión y después fueron puestos en libertad. La señora americana murió.

Una jovencita americana, Mabel Richardson, que apenas contaba doce años de edad, fué asaltada a diez y siete millas de donde se cometió el anterior ultraje. Sus asaltantes nunca fueron castigados; y el senador Fall, en su discurso, repitió que ni una sola palabra, ni una línea de protesta, surgió de nuestro Gobierno contra tal infamia, aun cuando estos hechos fueron a los que él se refirió en su discurso pronunciado en el Senado en Julio de 1912.

En Mayo de 1912 fué también asesinado en el Estado de Chihuahua el señor James W. Harvey.

En la misma época en que se cometieron los crímenes arriba mencionados, fué asesinado el señor William Adams, ciudadano americano del mismo Estado de donde es el señor Fall, y no ha podido conseguirse que el Gobierno haga esfuerzo alguno tendente al esclarecimiento de tales hechos y a que sean castigados los culpables.

En el caso de A. J. Fountain, muerto también, el Gobierno dió algunos pasos, pero su acción fué peor que la inactividad. Le notificó al autor del asesinato que ningún americano debería ser muerto. Este hombre que se llama Salazar y que servía bajo la Administración de Madero, desoyó la conminación y mató a otro americano; y en la época en que el senador Fall pronunció su discurso, Salazar había ya cruzado la frontera junto con los soldados de Huerta y estaba viviendo en El Paso, bajo el amparo de nuestro Gobierno. El senador Fall dijo:

«Salazar tiene tres opíparas comidas diariamente en Fort Bliss, do este lado del río Bravo, cerca de El Pas0, Tex. y está protegido por los soldados americanos. Los alimentos corren por cuenta de este Gobierno, el cual, junto con el pueblo que paga las contribuciones, está manteniendo a cuatro mil soldados internados en este país.»

 

* * *

 

Joshua Stevens fué asesinado cerca de la Colonia Pacheco en 25 de Agosto de 1912 y sus dos pequeñas hijas fueron ultrajadas. El caso se puso en conocimiento del Departamento de Estado, pero ninguna protesta se ha hecho hasta ahora.

Johnny Brooks fué muerto en Colonia, Chihuahua, en Mayo de 1913. Pertenecía, no obstante, a las milicias de Texas. Después de haber sido mortalmente herido por cinco asaltantes, pudo, antes de morir, matar al jefe de la cuadrilla. Este hombre estuvo anteriormente al servicio del mismo senador Fall. Le arrebataron la vida sin haber hecho la menor provocación y el Gobierno americano nada ha llegado a hacer para exigir debida reparación.

El 26 de Julio de 1913, cerca de Tampico, Matthew Gourd, su hija y su sobrina, fueron asaltados por una partida de revolucionarios. Gould fué atado a un árbol, y su hija y sobrina fueron ultrajadas en su presencia. Aparentemente, la única determinación que el Presidente Wilson tomó, fué la de notificar al cónsul americano de Tampico que: se mandaría por unos días un barco de la Cruz Roja, y que a la vez se dijera a todos los americanos que desearan salir de esa zona, que podían hacerlo refugiándose a bordo de dicho barco.

En Junio 18 de 1913, Rogers Palmer, un ciudadano inglés, fué muerto, y Carl von Brandts y L. W. Elder, ciudadanos americanos, heridos en Tampico, mientras procuraban defender a un grupo de señoras americanas de los ultrajes de unos bandidos de Villa.

Más o menos en la misma época, H. W. Stepp fué muerto porque se negó a pagar quinientos pesos de rescate.

Edmund Hayes y Robert Thomas, fueron muertos por Bantana Caraveo. El senador Fall llamó personalmente la atención del Presidente Wilson y del Secretario de Estado, diciéndoles que el autor del asesinato había andado por las calles de Juárez— que está a cinco minutos de la ciudad de El Paso. La secretaría de Estado pidió su arresto y castigo. Se le arrestó, pero nada más se ha vuelto a saber del asunto; y el senador Fall no pudo recibir ninguna respuesta a las súplicas que hizo a nuestro Gobierno con el fin de saber lo que éste había hecho para darle valor a sus amenazas y para que se castigara a este hombre, quien ya había asesinado de una manera premeditada a dos americanos, muy conocidos y de los que más tiempo han permanecido en México.

