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Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1867 Discurso a Bazaine. Alejandro Arango y Escandón.

Enero 14 de 1867

 

SEÑORES:

Los que en un día rico en esperanzas concurrimos a la erección del trono imperial de Méjico; los que en Orizaba aconsejamos a S.M. no abandonase el poder, mientras la nación, pero la verdadera nación, no le retira ese poder; los que hemos creído, y alimentamos aun la convicción firmísima, de que las instituciones monárquicas son una defensa para nuestra cada vez más amenazada nacionalidad, no podemos hoy aprobar el pensamiento de abdicación.

El Ministerio acaba de exponer, que cuenta con los hombres y con los recursos necesarios para dar la paz al país. Yo tengo por muy veraces a los Señores Ministros; carezco de datos para refutar la palabra oficial; pero temo que no haya la necesaria exactitud en esa palabra.

A pesar de esto, debemos luchar, y luchar hasta el fin por conservar el principio monárquico de Méjico, base y elemento esencial de la vida, del engrandecimiento y de la prosperidad de nuestra patria.

Señores: Desde que nuestro país se hizo independiente, los dos partidos que se han disputado el poder han venido, sin quererlo, probando con sus obras, que no estiman suficientes los recursos de la nación para hacer, no ya que prospere, más que viva siguiera. Dura es de decir esta verdad: pero si ha de curarse la llaga, ¿convendrá apartar de ella los ojos? He aquí el origen de nuestras alianzas con el extranjero. Los hombres del partido conservador (y yo, Señores, protesto que no pertenezco a partido alguno por más que mis ideas me acerquen y mucho a los conservadores), los hombres del partido conservador, repito, juzgaron que solicitar una alianza en Europa ofrecía ventajas, sin riesgos alguno; y por sus antecedentes, sus tradiciones, sus designios, su sangre, buscaron y consiguieron esa alianza: de ella ha resultado nuestra monarquía. Los hombres del partido liberal solicitaron, y han obtenido a su vez, el apoyo de los Estados Unidos, harto más eficaz, por lo visto, que el de la Europa. Yo no descubro traición ni en uno ni en otro pensamiento; pero en el del partido liberal me parece que hay inmensos riesgos para mi país. ¿Podría encontrarse hoy en México quien no conozca claramente los planes y las miras de nuestro pérfido y ambicioso vecino? ¿Qué elemento, que huella, de nuestra civilización mejicana queda en las provincias que nos fueron arrancadas, no ha mucho, por la fuerza y solo por la fuerza? Y diré de paso que no sé si al realizar su designio de muerte sobre nosotros, han consultado bien su interés por los Estados de Norte-América: la ambición ciega, y Dios la castiga precisamente, antes que todo, con esa ceguedad, Méjico, demasiado grande como territorio para ser la agregación de ningún otro pueblo, está situado al Sur de la no muy afianzada Unión americana.

Séame lícito, Señores, preguntar ahora, ¿ha cumplido nuestro aliado con sus deberes? La imparcial historia lo decidirá. El señor mariscal Bazaine ha asegurado, según acaba de oír la Junta, que ha tenido bajo su mando más de 30 000 soldados franceses, y 22 000 mejicanos, y que, sin embargo, no ha podido pacificar el país. Ha agregado, que por los informes de sus generales recién llegados del interior, tiene hoy adquirido el convencimiento de que la opinión de los pueblos no es monárquica, sino republicana. Yo, señores, respeto mucho a esos generales; pero no vacilo en afirmar que vienen engañados. Lo que el país quiere ante todo es paz: se prescindiría con gusto de los derechos políticos con tal de disfrutar de las garantías civiles. Nuestro pueblo (y no somos una excepción entre los demás del Universo) se ocupa muy poco de formas y sistemas de gobierno. Lo digo sin agravio de nadie: aquí, como en otras partes, la cuestión actual es más de policía que de política; y entre nosotros será bendito el gobernante que devuelva a esta desdichada sociedad el sosiego que las malas pasiones de unos cuantos le han arrebatado; que sea un escudo a la honra, a la vida y a la propiedad de los ciudadanos; que levantando sobre todo su corazón y sus ojos al cielo, apoye sus mandatos en las prescripciones de nuestra augusta religión, sin el respeto de la cual no es posible lisonjearse con esperanzas de orden y de verdadera libertad. Al que tales conquistas realice no le preguntará la generalidad de los mejicanos, si se llama Emperador o Presidente. Créalo así el señor Mariscal.

