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Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1848 Consecuencias políticas y morales de la guerra en los Estados Unidos. William Jay.

Febrero 2 de 1848

 

CAPITULO XXXI

MALES POLÍTICOS DERIVADOS DE LA GUERRA

Toda guerra es forzosamente desfavorable, por sus tendencias mismas, a las libertades y la prosperidad del Estado, aun en el caso en que tenga por objeto la defensa de la libertad o su recuperación. Las cargas que impone; la autoridad arbitraria que confiere y las disposiciones a que da lugar, todo es contrario a los derechos populares. Claro está que estas tendencias se denominan y modifican según las circunstancias. La guerra reciente, como se le hizo totalmente fuera de los límites de nuestro propio país, no infligió a nuestros ciudadanos esas violaciones de sus derechos y exacciones opresivas que se experimentan en el teatro de las hostilidades. Sin embargo de ello, ha demostrado esta guerra ser un enemigo peligroso de la libertad constitucional.

Hemos visto en las páginas anteriores, que se hicieron preparativos amplios y providentes para el comienzo de la guerra en el Río Grande y para la toma de California, no sólo sin la aprobación del Congreso, sino aun sin consultado. Es del todo imposible que el Congreso hubiera expedido o el pueblo hubiera tolerado, una declaración de guerra contra México, ni para obligar a ese país a pagar supuestas reclamaciones, ni para hacer que retirara sus tropas y sus autoridades de las poblaciones situadas en el Río Grande. Así que se consideró necesario en primer lugar provocar un choque y después apelar al Congreso para defender el país de una invasión. Por lo tanto, la guerra, aunque fue reconocida y sostenida por el Congreso una vez que dio principio, de hecho se inició a consecuencia de órdenes dictadas por el Presidente bajo su propia responsabilidad y no en acatamiento a una autoridad constitucional o legal. Es verdad que el Presidente, como comandante en jefe del ejército nacional, tenía el derecho de dirigir los movimientos de las tropas, pero no en forma tal que forzosamente y de intento condujese al país a una guerra. Así que con toda verdad la Cámara de Diputados declaró que la guerra había sido iniciada por el Presidente con violación de la ley constitucional.

A pesar de todo, esta usurpación de facultades que condujo al sacrificio de miles de vidas y a la dilapidación de millones de dólares del Tesoro nacional, ha quedado sin castigo. Tan grave falta encontró excusa en los triunfos militares a que condujo; y de este modo se ha dado sanción a un precedente que inviste al Presidente de la República con la prerrogativa real de arrojar sobre el país las calamidades de la guerra.

Y no es este el único caso en que el Presidente asume en su propia persona las facultades que pertenecen sólo al Poder legislativo del gobierno. Aunque no está permitido por la Constitución que el Presidente nombre a su albedrío y placer a un solo funcionario, ni que tome del Tesoro un solo centavo, el Presidente estableció un sistema de tarifas e impuestos interiores en México; nombró a una horda de recaudadores y acumuló, a su disposición, todos los ingresos que pudieran arrebatarse a punta de bayoneta a los mexicanos infelices y empobrecidos; y todo esto lo hizo el Presidente sin la más ligera autorización del Congreso (1).

También ha establecido, por su voluntad y su gusto soberanos, gobiernos civiles en Nuevo México y en California, y ha nombrado gobernadores, ha organizado tribunales de justicia y ha designado magistrados, etc., sin consultar siquiera al Congreso y sin que ninguna ley en lo absoluto autorice el ejercicio de esas altas prerrogativas, y aun ha señalado los emolumentos que deben percibir los funcionarios civiles que ha creído conveniente nombrar. En el informe rendido por el Secretario de la Guerra el 4 de diciembre de 1847, se ve que los derechos recaudados en California "se han aplicado al sostenimiento del Gobierno civil". De este modo el Presidente, según su propia voluntad y como le ha venido en gana, no sólo nombró funcionarios sino que les señaló emolumentos a su arbitrio. De este modo un pueblo celoso de sus libertades, ha permitido, en el delirio de la victoria y la conquista, que su Primer Magistrado asuma sobre vastas regiones una autoridad sin límites y completamente despótica, con dominio absoluto sobre la espada y sobre la hacienda. De aquí en adelante será parte de nuestra teoría de gobierno, que durante una guerra el Presidente de los Estados Unidos queda relevado de toda restricción constitucional cuando actúe fuera de los límites del país, y que está completamente sustraído al dominio del Congreso. El inmenso poder y autoridad que se confieren así al Presidente cuando se presenta un estado de guerra, puede resultar en lo futuro un aliciente irresistible para que ese funcionario hunda al país en la guerra y posponga el retorno de la paz.

La conducta seguida por el Congreso se ha guiado aparentemente por el principio de que una vez que el país ha entrado en una guerra, no importa cuáles hayan sido sus causas ni cuáles sus fines, es un deber de los representantes del pueblo dar al Presidente todas la facilidades que pida para llevada adelante sin reparar en lo inicua o perjudicial que pueda ser.

No sólo se ha acostumbrado la mente del público a estas usurpaciones del ejecutivo, sino que en su admiración por las victorias, aun ha dejado de sentirse celosa del poder militar, lo que es la más poderosa salvaguardia de la libertad republicana. Nos hemos desentendido en lo absoluto del ejemplo doloroso que nos ofrece México mismo, en cuanto a la influencia desastrosa del afán de gloria de los caudillos.

