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Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

Este Sitio es un proyecto personal y no recibe ni ha recibido financiamiento público o privado.

 

 
 
 
 


1857  Manifiesto a los pueblos cultos de Europa y América. Juan Álvarez

1857

 

 

El hombre público, es el blanco a donde se dirigen los tiros de las pasiones todas.

A LOS PUEBLOS:
Qui ambulat simpliciter ambulat confidenter qui autem depravat vias suas manifestus erit.
El que anda con sencillez, anda confiado: mas el que pervierte sus caminos, descubierto será. Lib. de los Prov. cap. x. ver. 9.

Nada hay mas conforme a los principios de verdadera libertad , progreso y civilización, como el sistema de que la prensa universal se ocupe de la dilucidación de los derechos sociales; de la legalidad o ilegalidad de los actos de los funcionarios en el desempeño de su poder; de la conveniencia o inconveniencia de las leyes; y de los hechos de la vida pública del hombre. Pero cuando la prensa se extravía conduciéndosela por la senda de las acaloradas pasiones: cuando la noble profesión de escritor público se convierte en el triste eco de uno o más individuos, que sin justicia y sedientos de mezquinos intereses, insultan o hieren a mansalva: o cuando el criterio y la razón se pierden en el tortuoso laberinto de los odios y de las venganzas, la prensa pasa a ser el objeto de la censura de los unos y la compasión de los otros. Tales son las circunstancias que me obligan a dirigir mi voz a los pueblos cultos, porque como hombre público a quien se ha ofendido sin el mas leve rasgo de justicia, mi derecho es incontrovertible para colocar en el terreno de la evidencia a mis gratuitos calumniadores.

Lejos de mí la terrible idea de despertar en el corazón de los mexicanos el recuerdo de pasados acontecimientos; los conjuro a la paz, y que el principio de la confraternidad universal, sea uno de los lemas de nuestro estandarte, porque sé cuánto debo a mi patria, a mi dignidad y a mi conciencia; y sin emplear las armas de los que en tan poco se estiman, describiré los hechos, alejando los vanos y ridículos comentarios.

Cuando una nación se precia de culta y civilizada, se cuida de no ofender a las demás con escritos virulentos; porque un sarcasmo o un dicterio, no es una razón, ni una calumnia un derecho que puede deducirse en juicio mas que para imponer la pena al calumniador.

Débil es la idea que uno concibe de sí mismo y mezquina su razón, cuando para deducir las acciones con que se cree ante los tribunales, ante los gobiernos o ante el gran jurado de la vindicta pública, principia por denostar al que juzga su adversario. Porque tal conducta trae consigo la injuria, la difamación; y la injuria y la difamación están reprobadas por derecho universal, por los preceptos del decoro y por las imprescriptibles leyes de la urbanidad. Esta es mi opinión; este el terreno en que he de abogar por la verdad.

La prensa de México, con sobrada ligereza, denunció un delito del orden común, que cada día se perpetra, con circunstancias mas o menos agravantes, en todas las naciones, por mas exquisito que sea su régimen administrativo y por mas bien establecida que se halle su policía de seguridad pública. Y los periódicos de la Isla de Cuba, primero, y mas tarde los de la Península Española, acogieron los escritos, y los comentaron bajo un carácter político, que el crimen no tiene, ni pudiera tener, si por un momento se medita que México, identificado en costumbres, idioma, leyes y religión con la raza ibérica, es incapaz de retroceder para convertirse en monstruo de la humanidad; a no ser que en retroceso llegara hasta los tristes y luctuosos tiempos de la conquista, en que los horrores del conquistador sancionaron los hechos del conquistado.

Si procurase herir a la nación española, de lo que estoy muy distante, porque ella no me ha ofendido, establecería un justo paralelo entre ella y México y descorriendo el velo de la historia responderían por mí los acontecimientos, y se vería que nuestras pasiones, nuestras debilidades y nuestra desgracia, tienen su origen en ese pueblo situado al extremo  del continente europeo, en el que siempre ha luchado el poder con el análisis: las creencias con las reformas: los fueros y privilegios con la libertad y el bien procomunal; y los escritores cuya fiebre facticia de orgullo y dominación compromete la dignidad de su país, callarían, porque ante los hechos no hay argumentos en contra. Pero abandono por ahora el hermoso campo de la historia, para presentar el suceso que ha irritado el flujo fraseológico de los periodistas españoles contra mí.

Para que pueda formarse una idea exacta de la cuestión provocada por el Sr. Bermejillo, y su inmeditado modo de expresarse, séame permitido insertar su representación íntegra dirigida al encargado de negocios de S. M. C., D. Pedro Sorela, que a la letra es como sigue:

“El infrascrito, súbdito de S. M. C., residente en esta capital, acude al señor encargado de negocios de España, para hacerle una exacta relación de los crímenes y atentados cometidos en la hacienda de San Vicente y Chiconcuaque, en el partido de Cuernavaca, que son de su propiedad, para que en su vista se sirva entablar las reclamaciones a que dan lugar, para con el gobierno de esta república.

“El 17 del corriente a las nueve de la noche, una partida de gente armada sorprendió al español D. Víctor Allende, dependiente del infrascrito, que se hallaba amedia legua de distancia de la hacienda de Chiconcuaque, a la que lo condujeron, pretendiendo por medio de una superchería, y valiéndose del nombre y voz de Allende, que tenían bien conocida los otros dependientes, el que les abriesen la puerta de dicha hacienda, lo que no consiguieron, porque sospechando el engaño por ser ya entrada la noche, lo rehusaron los que estaban dentro de la misma hacienda. El objeto de los malvados era asesinar a una parte de los dependientes españoles de Chiconcuaque, valiéndose de los otros para sorprender en la misma noche, por medio de una estratagema semejante a la que usaron en la citada hacienda, a la de S. Vicente, Temixco, el Puente, San Gaspar y Atlacomulco, apoderándose de esta suerte de los dependientes españoles que hay en ellas, y asesinarlos después. Frustrada esta horrible trama por la negativa de abrir la hacienda de Chiconcuaque, aquellos bandidos fusilaron al desgraciado Allende, y al siguiente día, 18 del corriente, en número de veintisiete a treinta hombres, teniendo sus jefes cubiertas las caras, entre seis y siete de la mañana, invadieron la hacienda de San Vicente, sorprendiendo a los dependientes que se encontraban en las diversas oficinas de ella, atándolos o insultándolos del modo más atroz e inhumano.

“Entonces se entregaron al saqueo de las fincas, y habiendo robado cuanto pudieron, resolvieron los asesinos conducir a sus víctimas al inmediato pueblo de San Vicente Zacualpan, para quitarles allí la vida; pero asustados por la detonación de una arma de fuego, que se dejó oír al llegar ya a la plaza del pueblo, retrocedieron a la hacienda, y a espalda de ella asesinaron con sus puñales y espadas, después de haber disparado varios tiros, a D. Nicolás Bermejillo, D. Ignacio de la Tejera y D. León Aguirre, poniendo en libertad a un maquinista francés, en atención a ser de esta nación, y a D. José María Lebrun, que para salvar la vida se sirvió de la astucia, diciendo ser vasco-francés, bien que estaba ya herido por haberle disparado dos tiros. Para los otros su único crimen fue ser españoles. Una hora antes habían asesinado ya en la misma hacienda a D. Juan Bermejillo, español también, y que contaba quince años de edad.

“Como reserva, tenían situada los malhechores a una legua de distancia de la hacienda de San Vicente, en el llano del pueblo de Tetecalita, una fuerza de doscientos hombres, lo que era no solamente una precaución, sino también una celada preparada a los hacendados inmediatos, para el caso de que se reuniesen para auxiliar a la hacienda invadida, y perseguir a los invasores.

“Estos atacaron en número de más de doscientos, al siguiente día 19, la hacienda de Chiconcuaque, teniéndola sitiada ese día y parte del inmediato, hasta que huyeron a la vista de cuarenta que destacó el general Tapia, que estaba situado con ochenta caballos en el cercano pueblo de Xochitepec. Tales sucesos han causado el temor y consternación que es consiguiente a su atrocidad, por lo que los dependientes de las dos haciendas las han abandonado, quedando mis intereses expuestos a las enormes pérdidas que fácilmente se presumen (por la paralización) y que de hecho ha comenzado a sufrir no solamente por la paralización de todos los trabajos, sino también porque el día 23 en la noche fue saqueada la hacienda de Chiconcuaque y la tienda que le es anexa, por una partida considerable de bandidos, hiriendo gravemente a la persona que estaba al cuidado de aquellos intereses, y atando a las otras que le acompañaban.

“Estos son los horrores cometidos en las fincas de mi propiedad, en que he perdido, asesinados bárbaramente, un hermano y un primo, varios dependientes de mi confianza, y sufrido grave daño en mis intereses, que continuando causarán mi ruina y la de mi familia. Si semejantes horrores hubieran tenido lugar en la frontera, donde el gobierno mexicano es impotente para proteger las vidas y propiedades, no sería tanto de entrañar; pero se han efectuado a veinte leguas de la capital de la república, a la vista, por decirlo así, de los supremos poderes de la nación, en presencia de una fuerte sección de tropas que está en Cuernavaca a las órdenes de D. Benito Haro; a las inmediaciones del destacamento mandado por el general Tapia, y en las cercanías del lugar en que se encontraba el presidente interino; habiendo motivo bastante para sospechar que pertenecen a las fuerzas que componen la vanguardia  de su división, las personas que perpetraron tantos crímenes.

“Es pública voz (y los que conocen bien la situación de aquellos distritos lo consideran como indudable) que a la cabeza de aquellos malvados que estuvieron en San Vicente, iban Abascal y Barreto, que son los mismos que cometieron hace pocos días el escandaloso saqueo del pueblo de Yautepec; y esa voz pública está confirmada con que el mismo día que se perpetraron en dicha hacienda los horribles atentados que he referido, estuvieron los asesinos en la hacienda de San Gabriel, llevando parte del robo y caballos que habían tomado en la primera, e iba a su cabeza el citado Barreto, quien pretendió apoderarse del administrador de la segunda, Olavarría, español también, y que libró su vida por una casualidad.

“De que Barreto fuese el jefe de aquella banda de asesinos, se infiere rectamente que pertenecen a las fuerzas del general D. Juan Álvarez, cuyo nombre victoreaban al cometer sus crímenes, acompañándolo con el grito de “mueran los españoles;” y el mismo general Álvarez, se puede decir, que ha declarado oficialmente que esos hombres son de las fuerzas que militan a sus órdenes, cuando a los citados Abascal y Barreto, a la cabeza de una escolta de treinta hombres que acompañaban al mayor general de su división, Pérez Hernández, quien se presentó en Cuernavaca al anochecer del día 22, pidiendo recursos a nombre del general en jefe al comandante de la plaza Haro, lo que no obedeció Abascal, logrando fugarse al tratar de aprehenderlo, y lo mismo hicieron Pérez Hernández y Barreto, cuando Haro reclamó al primero la entrega del segundo y de Abascal, en cumplimiento de la orden que para aprehenderlos había recibido del general del Estado de México.

“La conducta de los jefes militares de Cuernavaca y Xochitepec prueba también que dichos jefes están persuadidos de que los ejecutores de estos atentados, pertenecen a las fuerzas del general Álvarez.

“El general Tapia que, como he dicho, estaba situado con ochenta caballos en el pueblo de Xochitepec, a media legua de la hacienda de Chiconcuaque, aunque destacó cuarenta hombres en auxilio de ésta, ni dictó la menor disposición para perseguir a los bandidos, ni disparó un solo tiro para escarmentarlos. D. Benito Haro envió a la hacienda de San Vicente el mismo día de la catástrofe cincuenta hombres de infantería, y habiéndose preguntado al jefe de esta fuerza si estaba dispuesto a atacar las partidas de gente armada que se presentasen amagando a la hacienda, contestó que no tenía orden de hacerlo, siempre que dichas partidas perteneciesen a las fuerzas del general Álvarez. Esta orden preventiva ¿no desmentía claramente cuál es la convicción de quien la dictó? ¿Qué operaciones militares tienen que emprender las tropas del general Álvarez contra haciendas indefensas y hombres laboriosos y pacíficos? Por último, el capitán D. Pablo Bueno, que fue mandado exclusivamente con el objeto de perseguir a los asesinos, tomó la dirección opuesta a la que habían seguido éstos, y marchó por el rumbo de Morelos, seguro de que el camino contrario lo conduciría a la parte misma del crimen. Todos estos malos hechos manifiestan que se quería evitar a todo trance una colisión entre fuerzas que, unas y otras se dice pertenecen al gobierno mexicano, y que dependen del general Álvarez las que han causado estos males. Pruébalo también su mismo número, pues no existen en el país partidas de ladrones de más de doscientos hombres, y ciertamente no las hay en el distrito de Cuernavaca, pues las que se han levantado en tan gran número han invocado en todos tiempos algún principio político.

“Finalmente, prueba de una manera clara que no eran bandidos de una especie común los que asaltaron la hacienda de S. Vicente, el designio que los condujo a ella. No tenía esta perfidia por objeto el robo y el pillaje, sino el asesinato de los españoles; no solamente de los que residían en la misma, sino también de todos los que se encontraban en la demarcación de los distritos, y esta es la persuasión tan íntima de todos ellos, que han abandonado sus intereses y ocupaciones, buscando en esta capital un asilo para conservar su vida, aunque sea con la pérdida de su fortuna. Sería absurdo suponer a los bandidos o ladrones un proyecto tan horrible, que es ajeno del fin que se proponen y de la conducta que observan, pues en los muchos asaltos que tienen lugar en los caminos, rara vez atentan contra la vida de los pasajeros, contentándose con despojarlos de sus equipajes. Así, pues, lo sucedido en el distrito de Cuernavaca, tiene origen en otro fin y otros medios de acción, y se dirige expresamente solo contra los españoles; por eso “se libraron las dos personas que aseguraron no serlo.

“Los españoles llegan a la República Mexicana, no solamente bajo la salvaguardia del derecho de gentes, que por sí solo basta para proteger la vida y propiedades de los extranjeros, en cualquier país que no esté sumergido en la “barbarie, sino también bajo la fe de un tratado solemne. Por el art 6.° celebrado entre México y España en 28 de Diciembre de 1836, se estipulé que todos los comerciantes y ciudadanos de la República Mexicana, o súbditos de S. M. C. que se estableciesen, traficasen o transitasen por el todo o parte de los territorios de uno u otro país, gozasen de la mas perfecta seguridad en sus personas y propiedades. ¿Esta es la seguridad ofrecida, cuando el asesinato señala la cabeza de los españoles, y la depredación marca sus propiedades para cebarse en ellas? ¿No es una cosa inaudita el que en la mitad del siglo XIX se preparen una especie de vísperas sicilianas, no contra un usurpador, sino contra los súbditos de una nación amiga? Fácil es sacar las tristes consecuencias de todo lo que va expuesto; pero lo omito, concluyendo con protestar: hago responsable al gobierno de la República, de la sangre inocente vertida en mis haciendas, y de todos los perjuicios que se me han causado por el abandono en que han quedado mis intereses, por lo cual suplico a vd se sirva entablar las reclamaciones correspondientes.—México, Diciembre 25 de 1856.—Firmado.—P. Bermejillo.”

