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Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1789 Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano.

Agosto 26 de 1789

Los representantes del pueblo francés, que han formado una Asamblea Nacional, considerando que la ignorancia, la negligencia o el desprecio de los derechos humanos son las únicas causas de calamidades públicas y de la corrupción de los gobiernos, han resuelto exponer en una declaración solemne estos derechos naturales, imprescriptibles e inalienables; para que, estando esta declaración continuamente presente en la mente de los miembros de la corporación social, puedan mostrarse siempre atentos a sus derechos y a sus deberes; para que los actos de los poderes legislativo y ejecutivo del gobierno, pudiendo ser confrontados en todo momento para los fines de las instituciones políticas, puedan ser más respetados, y también para que las aspiraciones futuras de los ciudadanos, al ser dirigidas por principios sencillos e incontestables, puedan tender siempre a mantener la Constitución y la felicidad general.

Por estas razones, la Asamblea Nacional, en presencia del Ser Supremo y con la esperanza de su bendición y favor, reconoce y declara los siguientes Derechos del Hombre y del Ciudadano:

I - Los hombres han nacido, y continúan siendo, libres e iguales en cuanto a sus derechos. Por lo tanto, las distinciones civiles sólo podrán fundarse en la utilidad pública.

II - La finalidad de todas las asociaciones políticas es la protección de los derechos naturales e imprescriptibles del hombre; y esos derechos son libertad, propiedad, seguridad y resistencia a la opresión.

III - La nación es esencialmente la fuente de toda soberanía; ningún individuo ni ninguna corporación pueden ser revestidos de autoridad alguna que no emane directamente de ella.

IV - La libertad política consiste en poder hacer todo aquello que no cause perjuicio a los demás. El ejercicio de los derechos naturales de cada hombre, no tiene otros límites que los necesarios para garantizar a cualquier otro hombre el libre ejercicio de los mismos derechos; y estos límites sólo pueden ser determinados por la ley.

V - La ley sólo debe prohibir las acciones perjudiciales a la sociedad. Lo que no está prohibido por la ley no debe ser estorbado. Nadie debe verse obligado a aquello que la ley no ordena.

VI - La ley es expresión de la voluntad de la comunidad. Todos los ciudadanos tienen derecho a colaborar en su formación, sea personalmente, sea por medio de sus representantes. Debe ser igual para todos, sea para castigar o para premiar; y siendo todos iguales ante ella, todos son igualmente elegibles para todos los honores, colocaciones y empleos, conforme a sus distintas capacidades, sin ninguna otra distinción que la creada por sus virtudes y conocimientos.

VII - Ningún hombre puede ser acusado, arrestado ni mantenido en confinamiento excepto en los casos determinados por la ley y de acuerdo con las formas por ésta prescritas. Todo aquél que promueva, solicite, ejecute o haga que sean ejecutadas órdenes arbitrarias, debe ser castigado, y todo ciudadano requerido o aprehendido por virtud de la ley debe obedecer inmediatamente, y se hace culpable si ofrece resistencia.

VIII - La ley no debe imponer otras penas que aquéllas que son evidentemente necesarias; y nadie debe ser castigado sino en virtud de una ley promulgada con anterioridad a la ofensa y legalmente aplicada.

IX - Todo hombre es considerado inocente hasta que ha sido convicto. Por lo tanto, siempre que su detención se haga indispensable, se ha de evitar por la ley cualquier rigor mayor del indispensable para asegurar su persona.

X - Ningún hombre debe ser molestado por razón de sus opiniones, ni aún por sus ideas religiosas, siempre que al manifestarlas no se causen trastornos del orden público establecido por la ley.

XI - Puesto que la comunicación sin trabas de los pensamientos y opiniones es uno de los más valiosos derechos del hombre, todo ciudadano puede hablar, escribir y publicar libremente, teniendo en cuenta que es responsable de los abusos de esta libertad en los casos determinados por la ley.

XII - Siendo necesaria una fuerza pública para dar protección a los derechos del hombre y del ciudadano, se constituirá esta fuerza en beneficio de la comunidad, y no para el provecho particular de las personas por quienes está constituida.

XIII - Siendo necesaria, para sostener la fuerza pública y subvenir a los demás gastos del gobierno, una contribución común, ésta debe ser distribuida equitativamente entre los miembros de la comunidad, de acuerdo con sus facultades.

XIV - Todo ciudadano tiene derecho, ya por sí mismo o por su representante, a emitir voto libremente para determinar la necesidad de las contribuciones públicas, su adjudicación y su cuantía, modo de amillaramiento y duración.

XV - Toda comunidad tiene derecho a pedir a todos sus agentes cuentas de su conducta.

XVI - Toda comunidad en la que no esté estipulada la separación de poderes y la seguridad de derechos necesita una Constitución.

XVII - Siendo inviolable y sagrado el derecho de propiedad, nadie deberá ser privado de él, excepto en los casos de necesidad pública evidente, legalmente comprobada, y en condiciones de una indemnización previa y justa.

París, 26 de agosto de 1789.

 

 

Primera traducción del francés

 

DERECHOS
DEL HOMBRE
Y DEL CIUDADANO,
CON
VARIAS MAXIMAS REPUBLICANAS
Y
UN DISCURSO PRELIMINAR DIRIGIDO A
LOS
AMERICANOS.

 

 

 

DISCURSO

 

Ningún hombre puede cumplir con una obligación que ignora, ni alegar un derecho del cual no tiene noticia. Esta constante verdad, me ha determinado a publicar los derechos del hombre, con algunas máximas republicanas, para instrucción y gobierno de todos mis compatriotas.

La poca atención, el ningún respeto que han merecido a los reyes, en todo tiempo, ellos derechos sagrados é imprescriptibles, y la ignorancia que de ellos han tenido siempre los pueblos, son la causa de cuantos males se experimentan sobre la tierra. No habrían abusado tanto los reyes de España, y los que en su nombre gobiernan nuestras provincias, de la bondad de los Americanos, si hubiésemos citado ilustrados en esta parte. Instruidos ahora en nuestros derechos y obligaciones, podremos desempeñar estas del modo debido, y defender aquellos con el tesón que es propio: enterados de los injustos procedimientos del gobierno Español, y de los horrores de su despotismo, nos resolveremos sin duda alguna, a proscribirle enteramente: a abolir sus bárbaras leyes, la desigualdad, la esclavitud, la miseria y envilecimiento general: trataremos de substituir la luz, a las tinieblas, el orden, a la confusión, el imperio de una ley razonable y justa, a la fuerza arbitraria y desmedida, la dulce fraternidad que el Evangelio ordena, al espíritu de división y de discordia, que la detestable política de los reyes ha introducido entre nosotros: en una palabra, trataremos de buscar los medios más eficaces para restituir al Pueblo su soberanía, a la América entera los imponderables bienes de un gobierno paternal. Sí, amados compatriotas, esta es nuestra obligación, en esto consiste nuestro bien estar, y la felicidad general de todas nuestras provincias: nuestros deberes en esta parte, están de acuerdo con nuestros intereses.

Muchos pueblos se ocupan en el día en recobrar su libertad: en todas partes los hombres ilustrados y de sano corazón, trabajan en esta heroica empresa; los Americanos nos desacreditaríamos, sino pensásemos seriamente en efectuar esto mismo, y en aprovecharnos de las actuales circunstancias. Ningún pueblo tiene más justos motivos, ninguno se halla con más proporciones que nosotros, para hacer una revolución feliz.

Innumerables delitos, execrables maldades, han cometido siempre los reyes en todos los estados; pero con ningún pueblo se han excedido más que con el Americano. Aquí es, donde mejor han puesto en ejecución las máximas de su depravada política, y de su corazón perverso: aquí donde más han abusado de la ignorancia y bondad de los hombres: aquí donde más se han ensangrentado. No se puede leer la historia sin derramar lágrimas: cada página presenta un espectáculo horrendo, cada hecho un acto injusto, cruel, e inhumano: no hay derecho alguno que no se halle atropellado, ni genero de atentado, de violencia, ni de atrocidad, que no se haya cometido: siendo lo más notable, que tan enormes crímenes, tan horrendos delitos, se hallan siempre ejecutados como actos de rigurosa justicia: se practican siempre bajo el pretexto de mayor bien de la religión, o del público; hasta empleados? ¿Habrá alguno qué pueda negar unas verdades tan constantes, como publicas? Además, ¿no se ha puesto el mayor cuidado en que permanezcamos en la más crasa ignorancia, (2) y en llenarnos de las más perjudiciales preocupaciones? Lejos de fomentar la buena formación de nuestras costumbres ¿no han procurado por todos los medios posibles la corrupción de ellas? Todos nuestros empleos, todas las piezas Eclesiásticas ¿no se confieren a extraños? Los hijos de la Patria ¿somos atendidos para cosa alguna? Nuestros fueros y privilegios ¿se nos han guardado? (3) ¿Podemos manifestar libremente nuestros pensamientos e ideas? ¿Nos es permitido reclamar nuestros derechos? ¿Nos es licito decir la verdad? Nada de esto: nada nos es permitido, nada nos es licito, sino el más profundo silencio, la obediencia más ciega, la ignorancia más estúpida. ¿Puede llegar a más el exceso de la tiranía y del despotismo? Confiésese que nuestra suerte es más desgraciada, que la del esclavo más misero: que somos, y hemos sido siempre tratados, bajo la dominación de los reyes, no como hombres, sino peor que bestias. Ello es cierto, que nos han envilecido de tal modo, que nos han hecho perder, hasta la idea de la dignidad de nuestro ser. (4) El orbe entero es testigo de cuanto va expuesto: no hay sabio de la Europa, que no haya desaprobado tan inhumana conducta: Prelado virtuoso de la América, que no haya, clamado contra un procedimiento tan fuera de razón: no hay en fin ciudad, no hay provincia, que no haya dirigido a los pies del trono, una y muchas veces, sus suplicas, que no le haya hecho presente sus justas quejas; mas todo ha sido en vano, la tiranía ha continuado siempre del mismo modo, y si cabe, ha seguido con más fuerza y vigor.

