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Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1913 Edicto diocesano sobre la solemne consagración de la República al sacratísimo corazón de Jesucristo. Carta del Papa Pío X.

Noviembre 12 y 30 de 1914

 

EDICTO DIOCESANO
SOBRE LA SOLEMNE CONSAGRACION DE LA REPUBLICA AL SACRATISIMO CORAZON DE JESUCRISTO

Nos, el Doctor D. José Mora del Río, por la gracia de Dios y de la Santa Sede Apostólica, Arzobispo de México:

Al Ilmo. Señor Dean y V. Cabildo de la Santa Iglesia Catedral Metropolitana, al Ilmo. Señor Abad y V. Cabildo de la I. y N. Basílica de Santa María de Guadalupe, al V. Clero Secular a todos los fieles en este Arzobispado, salud, paz y bendición de Nuestro Señor Jesucristo.

Al ver los Prelados de esta Nación Mexicana llenos de pena, las circunstancias tan aflictivas, por las que actualmente atraviesa nuestra Patria, a causa de la guerra que hace ya más de tres años siembra la desolación y la desgracia, conmovidos profundamente por los lamentos de tantos infelices que; se hallan en indecible aflicción a causa de los desórdenes y crímenes, que en muchas partes de la República se cometen, hemos recordado aquellas hermosas palabras de León XIII, de grata memoria: «las llagas de la sociedad desaparecerán; la justicia recobrará su antiguo esplendor y se restablecerá el bien inestimable de la paz, cuando toda lengua confiese que Jesucristo está en la gloria de Dios Padre»: y con el vivo deseo de que cuanto, antes terminen esas muchas calamidades que nos aquejan, y se restablezca esa paz que todos anhelamos, nos hemos dirigido a Nuestro Santísimo Padre el Señor Pío X, para suplicarle se dignara conceder que los Mexicanos, al confesar que Jesucristo está en la gloria de Dios Padre, le rindamos público y solemne vasallaje, como al Rey Augustísimo de todas las Naciones, nos consagremos con toda nuestra alma a su Divino Corazón, y llenos de fé le pidamos con reiteradas instancias interponga sus preciosísimos valimientos ante su Padre Celestial para que se digne vernos con ojos de misericordia, y concediéndonos el perdón de nuestros muchos pecados, haga que esta nuestra atribulada Patria, camine por sendas de bienestar y felicidad.

La Santidad del Pontífice reinante, accediendo con grande bondad a la solicitud hecha, se ha dignado conceder que la Nación Mexicana se consagre de una manera pública y solemne y rinda vasallaje al Corazón de Jesucristo, según el telegrama que ha enviado el Ilmo, y Rmo. Sr. Arzobispo de Puebla «PONTIFICE ALABA CONSAGRACION PONIENDOSE SEIS ENERO CORONA CETRO PIES IMAGENES.»

Deseamos por tanto ardientemente, que esta consagración sea solemnísima, para lo cual exhortamos con todo nuestro corazón a los Sres. Párrocos y Capellanes del V. Clero Secular y Regular, y queremos que con este motivo y en tan preciosa oportunidad Jos mencionados Sres. Párrocos y Capellanes aviven la fé y la piedad de los fieles, les recuerden la grande eficacia de las oraciones que se hacen al Padre Celestial por medio de Jesucristo «Mediador universal y único» entre El y los hombres, como dice San Pablo, y los exhorten con fervor que, al proclamar por Rey y Señor de esta nuestra Nación Mexicana al Unigénito de Dios, eleven al cielo, sus oraciones, con grande confianza pidiendo a la Majestad Divina se apiade de nosotros y nos envíe por su infinita Misericordia, el remedio de las muchas calamidades que nos aquejan.
A este fin hemos tenido a bien disponer:

I. Qué los dias 3, 4 y 5 del pmo. Enero, en todas las Iglesias y ante el Santísimo Sacramento expuesto se haga un solemne triduo de preparación, rezándose las letanías del Sacratísimo Corazón aprobadas por la Santa Sede.

II. Que en esos días del triduo se predique a los fieles la importancia de este solemne acto de consagración, recordándoles que el único remedio de nuestros muchos males es el Reinado de Jesucristo, y que mientras su Corazón Sacratísimo no reine entre nosotros han de afligirnos innumerables calamidades.

III. Que el día 6 del pmo. Enero se efectúe en todas las Iglesias una Comunión lo más numerosa que sea posible, la cual ofrecerán los fieles al Sacratísimo Corazón de Jesucristo suplicándole; que; por su infinita Caridad, se digne aceptar los pobres obsequios que le hacemos los Mexicanos.