Este es el hecho que con negros tintes ha trazado el español Bermejillo, con quien no pretendo entrar en polémica, porque el tribunal de la opinión pública oirá mi justa demanda, que deduzco como simple ciudadano: y ese hombre se persuadirá de que en el mundo no es posible ofender a un individuo, sin que la justicia tome parte activa, cuando se pide y la acción es justa y legítima; y que si bien es cierto que los habitantes de un país tienen el mismo derecho que los naturales para que se les otorgue amparo y protección, no lo es menos que el derecho de gentes los sujeta a las leyes comunes del mismo país, y que quien abraza una causa, una idea, o invoca una acción, lo hace con sus principios y consecuencias.

Mas para que no admita duda el dolo y la malicia con que se ha expresado Bermejillo, justificaré los motivos que me impulsaron a abrir una campaña en defensa de las instituciones, sostenimiento del supremo gobierno, y necesidad de coadyuvar al pronto restablecimiento del orden y la paz, para que todos los ciudadanos gozasen de seguridad y garantías, y mi patria no fuese el blanco de la censura universal, al no constituirse de un modo estable y definitivo.

Como prueba de mi verdad y del malestar en que se hallaba entonces la nación, tómese en cuenta lo que dije al Excmo. Sr. presidente sustituto en 5 de octubre del año próximo pasado:

“El hecho de Castrejón: los manejos insidiosos de Munguía y Barajas: los frecuentes viajes de una multitud de sacerdotes en diversas direcciones del país: la altanería de esta clase social para con los funcionarios públicos: el descontento de Jalisco: el hacinamiento de los combustibles reaccionarios en Guanajuato, San Luis Potosí y Puebla: la preparada conspiración en el convento de San Francisco de esa ciudad, y otras tantas causas, como los libelos, pasquines y charlatanismo contra las autoridades, están revelando de un modo positivo, que la facción del retroceso y de la oscuridad, no perdona medio, a fin de socavar los cimientos del gran edificio de la libertad, para conseguir que se desplome y sepulte entre sus escombros a todos los que en Jos campos de batalla han derramado su sangre en defensa de los pueblos o en la tribuna han abogado por sus derechos y soberanía. Este no es un axioma: es una verdad, y una verdad que tocamos de día en día.

“No dudo que V. ha hecho cuanto ha estado a su alcance, para proporcionar la unión del partido liberal, y destruir los elementos de reacción que donde quiera procuran agrupar esos hombres ingratos, que perdonándolos, solo ha servido el perdón de la jornada de Puebla acá, para irritar su necio orgullo, su bárbara fatuidad y su inmoderado deseo de plantear nuevamente una dominación tiránica, con que poder ejercer sus negras venganzas.

“Me habla V. de que vaya a encargarme del poder, y sombre esto, debo decirle: que ni lo he deseado, ni lo quiero: por mis enfermedades, por mi falta de capacidad para el desempeño de los negocios, por mi estado casi de miseria; y sobre todo, que firme y constante en mi propósito, no sé retroceder, ni de mis hechos, ni de mis convicciones: conque en vano me llama V. al poder, de que sabe me desprendí para depositarlo en sus manos. Sobre este punto suplico a V. no me toque, porque me conoce bien, sabe mis ideas y lo que me horroriza un lugar donde al que manda solo se le procura engañar, y que vea las cosas al través del prisma que se le coloca.”

Con fecha 26 del indicado Octubre, dije al propio Señor Presidente sustituto:

“Animado de los mismos sentimientos que siempre me “han guiado para con V., le dirijo mis letras, en las que por necesidad tengo que tocar puntos graves, y en los que espero fije su atención.

“Estoy al tenor de los sucesos de Querétaro y San Juan del Rio; y éstos, unidos a los conatos de reacción habidos en Temascaltepec, Sultepec, Tejupilco, Valle, Ixtapa de la Sal, cercanías de Izúcar de Matamoros, Puebla, Atlixco, Maravatío y movimiento de Cadereyta, están demostrando de una manera evidente, que el plan del partido conservador es, llamar la atención del gobierno por todas partes, debilitar su fuerza, hacerle gastar los débiles recursos con que cuenta, robustecerse los enemigos de las instituciones, y procurarnos una intervención europea, so pretexto de tal o cual reclamación.—Si a estos motivos se agregan otros que bien veo tienden a entorpecer la marcha de la administración, el porvenir que se nos depara es triste, tenebroso, desconsolador; y para mejor decir, horrible.

“El desconcierto de la máquina social se trasluce ya: el periodo que atravesamos es muy peligroso: las pasiones están puestas en juego: los partidos se encarnizan de día en día: el gabinete aumenta sus embarazos, sin ver que unos desconocen la gratitud, y solo desean la destrucción de las instituciones: los otros quieren conservarlas en el sendero de los exageraciones: aquellos buscan la venganza que los arrostra y alienta; y esotros, egoístas y sin amor patrio, todo lo miran con estoicismo o con marcada indiferencia.

“La desaprobación de la conducta del ministro español (D Miguel de los Santos Álvarez) por su gabinete, y la próxima llegada de una escuadrilla inglesa a las aguas de Veracruz, es el ultimátum de nuestros conflictos. ¿Qué hacemos? ¿Permaneceremos así? ¿Seremos espectadores y actores fríos, o pondremos en acción les elementos del poder sin abusar? A V. toca responder los diversos teoremas que se presentan.”

En la propia carta dije al Sr. Comonfort:

“Si para salvar al país, hacerlo grande y que podamos vencer esta época, necesita V. de mis surianos, despréndase de veinticinco a treinta mil pesos, y yo le pondré tres mil hombres sobre las armas y un general que ni traicione, ni siga otra marcha que la de la justicia, el honor, el bien de la patria y la salvación del gobierno. A V. toca resolver.”

El Excmo. Sr. general Presidente sustituto de la república, D. Ignacio Comonfort, se sirvió contestar mi anterior carta en 4 de Noviembre del mismo año, y entre otras cosas, me dice lo que a la letra copio.

“Me ofrece V. para salvar la situación, el auxilio de tres mil surianos a las órdenes de un general de toda confianza. Yo acepto gustoso ese ofrecimiento, y desde luego me ocuparé de procurar los recursos necesarios para el movimiento de esas fuerzas: por de pronto no tendrán que salir de su suelo, tanto porque en él encontrarán atenciones que llenar, cuanto porque si bien por una parte quiero que esté inmediata y pronta al primer llamado del gobierno, por otra desearía no debilitar el Sur, porque en caso de desagracia, él y solo él será el baluarte de la libertad. Puede V. creerme, compañero, que mucho estimo ese auxilio que tan útil podrá ser al gobierno; pero en mas, la buena voluntad con que me lo ofrece, porque ella es una prueba más de su amistad invariable.”

Con las fechas de 9, 17 y 19 del mismo Noviembre me manifestó el propio Sr. Excmo. su aquiescencia en que las tropas surianas se moviesen en auxilio del Supremo Gobierno, y en 11 del referido mes, dije al sobredicho Sr. Presidente:

“Mi estimado compañero y fino amigo.—Consecuente con los partes que acabo de recibir, los que por no fatigarlo esquivo remitirle, me veo precisado a salir a campaña, no obstante mis enfermedades, la carencia de recursos, y el sinnúmero de obstáculos que hay que vencer.

“Por todas partes veo provocada la lucha entre el Gobierno y los reaccionarios; y parece que no bastan los repetidos triunfos de nuestras armas para convencer aesos hombres, ilusos en verdad. Pues bien, quiero dar el último testimonio: quiero manifestar que soy leal a mi patria, por la que levanté el estandarte que reconquistó la libertad: quiero que la nación conozca que defiendo las instituciones que han de hacerla feliz: quiero que el país en que vi la luz primera se nivele en progreso y civilización a las primeras potencias de Europa; y quiero, en fin, demostrarle a mi amigo que una vez que se ha propuesto seguir el camino de las reformas democráticas, castigando a los malvados. salgo en persecución de ellos para que se vea que sostengo al supremo gobierno.

“El lunes 17 del actual me pondré en marcha de ésta llevando una sección que aumentará las fuerzas de Iguala, a donde me situaré, y la cual podrá operar en unión de las demás fuerzas sobre los reaccionarios de Tetecala, Tenancigo, Ixtapa de la Sal, Huitzuco y otros puntos.

“Por los últimos asesinatos cometidos en Tetecala, me persuado de que es forzoso acudir a las grandes exigencias que nos presenta el partido retrógrado en sus postreros instantes. El desea triunfar, aun a costa del país mismo: procura impedir la sanción y promulgación del código fundamental: trabaja por ponernos en el escabroso terreno de las diferencias con la Inglaterra y la España se afana en ver muertas las esperanzas de la futura prosperidad; y en una palabra, ha jurado exterminar de una vez a los hombres del partido liberal que tanto han padecido por un porvenir de gloria para una tierra a quien la Providencia bendijo.

“En cambio de sus maquinaciones, de sus ideas y de sus hechos de anarquía, barbarie y destrucción, estarán los de vd. y los míos, derramando por todas partes la justicia, la equidad y el positivo bien de nuestros conciudadanos.

“Todo el mundo lo sabe; estoy en el último tercio de mi vida: me agobian mis enfermedades: me hace sufrir mucho la miseria que padece el Estado de Guerrero; pero veo que es preciso contener ese torrente que la maledicencia y el fanatismo quiere arrojar sobre los pueblos para sojuzgar los de nuevo, y me resigno a todo.

“Me persuado, como le he dicho en mis anteriores, saldrá Pimentel, con veintiocho a treinta mil pesos; puede lo contrario mis angustias se aumentarían, y el gobierno podría padecer en su opinión si me viera precisado a retirarme por falta de recursos.

“Todo está explicado en esta carta: el pasado, el presente y el porvenir. La felicidad nacional está en las manos del gobierno: como hombre particular nada valgo: como el hombre que siempre he defendido la libertad, puedo ser una débil palanca que sostenga al sistema y a sus hombres. A vd., pues, compañero, toca auxiliarme. y no dudo que lo hará, situándome recursos en Iguala para mi llegada.

Con fecha 16 participé al señor presidente mi salida, según lo tenía ofrecido, y el primero de mis cuidados al llegar a Iguala, fue dirigirme al pueblo mexicano bajo el siguiente orden:

“Cuando los enemigos de la libertad y del orden público levantan por todas partes el oriflama de la rebelión: cuando ; las pasiones desenfrenadas atacan las instituciones: cuando un partido intransigible en sus exigencias, calumnia torpemente los actos más nobles de una administración llena de bondad y de clemencia, que marchando por el camino de las reformas busca el bien general: mando el perdón irrita y el inmerecido favor sirve de base a las defecciones: cuando algunos apóstoles del Evangelio trocan su ministerio de paz y de dulzura por la espada, para ensangrentar el suelo de la patria; y en una palabra, cuando se hacinan los elementos todos, para que suene la hora terrible de la disolución social, forzoso es romper el sello del silencio y dirigirse a la Nación.

“Defensor constante de los principios democráticos y del verdadero bien de los pueblos, no he podido ver con indiferencia y quietud, que una turba de hombres obstinados y ciegos con sus ideas de retroceso y oscuridad, quiera servir de obstáculo o indestructible barrera al progreso y a la civilización. Así es que no obstante mi avanzada edad, mi quebrantadísima salud, la falta de recursos en todas direcciones, la miseria que devora a los pueblos de Guerrero, destruidos por la asoladora mano del tirano, y una multitud de graves dificultades que he tenido que vencer, he llegado hasta aquí, para ser con las fuerzas leales que me acompañan, una de las columnas en que se apoye la administración presente, emanación del plan regenerador de Ayutla.

“Bien sé que unos cuantos bastardos hijos de los pueblos, han tendido las alarmantes voces de que el Excmo. Sr. Presidente sustituto y yo, estamos seriamente disgustados, par: por este medio sembrar la semilla de la discordia y recoger por fruto la división, la desconfianza y la falta de acción uniforme para perseguir y castigar los crímenes de los disidentes; mas no es así. Han engañado a los hombres y mi movimiento con cinco mil surianos para defender al supremo gobierno, lo prueba, desgarrando el velo de la maldad de unos, y demostrando a la débil credulidad de los otros, que siempre he estado y estaré prevenido para sostener la administración de Ayutla, combatiendo a la tiranía y sus prosélitos.

“Nada me arredra: nutrido desde mis tiernos años, con los principios de la libertad, sé pelear por ella, no oprimir: respetar las garantías individuales, no convertirme en sultán que humilla, ultraja y vitupera: sé sacrificarme por la felicidad de la Nación en que tuve la dicha de nacer; y estoy dispuesto a inmolarme en las aras de la patria, por verla un día grande, dichosa y respetada.

“En vano se alzarán comentarios; en vano querrán desunir al partido democrático, y mas en vano asestar sus tiros a la administración que nos rige, porque estoy resuelto sostenerla contra todos los que, invocando religión y fueros, quieran esclavizar nuevamente al pueblo, de que soy hijo fiel, y para propender a su bien siempre está dispuesto el soldado de la Independencia.”

Conocido el delito, según lo describe Bermejillo, y las cansas que me movieron a salir a campaña, para sostener las instituciones y el Gobierno, entraré en el examen de esa sangrienta y escandalosa querella, causa motora de que los delicados escritores españoles hayan lanzado sobre mí y el país tantas y tantas diatribas, tan groseros insultos y tan poco meditadas calumnias, y probaré que el delito es del género de los comunes, sin mezcla de miras políticas, ni del deseo de satisfacer odios y venganzas, que en realidad no existen.

Lo primero que se presenta a la vista es, según la relación de Bermejillo, que el diario de operaciones de los criminales se llevaba con escrupulosa exactitud, y que su encargado dio al quejoso circunstanciado parte; porque de otro modo hubiera podido sentar el día y la hora en los lugares; pero no las más pequeñas palabras vertidas, los pensamientos, las ideas, la gran reserva de los delincuentes, la distancia en que se hallaba ésta, la orden que tenía y los movimientos que debía ejecutar. ¡Singular exactitud!

Uno de los puntos que más llama la atención es, que Bermejillo haya podido sentar estas palabras que revelan mucho: “El plan de los malvados era asesinar a una parte de los dependientes españoles de Chiconcuaque, valiéndose de los otros para sorprender en la misma noche, por medio de una estratagema semejante a la que usaron en la citada hacienda, a la de San Vicente, Temixco, el Puente, San Gaspar y Atlacomulco, apoderándose de esta suerte de los dependientes españoles que hay en ellas y asesinarlos desopiles. Frustrada esta horrible trama, por la negativa de abrir la hacienda de Chiconcuaque, aquellos bandidos fusilaron al desgraciado Allende."

