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Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1616 Que por cuanto acerca del alzamiento, y rebelión de los Indios Tepehuanes, Zinaloas, y otras naciones, que sucedió por fin de año en la gobernación de la Nueva Vizcaya. Francisco de Figueroa.

1616

 

Francisco de Figueroa de la Compañía de Jesús, Procurador de las Provincias de las Indias, dice: Que por cuanto acerca del alzamiento, y rebelión de los Indios Tepehuanes, Zinaloas, y otras naciones, que sucedió por fin de año de mil y seiscientos y dieciséis, se han esparcido varias relaciones, mezclan doce en ellas algunas cosas que causan confusión: Para su inteligencia se ha de suponer, que en la gobernación de la Nueva Vizcaya (cuya cabeza es la ciudad de Guadiana del Obispado de Guadalajara, en la Nueva España y que dista como cien leguas la tierra adentro de la ciudad de México:) después que los Indios Chichimecos se redujeron a la obediencia de V. Majestad, por los medios de paz que intentó el Marques de Villamanrique, y ejecutó, y consiguió el Marques de Salinas, Virreyes de la Nueva España, reduciéndolos a las poblaciones de San Luis de la Paz, y otras: cesando con esto las muchas muertes que había, y gastos de la hacienda Real, y de particulares, que se hacían muy de ordinario: se fueron descubriendo diferentes naciones de Indios, Tepehuanes, de Topia, san Andrés, Xixenes, las Parras, y Zinaloa, a ciento y cincuenta, doscientas, y a trecientas leguas de México, a la parte del Norte, y hacia el Nuevo México.

La conversión destos Indios se encomendó por los Virreyes de la Nueva España a dos Religiosos de la Compañía de Jesús de los cuales de treinta años a esta parte han estado de ordinario ocupados en esta conversión, de cuarenta a cincuenta, sustentándolos la piedad, y liberalidad del Rey don Felipe II, nuestro señor, que está en el cielo, y la de V. Majestad.

El primer Religioso de la Compañía que entró dando principio a ellas misiones, y reducciones, fue el Padre Gonzalo de Tapia: el cual derramó su sangre por nuestra santa Fe, quitándole la vida aquellos Barbaros, porque les apartaba de sus borracheras, y del abuso de las muchas mujeres que tenían, como los mismos homicidas lo confesaron. La dichosa muerte deste gran siervo de Dios fue, que estando una tarde a puesta de Sol rezando cerca del pobre alojamiento pajizo que tenía orilla del río, vino una tropa de Indios; y por caudillo dellos el mas confidente del dicho padre, que llegó como otro Judas con apariencia de amistad a besarle la mano: y el padre descuidado de la traición se la dio, y le abrazó; y a este punto descargó por detrás un gran golpe otro Indio sobre el cerebro deste siervo de Dios; el cual cayó en tierra levantando el brazo derecho con la señal de la Cruz hecha en los dedos. Intentaron los Indios cortarle el brazo, o deshacer la Cruz, apartando los dedos y no pudiendo conseguirlo, le cortaron todo el casco alrededor de la cabeza y hicieron su baile hombres y mujeres cercando el cuerpo muerto; poniéndose el casco del santo padre como capacete, los unos y los otros: y bebiendo en el en venganza de que les impedía sus bailes, y borracheras.

Con el riego deste primer Mártir, y con los buenos trabajos de los demás de la Compañía, que allí le han sucedido, ha sido nuestro Señor servido que de treinta años a esta parte se pacificasen y redujesen a nuestra santa Fe Católica, y bautizasen mas de cincuenta mil Indios: fuera de muchos niños que recién bautizados se han ido a gozar de nuestro Señor. Y de los adultos ha habido muchos, de los cuales quedó la misma confianza, por haberse bautizado algunos en tiempo de enfermedad, y otros en tan crecida edad, que parece se detenían solo a esperar el santo bautismo: y muchos que en acabándole de recibir expiraban. A muchas destas ocasiones iban los padres en tiempo de invierno a pie, por pantanos y ríos el agua a los pechos, con grave detrimento de su salud, y peligro de sus vidas. De muertes tan dichosas de los recién bautizados, tomaba el demonio por medio de sus hechiceros ocasión para disuadir a los Indios del Cristianismo, haciéndoles entender, que el agua del santo Bautismo, y el Sacramento de la Extrema unción (que los padres les daban) eran causa de sus enfermedades, y muertes.

