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Septiembre 3 de 1914
Al C. Venustiano Carranza, Primer Jefe del Ejército Constitucionalista y Encargado del Poder Ejecutivo. México, D. F.
Resumiendo por escrito el informe verbal que hemos rendido a usted sobre la misión que nos llevó a conferenciar con el general Emiliano Zapata, manifestamos a usted lo siguiente:
Llegamos a Cuernavaca la tarde del jueves 27 del pasado agosto. Estando ausente de esta ciudad el general Zapata, fuimos informados de que llegaría al día siguiente.
Entretanto, en esa misma noche, fuimos invitados por el coronel don Manuel V. Palafox, secretario del general Zapata, para cambiar "ideas" sobre el asunto que motivaba nuestro viaje. Tuvimos una primera reunión de carácter inoficial, en la que estuvieron presentes, entre otras personas, los señores Manuel V. Palafox, Alfredo Serratos, general Enrique F. Villa, licenciado Antonio Díaz Soto y Gama, doctor Genaro Amezcua, doctor Antonio Briones, doctor Alfredo Cuarón, Reynaldo Lecona y algunas otras personas más. De nuestra parte, el señor Juan Sarabia, el licenciado Luís Cabrera y el general Antonio i. Villarreal.
Por lo que hace a nuestra personalidad como representantes de usted, expusimos que habíamos ido a Cuernavaca aprovechando una invitación que el señor Sarabia nos había transmitido. Interpretando la buena voluntad que el general Zapata tendría para recibimos, por lo tanto, íbamos más bien como revolucionarios altamente simpatizadores del problema agrario contenido en el Plan de Ayala; y por tal motivo no habíamos creído necesario proveernos con credenciales firmadas por usted, tanto más, cuanto que, de enviar usted representantes propiamente dichos éstos habrían tenido que ser escogidos libremente por usted y no siguiendo la sugestión hecha por conducto del señor Sarabia.
No obstante, esta explicación pareció causar cierta sorpresa y no poca decepción al saber que íbamos como parlamentarios inoficiales.
Manifestamos, sin embargo, llevar ciertas autorizaciones verbales de usted, que nos reservamos hacer conocer personalmente al general Zapata.
Por lo que hace al cambio de ideas, comenzábamos a efectuarlo con entera franqueza y libertad, procurando hacer conocer nuestro modo de pensar, el de usted y el de la mayoría de los elementos revolucionarios, pero a poco andar pudimos convencernos de que la prudencia aconsejaba este cambio de ideas solamente en el sentido de oír las ajenas sin rebatidas.
Puede resumirse el criterio del grupo revolucionario con el que discutimos, en la forma siguiente: "violado el Plan de San Luís por don Francisco I. Madero, la Revolución de Ayala debe considerarse como la continuación legítima de la de 1910.
“La Revolución de Guadalupe no es más que un incidente supeditado a la de Ayala.
“La Revolución de Ayala tiene principios y tendencias bien definidas, los cuales están consignados en el Plan de Ayala, mientras el de Guadalupe no es más que un Plan para cambio de Gobierno, siendo ésta otra razón por la cual el movimiento del Norte debe considerarse supeditado al del Sur. "
El Plan de Ayala contiene diversos artículos cuyo conocimiento es interesante:
El artículo primero es un considerando sobre las condiciones políticas existentes en noviembre de 1911. El artículo segundo desconoce a don Francisco I. Madero como presidente de la República.
Tales son los principales artículos del Plan de Ayala, de los cuales se consideran como declarativos de principios, el cuarto, el sexto, el séptimo y el octavo, y como procedimiento para la realización de estos principios, los demás, entre los cuales merecen atención el segundo, el tercero, el decimosegundo y el decimotercero.
Según la opinión dominante en el grupo con quien discutimos la cuestión, el Plan de Ayala está tan profundamente incrustado en la conciencia de los revolucionarios surianos, que cualquier cambio que en él se efectuara, sería difícil de aceptar. Su derogación o fusión con otro Plan sería imposible y no bastaría que el jefe del Ejército Constitucionalista garantizara el cumplimiento de los principios agrarios que contiene, sino que sería necesario que aquél aceptase y suscribiese y elevase a la categoría de principio constitucional el Plan de Ayala íntegro, sin modificación alguna.