¿Cómo pudo estar Bermejillo al contacto de este plan, e interiorizado de su desarrollo? Necesario es considerar, uno de tres principios: Bermejillo asistió al acto: o sabía anticipadamente el crimen que se iba a cometer y no lo evitó, o se le reveló después de la perpetración por alguno de los culpables a quien ocultó y que quizá protegió su fuga, enervando de este modo la acción de la justicia.

Si lo primero, Bermejillo como criminal merece ser reducido a prisión, juzgado, sentenciado y que se le aplique la condigna pena. Si lo segundo, es cómplice del delito, porque quien sabe que un hecho reprobado por la ley y por la humanidad va a cometerse y no lo evita o lo denuncia a la autoridad correspondiente, comete un delito; y un delito con pleno y expreso consentimiento, el que cuando menos revela o el deseo de satisfacer una horrible venganza ejecutada por ajena mano, o la siniestra mira de saldar compromisos y aumentar intereses, en cuyo caso hay premeditación y alevosía, por más que quiera él. cómplice no aparecer en lo ostensible, cuando el fondo encierra la culpa y la responsabilidad. Y si lo tercero, es cómplice también, en virtud de que obtenía la confesión del delito y sus circunstancias, no aprehendió al deponente y lo entregó a la autoridad, para que esta inquiriese la verdad y los delincuentes fuesen castigados, causa porque tiene que considerarse a Bermejillo entre la clase de los receptadores de criminales, y por lo mismo sujeto a las leyes comunes del país.

Como inequívoca prueba de los principios sentados, téngase en cuenta que Bermejillo dice haber estado situada la reserva a una legua de distancia en el pueblo de Tetecalita: “que eran doscientos los hombres; que era no solamente una precaución, sino también una celada preparada a los hacendados inmediatos”. Esto corrobora que estaba o estuvo bien interiorizado del plan de los malvados; porque ¿de cual otro modo pudo estar en los pormenores de las preparaciones , de las ideas y de los pensamientos?

Quien relata un hecho con tanta escrupulosidad, o es partícipe o testigo presencial. Y aun cuando quisiera Bermejillo escudarse con que esta relación la supo por el maquinista francés, y por D. José María Labrun, vasco-francés, como él dice; no es posible fuese este último el que lo declarase, porque herido en la hacienda no pudo estar en México para relatar los hechos, y aun cuando hubiese estado con el maquinista, estos podrían decir lo que pasó en la hacienda; pero no lo que debió ejecutar la reserva, porque una persona puede estar en un lugar, pero no en dos y en el propio instante.

Caso que estos señores, o cualquier sirviente de la finca le hubiera dado a Bermejillo la materia de su hiperbólica querella, debió dar parte a los jueces para que estos obrando conforme lo previenen las leyes y lo aconsejan los criminalistas como Gutiérrez y Vilanova, hubiesen procedido a la indagación; mas cuando no lo hizo, señal es inequívoca de que había interés en que quedase la verdad cubierta por las sombras del misterio y que el hecho se viese tras un prisma político, cuyas consecuencias debían ser el rompimiento entre dos naciones y el descrédito de la mexicana y el mío; porque nunca se olvida a cierta parte de la raza ibérica que sostuve con tesón en las montañas del Sur, la gloriosa independencia: delito para esa parte imperdonable, y para mí de gloria y honor.

A las mas ridículas exageraciones, unió Bermejillo el insulto y la calumnia, la difamación y la mentira; porque supone impotente al supremo gobierno para defender la da e intereses de los habitantes de la frontera; y a mí, y al mayor general de mi división, coronel D. José María Pérez Hernández, capaces de unos hechos como los de ciertos monarcas y sus ministros que aparecen en el eterno libro de los sucesos públicos con la horrible mancha de sus torpezas y maldades. Empero no es así, porque el supremo gobierno defiende y protege la vida e intereses de los que habitan en la frontera; y porque el mayor general citado y yo, tenemos honor, dignidad, conciencia, y sostenemos al gobierno y a las instituciones democráticas, sin desviarnos del sendero de la justicia, de la equidad y del derecho de gentes.

Se asombra Bermejillo de que a veinte leguas de la capital, a la vista casi de los supremos poderes, como él dice, próximo al lugar en que yo me hallaba y en medio de una fuerte sección de tropas al mando del general Haro, se hayan podido cometer esta clase de crímenes. Asombro singular que revela la poca cultura del quejoso, porque ¿quién ignora que la condición humana es de tal naturaleza, que no retrocede a veces ni ante los peligros, ni ante la muerte misma, sino que sigue encenagada en la carrera del crimen? ¿No ha visto el querellante que mientras en la plaza de la Cebada de Madrid se han estado practicando ejecuciones de justicia, en el mismo lugar y en el propio acto han tenido que sentirse nuevas desgracias y delitos nuevos? Y esto ¿no es a presencia de los poderes españoles? ¿No se cometen en medio de la capital que se juzga civilizada; o son los ejecutados y los nuevos criminales bárbaros surianas, mandados por mí, como asientan los escritores españoles?

Acontecimientos de igual naturaleza han pasado y pasan todos los días en la Península española; y como una prueba, véanse los propios periódicos que tan sin tino han escrito contra el hombre que no conocen; y ellos responderán por mí ante la faz del universo entero.

No quiero decir que en la República Mexicana no se cometen delitos como en todas partes; mas ya que se trata de arrojar sobre mi patria el baldón y la infamia, tómese en cuenta, que si hemos tenido criminales famosos, no lo han sido menos Jaime el Barbudo, José María y los siete célebres Niños de Écija; a no ser que el Sr. Bermejillo quiera hacer creer que estos ángeles del exterminio eran pintos del Sur que yo mandaba. ¿Y podrá negar Bermejillo y los escritores españoles, que los citados Niños de Écija cometían sus crímenes casi a la presencia de las autoridades, y que más de una vez figuraron entre ellos algunos de la propia población?

¿Cómo pueden probar Bermejillo y los escritores, que yo me hallaba cerca del lugar de la perpetración del delito? ¿Saben la distancia que hay desde los Amates a las. haciendas de Chiconcuaque y S. Vicente? Pues compréndase que la distancia es de diez y seis a diez y ocho leguas, mientras de Cuernavaca a las antedichas haciendas no llega tal vez la longitud a cuatro. ¿Cómo, pues, podía la vanguardia de mi división ejecutar tales hechos, si ésta, compuesta de la sección Mena se halló en Palmillas los días 18 y 19 de Diciembre, como se prueba por el diario de la campaña, la orden general dada en los Amates, los santos y los partes, que pueden mostrarse en el momento que se pidan? Examinase el documento número 1, y él convencerá a ese enjambre de escritores, su poco tacto, su malicia y que su testigo, ya que así lo quieren presentar algunos, el Sr. Haro, ni dictó providencias como era de su deber, ni hizo otra cosa que mantenerse estacionado en Cuernavaca, sin provecho alguno para la patria. Léase su carta, y ella desgarrará el velo misterioso con que se ha querido encubrir un delito del orden común, como he dicho, puesto en la vía de reclamaciones diplomáticas para sacar ventajas los particulares con mengua del honor y dignidad de los gobiernos de ambas naciones.

De que Abascal y Barreto con cuarenta hombres hubiesen venido a prestar sus servicios para perseguir y castigar a los perturbadores del sosiego público, ni se puede, ni se debe inferir que formaban la vanguardia de mi división, que, como tengo referido, se componía de la sección Mena. Además, el documento a que me refiero, evidencia que no ha sido posible fuesen ellos los delincuentes, como no lo fueron del decantado robo de Yautepec, según se prueba de los documentos que obran en mi poder y que publicaré, si es necesario.

Si Abascal y Barreto estuvieron en la hacienda de San Gabriel el mismo día que se perpetraron los horribles atentados, ¿por qué el día 20 que pasé por la referida hacienda no se quejó a mí D. José Elías, representante de los dueños? ¿Cómo es que no me dijeron los dependientes ni el propio Elías, que por allí habían pasado los supuestos criminales, llevando parte del robo y caballos de la hacienda de San Vicente? ¿Por qué si en 25 de Diciembre supo Bermejillo esta circunstancia que relata, y que debió tener presente el cónsul general, el Sr. Escalante, no hizo que declarasen Elías y sus dependientes?

Suponiendo sin conceder, que Barreto y Abascal hubiesen sido los autores o cómplices del delito, la culpa no es mía, porque no habiéndoseme dado queja alguna respecto de ellos, yo ni podía adivinar, porque no poseo ese don, si es que existe, ni menos imponer pena a quien lejos de hacer males, prestaba un servicio a la patria contra los alevosos reaccionarios. El verdadero delito de Abascal y Barreto, sin que yo pretenda santificarlos, es que defendieron la libertad: que procuraron derrocar esa especie de feudalismo, establecido por Bermejillo y otros españoles en las haciendas de Cuantía y Cuernavaca. Si tuvieran conciencia y sano criterio, tanto los autores de este horrible drama, como los ligeros escritores, verían que el centro de los delitos y maldades son las mismas haciendas, casi en su totalidad.

La consecuencia lógica que presenta Bermejillo, suponiendo a Barreto jefe de los asesinos de San Vicente, porque victorearon mi nombre al cometer los delitos, es una consecuencia tan torpe como mezquina, para hacer pesar sobre mí y mis tropas tan negra como violenta calumnia; porque el delito o culpa de uno o más individuos no daña a todos como el pecado del primer hombre, a no ser que quiera convertirse Bermejillo en nuevo Criador y que Barreto sea su Adán.

Si conforme los criminales victorearon mi nombre, como se dice, lo hubieran hecho con el del emperador de la China, ¿se podría decir que S. M. Celeste tenía participio en el crimen, o lo consentía? Me es forzoso repetir, que esta lógica es muy propia de Bermejillo, y más propia de algunos españoles que, siendo la escoria de su nación, pretenden figurar entre nosotros, sin pararse en los medios, por reprobados que estos sean.

Otra consecuencia igualmente peregrina es la de que yo casi oficialmente he declarado que los infelices en cuestión, pertenecían a mis tropas porque acompañaban al mayor general, coronel Pérez Hernández, con una escolta de cuarenta hombres a Cuernavaca.

Es innegable que el 22, a las nueve de la mañana, después de haber conferenciado con el general segundo jefe de la división y mayor general, acerca del lamentable estado de miseria en que nos hallábamos y lo indispensable que era arbitrar recursos, puesto que la tropa tenía tres días de no enterársela sus haberes, ordené al antedicho mayor general pasase a Cuernavaca con cartas para dos amigos (los Sres. D. Ignacio Silva y D. Ramon Gómez de la Portilla, español) a fin de que éstos en lo muy particular me prestasen alguna cantidad, entre tanto el teniente coronel D. Juan N. Pimentel llegaba con los recursos que me remitía el supremo gobierno; y que al paso de este jefe por aquella plaza seria abonada la suma que se me facilitara, dejando el mayor general el recibo, y orden al conductor para el entero, como se efectuó con el Sr. Silva, devolviendo Pimentel los cuatrocientos pesos que recibió el mayor y condujo al cuartel general.

Cierto es también que dirigí una carta a D. Benito Haro, indicándole que el mayor general iba con objeto de ver a mis amigos, por lo que esperaba cooperase con él; pero ni el coronel Hernández le pidió recursos a mi nombre, pues sabia bien que Haro no los tenía? ni yo le hice mas súplica que la expresada.

Creo que hay una enorme diferencia entre lo inferido por Bermejillo y la verdad sentada; porque no es lo mismo valerse de la amistad, que pedir como general en jefe a un subalterno. Y si el Sr. Haro ha dicho otra cosa tal vez, falta a esa misma verdad, y si es preciso, publique mi carta autógrafa. Exíjanse las que dirigí a los Sres. Silva; y Gómez de la Portilla; la escrita por mi hijo D. Diego, a D. Deogracias Fernández (español), y la que remití a Haro, y ellas colocarán a mis calumniadores en la arena del ridículo, porque se verá que lejos de molestar a las haciendas, recurrí a mis amigos, empeñando mi crédito personal para mantener la tropa. ¡Triste, muy triste y lamentable es siempre la posición del hombre público!

El día 22 citado a las cinco de la tarde llegó el mayor general a la garita de Cuernavaca: hizo alto en ella con la escolta y con un ayudante remitió al general Haro el pasaporte que llevaba, y pidió el permiso para entrar en la plaza, cumpliendo así con las leyes del deber militar. Después de una hora de espera volvió el ayudante, capitán D. Leónides Vargas, acompañado de uno de Haro, el cual manifestó al coronel mayor general que tenía libre el paso con su ayudante; pero que se negaba el permiso a la escolta.

Semejante procedimiento fue visto con prudencia y calma por el sobredicho jefe, quien contestó a los dos ayudantes lo que sigue: ‘‘Digan ustedes al señor general D. Benito Haro, que no comprendo qué motivo sea bastante para impedir la entrada en la plaza a la escolta que me acompaña; pero que si esta no puede entrar, me volveré en el acto al cuartel general.” Marcharon los ayudantes a cumplir la prevención y el mayor espero en el propio punto.

Esta juiciosa respuesta pone en claro de una manera indudable que aún nada sabíamos de los asesinatos cometidos en la hacienda de San Vicente; y menos que se señalaban á Barreto y Abascal como cómplices del delito.

Trascurrida media hora más, volvieron los ayudantes en unión del mayor de órdenes de la brigada Haro, el que suplicó al coronel mayor general le oyese en reserva. Se efectuó así y el mayor de órdenes se explicó de este modo: “Dice mi general que suplica avd. pase solo con un ayudante, porque estando muy alarmada la población, e irritada contra las fuerzas del general Álvarez, teme una desgracia, y que él dará a vd. explicaciones con las cuales quedará vd. completamente satisfecho.

Semejante súplica no debía dejarse de obsequiar; y así lo verificó el mayor general, pasando a la morada del Sr. Haro, y previniendo antes a Barreto, jefe de la escolta, no se moviese de aquel lugar hasta nueva disposición, orden que fue exactamente cumplida.

Apersonáronse el coronel Pérez Hernández y el general Haro, y después de los saludos de urbanidad, dijo el segundo al primero: “Los españoles todos están aterrorizados “por los hechos que acaban de pasar en la hacienda de S. Vicente, y la población está mal prevenida contra nuestro buen Viejo; así es que me he visto precisado a suplicar a vd. pase solo para evitar un acontecimiento desagradable, y más cuando nuestro general trae en su Estado mayor esa horda de forajidos que su excesiva bondad consiente.