Y viendo el demonio que con semejantes mentiras y embustes de sus hechiceros, no podía impedir el fruto que se iba haciendo, y temiendo el que en otro no menor número de Indios infieles comarcanos se podía seguir aprovechándose de la ferocidad de aquellos Indios, insistiendo en la antigua competencia con el verdadero Dios, con nuevas invenciones de su malicia, deslumbrándolos con la luz que se les había dado de los misterios de nuestra santa Fe: tomó por instrumento un Indio viejo hechicero (que vino de hacia la tierra del Nuevo México) el cual había apostatado de nuestra santa Fé, y Bautismo que había recibido, idolatrando , y haciendo a otros idolatrar. Este llegó a un pueblo no lejos de la ciudad de Guadiana; llamado Tenarapa, con un Cristo en las manos, cubierto con un velo de tafetán negro en una pequeña Cruz de barro; y dos cartas cerradas al modo Español hízoles entender, que él era el Dios de la tierra, hijo de Dios del Cielo, que decía ser el Sol. Comenzó este hechicero a afearles su cobardía y por haber admitido, y tener por señores de sus tierras a los Españoles, diciendo, que su padre el Sol, y él, estaban desto muy enojados; y de que habiendo ellos señalado por tierra, y patria a los Españoles los Reynos de España, hubiesen sin su licencia pasado a aquellas partes, y apoderándose de sus tierras, e introducido la ley Evangélica, de la cual los quería librar. Y que para desenojar a su padre, y a él, habían de pasar a cuchillo a todos los Españoles, y en primer lugar a los padres de la Compañía, que los doctrinaban: que no temiesen, que él aseguraba la victoria, porque asistiría con ellos para que venciesen, y no muriesen. Y si algunos muriesen los resucitaría en pocos días; y los viejos, y viejas se volverían a su primera edad. Y acabados (como se acabarían) los Españoles, el como Dios impediría el pasillo, y navegación de nuestros Españoles a aquellos Reynos, causando en el mar grandes tempestades, con que hundiría todos los navíos de España. Y sino le obedeciesen, les enviaría grandes castigos de hambres, pestilencias, y otras enfermedades: y haría que el Espíritu Santo su última persona, los hundiese en la tierra, y abrazase con su fuego: como había castigado a un Indio de Pazquaro, y a una India Justina, a los cuales con celo fingido decía, que por haberlos cogido en mal estado los había hecho tragar la tierra. Después desto repartió cartas desta conjuración para los pueblos comarcanos, y las llevó un Indio ladino. Y asegurándoles se volvería presto a aparecer, y los hablaría, se desapareció.

Dentro de pocos días volvió segunda vez al pueblo de Ozino, en un monte, adonde apareció a algunos Indios, transfigurado en Ángel de luz, rodeado de resplandores: y les mandó juntasen los demás, porque les quería tratar negocios importantes para su bien común, aumento, y prosperidad . Y estando juntos, echando rayos de fuego por los ojos y boca; y airado, les riñó la tibieza y tardanza que tenían en prevenirse para la batalla con los Españoles desapercibidos: que convocasen los pueblos circunvecinos, y que para la tercera vez que viniese no los hallase apercibidos (no haciendo caso de lo que su hijo en la primera aparición, y el en esta segunda les había dicho) vendría su última persona que era el Espíritu Santo, y con su fuego abrazaría a unos, y a otros haría se los tragase la tierra vivos.

En el espacio de pocos días volvió a aparecérseles tercera vez, en figura de un Sol resplandeciente, diciéndoles, que ya era llegado el punto de tocar al arma, y dar la batalla a los Españoles: animándoles a ella, y que les cumpliría lo prometido de ir delante como su Capitán, y resucitaría los que en ella muriesen. Que avisasen a los Indios comarcanos, para que al mismo tiempo se repartiesen por los pueblos, estancias, y rancherías: y en cada lugar que acometiesen, se dividiesen: unos a robar los ganados y caballos; otros a quemar las sementeras; otros a saquear las casas; otros llevasen fuego escondido cuando acometiesen en de noche para pegarlo a las casas, e Iglesias, a las cuales como a lugar mas fuerte se acogerían los Españoles : y los demás jugasen las flechas, lanzas, y algunos arcabuces que llevarían.