En vista de esto, amados compatriotas, ¿qué partido debemos tomar? Conociendo evidentemente que nada bueno podemos esperar de los reyes; que su corazón cruel e inhumano, es insensible a nuestros males ¿qué resolución adoptaremos? Cerciorados de la inutilidad de los recursos suaves ¿qué medio elegiremos, para librarnos de tan insoportable esclavitud? No hay otro que el de la fuerza: este es el único medio que nos resta: este es el que nos vemos en la dura necesidad de abrazar al punto, en la hora, si queremos salvar la patria, si deseamos recobrar nuestros imprescriptibles derechos: bien, que no se nos ha podido quitar, sin una infracción de las leyes más sagradas de la naturaleza, y por un abuso feroz de la fuerza armada. El esperar por más tiempo, sería consentir en las más execrables maldades, y cooperar a nuestra entera ruina.

En otro tiempo, en otras circunstancias, cuando hablar de revolución se tenía por el más enorme delito; cuando por estar todos imbuidos de las más perjudiciales máximas, cualquier que intentaba la reforma de los abusos, la recuperación de los derechos del Pueblo, era tenido por un rebelde, por un enemigo de la patria, me hubiera guardado bien de proponeros un hecho semejante; pero en el día, que por fortuna no tenéis tantas preocupaciones en esta parte, que conocéis en algún modo vuestros derechos, que estáis enterados de la perversidad de los reyes, que se halla en vuestros espíritus la mejor disposición, y que las circunstancias de la Europa presentan la ocasión más favorable para recuperar nuestra libertad, no puedo menos de daros este consejo tan conforme a vuestros deseos, y a vuestro mejor bien estar. (5)

Las fuerzas que nos puede oponer el tirano, son muy pequeñas en comparación de las nuestras: sus tropas pocas y esclavas, las nuestras muchas y libres: sus socorros tardíos y explícitos, los nuestros prontos y seguros: sus recursos en el día son en pequeño número, los nuestros son infinitos: sobre todo, nosotros tenemos a Dios propicio por la justicia de nuestra causa, él irritado por sus delitos y maldades. Vivamos en la firme inteligencia de que no podemos ser vencidos, sino por nosotros mismos: nuestros vicios solamente pueden impedirnos el recobrar nuestra libertad, y hacérnosla perder aún después de haberla logrado: permanezcamos pues siempre asidos a la virtud, reine entre nosotros la más perfecta unión, (6) constancia y fidelidad, y nada tendremos que temer.

El grande arte de hacer una revolución feliz, consiste en manejarla con la mayor perspicacia, celo y justicia: en desembarazarla de todo lo que la pueda debilitar, o malograr, y en conducirla directamente y con la más grande actividad a su fin. No es bastante en tales circunstancias, el concebir unas empresas sabias y vastas: no es bastante combinar un sistema, cuya tendencia sea la reforma de los abusos: no es bailante declarar por reprobó, a cualquiera que no tome un gran interés por la Patria; no es bastante descubrir los enemigos públicos, y desterrarlos para siempre, desembarazando de este modo el estado, de un manantial eterno de facciones y ruinas domesticas: en una palabra, no es bastante consagrar los derechos del ciudadano por leyes positivas: el solo plan que puede asegurar la duración indestructible de una república, es el que ataca a un mismo tiempo los extravíos del espíritu y del corazón: esta es la cangrena política, de la cual es necesario destruir hasta las más pequeñas ramificaciones, para que la cura pueda con certidumbre restituir la salud: este es un movimiento fuerte y decisivo, que debe inspirar a todos la firme resolución de franquear rápidamente el paso, del abismo de la esclavitud, a la cumbre excelsa de la libertad, y de sufrir todos los combates, todos los sacrificios que sean necesarios, para romper los nudos que tienen sujeta el alma, a tantas inclinaciones inveteradas, a tantas preocupaciones dominantes, a tantos errores seductores. Esta es la crisis violenta y necesaria, que conduce con rapidez a la mutación de un estado deplorable; pues si el envilecimiento y la corrupción, son el apoyo de todo gobierno despótico, la virtud y la magnanimidad forman la esencia del republicanismo. En donde todo el poder reside en una sola mano privilegiada, solamente se asciende a fuerza de bajezas, adulando las pasiones de los grandes y ricos, y estudiando cada día nuevos modos de mejor oprimir al Pueblo: en una república nadie se distingue, sino desplegando todos los sentimientos que hacen honor a la humanidad; para mantenerse en la gracia bajo de un gobierno monárquico, es necesario ser el hombre más bajo, el adulador más vil, el político más falaz, el delator más pérfido, el malvado más enorme: para conservar la confianza en una república, es necesario no apartarse un punto de la virtud, ser justo y sincero, humano y generoso, amar la libertad más que la vida, y reconocer que la igualdad, que es su basa, da al hombre un carácter, que no le permite de modo alguno, humillar a su semejante. Una grandeza, una familia noble, una fortuna agigantada, se hacen notar por un orgullo insultante, por un egoísmo bárbaro, por una ignorancia estúpida; pero cubierta con el aparente brillo del fausto, y con un aíre lucido y soberbio, que influye mucho sobre la multitud envilecida. Las virtudes y los talentos solamente, dan la consideración a un republicano: su simplicidad le hace más apreciable, y cuando llega a merecer la estimación publica, la debe únicamente a su conocido mérito. En todo imperio donde los derechos y los deberes del hombre son desconocidos, se hace un gran papel, desde que uno tiene bastante fortuna para vivir sin trabajar, es decir, a costa del sudor y las fatigas de un miserable, que se apura y se mata, para ganar un bocado de pan. El ocioso en una democracia, es despreciado del público, como un ser inútil, y castigado por la ley, como un ejemplo escandaloso. El honor en los estados despóticos, consiste en ser un ciego instrumento de la voluntad caprichosa y opresiva del tirano: en las repúblicas, se funda en no reconocer otro poder que la justicia y la razón. Últimamente, en una monarquía cada vasallo, reconcentrado en sí mismo, tiene su forma y su color particular: en las familias mismas, cada uno tiene sus pretensiones, sus errores, sus pasiones, sus bienes, su fortuna, y su educación a parte: cada linaje tiene sus costumbres, sus privilegios, su espíritu, su moral y sus defectos que le distinguen: una sola pasión es común a todos, esta es el extraordinario deseo de las riquezas, porque el oro lo puede todo en semejantes gobiernos; y esta pasión dominante, que excluye el mérito, el talento y las virtudes, no produce sino vicios y crímenes: el hombre vive aislado en medio de sus semejantes, y en nada procura el bien estar de ellos: cada individuo es un egoísta, contrario de su vecino, y enemigo de su próximo: así la sociedad está en un choque continuo, y los miembros que la componen, no permanecen unidos, sino por la cadena que los comprime y sujeta. En una verdadera República, es todo al contrario, el cuerpo político es uno, todos los ciudadanos tienen el mismo espíritu, los mismos sentimientos, los mismos derechos, los mismos intereses, las mismas virtudes: la razón sola es la que manda, y no la violencia, el amor quien hace obedecer, y no el temor: la fraternidad quien constituye la unión, y de ningún modo los manejos del egoísmo, y de la ambición. Así, hacer de un vasallo, o de un esclavo, que es lo mismo, un Republicano, es formar un hombre nuevo, es volverle todo al contrario de lo que era.

A la hora, pues, que se intente destruir el despotismo, es necesario que la revolución sea al mismo tiempo, moral y material: no es suficiente establecer otro sistema político, es necesario además, poner el mayor estudio en regenerar las costumbres, (7) para volver a todo ciudadano el conocimiento de su dignidad, y mantenesle en el estado de vigor y entusiasmo, en que le ha puesto la efervescencia revolucionaria, del cual caería indefectiblemente, si pasada la crisis no estuviese sostenido por un conocimiento positivo de sus derechos, por un amor ardiente de sus deberes, por una abjuración formal de sus preocupaciones, por un desprecio razonable de sus errores, por la aversión al vicio, y por el horror al crimen.