Según esa misma opinión, la única forma de entender el triunfo de la Revolución por los zapatistas, es que el Plan de Ayala triunfe en todas sus partes, es decir, tanto en sus ideas como en sus disposiciones políticas.
El nombre mismo del Plan de Ayala es tan importante, que se cree indispensable mencionado como emitido para convencer a los revolucionarios de que ha triunfado ese Plan.
Las meras adiciones de ese Plan sugeridas por nosotros, encontraban fuertes objeciones. En el curso de las conferencias discutimos algunos puntos no incluidos en el Plan de Ayala y encontramos que nuestras críticas, por defecto, al Plan de Ayala, se interpretaban en seguida como ataques a la sustancia del Plan mismo y a la Revolución del Sur.
La única base de paz que los revolucionarios del sur admiten es, pues, la absoluta sumisión de los constitucionalistas al Plan de Ayala en todas sus partes, tanto en lo relativo a los principios como en cuanto a los procedimientos políticos de su realización, y en cuanto a la Jefatura de la Revolución.
Predomina en ellos la idea de que en el estado actual de cosas que privan en el estado de Morelos y demás zonas dominadas por el zapatismo, la cuestión agraria ya está resuelta, es decir, las usurpaciones están ya reivindicadas, las tierras repartidas y las propiedades de enemigos confiscadas, y que lo único que falta es legalizar lo hecho, para lo cual necesitamos estar seguros de la sinceridad de propósitos del Gobierno que se encargue de ratificar lo hecho por ellos.
Esto hace tomar importancia a los demás preceptos del Plan de Ayala (artículos 12 y 13), que nosotros llamábamos procedimientos políticos, para realizar los principios, y que allá en Cuernavaca se llaman "garantías del cumplimiento del Plan de Ayala".
El secretario Palafox sostuvo la idea que ya conocíamos, de que la condición previa y sine qua non para cualquier arreglo, tenía que ser la sumisión del Primer Jefe y de los generales constitucionalistas al Plan de Ayala, firmándose al efecto un acta de adhesión en que se aceptara el Plan mencionado en todas sus partes. El general Zapata aprobó la idea, encargándose Palafox de apoyarla, reforzada e insistir en que la sumisión al Plan de Ayala debería ser previa e incondicional.
A nuestra proposición de que simplemente se adoptara el Plan de Ayala en sus principios fundamentales, incorporándolos en un arreglo o convenio, se nos hizo saber que la condición de sumisión a todas las disposiciones del Plan, tanto agrarias como políticas, era sine qua non y previa a toda discusión sobre otros asuntos y que solamente después de que nosotros consiguiéramos convencer al Primar Jefe para que firmase el acta de sumisión al Plan de Ayala, podría entrarse a tratar de las conferencias por los delegados.
Habiendo tomado nota ad referéndum de la primera condición, pudimos conocer los probables puntos que en estas conferencias podrían tratarse.
Después de reproducir los términos de la discusión inoficial del viernes sobre este punto, el señor Palafox precisó que esas juntas podrían componerse de tres enviados de cada lado, en la inteligencia de que los delegados deberían estar provistos de credenciales que los autorizaran ampliamente para cerrar estipulaciones y firmar arreglos.
Dichos delegados deberían reunirse precisamente en Cuernavaca o en el lugar en que se encontrara el Cuartel General de la Revolución de Ayala.
En este punto el secretario Palafox se mostró tan inflexible como respecto del lugar de la junta de jefes y el general Zapata asintió.
Por lo que toca a los arreglos sustanciales a que pudiera llegarse en esas juntas de jefes, o sea a las condiciones bajo las cuales los revolucionarios del sur quisieran deponer su actitud hostil hacia el Gobierno constitucionalista, Palafox mencionó como primera y esencial el abandono del Poder Ejecutivo por parte del Primer Jefe del Ejército Constitucionalista o cuando menos la admisión a su lado de una persona de toda la confianza del general Zapata, para que toda clase de medidas, nombramientos y en general todo acto de gobierno fuera discutido y acordado con ese representante del general Zapata.