La facilidad asombrosa con que ese país fue arrollado y vencido por nuestras tropas, no puede explicarse nada más por la influencia de la Iglesia mexicana, que ha impedido el progreso de la ciencia y la civilización (2). Siempre, desde su independencia, México fomentó su espíritu militar, pero fue esa condición suya lo que agotó su vitalidad misma. Los recursos del Estado los dilapidó el ejército, y este cuerpo gobernó al Estado por medio de sus generales. Se despreciaron las bendiciones de la paz, y los ciudadanos en vez de reunir y combinar sus esfuerzos para el bienestar común, se dividieron en grupos de partidarios de los caudillos que se disputaban entre sí la falsa gloria y el poder. Una revolución sucedió a otra en rápida secuela, y un general arrebataba el cetro a su antecesor. Rara vez se colocó a un civil a la cabeza del Gobierno, y las riendas de éste casi invariablemente quedaban en manos de quien sabía empuñar la espada. La historia de la República de México ha sido una serie de insurrecciones y usurpaciones militares. Aun en el momento en que se vio invadida por un ejército extranjero, las facciones militares y los caudillos paralizaron la fuerza de la nación y la convirtieron en fácil presa del enemigo. Todos los antecedentes del-pasado testimonian el hecho de que los generales populares han sido los principales destructores de las repúblicas. Y sin embargo de ello, el pueblo americano, sordo a las admoniciones de la historia, al parecer se ha infatuado con la gloria militar y últimamente ha dado señales diversas de que prefiere los hombres que han servido a su país en el campo de batalla, a los que únicamente han querido aumentar su prosperidad y su dicha cultivando las artes de la paz.

El espíritu arbitrario engendrado por la guerra y la idea a que da pábulo de que todos los derechos y los intereses deben someterse a la seguridad pública, son forzosamente adversos en sus tendencias a la libre expresión de ideas contrarias a la guerra. No es de sorprender que los autores de la guerra mexicana -una contienda tan digna de animadversión y que fue hecha para fines tan odiosos y de interés meramente regional- hayan deseado evitar toda investigación de su verdadero carácter y cualquier esfuerzo tendiente a impedir que se lograran los fines de la propia guerra. Ninguna ley podría acallar a la prensa ni poner fin a los debates en el Congreso o entre el público.

Pero al parecer hubo la esperanza absurda de que la opinión pública se orientara de tal modo, que acabase por producir lo que la ley no podía efectuar. De la popularidad de la guerra podría depender no nada más su terminación victoriosa y la consiguiente adquisición de los territorios codiciados, sino también el predominio del partido demócrata y la continuada posesión del poder y las ventajas correspondientes por los actuales funcionarios. De aquí que Mr. Polk, en su primer mensaje al Congreso después de iniciadas las hostilidades tratara de intimidar a sus oponentes insinuando que eran traidores a la causa de su país.

"La guerra -dijo el Presidente- ha sido calificada de injusta y de innecesaria; se ha dicho que es una guerra de agresión por nuestra parte a un enemigo débil y ofendido. Semejantes  opiniones tan erróneas, aunque sólo las profesan unos cuantos, han circulado amplia y extensamente, no sólo en nuestro propio país, sino que se han extendido a México y al mundo entero. No hubiera podido concebirse un medio más eficaz de alentar al enemigo, de prolongar la guerra, que abogar por la causa de ese país y adherirse a ella, dando así al enemigo 'protección y ayuda'. Es motivo de orgullo y alegría nacionales que la gran masa del pueblo no ha puesto semejantes obstáculos a la actividad del gobierno en su prosecución de la guerra victoriosa, sino que ha demostrado ser eminentemente patriota y estar siempre lista para reivindicar el honor y los intereses de su país a costa de cualquier sacrificio".

Aquí tenemos la inculpación más arrogante, hecha por el Primer Magistrado de la Unión a sus conciudadanos, negándoles patriotismo, en un cargo que incluye a una parte no pequeña del mismo Congreso al que dirigía sus palabras, porque ciertos legisladores, en ejercicio de derechos garantizados por la Constitución de su país, se aventuraban a expresar la opinión de que la guerra en que el Presidente había metido a la nación era injusta, innecesaria y agresiva. No creyó prudente Mr. Polk denunciar en términos claros a los opositores de sus medidas de gobierno como traidores al país y dignos de una muerte ignominiosa, sino que prefirió hacerlo así implícitamente; y por esta razón aplicó a todos los que declararon que su guerra era injusta, innecesaria y agresiva, la expresión constitucional que define la traición a la patria: "dar ayuda y protección al enemigo" (artículo 3°, Secc. 1). Si ese caballero realmente cree que la oposición concienzuda a la guerra existente es incompatible con el patriotismo y equivale al crimen de dar ayuda y protección al enemigo, no sólo ignora los principios fundamentales de la ética, sino también la conducta seguida por algunos de los más ilustres patriotas y estadistas cuyos nombres adornan las páginas de la historia moderna.

¿Qué dijo Lord Chatham, el famoso Primer Ministro de Inglaterra que había llevado a su nación a la victoria y al poder y cuya memoria permanece embalsamada en el recuerdo agradecido de sus compatriotas? Este grande hombre, durante la guerra de su país con los Estados Unidos, declaró ante el Parlamento: "Si yo fuera americano, tal como soy inglés, no depondría las armas mientras permaneciese en mi país tropa extranjera, nunca, nunca, nunca…”

Fox hasta se rehusó a suscribir un voto de gracias a los oficiales del ejército de Inglaterra por las victorias que habían alcanzado en la que él creía ser una guerra injusta. Numerosos miembros distinguidos del parlamento británico se mostraron activos y perseverantes en su oposición a esa contienda. Así también la guerra hecha por la Gran Bretaña a la República Francesa se impugnó libremente llamándola injusta e innecesaria, y esto hicieron estadistas que gozaban de toda la confianza de la nación. La guerra reciente contra. China, llamada a menudo la Guerra del Opio, fue severamente censurada por una gran parte del público inglés que la juzgaba muy inicua. En una reunión pública efectuada en Londres y presidida por un par inglés, el Duque de Stanhope, se aprobó la siguiente resolución:

"Esta junta lamenta profundamente que los sentimientos morales y religiosos del país sean ultrajados y el buen nombre de la cristiandad quede difamado a los ojos del mundo, y este reino se vea envuelto en una guerra contra un pueblo de trescientos cincuenta millones de seres humanos, sólo porque algunos súbditos británicos introducen opio en China, violando con ello de modo directo y reconocido las leyes de ese Imperio".

