Home Page Image
 

Autora: Doralicia Carmona Dávila.

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

El contenido de la Memoria está a disposición como apoyo didáctico para los docentes de historia. Solicítelo en el siguiente enlace:

Solicitud de Descarga

Contacto:
MemoriaPoliticadeMexico@gmail.com

 

Comentarios:
MePolMex@gmail.com

 
 

 


 


Polk, presidente de los Estados Unidos, pide al Senado norteamericano declarar la guerra a México

11 de Mayo de 1846

Cuando ya las tropas norteamericanas han entrado a territorio de México y entablado algunos combates y escaramuzas con los mexicanos, Polk envía un mensaje al Senado cuyo argumento principal para la declaración de guerra a México es: ''México ha traspasado la línea divisoria de los Estados Unidos, ha invadido nuestro territorio; ha derramado sangre americana en suelo americano y ha proclamado que las hostilidades se han roto y que las dos naciones se hallan en guerra. Yo pido la acción pronta del Congreso reconociendo la existencia del estado de guerra y poniendo a la disposición del Ejecutivo los medios necesarios para proseguir la lucha con todo vigor, lo que apresurará el restablecimiento de la paz".

Para esta fecha, las fuerzas mexicanas ya han sufrido las dos primeras derrotas en el noroeste, en Palo Alto y la Resaca de Guerrero o de la Palma, los días 8 y 9 de mayo, respectivamente.

Desde su campaña en 1844, el candidato demócrata a la presidencia, James Knox Polk, basó su plataforma política en un ambicioso programa expansionista que incluía la anexión de Texas y el territorio de Oregón en poder de los británicos, así como la ampliación hacia Canadá, además de obtener por compra o conquista Nuevo México y California.

Desde los tiempos de Thomas Jefferson, quien como presidente inició la remoción india (expulsión de los indígenas de sus tierras ancestrales o su exterminio) y envió a Lewis y Clark a explorar el oeste hasta el Pacífico para una futura expansión, los estadounidenses codiciaron los despojos que dejaría el inminente colapso del imperio español: “Nuestra confederación ha de ser considerada como el nido del cual partirán los polluelos destinados a poblar América, el peligro actual no radica en el hecho de que España sea la dueña de extensas posesiones americanas, sino que en su debilidad permita que caigan en otras manos, antes de que seamos lo suficientemente fuertes para arrebatárselos, parte por parte.”

Estas palabras de Jefferson también reflejaron dos ideas que desde el siglo XVI habían estado en la mente de los ingleses, excluidos por el Papa del reparto de América desde 1493: el odio a los españoles por ser una raza mezclada con todos los vicios y pecados imaginables, y la convicción de que los anglosajones son preferidos por Dios y están predestinados a redimir al mundo. Estas creencias las trajeron consigo los puritanos ingleses que arribaron a América para fundar las colonias que después se constituirían en los Estados Unidos, además de su propósito de glorificar a Dios mediante el trabajo y una vida honesta y próspera, en la que la riqueza no era pecado, la pobreza era la reprobable, en tanto que era evidencia de ociosidad y vicio.

Siglo y medio después, esta verdad religiosa se transformó en verdad política y los Estados Unidos se convirtieron en el país elegido para llevar al mundo, por las buenas o las malas, por el camino correcto, para lo cual se sentían obligados a hacer crecer su territorio, sobre todo hacia donde imperaba la tiranía y la corrupción, como pensaban de Nueva España y después de México. Así, para el presidente John Quincy Adams todo el continente debía ser poblado por una sola nación, la de ellos, con una única lengua y los mismos principios religiosos, políticos, económicos y hasta costumbres similares. La doctrina del presidente Monroe confirmó su “derecho” sobre el continente americano, su anhelo de hacerse de los restos que quedaban de la desintegración del imperio español sin injerencia de las potencias europeas. Otro presidente norteamericano, Jackson, expresó que Dios había escogido a los estadounidenses como guardianes de la libertad y era su deber intervenir en donde no la hubiera.