Todo el arre para obrar una mutación tan feliz en las costumbres, consiste en aprovecharse del verdadero momento, o por mejor decir, en saber escoger la mejor disposición de los espíritus: esta disposición, este momento precioso, se encuentra en el año del primer movimiento de toda revolución. La efervescencia revolucionaria comunica a las pasiones la más grande actividad, y pone al pueblo en estado de hacer todos los esfuerzos necesarios, para conseguir la entera, destrucción de la tiranía, aunque sea a costa de los mayores sacrificios: entonces, todas las almas se hallan preparadas, todos los espíritus exaltados, todas las reflexiones se aprecian, y todas las verdades se dejan sentir: entonces es pues, cuando se debe inspirar al Pueblo un amor constante a la virtud y horror al vicio: entonces, cuando se le debe hacer sentir la necesidad absoluta, de renunciar todas sus erróneas máximas y detestables pasiones, y de atenerse únicamente a los sólidos principios de la razón, de la justicia de la virtud, si quiere lograr su libertad: entonces es la ocasión de demostrarle, que no puede hallar su verdadera felicidad, sino en la práctica de las virtudes sociales: entonces es, cuando se deben obrar las grandes reformas, o por mejor decir, entonces es cuando se debe cimentar, y construir de nuevo el edificio, (8) poner en acción la moral, y darla por basa a la política, así como a todas las operaciones del gobierno.

Es sin duda, la más grande falta que pueden cometer los reformadores de un estado, la de establecer los principios políticos, sin pasar inmediatamente a ponerlos en ejecución. Hecho el primer movimiento, nombrados los Representantes del Pueblo, reunidos en lugar determinado, y ejecutada la declaración solemne de los derechos sagrados del hombre, es de la mayor importancia, publicar inmediatamente la nueva constitución. La menor omisión, la más mínima lentitud en esta parte, acarrea las más funestas consecuencias. En un principio de toda revolución, los partidarios de la tiranía se hallan aturdidos, llenos de sobresalto, y poseídos del más grande temor: el Pueblo al contrario, lleno de valor, de energía, y con todas las disposiciones necesarias, para ejecutar las mayores empresas: sino se aprovecha este tiempo, si la reforma no se ejecuta en este instante, la imaginación se enfría, las ofensas se olvidan, el entusiasmo se pierde, y la malignidad alentada, recobra su audacia, principia a maquinar, y no pocas veces consigue malograr la revolución: todos los vicios y pasiones perjudiciales se reproducen, y afectando patriotismo se reúnen para levantar el grito, y hacer mil reclamaciones contra el nuevo sistema, a fin de destruirle, y de persuadir al pueblo, que los retardos, de su ejecución, demuestran que es impracticable. Entonces, el espíritu de discordia se introduce, inflama los corazones, y hace que se combatan, despedacen, y destruyan mutuamente los partidos. En esta confusión moral y política, los más débiles y los menos austeros, llevados de la inquietud, y arrastrados por la seducción, abandonan la causa publica, y no pocas veces se unen a los malvados, contra los verdaderos patriotas, que procuran sostenerla con el valor más heroico, tomando por guia y apoyo, la virtud. En medio de este contraste, los mejores ciudadanos suelen ser víctimas de la perfidia: como su carácter enérgico se opone a toda transacción de los derechos, no es muy difícil al maquiavelismo, pintarlos como los solos obstáculos, para el restablecimiento de la tranquilidad general, y de este modo, hacerlos inmolar, bajo el título de alborotadores y anarquistas. En llegando a este punto, el gobierno pierde su fuerza y actividad, y empieza a titubear: los legisladores intimidados por tantos clamores, por tantos desastres, y por tantas facciones, creen deber recurrir a los medios paliativos, y se aplican a buscar el modo de conciliar todos los intereses, (9), con lo cual, echan a perder su plan, y presentan una legislación inconsecuente, monstruosa y funesta al estado: sino, es que antes de llegar esta época, el Pueblo desesperanzado de lograr la felicidad, se ha entregado a alguno, que le haya prometido su alivio, para ponerle después el yugo.

El primer cuidado de los legisladores, que trabajan en la regeneración de un país, debe ser pues, el de no exponer al pueblo a los furores de unas disensiones intestinas semejantes; y esto no se puede conseguir, sino publicando inmediatamente su nueva forma de gobierno, y arrojando fuera del seno del cuerpo social, a todas aquellas personas reconocidas, por enemigos del nuevo sistema. Cuando la soberanía del Pueblo, descansa particularmente en su unidad; cuando su felicidad depende de su concordia; cuando la prosperidad del estado, no puede ser sino el producto del concurso general de sentimientos, y de esfuerzos hacia un objeto único, es un absurdo conservar en la asociación civil, hombres que alteran todos los principios, que aborrecen todas las leyes, y que se oponen a todas las medidas. El destierro de unas gentes tan corrompidas é incorregibles, asegura la libertad, y evita la perdida y muerte, de muchos millares de ciudadanos, útiles y virtuosos. La regeneración de un pueblo, no puede ser, sino el resultado de su expurgación, después de la cual, aquellos que quedan, no tienen más que un mismo espíritu, una misma voluntad, un mismo interés, el goce común de los derechos del hombre, que constituye el bien estar de cada individuo.

Sin embargo, esta providencia sería una medida insuficiente, si en la nueva constitución se olvidase cortar de raíz, todas las causas que dan motivo a su aplicación. Es indispensable establecer una constitución, que fundada únicamente sobre los principios de la razón y de la justicia, asegure a los ciudadanos el goce más entero de sus derechos: combinar sus partes de tal modo, que la necesidad de la obediencia a las leyes, y de la sumisión de las voluntades particulares a la general, deje subsistir en toda su fuerza y extensión, la soberanía del pueblo, la igualdad entre los ciudadanos, y el ejercicio de la libertad natural: es necesario crear una autoridad vigilante y firme, una autoridad sabiamente dividida entre los poderes, que tengan sus límites invariablemente puestos, y que ejerzan el uno sobre el otro, una vigilancia activa, sin dejar de estar sujetos a contribuir a un mismo fin. Con esta medida, la jerarquía necesaria, para arreglar y asegurar el movimiento del cuerpo social, conserva su fuerza equilibrada en todas sus partes, sin oposición, sin obstáculos, sin interrupción, sin lentitud parcial, sin precipitación destructiva, y sin infracción alguna. Esta proporción, tan exacta, nace principalmente de los elementos bien combinados de las autoridades, y de su número indispensable. Nada más funesto para un estado, que la creación de funciones públicas, que no son de una utilidad positiva: no es sino una profunda ignorancia, y más frecuentemente la ambición, el orgullo, o el amor propio, quien propone tales funciones: estos empleos, no ofrecen sino el espectáculo peligroso de la inercia y del fausto, donde no se debía ver, sino actividad y anhelo al servicio de la Patria; así, ellos pervierten por el mal ejemplo, impiden el curso del gobierno por su inutilidad, y apuran el estado consumiéndole su substancia.

Importa tener siempre presente, que la verdadera esencia de la autoridad, la sola que la puede contener en sus justos límites es aquella que la hace colectiva, electiva, alternativa y momentánea.

Conferir a un hombre solo todo el poder, es precipitarse en la esclavitud, con intención de evitarla, y obrar contra el objeto de las asociaciones políticas, que exigen una distribución igual de justicia entre todos los miembros del cuerpo civil: esta condición esencial, no puede jamás existir, ni se pueden evitar los males del despotismo, si la autoridad no es colectiva: en efecto, cuanto más se la divide, tanto más se la contiene, pues lo que se reparte entre muchos, no llega a ser nunca propiedad de uno solo. La facultad de disponer arbitrariamente un hombre; de todos los negocios de un estado, es la que le facilita las usurpaciones graduales, hasta abrogarse el poder supremo ; pero cuando cada individuo se halla confundido entre una multitud, y no puede distinguirse, sino por los talentos y las virtudes, que excitan igualmente la envidia de sus rivales; cuando las mismas pasiones forman un contrapeso de las voluntades de todos, contra la de cada uno; cuando ninguno puede tomar resolución sin el consentimiento de los otros; cuando en fin la publicidad de las deliberaciones, contiene a los ambiciosos, o descubre su perfidia, se halla en esta disposición una fuerza, que se opone constantemente, a la propensión que tiene todo gobierno de una sola, o de pocas personas, de atentar contra la libertad de los pueblos, por poco que se le permita entender su poder. En consecuencia de lo explícito, el número de miembros que ha de componer una autoridad constituida, debe calcularse por la extensión de los poderes delegados a esta misma autoridad, a fin de que su fuerza la quede toda entera, anulándose para los funcionarios, cuya influencia se disminuye naturalmente, a proporción que se aumenta el número de colegas; pues a medida que este se acrecienta, el conjunto de conocimientos, de medios y esfuerzos, se hace tanto más considerable; lo que establece un justo equilibrio en el centro mismo de cada autoridad, y hace que las deliberaciones salgan más bien reflexionadas.

