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Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

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ISBN 970-95193

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1816 Voto particular de Francisco de Arango y de otros Consejeros de indias en el asunto de la abolición del tráfico de negros.

Madrid, febrero 15 de 1816.

 

VOTO PARTICULAR
del Sr. don Francisco de Arango y de otros Consejeros de indias en el asunto de la
ABOLICIÓN DEL TRAFICO DE NEGROS.

Los Ministros don Francisco Requena, don Francisco Ibáñez Leiva, don Francisco de Arango, don Francisco Javier Caro de Torquemada, don José Navia y Bolados, don Bruno Vallarino y don Mariano González de Merchante piensan de diferente manera: su dictamen es el siguiente:

Estamos conformes en que se prohíba el tráfico de negros: toda la Europa desdiciéndose ahora de sus antiguas máximas acaba de estipularlo así en obsequio de la humanidad; y ni sería decoroso que España rehusara tomar parte en tanta gloria; ni adelantaría nada con rehusarlo. Inglaterra dueña y señora de los mares, desea ardientemente la universal y perpetua abolición de este tráfico, y como tiene medios harto poderosos de conseguir a todo trance su deseo, inútil y aun perjudicial sería de nuestra parte cualquiera oposición. Mas de ningún modo podemos convenir en que el tráfico de negros se prohíba repentinamente. Los Estados Unidos de América que se ufanan de haber sido los primeros en prohibirle, concedieron a sus súbditos veintiún años de plazo. El Parlamento de la Gran Bretaña no tardó menos de diecinueve en oír a los hacendados de sus colonias, y acogían cuantas noticias podían esclarecer la materia, y encaminar con acierto su debate y decisión. El Príncipe Regente de Portugal le prohibió cinco años después de haber ofrecido a S. M. Británica que coadyuvaría al logro de sus designios y aun esta prohibición no fue general sino limitada a las costas de África que están al Norte del Ecuador pues; respecto de las que están al Sur, S. A. R. ha querido reservar y diferir la prohibición para otro tiempo y otro tratado. Imitando el ejemplo de estas tres naciones; nada se aventura, por el contrario, desviándose de las sendas que ellas han orillado con próspero suceso, se traspasan las reglas de la justicia, se desestiman las más prudentes máximas de la política; y sobre todo esto se corren grandes riesgos, tanto más temibles cuanto son menos previstos.

Cerradas las costas de África a todas las naciones europeas, las provincias de América que se encuentran en la triste necesidad de cultivar sus tierras con esclavos, no tienen medio ninguno para suplir la falta de los que mueran o se ahorquen. A lo cual es consiguiente que suba mucho el valor de los que ya existen en aquellas regiones, que se disminuya indefinidamente el producto de las Haciendas, y que el precio de los frutos crezca en razón compuesta de aquella subida y de esta disminución. Esos daños harto dignos de consideración por sí solos, llegarían a un término que la prudencia humana no puede calcular ni preveer, si la prohibición del tráfico fuera repentina. Averiguada cosa es por cuantos han querido observarla, que las haciendas de América no tienen para su cultivo los negros que se necesitan y que en ninguna de ellas el número de hembras es proporcionado al de varones. Prohibir súbitamente el tráfico de negros en tan desventajoso estado de cosas sería acelerar los perjudiciales efectos de la prohibición y hacerlos más insoportables: sería condenar millares de hacendados a perder una buena parte de sus rentas, y lo que es más a sufrir sin poderlo remediar un gran deterioro y menoscabo en sus capitales: sería cegar de improviso todas las fuentes de prosperidad, y querer que el luto y la miseria hiciesen presa de los países donde ahora reina la alegría y la abundancia.

Pero dejemos a un lado los intereses de los propietarios y olvidándonos de la justicia que tienen para exigir del Gobierno que no los destruya de una plumada, y en un solo instante: fijemos nuestra consideración en la triste suerte de los infelices que ya son esclavos. Sin mujeres con quienes casarse pasarán su amarga vida en violento e insoportable celibato, privados para siempre de las dulzuras y consuelos que el matrimonio facilita a todos los hombres, y más particularmente a los desgraciados. Desprovistas las haciendas de los brazos necesarios para su labranza y creciendo cada día esta escasez de brazos, los pocos que en ella queden habrán de hacer las mismas faenas que antes se repartían entre muchos; pues los amos a trueque de que sus rentas no mengüen y sus capitales decaigan lo menos que sea posible, recargarán a sus esclavos con mayor trabajo. Como el valor de éstos ha de subir exorbitantemente les será más difícil la consecución de su libertad, porque ni ellos tendrán tanta facilidad en juntar el peculio necesario para comprarla, ni los amos serán más francos y generosos en otorgársela. Así el ponderado y dudoso bien que se intenta hacer a los habitantes del África redunda en daño y calamidad de sus hermanos. Nos interesamos por unos bárbaros sin policía ni civilización y que nunca han usado de su libertad sino para venderse o devorarse; y nos olvidamos de aquellos a quienes nuestra comunicación y nuestra enseñanza han hecho racionales trabajadores, industriosos y cristianos. Escrupulizamos privar a aquellos de su vana y quimérica libertad; y a estos les remachamos las cadenas y se las hacemos más pesadas.

