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Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1833 El General Santa-Anna, al abrir las sesiones extraordinarias.

Junio 1 de 1833

¡REPRESENTANTES DE LA NACIÓN:

El Consejo de Gobierno ha usado de la facultad que la Constitución le concede para reuniros en sesiones extraordinarias. Volvéis á las penosas tareas que la Nación os impuso como deber, y será satisfecho con el celo por la cosa pública que siempre os ha animado.

Para que se satisfagan los deseos de los amigos de la paz, será muy conveniente que se dé complemento al Convenio de Zavaleta, combinando los intereses de la sociedad y vuestras miras generosas y humanas.

Es digno de vuestra especial consideración el arreglo de todos los ramos de la hacienda federal y el urgente del crédito público.

Las necesidades del Ejército y de la Marina reclaman del Legislativo su pronta reorganización.

La administración de justicia, particularmente en el Distrito Federal y Territorios, exige del legislador la preferencia debida á las primeras garantías del hombre y á los derechos del ciudadano.

Cuanto dice relación á los límites de la República, interesa á la integridad de su territorio y á la conservación inalterable de la paz. El Gobierno espera de vuestra sabiduría, leyes que afiancen estos bienes.

La aprobación de los tratados pendientes con las naciones amigas, les dará un nuevo testimonio de los principios francos de nuestra política.

El Gobierno no encuentra motivo para recelar que puedan frustrarse las esperanzas que ha concebido la Nación, de marchar serenamente al término de sus destinos.

Las instituciones federales están profundamente arraigadas en el corazón de los mexicanos. Aleccionados por dolorosas experiencias, desatienden los pretextos que suelen invocarse para sobreponerse á los principios y turbar los goces benéficos de la concordia.

REPRESENTANTES DE LA NACIÓN:

El Gobierno está unido sinceramente á vosotros en el noble propósito de mantener ilesas sus leyes y su dignidad.. Comenzad, señores, vuestros trabajos, apoyados en la confianza del buen sentido del pueblo, y en la de que el Gobierno es fiel á sus juramentos. Estad seguros de que cualquiera que sea la marcha de los acontecimientos, el Gobierno sabrá con incontrastable firmeza salvar el depósito sagrado de las leyes.

 

 

Contestación del Presidente del Congreso, Sr. D. José de Jesús Huerta.

El Congreso de la Unión se penetra do la importancia y urgencia de los objetos que motivan la apertura de sus sesiones extraordinarias, después de solos diez días de haber estado en receso. Mira con el más dulce placer el vivo interés con que los recomienda el Ejecutivo, y el amor patrio que arde en el pecho de cada uno do sus individuos; frisa armoniosamente con los heroicos sentimientos del soldado del pueblo, que por el voto más libre que vieron los siglos, ha sido llamado á encargarse de la Magistratura Suprema de la República.

¿Ni cómo podría ser otra cosa? Digan lo que quieran los que nada omitieron de cuanto podía conducir á sumirnos en el inmundo fango de la esclavitud, la nación en el triunfo de su libertad ha sabido escoger sus mandatarios; y estos primero dejarán de existir que faltar á sus compromisos: jamás harán traición á la confianza de que son depositarios. Ellos conocen su posición; conocen la de sus comitentes; conocen las necesidades de éstos; conocen sus deseos, y, sobre todo, sus opiniones: y con este conocimiento, dejádmelo decir, mexicanos, en la efusión de mi espíritu, el Gobierno y el Congreso, sin salir de la órbita de sus atribuciones buscarán unidos el acierto en el difícil desempeño de sus respectivas obligaciones... ¡Desunión! ¡Desconfianza! Huíd para siempre de la mansión de la paz, de la unión y de la concordia. Aquí no habrá más que un corazón y una alma, y el deseo de hacer el bien será el único resorte que dé impulso á las operaciones de los Supremos Poderes Federales. Ellos, respetando las leyes y aspirando de consuno á un mismo fin, sabrán contrastar y reducir á nulidad los esfuerzos con que el genio del mal atiza en diversos puntos el fuego de la discordia.

Escritores preocupados, eternos perturbadores de la quietud y sosiego públicos, desengañaos: el pueblo no quiere trastornos, lo que quiere es vivir en el seno de la paz, disfrutando tranquilamente de las conocidas ventajas que le ofrece el sistema de Gobierno que adoptó y por el que lleva hechos basta hoy tantos y tan dolorosos sacrificios. Ni debéis esperar que en su inmensa mayoría preste oídos á la voz de la seducción: el buen sentido que tiene por distintivo, ayudado por el progreso de las luces, verá con desprecio los sofismas, las equivocaciones y supercherías con que habéis querido extraviarlo. El pueblo de hoy no es el de 1810. Pero no sé á dónde me impelía el tropel de ideas que en este momento se presentan á mi espíritu. Vuelvo al asunto.

Los debates del cuerpo deliberante, á pesar de los insultos y amenazas que prodiga el abuso de la imprenta, serán tan libres como lo fueron, á despecho de enemigos implacables, los actos electorales que dieron por feliz resultado el restablecimiento del orden constitucional, después de la sangrienta lucha que hizo cesar el memorable Convenio de Zavaleta con gloria inmarcesible de sus ilustres autores. Pero en las discusiones el calor del debate jamás se confundirá con el odio, ni el vivo deseo de poner un término á las dolencias de la República podrá nunca degenerar en espíritu de venganza. Tales sentimientos no caben en los representantes de un pueblo generoso que ha perdonado mil veces á sus más crueles opresores.

Las leyes que van á emanar del Congreso General, serán el efecto del convencimiento: su apoyo el de la razón, de la justicia y de la conveniencia: su carácter el de la beneficencia, de la suavidad posible, y su fin la prosperidad y felicidad nacional. Si por desgracia llega el caso, lo que no permita el cielo, de que algunas medidas legislativas vayan marcadas con el sello de una severidad inevitable, quizá entonces el Gobierno y el Congreso, serán los primeros en lamentar la dura necesidad de dictarlas violentando sus más bellas disposiciones de dulzura y lenidad. No es seguramente la caprichosa insensibilidad del facultativo la que echa mano del cáustico y de la incisión: lo que hace necesaria la aplicación de remedios tan aflictivos, es la misma gravedad de los males que se resisten obstinadamente á toda otra curación.

En fin, el Congreso tomará de luego á luego en consideración los asuntos que se le detallan en la convocatoria, dando, como es justo, la preferencia á los que acaba de recomendar el Gobierno. Sus tareas legislativas en estas sesiones extraordinarias, podrán compensar las que por motivos que todo el mundo conoce, no pudo tener en una buena parto del tiempo que prescribe la Constitución; esa Constitución tan querida del pueblo y tan odiada por los enemigos del nombre mexicano; esa Constitución perseguida desde su nacimiento, atacada repetidas veces en los nueve años que lleva de existencia, y que últimamente ha venido á nuestras manos rota y hecha pedazos por la maniobra de una facción, cuyo designio fué nada menos que el de que quedase destruida y olvidada para siempre. 

 

 

 

 

 

Informes y manifiestos de los Poderes Ejecutivo y Legislativo de: 1821 á 1904 [publ. hecha por J. A. Castillón de orden de del Señor Ministro de Gobernación don Ramón Corral]. México. Imprenta del Gobierno Federal. 1905. pp. 165-167.