Semejante insulto fue contestado de un modo enérgico y decente, en los términos siguientes: “Sr. Haro, nuestro general y yo, ignoramos lo que ha pasado en San Vicente: ignoramos así mismo qué pueda alarmar a los españoles y hacerlos concebir ese temor tan infundado, a no ser que el delito los acuse, porque todos los prisioneros que hemos hecho en las acciones del 10 y el 14, dicen que los cabecillas de la reacción estén protegidos por las haciendas: que de ellas reciben armas, parque, caballos, hombres, dinero y víveres: (quedan en mi poder las declaraciones para que las vea la luz si hubiere quien dude de mi verdad); pero no “obstante, nuestro general con su acostumbrada prudencia se ha conformado con dar parte al gobierno general, y no ha querido dictar providencia alguna, para evitar así interpretaciones siniestras y dolorosas reclamaciones. Por lo que toca a la horda de forajidos, repelo con la energía propia de mi carácter semejante imputación, porque el general Álvarez jamás consiente a su lado criminales de ninguna especie, como vd. indica, y yo extraño que habiendo vd. vivido con él muchos años, dé asenso a semejantes calumnias, a no ser que se quiera comprender como forajidos “a los señores generales D. Diego Álvarez, teniente coronel D. Mariano de Nava, jefe del Estado mayor de S. E., a los ayudantes y a mí, en cuyo caso la difamación y la calumnia es doblemente villana.”

La conferencia continuó mas y menos alterada, hasta que convencido el mayor general que perdía el tiempo, y que su misión no era entrar en polémicas, salió de la casa de Haro en unión del general D. Santiago Tapia, que había entrado en un momento de pausa habida entre los dos jefes. Entonces fue cuando el mayor general supo de una manera algo mas clara lo que había pasado en San Vicente, y supo así mismo que el expresado general Tapia mandó cuarenta hombres a Chiconcuaque, los cuales le habían sido devueltos con estas expresiones: “Que no tenían con que mantenerlos, ni necesitaban de fuerza ninguna para defenderse.

Esta orgullosa y poco cumplida respuesta, dada por dos de los dependientes de la predicha hacienda, lastimó la dignidad del general Tapia, quien resolvió retirarse a Cuernavaca desde Xochitepec, donde estaba situado por orden mía.

Pocos instantes duraron Tapia y Hernández juntos, porque el segundo despidiéndose del primero, salió para ir a la casa de D. Ramon Gómez de la Portilla, a la lo acompañó el sobredicho Sr Tapia, por estar un tanto más de tiempo hablando con Hernández.

Entrados en la casa de este súbdito español, supieron ambos jefes que D. Ramon había marchado en la mañana para México. Sin embargo, habló el mayor con el dependiente principal, quien enterado de mi suplicatoria carta, dijo: que no estando el dueño, nada podía resolver, y que así me respondería por escrito.

Desde esta casa pasó el coronel Pérez Hernández en unión del capitán Vargas a la morada de D. Ignacio Silva, quien después de los primeros cumplidos de amistad leyó con satisfacción mis letras, y ofreció al mayor general, que haría cuanto estuviera de su parte para reunir alguna cantidad, no obstante no contar en aquel momento con dinero disponible, y ser muy entrada la noche; mas que lo efectuaría a la mañana del día siguiente.

Terminada la materia de recursos entraron en conversación los Sres. Silva, Lic. D. Manuel Castellanos, y Hernández sobre las ocurrencias de San Vicente y las de aquella tarde con Haro. Lamentaron los dos primeros el modo injusto con que se me quería deprimir, y convinieron los tres, en que tales sucesos tenían su origen en las maquinaciones del partido del retroceso y la tiranía; y siendo mas de las once de la noche se retiró Hernández a su posada en el mesón de San Francisco.

A las mismas horas lo aguardaba un comisionado por los alcaldes para manifestarle, que ni el ayuntamiento ni los vecinos de Cuernavaca tenían culpa del desaire hecho a la escolta; y que esas voces tendidas contra mí y mis tropas, era una combinación de Haro y los españoles, que como una prueba de ello, se encontraba en junta con todos en la casa de diligencias. Casi esto mismo está probado en la segunda carta del documento número 1.

El mayor general dio las gracias a mi nombre y el suyo, a los jueces y habitantes por medio del comisionado, que se retiró poco después de las doce; debiendo advertirse que la escolta permaneció en la garita toda la noche, con expresa orden del mayor general.

Amaneció el 23 y el mayor general envió a preguntar al Sr. Silva, si tenía ya algún dinero, puesto que le era preciso regresar al Puente de Ixtla. La contestación del expresado Sr. Silva fue remitirle cuatrocientos pesos; el mayor los cubrió con un recibo y orden para el Sr. Pimentel, quien satisfizo la suma a los seis días después.

Terminada esta operación el coronel mayor general montó a caballo, siendo las diez de la mañana, y con dos ayudantes y su criado pasó por delante de la casa del general Haro. ¿Es esto fugarse, como dice Bermejillo? ¿Qué reclamación hizo Haro al Sr. Hernández sobre Abascal y Barreto? ¿De quién era esa orden de prisión para los citados? Dice Bermejillo que del general del Estado de México”. ¿Qué se puede comprender por general del Estado de México? ¿El gobierno general, algún general que así se llame, o el comandante general de aquel Estado? Ni aun en lo más leve hay exactitud y propiedad; ni hay siquiera una expresión libre, franca y desembarazada, sino que todos son sofismas, enredos, tramas, excesivamente mal tejidas, que a primera vista patentizan la inverosimilitud y el encono contra los defensores de la libertad.

Si Bermejillo hubiera pensado con juicio, se habría informado primero, y entonces los hechos le hubiesen convencido, que el general Haro, después de estar el mayor general Pérez Hernández a mi lado, fue cuando recibió orden para que remitiese a Barreto y Abascal.

El mayor contestó como debía, que ignoraba si Barreto y Abascal eran los autores del atentado de Yautepec; pero que en caso de serlo, me los pidiese a mí que era el general en jefe, y como tal podía obsequiar el pedido y no la orden que él no podía obedecer, porque estando a la inmediata mía, ésta y no otra debía acatar y cumplir.

Ahora bien, si los acusados estaban considerados como cómplices del hecho de San Vicente, ¿por qué no se expresó Haro así y no sobre un suceso muy distinto, como el de Yautepec? ¿Para qué aguardó a reclamar cuando el mayor ya estaba en el cuartel general? No tuvo tiempo de verificarlo en Cuernavaca? Semejante modo de obrar no es muy conforme con la justicia, porque revela cierto misterio, o cierta apatía, punible, impropia de una autoridad militar.

No se conformó Bermejillo con solo deprimirme y ultrajar a mis leales subordinados, sino que complicó a los jefes de Cuernavaca, asentando que estos estaban bien persuadidos de que los ejecutores pertenecían a mis fuerzas. ¡Admirable es por cierto hasta donde llega la maldad!

Continúa el querellante, relatando a su modo que el general Tapia se hallaba con ochenta caballos en el pueblo de Xochitepec, a media legua de Chiconcuaque, y que aunque destacó cuarenta caballos, ni dictó providencias para perseguirlos, ni disparó un solo tiro para escarmentarlos.

Aquí se ve uno precisado a interrogar: ¿Los cuarenta dragones vieron a los bandidos? ¿Estaban éstos en Chiconcuaque? ¿Podían llegar las balas de los mosquetones o tercerolas que tenía el Sr. Tapia, a media legua de distancia? ¿Cómo se acusa al Sr. Tapia de no haber dictado providencias cuando se le devuelve y menosprecia su auxilio? ¿O se hizo así para inculpar mas y mas con objeto de hacer mas pomposa y rimbombante la reclamación? Cosas hay que no necesitan explicaciones, y esta es una de ellas.

Confiesa el quejoso que el general Haro envió a la hacienda el mismo día de la catástrofe cuarenta infantes; pero que interrogado el “jefe de esta fuerza si estaba dispuesto a atacar las partidas de gente armada que se presentasen amagando a la hacienda, contestó que no tenía orden de hacerlo, siempre que las dichas partidas perteneciesen a las fuerzas de mi mando.” ¿Cómo ha podido expresar esta supuesta contestación Bermejillo, y no dijo qué jefe u oficial la dio? ¿Por qué no aparece el nombre, para que él condujese a la inquisición de la verdad? ¿Qué empeño es ese de ocultarlo? ¿Quiere darse por toda respuesta satisfactoria para salvar el mal paso, que “un oficial” como si dijéramos “un hombre de los del mundo?” ¿Y así juzga Bermejillo que los hombres de sano criterio le deben dar crédito?

Admitido hipotéticamente que fuese cierta la especie vertida, ¿qué participio puede tener en esa peregrina respuesta? ¿Qué causa fue bastante a dar semejante orden? ¿Qué hubiera podido impulsar al general Haro a una medida que alejaba la justicia si los míos hubieran sido los delincuentes?

He manifestado que este es un drama horrible cuyos autores son muy torpes, y creo que punto por punto he demostrado las siniestras miras de orillar a dos naciones a un rompimiento, y que las instituciones democráticas fuesen derrocadas. ¡Vano empeño, porque la libertad apareció con la creación y solo con ella puede perecer!

Interroga Bermejillo con toda la suspicacia de la maldad y de la convicción del dolo: “¿Qué operaciones militares tienen que emprender las tropas del general Álvarez, contra haciendas indefensas y hombres laboriosos y pacíficos?”

La verdad puede estar por algún tiempo oculta, sofocada; pero llega el día en que brillante y majestuosa alza vetusta la frente para confundir a los calumniadores y para que el crimen sea castigado. Llega un día en que se desgarra el tenebroso y denso velo de la maldad, y los hechos presentan a los hombres con sus verdaderos colores. Tal es la situación en que su imprudencia ha colocado a Bermejillo.

Nadie ignora, y más de trescientos expedientes judiciales lo confirman, la conducta observada por la mayor parte de los hacendados de los distritos de Cuautla y Cuernavaca con los pueblos de las propias demarcaciones. Los decretos y providencias del gobierno del Estado de México son el testimonio que corroboran aquellos; y los últimos procedimientos de los dependientes de las mismas fincas vienen a presentar como de bulto el cuadro de las maldades, de los crímenes y de las depredaciones que se perpetran de día en día a fuer de que son, o españoles o comensales de éstos.

Los hacendados en su mayoría y sus dependientes comercian y enriquecen con el mísero sudor del infeliz labriego: los enganchan como esclavos, y deudas hay que pasan hasta la octava generación, creciendo siempre la suma y el trabajo personal del desgraciado, y menguando la humanidad, la razón, la justicia y la recompensa de tantos afanes, tantas lágrimas y fatigas tantas.

La expropiación y el ultraje es el barómetro que aumenta y jamás disminuye la insaciable codicia de algunos hacendados: porque ellos lentamente se posesionan ya de los terrenos de particulares; ya de los ejidos o de los de comunidad, cuando existían éstos, y luego con el descaro mas inaudito alegan propiedad, sin presentar un título legal de adquisición, motivo bastante para que los pueblos en general clamen justicia, protección, amparo; pero sordos los tribunales a sus clamores y a sus pedidos, el desprecio, la persecución y el encarcelamiento es lo que se da en premio a los que reclaman lo suyo.

Si hubiere quien dude, siquiera un momento, de esta verdad, salga al campo de los acontecimientos públicos, válgase de la prensa, que yo lo satisfaré insertando en cualquiera periódico las innumerables quejas que he tenido: las pruebas que conservo como una rica joya para demostrar el manejo miserable de los que medran con la sangre del infeliz y con las desgracias del pueblo mexicano.

Si quisiera relatar la historia de las haciendas de los Distritos de Cuantía y Cuernavaca, lo haría con la mayor facilidad, y cada página iría acompañada de quinientas pruebas; y entonces la luz pública, las naciones y los escritores sin dignidad ni decencia, verían el inicuo tráfico establecido entre los ladrones famosos y muchos hacendados. Pero, repito, no quiero que por mí sea ensangrentada una cuestión, donde solo se busca comprometer a la España y a México para engrandecerse cuatro hombres que bien merecen.... cuando menos el desprecio.

Se atreve Bermejillo a preguntar qué operaciones militares tenían que emprender mis tropas sobre haciendas indefensas; y yo interrogo, ¿de dónde salieron los cabecillas Vicario, Cabareda (español), Lucio Loeza y otros con sus fuerzas en número de más de mil hombres para emprender el ataque a Cuernavaca los días 8 y 9 de Diciembre del próximo pasado año? ¿Quién les facilitó armas, municiones, dinero, caballos y hombres mas que las haciendas? Si son haciendas indefensas ¿por qué hay en todas ellas armas, para su defensa, como suelen decir, y aun para proteger la reacción? ¿Por qué entierran o emparedan el parque para darlo con prodigalidad a los malvados? ¿Por qué no se reunieron los dependientes y con sus trabajadores repelieron a los perpetuos enemigos del orden y del reposo público? ¿En qué lugar ataqué el 10 entre tres y cuatro de la tarde a las gavillas citadas, más que en las lomas de Tierra Blanca, lugar colindante de las haciendas? ¿Dónde estuvieron los bandidos la noche antes de salir a mi encuentro? ¿Qué hicieron en el pueblo de Alpuyeca? ¿Fueron también mis tropas las que asesinaron dentro de la iglesia del referido pueblo, como se ve en el documento citado, a los infelices? ¿Y estos porque son mexicanos no merecen consideración? ¿No estuviera en justicia que nosotros reclamásemos a la España el que algunos de sus naturales vienen a mezclarse en nuestras contiendas políticas para sacrificar a nuestros hijos? ¿O la fe de los tratados autoriza para despojar de terrenos, fomentar la guerra civil y condenar a muerte los mexicanos? Estos hechos no son conocidos del gobierno de S. M. C., y es preciso que sepa que muchos de sus infrascritos súbditos, no son en nuestro suelo mas que criminales famosos cubiertos con la máscara del oro mal adquirido.

¿Son hombres laboriosos y pacíficos los receptadores de delincuentes? ¿Son hombres laboriosos y pacíficos los que atizan la tea de la discordia para ensangrentar el suelo de mi patria? ¿Son hombres laboriosos y pacíficos los que comercian con el trabajo del miserable porque es mexicano? ¿Son hombres laboriosos y pacíficos los que despojan a los pueblos de sus terrenos? ¿Son hombres laboriosos y pacíficos los que se lanzan a la revolución en un país que no es el suyo, como acaba de suceder en el período de la reacción, donde pasan de doscientos los españoles que han tomado parte? ¿Son hombres laboriosos y pacíficos los que no respetan las leyes comunes del país? ¿Son hombres laboriosos y pacíficos los que miran la honestidad y el decoro social con el mas alto desprecio? Y en una palabra, ¿son hombres laboriosos y pacíficos los encarnizados enemigos del pueblo mexicano donde vienen a hacer sus fortunas?

¡Pueblos cultos de Europa y América! ¿Qué traen los españoles cuándo vienen al Nuevo-Mundo? ¿Dónde labran sus fortunas para después gozarlas en su tierra natal? ¿Y así somos bárbaros, incivilizados, herejes, inconquistables, y salvajes? Sí, hasta cierto punto somos, no incivilizados, no salvajes, sino imbéciles, porque siguiendo los principios de la civilización, de la humanidad y de las leyes, no castigamos como se debe sus crímenes, como se hace en todas las naciones del mundo; pero esta prueba incontrovertible de tolerancia y de deferencia, le manifestará al gobierno y pueblo español, que en lugar de ser nosotros los ofensores, somos los ofendidos.