La junta estuvo de acuerdo en dirigir una petición al Parlamento en el sentido de que se hiciera una paz inmediata, y ordenó que se tradujesen al idioma chino las actas de sus juntas y se remitiesen al Emperador de China. Y a pesar de ello, ningún Ministro de la Corona, ningún miembro del Parlamento, se atrevió a calificar esta expresión constitucional de las ideas propias como un acto de traición a la patria. En nuestro mismo país hemos visto a hombres de la más limpia reputación, del patriotismo más preclaro, que se oponían a la guerra de 1812 con la Gran Bretaña, por innecesaria, impolítica e injusta. Ningún monarca constitucional europeo se aventuraría a negar el patriotismo y la lealtad de quienes se opusieran, dentro de las formas sancionadas por las leyes fundamentales del Imperio, a las medidas dictadas por su gobierno.

El sistema de reproches iniciados en el mensaje se prosiguió con todo ardimiento y rudeza en el periódico oficial. El siguiente artículo apareció en el Washington Unían pocos días después del mensaje:

"Un registro de guerra. Proposición oportuna. Se ha sugerido que sería muy favorable a la causa del país abrir un registro de guerra en cada ciudad, población y ranchería, con el fin de conservar noticia auténtica del “toryismo” (3) que exhiban las gentes durante la continuación de la guerra actual. En ese registro se propone que aparezcan los nombres de las personas que revelen demasiado celo por la causa del enemigo y se opongan a la guerra que el pueblo y el gobierno de los Estados Unidos se han visto obligados a sostener por la agresión, el insulto y el latrocinio mexicanos. Además de los nombres de los individuos que se declaren contra la justicia de nuestra causa, deberán anotarse en el registro los sentimientos de ellos que sean particularmente odiosos. Siempre que un individuo exprese simpatía por el enemigo o diga desear la muerte del Presidente o la caída de la Administración nacional como castigo por haberse lanzado a la guerra, los sentimientos de ese tory deberán registrarse en su propio lenguaje, tan literalmente como sea posible. Todas las declaraciones que se trate de inscribir en el registro deberán testimoniarse con el nombre de quien las oyó o quien las haya proporcionado".

La villanía de este artículo no logra esconderse tras el absurdo de la proposición simulada que contiene. Su propósito evidente fue intimidar a los opositores de la guerra mediante el ardid de excitar en su contra manifestaciones de violencia popular. Es un llamamiento del órgano gubernamental a los demagogos de esa época para que acallaran por medio de la fuerza bruta cualquier ataque franco que se hiciese a la guerra. El editor de ese periódico confiaba en el apoyo y el patrocinio del Presidente y sus partidarios y asumía una actitud dictatorial sobre los actos de los legisladores, atacando a cualquiera de las Cámaras con insolencia vulgar cuando se negaba a cumplir inmediatamente los deseos del Ejecutivo. Los miembros del Congreso que votaban en contra de la solicitud de nuevos abastecimientos para el ejército, quedaban estigmatizados con el nombre de Mexican whigs.

Finalmente, un voto del Senado que disgustó a la Administración se anunció como "OTRA VICTORIA MEXICANA". Por fortuna el propósito que se perseguía no se alcanzó. El resultado de esa conducta fue sembrar la indignación, sin intimidar a nadie, y el editor del periódico del Presidente, por decreto formal, no volvió a ser admitido en el recinto del Senado, pues por cortesía hasta entonces se le había otorgado ese privilegio. La causa que se invocó para excluido fue "por haber proferido ataques públicos al Senado".

La conducta que observó ese periódico merece atención únicamente porque era órgano reconocido del Ejecutivo y por su acuerdo patente con el espíritu y los designios de Mr. Polk en su ataque oficial a los opositores de la guerra. Muchos de los jefes del ejército, movidos por las insinuaciones hechas por el Presidente y su órgano periodístico, declaraban hallarse excesivamente escandalizados por las objeciones que se hacían a la guerra. Particularmente el general Twiggs, se mostró tan irritado, que hizo a un lado la decencia y en una comida pública que se le dio en México brindó en esta forma: "Honor al soldado, ciudadano que marcha a la guerra por su patria. Vergüenza a los necios que allá en nuestro país dan protección y ayuda a nuestros enemigos".

Un coronel Wynkoop escribió desde México: "Nosotros los que estamos aquí no vemos diferencia alguna entre los hombres que en 1776 socorrían a los ingleses, y aquellos que en 1847 ofrecen argumentos en favor de los mexicanos y muestran compadecerse de ellos".

Otro coronel de apellido Morgan, declaró en un discurso público: "Todos aquellos que abogan por que se suspenda el envío de provisiones o por el retiro de nuestros ejércitos, disfrazarán sus sentimientos como les sea posible, con las artimañas que prefieran, pero no son sino traidores de corazón (4).