Con esto quedaron los Indios atemorizados por una parte, de las amenazas de muerte sino hacían lo que su falso Dios les mandaba; y por otra, animados con sus promesas a cumplirlo (las cuales como padre de mentira no cumplió; pues el Indio de Pazquaro, y India Justina que les dijo había tragado la tierra, se hallaron vivos, y sanos: y ninguno de los que murieron en la guerra se ha visto resucitado.) Dieron luego los Indios aviso a los Tepeguanes, enviando mensajeros, y centinelas para que a un mismo tiempo diesen la batalla en la forma dicha. Y aunque ellos procedieron con mas secreto, y recato que de Barbaros se podía esperar todavía los padres de la Compañía de Jesús (que son sus Curas, y los doctrinan y enseñan las cosas de nuestra santa Fe) echaron de ver su inquietud, y recelándose de algo de lo que sucedió, dieron aviso para que en la frontera de aquellas Misiones se pusiese un presidio de hasta doscientos soldados, que bastarán para que los Indios temiesen rebelarse, y si se rebelasen, pudiesen ser castigados, y socorridos los pueblos que pretendiesen destruir. Pero antes que se pudiese poner el remedio, llegó el dia señalado por el hechicero (permitiéndolo nuestro Señor) y el primer daño que hicieron estos Indios, fue junto al pueblo de Santa Catalina, matando cruelmente al padre Hernando de Tovar religioso de la Compañía, con otros tres o cuatro Españoles, y Indios, que venían con él. Habíanle recibido, y agasajado con disimulación y engaño los Indios de aquel pueblo, dándole de comer, y maíz para sus cabalgaduras; y el día siguiente queriendo proseguir su camino, le ayudaron los mismos Indios a ensillar, y prevenir su jornada; y poco después que venía caminando una cuesta abajo, le comenzaron a flechar hasta que le acabaron, diciendo: Veamos este que es Santo, como le resucita su Dios? Que piensan estos, que no hay sino enseñar Padre nuestro que estas en los Cielos; y Dios te salve María? Vio al mismo Padre antes de expirar despojado de todos sus vestidos, y atravesado con una lanza en los pechos, un Indio Mexicano llamado Juan Francisco, a quien llevaban preso otra cuadrilla de Indios Tepehuanes, que iban a dar sobre Atotonilco. Y después que escapó se le tomó juramento en la villa de Guadiana, y dijo haberle visto así tendido, y expirando.

Esta cuadrilla con el Indio Mexicano que llevaban preso, durmió la noche siguiente junto Atotonilco, que es la estancia del Capitán Francisco Muñoz, adonde dieron arma el jueves al amanecer , y mataron al padre fray Pedro Gutiérrez, de la Orden del Seráfico san Francisco, habiéndose estos Indios primero mostrado de paz, y traído agua , y hechóse muy serviciales, hasta que de repente , pero a hecho pensado arremetieron a los Españoles , con flechas, y alaridos espantosos. Encerróse el padre fray Pedro, y los Españoles; mas los Tepehuanes con piedra menuda, y mediana, que a manera de granizo llovía sobre los techos de la casa, la desecharon, y pegaron fuego por tres partes, dándoles humazo de Chile: el cual los desatino, y obligó a salir arriba a pelear, y así los mataron a todos. El padre fray Pedro Gutiérrez salió con un Cristo en las manos por aplacarlos, y recibiéronle con un flechazo en el estómago, y mucha piedra menuda, con que le mataron, dando su vida por la confesión de nuestra santa Fe. Tomó el Cristo en sus manos un niño de catorce años, muy bien inclinado (que pocos meses antes estudiaba en los Estudios de la Compañía de Jesús de México, y ahora andaba con este santo Religioso; llamábase Pedro Ignacio, a devoción del B. P. Ignacio fundador de la Compañía de Jesús, por mercedes milagrosas que del había recibido, así él como sus padres) y allí hizo voto de ser Religioso, y luego el humo de Chile le mató. En este puesto murieron mas de cuarenta personas, todos confesados muchas veces, como quien esperaba tal trance.