Si como dice Bermejillo, no tenía por objeto la perfidia, el robo, y el pillaje, sino el asesinato de los españoles, ¿qué diremos los mexicanos cuando el español Cabareda, Cobos y otros, han asesinado a los nuestros? Repito, ¿autorizan los tratados entre las dos naciones a los españoles para cometer todo género de delitos y excesos, y porque son españoles gozar de inviolabilidad? ¿Porque son españoles están autorizados para hacer el contrabando con perjuicio de nuestro erario público? ¿Porque son españoles hemos de permitir que se nos insulte a mansalva? Vengan los escritores, colóquense en el teatro de los sucesos, y después, si tienen honor, ellos responderán a los insultos que nos han dirigido.

Casi al terminar su horrible querella dice Bermejillo: “Así, pues, lo sucedido en el distrito de Cuernavaca tiene “origen en otro fin y otros medios de acción.” Tomo la concedida, porque el origen de ese meditado fin está en la jurada ruina del suelo mexicano para colocarnos un monarca, y que, como en otros tiempos, sean nuestros hijos el ludibrio de los que le dieron el ser social, como ellos dicen; y los medios el mundo los calificará.

Repito nuevamente, que no quiero exacerbar las pasiones; no quiero inflamar los espíritus, causa porque me abstengo de publicar documentos que pudieran traer un conflicto público.

Concluye Bermejillo: “Fácil es sacar las tristes consecuencias de todo lo que va expuesto.” Concluye muy bien; porque si los españoles no dejan de mezclarse en la política del país; si continúan siendo los perturbadores de la paz pública; si alimentan los asesinatos, el robo y las depredaciones; si continúan protegiendo con armas, parque, hombres, dinero y caballos, a los enemigos del gobierno y de las instituciones, fácil es alcanzar las tristes consecuencias, porque el sufrimiento y la calma también tienen su término, y ¡ay entonces de ese día! que yo suplico a mis conciudadanos eviten a todo trance.

Apurando los escritores españoles él nuevo Calepino de sus ridículos dicterios, descienden a las mas pueriles invenciones, ya con el deseo de ponerme en evidencia, ya con el de presentarme como el feto monstruoso de la maldad y del crimen. ¡Pobre y vano deseo, porque no son ellos, ni sus prosélitos, los que logren apagar mis débiles servicios prestados en pro de las instituciones democráticas y del verdadero bien social!

He sido, soy y seré el enemigo perpetuo de los tiranos; el defensor constante e incansable de las libertades públicas; el soldado del pueblo, cuya causa santa defiendo con entusiasmo, con ardor, porque es la causa de la humanidad, de la civilización; es la causa de la reforma contra los abusos; la de la tolerancia justa y filosófica, contra las preocupaciones y el fanatismo; la de las leyes, contra los abusos y las exageradas pasiones; la del humilde, contra el déspota poderoso; la de la luz de las ciencias, contra las tinieblas de la ignorancia; la del adelantamiento, contra el retroceso; la del bien positivo contra la fatalidad; y por decirlo de una vez, la del Criador y la creación. Y si estos principios, estas bases, esta convicción, ha de producirme el encono de un partido, demasiado conocido en la historia por sus iniquidades, en buena hora sea, porque la sangre de una víctima más, servirá para robustecer el ánimo de los libres, contra los que oprimiendo quieren hacer de los pueblos su patrimonio particular.

No sé hasta qué punto pueda o deba valorizar la conducta del general D. Benito Haro, a quien Bermejillo toma como autor de esa orden de que “siendo fuerzas mías, no debían atacarse, aunque cometieran delitos porque esto supone, o que estamos de inteligencia, o que él procura, si esa disposición es cierta, pagar inmensos bienes que de mí ha recibido, y hasta su posición social, con la mas terrible de las ingratitudes, tejiendo un enredo que ha producido un mal, un descrédito para el país y unos momentos amargos para el hombre a quien tantas y tantas veces llamó padre. ¡Cómo ha de ser! esa es la especie humana, siempre débil, y siempre llena de asombrosos errores!

Si Haro ha cometido ese delito, la sociedad que lo castigue; por mi parte, me conduelo de su extravío y le perdono; pero no por eso dejaré de probar que mientras yo daba órdenes para que se persiguieran los criminales y se pusieran a su disposición, ya que era el comandante principal de Cuernavaca, como se deja ver de los documentos números 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8 y 9, él recogía esas mismas órdenes para que los malhechores apareciesen sin duda como se ha querido figurar, individuos de mis fuerzas.

¡Sr. Bermejillo y escritores españoles! ¿El que mandó asesinar en San Vicente y Chiconcuaque, es el que dispone que en todas direcciones se persiga a los criminales y se pongan a disposición, del comandante principal de Cuernavaca, para que sean castigados? ¿Es la pantera del Sur el que procura proteger la vida e intereses de los habitantes de Cuautla y Cuernavaca? ¿Es el pinto Álvarez y sus cíclopes los asesinos de los españoles? ¿Es el monstruo de tierra caliente que pretende exterminar la raza del pueblo ibero, el que observa la conducta que patentizan los documentos números 10, 11, 12, 13, 14 y 15, los cuales se han apresurado a darme sus mismos compatriotas sin pedirlos? ¿Es el Sur el antro donde hago desaparecer a los hombres, cuando no hay punto en el país donde sean mas considerados los españoles, sin embargo de que aún no se olvidan los horrores de la guerra de independencia? ¿Soy el exterminador de los españoles, cuando en el largo periodo de la contienda por nuestra emancipación política, estuve a pique de ser asesinado por defenderlos y ampararlos?

¿Qué causa, qué motivo, qué daño han recibido de mí los súbditos de S. M. C. para que desenfrenada la prensa de la Península, tome un hecho aislado, un caso fortuito, de pretexto para insultar a México, a mi dignísimo compañero el Excmo. Sr. Gral. D. Ignacio Comonfort, Presidente sustituto, y a mí? ¿Es posible que el ilustrado gabinete de Fernando e Isabel consienta tantos desmanes, tantos oprobios y dicterios tantos? ¿Sirve la libertad de imprenta para execrar a una nación amiga, a sus hombres y funcionarios públicos? ¿Alcanza, consiente o da derecho la fe de los tratados para deprimir, deturpar y difamar así? ¿Qué dijera el gobierno de S. M. C. si entrara yo en el campo de las represalias, de lo que estoy muy distante?

Imposible me parece que el juicioso gobierno de Madrid lleve de frente y sin meditación la contienda provocada por la inexperiencia diplomática de su encargado de negocios el Sr. D. Pedro Sorela.

Pese, medite y analice el gobierno de S. M. C. mi conducta, la de Bermejillo y los escritores: tome en cuenta los documentos números 16 y 17 del erudito ministro de relaciones el Excmo. Sr. D. Ezequiel Montes, y si después de todo esto persistiere, el pueblo mexicano, su gobierno y yo, habremos cumplido con más de lo que el deber, las leyes comunes del país, el derecho de gentes y el internacional nos demandan; y apelando al juicio de las naciones, ellas fallarán.

Conozca el gobierno de S. M. C. lo que dije al Excmo. Sr. Presidente sustituto en 26 de Octubre y 11 de Noviembre del próximo pasado año, sobre la desaprobación de la conducta del Excmo. Sr. D. Miguel de los Santos Álvarez, y lo que el partido conservador trabajaba y trabaja para ponernos en el escabroso terreno de las diferencias con la Inglaterra y la España: considere la noble conducta del magistrado que hoy rige los destinos de mi patria: valorice las ofensas injuriosas que se nos han dirigido; y en una palabra, ponga en la balanza reguladora del buen criterio el hecho aislado y desnudo, y el resultado será la convicción de que se le ha querido comprometer a una nueva reconquista, lo que física y moralmente es imposible, a que los partidos políticos de su país se aprovechen del momento y de las circunstancias para derrocar su actual sistema. No está muy distante el suceso de San Juan, Lebrija, y las Cabezas, en que cayó en 1820 la monarquía absoluta: quizá estará destinado por la Providencia que caiga la constitucional para dar paso a otro sistema mas o menos libre; pero si sucediera así, y por ello sufriera desgracias el pueblo español, no tendida derecho de quejarse del mexicano, que devuelve por insultos y denuestos, pruebas de prudencia, verdad y moderación.

Creo que he cumplido con demostrar la verdad de los hechos, concediendo que los actos del hombre público están bajo el imperio de la prensa: que cuanto más cultos son los escritores de una potencia, tanto mas deben cuidarse de insultar a otra y sus funcionarios: que Bermejillo, poseído de una-fatuidad descomunal, ha herido a la Nación mexicana, al Supremo gobierno y a mí: que el delito cometido es del género de los comunes, sin mezcla de miras políticas, ni vísperas sicilianas, como dice el quejoso ibero: que si salí a campaña fue con consentimiento del Supremo gobierno, y en su justa y legítima defensa: que procuré perseguir a los malhechores dando órdenes terminantes, luego que supe el triste suceso ocurrido en San Vicente: que no fueron mis tropas las que cometieron semejante crimen, digno del más severo castigo: que las haciendas casi en su totalidad protegen la reacción con armas, parque, dinero, hombres, caballos y cuanto les es posible: que los pueblos si alzan su voz y sus clamores contra esas fincas de españoles en su mayoría, es porque éstos usurpan sus terrenos y ejercen un feudalismo, tanto o más cruel que el entronizado en los tiempos de su existencia real: que los españoles, con muy pocas excepciones, sirven de elemento perpetuo de agitación y de discordia en el país, cuando en él hacen su fortuna para disfrutarla en el suyo; que bastardos y mezquinos intereses de particulares han orillado al gobierno de S. M. C. a entrar en diferencias con el de México: que éste sin ofender, y en obsequio de la paz y de la humanidad, ha dado amplias explicaciones: que la inexperiencia de D. Pedro Sorela, ha provocado un rompimiento con desacato de las leyes y tramitaciones judiciales de la República; y en fin, que los escritores españoles que han insultado a México, al Excmo. Sr. D. Ignacio Comonfort y a mí, solo son dignos de que el orbe civilizado conozca su ligereza.

Contestar a los insultos que se me han dirigido fuera menoscabar mi dignidad. Me conformo con que los pueblos cultos de Europa y América sentencien en la cuestión.

No he procurado mi defensa, porque esta es propia del delincuente; no mi vindicación, porque las imputaciones son calumniosas.

Si conquistare el dulce bien de la paz y mis explicaciones convencieren al gabinete de Madrid, inmensa será mi gratitud, y veré en la patria de las Isabelas el juicio, la moderación, la cultura y la antigua hermandad de dos pueblos identificados en todo; mas si mi voz fuese desoída, tranquilo quedaré, porque mi patria vera con satisfacción el manejo leal de su hijo

Juan Álvarez.

NUMERO 1.
Señores editores del Siglo XIX.—Puente de Ixtla, Diciembre 24 de 1856.— Muy Sres. míos y de mi justa consideración.—Tengo a la vista el número 2,898 del ilustrado periódico de vdes. y el 3402 del Monitor Republicano, correspondiente el primero al 19 y el segundo al 20 del corriente, y en ellos encuentro artículos que me obligan a escribir estas líneas; porque desfigurados notablemente en diarios de los mas acreditados, hechos que tuvieron lugar a corta distancia de la capital de la República, la verdad histórica se resiente, el juicio se extravía, y las consecuencias van más allá de lo que permite la razón. Bajo el rubro de: “Derrota de Juan Vicario” dicen vdes., señores redactores, sabían que ese hombre atacó una de las haciendas de Tierra Caliente, exigiendo al administrador 900 pesos: que el mismo administrador mandó avisar al Sr. general Álvarez, que en persona fue d defender las propiedades: que encontró a Vicario en la hacienda de San José, lo batió y lo dispersó, destacando partidas que lo persiguiesen en su fuga. Los señores del Monitor en su artículo “Cuernavaca” y refiriéndose a cartas escritas en esa ciudad y en las haciendas de San José y San Gabriel y otras del mismo rumbo, egresan: que después del encuentro de nuestras fuerzas con la gavilla de Juan Vicario, regresaron a dichas haciendas, en donde irritados los soldados con la protección que decían habían encontrado los rebeldes y recordando hechos de en tiempo de Santa-Anna, cometieron en la hacienda de San Vicente algún desorden, que fue pronta, y enérgicamente contenido por mí; pero no sin que hubieran antes sucumbido en el combate unos dos o tres españoles.

Lo que realmente ha sucedido es lo siguiente: El titulado coronel Juan Vicario, a quien se ha tenido el capricho de hacer pertenecer a la raza indígena, intentaba ocupar a Cuernavaca cuando supo la aproximación de las fuerzas del Sur en sostén del supremo gobierno: supo así mismo que 200 hombres mal armados y escasos de municiones, al mando del teniente coronel Arellano, habían llegado a este punto, en el que además se celebraba una fiesta, que podía ser motivo de adquirir un buen botín: con tales noticias y calculando el digno caudillo que dentro de poco seria critica su posición, lejos de conseguir su intento, pensó le convendría mejor dar un golpe a la pequeña fuerza do Arellano, hacerse de caballos y otras cosas de los concurrentes a la función, y estar a la expectativa de lo que para más adelante importase a sus operaciones. Retiróse, pues, de Cuernavaca el día 9. A su paso por Alpuyeca, distante seis leguas de aquella ciudad, sorprendió el 10 a un piquete de trece hombres que allí estaba, o iba en auxilio de la misma, asesinando sin piedad, aun dentro del sagrado del templo, a los individuos de la lista que acompaño a vdes. marcada con el número I, cuyo hecho pasó desapercibido; quizá porque sus autores lo habrán colocado en el catálogo de los que no deben ser juzgados por los profanos. De Alpuyeca a este punto hay cuatro leguas, y cuando la división a que pertenezco llegaba aquí el propio día 10, habiendo salido de Venta de la Negra, aparecía también por el lado del Norte la fuerza reaccionaria, serían las tres y media de la tarde; el parte que con fecha 11 se dio al supremo gobierno, y que no sé por qué haya quedado sin publicidad, contiene los pormenores de aquella jornada, que fue gloriosa para nuestras armas.

El 11 mismo se empleó en reconocimientos hechos por varias secciones sobre distintos rumbos, aunque sin otro resultado que el de cerciorarme de que el enemigo había dejado estos contornos. Se emprendió la marcha el 12 y pernoctamos en Tlilzapotla: el 13 fuimos a Cuautitlán y el 14 batimos al enemigo que en número de 1.300 hombres de infantería y caballería, nos desafió al combate, fiado en las ventajosas posiciones que, como conocedor del terreno, supo escoger en las cercanías de Huitzuco: en el número 2.899 del apreciable diario de vdes. está inserto el parte respectivo. De dicho pueblo salimos el 16 para Tepecoacuilco con las secciones Ligera, Jiménez y Castillo; separándose la sección Villalva por disposición del Excmo. Sr. general en jefe, para que atravesando la Sierra que acabábamos de rodear, persiguiese a los dispersos refugiados en sus fragosidades, lo que ejecutó subiendo por el cerro de Agua Bendita al llamado de la Águila, donde quedó ese día.