En Julio 5 de 1913 fué asesinado el hacendado Benjamín Griffin, y hasta hoy no se ha obtenido reparación alguna.

Han sido también asesinados los ingenieros mineros John H. Williams y U. G. Wolf, y el ingeniero consultor Boris Gadow; pero jamás llegó a hacerse nada en el asunto.

Copio ahora exactamente lo que dice el senador Fall del próximo caso que refiere:

«Frank Ward fué asesinado por la espalda por unos bandidos cerca de Yago, territorio de Tepic, en Abril 9 de 1913. Procuré desde luego obtener cierta información, no precisamente dirigiéndome a la Secretaría de Estado, sino por otros conductos que me han proporcionado datos anteriormente. Por mucho tiempo me fue imposible obtener los datos referentes a la muerte de Ward, porque después que estos asesinatos se cometen, las esposas o los amigos de las víctimas temen dar sus nombres a la prensa, y evitan hasta donde es posible la publicidad de los detalles del crimen. Pero puedo asegurarle ahora señor Presidente, que en la Embajada Americana en México, existe un documento de la señora Ward, asegurando que, cuando su marido estaba tirado en el suelo, lleno de heridas, ella fué ultrajada por los bandidos, quienes después consumaron la muerte de su esposo. La constancia de estos hechos existe en los archivos. ¿Acaso se ha llegado a hacer algo para conseguir el castigo de estos bandidos

 

* * *

 

El senador Fall siguió enumerando más asesinatos y ultrajes, los que resultaría inútil recapitular. Llamo solamente la atención sobre uno o dos casos. Un Inspector de Aduanas de los Estados Unidos, Mr. John S. H. Howard, fué asesinado cerca de Eagle Pass, Texas. El Gobierno de Washington no hizo absolutamente nada en este caso; pero el Estado de Texas sí procedió y cogió a uno de los asesinos y fué juzgado según dijo el senador Fall: «tal como Texas acostumbra a proceder —tengo la satisfacción de decirlo— con todos los asesinos».

L. Bushmell, un guardia de la policía montada, fué muerto en Naco, Arizona, por una bala disparada del otro lado de la frontera en Marzo 24 de 1913. R. H. Ferguson, soldado de la Sección F, del 3 de Caballería, fué muerto de la misma manera en la frontera.

El senador Fall asegura que es probable que los americanos no han sido asesinados en este último año de una manera tan numerosa como lo fueron los dos años anteriores, debido a que han sido expulsados en masas de México.

El 22 de Julio de 1913, el citado senador Fall notificó al Secretario de Estado Bryan que tenía en su poder una lista de 284 hombres, 301 mujeres y 1. 266 niños, todos americanos, quienes habían sido arrojados de México sin haber cometido falta alguna. Estas gentes contaban con pocos recursos, y en muchos casos sus reducidas casas habían sido incendiadas. El Secretario de Estado acusó recibo de la nota mencionada, pero no hizo nada sobre el particular.

El senador Fall refirió de una manera minuciosa y detallada los ultrajes inauditos que se han cometido. Demostró que tales casos habían llegado, uno por uno, a conocimiento de la Administración americana, y que ésta deliberadamente se había negado a tomar alguna medida en favor de las víctimas que sufrían esas terribles injusticias. El senador Fall mencionó lo mismo que me han dicho personalmente otros señores, esto es, que Mr. Bryan ha rehusado dar algún paso en defensa de los americanos que habían perdido su propiedad, basándose en que él no estaba interesado en proteger los «dollars americanos». Pero la gran mayoría de los americanos que han sufrido atropellos de parte de los revolucionarios, pertenece a esa clase de gente que no cuenta con más capital que su propio trabajo. Indudablemente que la destrucción de la propiedad ha recaído sobre los ricos no menos que sobre los pobres; pero las mujeres americanas que ha sido ultrajadas, los americanos que han sido muertos y los niños americanos que han sido privados de sus padres o de sus hogares, pertenecen en su gran mayoría a las gentes que tienen muy pocos recursos. El Presidente Wilson y el Secretario de Estado Mr. Bryan tienen en proyecto el «proteger los dollars» de las grandes compañías extranjeras, comprando de ellas o por medio de ellas los barcos alemanes internados en nuestros puertos, y están protegiendo los dollars de los grandes propietarios que desean hacer fortuna por medio de la venta de artículos calificados como contrabando de guerra; pero no hacen una protesta efectiva ni toman una medida definitiva en favor de los conductores, garroteros, pequeños agricultores, ingenieros de minas y pacíficos paisanos nuestros que han aventurado su dinero en comerciar en México, cuyas propiedades han sido confiscadas, y quienes en algunos casos han sido muertos, y cuyas esposas e hijas, así como las damas y señoritas americanas, han sufrido muchas veces ultrajes peores que la misma muerte.