IV. Que avivados así los sentimientos de fé, de amor y de confianza en el Corazón Divino, se proceda al solemne acto de la Consagración.
Se expondrá al Santísimo Sacramento, se celebrará la Santa Misa, se recitará por todos los fieles con grande fervor la oración dispuesta y mandada por la Santidad de León XIII, de feliz memoria, yse procederá a colocar, a los pies de las Imágenes del Sacratísimo Corazón un cetro y una corona preparados a este fin con la debida oportunidad. Por la tarde, ante el Santísimo Sacramento se hará una devota hora santa que terminará con la solemne procesión con su Divina Majestad

V. Que los Sres. Párrocos, Vicarios y Capellanes se sirvan enviar a esta Secretaría Arzobispal noticia circunstanciada de lo que hubieren hecho para el cumplimiento de estas nuestras disposiciones, y del número de comuniones que hicieren los fieles.

Esperamos confiadamente de la fé y piedad de nuestros muy amados Diocesanos que se aprestarán con grande entusiasmo a hacer esta solemne consagración al Corazón Divino y nuestra paz y nuestra reconciliación y fuente inagotable de todo consuelo.

Este edicto se leerá inter missarum solemnia, en todas las Iglesias de nuestro Arzobispado, el primer día festivo después de su recepción.

Dado y firmado de Nos, sellado con el escudo de nuestras armas y refrendado por el Sr. nuestro Secretario de Cámara y Gobierno, a los treinta días del mes de Noviembre de mil novecientos trece, primera Domínica de Adviento.

JOSE
ARZOBISPO DE MEXICO.

Por mandato de S. S. Ilma, y Rma. el Arzobispo mi Señor.
Rafael Favila Vargas, SECRETARIO

 

 

HOMENAJE A CRISTO REY

Los acontecimientos desarrollados en la primera quincena del mes próximo pasado en nuestra infortunada patria, esto coronación del Sacratísimo Corazón de Jesús, y las manifestaciones del culto público que en muchas partes de nuestra república hicieron los buenos católicos mexicanos ante la faz de todo el mundo, no avergonzándose de confesarse discípulos de Cristo, fueron hechos de aquellos verdaderamente trascendentales cuya importancia salta desde luego a la vista, aunque no saboreemos toda su magnificencia; porque son escenas paradisíacas y nuestra limitada vista no alcanza a columbrar hasta aquellas regiones eternales.

Saben ya nuestros lectores cuales fueron los móviles que originaron las tales ceremonias religioso-civiles.

En estos momentos de suprema angustia nacional: cuando todo a nuestro derredor nos anuncia el llanto y nos habla de amargura, y la desesperación se mezcla con la sangre y el incendio; cuando la patria próxima a exhalar el último suspiro para entregarse en los helados brazos de la muerte, va viendo desaparecer con pasos de gigante, sus mas preciadas cosas: la industria de sus dorados campos, sus riquezas naturales y artificiales y hasta su propia civilización, porque ésta en el termómetro que marca las temperaturas sociales e internacionales ha descendido muy por debajo del cero grados; después de haber venido presenciando por espacio de tres larguísimos años una guerra sangrienta y fratricida en la que todos pelean, los unos impulsados por su propio querer para satisfacer las ambiciones bastardas de su corazón, y los otros (quizás los más) arrastrados por la fuerza brutal que los empuja al abismo dejando detrás de si una cadena no interrumpida de males e infortunios que tanto los resisten las pobres familias que lamentan la pérdida irreparable del padre, del esposo, del hermano, o del familiar; cuando todos vemos y somos testigos de que se va apoderando de nuestra raza una especie de funesta consunción o aniquilamiento que nos lleva a la ruina más inevitable, he aquí que un gemido ha brotado de los moribundos labios de la pátria querida, semejante a aquel grito desgarrador que levantara San Pedro en el revuelto mar de Tiberiades. «Salvanos, oh Señor, que perecemos»...

Y esta plegaria de nuestra patria atribulada la ha recibido la Iglesia Mexicana. Por eso nuestros solícitos prelados ordenaron a todos sus sacerdotes que hicieran peticiones especiales en el Santo Sacrificio de la Misa para implorar del cielo la paz; y por eso también los fieles cristianos, siguiendo el ejemplo de sus párrocos y capellanes, a la continua han estado pidiendo al Altísimo la tranquilidad y el orden tan lastimosamente perdidos.

Y la paz... la tan deseada paz no ha llegado... Las aceradas alas de la muerte se ciernen implacables sobre los campos de batalla haciendo presa a innumerables hermanos nuestros y sembrando de cadáveres las antes floridas y fecundas vegas.