Una tan grande propensión, como muestran los funcionarios públicos, a la usurpación de los derechos del Pueblo, pide sin duda, que el ejercicio del poder esté libre de todo lo que puede proporcionarles medios para conseguirlo; por ello, no es suficiente que la autoridad sea colectiva, es necesario también que sea electiva. Este es, uno de los principios fundamentales de la democracia, uno de los principales actos de la soberanía del Pueblo, una parte esencial de los derechos de la igualdad, y la mayor garantía de la libertad pública. ¡Que mayor absurdo, que delegar el ejercicio del poder, sin hacer elección de aquellos a quienes se confiere! La seguridad y prosperidad pública, no son de tan poca consideración, que se pueda confiar este cuidado a cualesquiera: un negocio de tanta gravedad, y de tan grandes consecuencias, exige ser ordenado como corresponde. No todos nacen con las mismas disposiciones, tienen un mismo mérito, y poseen las cualidades necesarias para desempeñar debidamente las funciones públicas, la mayor parte de las cuales piden, no solamente unos conocimientos adquiridos, sino mucha prudencia, celo y actividad. Estas verdades demuestran evidentemente, el grande error con que proceden, y los males a que se exponen, todos los pueblos que se dejan gobernar por autoridades hereditarias.

La nación que ha perdido el derecho de elegir sus funcionarios públicos, ha sufrido ya el mayor ultraje que puede hacerse contra su dignidad: a ella le compete exclusivamente esta prerrogativa, y ninguno es más interesado en su conservación y buen uso. Si el pueblo no puede ser al mismo tiempo, representante y representado, administrador y administrador, juez y parte; si la armonía civil pide que haya ciudadanos encargados particularmente de hacer ejecutar las leyes, y de vigilar sobre la seguridad pública; para conciliar este orden de cosas, con la soberanía del Pueblo, es necesario que tenga perpetuamente bajo su dependencia, aquellos a quienes delega el ejercicio de su poder. El nombramiento hecho inmediatamente por el Pueblo, conserva a este el derecho de supremacía, y no transmite a los funcionarios públicos, sino el simple título de mandatarios: en este caso, no pueden desconocer su principal creador, lo que hace que le respeten, o al menos que le tengan cierta consideración. Una Nación no tiene influencia alguna civil, es una espectadora pasiva y muda de la destrucción sucesiva de todos sus derechos, en una palabra, es esclava, o está muy cerca de serlo, desde que el ejercicio de la autoridad, aunque no sea hereditario, o venal, se encuentra solamente abandonado a la elección de uno, o de pocos hombres.

Nada presta más ventaja al engrandecimiento rápido del ascendiente importante, que procuran adquirirse los ambiciosos, como el poder ser dispensadores de los empleos públicos: semejante facultad, es contraria a todos los principios republicanos, no solamente porque el favor, la intriga y la seducción, pueden mejor emplearse, sino porque esto es rodear a aquellos que disponen de las plazas, de cortesanos viles, que obtienen los empleos comúnmente a fuerza de bajezas: además, esto es quitar la fuerza y vigor al talento, y sustituir a una digna emulación, una rivalidad ambiciosa y torpe: últimamente, aquel que elige se muestra menos un juez, que un protector, que tiene tantos intrigantes en el estado, como criaturas hace: su crédito es muy grande y sólido, luego que sabe ligar con su exigencia política, el interés de todos los que ha colocado, y la esperanza de todos los que le piden. He aquí como uno se hace señor insensiblemente, de todas las autoridades políticas y militares, dándoselas a sus favoritos, de suerte, que el pueblo por haber olvidado el ejercicio del derecho de elección, ve sacrificados todos los demás, a cualquiera que se apodera de estos nombramientos. De este modo, han sido las naciones encadenadas y tiranizadas, por las instituciones mismas establecidas para conservar su libertad. ¿En qué consiste, que en los estados monárquicos, la fuerza armada, saliendo del seno del Pueblo, se hace siempre el instrumento ciego, de la opresión de sus conciudadanos? Consiste, en que se encuentra en las manos, y a la disposición del tirano, que se hace señor absoluto, nombrando todos los jefes de la milicia: éstos, estándole enteramente obligados, transforman a su voz, los defensores del estado, en asesinos de la Patria: por esto, el déspota no busca la experiencia, el valor, ni el mérito; para él es suficiente que sean los cortesanos más viles, y los esclavos más arrastrados. Esta es la causa de que en España se vean casi siempre a la cabeza de nuestras tropas oficiales jóvenes, ineptos, presuntuosos é insolentes, mientras que la mayor parte de los antiguos y valientes militares, vegetan y mueren sin ascenso alguno. En cuanto a lo civil, las elecciones confiadas, a un hombre invertido de la autoridad, producen los mismos inconvenientes, y acaban de sellar la tiranía, que la violencia y las armas han creado. Estos males se evitan, y las elecciones son más acertadas, cuando se hacen por el Pueblo y en presencia de la multitud.

La publicidad de las opiniones, y de las deliberaciones, es absolutamente necesaria en una república: no se debe hacer jamás uso, sino del escrutinio verbal. Mal haya aquel, que teme dar su voto, su parecer, o dictamen en alta voz: sus intenciones no pueden ser buenas: no hay sino la maldad que pida la obscuridad y el silencio: una acción loable, no encuentra, sino recompensa en la publicidad, y pretender que esta perjudique a la libertad de los que votan, es lo mismo que quejarse de la claridad del sol, que incomoda tanto a los malhechores. La publicidad es la más fuerte columna de la libertad; porque ella es un freno para los malvados, o la causa de su perdición: ella es la prueba que manifiesta las intenciones de cada uno hacia todos, y el testimonio público de su conciencia y de sus deberes. Todo el efecto de las elecciones populares, se pierde en el mismo día que se deroga este principio; desde este instante, la ambición hace un grande adelantamiento, y con la intriga que la acompaña, logra el buen éxito de sus pérfidos proyectos.

Conviene que el Pueblo esté bien persuadido de la importancia de la buena elección de los funcionarios públicos; que crea firmemente, que su suerte, que su desgracia, o felicidad) depende enteramente de esta elección: penetrado de esta verdad, hará que recaigan siempre estos nombramientos, en hombres de conocido mérito, celo, rectitud y buena conducta: Si es suficiente hablar con elocuencia y audacia, sin unir, ni moralidad, ni civismo aprobado, se abre la puerta a los malvados y charlatanes: si se exige que un ciudadano, para obtener un empleo público, haya ejercido antes por largo tiempo, una profesión útil, o que tenga cierta renta en bienes raíces, se rompe el equilibrio de la igualdad, se da toda la influencia a la fortuna, y se consagra la inacción, conducto de todos los vicios: sino se fija, como única circunstancia, que ninguno pueda llegar a ser funcionario público, sin justificar primero, su amor a la Patria, y además una conducta sin tacha, no por unas certificaciones mendigadas, o una información de vida y costumbres, que no es más que una vana formula, sino satisfaciendo a todo cargo, de un modo concluyente, la elección corre riesgo de ser pésima, y el modo de elegir, es vicioso. Cuando no se tiene certidumbre de la pureza de costumbres, de aquel a quien se confía un empleo público, ¿cómo se ha de esperar, que se mantenga exento de toda prevaricación, hallándose expuesto a más grandes tentaciones que en la vida privada? Para formar concepto de un hombre, no hay más que examinar cuáles son sus protectores, o sus contrarios, y la moralidad de estos, es la verdadera piedra de toque de sus sentimientos. Sobre todo, en las grandes asambleas, es difícil engañarse en cuanto al mérito de algunos hombres; porque no faltan buenos ciudadanos, que con energía atacan v manifiestan la falacia, luego que se presenta; y la virtud tiene tanto imperio, que basta la reclamación de un hombre de bien, para frustrar todo manejo clandestino, y confundir la ambición: la perfidia tiene tantos que la observen, que no puede menos de ser descubierta.

Si es posible que con esta publicidad de votos, el Pueblo haga malas elecciones, se quita toda mala consecuencia, haciendo la autoridad alternativa y momentánea. La perpetuidad de los empleos en las Repúblicas, es la que constituye la aristocracia, y en todos los citados, de cualquier forma que sean, lo que abre la puerta a todos los abusos, y a todo género de opresión.

Los funcionarios públicos, que lo son por toda su vida, o por un largo espacio de tiempo, rompen el equilibrio de la democracia, estorbando que cada ciudadano, llegue a su vez, al puesto que pueda merecer. Cuando los empleos no son perpetuos, cada uno teniendo la esperanza de poderlos obtener, no piensa mas que en hacerse digno de ellos: entonces, las funciones dejan de ser un patrimonio, para algunos individuos, que se dedican exclusivamente a esta carrera, como otros se aplican a un arte, u oficio: los que entran en los empleos con este espíritu mercantil, es visto que los cumplen necesariamente por su propio interés, y no para la utilidad general. Los empleos públicos, no deben ser sino una preferencia dada, por un corto espacio de tiempo, y sobre sus ocupaciones diarias, a los cuidados particulares que exige la Patria, con el deseo de justificar por su exacto cumplimiento, la elección hecha por sus conciudadanos. Así, estos empleos nada deben ofrecer, que pueda despertar la ambición, o el orgullo: es necesario que no sean un camino para la dominación, ni un conducto para la fortuna: es necesario que no se pueda recoger más, que la gloria de haber hecho su deber, o la ignominia de haber cumplido mal la obligación más sagrada: en una palabra, es necesario que al fin de la carrera, no sea uno más poderoso, ni menos considerado, más rico, ni más pobre.