Es de toda justicia «proteger los dollars» americanos, si esto se puede hacer sin lastimar los derechos de tercero. Pero es aún más necesario proteger las vidas y las personas de hombres y mujeres americanas. Pero ¿qué diremos de los representantes de nuestro Gobierno que no hacen ni una ni otra cosa, y quienes quieren ocultar su falta empleando tontas palabras con respecto a su desprecio al «dollar»?

 

* * *

 

Permitidme que repita que al citar las palabras del senador Fall, lo hago porque* él ha hablado en su calidad de senador, de suerte que sus aseveraciones están contenidas en documentos oficiales que debían circular profusamente en los Estados Unidos. Relato simplemente como ejemplo, unos pocos de los casos específicos que él cita, con el fin de demostrar que numerosos casos semejantes se han puesto en conocimiento de nuestras autoridades, uno por uno. Innumerables ejemplos iguales a los que señala el senador Fall, se me han referido por particulares. Muchos americanos me han repetido frecuentemente que andan haciendo cuanto pueden por nacionalizarse alemanes o ingleses; y los jefes americanos de las grandes compañías, me han dicho que están empleando únicamente alemanes e ingleses, porque aun cuando no son bien tratados en México, lo son siempre infinitamente mejor que los americanos. No hay Gobierno en el mundo por el que sientan mayor desprecio los mexicanos coma por el de los Estados Unidos, y debemos decir que nos hemos atraído tal iniquidad, debido a la conducta que ha observado la Administración americana en estos cuatro años de revolución, pero muy principalmente en estos dos últimos años. Ciertas gentes, bien intencionadas, elogian al Presidente Wilson por haber conservado la paz con México y evitado las hostilidades con esa nación. De hecho, esta política ha aumentado la hostilidad mexicana, no ha prevenido la fútil e infame pequeña «guerra», en la cual nos tocó primero ocupar Veracruz y después lo abandonamos; y asimismo esta guerra ha sido la causa de la muerte, ultrajes y sufrimientos de centenares de americanos y cientos de miles de mexicanos durante el sangriento carnaval del crimen, en el cual, esta «paz» no nos ha permitido intervenir.

El senador Fall manifestó en su discurso que él no tenía en lo particular simpatía por ninguna de las principales facciones contendientes de México. Describió a Huerta en lenguaje bastante severo, pero a la vez demostró que todo hombre de sentido común, tiene la convicción de que Villa ha sido un bandido y asesino de profesión, y que ha matado y robado, y ultrajado mujeres desde que ha sido general revolucionario. No había razón alguna para que los americanos apoyaran a Huerta; pero rechazarlo en el terreno de la moralidad y después pretender sustituirlo con un bandido polígamo, no es compatible con ningún sistema inteligente de ética internacional.

Puede ser del todo correcto opinar que no nos concierne la moralidad internacional de cualquiera de los jefes que por ahora figure como gobernante de México; pero hacer lo que el Presidente Wilson ha hecho, oponiéndose a Huerta de una manera activa, favoreciendo a Villa y condenando al primero por sus fechorías y finalmente ignorando los muchos peores actos del segundo, todo ello resulta una afrenta para la sinceridad de la vida pública americana.

