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Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1849 Carta de Ethan Allen Hitchcock al senador por Mississippi, Jefferson Davis, pidiendo ayuda para Manuel Domínguez.

Nueva Orleans, enero 9, 1849

 

Estimado señor:

Le escribo para pedirle su atención sobre la situación de Manuel Domínguez, el jefe de los espías mexicanos empleados bajo las órdenes del general Scott en México, de quien para su “ayuda” usted introdujo al Senado, la pasada sesión, alguna resolución la cual no procedió.
A los pocos días de arribar a esta ciudad Domínguez vino a verme; y en un examen que hice de él y su familia, de nueve miembros, me di cuenta que viven sin muebles, en una sencilla habitación de un tercer piso en las afueras de la ciudad perfectamente indefensos, según lo pude juzgar por su apariencia.
Cuando Domínguez fue tomado a nuestro servicio en Puebla, vivía decentemente en una confortable casa. Al poco tiempo le fue ofrecida una alta gratificación si entraba al servicio de México, pero nunca vaciló en algún momento en su fidelidad hacia nosotros. El valor de sus servicios no pueden ser estimados plenamente por quienes no participaron en la guerra (usted comprenderá esto plenamente) y eran de una especie que no podían ser calificados, después de que la necesidad de ellos había pasado. De hecho, el completo alcance de sus auxilios no era conocido excepto por dos o tres personas en el ejército.
Domínguez me fue enviado en Puebla por el general Worth, con una nota indicando que le había llevado un despacho de forma segura y podría ser de utilidad al general Scott. Lo tomé a mi servicio y por órdenes del general lo envié con despachos para los comandantes del camino a Veracruz, retornando fielmente con las respuestas. Entonces contraté confidencialmente a cinco de sus hombres, añadiéndose otros doce después. La Compañía de Espías, así llamada, no se formó hasta varias semanas después.
Por medio de los primeros hombres empleados bajo la dirección de Domínguez, pude mantener informado al general acerca del estado de cosas en el camino principal de Veracruz a la Ciudad de México, y estuve plenamente informado sobre todos los acontecimientos que sucedían en las cercanías de Puebla. Este fue uno de los medios por el cual el general Scott se protegió de falsos rumores, que continuamente le llegaban, de movimientos del enemigo. Los reportes eran de amenazas y ataques sobre Puebla, y de grandes contingentes de tropa que salían de la Ciudad de México para cortar la línea de comunicación con Veracruz. Muchos de ellos eran desechados fácilmente por el general sin acudir a los espías para su verificación, en otros casos la información tenía gran valor y convenía ser corroborada en el momento.
Después el número de espías fue incrementándose y los mexicanos comenzaron a sospechar que teníamos a esas personas a nuestro servicio, algunos de ellos fueron detectados y ejecutados; pero, a pesar de esto, Domínguez encontró a otros y continuó para obtener información que no se podía obtener de otra manera. Se hizo necesario que estuvieran más atentos. En algunas ocasiones fueron enviados a la Ciudad de México, sin ningún papel u otro objeto, presentando a su regreso un informe de lo que habían oído o visto. En otros casos, para que fueran conocidos por nuestros amigos y protegerlos de los enemigos, llevaban una pequeña pieza de seda, muy pequeñita, en la que estaba escrito un dato, con las palabras: “confiar en el portador,” con mi firma; la cual escondían en alguna parte de su ropa, o entre las suelas de sus zapatos; la ocultaban entre los mechones de su cabello o la ponían dentro de un botón de su vestido, o la escondían entre los pliegues de un cigarro, etc., etc. Con este pedazo de papel iban de un puesto a otro llevando mensajes de nuestros comandantes con otra información valiosa. Fue la forma con la cual el general se comunicó con sus refuerzos que venían de Veracruz. Estos servicios eran secretos, por lo que, por esa misma razón, nunca han sido debidamente apreciada excepto por muy pocas personas. Para comprenderlos, hay que imaginar al ejército estadounidense totalmente aislado en Puebla en medio de un país enemigo, cuando era imposible para cualquiera de nuestros propios hombres, excepto en grandes partidas, ir con seguridad más allá de los límites de la ciudad; y también considerar que a través de estos espías, principalmente el ejército descansaba en perfecta paz y seguridad de los falsos informes de acoso, que hacían tener a un grupo de hombres estar con las armas listas en todo momento, día y noche, sólo para ser despedidos después de una, dos, o tres horas llenos de disgusto por ser innecesariamente perturbados.
Durante toda la campaña de la Ciudad de México, el general Scott nunca en alguna ocasión hizo que las tropas estuvieran fuera por una falsa alarma. Los espías bajo Domínguez contribuyeron a éste saludable reposo, no fueron el único medio, ciertamente, pero eran indispensables agentes. Los subordinados empleados por Domínguez eran poco conocidos. Se han marchado a la frontera de Río Grande, dispersándose y perdiéndose de vista; pero no así el líder de la banda, Domínguez. Él es un hombre conocido y marcado, no puede vivir en su propio país. Lo que se le debe, no está determinado por su “honor” sino por “nuestro honor” tal vez suene político. Después que la Ciudad de México fue ocupada por el ejército estadounidense y el camino se volvió tranquilo, la Compañía de Espías hizo varias expediciones a Veracruz y regresó otra vez a la [Ciudad]de México sin perder un solo despacho encomendado.
Además de esas evidencias de fidelidad, debo mencionar que antes de la entrada de nuestro ejército a la capital, Santa Anna, de su propia letra, envió un completo perdón a Domínguez, refrendado por el Secretario de Estado, con un gran sello de la república, si abandonaba nuestro servicio; con la promesa de una recompensa si “seducía a nuestros soldados para desertar, perdía a nuestras mulas, o destruía nuestros comunicados.” Al momento que Domínguez recibió el papel (que ahora tengo en mi poder) cabalgó hacia mí en su fina montura, se detuvo, desmonto, me saludó entregándome el papel con una sonrisa desdeñosa que no necesitaba ninguna explicación. Él me había mostrado un papel similar en Puebla, enviado por el gobierno del estado, que se encontraba en Atlixco. Ciertamente, su fidelidad fue probada en todas las formas posibles, de tal manera que cuando salí de México, no tenía otra escolta a Veracruz que la Compañía de Espías bajo Domínguez.
Bajo todas esas circunstancias, espero convenientemente pida al Congreso alguna pensión apropiada, a pagar mensual o trimestralmente para la manutención de Manuel Domínguez, exiliado a causa de sus servicios a los Estados Unidos. Se puede suponer, que si Domínguez hubiera tenido alguna reclamación sobre la generosidad del gobierno, ésta podría haber sido atendida por el general Scott; pero se debe recordar que el general salió de México antes de la declaración de la paz, mientras que el general Butler, su sucesor en el mando, no tenía conocimiento personal de los servicios de Domínguez.
Aunque desde hace muchos años no he tenido el placer de verlo, espero no estar del todo olvidado, y le suplico se me permita numerarme entre sus amigos; como me he considerado.
E. A. Hitchcock
Teniente Coronel del Ejército de los Estados Unidos.