Limitando el tiempo del ejercicio de la autoridad, se quiebra el resorte de las pasiones, antes que tenga tiempo de extenderse ; se pone un término a las faltas y a los errores de la ignorancia; se preserva al que la ejerce de todo extravío, a que la seducción, o el vicio le pueden arrastrar, o al menos se le contiene, y se quita al mismo tiempo aquella negligencia tan perjudicial, que se apodera comúnmente, del que está por largo tiempo, ocupado en este ministerio : en fin, la alternativa de las funciones públicas, no solamente restituye, a todo ciudadano, el derecho que tiene de aspirar a ellas, sino que haciendo pasar sucesivamente un gran número por los empleos, es causa que se multipliquen los hombres grandes, lo que quita a ciertos individuos, la pretensión y vanidad, de hacerse mirar como unos seres necesarios. Cuando uno se halla apoderado de un empleo, cuyo ejercicio es perpetuo, no tiene el mayor interés en conducirse bien: al contrario cuando sabe que a una época determinada, ha de ser removido, en ese caso, procura esmerarse en el cumplimiento de su obligación, e ilustrar su tiempo con hechos gloriosos, para hacerse merecedor otra vez, de la confianza del Pueblo. Además, el continuo recuerdo de que en breve ha de volver a entrar en la dase de simple ciudadano, le obliga a no abusar de su poder, y arrojar lejos de sí, toda consideración facticia, toda mira interesada: y si por desgracia incurre en estos vicios, no le es permitido hacerlo por largo tiempo, ni impunemente.

La larga duración del goce de los poderes, da a los que están ejerciéndolos, un ascendiente el más peligroso; la habitud los identifica insensiblemente con su empleo, de suerte, que acaban por hacerse señores, y en lugar de seguir la legislación, que se les ha prescrito, mandan solo según su capricho, y las reglas de su ambición. Cuando el Pueblo está acostumbrado a no ver sino unos mismos hombres en las funciones públicas, presta difícilmente su confianza, a aquellos que no los han obtenido nunca; porque se presume, que el que tiene experiencia en un ejercicio, es preferible al que con más talentos, tiene menos conocimientos prácticos. Esto es lo que da tanta fuerza a los ambiciosos, para hacerse dueños del poder, una vez que han logrado ejercerle; y esto es lo que ha causado la servidumbre, y la perdida, de todos los Pueblos libres. Para hacer valer semejantes pretensiones, afectan los malvados lamentarse del corto número de sujetos hábiles; pero cuanto más raros sean, menos fuerza tiene su razón; pues en este caso, hay más necesidad de formarlos, y de buscar todos los medios de instruir a un mayor número; cosa, que no podrá efectuarse nunca, si unas mismas personas, son conservadas siempre en los empleos: es necesario que aquellos que han nacido con los talentos y disposición que se requiere, puedan a su turno hacer su ensayo, y de este modo instruirse: los primeros que entraron en los empleos, no sabían más que los otros, al tiempo de su nombramiento: las disposiciones que se tienen, pueden perfeccionarse por el estudio; pero la experiencia, no se adquiere sino por la práctica. El inconveniente de conferir un empleo, a un ciudadano sin experiencia, pero inteligente y lleno de celo, no tiene comparación, con el riesgo de perpetuar el poder en hombres, que la costumbre de mandar llena de ambición y de orgullo. Es pues evidente, que las autoridades deben ser alternativas, y momentáneas, y que fijado el tiempo de su ejercicio, no se puede hacer excepción alguna de esta regla, sin perjudicar la igualdad, y comprometer la libertad pública. La virtud más pura, el mérito más grande, el reconocimiento mayor, no pueden jamás autorizar la infracción de los principios, que prescriben la justa limitación de los poderes, y del ejercicio de las funciones públicas: aun en los peligros más inminentes de la Patria, aún en las circunstancias más desgraciadas que pueden presentarse en medio de una crisis revolucionaria, no se debe cometer semejante exceso. Toda excepción de la ley común, hecha en favor de un individuo, es un atentado cometido contra los derechos de los demás: todo poder mayor, que aquel que se da a algún otro, no puede ser confiado a un solo individuo, ni por su vida, ni por un largo espacio de tiempo, sin conferirle una influencia anexa a su persona y no a sus empleos, y sin ofrecer a su ambición, los medios de arruinar la libertad publica, o a lo menos de intentarlo. Aún no es bastante que la autoridad sea colectiva, electiva, alternativa y momentánea: con el tiempo, la ambición llega a romper estas trabas, por poco que la sea permitido hacer algún ensayo impunemente: es necesario pues, que los límites de la autoridad sean tan positivos, que aquellos a quienes esté confiada, no puedan de manera alguna, engrandecer, ni estrechar su circunferencia, sin sufrir la pena impuesta a cual quiera que cometa un atentado contra la seguridad pública, que reside particularmente en la integridad de la Constitución.

Todos los empleados son responsables al Pueblo, de su conducta; pero esta responsabilidad no es real, sino cuando el ciudadano encargado de la ejecución de las leyes, al fin de su comisión, es sometido a un examen riguroso Si la autoridad impone comúnmente silencio, al ciudadano débil y sin apoyo, ¿cómo se han de reparar sus vejaciones, sino se proporciona ocasión de manifestarlas? Deben pues establecerse, por todos motivos, estas residencias, y ejecutarse con toda escrupulosidad. ¿Qué mayor satisfacción para un empleado público, que el reconocimiento de todos sus conciudadanos, cuando haya desempeñado debidamente su comisión? Pero al contrario, ¿qué oprobio más grande, cuando las victimas que haya hecho se presenten, y le pongan delante de sus ojos todos los crímenes que haya cometido, y el pueblo indignado de la gravedad de sus delitos, le haga cubrir de infamia, o arrastrar al suplicio?

Conviene tener entendido, que si una nación no se empeña fuertemente en su regeneración, para recobrar su libertad; que si ella misma no es (por decirlo así ) quien obra la reforma, por medio de ciudadanos que representen la universalidad, y acuerden por ella; y que si la constitución y todas las leyes, no son recopiladas, para ser presentadas con confianza al Pueblo, y sometidas a su sanción; será imposible que haya jamás un buen gobierno, ni una sabia legislación; pues, o el Pueblo, no teniendo parte en lo que se hace, no lo apreciará en nada, ni se encargará de sostenerlo, o lo que sucede más comúnmente, sus derechos serán siempre sacrificados por sus representantes que en nada cuentan con él.

De todo lo expuesto resulta, que el buen suceso de una revolución depende, tanto del Pueblo, como de sus legisladores: del Pueblo, porque es indispensable que conozca, la gran distancia que hay de sus costumbres actuales, al modo con que debía vivir, y por consiguiente, que para destruir esta habitud tan viciosa, y romper los lazos que tienen sujeta su alma, a tanto error e ignorancia, a tanta pasión desarreglada, y a tanta practica antigua, es necesario que se venza a sí mismo, haciendo un sacrificio de todos sus errores: esfuerzo, tanto más grande para el hombre, cuanto no puede ser sino la obra de una resolución vigorosa, de un entusiasmo generoso, revolucionario, vehemente, sostenido y gobernado por los consejos de la razón. De los legisladores, porque de sus luces y probidad, depende tomar las medidas con exactitud, y dar a la empresa una dirección invariable, y una solidez indestructible: por lo que, no es suficiente para el exacto desempeño de un empleo semejante, el que sean hombres instruidos y celosos, es necesario, que estén libres de preocupaciones y errores, de pasiones y parcialidades; que hayan reflexionado maduramente sobre la naturaleza de las cosas, y el carácter de los hombres; que sepan atraerlos por la fuerza de los principios y no por la violencia; que conozcan la influencia del clima, sobre lo moral y lo físico, y la influencia aún más grande, de los usos antiguos, que solo su antigüedad hace respetarlos ciegamente; que sepan calcular con exactitud las relaciones sociales, por un conocimiento fijo de todos sus enlaces, y que determinen antes, cuál será el juego de los nuevos resortes políticos, puestos en movimiento; que combinen igualmente los resultados de su acción, por afuera, y que midan la preponderancia que podrá tener el pueblo regenerado, en la balanza de las Naciones, ya por su gobierno, ya por su comercio. Después de haber trazado el plan es indispensable que le lleven adelante con firmeza, sin exasperar a nadie; y que hallen el arte de merecer la confianza pública, al tiempo mismo que destruyen una infinidad de intereses particulares: es necesario que sepan sostenerse en una elevación que siempre vaya creciendo, por el bien que se opera; que miren solamente la masa del pueblo, sin distinguir los individuos; que caminen entre la sabiduría y el vigor, la justicia y la razón, la estabilidad y los principios; en una palabra, que no se detengan, por pequeños embarazos, por vanos clamores, por débiles contrariedades; que no se atemoricen por algunos contratiempos parciales; que tengan la serenidad de espíritu necesaria, para preverlo todo, para prevenirlo, y remediar sin dilación los males accidentales: en fin, que sean tan grandes, como la obra en que se ocupan, tan respetables como el Pueblo de quien sellan los derechos; que estén profundamente penetrados de sus obligaciones, y tengan siempre presente, que un olvido, una ligereza, una debilidad, puede costar muchas lágrimas y sangre, a una multitud de ciudadanos. La cualidad primera de un legislador, es la abnegación de sí mismo: debe mirar exclusivamente en sus trabajos, el bien general, y no esperar otra recompensa de sus fatigas, de sus

esfuerzos, que la gloria de haber atraído la virtud entre los hombres, presentándoles leyes propias para lograr su felicidad. ¡Dichosa tú, amada Patria mía, si logras unos legisladores tan sabios y virtuosos!