Así se fue conformando la idea de su “destino manifiesto”, como un derecho concedido por Dios a los norteamericanos blancos de habla inglesa para ocupar y “civilizar” con su democracia y sus altos ideales protestantes los territorios deshabitados o poblados por nativos, o mestizos y españoles católicos, como lo sintetizó en 1845 el periodista John L. O'Sullivan en la revista Democratic Review de Nueva York: “El cumplimiento de nuestro destino manifiesto es extendernos por todo el continente que nos ha sido asignado por la Providencia, para el desarrollo del gran experimento de libertad y autogobierno. Es un derecho como el que tiene un árbol de obtener el aire y la tierra necesarios para el desarrollo pleno de sus capacidades y el crecimiento que tiene como destino.” Con base en estas “convicciones”, durante los años previos a la declaración de guerra, la propaganda de su gobierno animaba al pueblo norteamericano a marchar sobre México, en donde privaba la anarquía, el derroche, el ocio y la corrupción.

Desde la consumación de su independencia, los Estados Unidos iniciaron su expansionismo, como lo advirtió el conde de Aranda a Carlos III desde 1783. Compraron la Luisiana a los franceses y a los españoles las Floridas, disputaron con los británicos de Canadá, avanzaron al sur sobre el territorio indio masacrando a los indígenas y, finalmente, pusieron sus ojos en los territorios que les permitieran llegar al Pacífico.

Para el expansionista presidente estadounidense Jefferson había que alentar la emigración hacia la nueva frontera con agricultores (proclives a explotar esclavos) habituados a luchar contra los indios y las fieras, pues en caso de necesidad se harían buenos soldados, y no enviar tropas a fuertes distantes que por su ociosidad caerían en borracheras e indisciplinas. Los presidios, primero novohispanos y después mexicanos, integrados por unos cuantos soldados, habían caído en estos vicios y, atacados constantemente por indios dotados con armas de fuego francesas, eran incapaces de contener la inmigración norteamericana provocada por la declinación de la fertilidad de las tierras y el desarrollo de la industria textil estadounidenses.

José García de León y Pizarro, con motivo de la cuestión de límites entre la Luisiana ya norteamericana y la Florida todavía española, escribió en 1809 que los angloamericanos comenzaron a invadir y ocupar la parte occidental y que el sistema de que se valían era "hacerse justicia por su propia mano y ocupar progresivamente el terreno que reclamaban por suyo de derecho; los pretextos frecuentes eran, además, de pertenecerles y convenirles, que los indios amigos nuestros los hostilizaban, perturbaban la tranquilidad, cometían horrores, y que nuestros jefes los apadrinaban y excitaban; por eso atacaban y ocupan puertos nuestros, bajo título de que nosotros no teníamos fuerzas para sujetar a los indios". Así se ponía en claro la política norteamericana de despojar de sus tierras a las tribus, empujarlas al sur, asediarlas para que se movieran más allá de las fronteras reconocidas y ocupar los territorios ajenos para desalojar a los indios.

Gastón García Cantú (Las invasiones norteamericanas en México) señala que también Félix María Calleja, como comandante militar, informó al virrey que los Estados Unidos "por su proximidad, intereses y relaciones deben ser siempre nuestros enemigos naturales y permanentes"; elaboró todo un plan defensivo e identificó los puntos que atacarían eventualmente los estadounidenses en caso de guerra, lo que casi se cumpliría durante la guerra con Texas en 1836 y la invasión norteamericana de 1846-48.

Por su parte, desde 1812, Luís Onís advertía al virrey Venegas de las ideas ambiciosas de Estados Unidos contra España y le informaba de sus propósitos de fijar sus límites en la desembocadura del Río Norte o Bravo, "tomándose por consiguiente, las provincias de Tejas, Nueva Santander, Coahuila, Nuevo Méjico y parte de la provincia de Nueva Vizcaya y la Sonora...incluyendo también en esos límites la isla de Cuba... Los medios que se adoptan para preparar la ejecución de este plan, son los mismos que Bonaparte y la república romana adoptaron para todas sus conquistas: la seducción, la intriga, los emisarios, sembrar y alimentar las disensiones en nuestras provincias de este continente, favorecer la guerra civil”...

