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Nueva York, 1905
FRAUDE HONRADO Y DINERO MAL HABIDO
En estos días todos hablan de que los hombres de Tammany se enriquecen gracias a prácticas fraudulentas, pero nadie piensa en establecer una distinción entre dinero honrado y dinero mal habido. Un mundo de diferencia los separa. En efecto, muchos de nuestros hombres se han enriquecido en la política. Yo mismo lo he hecho. He hecho una gran fortuna gracias al juego, y cada día soy más rico, pero no he cometido fraude alguno —chantajes a jugadores, taberneros, gente de conducta escandalosa—; tampoco lo ha cometido ninguno de los hombres que han acumulado grandes fortunas en la política.
Existe un lucro honrado, y yo mismo soy un ejemplo de cómo funciona. Podría resumir todo el asunto diciendo: “Veo mis oportunidades y las aprovecho”.
Déjeme que le dé algunos ejemplos. Mi partido llega al poder en la ciudad, y realizará gran cantidad de mejoras públicas. Bien, pues me han informado, secretamente, digamos, de que van a construir un nuevo parque en cierto lugar.
Veo mi oportunidad y la aprovecho. Voy a ese lugar y adquiero todo el terreno que puedo en el vecindario. Entonces el departamento de esto o de aquello da a conocer su plan, y hay prisa por conseguir los terrenos de mi propiedad, de los cuales nadie se había preocupado antes.
¿No es del todo honrado cobrar un buen precio y lucrar con mi inversión y mi providencia? Desde luego que lo es. Bien, he allí el fraude honrado.
Suponga usted que se trata de un nuevo puente lo que van a construir. Alguien me informa al respecto y adquiero tantas propiedades como me es posible. Después vendo según mi propia cotización y deposito un poco más de dinero en mi banco.
¿No haría usted lo mismo? Es como especular en Wall Street, o en el mercado del café o del algodón. Se trata de un fraude honrado y lo busco todos los días del año. También le diría sinceramente que muchas veces lo he llevado a cabo.
Le contaré un caso. Iban a construir un gran parque, no importa dónde. Caigo en cuenta de ello y miro alrededor buscando tierra en ese vecindario.
No pude conseguir nada que fuera barato sino una gran ciénaga, y pronto me apoderé de ella. Lo que resultó fue precisamente lo que había pensado. No podían construir el parque completo sin la ciénaga de Plunkitt, y tuvieron que pagar una buena cantidad por ella. ¿Hay algo sucio en ello?
Versado en la divisoria de las aguas también hice mucho dinero. Compré algunos terrenos hace unos años y pude anticipar, por fortuna, que después serían adquiridos por el ayuntamiento con propósitos de manejos hidráulicos.
De algún modo siempre he adivinado convenientemente, ¿no debería gozar de los provechos de mi capacidad para prever? Fue más bien divertido cuando los comisionados se apresuraron y descubrieron que cada uno de los terrenos estaban a nombre de George Plunkitt, de la Decimoquinta Asamblea Distrital de la ciudad de Nueva York. Se preguntaban cómo supe qué tierras comprar. La respuesta es sencilla: “Vi mi oportunidad y la aproveché’'. Nunca me he limitado a los terrenos; todo lo que deje ganancias está en mi línea.
Por ejemplo, el ayuntamiento está repavimentando una calle y tiene que vender cientos de miles de bloques de granito. Estoy en disposición de comprar, bien sé su valor.
¿Cómo? No importa. Desde hace tiempo tengo una especie de monopolio en este negocio, pero en cierta ocasión un periódico trató de perjudicarme. Consiguió que algunos hombres vinieran desde Brooklyn y Nueva Jersey para hacer una oferta que iba en mi contra.
¿Qué hice? No mucho. Fui a donde estaba cada uno de ellos y les pregunté: “¿Cuántas de estas 250 000 piedras desea usted?” Uno dijo 20 000, otro deseaba 15 000 y otro más 10 000. Dije: “Muy bien, permitid que me haga del lote, y les daré a cada uno de ustedes todo lo que desean gratis”.
Por supuesto, estuvieron de acuerdo. Entonces el subastador rompió en alaridos: “¿Cuánto se supone que obtendré por estas 250 000 finas piedras para pavimentación?”