El senador Fall cita detalladamente las circunstancias de algunos de los crímenes de Villa, algunos de ellos espeluznantes, ante los cuales ningún hombre decente dejará de sentir que la sangre le hierve. La eficiencia de Villa, incuestionablemente que ha sido grande; pero esta eficiencia es del tipo que predominó en la época del Rey Bomba, eficiencia que dió celebridad a los bandidos de Sicilia y Calabria y que los hizo aparecer con renombre internacional. Las declaraciones del senador Fall jamás han sido refutadas de una manera satisfactoria. Por supuesto que se puede hacer una defensa de Villa; pero ésta solamente sería posible hacerla en la forma en que se podría defender a un «Jerónimo» o a algún otro jefe de los Apaches del mismo tipo de Jerónimo. Defender a Villa como representante de la libertad, de la justicia y de la democracia en el sentido en que se emplean las mismas palabras al hablar de las naciones civilizadas, es enteramente igual a defender con las mismas razones a un jefe de los apaches de los tiempos antiguos. La sinceridad de semejante defensa, no daría lugar a duda, únicamente sí quedaría demostrado que el defensor ignora por completo el asunto de que habla.

Si algunos de los informes que anteriormente he referido resultan equivocados, la culpa será del Presidente Wilson y del Secretario de Estado Bryan, quienes han observado una política de reserva y de sigilo respecto a los ultrajes que se han cometido en México. Continuamente han rehusado dejar que se conozca la verdad. Han trabajado los dos en la obscuridad y protegidos por las sombras. De las informaciones que podemos conseguir, se desprende que cerca: de doscientas vidas americanas han sido sacrificadas en México; que en ninguno de esos casos se ha conseguido reparación alguna, y que en la mayoría de ellos, ni siquiera se ha exigido una satisfacción.

Aparentemente, muchos millones de dollars han sido invertidos por americanos en México y casi todo ese dinero se ha perdido. Como dije al principio, cuando el Secretario de Estado ha sido reconvenido por este asunto, siempre replica que la Administración no tiene interés en defender el «dollar americano», y que los americanos que invierten su dinero en otro país, no deben esperar la ayuda del Gobierno. Y precisamente, en este momento, otro de los Secretarios que trabaja conjuntamente con Mr. Bryan, está haciendo un llamamiento a los americanos, con el fin de que inviertan sus capitales, o sea, «dollars» en empresas en los países sudamericanos; y ahora mismo también el propio Secretario de Estado Bryan está protestando por la intervención de la propiedad americana (el «dollar») que se encuentra en alta mar.

Por lo mismo, lo que, Mr. Bryan dice acerca de los «dollars americanos», no es al fin de cuentas sino un juego de palabras. Si nosotros no tenemos derecho de arriesgar la vida para proteger la propiedad en materias internacionales, entonces no tendremos derecho para arriesgarla para protegerla en materias municipales. Si la doctrina de Mr. Bryan es justa, entonces ningún agente de la policía podrá arrestar a un delincuente, a menos que no haya cometido algún asesinato o rapto; y ningún propietario se podrá defender de un ladrón o de un asaltante de caminos, porque en tal caso se arriesga la vida del asaltante o la de él mismo, con el fin de «proteger los dollars». Sin embargo, Mr. Bryan está peor en la práctica que en la teoría. Su teoría ha sido la de que no protegerá la propiedad americana en México. Su práctica ha sido la de no proteger a los americanos contra los asesinatos en México ni evitar que las mujeres americanas sean ultrajadas. A un mismo tiempo, él y su jefe el Presidente Wilson, están procurando proteger cierta clase de propiedad, esto es, tratar con materias de contrabando y comprar los buques de una de las naciones que están en guerra y que se han internado en nuestros puertos, con lo cual han seguido una política irresoluta y débil, la cual, muy bien podemos imaginar que si tuviera éxito, nos llevaría, de una manera singular, a una guerra muy poco noble.

Las convenciones de La Haya nos imponían el deber de protestar contra los terribles ultrajes cometidos contra los hombres, mujeres y niños de Bélgica. El Presidente Wilson declinó hacer alguna protesta en defensa de la vida humana, por temor de que al fin nos viéramos envueltos en guerra con algunas de las grandes potencias; pero él sí hizo protestas enérgicas para impedir que vendiéramos cobre para ser empleado en las operaciones militares en contra de los mismos belgas; de suerte que en la práctica, Wilson coloca los derechos de la propiedad sobre los derechos más altos de la vida humana y los que afectan las vidas de los débiles.