No: la opinión de los pueblos no es adversa al Imperio. La revolución no sería bastante fuerte a derribar el trono, sin las amables condescendencias, sin la complicidad del poder interventor. Esta es la verdad.

Me gustan, señores, las reminiscencias históricas.

En el siglo XVI el Papa Paulo IV declaró la guerra a Felipe II. Trataba de hacer valer ciertos derechos en el reino de Nápoles, en posesión del cual estaba el rey Católico, a quien no era en verdad fácil hacer prescindir de ninguna de sus adquisiciones. El Papa se buscó auxiliares, y los halló en Francia. La cuestión interesaba vivamente, como saben todos, a esta nación; y su rey Enrique II, comprendiéndolo así, envió a Italia buen golpe de gente. Mandábala el Duque de Guisa, noble, entendido, valiente capitán, y además de esto, señor Mariscal, muy católico. Pero el Duque de Alba, que valía tanto al menos como el general Sherman, mandaba los tercios españoles, que valían algo más que los filibusteros, que han ocupado a Matamoros. La suerte fue adversa a los aliados del pontífice: el Duque de Alba, de victoria en victoria, llego a plantar sus reales a las puertas de Roma.

Sabéis, señores, cómo se formaban entonces los ejércitos: alrededor de un pequeño grupo de tropas regulares y disciplinadas se reunía tupido enjambre de aventureros, cuyas pagas andaban siempre atrasadas, y que no se proponían más que enriquecerse con el botín y los despojos de los pueblos que tenían la desgracia de recibirlos. Gente sin Dios y sin ley, rara vez respetaba a sus jefes. Roma ya los conocía, y el terror se apoderó de sus moradores; Paulo IV, sin embargo, descansaba tranquilo, esperando mucho todavía de sus bravos auxiliadores y sobre todos los tratados. ¡Pobre Papa!

Las cosas entre tanto se habían complicado en el Norte de Francia, y Enrique II ordenó al duque de Guisa que, abandonado al pontífice, viniese presto en su propio auxilio. El Duque comunicó la noticia al Papa, y se dispuso a ejecutar la orden; y la historia no le culpa por esto, señor Mariscal, pues que no le tocaba más que obedecer; aunque agrega, que no pesaba al Duque de poner término a una campaña, como aquella, muy escasa de laureles para él.

En aquellos terribles momentos, Paulo IV tomando consejo de su ira, que nadie negará fuese justísima, dirigió al general francés estas memorables palabras, que yo, en nombre del Monarca ofendido de Méjico, en nombre de esta nación que, como Paulo IV, no tiene tampoco más culpa que la de haber fiado demasiado en el extranjero, me creo autorizado a repetir ahora a V.E.: Idos, nada importa. Habéis hecho muy poco por vuestro Soberano; menos aun por la Iglesia; nada, absolutamente nada por vuestra honra.

Señor Mariscal: los que hemos hecho cuanto hemos podido por el altar, cuanto hemos podido por el trono, y estamos ciertos de que conservamos ileso el honor; los que en la lucha presente hemos comprometido la fortuna, la vida; dando así una prueba de que amamos a nuestra patria con un ardor igual a la magnitud de sus desdichas, tenemos derecho a proclamar, que no es a nosotros a quienes ahora ni en el porvenir podrán aplicarse esas palabras.

 

Fuente: Zamacois Niceto de. Historia de México. Tomo 18, segunda parte, Barcelona, México, 1882.