A vista de tantos infortunios, nuestros pastores espirituales llevaron hasta la eterna ROMA nuestras quejas de angustia para comunicárselas al Prisionero del Vaticano, al supremo Jerarca de la Iglesia universal, al sucesor de Pedro, al inmortal y dulcísimo Pío X, para pedirle un consejo, a él cuya voz y autoridad son infalibles, a él que hace milagros, a él que es otro Jesucristo sobre la tierra.

Y he aquí lo que contestó el Santo Padre: [Aunque el documento que aquí insertamos ya lo dieron a conocer algunas publicaciones, lo queremos reproducir para no privar a las páginas de la Gaceta de esa carta tan importante.].

 

«A los Arzobispos y Obispos de la República Mexicana.
Venerables Hermanos, Salud y Bendición Apostólica.

Nos habéis propuesto un proyecto, tanto más hermoso para vosotros cuanto para Nos indeciblemente grato.

Porque meditando vosotros, con grande atención, lo que nuestro Predecesor León XIII, de feliz memoria, escribió el año de 1899, en su Encíclica «Annum sacrum», relativo a la consagración de los hombres al Corazón Sacratísimo de Jesús, habéis resuelto consagrar el próximo día seis de Enero al mismo Corazón divino, Rey inmortal de los siglos, la República de México; y para dar mayor solemnidad a esta consagración que pensáis hacer, y mostrar a vuestros pueblos toda la importancia trascedental de ella, determináis decorar las imágenes del Corazón de Jesucristo con las insignias de la realeza. Todo esto, Nos lo aprobamos de buen agrado.

Más como quiera que el Rey de la gloria eterna haya sido ornado con corona de espinas, la cual muy mucho más hermosa aún que el oro y las piedras preciosas, vence en esplendor a las coronas de estrellas, las insignias de majestad real; a saber, la corona y el cetro, habrán de colocarse a los pies de las sagradas imágenes.

Desde hace ya mucho tiempo que con grande solicitud hemos considerado a vuestra Nación y a vuestros asuntos perturbados por graves desordenes y bien sabemos que para conservar y sostener la salud de los pueblos, es de todo punto necesario conducir a los hombres a este puerto seguro de salvación, a este sagrario de la paz que Dios por su infinita benignidad se dignó abrir al humano linaje, en el Corazón augusto de Cristo su Hijo.

De ese Corazón brote para vosotros, Venerables Hermanos, y para vuestra Nación entera agitada rudamente por incesantes discordias, la gracia que habéis menester para la salvación eterna y la paz que, como fuente inagotable de todos los bienes, con tan indecible ansia anhelan a una voz, vuestros conciudadanos.

En presagio de ambos bienes y en testimonio de nuestra benevolencia, sea esta nuestra Bendición Apostólica, la cual a vosotros, Venerables Hermanos, lo mismo que al Clero, y al pueblo encomendado a cada uno de vosotros, de lo íntimo del corazón enviamos en el Señor.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el día doce de Noviembre de mil novecientos trece, año undécimo de Nuestro Pontificado.

PIO PAPA X.»

 

Obedientes todos los católicos mexicanos a la voz de sus pastores espirituales, celebraron en todas partes y con la mayor pompa posible el acto solemne de la coronación de las imágenes y la consagración de la República al Sagrado Corazón de Jesús, el 6 de Enero próximo pasado, enumerándose ese día entre los más grandes de nuestra historia religiosa.

¡Qué fecha tan gloriosa! Desde la soberbia Catedral de México, adornada con sus más esplendentes galas e iluminada con multitud de luces, hasta la humilde ermita que oculta entre las del Arzobispado de México sinuosidades de la selva tan sólo se la veía resplandecer con los rayos del sol naciente y adornada con las trepadoras hiedras y olorosos lirios que crecen en los valles, en todas las iglesias de México se llevó a cabo tan importante Ceremonia que tanto enalteció a nuestra patria que por tanto tiempo y quizás sin ella consentirlo había adjurado del reinado de Jesucristo.