Ya que nos olvidamos de los esclavos de América y aun de sus amos, razón sería que nos acordáramos de nuestros propios intereses, y que en la actual penuria del Erario aprovecháramos la favorable ocasión que se presenta para exigir algo de los ingleses en recompensa de la prohibición que tanto desean. Esta máxima política practicada en todas las naciones del mundo no pudo ocultarse a la penetración de S. M. y así cuando ofreció prohibir el tráfico de negros dentro de ocho años, exigió ciertas condiciones que no sabemos cuáles fueron. Sin que éstas se hayan verificado todavía, pretenden ahora los ingleses que el plazo de ocho años se reduzca a cinco. En tal estado de cosas lo más natural y más sencillo sería consultar a S. M. que accediera a esta pretensión; que ponderara bien el servicio que en ello hacía, y que exigiera en retribución de este servicio las mismas condiciones que había exigido anteriormente, o las que su alta comprensión juzgase más convenientes al bien general de sus dominios. Si en vez de seguir este camino señalado por la prudencia se prohíbe inmediatamente el tráfico de negros, los ingleses no creerán que en esto se hace ningún sacrificio, puesto que se les concede aún más de lo que solicitan. No habrá términos hábiles para estipular cosa ninguna por vía de resarcimiento, y S. M. perderá inútilmente los auxilios que de una nación rica y poderosa podría exigir con tan injusto y decoroso título.

¿Y qué dirán los habitantes de América de una prohibición tan súbita, tan inesperada y tan contraria a su bienestar? ¿Verán con gusto o al menos con indiferencia que se les cierre de improviso y para siempre el mismo camino por donde pueden surtirse de los brazos que necesitan? Por los clamores con que la Isla de Cuba pide que se prorrogue el plazo de doce años concedido a los buques españoles en la Real Cédula de 22 de Abril de 1804 para la introducción de negros bozales, pudiéramos asegurar, sin recelos de engañamos, que los hacendados de aquella Isla llevarán muy a mal la repentina abolición de este tráfico. Los perjuicios que ocasione esta repentina abolición en las demás partes de América serán más llevaderos, y de ahí provendrá tal vez el silencio que todas ellas han guardado; más en la isla de Cuba han de ser enormes e insoportables, y este convencimiento es la poderosa causa de sus clamores y repetidas instancias. Debiéndose los rápidos progresos de aquella Isla a la introducción de negros que cultivan sus campos y a la exportación que han hecho de sus frutos las naciones extranjeras, al punto que cualquiera de esos dos móviles deje de obrar es forzoso que decaiga su agricultura, se amortigüe su comercio y desaparezca su opulencia con más o menos celeridad. El tránsito de la abundancia a la escasez de la riqueza a la miseria es muy duro de hacerse y nunca se hace sin suma repugnancia. Las dos últimas guerras con Francia y la Gran Bretaña pusieron insuperables estorbos a la introducción de negros en dicha Isla. Los corsarios de Cartagena han estado y están todavía dificultando esa introducción, y hasta los ingleses han apresado por frívolos pretextos varios buques españoles que hacían este comercio. Por estas causas han sido ilusorios para la Isla de Cuba los doce años señalados en la Real Cédula de 22 de abril y por las mismas se encuentran hoy sus haciendas tan desprovistas de brazos como si tal permiso no se hubiera concedido. En tan críticas circunstancias no será prudencia hacer la dura prueba que quiere hacerse de fidelidad y constancia de aquellos naturales. Las leyes económicas dictadas por influjo de potencias extranjeras tienen poquísima recomendación, por muy justas que sean, en el ánimo de los súbditos. Pues ¿qué será cuando tales leyes conceden a dichas potencias mucho más de lo que solicitan? ¿Y cuándo tales concesiones son realmente contrarias a los intereses y manifiestamente opuestas a los apasionados deseos de una provincia vasta, opulenta y remota?