El 17 permanecimos en Tepecoacuilco nosotros: la sección Villalva tomó por el Salitre, pasó por Tlacotename, bajó al Paso del Estudiante y vino a este pueblo, del que no se ha movido hasta hoy. Nosotros venimos el 18 a los Amates, el 19 a Amacuzac (una y media legua de aquí) y el 21 a las diez de la mañana llegamos.

He, aquí, señores redactores, la simple relación de los sucesos, sin otro aliño que el de la estricta verdad: de ella deducirán vdes. y deducirá el público, la equivocación sincera o maliciosa, con que han sido escritas las cartas en que se fundaron los artículos a qué aludo. Muy reconocido por mi parte a los señores redactores del Monitor Republicano por la honrosa mención que de mi hacen, les aseguro no obstante, que ni conozco la hacienda de San Vicente, ni ninguno de los que componen esta división ha podido ir allá esta vez; de manera que lo que vdes. asientan en su número 2.990 [que creo debió ser 2.900] de 21 del actual encabezando el artículo con: Los asesinatos de Cuernavaca, y siempre refiriéndose a cartas de esta ciudad, es del todo falso, porque la partida de Barreto y Abascal, se presentó en Huitzuco el 16 temprano, y fue mandada en el acto a situarse a Buenavista, lo que verificó el 17: allí recibió orden de avanzar a Palmillas a incorporarse a la fuerza del teniente coronel Mena, que de Iguala había salido, también por disposición del Excmo. Sr. general en jefe, ¿ ocupar aquel punto, y cumplió con la orden el 18: el 19 siguió con la división que, como ya he dicho, vino ese día a Amacuzac. ¿Podía ser que en la mañana de ese mismo día hubiesen estado en San Vicente Barreto y Abascal? Es mucho que no se atribuya ¿ estos hombres o a todos los de la división, el atentado cometido en la calle del Puente del Correo Mayor; pero hablemos con verdad, es ese el expediente que sirvió para el asesinato de D. José Medina, y el que ahora y siempre será aplicable a cuantos incurran en el desagrado de ciertas gentes que se empeñen en establecer su señorío absoluto en esta cañada. Los reaccionarios han sido auxiliados por ellas, según declaran cuantos prisioneros se han hecho: a la sombra del gobierno mismo se arman contra él y se preparan a aprovechar un momento propicio para dar el golpe a los principios que impulsan la reforma y el Sr. general D. Benito Haro en la carta que bajo la copia número II acompaño al presente remitido, no juzga mejor ¿ dichas gentes.

Declaman contra los ladrones, y les acuerdan protección, sea por temor o por conveniencia, resultado de esa conducta inmoral que hay mas ladrones en estos dos Distritos de Cuernavaca y Cuautla, que los que ha habido, hay y puede haber en todos los nueve que componen el Estado de Guerrero; en fin, la historia de sus abusos es bien conocida aun del gobierno del Estado de México: esos abusos se repiten todos los días, y el número de las víctimas se aumenta. ¡Quiera Dios que no se colme el sufrimiento!

Ahora mismo, Sres. redactores, se hace correr la especie injuriosa de que emigran de Cuernavaca las principales familias y los españoles, por temor de ser asesinados por los soldados de la División del Sur ¡ahora mismo que acaban de prestar los surianos un nuevo servicio, dispersando las gavillas de Cabareda, Peña, Vicario y otros! Servicio que solo a ellos se deben, porque en nada cooperaron las fuerzas del Estado de México, ni las estacionadas en la plaza de Cuernavaca. También se ha divulgado que la partida que escoltaba a un jefe comisionado a solicitar recursos de nuestros amigos para sostener estas tropas, no tuvo permiso para entrar a esa ciudad, porque la población pidió que se nos hiciera tal ultraje: la copia núm. III prueba lo contrario, y la responsabilidad pesará sobre quien corresponda. Nada tienen que temer los habitantes pacíficos, sean mexicanos o extranjeros: los soldados del Sur y su venerable caudillo, han dado pruebas constantemente de amoral orden: sus enemigos pueden calumniarlos , mas la verdad alumbrará los hechos, y cada uno aparecerá bajo sus propias formas.

Dígnense vdes., Sres. Redactores, dar lugar en las columnas de su apreciable periódico al presente remitido y documentes que en él se citan; por cuyo favor les anticipa las debidas gracias su muy atento servidor y afectísimo compatriota que B. SS. MM.—D. Álvarez.

 

Documentos citados en el remitido anterior.
I
LISTA de los individuos asesinados en Alpuyeca por los reaccionarios, el día 10 del corriente.
Capitán.D. Pedro Cambrón.
Teniente.—D. Eligió Pedreño.
Soldados.—Félix Hernández.
Miguel Patino.
Refugio Gómez. Andrés Sánchez. Crescendo Muñiz. José Santiago. José Anselmo.
Gregorio Máximo.

Heridos.
Ignacio Cárdenas.
Longinos Sandoval.
Vicente Santiago.
Puente de Ixtla, Diciembre 24 de 1866.—D. Álvarez.

 

II
General Benito Haro.—Correspondencia particular.—Sr. general D. Diego Álvarez.—Cuernavaca, Noviembre 29 de 1856.—Mi siempre querido Diego.— Por la prisa con que pasó el oficial conductor del dinero, no tuve el gusto de contestar tu grata de 23; y al verificarlo ahora debo manifestarte, que el estado de la cosa pública, si bien entristece demasiado, no nos debe hacer desesperar del éxito, porque a ese último esfuerzo do los enemigos de la libertad y de las reformas, se está oponiendo todo lo que él y ellas valen; de manera que como dices, con bastante acierto, no necesitamos más que de constancia, de prudencia y de ponernos en derredor del que manda, para ayudarle a afrontar la mas difícil de las situaciones porque ha atravesado nuestro infortunado país.
Cuando me entregaron aquella susodicha carta, la persona que lo hizo nada me dijo de tu parte, a pesar de la oportunidad que tenía para hacerlo; pero si solo me trasmitías por ella la combinación en que debíamos ponernos para batir a Castrejón, no tenía ya lugar, puesto que la recibí después del suceso de armas que tuvo lugar contra aquel cabecilla en las inmediaciones de Huitzuco. Quizá ahora, porque todavía llegas a tiempo, podremos unidos y combinados, dar algunos golpes a los facciosos, que bastante pululan en todas direcciones, y que nosotros los tenemos muy cerca.
Como habrás visto por la comunicación oficial que dirigí a nuestro viejo, no pueden ya tener lugar sus órdenes, sobre que me sitúe en Puente de Istia, pues hace algunos días que los facciosos dejaron ese rumbo, para hacer sus esfuerzos sobre el Estado de México; así es que según el nuevo plan de campaña que se trace, estaré atento a tomar en él la parte que me toque.
En este punto, como en toda la Cañada, a quien yo doy el nombre de colonia española, son enemigos del gobierno y de la situación, desde el primer capitalista hasta la última vieja, por supuesto metiendo en ese largo alfabeto a los monigotes y sus sacristanes, de los que no es difícil te remita una tanda en estos días para que los mandes a mudar temperamento a Acapulco.
Esa prolongación de lo de Puebla, está conquistando muchos reaccionarios y haciendo perder mucho, moralmente al gobierno, porque se juzga que el no haber concluido con ese caballo de batalla, es efecto de su impotencia. Para mí, terminado eso, lo demás es cualquier cosa, pues aun lo que teníamos de mas cuidado, que era el alzamiento de Vidaurri, ya se debe dar por concluido.
Recetada la mudanza de temperamento a una parte de mi familia, hice venir a este punto a las enfermas, y he tenido el sentimiento de perder a mi Joaquinito, cuyo famoso güero acariciaste algunas veces, y mi cuidado es aún mayor, porque el hondo pesar de la madre, cuyo vacío nadie puede llenar, me prepara otro más terrible. Esa criatura tan querida, murió sin que yo recogiese sus últimos suspiros, porque precisamente el día que cayó en cama me fui en seguimiento de Vicario, y después de seis días de correría ya me vine a encontrar sin él.
Es tarde ya, y por esto, y porque el frío me comienza ya a castigar, concluye tu invariable.—Benito.—Memorias de la familia que está llena de lágrimas.
Es copia de su original. Puente de Ixtla, Diciembre 24 de 1856.—D. Álvarez.

 

III
“Sr. D. Francisco Gerardo Gómez.—Cuernavaca, Diciembre 23 de 1856.— Muy estimado amigo.—Ruego a V., y lo mismo Trejo, haga presente al Excmo. Sr. general presidente, que hemos sabido que se negó a la fuerza suya, que vino ayer, la entrada, asegurándole que la población se alarmaba contra ella y estaba disgustada. Todo es falso: lo decimos como alcaldes en nombre del Ayuntamiento, y desearíamos no hubieran pretextado tal especie, que desmentimos porque es falsa. V. comprenderá todo; pero me permitirá, que los disgustados serían los muchos españoles que acá se han refugiado.
“Soy de V. su afecto amigo que lo aprecia y B. S. M.—Firmado, Valentín Marmolejo.
“Es copia de la original que queda en mi poder. Puente de Ixtla, Diciembre 24 de 1856.—D. Álvarez”

 

NUMERO 2.
División Álvarez—General en jefe.—Siendo necesario procurar por cuantos medios sea posible, la aprehensión y castigo de los ladrones, por el perjuicio que ocasionan al comercio, ordeno a V. S. que de la manera que pueda los persiga sin descanso, poniendo a disposición de la comandancia principal de Cuernavaca, los malhechores que logre aprehender, para que sean juzgados conforme a las leyes.
Lo comunico a V. S. para su puntual cumplimiento.
Dios y libertad. Cuartel general en Puente de Ixtla, a 21 de Diciembre de 1856.—J. Álvarez.Sr. Coronel D. José Gutiérrez.—Presente.

 

NUMERO 3.
Interesado vivamente en que los caminos tengan la debida seguridad para que el comercio y los transeúntes no sufran perjuicio alguno, prevengo a V. que con las fuerzas que tiene a sus órdenes, procure aprehender a todos los malhechores, valiéndose al efecto do cuantos arbitrios y medios juzgue prudentes, y obrando con toda actividad, energía y diligencia, a fin de que se logre el objeto: entendido, que pondrá a disposición de la comandancia principal de Cuernavaca a los que aprehendiere, para que se juzguen con todo el rigor de la ley.
Lo comunico a V. para su puntual cumplimiento.
Dios y libertad. Puente de Ixtla, Diciembre 21 de 1856.—J. Álvarez.Sr. comandante de escuadrón D. Rafael del Valle.

 

NUMERO 4.
División Álvarez.—General en jefe.—Siendo necesario procurar por cuantos medios sea posible, la aprehensión y castigo de los ladrones que andan en los caminos, atacando a los infelices que encuentran inermes, y quitándoles cuanto conducen, haciendo así un notable perjuicio al comercio y pasajeros, prevengo á V., que con los individuos que tiene a sus órdenes, persiga a los malhechores, poniendo a los que logre aprehender a disposición de la comandancia principal de Cuernavaca, para que sean juzgados con todo el rigor de la ley.
Lo digo a V. para su puntual cumplimiento.
Dios y libertad. Cuartel general en Puente de Ixtla, a 21 de Diciembre de 1856.—J. Álvarez.—Sr. comandante de escuadrón D. Manuel Casales.—Tlaquiltenango.

 

NUMERO 5.
División Álvarez.—General en jefe.—Habiendo tenido noticias que en el pueblo de Sochi se encuentran varias armas, pertenecientes al supremo gobierno, en poder de hombres que no se ocupan mas que de cometer robos y otros crímenes, prevengo a V., que inmediatamente proceda a recogerlas, aprehendiendo a los malhechores, a quienes pondrá V. a disposición del señor comandante principal de Cuernavaca, para que sean juzgados conforme a las leyes.
El número de armas que V. logre reunir, lo repartirá en su compañía, la que se destinará única y exclusivamente a la persecución y aprehensión de toda clase de criminales, y a hacer que las vidas e intereses de los vecinos de este rumbo tengan las debidas garantías.
Lo comunico a V. para su inteligencia y puntual cumplimiento.
Dios y libertad. Puente de Ixtla, Diciembre 28 de 1856.—J. Álvarez.Sr. capitán D. Isidoro Carrillo.

 

NUMERO 6.
División Álvarez.—General en jefe.—Convencido de que el mejor medio de destruir a los malhechores es perseguirlos en todas direcciones, he dado mis órdenes para ello, y con el mismo fin dirijo a V. esta, encargándole que con toda actividad y diligencia y poniendo en acción los medios que crea oportunos solicite la aprehensión de los ladrones, rebeldes o cualesquiera otros delincuentes que se encontrasen en esos puntos, poniéndose al efecto de acuerdo con sus oficiales subalternos o con otros que se hallen cerca, en caso de que fuere necesario por el mayor número de aquellos; advirtiéndole, que remitirá a la comandancia principal a los individuos que logre aprehender, para que sean juzgados conforme a las leyes.
Y lo comunico a V. para su puntual y debido cumplimiento.
Dios y libertad. Puente de Ixtla, Diciembre 28 de 1856.—J. Álvarez.Sr. capitán D. Laureano Rodríguez.—Zacualpam.

 

NUMERO 7.
División Álvarez.—General en jefe.—Teniendo noticias que en la cuadrilla del Serrado y pueblo de Yautepec, se encuentran varias armas pertenecientes al supremo gobierno, en poder de hombres que no se ocupan mas que de cometer Tobos y otros crímenes, procederá V. a recoger aquellas, aprehendiendo a los malhechores, con quienes dará cuenta a la comandancia principal de Cuernavaca. El número de armas que V. reúna, lo repartirá en su compañía, que se destinará exclusivamente a perseguir a los ladrones hasta exterminarlos, y a hacer que sean respetadas las vidas y propiedades de los vecinos de este rumbo; entendido, que se pondrá V. a disposición de la expresada comandancia principal.
Lo comunico a V. para su debido cumplimiento.
Dios y libertad. Puente de Ixtla, Diciembre 28 de 1856.—Juan Álvarez.Sr. capitán D. Manuel Carrasco.—Presente.

 

NUMERO 8.
División Álvarez.—General en jefe.—Sabedor de que en los pueblos de Tetecalita y Tesoyuca, se encuentran repartidas algunas armas pertenecientes al Supremo Gobierno, procederá V. a reunidas, exigiéndolas a los que las tengan; y con ellas se pondrá V. a disposición del señor comandante principal de Cuernavaca, entendido de que esas armas las mantendrá en su compañía, la que servirá para perseguir a los ladrones y hacer que se respeten las vidas y propiedades de todos los habitantes de este rumbo.
Lo digo a V. para su puntual cumplimiento.
Dios y libertad. Puente de Ixtla, Diciembre 28 de 1856.—Juan Álvarez.Sr. capitán D. Manuel Gómez.—Presente.