El 22 de febrero de 1819, los Estados Unidos firmaron el Tratado Adams-Onís con España, que modificó los límites de la frontera norte de Texas a favor de los norteamericanos. Este tratado destacó el éxito de la política expansionista que seguía Estados Unidos: "tomar territorio por la fuerza, y después negociar su cesión".

Al final de la colonia y durante las primeras décadas de nuestra vida independiente, el descuido gubernamental provocado por los conflictos internos, la lejanía de la capital y las leyes de colonización laxas y permisivas, hicieron posible la llegada a Texas de miles de colonos estadounidenses y de otras nacionalidades que formaron comunidades casi autónomas que fueron avasallando rápidamente a la escasa población mexicana, y que además, violaban abiertamente las disposiciones que establecían que los colonos fueran católicos y que no tuvieran esclavos.

Las leyes mexicanas que prohibían la esclavitud amenazaban los intereses de los colonos estadounidenses dedicados al cultivo del algodón y del tabaco con esclavos negros y que operaban plenamente integrados a la economía de esa región, por lo que contaban con el apoyo de los estados esclavistas sureños de los Estados Unidos, para los cuales la anexión de territorios mexicanos representaba la oportunidad de disponer de nuevas áreas de explotación y de formar nuevos estados esclavistas que los fortalecieran contra los estados abolicionistas del norte.

En este contexto, el 25 de agosto de 1829, Joel R. Poinsett, primer embajador de Estados Unidos en México, ofreció cinco millones por Texas. Su propuesta fue rechazada y entonces Poinsett trató de obtener el compromiso de que las autoridades mexicanas devolverían a sus dueños a los esclavos que cruzaran la frontera. Estas gestiones, así como rebeliones que tuvieron lugar en este territorio (Fredonia), dieron motivo a una ley de colonización que prohibía la entrada de colonos norteamericanos, sin que realmente dicho ordenamiento pudiera hacerse obedecer. La colonización legal e ilegal de extranjeros, predominantemente estadounidenses, continuó hasta constituir un poder real enfrentado al gobierno mexicano.

La oportunidad para llevar a la práctica en México los sueños norteamericanos expansionistas largamente acariciados, se presentó con la separación de Texas de México, que ellos mismos promovieron mediante el envío de colonos estadounidenses, anglosajones y protestantes, que después respondieron a la hospitalidad otorgada reclamando supuestos derechos adquiridos e intereses agraviados, cuya defensa justificara la intervención del gobierno norteamericano.

En abril de 1833 se llevó a cabo una convención texana que envió una representación al Congreso mexicano solicitando se le diera a Texas la calidad de estado de la república, independiente de Coahuila. En una segunda convención se estableció "Que Texas se considera con derecho de separarse de la Unión de México durante la desorganización del sistema federal y el régimen del despotismo, y para organizar un gobierno independiente o adoptar aquellas medidas que sean adecuadas para proteger sus derechos y libertades; pero continuará fiel al gobierno mexicano en el caso de que la nación sea gobernada por la Constitución y las leyes que fueron formadas para régimen de la asociación política”.

No obstante estas declaraciones, en el fondo el objetivo era la independencia definitiva y su posterior unión a los Estados Unidos apoyados por los esclavistas sureños. En 1835 los texanos se rebelaron con el pretexto de que México había adoptado el centralismo. Santa Anna dejó en la presidencia al general Miguel Barragán y marchó a someterlos; ocupó San Antonio de Béjar y tomó El Álamo, pero después de la derrota de San Jacinto, fue capturado y obligado a reconocer la independencia de Texas mediante el Tratado de Velasco, que no fue aprobado por el congreso mexicano. Así, los texanos lograron de facto su independencia, en tanto no se anexaran a los Estados Unidos.