Estos varios intentos de suprimir la libertad de discutir y de expresar las ideas propias, sólo sirven para repetir una lección universal que nos enseña la historia: que la guerra, por su espíritu mismo, es adversa a la libertad civil. Si la guerra hubiese sido de veras popular; si las masas hubieran estado enloquecidas por algunas derrotas; si hubiesen de veras estado sedientas de la sangre de sus enemigos, los esfuerzos del Presidente y de sus partidarios por enderezar su furia contra la débil minoría a la que se les enseñaba a considerar traidores, no hubieran sido infructuosos, y la República americana, tal como la República francesa, hubiera manchado sus anales con un reinado del Terror.

Pero por fortuna, la afirmación del Presidente de que sólo unos cuantos ciudadanos consideraban la guerra injusta e innecesaria, y guerra de agresión además, no tenía mayor veracidad que muchas otras de sus declaraciones. Esta aserción la hizo en su mensaje de diciembre de 1846, época en que su partido tenía una gran mayoría en la Cámara de Diputados. Un año más tarde, en diciembre de 1847, se formó una nueva Cámara elegida dentro de ese lapso; y, "apenas surgida del pueblo", expidió un decreto que decía: "La guerra fue iniciada por el Presidente de los Estados Unidos sin necesidad ninguna y contra los preceptos de la Constitución".

Pero si bien hemos logrado mantener la libertad de palabra y de prensa la sanción que la guerra ha hecho se otorgue a las usurpaciones del Ejecutivo y la sed de conquista y de gloria que la guerra misma ha estimulado, están llamadas a ejercer una influencia duradera y desastrosa sobre la República. Hay otros males políticos derivados de la contienda que merecen analizarse. La nación, que al comenzar las hostilidades estaba libre de toda deuda, se ve ahora agobiada por una multitud de obligaciones pecuniarias. Para libramos de esta carga será necesario durante muchos años imponer fuertes derechos a las importaciones; y tales derechos son en realidad contribuciones que gravan artículos necesarios o que dan comodidad a la vida, no menos reales por el hecho de que sean una contribución indirecta de la que no se dan cuenta los consumidores. Halaga nuestra vanidad nacional el hecho de que se están vendiendo ahora en Europa los bonos de nuestra deuda. Se olvida que de este modo nuestra deuda pasa a manos de extranjeros, quienes recibirán en lo futuro, en vez de nuestros conciudadanos, el pago que de la deuda y sus intereses tendrá que hacer el Tesoro nacional. La Gran Bretaña no pudo sostener un solo año de servicio de su deuda, como no fuese a dar ese dinero a los bolsillos de sus propios súbditos, de donde volvería al Gobierno en forma de impuestos. Nuestra deuda será más onerosa para nosotros mientras mayor sea su monto pagable en el extranjero.

Cuando reflexionamos sobre la vasta extensión que han dado a nuestro imperio las conquistas recientes; el carácter peculiar de la gente que hemos conquistado y que va a ser investida con los privilegios de la ciudadanía americana; los odios regionales engendrados ya por la disputa referente a la extensión de la esclavitud sobre esos territorios; la diversidad de los intereses que existirán entre los Estados del Atlántico y los del Pacífico, y la lucha perpetua por el predominio que deberá entablarse entre un poderoso artesanado que depende de su propia industria y una aristocracia terrateniente apoyada por algunos millones de esclavos, seguramente se justificará nuestro temor de que sobrevengan muchos motivos de irritación, disensiones civiles y finalmente el desmembramiento de la Unión.

No pretendemos descorrer el velo que oculta lo futuro; pero si el adagio de que "en el pecado está la penitencia", ha de aplicarse a las naciones lo mismo que a los individuos, no podemos dudar entonces de que las conquistas que ahora exaltan el orgullo nacional, se convertirán un día en calamidades que lo humillen.

 

NOTAS

1 "Tengo la profunda convicción de que el Presidente no tiene ningún derecho a imponer contribuciones interiores ni exteriores al pueblo de México. Es un acto no autorizado ni por la Constitución ni por las leyes y sumamente peligroso para el país. Si el Presidente puede ejercer en México una facultad que sólo se concede expresamente al Congreso y que aquel no puede ejercer en los Estados Unidos, yo pregunto entonces cuál es el límite del poder del Presidente de los Estados Unidos en México. ¿Tiene acaso también la facultad de hacer gastos con dinero recaudado en México, sin la aprobación del Congreso? Esto es lo que ha hecho ya el Presidente. ¿Tiene acaso también la facultad de aplicar ese dinero a los fines que crea convenientes, y, entre otras cosas, a levantar una fuerza militar en México sin la sanción del Congreso? También esto lo ha hecho ya el Presidente".

Discurso de Mr. Calhoun en el Senado, en marzo de 1848.

"¿Es el establecimiento de un código aduanal en México, un acto de guerra o derivado de la guerra, o un acto legislativo? Indudablemente que es esto último. Yo quiero saber cómo puede el Presidente de los Estados Unidos derogar las leyes de Hacienda de México y establecer en su lugar una nueva, y si podría modificar la ley que rige el derecho de propiedad, la ley de sucesión, el código penal o cualquiera otra parte del derecho mexicano ¿

Discurso de Mr. Webs en el Senado, en marzo de 1848.

2 Había sido Jay mal informado sobre la labor educativa de la Iglesia Católica en México.
(Nota del T.).

3 La palabra tory se aplicaba en Inglaterra al Partido Conservador, y su derivado "Toryism" era el credo político del Partido Tory o la adhesión a ese credo. En este caso se llama "tories" a quienes combaten al Gobierno del Presidente Polk por razones semejantes a las doctrinas de los tories.

4 Tomamos estas efusiones militares de la prensa del día.

 

 

CAPÍTULO XXXII
DEGRADANTES CONSECUENCIAS DE LA GUERRA

Las malas y las buenas inclinaciones del hombre se acentúan cuando se les cultiva. Un voluntario del ejército, al describir en una carta sus impresiones de la primera vez que entró en combate, menciona el hecho de que al disparar se sintió agobiado por el temor de que pudiera matar a alguien; pero después de un rato le entró tanto afán como a los demás de matar enemigos.