 

NUMERO 9.
División Álvarez.—General en jefe.—Descoso de obsequiar las insinuaciones del Supremo Gobierno, comunicadas por el órgano del mi ministerio del digno cargo de V. E., he dispuesto que el Sr. coronel D. José Gutiérrez, comandantes de escuadrón D. Rafael Valle y D. Manuel Casales, y los capitanes D. Isidoro Carrillo, D. Laureano Rodríguez, D. Manuel Carrasco y D. Manuel Gómez, levanten fuerzas de seguridad pública, para que la tranquilidad, el orden y las garantías sociales no padezcan lo mas leve en los puntos de Jonacatepec, Jojutla, Puente de Ixtla y demás lugares de la cañada.
A los indicados señores les he prevenido persigan y remitan a Cuernavaca a todo criminal, esperando que V. E. y el Excmo. Sr. ministro de justicia, dicten sus órdenes para que el castigo se imponga realmente a los criminales, a fin de que no sea ineficaz la medida de su persecución.
Los jefes y oficiales comisionados, para cumplir exactamente con sus deberes, necesitan de armamento con que surtir a sus subordinados, de suerte, que V. E. ordenará, al comandante principal de Cuernavaca facilite las armas y parque que son indispensables, y que sé existen de las recogidas por el Sr. Portilla.
Lo manifiesto a V. E. para su inteligencia y fines consiguientes.
Dios y libertad. Puente de Ixtla, Diciembre 31 de 1856.—J. Álvarez.Excmo. Sr. ministro de guerra y marina.—México.

 

NUMERO 10.
Sello tercero, cuatro reales.—Años de mil ochocientos cincuenta y seis y cincuenta y siete.—Juan Meléndez, súbdito de S. M. C., residente en el Estado de Guerrero.—Declaro, y en caso necesario juro: que desde el año de mil ochocientos treinta y cuatro, que me radiqué definitivamente en dicho Estado, con una considerable negociación de comercio, habiendo recorrido diversas ocasiones muchos de sus puntos así en las costas como en el interior, llevando siempre dinero, efectos, o ambas cosas, jamás he resentido el menor perjuicio en mi persona e intereses, ni por el Excmo. Sr. general D. Juan Álvarez, ni por las autoridades tanto civiles como militares que han dependido de S. E. ya como gobernador, ya como comandante general, ya como general en jefe de las fuerzas del Sur; antes bien le he merecido, del mismo modo que todos mis paisanos, consideración, aprecio y protección a mi individuo y propiedades, sea en las ciudades y pueblos, o en los caminos, donde por las acertadas disposiciones del mismo señor general se anda libremente, con toda seguridad, sin temor a salteadores u otra gente de esta especie que no los hay en el rumbo; y finalmente, que desde el año citado hasta la fecha, la única época en que he sido molestado en mi persona, sufriendo una larga prisión, con riesgo do ser fusilado, y en mis bienes con préstamos forzosos, robos y otras extorsiones, fue en la que reinó aquí la tiránica administración de D. Antonio López de Santa-Anna y sus agentes.—En obsequio de la verdad y para que ella sea patente a todo el mundo, hago esta declaración espontáneamente, sin haber sido solicitado ni invitado al efecto por persona alguna, y la firmo en la ciudad de Tixtla de Guerrero a veinte y nueve de Mayo de mil ochocientos cincuenta y siete.—Firmado.— Juan Meléndez.
Es copia. Guerrero, Junio 1° de 1857.

 

NUMERO 11.
Sello tercero, cuatro reales.—Años de mil ochocientos cincuenta y seis y cincuenta y siete.—Ramon Cassy, súbdito de S. M. C. y residente en el Estado de Guerrero.—Declaro, y en caso necesario juro: Que hace cerca de seis años resido en esto Estado; donde siempre he sido tratado con las mayores atenciones, tanto por las autoridades civiles, como militares, y también de todos los vecinos donde he residido y transitado, y en particular del Excmo. Sr. general D. Juan Álvarez y su señor hijo general D. Diego, de cuyos señores he recibido en varias ocasiones las más finas pruebas de protección, aprecio, y verdadera amistad; a cuyo favor, que no merezco, viviré siempre agradecido a dichos señores.—Solo añadiré que en Julio de mil ochocientos cincuenta y cinco, época del gobierno del Excmo. Sr. general Santa-Anna, D. Antonio López, fui puesto en la cárcel pública a las ocho de la noche como un criminal, y mi establecimiento embargado por orden del Excmo. Sr. gobernador D. Marcial Lazcano, de aquel gobierno, a causa de haberme negado como extranjero, a un préstamo forzoso impuesto por dicho Sr. Lazcano.—Y para que conste lo firmo en Bravos, y Mayo treinta de mil ochocientos cincuenta y siete.—Firmado, Ramón Cassy.
Es copia de su original. Guerrero, Junio 1° de 1857.

 

NUMERO 12.
Sello tercero, cuatro reales.—Años de mil ochocientos cincuenta y seis y cincuenta y siete.—-Gabriel F. de Celis, súbdito de S. M. C., residente en el Estado de Guerrero.—Declaro, y en caso necesario juro: Que hace cinco años permanezco en este Estado, y en este tiempo he recorrido las mas de las poblaciones del mismo, sin haber resentido el mas leve perjuicio, tanto de las autoridades civiles como militares, ni de otra persona alguna, antes por el contrario he recibido de todas ellas favores y distinciones de que nunca me he considerado acreedor, y con distinción los he recibido del Excmo. Sr. general D. Juan Álvarez, quien en mis ausencias de esta y en tiempos críticos, ha velado por mis intereses.
No menos he recibido favores del Excmo. Sr. general D. Diego Álvarez y de toda su familia, en distintas ocasiones que he estado en su casa de la Providencia.
En obsequio de la verdad y en prueba de mi gratitud, hago esta manifestación para que llegue al conocimiento de todo el mundo, y la firmo en la ciudad do Bravos, a 28 de Mayo de 1867.—Firmado, Gabriel F. de Celis.
Es copia. Guerrero, Junio 1.° de 1857.

 

NUMERO 13.
Sello tercero, cuatro reales.—Años de mil ochocientos cincuenta y seis y cincuenta y siete.—El ciudadano español Joaquín Carrera.—Certifico; que en catorce años que llevo de residencia en este Estado no he sufrido perjuicio alguno en mi persona ni en mis intereses por el Excmo. señor general D. Juan Alvar pues aunque en las ocurrencias políticas del año de mil ochocientos cincuenta y cinco, mi casa de comercio en Teloloapam y en esta ciudad el cincuenta y seis tuvo sus quebrantos con la pérdida de algunos intereses, no sé que haya sido por orden de S. E., quien antes al contrario, ha visto con sumo desagrado aquellos sucesos.—Y en obsequio de la verdad y para los usos que puedan convenir a S. E., doy este en la ciudad de Iguala de Iturbide a los tres días del mes de Junio de mil ochocientos cincuenta y siete.—Firmado, Joaquín Carrera.
Es copia de su original. C. Guerrero, Junio 3 de 1857.

 

NUMERO 14.
Sello cuarto, un real.—Años de mil ochocientos cincuenta y seis y cincuenta y siete.—El que suscribe ciudadano español, residente en el Estado de Guerrero y vecino de esta ciudad hace diez años:—Certifico que en todo este tiempo, conocí al Excmo. Sr. general D. Juan Álvarez, y tuve con él algunas relaciones, quien me ha tenido todas las consideraciones que pertenecen a mi clase, sin que haya perjudicado en nada a mi persona e intereses; antes mas bien, cuando he sido atropellado por algunos jefes o autoridades de ese Estado, que he tenido que solicitar su apoyo en justicia, me lo ha participado con todas las garantías que pueden desearse. Y en obsequio de la verdad, y para los fines que le convengan a dicho señor general, doy el presente en Iguala de Iturbide a 1° de Junio dé 1857.—Zeferino López.
Es copia a letra de su original. Ciudad Guerrero, Junio 3 de 1857.-—

 

NUMERO 16.
Sello cuarto, un real.—Años de mil ochocientos cincuenta y seis y cincuenta y siete.—Juan de Posada, español y actualmente vecino del Estado de Guerrero.—Declaro en forma de verdad y en cuanto el derecho me permite, que hace catorce años estoy avecindado en el Estado y que en todo este tiempo el Sr. general D. Juan Álvarez me ha dispensado mucha consideración y amistad, recibiéndome en las veces que le he hablado con la mayor urbanidad e impartiendo toda su protección para la seguridad de mis intereses y garantías individuales, en cuya virtud ninguna queje tengo acerca del Estado ni de su autoridad.—Y a insinuación de D. José María Herrera, doy la presente declaración en Iguala, a 6 de Junio de 1857.—Firmado.—Juan de Posada.
Es copia. Guerrero, Junio 7 de 1857.

 