“Dos dólares con cincuenta centavos”, respondí.
“¡Dos dólares con cincuenta centavos!”, gritó exaltado el subastador. “¡Es una broma! Haga una verdadera oferta”
Después encontró que la oferta era justa. Mis rivales permanecieron en silencio. Obtuve el lote a dos dólares con cincuenta centavos y les di a ellos su parte. Así termino el intento de perjudicar a Plunkitt, y éste es el modo en que todos estos intentos terminan.
Le he contado a usted cómo me enriquecí gracias al fraude honrado. Ahora, permítame que le diga que la mayoría de los políticos acusados de defraudar al ayuntamiento se enriquece del mismo modo.
Nunca roban un solo dólar del tesoro del ayuntamiento. Sólo ven sus oportunidades y las aprovechan. Esta es la razón por la que, cuando llega una reforma administrativa y se gasta medio millón de dólares tratando de encontrar los fraudes públicos de los que hablan en las campañas, no encuentran nada.
Los libros siempre están en orden. El dinero del tesoro del ayuntamiento siempre está en orden. Todo está en orden. Lo único que pueden demostrar es que los jefes de departamento que pertenecen a Tammany se ocupan de sus amigos, dentro de la ley, y les dan todas las oportunidades que pueden para que cometan fraude honrado. Ahora bien, déjeme decirle que esto nunca va a lesionar la relación de Tammany con el pueblo. Todo hombre bueno ve por sus amigos, y ninguno que no lo haga tiene probabilidades de ser popular. Si tengo algo bueno que repartir en la vida privada, lo doy a un amigo. ¿Por qué no he de hacer lo mismo en la vida pública?
Otra clase de fraude honrado. Tammany ha dado muchos buenos salarios. Esto despertó las quejas de los reformadores. Pero, ¿no sabe usted que Tammany obtiene diez votos por cada voto que pierde al elevar los salarios?
El banquero de Wall Street considera vergonzoso elevar el salario de un empleado de oficina de 1 500 a 1 800 dólares al año, pero cualquiera que gane un salario diría: “Es justo. Ojalá estuviera yo en ese caso”. Y el día de la elección está dispuesto a votar por Tammany, sólo por simpatía.
Tammany fue derrotado en 1901 porque se manipuló al pueblo para que creyera, engañosamente, que la organización cometía soborno. No establecieron diferencia entre dinero mal habido y fraude honrado; sólo vieron que algunos de los hombres de Tammany se habían enriquecido y supusieron que habían asaltado el tesoro del ayuntamiento o que habían chantajeado en los burdeles, o que habían extorsionado a jugadores e infractores de la ley.
Sólo como asunto de política y nada más, ¿por qué habrían de emprender los líderes de Tammany actos tan vergonzosos cuando tienen ocasión de tanto fraude honrado estando en el poder? ¿Ha considerado usted esa circunstancia?
Ahora bien, en conclusión: quiero decir que no cuento en mi haber ningún dólar mal habido. Si a mi peor enemigo se le encomendara el trabajo de escribir mi epitafio después de mi muerte, no podría sino escribir: “George W. Plunkitt vio sus oportunidades y las aprovechó”.
CÓMO CONVERTIRSE EN ESTADISTA
Hay miles de jóvenes en esta ciudad que irán a las urnas por primera vez el próximo noviembre. Entre ellos, muchos habrán visto la carrera de los exitosos hombres de la política y desearán hacer nombre y fortuna con el mismo juego. Es a ellos a quienes quiero aconsejar. Primero, déjenme decir que estoy en condiciones de ofrecer lo que en los tribunales llaman un testimonio de experto en la materia. No creo que puedan encontrar fácilmente mejor ejemplo de éxito en la política que mi persona. Tras cuarenta años de experiencia en el juego soy, digamos, George Washington Plunkitt. Todos saben qué figura soy en la organización más poderosa del planeta, y si oyen a la gente decir que he acumulado un millón de dólares desde mis días de carnicero en el Mercado Washington, no vengan a mí con un rechazo indignado. Estoy muy bien así, gracias.