No pudimos entrar a una verdadera discusión de estos puntos por ser materia de las proyectadas conferencias; nos limitamos a anotarlos para conocimiento de usted.
Del mismo modo se habló acerca de la segunda condición esencial, consistente en la celebración de una Convención revolucionaria en que se nombrara el presidente interino de la República y se discutiera el programa de Gobierno, en el cual deberían quedar incluidos, sin alteración, los principios del Plan de Ayala.
Al resumir las condiciones expuestas, para su perfecta inteligencia, cambiaron un poco de lugar y de categoría, es decir, que dos de ellas pasaron de hipotéticas que eran a firmes y precisas.
Las condiciones, pues, que el general Zapata exige del Primer Jefe del Ejército Constitucionalista para un acuerdo que evite la guerra entre los revolucionarios del norte y los del sur, son las siguientes:
Primera. Ante todo, deben firmar el Primer Jefe del Ejército Constitucionalista y los generales que de él dependen, un acta de sumisión al Plan de Ayala, no sólo en su esencia, sino en todas sus partes.
Segunda. Mientras puedan celebrarse las conferencias proyectadas, debe pactarse un armisticio sobre la base de la entrega de la plaza de Xochimilco a las fuerzas zapatistas.
Tercera. El jefe del Ejército Constitucionalista debe retirarse desde luego del Poder Ejecutivo de la Nación.
O bien el jefe del Ejército Constitucionalista podrá continuar en el Poder Ejecutivo, siempre que admita a su lado un representante del general Zapata, con cuyo acuerdo se dictarán las determinaciones trascendentales y se harán los nombramientos para puestos políticos.
Cuarta. Una vez llenados los tres anteriores requisitos, podrá nombrar el jefe del Ejército Constitucionalista sus delegados, autorizándolos debidamente para discutir y firmar arreglos. Dichas conferencias se celebrarán precisamente en el Cuartel General de la Revolución de Ayala, y tendrán por objeto tratar de los procedimientos para llevar a cabo las disposiciones del Plan de Ayala.
Tales son, en sustancia, las condiciones de arreglos mencionados por el señor Palafox y apoyados por el general Zapata, para solucionar el conflicto inminente entre la Revolución del Norte y la del Sur.
México, septiembre 3 de 1914. Luís Cabrera (rúbrica). Antonio l. Villarreal.
RESPUESTA DEL SEÑOR CARRANZA
He recibido el informe que ustedes me han transmitido como resultado de su entrevista con el general Emiliano Zapata.
Como de dicho informe se deduce que el señor general Zapata considera indispensable para cualquier arreglo, que previamente haga yo una declaración de sumisión al Plan de Ayala, suplico a ustedes transmitan por escrito al general Zapata mi contestación, que es la siguiente:
Habiendo recibido la investidura de Primer Jefe del Ejército Constitucionalista, por delegación de los diversos jefes militares, con sujeción al Plan de Guadalupe, que colaboraron conmigo para el derrocamiento de la dictadura del general Huerta, no podría yo abdicar este carácter para someterme a la jefatura del general Zapata, ni desconocer el Plan de Guadalupe para adoptar el de Ayala.
Considero, por lo demás, innecesaria esa sumisión, supuesto que, como manifesté a ustedes, estoy dispuesto a que se lleven a cabo y legalicen las reformas agrarias que pretende el Plan de Ayala, no sólo en el estado de Morelos, sino en todos los estados de la República que necesiten de dichas medidas.
Si el general Zapata y los jefes que lo siguen, pretenden realmente que se lleven a cabo las reformas que exige el bienestar del pueblo suriano, tienen el medio de verificarlo, uniendo sus esfuerzos a los de esta Primera Jefatura, reconociendo la autoridad de ella y concurriendo a la Convención de jefes que he convocado para el día primero de octubre del corriente año, precisamente con el objeto de discutir allí el programa de reformas que el país exige.
Agradeciendo a ustedes sus patrióticos esfuerzos en bien de la paz, reitero a ustedes mi atenta consideración y particular aprecio.
Constitución y Reformas. Palacio Nacional, México, a 5 de septiembre de 1914. El Primer Jefe del Ejército Constitucionalista Encargado del Poder Ejecutivo, Venustiano Carranza.
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