Recientemente el Presidente Wilson habló de la cuestión de México en un discurso que pronunció en Indianópolis. En la primera parte de su discurso dijo lo siguiente: «Estoy cansado ya en Washington de decir cosas agradables. Quiero salir y ponerme en contacto con ustedes para contarles lo que realmente pienso».

Habiendo a un lado lo que se refiere a su propia sinceridad en el discurso, debemos tomar tal peroración como la expresión de su deliberado sentir y propósito. Dice que tiene un entusiasmo loco por la libertad humana y entonces habla de su propia política de watchful waiting em México. A la simple vista, en su entendimiento, watchful waiting en una clase de entusiasmo loco. Dice que el pueblo de México tiene derecho de hacer lo que mejor le parezca en sus propios asuntos, y agrega en este sentido lo siguiente:

«No es de mi incumbencia pero tampoco de la de ninguno de ustedes saber cuánto tiempo necesitan los mexicanos para arreglar sus cosas, ni tampoco nos incumbe la manera en que ellos arreglan sus cuestiones. ¿Acaso las naciones europeas no han tenido todo el tiempo que han deseado y acaso no han derramado toda la sangre que han querido para arreglar sus asuntos? ¿Podemos negarle este mismo derecho a México porque es débil

Esta clase de lenguaje sólo se puede usar sinceramente acerca de México, si se aplica también a Dahomey y a los ultrajes cometidos por la Comuna Francesa.

Ningún Estado debe aceptar semejante doctrina de una manera indefinida si el Estado es fuerte y civilizado, ni tampoco la aceptaría ningún estadista que tenga seriamente el propósito de mejorar la humanidad. Desde el punto de vista de moralidad pública, es una desgracia fundamental esa declaración que se ha llegado a hacer por primera vez por un Presidente americano al referirse a las cuestiones internacionales, y a esa declaración hay que agregar la falta de aptitud. Por otra parte, las palabras del Presidente Wilson, malas como son, no han sido confirmadas por sus actos. El ha intervenido en México de una manera activa en, favor de algunos de los autores de derramamiento de sangre, y cuyo derecho a derramar sangre el señor Wilson ha defendido calurosamente. El no ha intervenido con el objeto de que sean castigados los bandidos y asesinos que han matado a ciudadanos americanos y que han ultrajado a damas americanas. El no ha intervenido para proteger el honor de los Estados Unidos. El no ha intervenido para proteger la vida y la propiedad de nuestros ciudadanos y la propiedad y la vida de los súbditos de las demás naciones. Pero sí ha intervenido para ayudar a colocar en el poder al peor de los peores jefes de las diversas cuadrillas de asesinos que combaten en México. El Presidente Wilson y el Secretario Bryan han rehusado correr el riesgo de derramar la sangre de los soldados americanos con el objeto de proteger a nuestros ciudadanos; poner fin a la anarquía y asesinatos; evitar más derramamiento de sangre o tratar de que vuelva la paz y el orden en la infortunada República de México. Ambos han rehusado correr el riesgo de derramar la sangre de los soldados americanos con el fin de evitar la muerte de los soldados y civiles americanos en su mismo suelo por los mexicanos que disparan del otro lado de la frontera.

El rapto de las mujeres americanas, el asesinato de ciudadanos americanos y los ultrajes cometidos contra los niños americanos, no han podido conmover las almas tibias de Wilson o Bryan. Los insultos a la bandera americana, las infamias sin nombre llevadas a cabo contra nuestras mujeres, no les causa la más simple emoción. Para ellos, desenfrenadamente y sin la más ligera excusa y sin el más pequeño beneficio para este país, derramaron la sangre de veinte americanos con el objeto exclusivo de ayudar a un rufián y asesino a colocarlo en el poder, en lugar de otro asesino.