Desde el principio de las hostilidades se suministraron al público casi diariamente en los periódicos relatos minuciosos de las batallas y los bombardeos, de los cuerpos mutilados y todas esas formas y manifestaciones del sufrimiento humano causado por la guerra:

"Niños y niñas y mujeres, que llorarían de dolor al ver a un pequeño arrancarle la patita a un insecto, leen las noticias de la guerra y esto parece constituir la diversión mayor en la mesa del desayuno. Todos son sabios, conocedores, bien enterados, con dominio técnico, en materia de triunfos y derrotas y en todos los términos elegantes que expresan lo mismo: fratricidio; términos que dejamos deslizarse tersamente por nuestras lenguas como si fuesen sólo abstracciones, sonidos vacuos, sin relación con sentimiento alguno, cosas carentes de forma. Como si el soldado muriese sin una sola herida; como si las fibras de ese cuerpo hecho a semejanza de Dios, pudieran sangrar sin dolor; como si el infeliz que cayó en la batalla cuando realizaba crímenes sangrientos, subiese al cielo, transportado, no muerto; como si no tuviese esposa que llorara por él ni Dios que lo juzgase?” (1).

Este comercio constante con el sufrimiento humano, en vez de inspirar compasión ha despertado las pasiones más viles de nuestra naturaleza. Se nos ha enseñado a repicar las campanas, a iluminar los balcones y echar cohetes en señal de júbilo al enteramos de la gran ruina y devastación, la desdicha y la muerte que han sembrado nuestras tropas en un país que jamás nos ofendió, que nunca disparó un balazo en el suelo nuestro y que estaba completamente incapacitado para defenderse de nosotros (2).

Ni siquiera la consideración de que al correr sangre mexicana corría también la sangre de los nuestros en el campo de batalla, fue parte a contener nuestra satisfacción por el hecho de que México sangraba. Nuestros vecinos, amigos y compatriotas, a millares, cayeron en la lucha o hubieron de yacer en los tediosos hospitales; pero sus padecimientos nos produjeron tan escasa compasión y cuidado como las penas de los mexicanos. La nación había ganado gloria y ganaría también tierras; y los políticos se mostraban ansiosos de ganar popularidad, rivalizando entre ellos para ver quién lanzaba los gritos de gozo más ensordecedores. ¡Ay, en muchos casos esos gritos procedían de los mismos labios que habían atacado antes la guerra como inconstitucional, como injusta y aun criminal!

La lucha entre las convicciones de la conciencia y el ansia de ganar el favor popular, indujo a otros políticos, no nada más a los whigs, a incurrir en una contradicción extraña y casi risible.

En los últimos años hemos oído hablar bastante a unos filántropos de cierto tipo, respecto a la inviolabilidad de la vida humana, y vemos que se han organizado sociedades para propugnar la abolición de la pena capital. La vida es un don concedido por la Divinidad, que sólo puede ser arrebatado debidamente por su Dador. Todo esto está muy bien si se aplica a los felones americanos; pero hacerla extensiva a hombres, mujeres y niños mexicanos, inocentes de todo crimen, resultaba, claro está, dar "protección y ayuda" al enemigo. Por esta razón, hemos visto, en una de nuestras ciudades mayores, el espectáculo singular de que un presidente de cierta sociedad constituida para combatir la pena de muerte, presidiese una junta numerosa y feroz reunida para apoyar la guerra. El presidente de otra sociedad parecida, político prominente, aceptó y desempeñó el encargo nada consecuente con sus opiniones de hacer entrega a un general que goza de alguna popularidad, de una espada que se le ofrecía como homenaje.

Esa parte de la prensa pública que apoyó la guerra, en muchos casos ha sido instrumento para la difusión entre la masa popular, de los sentimientos más despiadados y feroces. Por supuesto que la política del partido dominante consistió en excitar las pasiones del pueblo contra México; fomentar la admiración por la fuerza militar y reprimir todo sentimiento compasivo que pudieran inspirar aquellos a quienes estábamos asesinando y saqueando. Por esta razón muchos de los periódicos belicosos se esforzaban a todas luces por pervertir el sentido moral de la comunidad y hacían mofa y ludibrio de los sentimientos religiosos naturalmente ofendidos por el carácter y los sucesos de la guerra.

Unas cuantas citas servirán para ilustrar lo expuesto. Mr. Polk, como hemos visto, en tanto devastaba a México, a toda hora estaba suspirando por la paz. Sus periódicos se ponían a la altura de los planes más brutales para "conquistar la paz".

Uno de esos periódicos dijo:

''Ahora debemos destruir la ciudad de México, arrasarla por completo; tratar a Puebla, Perote, Jalapa, Saltillo y Monterrey del mismo modo, y aumentar entonces nuestras demandas hasta insistir en que se nos dé posesión perpetua del Castillo de San Juan de Ulúa, como clave del comercio en el Golfo de México. De este modo salvaremos centenares de vidas. Ocupemos todos los puertos del Golfo y del Pacífico para recaudar ingresos con que se paguen las erogaciones de la guerra. Esto obligará a los mexicanos a pedir la paz".

Otro periódico decía:

"A menos que agobiemos a golpes a los mexicanos, que hagamos llegar la destrucción y la pérdida de vidas a todos sus hogares y les hagamos sentir el peso de nuestras armas, no nos respetarán jamás". El propio órgano periodístico de Mr. Polk, el periódico oficial Unían, declaró: "Nuestra labor de subyugación y conquista debe seguir adelante con toda rapidez y con creciente fuerza, y, hasta donde sea posible, a costa de México mismo. En lo sucesivo debemos buscar la paz e imponerla mediante la tarea de arrojar sobre nuestros enemigos todas las calamidades de la guerra".