Desde 1836, por el retiro del general Vicente Filisola al sur del río Bravo por órdenes de Santa Anna, entonces prisionero de los texanos-norteamericanos, las tropas mexicanas se estacionaron en Matamoros y ahí permanecieron inactivos. Nunca durante casi diez años, se inició la reconquista de Texas, se perdió la oportunidad de hacerlo cuando los Estados Unidos sufrían de una crisis económica y Gran Bretaña trataba de detener el expansionismo norteamericano. La inestabilidad política y la escasez de recursos impidieron cualquier intento y favorecieron que Texas y los Estados Unidos se prepararan para la guerra contra México, la cual era promovida por la prensa, los intereses de los esclavistas y los especuladores de tierras norteamericanos.

Paralelamente, desde años atrás, los Estados Unidos fueron integrando un expediente de reclamaciones exageradas contra los mexicanos, así como de supuestos insultos y vejaciones por parte de sus autoridades para agregar emotividad a las demandas, de modo que pudieran servir para exacerbar el conflicto entre ambas naciones hasta llegar a la guerra. Para evitarla, México propuso someter las reclamaciones a una comisión bilateral, que también atendiera las reclamaciones de México contra Estados Unidos y en su caso, someterse ambos al arbitraje del rey de Bélgica. Pero los norteamericanos sabotearon la propuesta y acusaron a México de rehusarse a convenir pacíficamente, pues lo que en realidad pretendían era la guerra de conquista. El monto exigido a los mexicanos llegaría ascender a más de catorce millones de dólares, que en caso de comprar territorio, los norteamericanos pretendían abonar al precio que se pactara. (Ya conquistado el país, de manera “generosa”, Polk reconocería que el territorio despojado tenía un valor superior a las reclamaciones y ofreció pagar la diferencia que según él ascendía a quince millones de pesos, como finalmente quedó escrito en el Tratado de Guadalupe Hidalgo).

Dada la debilidad de México y lo obsoleto de su ejército, en 1840 Lucas Alamán aconsejó reconocer la independencia texana mediante el pago de una indemnización, el compromiso de no anexarse a Estados Unidos y la garantía franco-británica de preservar la frontera mexicana.

"Parte importante de la expansión era la adquisición de las provincias mexicanas de California y Nuevo México. Querían conseguir los excelentes puertos de la primera -llave del comercio con Asia- y controlar el rico 'camino de Santa Fe' en la segunda, al igual que evitar que cayesen en poder de potencias como Francia o Inglaterra, cada vez más interesadas por territorios casi abandonados y demasiados lejanos del inestable Estado mexicano. Manifestaciones del interés de los Estados Unidos en las mencionadas provincias fueron la colocación de una flota frente al Pacífico desde 1840, pese a que todavía no alcanzaban las costas de ese océano, y la toma en 1842, del puerto californiano de Monterrey, por un malentendido de guerra y las órdenes dadas. Se presentaron excusas en el segundo suceso, pero se demostró con claridad que los norteamericanos eran capaces de actuar con rapidez de movimientos". (Moyano Ángela et al. EUA. Síntesis de su Historia.)

En febrero de 1844, se firmó un armisticio formal entre Texas y el gobierno mexicano de Santa Anna, al mismo tiempo que se negociaba con los británicos el reconocimiento de la independencia de Texas. Pero los texanos desconocieron el armisticio cuando el presidente norteamericano John Tyler pidió la anexión de Texas a Estados Unidos para detener la creciente influencia inglesa.

Al efectuarse la anexión el 1° de marzo de 1845, el gobierno mexicano protestó, pues no había reconocido su independencia y sí había manifestado que la anexión sería un acto de hostilidad y una causa suficiente para la declaración de guerra. Cuando se dio la incorporación, el ministro mexicano en Washington, Juan N. Almonte pidió sus pasaportes, el gobierno mexicano rompió relaciones diplomáticas con el norteamericano y la opinión pública nacional clamó porque se iniciara la guerra contra los Estados Unidos.

