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2014

 


Maximiliano, Miramón y Mejía son fusilados

19 de Junio de 1867

A las siete y cinco minutos de la mañana del 19 de junio de 1867, son simultáneamente ejecutados los reos Fernando Maximiliano. (Biografía) de Austria, llamado Emperador de México, y sus generales Tomás Mejía y Miguel Miramón. (Biografía), en el Cerro de las Campanas, Querétaro, por las tropas dispuestas para su ejecución, al mando del ciudadano general Jesús Díaz de León.

Fueron juzgados conforme a la Ley del 23 de enero de 1862, por delitos contra la Nación, el orden y la paz pública, el derecho de gentes y las garantías individuales; y el día 14 anterior, condenados con arreglo a ella, a la pena capital señalada para los delitos referidos. La ejecución se había ordenado para la tarde del día 16 de junio, pero con el fin de que los sentenciados tuvieran el tiempo necesario para el arreglo de sus asuntos, el ciudadano Presidente de la República determinó que se verificara en la mañana del miércoles 19 del mes corriente.

Ayer, Maximiliano escribió al Papa Pío IX, “al partir para el patíbulo a sufrir una muerte no merecida”, para suplicarle el perdón “por las faltas que pueda haber tenido para con el Vicario de Jesucristo y por todo aquello en que haya sido lastimado su paternal corazón”... y rogarle “no ser olvidado en sus cristianas y fervorosas oraciones y, si fuere posible, aplicar una misa por mi pobrecita alma".

Hoy mismo, día de su muerte, Maximiliano escribe al presidente Juárez la siguiente carta:

Sr. don Benito Juárez.

Próximo a recibir la muerte, a consecuencia de haber querido hacer la prueba de si nuevas instituciones políticas lograban poner término a la sangrienta guerra civil que ha destrozado desde hace tantos años este desgraciado país, perderé con gusto mi vida, si su sacrificio puede contribuir a la paz y prosperidad de mi nueva Patria.

Íntimamente persuadido de que nada sólido puede fundarse sobre un terreno empapado de sangre y agitado por violentas conmociones, yo conjuro a usted, de la manera más solemne y con la sinceridad propia de los momentos en que me hallo, para que mi sangre sea la última que se derrame y para que la misma perseverancia, que me complacía en reconocer y estimar en medio de la prosperidad, con que ha defendido usted la causa que acaba de triunfar, la consagre a la más noble tarea de reconciliar los ánimos y de fundar, de una manera estable y duradera, la paz y tranquilidad de este país infortunado”

Desde que se dio a conocer la condena, sus defensores Mariano Riva Palacio y Rafael Martínez de la Torre, se dirigieron al presidente Juárez para manifestarle que aunque consideraban la pena merecida, ésta, “moralmente, ha sido satisfecha ya por la sentencia pronunciada, y su ejecución es innecesaria e inconveniente. El término del Imperio es definitivo, porque es segura la existencia de la República. Los hombres de todos los partidos verán, en el indulto de Maximiliano, un acto de alta política que pide la clemencia y apoya el pensamiento de la paz”.

También el embajador de Prusia, solicitó a Juárez que se “conserve la vida a este Príncipe, digno de lástima” y señaló que “la historia eleva tanto más a las Naciones, cuanto son más nobles y generosos los actos que ejerce; y el mayor de todos es compadecerse del vencido

Los defensores de Maximiliano insistieron en solicitar el indulto. El gobierno les contestó, lo mismo que a quienes habían hecho peticiones similares: “el ciudadano Presidente de la República se ha servido acordar que no puede accederse a ellas, por oponerse a este acto de clemencia las más graves consideraciones de justicia y de necesidad de asegurar la paz de la Nación”.

Este día del fusilamiento de Maximiliano, Juan J. Baz, escribe a su querido amigo y señor Benito Juárez: “Compadezco al hombre lo mismo que a los mexicanos que hay que sacrificar; pero este acto de severidad era indispensable para matar el principio que la persona representaba y quitar el pretexto de revolución a los trastornadores del orden. Este ejemplo hará que en Europa se nos respete y quitará las ganas a otros aventureros de venir por acá”.

Ya habiendo sido ejecutado, se difundió que Garibaldi y Víctor Hugo solicitaron el perdón para Maximiliano y que Francisco José, en su afán de salvar a su hermano, ofreció restablecerlo en sus derechos de sucesión como Archiduque de Austria, así lo comunicó al Gobierno de Estados Unidos y le pidió que lo hiciera saber al Gobierno mexicano.


Para Brian Hamnett (Historia de México): “La ejecución quiso ser un vigoroso disuasivo para las monarquías europeas que pretendieran intervenir en los asuntos de las repúblicas americanas. El simbolismo de un Habsburgo austriaco, descendiente del emperador Carlos V, fusilado en un cerro del centro de México por un escuadrón de oscuros soldados mestizos no se le escapó a nadie. Un hecho menos conocido fue que el nombre en código de Juárez en la organización masónica, en la que entró en enero de 1847 en la ciudad de México mientras era diputado por Oaxaca en el Congreso Nacional durante la guerra con los Estados Unidos, era Guillermo Tell. Los republicanos mexicanos representaron la derrota del imperio como una reivindicación de la independencia nacional arrebatada a España en 1821. Representaba la supervivencia de México (en su forma territorial posterior a 1853) como estado soberano y al mismo tiempo enviaba una vigorosa señal a los Estados Unidos para que no intentaran más desmembramientos del territorio nacional”.


Maximiliano había expresado el deseo de que su cadáver fuera llevado a Europa. Al efecto pidió dinero para ser embalsamado y transportado; quiso que su cuerpo fuera entregado al Barón de Magnus y al Dr. Basch para ser conducido a Veracruz sin ninguna pompa y ceremonia extraordinaria a bordo. “He esperado la muerte con calma y quiero, igualmente, gozar de calma en el féretro... Quiero que se me entierre al lado de mi pobre esposa. Si no tu viere fundamento la noticia de la muerte de mi pobre mujer, deberá depositarse mi cuerpo en un sitio cualquiera, hasta que la Emperatriz se reúna conmigo por la muerte”.

Sus restos serán llevados al Hospital de San Andrés, en la ciudad de México; luego embarcados en Veracruz en el buque Novara e inhumados en el sepulcro imperial de la iglesia de los Capuchinos en Viena.

Maximiliano no aceptó a tiempo la sugerencia de abdicar que el hizo Napoleón III, quien por los Convenios de Miramar, se había comprometido a apoyarlo; tampoco tuvieron éxito las gestiones de Carlota Amalia en el Vaticano y en París en busca de apoyo; también fracasó el manifiesto en el que expresaba su intención de convocar a un Congreso y acabar el gobierno absoluto. Atrás quedó su esfuerzo por ganar el apoyo popular aprendiendo español, estudiando la historia de México e intentando una política liberal. Nada borró la intervención extranjera, el absolutismo y la condena a muerte, sin juicio previo, de todos los liberales que fueran capturados. Sitiado durante setenta y dos días, había sido aprehendido, juzgado y sentenciado a muerte. Juárez le había negado el indulto para proclamar ante el mundo, especialmente a las potencias extranjeras, la voluntad de los mexicanos de constituir una nación soberana, libre e independiente. Por eso se le atribuye la frase: “No mato al hombre, mato a la idea” (de dominar a México).

Doralicia Carmona: MEMORIA POLÍTICA DE MÉXICO.