He aquí las principales máximas, que conducen al buen éxito de una revolución: he aquí los principios generales, que sé deben seguir para establecer una Constitución sabia, justa y permanente.

Americanos de todos estados, profesiones, colores, edades y sexos: Habitantes de todas las provincias: Patricios y nuevos Pobladores, que veis con dolor la desgraciada suerte de vuestro País, que amáis el orden, la justicia y la virtud; y que deseáis vivamente la libertad: oíd la voz de un Patriota reconocido, que no os habla, ni aconseja, sino por vuestro bien, por vuestro interés y por vuestra gloria. La Patria, después de trescientos años de la más inhumana esclavitud, pide a voces, un gobierno libre: la hora para el logro de un bien tan grande y precioso, ha llegado ya: las circunstancias nos convidan y favorecen : reunámonos pues inmediatamente para tan heroico fin: impongamos silencio a toda otra pasión, qué no sea la del bien público; contribuyamos todos, con nuestras luces, con nuestras haciendas, con nuestras fuerzas, con nuestras vidas, al restablecimiento de la felicidad general: sacrifiquémoslo todo, si es necesario, para el bien de la Patria: tomemos todos las armas: sí, a las armas, a las armas todos: resuene por todas partes, viva el Pueblo Soberano, y muera el despotismo. Porfiemos todos en ser los primeros a romper las cadenas de la esclavitud: vosotros intrépidos y valerosos Guerreros, uniros inmediatamente al Pueblo, sostened su partido: Ministros de Jesucristo, exhortad a todos a la defensa de sus derechos, rogad a Dios por el pronto y feliz logro de esta empresa: individuos del Bello sexo, contribuid también con vuestro poderoso influjo: Esposas fieles, y tiernas Madres, animad a vuestros maridos, a vuestro hijos: castas Viudas y Doncellas honradas, no admitáis favores, ni deis vuestras manos, a quien no haya sabido pelear valerosamente, por la libertad de la Patria: nadie tenga por buen marido, por buen hijo, por buen hermano, por buen pariente, ni por buen paisano, a todo aquel que no defienda con el mayor tesón la causa publica: a todo aquel, que volviese la espalda al enemigo: tiemble este a nuestra presencia: llénese de terror y espanto, al ver nuestra intrepidez, nuestro valor y constancia: quede de una vez confundido el vicio, exaltada la virtud, destruida la tiranía, y triunfante la Libertad.

 

 

 

 

DERECHOS
DEL HOMBRE
Y DEL CIUDADANO.

 

Artículo primero.

El objeto de la sociedad, es el bien común: todo gobierno es instituido para asegurar al hombre el goce de sus derechos naturales e imprescriptibles.

II.
Estos derechos son, la igualdad, la libertad, la seguridad y la propiedad.

III
Todos los hombres son iguales por naturaleza, y por la ley.

IV.
La ley, es la declaración libre y solemne de la voluntad general: ella es igual para todos, ya sea que proteja, ya que castigue: no puede ordenar sino aquello que es justo y útil a la sociedad, ni prohibir sino lo que es perjudicial.

V.
Todos los ciudadanos tienen igual derecho para obtener los empleos públicos: los pueblos libres no conocen otros motivos de preferencia en sus elecciones, que la virtud, y el talento.

VI.
La libertad consiste en poder hacer todo lo que no perjudica a los derechos de otro: tiene por principio la naturaleza, por regla la justicia, y por salvaguarda la ley: sus límites morales fe contienen en esta máxima: No hagas a otro lo que no quieres que te se haga a ti.

VII.
El derecho de manifestar su modo de pensar y opiniones, sea por medio de la prensa, o de cualquiera otro modo, el de juntarse pacíficamente, y el libre ejercicio de los cultos, no pueden ser prohibidos.
La necesidad de dar a conocer sus derechos supone, o la presencia, o el reciente recuerdo del despotismo.

VIII.
La seguridad consiste, en la protección acordada por la sociedad a cada uno de sus miembros, para la conservación de su persona, de sus derechos y de sus propiedades.

IX.
La ley debe proteger, así la libertad pública como la de cada individuo en particular, contra la opresión de los que gobiernan.

X.
Ninguno debe ser acusado, preso, ni detenido, mas que en los casos determinados por la ley, y según las fórmulas prescritas por ella. Todo ciudadano llamado, o requerido por la autoridad de la ley, debe obedecer al instante, si se resiste, se hace culpable.

XI.
Todo acto ejecutado contra un hombre fuera de los casos, y fin las fórmulas que la ley determina, es arbitrario y tiránico: aquel contra quien fe quiera ejecutar, tiene derecho para resistirse.

XII.
Aquellos que solicitasen, expidiesen, firmasen, ejecutasen, o hiciesen ejecutar actos arbitrarios, son culpables y deben ser castigados.

XIII.
Todo hombre debe ser tenido por inocente, hasta tanto que haya sido declarado culpable: si se juzga indispensable su prisión, todo rigor que no sea necesario para asegurarse de su persona, debe prohibirse severamente por la ley.

XIV.
Ninguno debe ser juzgado, ni castigado antes de haber sido oído, o llamado legalmente, y en virtud de una ley promulgada antes de haber cometido el delito. La ley que castiga delitos cometidos antes de su publicación, es tiránica: el efecto retroactivo dado a la ley, es un crimen.

XV.
La ley no debe imponer sino penas absoluta y evidentemente necesarias: las penas deben ser proporcionadas al delito, y útiles a la sociedad.

XVI.
El derecho de propiedad, es aquel que pertenece a todo ciudadano de gozar y de disponer a fu gusto, de sus bienes, de sus adquisiciones, del fruto de su trabajo y de su industria.         

XVII.
Ningún género de trabajo, de cultura, ni de; comercio, se puede prohibir a los ciudadanos. XVIII.
Todo hombre puede entrar al servicio de otro, pero no puede venderse, ni ser vendido: su persona es una propiedad inajenable. La ley no conoce esclavitud: entre el hombre que trabaja, y aquel que le emplea, no puede existir más que una obligación mutua de cuidado y de reconocimiento.

XIX.
Ninguno puede ser privado de la menor porción de su propiedad sin su consentimiento, sino es en el caso de que una necesidad publica legalmente probada lo exija, y bajo la condición de una justa y anticipada indemnización.

XX.
Ninguna contribución puede ser impuesta con otro fin que el de la utilidad general: todos los ciudadanos tienen derecho de concurrir a su establecimiento, de vigilar sobre su empleo, y de hacerse dar cuenta.

XXI.
Los socorros públicos son una obligación sagrada: la sociedad debe mantener a los ciudadanos desgraciados, ya sea procurándoles ocupación, ya asegurando modos de existir a aquellos que no están en estado de trabajar.

XXII.
La instrucción es necesaria a todos: la sociedad debe proteger con todas sus fuerzas los progresos del entendimiento humano, y proporcionar la educación conveniente a todos sus individuos.

XXIII.
La seguridad social consiste en la unión de todos, para asegurar a cada uno el goce, y la conservación de sus derechos.
Esta seguridad está fundada sobre la soberanía del pueblo.

XXIV.
Ella no puede subsistir, si los límites de las funciones públicas no están claramente determinados por la ley, y si la responsabilidad de todos los funcionarios no está asegurada.

XXV.
La soberanía reside en el pueblo: es una e indivisible, imprescriptible e inalienable.

XXVI.
Ninguna porción del pueblo, puede ejercer el poder del pueblo entero; pero cada parte de la soberanía en junta, debe gozar del derecho de manifestar fu voluntad, con una libertad entera.

XXVII.
Todo individuo que usurpase la soberanía, sea al instante muerto por los hombres libres.

XXVIII.
Un pueblo tiene en todo tiempo el derecho de examinar, reformar, o mudar fu constitución.
Una generación no puede someter a sus leyes las generaciones futuras.