 

Integrantes de la Mexican Spy Company
Acosta Cleofás
Alanís José María
Andrés José
Armenta María G.
Arias Pedro
Arroyo José María
Ávila Miguel
Ávila (II) Miguel
Baeza Ignacio
Blanco Ignacio
Bustos José María
Cacho Cristino
Cacho Juan
Calderón Miguel
Campos Ángel
Capello Bartolo
Carbajal Antonio
Carbajal Juan
Carmona (?)
Cerezo Domingo
Cerezo José María
Cordero José María
Correa Desiderio
Correa Dionisio
Chantes Lino
Domínguez Manuel
Ferro Juan
Flores Hipólito
Flores Nicolás
Fonseca Félix
Fuentes Sebastián
García Domingo
García Lino
García José María
Gómez José de la Luz
Heredia José María
Hernández Cayetano
Horta Juan de la Cruz
Lara Nazario
Lastiri José de la Luz
León Manuel
Martínez José María
Martínez Nicanor
Medrano Rafael
Miranda Roque
Montes Ignacio
Morales José María
Moredia José María
Ortiz Manuel
Osorio Miguel
Osorno Antonio
Palacios Joaquín
Paredes Juan
Pérez José María
Pérez Tiburcio
Pineda José María
Pineda Juan
Ponce Rafael
Posadas Ignacio
Ramírez Pedro
Robles Alvarado José M.
Robles Julio
Rocha Rafael
Rodríguez Ignacio
Rojas Pedro
Rosales José María
Salamanca Miguel
Salcedo Cristóbal
Sánchez José María
Santiago José de
Sosa Antonio
Valdieso Juan
Vargas Laureano
Vargas Lino
Vidal Manuel

 

 

 

 

 

 

Vázquez Villagrán, Salvador. La contraguerrilla poblana o Mexican Spy Company (Junio 1847-junio 1848) ¿Una forma de protesta social? (Tesis) México. UNAM-FFL. 2016. 121 págs.