Al mismo tiempo el jueves por la mañana mientras este estrago se hacía en Atotonilco, otra parcialidad de Indios con lanzas de Brasil, flechas, hachas, barretas, chuzos, y algunos arcabuces, dieron sobre la estancia de Guatimapec, donde se habían juntado hasta treinta Españoles circunvecinos: empezaron su batería los Indios, hiriendo a seis de los que estaban con arcabuces en el azotea: y rompiendo una pared del corral, sacaron veinte yeguas ensiladas, que tenían prevenidas los de dentro, y ganaron la azotea, y la destecharon, y pusieron fuego. Los nuestros que tenían pocas armas, como estaban descuidados, y no prevenidos de tan gran daño, por no perecer iban con barretas abriendo paredes, y pasándose de un aposento a otro, hasta que habiendo pasado cuatro aposentos, y no teniendo otro adonde pasar, dándose por perdidos, y muerto si fue tan favorable la divina providencia , que al mismo tiempo bien acaso proveyó, que cantidad de potros que venían por el camino real, levantó tal polvareda, que pareció a los enemigos ser gente que nos venía de socorro; y al tiempo de hacerla presa, les puso el miedo en huida, y dio lugar a los cercados se pusiesen en salvo, como lo hicieron, sin que pereciese alguno, habiendo muerto a tres de los enemigos.

Muy diferente fue el suceso, aunque al mismo tiempo, de las muertes dichosas que sucedieron en el pueblo de Zape, de los padres Juan del Valle, Gerónimo de Moranta, Juan Fonte, y Luis de Alavés Sacerdotes religiosos de la Compañía de Jesús, y de un Santo religioso de la Religión de Santo Domingo, cuyo nombre hasta ahora no se ha sabido (el cual pasaba del Real de Guanacebi, a Zacatecas ) donde murieron otros diez y nueve Españoles de Guanacebi, que había ido a prevenir las fiestas que se habían de hacer pocos días después en honra de la presentación de la Virgen Nuestra Señora, dedicándole un Altar con una preciosa Imagen. Mataron juntamente mas de cuarenta negros, y Indios de los amigos, que por todos fueron ochenta y tantos, sin quedar quien pudiese dar aviso; hasta que el Sabado veinte de Noviembre del dicho año de 616 don Juan de Agüero Alcalde Mayor de Guanacebi, ora sea por nuevas que un mulatillo le dio de que los Indios del Zape andaban bregando con los Españoles que estaban con los dichos padres; ora por echar menos al padre Luis de Alaves, que había quedado de venir aquel día a decir Misa: salió el siguiente al anochecer con ocho soldados, y llegaron a la media noche al puerto, e Iglesia, adonde vieron el estrago que los Idolatras había hecho. Antes que llegasen hallaron un hombre ya difunto, que tenía cortadas las manos, y abierto el vientre, y por el cementerio estaban muchos cuerpos desnudos muertos con grande atrocidad, y otros dentro de la Iglesia. Vocearon por saber si se había escapado alguno; y no respondiendo se volvieron al Real de Guanacebi tan lastimados, como se puede pensar. Salióles al encuentro una encuadra de Indios, con quien pelearon valerosamente. Al Alcalde Mayor le mataron el caballo, y el corriera el mismo peligro, sino le socorriera un Indio Mexicano con un buen rocín y esta lealtad que salvó al Alcaide, puso al Indio en términos de perder la vida, porque salió muy malherido de la refriega.

Venían los Indios enemigos a caballo, y a pie, vestidos de las ropas, y bonetes de los padres de la Compañía, que dejaban muertos. Siguieron al Alcalde Mayor dos leguas, el cual se recogió a su puesto de Guanacebi con su gente, recogiéndole en la Iglesia con todos los Españoles, y la demás gente hombres y mujeres: quemaron, y asolaron todo aquel real, y las haciendas del, los Indios, que solo han quedado algunas casas vecinas adonde están recogidos, y por miedo de los arcabuces no las asolaron los enemigos, aunque poniendo en gran aprieto a los Españoles que allí había.