Al tomar posesión el presidente Polk el 4 de marzo siguiente, declaró que la agregación de la República de Texas era una decisión mutua entre dos naciones independientes: Estados Unidos y Texas, y no entre su país y México. El contexto internacional favorecía la agresión, pues México estaba aislado: había roto relaciones con Francia por un incidente sin importancia; España promovía en contra del gobierno republicano el establecimiento de una monarquía mexicana e Inglaterra negociaba con los estadounidenses la adquisición del territorio de Oregón. También el balance militar ofrecía ventajas a los Estados Unidos, pues el ejército mexicano era de leva, improvisado, comandado por militares enfrentados entre sí y con estrategias, tácticas y armas muy anticuadas. En estas circunstancias que aseguraban la victoria, Polk ideó una “guerra pequeña” con México para apoderarse de California y Nuevo México, a fin de obligarlo por las armas a la venta de estos territorios. Para justificar su guerra planeó la manera de presentar a México como el agresor.

En realidad, Polk no era original, como lo declaró honestamente ya en plena guerra el presidente de la Comisión de Relaciones del Congreso, C.J. Igersoll: “todos los partidos en los Estados Unidos y todas las administraciones de este país desde que México dejó de ser una provincia española, han sostenido unánimemente el principio político de obtener de México por medios equitativos precisamente los territorios que ese propio país nos ha obligado ahora a tomar por la fuerza; a pesar de que todavía ahora mismo estaríamos dispuestos a pagar por ellos, no nada más con sangre, sino también con dinero".

El motivo inmediato de la guerra, Polk lo encontró en los problemas de límites entre Texas y México, pues en tanto los texanos decretaron que sus límites estaban en el río Bravo, con lo cual Texas hacía crecer su territorio hasta poblados como Taos, Santa Fe y El Paso, los mexicanos los reconocían en el río Nueces; por su parte, los norteamericanos habían sostenido frente a España, décadas antes, absurdamente, que los límites de Luisiana llegaban hasta el río Bravo. En apoyo a los texanos, el gobierno norteamericano ordenó al general Zacarías Taylor que avanzara hasta el río Bravo y construyera el Fuerte Brown, actualmente Brownsville, sobre territorio entonces mexicano.

.

El Presidente Herrera aceptó reconocer la independencia de Texas si no se daba la anexión, pero Texas confirmó su incorporación el 4 de julio de 1845. El gobierno de los Estados Unidos envió a John Slidell con el carácter de ministro plenipotenciario, lo que implicaba la reanudación de relaciones entre ambos países, que en esas circunstancias no podía aceptarse. Herrera se negó a recibirlo. Además, Slidell traía instrucciones de exigir que México reconociera el río Bravo, no el río Nueces, como límite de Texas y de presionar para que vendiera el territorio de Alta California (que comprendía los actuales estados de California, Arizona, Nevada, Utah y parte de Wyoming, Colorado y Kansas) por veinticinco millones de pesos y Nuevo México por cinco.

En esta coyuntura, Mariano Paredes Arrillaga acusó de traición al presidente Herrera, prometió declarar la guerra sin tardanza y tomó el poder. Lógicamente, tampoco recibió a Slidell con sus propuestas de compra.

Ante la negativa, Polk decidió seguir el camino de la provocación para conseguir sus propósitos y en enero de 1846, ordenó al general Zachary Taylor el avance desde la bahía de Corpus Christi hacia las riberas del río Bravo. Dos meses más tarde, Taylor se atrincheró frente a Matamoros, donde los mexicanos preparaban la defensa. El general Arista conminó a Taylor a retroceder hasta el río Nueces y ante su negativa, el ejército mexicano cruzó el río Bravo para cortar la línea entre las fortificaciones en el Bravo y el Frontón de Santa Isabel. El 25 de abril de 1846 la caballería mexicana venció en tierras mexicanas a los norteamericanos al mando del capitán Thorton en una escaramuza en el Rancho de Carricitos. La “sangre americana derramada en territorio americano” en esta escaramuza es la que Polk toma hoy de pretexto para pedir la declaración de guerra.