XXIX.
Cada ciudadano tiene un derecho igual para concurrir a la formación de la ley, y al nombramiento de sus diputados, o de sus agentes.

XXX.
Los empleos públicos son esencialmente temporales, nunca deben ser considerados como distinciones, ni como recompensas, sino como obligaciones.

XXXI.
Los delitos de los diputados del pueblo y de sus agentes, jamás deben quedar sin castigo: ninguno tiene el derecho de pretender ser más impune que los demás ciudadanos.

XXXII.
El derecho, de presentar peticiones a los depositarios de la autoridad pública, no puede en ningún caso ser prohibido, suspendido, ni limitado.

XXXIII.
La resistencia a la opresión, es la consecuencia de los otros derechos del hombre.

XXXIV.
Hay opresión contra el cuerpo social, al punto que uno solo de sus miembros es oprimido, y hay opresión contra cada miembro en particular, a la hora que la sociedad es oprimida.

XXXV.
Cuando el gobierno viola los derechos del pueblo, la insurrección es para este y para cada uno de sus individuos, el más sagrado e indispensable de sus deberes.

 

FIN.

 

 

MAXIMAS
REPUBLICANAS.

 

No basta el no hacer mal alguno, es necesario hacer todo el bien que se pueda.

El buen Republicano cree firmemente que hay un Dios: a este Ser Supremo consagra sus primeros pensamientos y alabanzas, y rinde incesantemente sus homenajes: él es quien le dio un alma inmortal, quien recompensa la virtud, castiga el vicio, y ha hecho a todos los hombres libres, e iguales.

El culto más digno de Dios, es la observancia de sus preceptos, la práctica de las virtudes, y de los derechos del hombre.

Aquel que sirve bien a su Patria, con sus talentos, y con sus brazos, sirve bien al Ser Supremo.

La Patria es el objeto amado de todo hombre de bien: la libertad y la igualdad, por dones del cielo que una república virtuosa, no pierde jamás.

El hombre libre no mira más que a su Patria: en todo lo que hace, en todo lo que emprende, siempre la tiene presente.

El amor de la Patria tiene la virtud por basa.

El hombre virtuoso encierra el cumplimiento de sus deseos en la observancia de las leyes de su país: toda su gloria consiste en seguirlas religiosamente.

El buen patriota trabaja para el bien general, siempre une su propio interés, al de todos sus conciudadanos.

El amor a la Patria purifica los corazones, corrobora la virtud, fija y asegura la independencia del universo: el solo produce los héroes y los grandes hombres, y con él se puede todo.

La Patria aprecia las denunciaciones verdaderas y fundadas, pero aborrece la calumnia: la ley castiga con la pena del talión a los falsos delatores.

Las buenas costumbres, el desinterés y la frugalidad, preservan del estado de esclavitud: el desenfreno destruye la salud, la envidia

esta casi siempre unida con el crimen, la ambición produce la discordia, y la intriga la perdida de la estimación del hombre de bien.

En una república, el hombre no se pertenece a sí mismo: pertenece todo entero a la causa publica, da cuenta a su patria de todas sus acciones, del empleo de su tiempo, y de sus modos de existir: procura la ilustración de sus hermanos, y con su ejemplo propaga siempre y hace estimar las virtudes, que solas forman las repúblicas.

La pereza y la ociosidad son crímenes en una república: el hombre debe ganar el pan con el sudor de fu rostro, y pagar a la patria con fu trabajo, los bienes que le proporciona.

El republicano es un verdadero amigo de la humanidad: no es injusto con nadie, socorre con gusto a los infelices, respeta a los débiles, defiende a los oprimidos, hace a los demás todo el bien que puede, y no se halla contento fino cuando ha hecho algún gran servicio a sus semejantes.

Ninguno es absolutamente señor de sí mismo, todos los hombres dependen de la sociedad. Mal haya aquel que no sabe respetar las leyes, que no mira sino por sí solo, y que ignora lo que debe a la sociedad entera.

Lo que constituye una república, no es, ni las riquezas, ni las dominaciones, ni el entusiasmo pasajero: son las leyes sabias, la destrucción de los intrigantes y ambiciosos, las virtudes públicas, la pureza de las costumbres, y la estabilidad de las máximas del hombre de bien.

El ciudadano libre y virtuoso, es el objeto más apreciable de toda la naturaleza: siempre sincero, jamás engaña: él es el apoyo y la consolación del inocente, y el terror de los malvados: justo, encuentra la felicidad en sí mismo: oye los elogios, y la sátira; pero sabe que el más dichoso de los mortales, es el que sirve útilmente a su patria.

La obligación del que tiene mucho, es socorrer al que tiene poco: un verdadero republicano se impone a sí mismo la obligación de partir sus bienes, con los hermanos indigentes.

Un vil egoísta, que insaciable de oro y de riquezas fe muestra insensible a los males que afligen a los desgraciados, es horroroso al género humano, y la patria cansada de su egoísmo le arroja lejos de sí.

La avaricia es la madre de todos los delitos: mucho mejor es perder que ganar ilícita y vergonzosamente. Cualquiera que favorece al usurero, se hace sospechoso de todos sus crímenes.

El republicano sobrio, amigo de la frugalidad, amante de su próximo, no encierra, ni amontona los víveres en tiempo de escasez: no despoja de lo necesario la mesa del vecino menos rico, para cubrir la suya de exquisitos manjares, superfluos y nocivos a la salud: sus sentimientos son más humanos.

Las ciudadanas virtuosas aborrecen el libertinaje, conducto impuro de todos los vicios: ellas suavizan y purifican las costumbres, fomentan el patriotismo, preparan socorros a los defensores de la patria, consuelan las familias de aquellos que han perdido la vida por la libertad, y deseando merecer el dulce nombre de madres, alimentan y crían sus hijos, para que un día fuertes y vigorosos, puedan defender y conservar los imprescriptibles derechos de la libertad.

Los republicanos virtuosos están siempre unidos como hermanos y amigos: entre ellos reina la mayor armonía, el más grande respeto, la más noble emulación; pero no se conoce la envidia: se fuerzan los unos a los otros al cumplimiento de sus deberes: la reputación de sus semejantes les es tan estimable como la suya propia: no se contentan solo con ser justos, sino que combaten y no permiten jamás las injusticias.

Un magistrado republicano, no abusa jamás de la confianza del pueblo que le ha dado el encargo de vigilar sobre la ejecución de las leyes. Su obligación es comunicar sus sentimientos con dulzura y franqueza, y hablar siempre el lenguaje de la razón. Activo, vigilante, paciente é incorruptible, es el modelo de todas las virtudes: sometido el primero a las leyes de su país, si las quebranta, se hace culpable de todos los perjuicios que se sigan al pueblo.

El republicano en fin es económico, sobrio y frugal: amigo del pobre, de la viuda y del huérfano, es con ellos liberal y generoso: sin fausto, simple y modesto en sus vestidos, es enemigo del lujo y del orgullo: siempre pacifico, igual y tranquilo, mira a sus semejantes sin envidia: es buen padre, buen hijo, buen marido y buen vecino: la paz y la concordia reinan en su familia y alrededor de él: respeta a los sabios y a los ancianos, obedece a las leyes, estima a los magistrados, es amigo verdadero y fiel de las virtudes y de la probidad, justo para con sus hermanos, la felicidad de ellos hace la suya, y nada de lo que le rodea es desgraciado.

 

 

Notas:

(2) La ignorancia es el mayor mal de un pueblo: ella es la que le hace crédulo, supersticioso, incapaz de conocer las verdades esenciales, y la que le somete a la astucia de los gobiernos opresivos. Cuando un pueblo ha llegado a este punto de estupidez, es muy fácil inspirarle cualquiera pasión y hacer que el mismo se imponga el yugo de la esclavitud por principios: por esto los déspotas y los ambiciosos, se aplican singularmente a eternizar esta impericia, tanto más funesta, cuanto se opone a los progresos del entendimiento, por el fanatismo que fomenta, y por la ceguedad que perpetua.

(3) Cuando los tiranos necesitan del Pueblo; cuando las circunstancias no les permiten poner en ejecución todo el rigor de su despotismo, conceden privilegios y prerrogativas que cumplen solo, mientras hacen su negocio: esto es lo que ha sucedido en América con los fueros que los reyes de España concedieron a ciertas ciudades, a los Indios, y a los nuevos Pobladores.