Estos bárbaros sentimientos, que eran muy comunes en todo el país, agravaban su atrocidad por los calumniosos pretextos a que se echaba mano para promoverlos. Nosotros, un enemigo invasor, habíamos de hacer matanzas en grande escala y arrasar ciudades, para procurar una paz que hubiera sido nuestra en cualquier momento, con sólo que cesáramos de agredir a los mexicanos. Si hubiéramos resuelto retirar a nuestros ejércitos, muy bien sabíamos que el enemigo no tenía medios para vengar los enormes daños que ya le habíamos causado. México estaba peleando nada más en defensa propia, y la única paz que deseábamos nosotros, la única paz que estábamos dispuestos a conquistar, era la cesión del territorio por el cual iniciamos la guerra.

No solamente se había lanzado un reto a los preceptos generales de justicia y de humanidad en esa forma, sino que hasta se habían hecho esfuerzos notorios para ganar la admiración pública hacia actos de ferocidad y de impiedad cuyo propósito deliberado era dar pábulo al espíritu guerrero. Se dijo que un tonto chiquillo de once años había escrito una carta a cierto general pidiéndole que aceptara sus servicios contra los mexicanos, y ufanándose de que tenía dinero bastante para comprar un par de pistolas y un puñal. La carta de ese chiquillo apareció en los periódicos con este encabezado: "THE RIGHT KIND OF SPIRIT" (3). Muchas anécdotas de oficiales americanos, relatos que si fuesen verdad no podrían menos de ofender a quienes reverencian las verdades del Cristianismo, se han narrado en voz alta como ejemplos de patriotismo y heroicidad americanos. Así tenemos por ejemplo el cuento de un capitán que fue herido mortalmente y estaba agonizante. "Todo su maxilar inferior, con parte de la lengua y el paladar, desapareció por obra de un balazo; sólo podía expresar sus pensamientos escribiendo en una pizarra. Ya no quería vivir. Al final de una respuesta que dio por escrito a ciertas preguntas que le hicieron respecto a la batalla del día 9, escribió esta frase: “We gave the Mexicans hell” (4).

Esta frase tan peculiarmente horrible, especialmente cuando la profiere un hombre que está al borde de la tumba, llegó a hacerse popular y casi distinguida, y mandar a los mexicanos al infierno parecía ser el glorioso privilegio y al mismo tiempo el supremo deber de los cristianos estadounidenses. Hubo un periódico en Misisipí que hizo suya esa frase agregándole esta blasfemia:

"Por un error aparece en nuestra primera plana el fragmento de un poema titulado "Canción de la Espada" (5). Según parece, en ausencia nuestra, quizá porque los muchachos impresores carecían de otros artículos para llenar el periódico, escogieron esa canción para cubrir un hueco y la insertaron.

No vimos nosotros ese poema sino cuando ya era demasiado tarde para hacer correcciones. No expresa nuestros sentimientos esa composición. Es propia de los whigs, y de mala calidad literaria, hasta eso más. Nosotros nos declaramos en favor de que se mande a los mexicanos al infierno, sea Cristo nuestro guía o no lo sea".

Bajo el epígrafe "Noble hazaña", se nos cuenta en otro periódico de un soldado mortalmente herido que protesta porque se lo llevan del campo de batalla y exclama que él es ya "un hombre muerto, pero maldito sea si no desea matar a otros enemigos".

Se hicieron algunos comentarios desfavorables a propósito de ciertas expresiones procaces que se dice escaparon de los labios del general Taylor en el calor de la batalla. Nosotros confiamos en que esto no sea verdad. Pero un periódico de Nueva Orleans replicó a los críticos:

"Resulta una afectación despreciable y mezquina que cualquiera que conozca al general simule escandalizarse por lo que de él se cuenta como ocurrido en Buena Vista. Es una vil simulación para halagar a las almas puritanas que usan exclamaciones tomadas de un vocabulario más económico que el que suele usarse en los campos de batalla. Las palabras salieron de la boca del general Taylor y sin duda fueron tan aceptables para el cielo como el estruendo del cañón que sembró muerte en las filas enemigas y cubrió el campo de cadáveres".

Los pocos ejemplos que hemos citado (y que podrían multiplicarse indefinidamente) indican las influencias perniciosas a que ha estado expuesta la opinión pública por obra de los esfuerzos realizados para crear y sostener el espíritu bélico de la comunidad.

En algunos cuantos casos hasta la Iglesia ha tomado parte en esta labor non santa de corromper la opinión pública. Desde el púlpito se han lanzado bendiciones ocasionalmente a los invasores de México, y algunos ministros de Cristo 6 han dado la sanción de la fe religiosa que ellos profesan, a la causa en que murieron los individuos en cuyo honor se hacían ceremonias militares fúnebres. En algunos casos se han predicado sermones que contienen muy poco del espíritu del Príncipe de la Paz. A los hombres que han perdido la vida en el acto de llevar voluntariamente la espada y la tea incendiaria a un país extranjero, se les ha presentado a veces a la admiración de sus compatriotas señalándolos como caídos en el cumplimiento de su deber. Pero los patriotas reverendos que así obraron, omitieron informar a su auditorio de que los mexicanos que cayeron en defensa de sus mujeres y sus hijos obedecían el mandato del deber tanto o más que el voluntario americano. No dejaron tampoco esos ministros que pasara sin provecho la oportunidad que se les ofrecía para sacar la obvia conclusión de que, así los americanos como los mexicanos, no hicieron otra cosa sino cumplir con el deber de matarse entre ellos; que la matanza mutua es un sacrificio aceptable al Padre común de todos, y que está de acuerdo con los preceptos del Divino Redentor. Varios miembros del Clero norteamericano fueron consecuentes con las doctrinas que enseñaban y ajustaron a ellas su conducta. Así vemos en un periódico de St. Louis la noticia de que "un pastor bautista fue muerto en combate", y un elogio de su patriotismo. El periódico New Orleans Picayune mencionó así a otro ministro militante de la Iglesia:

"Una compañía de cerca de noventa hombres llegó ayer aquí de las parroquias foráneas bajo el mando del reverendo Richard A. Stewart. El capitán Stewart es un digno sacerdote de la Iglesia Metodista, que no permite que cosa alguna le impida el desempeño de ese deber que todo ciudadano tiene contraído para con su país en la hora de peligro".

Al parecer, el reverendo capitán se esmeró tanto en ''la hora de peligro" de su país, que adquirió cuando menos el honor de la conspicuidad que los hombres confieren, porque al retornar de la guerra, vemos que otra vez lo menciona el Picayune cierto día de febrero de 1848. En una noticia referente a una junta política en favor de Taylor habida en la ciudad de Nueva Orleans, decía el periódico:

"Mr. Stewart, de Iberville, propuso a la asamblea que se designara como candidato a la presidencia de la República al general Zacarías Taylor. Un miembro de la Convención se levantó para secundar la moción y dijo que como el proponente quizá no era conocido de todos los convencionistas, él quería presentado; que se trataba del reverendo coronel Stewart, de Iberville, el clérigo combatiente. (Atronadores aplausos)".

Sin embargo, es de estricta justicia reconocer, y hacerla así con profundo agradecimiento, que el sagrado ministerio rara vez ha sido profanado porque uno de sus miembros vindicara la guerra contra México; y en cambio son numerosos los casos en que cuerpos eclesiásticos y algunos pastores individualmente, con valor y fidelidad cristianos, expusieron y denunciaron toda la iniquidad de esta guerra. Ni siquiera se puede decir que solamente los clérigos se opusieran a tan inicua lucha. Toda la comunidad religiosa, especialmente en el Norte, con muy contadas excepciones, se mostró unánime en la reprobación de la guerra. De hecho, si no hubiera sido por los actos y los esfuerzos de los políticos, de hombres que estaban luchando por conservar los puestos que desempeñaban en el Gobierno y de otros que trataban de alcanzar elevadas posiciones que mucho codiciaban, la gran masa del pueblo hubiera considerado la guerra como un positivo horror.

El sentido moral de la nación quedó embotado por el sentimiento que artificialmente cultivaron los políticos de los dos partidos con aquel grito de guerra: "NUESTRO PAÍS, JUSTO O INJUSTO". Claro está que el propósito era disculpar a los dos partidos por el apoyo que dieron a la guerra, afirmando que el amor a la patria es más imperativo que la obligación moral.

La guerra ha ejercido también una influencia en extremo desastrosa al familiarizar el oído del público con las falsedades de la propaganda que tendían a quitar al pecado toda su vileza. Se elevó la mentira a muy alto rango, tanto por su magnitud y la importancia de los fines que perseguía, como por la elevada posición de aquellos que descendían a la bajeza de usar la falacia como instrumento de sus designios.

Justa fue la lamentación del Profeta cuando dijo:

"La verdad rueda en las calles por el arroyo". En nuestros días, la guerra mexicana ha hecho a la verdad morder el polvo, no sólo en las calles de Washington, sino en todas las vías públicas del país. El mensaje de Mr. Polk expedido en diciembre de 1846 en defensa de la guerra, ha sido llamado "una pirámide de mendacidad".

Ocuparía demasiado espacio el examen minucioso de los diversos materiales que integran esa vasta estructura, por lo cual nos limitaremos a dar sólo unos cuantos ejemplos que el lector atento de las páginas anteriores estará perfectamente capacitado para analizar por sí mismo.

"La guerra actual con México -decía el mensaje de Mr. Polk- no fue ni deseada ni provocada por los Estados Unidos; por el contrario, se recurrió a todos los medios honorables para impedirla. Tras años de soportar las ofensas crecientes que nos hacía México, ese país, violando las estipulaciones de un tratado solemne, rompió las hostilidades y de este modo, con su conducta nos obligó a entrar en la guerra. Mucho antes de que avanzara nuestro ejército por la orilla izquierda del Río Grande, ya teníamos nosotros bastantes causas justas para hacer la guerra a ese país; y si desde entonces los Estados Unidos hubieran recurrido a tal extremo, habríamos podido apelar a todo el mundo civilizado pidiéndole que reconociera la justicia de nuestra causa".

He aquí otro párrafo del mensaje: "Los ultrajes que hemos sufrido de México casi desde que se convirtió en país independiente y la paciente indulgencia con que los toleramos, no tienen paralelo en la historia de las naciones civilizadas modernas': Y este otro: "La anexión de Texas a los Estados Unidos no constituiría una justa causa para que México se diese por ofendido". "Ocupaba sus posiciones el general Taylor en la orilla oriental del Río Grande, dentro de los limites de Texas, que acababa de ser admitido como Estado de nuestra Unión, cuando el comandante general de las fuerzas mexicanas, obedeciendo órdenes de su Gobierno, reunió un gran ejército en la orilla opuesta del Río Grande, lo cruzó e invadió nuestro territorio y rompió las hostilidades atacando a nuestras fuerzas': "Todo esfuerzo honorable lo he hecho para evitar la guerra que siguió a esos acontecimientos, pero en vano. Nuestro empeño en conservar la paz fue recibido con insultos y resistencia por parte de México". "Esta guerra no se ha hecho con fines de conquista...:', etc.