Las razones expuestas hasta aquí nos parecen tan luminosas y convincentes que no acertamos a concebir cómo han sido desestimadas por el Consejo. Unánimemente acordes en que se prohíba el tráfico de negros no encontramos razón plausible para que esta prohibición se haga de repente. Ni el deseo de los ingleses, ni nuestra propia conveniencia piden que se lleven las cosas por tan arriesgado extremo. Alégase el peligro de que se repitan en nuestras posesiones los estragos y horrores que en la colonia francesa de la Isla Española; alégase las injusticias con que los africanos son esclavizados por los europeos, y la sinrazón que habría en dejar subsistir este inicuo tráfico por un solo momento; pero estas razones más tienen de especiosas que de sólidas, y su aparente robustez se desvanece al punto que nos acercamos a reconocerla.

El peligro que se teme de parte de los negros es tan remoto y fácil de precaver que bien pudiera llamarse vano, y las trágicas escenas de la Española, son felizmente de aquellas que nunca se representan dos veces. Para que allí sucedieran tantas desgracias fue necesario que en Francia hubiera una sangrienta y feroz revolución; que se formase en el calor de ella el insensato proyecto de libertar todos los negros e igualarlos con los blancos en derechos y condición; que los comisionados de la República los azuzasen contra todos aquellos que se oponían a las nuevas instituciones; que nosotros mismos diésemos armas y municiones a algunos que aparentaban seguir la justa causa del rey; y en fin que los ingleses vistiesen, armasen, regimentasen y disciplinasen crecidísima porción de ellos para hacer la guerra a los franceses y asolar aquella rica y floreciente colonia. De tan extraordinario conjunto de circunstancias provino que el negro Santos Louverture se hallase cuando menos lo pensó con una fuerza capaz de encender en su altivo ánimo el osado pensamiento de sacudir el yugo y hacerse independiente. Como es moralmente imposible que vuelva a repetirse tan larga serie de maldades, de indiscreciones y de locuras; será también imposible que los negros vuelvan a cometer en ninguna parte los horrores y estragos que en Santo Domingo. En nuestras posesiones es esto menos temible, porque en ellas el número de esclavos es muy inferior al número de libres y aun el de negros y mulatos no es desproporcionado con el de blancos, de cuyo prudente equilibrio resulta en favor de estos últimos una seguridad tan estable que en tres siglos jamás ha sido notablemente interrumpida. Las sediciones que alguna otra vez han suscitado nuestros esclavos han sido parciales y momentáneas. La vigilancia de los magistrados y el interés de los amos han apagado el fuego con maravillosa presteza y facilidad cuando apenas se descubría la llama. Este peligro que tanto se teme no puede aumentarse mucho con el corto número de negros que se introduzcan en el breve espacio de cinco años; y aun en el caso de que se aumentara bastaría para alejarle o disiparle, dictar providencias prudentes y sabias que no ocasionen perjuicios graves e irreparables.