Para esta fiesta que se había de celebrar en el puesto de Zape, y para la junta que habían de hacer, como suelen los padres de la Compañía de toda aquella Misión de Tepehuanes, estaban prevenidos, y avisados otros dos padres de la misma Compañía; el uno era el padre Hernando de Santaren, que había mas de veinte y cuatro años que andaba trabajan tío Apostólicamente en aquellas Misiones, y tenía ahora en doctrina la nación de los Xiximes, y iba a Guadiana, para ir desde allí a Sinaloa, a dar principio a otra nueva misión de la nación de los Yaquimis: el cual llegando a un pueblo desta nación llamado Yoracapa, y queriendo decir Misa hizo llamar con la campana, y al Fiscal a grandes voces, para que diese recaudo: mas entrado en la Iglesia como la vio malparada, profanado el Altar, arrastradas , y desfiguradas las Imágenes, recelándose del mal que había, se volvió a poner a mula para seguir su camino. Aguardábanle los Indios acechándole al pasar de un arroyo, adonde haciendo del le echaron de la mula abajo. Preguntóles, que qué mal les había hecho, y porque le querían matar? Respondieron, que ninguno: mas que harto mal era para ellos ser Sacerdote. Y con esto le dieron con un palo tan fiero golpe en el celebro, que le esparcieron los sesos: con lo cual, y con otras muchas heridas invocando el buen padre el Santísimo nombre de Jesús, acabó felizmente su jornada. Háse visto del pues acá su cuerpo desnudo sin sepultura a la orilla del arroyo, sin tener remedio de dársela por ahora, como ni a los demás padres, y Españoles que han muerto. Han llorado la muerte destos religiosos de la Compañía las Indias Tepehuanas, mujeres de los matadores; las cuales están cansadas de ver las crueldades de sus maridos contra los padres, que tan pacíficamente a si a ellos, como a ellas los doctrinaban.

No fue menor la crueldad destos Barbaros en el pueblo de Santiago Pazquiaro, donde residían los padres Bernardo de Cisneros, y Diego de Orozco de la Compañía de Jesús. Tuvo el padre Cisneros alguna luz del alzamiento, y por repararlo si pudiera, previno al Cacique principal de los Indios llamado don Francisco, y á otro su allegado (que ambos eran de confianza) para que entendiesen de los demás Indios su designio, y los redujesen a mejor determinación: mas ellos mataron al don Francisco, y á su compañero, porque favorecían a los padres, y les exhortaban a la paz. Visto esto se dio orden como el Martes a quince del dicho mes de Noviembre, el Teniente, y Capitanes Españoles, y la demás gente con los dichos padres, se recogiesen a toda presa a la Iglesia, asegurando todos los que podían peligrar; hombres, y mujeres, con algunos Indios amigos porque sabían que se habían juntado doscientos Indios de a pie, y a caballo, para dar sobre los nuestros, y que hacían robos, e insolencias en las estancias comarcanas, y caminos. Comenzaron los enemigos a batir la Iglesia, y los Españoles a defenderse, con matanza de algunos Tepehuanes hasta que se cerró la noche. El día siguiente prosiguieron, el asalto, dando combate a los cercados, y poniendo fuego por dos veces a las puertas de la iglesia dónde estaba el Santísimo Sacramento: y a vista de los padres, y de los demás cercados sacaron de una Ermita cerca de Iglesia una Imagen de N. Señora, y cargándosela uno a cuestas le dieron dos dellos dos mil azotes, con no poco dolor y sentimiento de las de dentro que lo veían, y no podían remediar por ser pocos, mal armados, y nada prevenidos. Sacaron también de una casa un Crucifijo, y le hicieron pedazos en una esquina, y arrastraron. Y con la Cruz que estaba en el cementerio de la dicha Iglesia, hicieron juego al modo de jugar lanzas, o sortija. Y iban los de acaballo con lanzas y padrinos justando; hasta que hicieron pedazos la Cruz, y dando grita a los dos padres de la Compañía y decían: Nosotros tenemos Dios vivo, y no estos que no tienen sino Dios de palo: y a este modo decían otras cosas en menosprecio de nuestra santa Fe, y hacían otros muchos desafueros. Defendiéronse los cercados por todo el jueves, y con los pocos arcabuces, y munición que tenían mataron algunos de los Indios, quedando también heridos de las flechas algunos Españoles. El Viernes al amanecer había ya más de cuatrocientos enemigos; los cuales quemaron todas las casas, y pusieron fuego a la Iglesia, y al tiempo que se iba quemando, dijo un Indio, de los enemigos llamado Pablo, criado que había sido de un Español, á voces , que ellos eran Cristianos, y que para que los de dentro escapasen vivos, les entregasen en las armas, y con esto serían recibidos de paz. A esta voz hubo diferencias entre los Españoles acerca de aceptar el partido, o no que se les hacía. Tomóse resolución de despachar otro a los Indios, diciendo que ellos no querían mas de salir de allí, y dejándoles, sus tierras irse a la villa de Durango, que es la de Guadiana: lo cual harían al punto, con que no se les hiciese más daño. Los rebelados respondieron, que saliesen en buen hora.

