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Abril 20 de 1914
Señores del Congreso:
Es mi deber llamar su atención sobre la situación que ha surgido en nuestros asuntos con el general Victoriano Huerta en la ciudad de México, que requiere tomar medidas y pedir su consejo y cooperación para actuar al respecto. El 9 de abril, un oficial pagador del buque Dolphin de los Estados Unidos de Norteamérica atracó en el muelle de carga Puente de Iturbide en Tampico, con un bote ballenero; su tripulación desembarcó para abastecerse de algunos suministros necesarios para el barco, y mientras lo cargaban, el pagador fue arrestado por un oficial al frente de un escuadrón de militares del general Huerta... El almirante Mayo consideró que el arresto era tan grave que no se 'contentó con las disculpas ofrecidas, por lo que exigió que el comandante militar del puerto rindiera honores a la bandera de los Estados Unidos de Norteamérica en una ceremonia especial...
El incidente no puede considerarse trivial, especialmente cuando dos de los hombres arrestados fueron aprehendidos en el barco mismo -o lo que es igual, en territorio estadounidense-. Este hecho por sí solo podría ser atribuido a la ignorancia o arrogancia de un simple oficial, pero por desgracia, no es un caso aislado. Recientemente han ocurrido varios incidentes que no pueden sino dar la impresión de que los representantes del general Huerta estaban dispuestos a tomarse la molestia de pasar por alto la dignidad y los derechos de este gobierno y se sentían perfectamente a salvo haciendo lo que les viniera en gana, mostrando de muchas formas su irritación y desdén...
El peligro manifiesto de una situación así sería que tales ofensas podrían ir de mal en peor hasta que sucediera algo a tal grado grave e intolerable que condujera inevitable y directamente al conflicto armado. Era necesario algo más que las disculpas del general Huerta y sus representantes, a fin de llamar la atención de todo el pueblo sobre su significado e inculcar en el general Huerta la necesidad de vigilar que no haya ninguna otra ocasión para explicaciones y arrepentimientos fingidos. Por lo tanto, creí de mi deber apoyar al almirante Mayo en su exigencia e insistir en que la bandera de los Estados Unidos de Norteamérica recibiera los honores, de manera tal que se garantizara un nuevo espíritu y actitud por parte de los huertistas.
El general Huerta se negó a rendir dichos honores y he venido a solicitar su aprobación Y apoyo en lo que me propongo conseguir. Espero firmemente que este gobierno no se vea forzado a declarar la guerra al pueblo de México por ninguna circunstancia. Este país está desgarrado por una guerra civil. Si aceptáramos las pruebas de su propia Constitución, no cuenta con un gobierno. El general Huerta ha implantado su poder en la ciudad de México, así de sencillo, sin derechos, y con métodos para los que no hay justificación. Sólo parte del país está bajo su control. Si desgraciadamente se sucediera un conflicto armado a resultas de esta actitud de resentimiento personal hacia nuestro gobierno, estaríamos luchando solamente contra el general Huerta y contra aquellos que lo siguen y le brindan su apoyo; nuestro objetivo sería devolver al pueblo de esa perturbada República la posibilidad de establecer nuevamente sus propias leyes y su propio gobierno.
Pero espero firmemente que la guerra no sea ahora motivo de atención. Creo que hablo en nombre del pueblo norteamericano cuando afirmo que no deseamos controlar en ningún sentido los asuntos de nuestra república hermana. Nuestro sentimiento hacia el pueblo de México es de una amistad genuina y profunda, y todo lo que hasta ahora hemos hecho o dejado de hacer se debe a nuestro deseo de ayudado y no de obstaculizar o molestar. Ni siquiera deseamos ejercer los buenos oficios de la amistad sin su aprobación y consentimiento. El pueblo de México tiene derecho a manejar sus asuntos internos a su manera Y deseamos sinceramente respetar ese derecho. La situación actual no requiere ninguna de las graves implicaciones de una intervención si la solucionamos pronta, firme y sabiamente.
No hay duda de que en estas circunstancias puedo hacer lo que sea necesario para exigir respeto a nuestro gobierno sin recurrir al Congreso, e incluso sin excederme de mis poderes constitucionales como presidente; pero deseo actuar de manera que no pueda ocasionar consecuencias graves, salvo en relación y cooperación estrechas tanto con el Senado como con la Casa Blanca. Por lo tanto, vengo a solicitar su aprobación para usar las fuerzas armadas de los Estados Unidos de Norteamérica de manera tal y hasta el punto que sea necesario para obtener del general Huerta y sus seguidores el reconocimiento total de los derechos y la dignidad de los Estados Unidos de Norteamérica, incluso en medio de las penosas condiciones que ahora desgraciadamente prevalecen en México.
En lo que hacemos no cabe la idea de agresión o de engrandecimiento egoísta. Buscamos mantener la dignidad y autoridad de los Estados Unidos de Norteamérica, únicamente porque deseamos conservar intacta nuestra gran influencia en pro de la libertad, tanto de los Estados Unidos de Norteamérica como de cualquier parte donde se pueda emplear para beneficio de la humanidad.
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