La otra razón tomada de la injusticia del tráfico no tiene más solidez que la precedente. Si el asunto no fuera de sumo tan grave y trascendental bastaría decir para refutarla que las autoridades en que se ha querido apoyar no tuvieron aceptación ninguna en la época en que pudieron tenerla, ni sirvieron de estorbo para que los gobiernos más ilustrados de Europa autorizasen el tráfico de negros con sus leyes y le protegiesen con sus armas. Las mismas órdenes religiosas, cuyo hábito vistieron esos escritores, han poseído grandes haciendas sin haber escrupulizado nunca acerca de la esclavitud de sus negros; prueba irrefutable del poco aprecio que se ha hecho de tales opiniones. Sería ciertamente, cosa muy extraña que los príncipes de Europa se hubieran cegado tanto en una materia tan clara, permaneciendo en su ceguedad por más de 300 años, y necesitado para salir de ella que el Parlamento de la Gran Bretaña les revelase ahora el recóndito y misterioso dogma de que la esclavitud de los negros es contraria a los derechos de la humanidad. En el mundo ha habido siempre esclavos y los habrá. Húbolos en el pueblo de Dios; húbolos en las antiguas repúblicas de Grecia y en los antiguos imperios de Asia; húbolos en Roma, así en tiempo de los cónsules y de los emperadores; húbolos en los pueblos del Norte que invadieron, sojuzgaron y repartieron entre sí el imperio de Occidente; húbolos, por fin, en todas las naciones modernas que se levantaron sobre las ruinas de este coloso. Actualmente los hay en muchos reinos de Europa. Los hay en Asia y África también está inundada de ellos. Las naciones que pueblan esta última región tienen su derecho de gentes como lo tienen todas por más bárbaras que nos parezcan. Ellas hacen la guerra, ajustan la paz, envían y reciben embajadores. A los prisioneros lo devoraban o los mataban antiguamente; pero de tres siglos a esta parte los venden a quien se los compra. En este cambio nada han perdido esos infelices, y si de ello dudase alguno, díganos cuántos de los llevados a la América española, no siendo poco los que se libertan y allegan caudal, han querido volver a la tierra en que nacieron. Mas ¿cómo han de quererlo cuando ellos mismos se avergüenzan de ser bozales y ocultan esta cualidad con tanto estudio como entre nosotros encubre su infamia un ensambenitado? Es verdad que los negros hacen con esta ocasión algunos plagios y cometen algunas crueldades; pero éstos con casos particulares que por sí solos no bastan para decidir generalmente que el tráfico es injusto y mucho menos para prohibirle de improviso. ¿Harto frecuentes han sido siempre los robos y con todo eso a nadie le ha ocurrido pensar que sea injusta la introducción del dominio, ni que el vano recelo de que fuesen hurtadas las cosas que se compran y se venden, sea fundado motivo para prohibir toda contratación? Aunque el tráfico de negros fuera tan injusto como se pondera, no por eso sería necesario prohibirle inmediatamente. La ley que prorrogase este injusto tráfico no sería preceptiva, sino permisiva: nadie sería apremiado en fuerza de ella y el comprar o no comprar esclavos dependería enteramente del libre y espontáneo albedrío de cada uno. Compraríalo el que tuviese por lícito este comercio; el que lo tuviese por ilícito no los compraría. La piedra de toque en materia de legislación es no prohibir lo que mandan las leyes divinas, naturales o positivas; ni mandar lo que estas mismas leyes prohíben. Cuando se contraviene a esa regla, despliega toda su fuerza aquella sabida máxima de que primero se debe obedecer a Dios que a los hombres. Mas cuando se trata de tolerar y permitir, han tenido lugar en todos los tiempos y no pueden menos de tenerle las consideraciones de utilidad y conveniencia. El temor de causar mayores daños que los que se intentan remediar, ha podido siempre mucho en el ánimo de los legisladores prudentes y así no hay Código ninguno por más sabios que hayan sido sus autores y muy piadosos, que no abunde en este género de connivencias y permisiones. Nacidas de la flaqueza humana y dictadas por la necesidad de temporizar con ella durarán tanto como las leyes y como los hombres.

Por todas estas consideraciones somos de dictamen que se consulte a S. M. diciéndole:

1 ° Que muy bien puede acceder a la solicitud del príncipe regente de la Gran Bretaña y prohibir a todos sus vasallos el tráfico de negros bozales en la forma siguiente: En las costas de África que están al norte de la línea equinoccial desde ahora mismo. En las que están al sur de dicha línea desde el día 22 de abril de 1821 en adelante.

2! Que S. M. Británica indemnice completamente a los dueños de las expediciones españolas que sus cruceros han apresado, nombrando para este efecto persona que haga la correspondiente liquidación de común acuerdo con el Consulado de la Habana y el Intendente de Puerto Rico que son los que hasta ahora han reclamado.

3° Que S. M. británica dé órdenes estrechas y eficaces para que los mencionados cruceros no apresen, detengan, ni registren, por ningún pretexto, los buques españoles que dentro del plazo estipulado fueren a comprar esclavos en las costas de África que están al sur del Ecuador.

4° Últimamente, que S. M. se digne tomar en consideración los grandes perjuicios que van a sufrir los hacendados de América con la abolición del tráfico de negros y dictar aquellas providencias que su alta comprensión juzgare más oportunas para aumentar la población de blancos en aquellos dominios y particularmente en la Isla de Cuba, donde ha de ser mayor la falta de brazos, por cuya razón convendrá muchísimo que S. M. no alterase ni restringiese entre tanto que se examina este punto y se arregle el comercio en general, la posesión en que está dicha Isla de contratar directamente con los extranjeros amigos y neutrales. V. E. no obstante, etc.

Madrid, 15 de Febrero de 1816.