Con esto pusieron en orden su salida, y porque tenían aun el Santísimo Sacramento en la Iglesia, para consuelo de los cercados dilatando el consumirlo todo el tiempo que les duraba la esperanza de poderse defender, o salir libres en paz, sacó el padre Diego de Orozco la Custodia del Santísimo Sacramento en las manos, acompañado para ayudársela a llevar del padre Cisneros. Sacó también el Teniente Juan de Castilla una Imagen grande de la Virgen, y luego ordenaron su procesión, en la cual iban todos los que allí había. Estando en este punto llegaron Tepehuanes falsamente reconciliados a la Custodia, y hincados de rodillas la adoraban, y besaban con lo cual los nuestros se aseguraban dellos, entendiendo era verdadera su reverenda, y adoración. Luego los Indios mostrando recelo, y temor de los Capitanes les pidieron los arcabuces que tenían, puesto podían usar dellos por falta de munición. Visto por los nuestros el manifiesto riesgo, y peligro en que estaban, se los entregaron mas por fuerza, que de grado, pues eran ya pocos para defenderse, y sin esperanza de socorro y remedio, juzgando ser lo más seguro hacer (como dicen) de ladrones fieles. Tenía un capitán solo su espada en la cinta, y no teniéndose por seguros los enemigos, llegó un Indio, y se la quitó. En viendo esto los demás, luego al punto envistieron, y quitaron al padre Diego de Horozco la Custodia, y dieron con ella en la pared, y al Santísimo Sacramento acocearon, y pisaron desmenuzándole en el suelo. También hicieron pedazos la Imagen de la Virgen, que llevaba el Teniente Juan de Castilla, como habían hecho con la otra que arriba queda dicho: y con los ornamentos de la Imagen vestido un Indio corría lanzas con un Crucifijo, dándole de lanzadas por la parte de los clavos. Pusieron a tres Indias de su nación sentadas en las andas con sus cojines, ofreciéndoles los despojos, a manera de premios, como se suele hacer en las sortijas. Pasado esto mataron con lanzas, y otras armas a los padres Bernardo de Cisneros, y Diego de Horozco de la Compañía de Jesús, y a todos los demás Españoles, y gente retirada. Y antes que matasen al padre Diego de Orozco, le trajeron ocho Indios en alto a manera de baile, diciendo por escarnio: Dominus vobis cum, est cum spiritutuo, y acabado esto le pasaron la espalda de parte a parte con un flechazo, y asegurándole con otro le acabaron la vida.

Quedáronse escondidos en un confesionario cuatro Españoles, de quien se supo lo referido a los cuales no pudieron ver los Indios, por hacerse embriagado con cantidad devino que habían robado de una recua. Saliéronse a media noche los escondidos, y unos aportaron a la Sauceda, y otros a la villa de Guadiana: habiendo caminado en tiempo de nieves por montes fuera de camino cuarenta leguas, fin comer, ni dormir, hasta que llegaron al primer pueblo de Guatimapeque; y antes de llegar estando a la vista desfalleció uno dellos, sin poder pasar adelante, y se quedó muerto del gran trabajo que había padecido: los otros tres como ella dicho, pasaron a la Sauceda, y Guadiana. De donde el mismo Viernes que sucedió este lastimoso caso en Papazquiaro, salía el Capitán Martin de Olivas con gente de socorro para darle a los cercados: mas habiendo pasado de la Sauceda, que está ocho leguas de Guadiana, tuvo aviso de los tres que se escaparon del estrago hecho; y así se volvió a la estancia de la Sauceda. Allí llegó también el padre Francisco de Arista de la Compañía de Jesús, y Suprior de Guadiana, para dar como de mas cerca ordenen lo que conviniese.

En este puesto de la Sauceda hizo asiento el dicho Capitán Martin de Olivas con su gente, por tener mejor aparejo de casa, y bastimentos necesarios: y lo mismo hizo el Capitán Gordejuela, con otro número de soldados que trujo a su costa; y la demás gente circunvecina de las haciendas, y pueblos comarcanos se pusieron allí en cobro: donde vinieron los enemigos haciendo varios asaltos, y acometimientos con vocería, y alaridos; aunque nunca osaron acometer , con que han tenido en aprieto este pueblo, y llevádose las cabalgaduras, que por no haber dentro bastimentos para ellas, era fuerza sacarlas al campo a pacer. Cogiéronse aquí dos Indios, que pensando era esto ya acabado, con sus arcos y flechas entraron descuidadamente, y dellos se supo el designio de los conjurados, que era destruillo todo hasta la villa de Guadiana: tomóseles su confesión, y luego fueron ahorcados.