Asesinatos y torturas, raptos y saqueos, muerte de mujeres por ultraje y de niños por hambre, el fusilamiento de miles de hombres a sangre fría, son hechos que Mr. Wilson tiene en cuenta sólo para defender el derecho que tienen al vicio los forajidos mexicanos, quienes derraman toda la sangre que les place, sangre de pacíficos mexicanos y de extranjeros que saben conducirse dentro de la ley. Pero cuando se presentó la oportunidad de usar el ejército y la marina de los Estados Unidos para favorecer al peor de los jefes de bandoleros, el señor Wilson inmediatamente se apresuró a aprovecharla.

La Administración americana repetidas veces ha dicho que no intervendrá en México y que evitará la guerra con México. En realidad, ésta ha intervenido constantemente, obteniendo siempre malos resultados, y casi llevó a cabo una guerra con México, aunque fuere una guerra singularmente fútil y carente de gloria. El Presidente Wilson en nombre del pueblo americano ocupó Veracruz, sin ninguna buena razón y abandonó la población, sin tener absolutamente motivo para ello. Se ha dicho que fuimos allí para exigir el saludo a la bandera americana; pero salimos del puerto sin obtener ese saludo. Se ha dicho que fuimos allí para suspender la remisión de armas y parque, pero continuamos permitiendo la importación del parque y de las armas.

El presidente Wilson realmente retiró los barcos americanos de la bahía de Tampico y dejó que cuidaran de los intereses americanos los barcos alemanes e ingleses, y a menos que esto no se hubiera hecho con el fin de permitir que los insurgentes obtuvieran armas cuando se posesionaron de Tampico, es completamente imposible interpretar de otra manera el acto del Presidente Wilson.

El senador Lodge en su discurso del 6 de Enero de 1915, expuso detalladamente lo que el Presidente Wilson ha hecho en este asunto, y hasta hoy no se ha intentado refutar, ni podría refutarse, satisfactoriamente lo que ha dicho. Su discurso, juntamente con el del senador Fall y el del senador Borah, debían circular entre todos los hombres honrados que quieren conocer la verdad.

El país debería comprender bien que la espantosa miseria que desgarra a México, se debe a la política del Presidente Wilson. Es una cosa extraordinaria —gracias a nuestro egoísmo y descuido, y gracias a la ignominiosa timidez del Gobierno, — no saber que las condiciones en México son peores en estos momentos que aquellas que prevalecen en las regiones donde los ejércitos europeos derraman su sangre. Enviamos buques llenos de obsequios de Navidad a los desvastados paises europeos. Esto está bien; pero ¿por qué nos descuidamos de México, donde nuestra responsabilidad es tan grande? En días pasados una solicitud conmovedora fué publicada por un grupo de mexicanos cerca de la frontera dirigida «Al pueblo americano y a sus ilustres autoridades». Pedían trabajo para ellos y que comer para sus mujeres y sus hijos. Pedían trabajo, justicia y pan.

Una situación idéntica a la de Europa y que ha hecho estremecer al mundo civilizado, ha existido al otro lado de nuestras fronteras durante 4 años, y no le hemos prestado ninguna atención. Tal como lo ha dicho la esposa de uno de nuestros cónsules:

«México está habitado por huérfanos y viudas y el hambre reina en el país. Puede verlo uno diariamente por los cuerpos enflaquecidos, por los encogidos carrillos, por los tirantes cutis y por las vehementes miradas. Esto se nota en los rostros de las mujeres, de los ancianos y de los niños. En este último año, muchos de ellos han muerto en territorio americano, al parecer, de enfermedades desconocidas; pero en realidad han muerto de hambre. Existen miles do esos niños que jamás han tenido suficiente alimentación durante su reducida y lastimera vida. Esta es una dolorosa tragedia que diariamente se ve cuando se contempla la cara de tristes criaturas sentadas, en el mayor silencio, cerca de las puertas de sus cabañas durante las largas horas del día. Las sonrisas y los juegos infantiles han huido de México. Este pueblo grita pidiendo pan para aplacar su hambre. Los Estados Unidos han pretendido ser los únicos que tienen derecho para intervenir en los asuntos de México. ¿Es honrado exigir el derecho y repudiar la obligación