NUMERO 16.
Secretaría de Estado y del despacho de relaciones estertores.—Al Sr. D. Pedro Sorela, encargado de negocios de S. M. C.—Palacio nacional de México, Enero 16 de 1857.—El infrascrito secretario de Estado y del despacho de relaciones estertores, ha dado cuenta al Excmo. Sr. presidente sustituto de la República, de la nota que el Sr. D. Pedro Sorela, encargado de negocios de S. M. C. le ha dirigido en 10 del mes actual, anunciando al infrascrito que señala el término de ocho días, contados desde el 11 del propio mes, para que el gobierno de México dé al gobierno de S. M. C. la satisfacción amplia y suficientemente reparadora que le debo, la cual no podrá ser otra sino el castigo mas ejemplar y solemne de cuantos cometieron el crimen de San Vicente, y la indemnización tan pronto como se justifique su importe, de los daños ocasionados al súbdito español D. Pío Bermejillo, por el saqueo de sus dos propiedades de San Vicente y Chiconcuaque; añadiendo su señoría “que si no hubiese recibido en la tarde del día 18 una contestación concediéndole la satisfacción que reclama, en la mañana del siguiente día 19 declarará las relaciones diplomáticas entre el gobierno de S. M. y el de México rotas, pedirá sus pasaportes, y abandonará en seguida el territorio de esta República.” El infrascrito tiene la honra de contestar al Sr. D. Pedro Sorela: que el mismo Excmo. Sr. presidente sustituto de la República, considera irregulares las pretensiones del señor encargado de negocios de S. M. C., y que por lo mismo no puede ni debe obsequiarlas. El gobierno mexicano llenará muy gustoso las obligaciones que le imponen el derecho do gentes, el internacional y el patrio: procurará por todos los medios de que pueda disponer, la aprehensión de los malhechores que saquearon la hacienda de San Vicente, y dieron muerte a los súbditos españoles D. Víctor Allende, D. Juan y D. Nicolás Bermejillo, D. León Aguirre y D. Ignacio Tejera, los pondrá a disposición de los tribunales y cuidará de que se ejecute la sentencia definitiva quo contra ellos se pronunciare; pero no hará mas porque no está obligado a otra cosa.
El derecho de gentes reconoce como uno de los principios más seguros que los extranjeros por el solo hecho de pisar el territorio de la nación, so someten plenamente a sus leyes; es por lo mismo extraordinaria la pretensión de que los ladrones y asesinos de San Vicente queden ejemplarmente castigados en ocho días, cuando las leyes patrias conceden plazos que distan mucho de ese término tan angustiado. Además, la aprehensión de los delincuentes no puede sujetarse a plazos legales, porque sería ridícula la ley que señalase tal o cual término para la prisión del autor de un crimen, sin contar con la primera, con la mas esencial de todas las condiciones, la posibilidad. ¿Cómo aprehender a un criminal cuyo paradero se ignora? El derecho internacional es tan claramente opuesto a la primera demanda del señor encargado de negocios de S. M. C., que el gobierno de esta República no comprende cómo haya podido formalizarse. “Los comerciantes y demás ciudadanos de la República mexicana o súbditos de S. M. C., que se establecieren, traficaren o transitaren por el todo, o parte de los territorios de uno u otro país... en lo relativo a la administración de justicia serán considerados de igual modo que los naturales de la nación respectiva, sujetándose siempre a las leyes, reglamentos y usos de aquella en que residieren:” tal es el testo, en lo conducente, del art 6° del tratado de México con España. Séale permitido al infrascrito preguntar: ¿por qué el Sr. D. Pedro Sorela ha querido que en ocho días se haga un castigo ejemplar de todos los que robaron y asesinaron en San Vicente? ¿De dónde le viene la autorización para exceptuar a los acusadores, de la observancia del pacto solemne de México y España, que expresamente quiso que siempre se sujetaran a las leyes, reglamento. y usos mexicanos? El tiempo transcurrido desde que se cometió el crimen hasta el día 18 del mes presente, es menor que el señalado por las leyes, conforme a las que deben ser juzgados los ladrones y asesinos de San Vicente; el infrascrito ruega al Sr. D. Pedro Sorela que se entere del art. 124 del Estatuto provisional promulgado en 13 de Setiembre de 1855, y de los decretos publicados en 10 de Junio de 1848 y 25 de Enero de 1849 en la ciudad de Toluca, capital del Estado de México; y palpará su señoría la verdad que acaba de asentar el infrascrito. Estas disposiciones legales hablan en la hipótesis de que los culpables hayan sido aprehendidos; y la aprehensión requiere como elementos necesarios que las autoridades tengan noticia de aquellos, y fuerza física para asegurarlos. Luego que el prefecto y el comandante principal han tenido conocimiento de que Mariano Bernal, portero de San Vicente, fue cómplice de los ladrones y asesinos, lo han reducido a prisión, y lo han consignado al juez competente: la misma suerte han corrido Miguel Herrera, Nonnato Ávila, denunciados como asesinos de San Vicente, y otros en cuyas casas vivían algunos que lograron fugarse. El infrascrito no debe pasar en silencio que estos presuntos reos fueron aprehendidos con algunos de los efectos robados en la hacienda poco antes nombrada, y que esos han entregado al administrador y a un criado después de que los han reconocido. La prisión de Bernal se realizó poco después del día 18 de Diciembre; Herrera y Ávila han sido aprehendidos en 11 del corriente mes, y otros hasta completar el número de nueve, lo han sido con posterioridad.
El gobierno de México tiene en su poder un extracto de la causa que se instruye a los asesinos de San Vicente: de esa pieza no resulta cargo alguno a las tropas del Excmo. Sr. general Álvarez, mientras que están indicadas como responsables otras personas avecindadas en Xochitepec y en las haciendas inmediatas.
Al Sr. Sorela toca calificar si su nota del día 10 está escrita con la circunspección y mesura propias de la correspondencia diplomática.
Para mandar aprehender algunos oficiales de la división Álvarez como autores del saqueo y asesinatos de San Vicente, no basta que el Sr. encargado de negocios de S. M. C. concluya de fundamentos mas o menos deleznables, que hay un plan encaminado al exterminio de los súbditos españoles, y que las tropas del Excmo. Sr. general Álvarez son las encargadas de llevarlo a cabo; indispensable que el gobierno mexicano estuviera convencido de la verdad de especies tan graves. Pero no ha tenido esa convicción; y si alguna duda hubiera abrigado, la nota del Sr. D. Pedro Sorela habría venido a disiparla. Los rumores, las conjeturas y los dichos de testigos singulares y varios, son muy buenos precedentes, para inferir que el objeto que se investiga es desconocido e incierto; pero de ninguna manera para enunciar una conclusión que rechaza la dignidad de la persona contra quien se deduce, y sus manifestaciones en sentido opuesto.
Las leyes de la república reprueban el saqueo y el asesinato y castigan con penas severas a sus autores. El gobierno de la república por actos oficiales que debe conocer el señor encargado de negocios de S. M. C., porque han tenido la publicidad debida, ha recomendado a las autoridades subalternas el cumplimiento de las leyes protectoras de las garantías individuales; ha ordenado al gobierno del Estado de México y al comandante principal de Cuernavaca, que procuren con la mayor diligencia la aprehensión y ejemplar castigo de los bandidos que saquearon la hacienda de San Vicente, y asesinaron a cinco súbditos españoles: ha comisionado al Sr. D. José Mariano Contreras, uno de los mejores jueces que ha tenido esta capital, y actualmente magistrado del tribunal superior del Distrito, para que pase a Cuernavaca a levantar una información sobre los verdaderos autores de los crímenes cometidos en San Vicente: ha prevenido a las autoridades civiles y militares que le presten cuantos auxilios necesite, para realizar la aprehensión de los malhechores y su conducción a una cárcel segura: ha hecho salir una brigada para Cuernavaca y Morelos; y en fin, para disipar toda sombra de temor, ha dispuesto que el Excmo. Sr. general Álvarez, contra quien se han hecho circular los rumores mas absurdos, retire sus fuerzas, y las haga regresar a sus domicilios, disposición que ha comenzado a surtir sus efectos desde principios del mes actual. Después de todo esto, el infrascrito no necesita detenerse a analizar ciertas preguntas del Sr. D. Pedro Sorda, limitándose a recordar la doctrina enseñada por eminentes publicistas, a saber: los agravios inferidos por súbditos de una nación a súbditos de otra nación, no deben reputarse agravios de gobierno a gobierno, mucho menos cuando el gobierno de los ofensores reprueba sus demasías, y procura en cuanto le es posible castigarlas.
El infrascrito temería ofender la ilustración del señor encargado de negocios de S. M. C., aduciendo en esta nota las doctrinas de las legislaciones romana. española y francesa, sobre prestación de daño; el mismo temor lo retrae de citar algunos publicistas de la mejor nota que autorizan al gobierno del infrascrito para negarse a admitir la segunda demanda del Sr. Sorela.
El acontecimiento de ladrones se encuentra entré los casos fortuitos: y es bien sabido que nadie, absolutamente nadie, está obligado a prestar el casó fortuito. Sí los daños de las haciendas de San Vicente y Chiconcuaque, hubieran provenido de un terremoto, de una granizada, o de cualquiera otra fuerza mayor, el señor encargado de negocios de S. M. C. no se habría dirigido al gobierno mexicano demandando la indemnización. El infrascrito no encuentra entre el primer caso diferencia con los segundos: todas las legislaciones repiten con Ulpiano…
“Rapiñae, tumultus, incendias, aquarum, magnitudinis, impetus, proedomium a mello prestanture” Ninguno es responsable de hecho ajeno, sino cuando lo promueve directa o indirectamente con plena deliberación y voluntad; cuando se mezcla en él; cuando lo protege abierta o disimuladamente; cuando lo aprueba o ratifica; cuando lo consiente o tolera sin contradecirlo; o cuando no lo reprime como debe, pudiendo hacerlo. En todos estos casos es innegable que todo superior debe responder de los hechos particulares de sus súbditos.
Es público y notorio que el gobierno de México ha tenido que emplear casi toda su fuerza física en reprimir la reacción en los Estados de Puebla, Veracruz, Tamaulipas y San Luis Potosí; y lo es igualmente, que luego que ha podido, ha reforzado las guarniciones de Cuernavaca y Cuantía.
El gobierno de la república no debe a los súbditos extranjeros mayor protección que a los ciudadanos mexicanos; y es mas claro que la luz del medio día, que no está obligado a responder con los bienes del tesoro público de los daños que los últimos sufren por robos, tumultos o asaltos do ladrones.
El infrascrito ha leído cuantas órdenes ha dictado su gobierno desde 19 de Diciembre último, para aprehender y castigar conforme a las leyes a los asesinos de San Vicente, y las respuestas que a las comunicaciones en que se contenían aquellas, han dado a las autoridades de Cuernavaca: no ha encontrado el juicio que estas hayan formado, afirmando que las tropas del Excmo. Sr. general Álvarez, cometieron el saqueo y horrorosos homicidios de la hacienda referida poco antes. El español Abascal y el mexicano Barreto, han sido reclamados como autores de los excesos cometidos en Yautepec.
Pero admitiendo la hipótesis referida por el Sr. D. Pedro Sorela; dado y no concedido, que alguna partida de las fuerzas del Excmo. Sr. general Álvarez, hubiera perpetrado los horrores de San Vicente, la república no estaría obligada al resarcimiento de los daños sufridos por D. Pio Bermejillo: Neque vero, dice Grotius (lib. 2° cap. 17, part. 20, núm. 2) si quid milites aut temares, autnantici, contra imperisem amicis nocuirrent, reges teneri: quod Galliae et Agliae testimoniis  probatem, México no tiene, ni puede tener más que un presidente ejercicio del ejecutivo provisional, que establece el plan de Ayutla reformado en Acapulco; y el infrascrito ha referido poco antes, los actos del Excmo. Sr. Presidente sustituto, relativos a los tristes sucesos de San Vicente.
Por lo que lleva expuesto el infrascrito, se convencerá él Sr. D. Pedro Sorela, de que no existe ningún plan político qué tenga por objeto el exterminio de los súbditos  de S. M. C.; y antes bien el gobierno de México podría quejarse de que algunos españoles se hayan mezclado en las conmociones interiores de la república: son tristemente célebres los nombres de Cabareda, Cobos, Arana, Val more y dé otros que han tomado las armas, ya como cabecillas, ya bajo las órdenes de los facciosos Gutiérrez y Osollo. El gobierno del Excmo. Sr. presidente sustituto desearía qué todos los súbditos españoles cumpliesen con sus deberes, guardando la más estricta neutralidad en las guerras civiles.
El saqueo y asesinatos horrorosos qué se cometieron en la hacienda de San Vicente a 18 de Diciembre último, son una transgresión de las leyes de México, y de ninguna manera una ofensa al gobierno de S. M. C.; el de la república ha hecho cuanto está en la órbita de su poder para descubrir a los bandidos y castigarlos, estando ya cometidos algunos a la autoridad judicial; las funciones de los juzgados y tribunales están libres y expeditas, porque la guarnición de Cuernavaca se ha aumentado; las órdenes que el gobierno del Excmo. Sr. Presidente sustituto ha dictado para restablecer el imperio de la ley en algunos Distritos del Sur, son una prueba perfecta de la voluntad que tiene, de que se castiguen ejemplarmente los crímenes cometidos en la hacienda de San Vicente.
El infrascrito aprovecha esta ocasión para reiterar al señor encargado de negocios de S. M. C., las seguridades de su distinguida consideración.—Ezequiel Montes.
Es copia. México, Enero 23 de 1857.

 

NUMERO 17.
Secretaría de Estado y del despacho de relaciones exteriores.—Al Sr. D. Pedro Sorela, encargado de negocios de S. M. C.—Palacio &c.-—Enero 20 dé 1857. —El infrascrito Secretario de Estado y del despacho de relaciones estertores, ha dado cuenta al Excmo. Sr. Presidente sustituto dé la República, de la nota que el Sr. D. Pedro Sorela, encargado de negocios de S. M. C., ha dirigido ayer al infrascrito, declarando las relaciones diplomáticas entre el gobierno de S. M. y el de la República rotas; encomendando la protección de los súbditos españoles al Excmo. Sr. Ministro plenipotenciario de S. M. el emperador de los franceses cerca del gobierno de México; y pidiendo un pasaporte para su señoría y otro para D. Dionisio Roberto y Predesgart, agregado a la Legación de S. M. C.
El infrascrito tiene la honra de manifestar al Sr. Sorela que solo el poder legislativo nacional puede estrechar con anterioridad a los hechos los plazos que las leyes patrias han fijado para la averiguación de los crímenes y el castigo de sus autores; por lo mismo no comprende el derecho con que su señoría haya podido señalar el plazo de ocho días para "el castigo mas ejemplar y solemne de cuantos cometieron los crímenes de San Vicente.” Y lo comprende tanto menos, cuanto que desde la Independencia de la República hasta hoy, se ha registrado en sus leyes fundamentales el principio salvador de las garantías sociales, de que ninguna ley puede tener efecto retroactivo; así es que sobre ser la primera de las pretensiones del Sr. encargado de negocios de S. M. C. opuesta al tratado de México con España, no se habría podido acceder a ella, sin chocar con la justicia natural, y con una prohibición que jamás ha dejado de regir en México, lo mismo que en todos los pueblos civilizados de la tierra.
La nación mexicana siempre ha tenido un poder independiente, encargado, entre otras cosas, de calificar los delitos, determinar sus autores y aplicarles las penas marcadas en las leyes.
Mientras este poder, único órgano de la verdad y de la justicia no califique los datos de criminalidad que ante él deben presentarse, y pronuncie su fallo inapelable, designando con sus propios nombres a los autores de los asesinatos cometidos en San Vicente; nadie, absolutamente nadie, ha podido decir: éstos, o aquellos son los asesinos de San Vicente, y menos asentar que el gobierno haya otorgado impunidad a los criminales, autorizando así un ultraje contra una nación amiga.
La sentencia ejecutoria que se pronuncie en el proceso que se instruye a los asesinos de San Vicente, vendrá a poner en claro si ha habido un delito del orden común o revestido del carácter que le atribuye el Sr. D. Pedro Sorela. En el primer caso, el gobierno de México no estará obligado a resarcir al súbdito español D. Pío Bermejillo, de los daños que ha sufrido en sus haciendas de San Vicente y Chiconcuaque: en el segundo, lo estaría si se hallara en alguno de los casos en que los superiores son responsables de la conducta de sus súbditos; pero esta hipótesis no se realizará, porque el gobierno de la República está resuelto a hacer cumplir la sentencia qué se fulminé contra los autores del robo y asesinatos  de San Vicente.
En las dos conferencias verbales que él infrascrito tuvo con el Sr. encargado de negocios de S. M, C. le exhibió documentos oficiales quo ponen fuera de toda duda la energía con que el gobierno de la República ha procedido, luego que llegaron a su noticia los sucesos de San Vicente, los buenos efectos que han producido las órdenes dictadas para el descubrimiento, aprehensión y enjuiciamiento de los ladrones y asesinos; para remover ciertos motivos de alarma; y sobre  todo, para restablecer en los Distritos de Cuantía y Cuernavaca la observancia de las leyes y el goce de las garantías individuales.
Desde que se cometieron el robo y asesinatos de San Vicente, hasta el día de  ayer, en que el Sr. Sorela ha declarado rotas las relaciones diplomáticas entre el gobierno de S. M. C. y el de la República, solo han pasado treinta y un días: es imposible que el Sr. Sorela haya recibido instrucciones del gobierno de S. M. para hacer tal declaración; en consecuencia ha dado su señoría, bajó su  única y exclusiva responsabilidad, un paso que puede ser principio de grandes males para las dos naciones.
El gobierno de México está seguro, y así lo demostrará a la faz del mundo cuando sea necesario, de haber hecho cuanto legalmente ha podido hacer para lograr la aprehensión y castigo de los asesinos de San Vicente; no ha impedido, pues, el ejercicio de la justicia en favor de los súbditos españoles; menos la han denegado los tribunales de la República, y fuera de éstos casos no alcanza el infrascrito que la conducta del Sr. Sorela sea regular y la propia, ni que él gobierno del Excmo. Sr. Presidente haya dado motivo de ningún género para que se rompan las relaciones diplomáticas que felizmente existen entre el gobierno de S. M. y el de México.
Los súbditos españoles bajo la protección del Excmo. Sr. Vizconde de Grabiac, disfrutarán de las consideraciones y seguridades que las leyes de la República conceden a todos sus habitantes, y muy especialmente de los derechos que a aquellos otorga el Tratado de México con S. M. C. El Excmo. Sr. Presidente sustituto de la República está íntimamente convencido de que los tristes sucesos de San Vicente y la conducta que antes y después de ellos ha observado el gobierno mexicano, no autorizan al Sr. encargado de negocios de S. M. C. para haber dado pasos tan avanzadas, como los que se descubren en las notas de 10 y 19 del mes presente; pero lo está igualmente de que el propio gobierno no habría podido impedirlos, sino a costa de su decoro, y con menoscabo de los sagrados derechos soberanos de la República. Por tanto, al infrascrito no le queda arbitrio qué remitir al Sr. D. Pedro Sorela los pasaportes que ha pedido.
De las conferencias que el Sr. encargado de negocios de S. M. C. y el infrascrito han tenido los días 15 y 16 del mes actual; de la nota que el infrascrito ha tenido la honra de dirigir al Sr. Sorela el mismo día 16 y de la presente, resulta que el gobierno ha dictado cuantas medidas podría legalmente dictar para aprehender, juzgar y castigar a los autores del robo y asesinatos cometidos en la hacienda de San Vicente; que a virtud de esas medidas están ya sometidos al poder de los tribunales hueve malhechores, que la autoridad encargada de juzgarlos presta chantas garantías pide la pronta y cumplida administración de justicia  por las muy recomendables prendas que la adornan, y por gozar do plena seguridad en sus personas y en sus procedimientos; que el gobierno mexicano no ha dado motivo ninguno al Sr. D. Pedro Sorela para declarar rotas las relaciones diplomáticas entre España y México y pedir sus pasaportes; que a pesar de la convicción que abriga sobre la irregularidad de la conducta del Sr. Sorela, puede dejar de remitírselos, protestando muy solemnemente que por lo que a él toca no considera rotas dichas relaciones; y también, que, cuantos males se originen a la República y a la España de los procederes indebidos del Sr. Sorela, pesarán exclusivamente sobre su Señoría, que obra en este caso sin instrucciones de su gobierno, de cuya rectitud debe esperar el Excmo. Sr. Presidente forme el mismo juicio que el infrascrito ha manifestado en la presente nota.
El infrascrito aprovecha esta ocasión para reiterar al señor encargado de negocios de S. M. C. las seguridades de su distinguida consideración.—Firmado. —Ezequiel Montes.—Es copia. México, Enero 23 de 1857.
Los documentos que anteceden son copias de sus originales.—Guerrero, Junio 8 de 1857.