Tuvo varios sucesos aquí con los Indios el Capitán Martin de Olivas y entre ellos fue, que a una legua deste puesto les dio un rebato un día al amanecer con cuarenta y un soldados, y mató cantidad destos enemigos, y les quitó los arcabuces, cueras, espadas, armas, ropa, frontaleras, albas, y otros ornatos del culto divino, y se pusieron en huida. Tornáronse los enemigos a reformar, y volvieron a seguir a los nuestros: los cuales tuvieron por mejor después e haberles quemado sus ranchos y casas, retirarse en salvo con la presa, no habiendo perdido ninguno de los propios. Ay en este puesto de la Sauceda mas de cuatrocientos de los muertos, donde estaban ya recogidos.

El principal puesto, y asiento de la gobernación, que es la villa de Guadiana, hubiera peligrado, y aun perdídose, si N. Señor no proveyera de lo que diré. Habíanse confederado los enemigos con toda su nación Tepehuana, los pueblos del Tunal, y otros vecinos distantes, poco mas de una o dos leguas de la villa , para que al mismo tiempo que los otros daban en sus puestos, diesen los demás aquí en Guadiana: acertó a pasar en esta sazón una recua de ropa que iba al real de Topia, y salieron a robarla: con esto se descubrió su mal intento, y dieron lugar a que los nuestros se previniesen, y así mandó el Gobernador llamar a los Indios principales de los dichos pueblos vecinos que andaban ya alborotados, y prevenidos de mucha flechería, arcos, y pertrechos de guerra: los cuales vinieron, y estándolos examinando se levantó de improviso un grande alboroto tocando a rebato en la villa, diciendo que habían muerto Españoles , y muchos Indios. Entraron con esto los Españoles, diciendo, Arma, arma, y con sus espadas, y dagas mataron a puñaladas los dichos Indios. Fue este ardid de alguno de los Españoles para no esperar a que negocio tan urgente se dilatase con probanzas y confesiones, porque dos de los heridos concertaron a voces estar aliados con los demás, y que esperaban socorro para destruir en un punto la villa.

Hallóse en casa de un Indio de uno de los pueblos una corona rica de plumería a dos órdenes, porque se trataba que había de ser Rey de Guadiana y su tierra. A este con casi setenta Indios de los mismos pueblos, que fueron hallados culpados, y eran los principales movedores, y los mas dellos Caciques, y Gobernadores de pueblos fueron ahorcados en diferentes horcas alrededor de la villa, y en la plaza. Y porque se tuvo noticia que los mas desta nación Tepehuana iban cargando a esta parte (habiendo enviado el Gobernador a los demás puestos por una parte al Capitán Pedro de Cárdenas con algunos soldados, y por otra al Capitán Martin de Olivas, al reparo de Santiago , como arriba dije) trato del reparo, y pertrechos de la villa, y eligió cuatro puestos, con cuatro Capitanes que asistiesen en las entradas, della con cubos, y troneras; y otros reparos: y echó bando con perdón general a cualquiera Español mestizo, o mulato que hubiese cometido algún delito, con que viniese a servir a su Majestad en el socorro de la villa, y gobernación. Envió munición, pólvora, y bastimentos a la Sauceda, Indehe, Guanacebi, y a los demás puestos: aunque de pólvora había corta provisión hasta que llegasen los quintales della, y la moneda, lo demás que se esperaba de México: y en el entretanto el Virrey hizo el socorro que fue menester, librando la moneda necesaria en las cajas Reales de Zacatecas, y Guadiana. Y a instancia del P. Hernando del Corral, Suprior de la Compañía de Jesús de Zacatecas, envió dellas el socorro que pudo a esta villa. Prendieron una espía de los enemigos, y queriéndole ahorcar dijo; que venían a la dicha villa los Indios que destruyeron a Santiago Papazquiaro, y traían por Capitán a aquel Pablo que engaño a los cercados, y les hizo salir con falsa paz, y estaba rancheado poco mas de dos leguas desta villa, y que él, y otras parcialidades que estaban rebeladas, corrían toda la tierra; aunque no se han atrevido a acometer. Toda la gente menuda de niños, y mujeres de todo género, le han recogido a la casa, y Iglesia de la Compañía de Jesús. Salió el Gobernador don Gaspar de Alvear, a principio de Enero deste año de y 617 luego que llegó a las minas de Indehe, le trajo el Alcalde mayor de Santa Barbara, cien Indios amigos de la nación de los Conchos, de arco, y flecha muy importantes para el socorro: y mas trecientos quintales de harina. De allí salió con buen golpe de ganado en demanda de Guanacebi, que aún estaba cercado. Con esta salida, y el socorro de gente, y armas, que el Marqués de Guadalcázar Virrey de Nueva España, le ha enviado con la prudencia, puntualidad, y valor que en las demás ocasiones que se han ofrecido estos años en aquel Reyno ha acudido, se van castigando los Indios rebelados, y los demás se han quietado, y se va pacificando la tierra.