Este es el estado práctico o real de los asuntos de México ocasionados por la doctrina de Mr. Bryan, de «no proteger los dollars americanos» (son precisamente los dollars los que tendrán que servir para comprar los alimentos, señor Bryan, ) así como debido a la doctrina de Mr. Wilson, de que no debamos intervenir ni dejar que nadie intervenga para evitar el derramamiento de sangre en México. La actitud asumida por Mr. Wilson, encuentra en cambio la aprobación entusiasta de los bandidos mexicanos que derraman sangre. Recibe también elogios y aprobaciones de parte de los asesinos, a quienes la inacción de Mr. Wilson ha proporcionado la oportunidad para asesinar a hombres, ultrajar mujeres y permitir que se mueran de hambre los niños americanos. Pero la sonrisa de los niños de México ya ha huido. Y esta sonrisa ha desaparecido debido a que los señores Wilson y Bryan, tanto al manejar el problema mexicano como al manejar los demás ramos de nuestros asuntos exteriores, han colocado a este país en la situación de que evada sus propios derechos; de que se busque a sí mismo indignas comodidades por encima de todo y de que se niegue a proteger a sus propios ciudadanos, o a cumplir con sus obligaciones internacionales, o bien a intervenir en favor de los débiles cuando la rapiña y el asesinato los hace sus víctimas.

Esto ha sido terrible para México, y también ha sido vergonzoso para los Estados Unidos; pero si se continuare tal política, mayor aun será nuestra afrenta. Tarde o temprano la guerra europea terminará, y entonces las grandes, divisiones de los ejércitos, después de un intervalo más o menos grande, volverán los ojos hacia nosotros y hacia México. Nosotros no podemos evitar que se intervenga en México apoyándonos en la Doctrina Monroe y dejar a la vez de cumplir con los deberes que nos impone la humanidad, si es que nos proponemos sostener esa Doctrina. Los españoles, los alemanes, los ingleses, los italianos y los franceses, aun cuando ciertamente en menor grado que los ciudadanos americanos y que la gente culta de México, han sido ultrajados por los bandidos sin conciencia y sin honor, a quienes nuestro Gobierno ha dado ayuda y parque. El Presidente Wilson, en su mensaje ha dicho confusamente que nosotros estábamos sin preparación y sin aptitud para enfrentamos con las naciones europeas. También aboga porque sigamos en México la política de dejar a los vandálicos y desordenados elementos destruir poco a poco todas las principales y respetables gentes de México, y que esos elementos destruyen a sangre y fuego, por hambre y por epidemias, todo lo que poseen los humildes hombres, mujeres y niños, inclusive los extranjeros que están en territorio americano. Las naciones poderosas y que se respetan a sí mismas, no permitirán que se continúe tal política. No podremos permanecer nosotros mismos indefinidamente impotentes en frente de posibles agresiones, y al mismo tiempo tratar de prohibir a otras naciones que enderecen los mismos males que nosotros, por nuestra debilidad, timidez y falta de previsión, no hemos enderezado. Al fin de cuentas, las naciones extranjeras sin duda que refutarán la teoría de Wilson-Bryan, basada en que la América del Norte puede adoptar como política permanente que este país evada su deber nacional y que a la vez proteste contra cualquier otra nación que cumpla precisamente con aquel deber que nosotros evadimos. O bien tendremos que abandonar la Doctrina Monroe y permitir que otras naciones restablezcan el orden en México, y entonces nos privaremos para siempre del derecho de hablar en favor de cualquier pueblo de este hemisferio, o nos tomaremos de buena; fe el trabajo, porque la paz, el orden y la prosperidad vuelvan a México de la misma manera que llegó a restablecerse en Cuba mediante nuestra sabia intervención.

En los últimos cuatro años los sufrimientos de los mexicanos han superado, en conjunto, a los sufrimientos de los belgas, en los seis meses que llevan de lucha. Se han cometido en Bélgica acciones muy negras; pero no han sido tan negras como las diabólicas atrocidades perpetradas en México. Por estos infames crímenes que se han cometido en México, el Gobierno de los Estados Unidos tiene que soportar sobre sus hombros una tremenda responsabilidad, solamente por la torpeza de la Administración del Presidente Wilson.