Ahora bien, asumiendo mi papel de experto, como dicen los abogados, daré un consejo gratuito a los jóvenes que estarán en las urnas por primera vez, y que ansían la gloria política y mucho dinero. Algunos jóvenes piensan que pueden aprender de los libros cómo alcanzar el éxito político, y llenan su cabeza con todo tipo de tonterías académicas. No podrían cometer un error más grave. Pero entiéndanme, no estoy diciendo nada contra las universidades. Me imagino que habrán de existir en la medida en que existan ratones de biblioteca, y supongo que algún beneficio traerán, pero de nada sirven en la política. En realidad, un joven que ha pasado por los cursos universitarios se ve limitado al principio. Puede alcanzar el éxito político, pero los pronósticos son de cien a uno en su contra.
Otro error: algunos jóvenes consideran que la mejor manera de prepararse para el juego político es practicar los discursos y convertirse en oradores. Es falso. Contamos algunos oradores en Tammany Hall, pero son principalmente de carácter decorativo. Nunca oirán a Charlie Murphy ofrecer un discurso, ¿no es cierto? Ni a Richard Croker, ni a John Kelly, ni a ninguna otra persona que realmente haya estado en el poder de la organización. Busque usted entre los treinta y seis líderes distritales de Tammany Hall en la actualidad. ¿Cuántos de ellos viajan gracias a sus lenguas? Acaso uno o dos, y no son los que cuentan cuando se trata de emprender una tarea en Tammany Hall. Los hombres que mandan siempre han mantenido la boca cerrada, nunca han ejercitado sus lenguas. Así que los jóvenes deben abandonar la idea de ser oradores, a menos que deseen entrar en la política sólo para desempeñar un papel efímero.
Hasta ahora les he dicho lo que no deben hacer; pienso que les puedo decir también lo que tienen que hacer para alcanzar el éxito político al narrar lo que yo mismo hice. Después de aprender el oficio, cuando joven, acercándome a las oficinas de distrito y andando por las urnas el día de la elección, por fin gané fama y dinero gracias a la política de la ciudad de Nueva York. ¿Acaso ofrecí mis servicios como orador político al líder de distrito? Nada de eso. Los bosques están llenos de oradores. ¿Acaso estudié un libro acerca de la administración municipal y se lo mostré al líder? No fui tan tonto. Sólo conseguí algunos bienes de cambio antes de ir con los líderes. ¿Qué quiero decir con “bienes de cambio”? Permítanme explicarlo: tenía yo un primo. Un joven que no se interesaba mucho en asuntos de política. Fui a verlo y le dije: “Tommy, voy a ser político, deseo tener partidarios, ¿puedo contar contigo?” Respondió: “Desde luego, George”. Así comenzó todo. Obtuve un bien de cambio: un voto. Fui entonces con el líder de distrito y le dije que podía asegurar dos votos el día de la elección, el de Tommy y el mío. Sonrió y me dijo que siguiera de ese modo. Sí le hubiera ofrecido un discurso o un libro de teoría, me habría dicho: “¡Olvídalo!”
Así comenzó el asunto, en pequeña escala, ¿no es verdad? Y ésta es la única forma de llegar a ser un estadista de larga carrera. Pronto amplié mis actividades. Dos jóvenes vecinos eran mis condiscípulos. Me dirigí a ellos del mismo modo que lo había hecho con Tommy, y convinieron también en apoyarme. Tenía ya los votos de tres partidarios, y entonces comencé a ser un poco arrogante. Siempre que llegaba a las oficinas distritales todos me saludaban, y un buen día el líder me honró al encender mi cigarro. Y todo siguió así, como una bola de nieve colina abajo. Hablé con todos los del edificio donde vivía, desde el sótano hasta el ático, y conseguí que cerca de una docena de jóvenes me apoyaran. Entonces ataje la casa de enfrente, y así toda la calle hasta dar vuelta a la esquina. Poco después contaba sesenta hombres entre mis partidarios, y constituí la Asociación George Washington Plunkitt.