Pero ese día solemne renegó de sus errores y pasados desvarios. Se acordó de aquellas inspiradas palabras del Profeta Rey: «Si el Señor no edifica la casa, en vano se afanan los que tratan de edificarla. Si el Señor no guarda la ciudad, en vano se desvelan los que pretenden guardarla»; se acordó de la tristemente célebre historia de nuestros pasados gobernantes, quienes, considerándose armipotentes, se declaron ateos, desterrando a Dios de la escuela del taller, del ejército, de las oficinas, y que se avergonzaron de proferir con sus labios ese nombre mil veces santo, y los cuales, en llegados los días de prueba, no pudieron soportar la tempestad de las iras celestes, ni interponiendo para ello sus poderosos cañones, ni derrochando dinero, ni levantando temibles ejércitos en orden de batalla, porque Dios había decretado en sus altos juicios humillarlos hasta el polvo y con ellos a la nación entera, para que se cumplieran aquellas verdades predicadas por el gran Bossuet: que las naciones son juzgadas y castigadas en este mundo a diferencia de los individuos que serémos juzgados y sentenciados ante la asamblea de todas las generaciones el supremo día del Juicio Universal en el Valle de Josafath; y con la experiencia de tantos años y con los innumerables descalabros sufridos precisamente por haber tocado todos Jos resortes humanos y olvidádose de tocar el «único necesario», ese día, se volvió a Dios y unidos todos los mexicanos en un solo corazón y en una sola alma y en un solo sentimiento le ofrecieron al Sacratísimo Corazón de Nuestro adorable Jesús el Reinado de México, para que él, siendo el Rey de los Reyes y el Señor de los que dominan, hiciera efectiva la obra de la paz en nuestro suelo, obra que humanamente hablando es imposible, pero qué a él le es del todo factible y hacedera...

Y todos abrigamos ese día la mas dulce esperanza de conseguir lo que tan ardientemente deseamos; porque la oferta que hicimos a Dios (digámoslo con claridad) fué grande... ¿Qué cosa más grande que la Patria? Ante ese amor se estrellan todos los demás amores mundanos, porque él es como el centro de todos los afectos entorno del cual giran en admirable concierte todos los sentimientos civiles.

Porque notósmolo bien: no dedicamos al Sagrado Corazón de Jesús ni una iglesia; ni una capilla hermosa, ni una deslumbrante Catedral, ni una suntuosa Basílica (todas esas cosas serian mezquinos regalos de un pueblo que se precia de ser generoso y rico): pusimos a las divinas plantas de Jesús á toda nuestra patria... Desde las hermosas en otro tiempo y ahora sembradas de cadáveres riveras del caudaloso Rio Bravo, hasta las ricas vegas de la peninsula yucateca; desde las majestuosas playas del mar Pacífico en cuyas salobres aguas se duerme el sol, hasta las arenosas doradas del Golfo de México de cuyo seno brota sonriente como de gigantesca, concha la plateada luna: todo nuestro vasto territorio con su cortejo de montañas admirablemente hermosas, coronadas, las unas, con eternas nieves que asemejan altares cubiertos con finísimos linos, y las otras, con penachos de fuego, cual si fueran descomunales teas, simbolo de nuestra fé, consagramos al Dios de las naciones, poniendo a él como árbitro de nuestros destinos.

Y cómo se reanimó la fé en nuestros corazones... «Ya Jesús reina en México, nos deciamos; luego nuestra patria será feliz, porque en los pueblos en donde está el verdadero Dios hay felicidad. Ya Jesús reina en México; Juego habrá quien nos defienda en nuestros males que nos aquejan. Ya Jesús reina en México; luego habrá quien lo cure de sus innumerables enfermedades porque él tiene el poder de imperar hasta sobre los muertos y darles la vida. Ya Jesús reina en México; luego habrá paz, pues aunque ésta es imposible tenerla humanamente, él es Dios y ante él se inclinan reverentes todas las leyes de la naturaleza pudiendo mudarlas obrando milagros.»...

¡Oh, si! que no nos quepa la menor duda; todo esto se llevará a cabo y cosas aún más grandiosas, que ni siquiera las imagino, verdaderamente reina en nuestra patria el Sacratísimo Corazón de Jesús. Que reine de hecho en nosotros mismos y trabajemos los sacerdotes por que reine en todas partes: en las escuelas, en las familias, en las leyes, en todas nuestras empresas y en todas nuestras obras; que si la patria está agonizando, él puede con su aliento vivificador reanimar ese postrer soplo de vida.

Y reinando el Sacratísimo Corazón de Jesús en México, acaecerá lo que en nuestros bosques seculares exúberos y fecundos, que, pasada la tempestad, se yerguen los arbustos que se habían inclinado y los rosales que estaban doblegados; y vuelven las aves que habian huido y anidan en las ramas, entonando la naturaleza toda el himno de la resurrección y de la vida... iDios lo haga por medio del Sacratísimo Corazón de Jesús a quien hemos aclamado Rey soberano de nuestra Patria.

José Castillo y Piña.

México. Febrero de 1914.

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