 

* * *

 

En días pasados, un amigo mío, un diplomático alemán, me escribió refutando los cargos que he hecho a Alemania por los actos cometidos en Bélgica, y su carta dice, en parte, así:

«Usted no hace referencia a la cuestión mexicana, de lo cual estoy sorprendido. ¿No cree usted que resultaría una cosa curiosa el que protestara un Gobierno por los sucesos de Bélgica, y el cual Gobierno ha creado el más extraordinario proceder en los disparates internacionales (perdone usted esta extraña expresión), primeramente no reconociendo al Presidente de un país vecino, con el que parecía estar en buenos términos; después permitiendo que los revolucionarios llevaran armas, sin reconocer a éstos como beligerantes; evitando la exportación de armas y luego volviendo a permitir dicha exportación; ocupando por la fuerza un puerto para salir de él otra vez, y como complemento, dejó al país (que era el que debía de beneficiarse, según se hizo ver a los demás), creo, que con cinco Presidentes, los que luchan unos contra otros y los que arruinan a la nación completamente? Pienso que los resultados de esa política para México han sido peores que la invasión de Bélgica por Alemania

No encontré contestación adecuada que darle a mi amigo alemán. Al fin y al cabo, las atrocidades que se han cometido en Bélgica por los alemanes han tenido siquiera el sello de la fuerza y de la eficiencia; pero la política del Gobierno de Washington con respecto a la cuestión mexicana, ha hecho que nuestro país lleve encima el sello de la timidez, debilidad y vacilación. El cobarde que teme aparecer como hombre fuerte, hace tanto daño como el bandido fuerte y armado. Por espacio de dos años, el Presidente Wilson ha decretado que se permitirá a los asesinos de México que derramen sangre inocente a su gusto; y por la actitud del mismo Presidente Wilson, las mujeres americanas han sido villanamente ultrajadas y los ciudadanos americanos asesinados, mientras que las mujeres mexicanas —víctimas del hambre— guardan luto y en los labios de sus niños hambrientos, se ha helado la sonrisa.

FIN

 

 

 

Notas:

 

(1) Aquí nos permitirá el señor Roosevelt hacerle una importante rectificación. No fueron veinte los soldados americanos que perdieron sus vidas en Veracruz, sino de 400 a 500, según lo saben las personas que estuvieron en Veracruz en los días de la toma de aquel puerto. Esos soldados americanos, a juzgar por lo que nos han contado muchos testigos al entrevistarlos en Nueva York, fueron en su mayoría arrojados al mar o incinerados en piras, sin otro fin que el evitar que el pueblo americano y el resto del mundo se impusiera de las fuertes bajas que el pueblo veracruzano (no los soldados) causó al poderoso invasor americano. Las pérdidas hubieran sido mayores, a no ser porque el cobarde general que defendía la plaza la abandonó huyendo a la cabeza de sus tropas, dejando así a la población civil y a los alumnos de la Escuela Naval enteramente a cargo de la defensa del puerto, el que no contaba con un solo fuerte y en cuya bahía había anclados más de 25 poderosos cruceros y acorazados americanos.
Finalmente advertiremos que la población civil tampoco estaba preparada y es la que menos noticia tenía del ataque, simplemente por culpa del general Huerta, quien, al parecer, no puso atención al «ultimátum» del Gobierno de Washington, y por lo mismo, no quería que se publicara esa noticia en la prensa. Esto lo decimos porque nosotros mismos dirigimos como una veintena de cablegramas a periódicos de México y de Veracruz y a particulares de ambas poblaciones, dándoles cuenta del próximo desembarque. ¡Jamás se había dado un caso en el mundo en que un Gobierno no hiciera conocer al pueblo un «ultimátum» recibido de otra nación amenazando ocupar su territorio!

(2) Esta frase ha sido leída al padre Tierney, la cual él dice que describe la entrevista con toda exactitud. Los originales de los testimonios están en poder del padre Tierney 59 East 83rd Street, en la ciudad de Nueva York y en poder del Padre Kelly, quienes los mostrarán a cualquier persona respetable.

(3) Copyright 1915, by The Metropolitan Magazine Company. 432 Fourth Avenue, New York City. All rights reserved. (Con permiso especial concedido al Sr. Lara).