¿Qué dijo entonces el líder de distrito cuando toqué a sus oficinas? No tuve que tocar. Él se acercó y me dijo: “George, ¿qué deseas? Si no lo tienes a la vista, sólo pídelo. ¿No te gustaría tener un empleo o dos para tus amigos en la oficina? Dije: “Lo pensaré; no he decidido aun lo que la Asociación George Washington Plunkitt hará en la próxima campaña”. Ya ha visto usted como fui objeto de adulaciones y dádivas por los líderes de las organizaciones de oposición. Gozaba de bienes de cambio y llegaban a mí ofertas de todas partes: era yo un hombre prometedor en política. Como el tiempo pasaba y mi asociación crecía, juzgué que podía incursionar en la Asamblea. Sólo tuve que insinuar lo que deseaba y tres organizaciones distintas me ofrecieron la nominación. Tiempo después llegué a la Junta de Jubilados, al Senado del estado, luego fui líder de distrito, y así hasta convertirme en estadista.
Esta es la forma, la única forma, de alcanzar el éxito duradero en la política. Si estarán en las urnas por primera vez en noviembre y desean incursionar en la política, hagan lo mismo que yo. Consigan partidarios, aun cuando sólo se trate de uno o dos, vayan entonces al líder de distrito y díganle: “Deseo afiliarme a la organización. Cuento con un hombre que me seguirá en las buenas y en las malas”. El líder no se reirá de su séquito de un solo hombre. Estrechará su mano afectuosamente, ofrecerá proponer su membresía en la asociación, les invitará a un trago y les pedirá que regresen pronto. Por el contrario, acérquense a él y digan: “Obtuve las mejores calificaciones en el tema de Aristóteles; puedo recitar de arriba abajo todo Shakespeare; no hay cosa en la ciencia que no conozca como la palma de mi mano y soy un verdadero experto en elocuencia”. ¿Qué responderá el líder? Acaso dirá: “Supongo que usted no tiene la culpa de su suerte, pero de nada nos sirve aquí”.
LA MALDICIÓN DE REFORMAR LA ADMINISTRACIÓN PÚBLICA
La ley de la administración pública es el fraude más grande de la época. Es una maldición para el país. Mientras perdure no podrá haber auténtico patriotismo. ¿Cómo pueden hacer ustedes que nuestros jóvenes se interesen en su país, si no tiene empleos que ofrecerles cuando trabajan en favor de su partido? Sólo vean cómo están las cosas ahora en esta ciudad. Existen diez mil empleos, pero sólo podemos acceder a algunos cientos de ellos. ¿Cómo hemos de hacer justicia a los miles de jóvenes que trabajan en favor de los candidatos de Tammany? No puede hacerse. Hace poco tiempo esos jóvenes rebosaban patriotismo. Esperaban servir a su ciudad, pero cuando les decimos que no podemos colocarlos, ¿cree usted que su patriotismo podrá perdurar? No mucho. Dicen ellos: “¿De qué sirve trabajar para el país? Nada hay de ganancia en el juego”. ¿Y qué pueden hacer? No lo sé, pero les diré lo que, en efecto, sé bien. Conozco a más de un joven que en los años pasados trabajaba por la candidatura y estaba hinchado de patriotismo, pero cuando fue puesto fuera de combate por los engaños de la administración pública, empezó a odiar a su país y se hizo anarquista.
Esto no es ninguna exageración. Tengo razones para afirmar que la mayoría de los anarquistas que ahora hay en esta ciudad son hombres que tropezaron con las dificultades de los exámenes de la administración pública. ¿No es bastante para hacer que un hombre se amargue con su país el que, cuando desee servirlo, no se le permita hacerlo, a menos que responda un cúmulo de preguntas tontas sobre el número de pulgadas cúbicas de agua que hay en el Atlántico o las características de la arena del desierto del Sahara? Había una vez en mi distrito un joven brillante que se enfrentó a uno de esos exámenes. Después supe que pasaba el tiempo en la taberna de herr Most fumando y bebiendo cerveza y hablando de socialismo. Antes no bebía sino whisky. Sé lo que está por llegar cuando un joven irlandés deja de beber whisky y se aficiona a la cerveza y a la pipa en una taberna alemana. En la actualidad, ese joven es uno de los más temidos anarquistas de la ciudad. ¡Es de pensar! Pudo ser un patriota, de no haberse enfrentado a la aborrecible administración pública.

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