(4) A pesar de todo esto, no faltan aún apologistas de nuestro actual gobierno: no hablo solo de aquellas almas viles, que por el interés que les resulta, que porque ayudan al tirano a comer la sangre y sudor del pobre, le defienden y sostienen tenazmente; hablo también de cierta clase de gentes, de aquellos que nada ven, ni conocen, y que preocupados por lo mucho que han oído alabar nuestro gobierno a los malvados y aduladores, creen que es excelente, y sacan la cara por él cuantas veces se les proporciona; más es de advertir como lo ejecutan: cuando se ven atacados; cuando nada tienen que responder a las demostraciones palmarias que se les hace, de que la administración de justicia está enteramente perdida; de que pudiendo tener todas las cosas, buenas y baratas, carecemos de ellas, y nos vemos en la necesidad de comprarlas malas y caras; cuando se les hace ver esto, y otras infinitas cosas, no pudiéndolas negar, confiesan que es cierto; pero echan la culpa a los gobernadores, y justifican al rey: éste, dicen, nada sabe, que a saberlo él pondría remedio. Esta respuesta solo puede satisfacer a los ignorantes: el rey tiene noticia de todas las principales providencias que se toman para el régimen y gobierno de la América; pero prescindo por ahora de ello, y me atengo a lo siguiente: o el rey sabe lo que pasa, o no: si lo sabe y no pone, como vemos y experimentamos, el conveniente remedio, es señal cierta que lo quiere así; y si no lo sabe, es prueba clara que no cumple con su obligación; pues está encargado de vigilar sobre todo: en uno y otro caso, se concluye evidentemente, que el rey es malo, ¿Que decís a esto preocupados? Partidarios de la tiranía ¿qué tenéis que oponer a ellas verdades?

(5) En América no hay tantos obstáculos que vencer para hacer una buena revolución, como en la Europa: no hay príncipes, no hay grandes, nuestra nobleza actual escarmentada de lo que ha pasado en otras partes,se contendrá en los límites de la razón, y el Clero, no abusará seguramente de su ministerio, para seducir al Pueblo, y mantenerle, contra todo derecho, bajo el yugo de la tiranía; sino todo al contrario, es de esperar de su virtud y celo, que contribuirá con todas sus fuerzas al buen éxito de la causa común, mayormente estando, como deben estar, todos los Ministros de Jesucristo, en la segura inteligencia de que no se hará innovación en cuanto a la Religión de nuestros mayores, antes se procurará conservar en su mayor pureza.
La gran distancia que media, entre este país y la Europa, es una ventaja considerable para nosotros: no es menor el hallarnos con Tropas Patricias; pues aunque estas en el día están a las órdenes del tirano, saben muy bien que la milicia fue establecida para defender la Patria y no para oprimirla según la voluntad de un malvado usurpador: en cuya suposición no es de creer que haya alguno que quiera ser instrumento de la tiranía, contra su mismo país. ¡Como es posible se encuentren entre nosotros almas tan viles, hombres tan infames, que quieran ser verdugos de sus propios padres, hermanos, parientes, amigos y paisanos, y que cuando se trata de recobrar la libertad, sean los que se opongan a una resolución tan justa! Nadie puede presumirse un hecho semejante: quien talhiciere sería el oprobio del mundo, la afrenta de los Americanos.
Otra ventaja de las más grandes son las luces del día; pues además de haber quitado un sin fin de errores y preocupaciones, que subsistían sobre este particular, suministran los medios de lograr un pronto y feliz éxito. La historia de la revolución del Norte de América, la de la Francia, la de Holanda y la de las recientes repúblicas de Italia, enseñan, así lo que debemos hacer, como evitar, para conseguir nuestro fin, sin experimentar los graves males que ellos han padecido. Últimamente el tirano no puede hacernos la guerra, si nosotros no le suministramos los medios, esto es el dinero: quitémosle pues este recurso, abramos nuestros puertos a todas las Naciones del mundo, desde el mismo acto de nuestro primer movimiento, observemos la más exacta neutralidad con las Potencias beligerantes, hagamos respetar nuestros territorios y nuestro pabellón, y tendremos cuanto nos sea necesario para conseguir nuestra libertad, y confundir ese monstruo, ese Carlos, ese león sanguinario, que con sus garras devora, uno y otro mundo.
En las dos Américas se pueden establecer varias repúblicas, y es de creer que se haga así. Sin duda alguna que los inteligentes examinarán este punto con el mayor cuidado, y que procurarán formar todas aquellas que sea más conveniente: y si a la hora que una provincia rompa, las demás siguen su ejemplo, no hay la menor duda que se logrará inmediatamente la libertad general; pues es imposible, que el tirano pueda a un mismo tiempo acudir a tantas partes diversas de la América, y atender a la España, de la cual no está muy seguro; pues aquel Pueblo se halla así mismo justamente indignado contra él, por las usurpaciones graduales que le ha hecho de todos sus derechos, hasta ponerle en la más insoportable esclavitud; y es de creer, que se aprovechará de las favorables circunstancias que nuestra determinación le presentará, para lograr igualmente su libertad: en el ínterin, nosotros debemos vivir en la firme inteligencia de que los Españoles de Europa, no nos mirarán jamás como enemigos, y que, en el caso de que el tirano envíe algunas tropas contra nosotros, la mayor parte serán de nuestro partido; pues aunque el rey tiene corrompidos, por medio del interés, a muchos Españoles, es evidente, que hay infinitos patriotas, verdaderos hombres de bien, que se hallan libres de esta corrupción, y que seguramente se unirán a nosotros para la destrucción de la tiranía

(6) Entre Blancos, Indios y Pardos y Negros, debe haber la mayor unión: todos debemos olvidar cualquier resentimiento que subsista entre nosotros, reunirnos bajo un mismo espíritu y caminar a un mismo fin. Por falta de esta buena armonía, hemos experimentado un sin fin de males. El rey ha procurado, por cuantos medios le han sido posibles, fomentar entre todos la desunión y la discordia, como medio seguro de tenernos siempre sujetos, siempre esclavos: a nosotros pues nos toca destruir esta máxima tiránica, con su contraria, si queremos recuperar nuestra libertad: el déspota ha introducido distinciones odiosas, clases contrarias a la naturaleza, opuestas al espíritu de la Religión, perjudiciales a la sociedad: establezcamos nosotros la igualdad natural, mirémonos como hijos de un injusto padre, que fue Adán, como hermanos en Jesucristo, e individuos de un mismo estado: reconozcamos que todos les excesos que hasta ahora hemos cometido los unos contra los otros, son efecto de las perversas disposiciones del gobierno, que ha hecho nos mirásemos, no como próximos, sino como de naturaleza distinta: cesen de una vez los odios, los desprecios, los malos tratamientos, y reine entre todos la fraternidad.

(7) En este particular convendría tomar a Licurgo por modelo, que teniendo que regenerar una nación pervertida, la sacó de un golpe del cieno de las pasiones desarregladas, de los vicios y del crimen, por una legislación imperativa y propia para sujetar inviolablemente el espíritu, a toda la severidad de los principios. Un gobierno sabio, es un manantial continuo de las buenas costumbres porque fijando la suerte de todos los ciudadanos, cada uno se ve en la precisión de arreglar su conducta, sus proyectos, sus deseos, después de haber hecho todo aquello, a que está obligado para la felicidad común, que es el objeto y el fin de todo ser viviente. Si el honor, el desinterés, la simplicidad, la franqueza, y el celo de el bien público, forman la esencia de la legislación, estas mismas virtudes se comunican a todas las almas, e imprimen en las costumbres esta austeridad, que es una prerrogativa particular de las Repúblicas.
Conviene asimismo, no olvidar la educación de la niñez: esta se perdería infaliblemente, si se dejase al cuidado de los padres, llenos comúnmente de preocupaciones e ignorancia, y que no pueden darla, sino una instrucción perjudicial, cual ellos la han recibido; más si por medio de una educación pública, común, y gratuita, se la procura instruir en los principios de igualdad, libertad y fraternidad, de los cuales la misma naturaleza ha sembrado la semilla en sus corazón, se logrará dar a la Patria una juventud, llena de ardor y de virtudes, instruida en sus derechos, penetrada de sus obligaciones, y que conociendo toda la excelencia de su gobierno, será afecta a su constitución, tanto por sus sentimientos, como por sus principios.

(8) La reforma debe ser radical: no se debe tratar de reparar, sino de construir de nuevo: jamás se puede edificar sólidamente, sobre cimientos falsos: seria esto quererse hallar enterrado el mejor día, entre las ruinas de su misma obra, ¿De qué sirve trabajar en una reforma, para no hacerla perfecta? En cometiendo esta falta, se hace el mal cien veces más funesto; pues se le perpetua por las leyes mismas, que debían exterminarle. La perversidad, no es sino el efecto ordinario de un régimen vicioso: es pues necesario establecer otros principios, y dar al gobierno otra dirección, para que las cosas tomen un semblante diferente. La experiencia ha demostrado, que las leyes y las costumbres absurdas, son las que desfiguran al hombre de su estado natural: siendo esto constante, solo destruyendo estas leyes y estas costumbres, se podrá restituir el hombre a su estado primitivo, y encaminarle al bien.

(9) Una revolución política, que no es otra cosa que la recuperación de los derechos del hombre, debe hacerse exclusivamente, por el Pueblo: así tener consideraciones con sus enemigos, es ir contra la primera regla que se debe seguir. La contrariedad de principios y de opiniones, nacida de la diversidad de pretensiones, no permite conciliar intereses tan opuestos; quererlo hacer, sería ensayarse en reunir elementos contrarios.