Los muertos a manos destos Indios rebelados, así Españoles, niños, y mujeres, como esclavos, y otra gente de familia, pasaron de doscientos: un religioso de S. Domingo, y de S. Francisco, el P. fr Pedro Gutiérrez; y los ocho padres de la Compañía de Jesús que son el P. Hernando de Santaren, que había veinte y cuatro años que estaba en aquellas misiones trabajando como varón Apostólico: era natural de Huete, desta Provincia de Toledo. Los padres Juan del Valle, Bernardino de Cisneros, y Diego de Orozco, de la Provincia de Castilla: los padres Juan Fonte, y Gerónimo de Morara, de la Provincia de Aragón: los padres Hernando de Tovar, y Luis de Alavés, de la Provincia Mexicana, nacidos y criados en aquella tierra.

Fue el P. Diego de Orozco natural de la ciudad de Placencia en Extremadura, hijo del Doctor Antonio de Orozco Regidor de aquella ciudad, y Abogado de los Consejos, y de doña Isabel de Toro, sobrino del Maesse de Campo Rodrigo de Orozco, Marques de Mortara, Gobernador de Alejandría de la Palla, que anualmente está sirviendo a V. M. en las guerras de Saboya; habiendo sido recibido en la Compañía en el Colegio de Salamanca, siendo de edad de 16 años y a los 29 le sucedió la dichosa muerte que tuvo: a la cual se ofreció de tan buena gana, como consta de un capítulo de carta de 3 de febrero de 615, escrita a doña María de Orozco su hermana, residente en la ciudad de Placencia, en que dice estas palabras.

Yo me partí habrá doce días de la ciudad de México, y voy de camino a una de las misiones que la Compañía tiene de Gentiles en estas partes: voy contentísimo porque llevo empleo Apostólico, y cuando deje la vida en la demanda, será no solo de gloria de la divina Majestad, sino la mayor gloria que para mí puede haber debajo del Cielo.

Todos murieron flechados, y alanceados de los Indios, en odio, y por causa de nuestra santa Fé Católica como del origen, y circunstancias desta persecución se echa bien de ver, que fueron la idolatría, é introducción de un falso dios, por inducimiento del demonio, destrucción del Evangelio, y doctrina Cristiana que los padres les predicaban, y enseñaban, y asolación da las Iglesias, Imágenes, y ornamentos del culto a los vino, por cuyo aumento, y por dar, y acariciar a los Indios lo ayunaban los padres, y quitaban del sustento que V. M. les da, sin dar de su parte a los Indios rebelados otra ocasión de su muerte, mas que los beneficios espirituales, y temporales que continuamente les hacían, para atraerlos al conocimiento, y servicio de su Dios, y Señor. Muertes verdaderamente dichosas de aquellos siervos del Señor, desterrados de sus patrias, y dedicados por el Evangelio a semejantes peligros, sin esperanza de otro premio temporal, que dar en semejantes empresas las vidas, dejándonos no menos envidiosos, que animados a derramar la sangre en defensa, y exaltación de nuestra santa Fe Católica, y servicio de V. Majestad.

Suplica a V. Majestad, sea servido de mandar al Virrey, y encargar al Ordinario de Guadalajara, averigüe lo referido tocante a la muerte de los dichos Religiosos, para que confiando ser como tiene referido se tengan en la veneración debida, que en ello recibirá merced.