Con una tenacidad rara vez igualada, Polk anunció al Congreso el 6 de julio de 1848 que:

"la guerra en que nuestro país se vio envuelto contra su voluntad para la necesaria vindicación de los derechos y el honor nacionales, ha terminado".

Las ficciones de Mr. Polk eran repetidas por su partido con toda la gravedad de una creencia sincera. Los whigs en el Congreso, con contadas excepciones honorables, siguieron una política diferente. Confesaban sin temor alguno que la guerra en cuyo favor habían votado, era innecesaria e injusta, una guerra de agresión y no de defensa; y decían que la afirmación en cuyo favor ellos habían puesto sus nombres en un documento perdurable, en el sentido de que la guerra había sido resultado de la conducta de México, era falsa. Se disculparon cuanto pudieron. También ellos tenían razones ficticias que aducir en su defensa. Aseguraban que votaron en favor de que se reclutaran cincuenta mil hombres, únicamente porque lo creyeron necesario para rescatar al general Taylor y su pequeño ejército, ¡a punto de que los capturaran los mexicanos!

Las falsedades referentes a la guerra mexicana acuñadas en Washington, se convirtieron en moneda circulante en todo el territorio de los Estados Unidos. Se les hallaba en casi todos los despachos oficiales; se insertaban en la prensa; los gobernadores en sus mensajes las hacían pasar como expresiones verídicas y otro tanto hacían las legislaturas en sus resoluciones o decretos. ¿Quién puede calcular el daño hecho a la moral de la nación por ese desprecio tan común para la verdad? El ejemplo que ofrecen hombres conspicuos por su talento, su influencia y su posición, tiene que influir forzosamente para el bien o para el mal. "Cuando el justo ejerce autoridad el pueblo se regocija; pero cuando el malvado es el que manda, todo el pueblo padece': Con toda razón se ha dicho que la verdad y la confianza que ella inspira, son la base de la sociedad humana, y que el error es la fuente de toda iniquidad. ¡Cuán deplorable es por lo tanto que el amor a la verdad y el aborrecimiento de la mentira se debiliten por obra de la autoridad que ejercen y el ejemplo que dan los que ocupan altos puestos! Pero este asunto se relaciona con algunas consideraciones de mayor cuantía que aquellas que pertenecen sólo a hechos transitorios. Pronto entraremos cuantos ahora existimos, en una existencia sin fin, en que la tristeza y la falsedad se desconocen, o en otro lugar en el que la alegría y la verdad están para siempre excluidas.

Es seguro que entre las más tremendas responsabilidades que pesan sobre los autores y partidarios de la guerra mexicana, se incluirá la corrupción de la opinión pública y la depravación moral que ellos originaron en el país.

 

NOTAS

1 El original está escrito en verso.

2 Dice un hábil escritor: "Unos caballeros americanos que son esposos y padres de familia, enviaron un ejército a cobrar a varios caudillos mexicanos una deuda, bombardeando para ello Veracruz. De día y de noche ha llovido horrenda tempestad de granadas sobre la ciudad devota. Caballeros cristianos eran los que manejaban los cañones y encendían ese fuego infernal. Madres e hijas huían dando alaridos por las calles y con frecuencia sus cuerpos hechos pedazos quedaban sepultados bajo las ruinas de sus hogares. Las granadas hicieron explosión en hospitales de niños, junto a las camas de los enfermos imposibilitados de moverse, en salas en que se albergaban gentes delicadas y piadosas. Muchas mujeres quedaron con los miembros desprendidos, mutilados por las bombas disparadas por esos caballeros americanos. Un gran número de damas, en el terror de aquel espantoso bombardeo, huyeron a refugiarse en el sótano de una de las más ricas mansiones de la ciudad, construida de piedra, con la esperanza de hallar en ese recinto protección contra las máquinas destructivas que habían demolido tantas casas, y que en forma sangrienta las había enlutado al dar muerte a muchos de sus más caros amigos. El tronar de los cañones en el bombardeo; el estallido de las granadas; los lamentos de los moribundos, traspasaban la obscuridad de aquel sótano e infundían locura y pavor en las temblorosas mujeres allí reunidas. De pronto cae una bomba en el techo de la casa y atraviesa techo y piso hasta llegar al sótano, donde hace explosión; y los cuerpos de esas madres y doncellas, sangrientos y hechos pedazos, vuelan en tomo y azotan las paredes. Y esta es la manera honorable de hacer una guerra; esta es la manera cristiana de combatir... ¡El resultado de tales escenas es celebrado con fiestas cívicas, fuegos artificiales e iluminaciones! Hombres respetables, hombres humanitarios, hombres que se sientan a la mesa de Jesucristo como sus discípulos, que publican periódicos destinados a guiar el mundo hacia los sentimientos y las prácticas cristianas, consideran que ese procedimiento es conveniente para exigir el pago de una deuda".

3 Esta frase dice que la actitud del muchacho revela el espíritu que realmente corresponde a un patriota, un espíritu justo, debido, adecuado.

4 Un equivalente aproximado de esta cruda frase, sería en español con suma suavidad, la frase siguiente: "Mandamos a los mexicanos al infierno". La palabra hell (infierno) se considera de una procacidad villana en el idioma inglés.

5 Un poema inglés sobre la guerra que no contiene alusión ninguna a los Estados Unidos.

6 No católicos, sino de las numerosas sectas peculiares de los Estados Unidos (N. del T.).

Tomado de Jay William. Revista de las causas y consecuencias de la guerra mexicana. Presentación de Mauricio Valdés Rodríguez. IPAEM. Toluca. 2013. 424 pp.