El coronel norteamericano Etah Allen Hitchcok, testigo de estas acciones, escribió en su diario: “he mantenido desde el principio que los Estados Unidos son los agresores… no tenemos el más mínimo derecho a estar aquí… parece que el gobierno envío un pequeño destacamento adrede para provocar la guerra, para tener un pretexto para tomar California y todo el territorio que se le antoje… Mi corazón no está metido en este asunto… pero como militar, debo cumplir las órdenes".

El Congreso norteamericano, de inmediato y con una oposición mínima, aceptará la declaración de guerra el 13 de mayo, "por actos de la República de México". La votación fue 40 a favor y 2 en contra en el Senado, y en la Cámara de Representantes de 174 a favor y 14 en contra; sólo se opusieron Nueva Inglaterra y las fuerzas abolicionistas que identificaron la guerra como un complot para extender la esclavitud y aumentar la influencia de los sureños norteamericanos. "De todos los crímenes conocidos, el más atroz es el que consiste en hacer que estalle una guerra innecesaria; este crimen merece como ningún otro la ira de Dios y la execración de la humanidad. Es triste y humillante el hecho de que el Congreso americano se limitó a aprobar un decreto que bien supo que ocasionaría muchas quejas y lamentaciones, dolor y muerte, con una indiferencia, con una precipitación, con un desdén tal para las pruebas que debieron presentársele, como ningún tribunal de justicia de nuestro país se atrevería a manifestar al condenar a simple arresto a un hombre acusado de una pequeña ratería. Decir esto es muy desagradable, pero la verdad que contiene lo es más todavía...” (William Jay. Revista de las causas y consecuencias de la guerra mexicana).

Sólo ya declarada la guerra, el nuevo congresista Abraham Lincoln cuestionará la guerra: “El Congreso quiere tener conocimiento completo de todos los hechos para establecer si un lugar particular (the particular spot) del territorio en donde la sangre de nuestro hermanos fue derramada era o no nuestro propio territorio en ese momento”. Su reiterada exigencia en que se ubicara ese “particular spot” fue aprovechada por los partidarios de la guerra para apodarle “Spotty” Lincoln.

Cinco días más tarde, Taylor ocupará Matamoros. La estrategia general de los invasores será ocupar de inmediato los territorios a despojar, avanzar desde el Río Bravo hacia el centro de México y desembarcar en Veracruz para tomar rápidamente la capital siguiendo la misma ruta del conquistador Cortés. Por otra parte, se bloquearán los puertos de Tampico, Carmen, Guaymas, Mazatlán y San Blas, entre otros.

Escribe Robert Ryal Miller (La guerra entre Estados Unidos y México) que ésta será la primera guerra que Estados peleará en territorio extranjero. Se utilizarán múltiples ejércitos comandados por profesionales egresados de West Point, modernas armas, extensas líneas de abastecimientos de todo tipo, el desembarco a gran escala de tropas anfibias y será su primera experiencia en ocupar una capital extranjera e instaurar un gobierno militar para su población. Y hasta por primera vez desplegarán en México como su única bandera, la de las barras y las estrellas. En suma, será el debut de Estados Unidos como potencia militar imperialista.

Se lee en la Historia Mínima de México: “una vez desencadenada la guerra, el resultado era previsible, México carecía de todo: su armamento era obsoleto; sus oficiales, poco profesionales; sus soldados, improvisados. Este ejército se enfrentaba a uno tal vez menor, pero profesional, con servicios de sanidad e intendencia, artillería moderna de largo alcance y un caudal de voluntarios que podían entrenarse y renovarse periódicamente. Mientras el ejército mexicano tenía que desplazarse de sur a norte, Estados Unidos destacaba varios ejércitos y atacaba en forma simultánea diversos frentes, al tiempo que su marina bloqueaba y ocupaba los puertos mexicanos privando al gobierno de los recursos de las aduanas que los invasores explotaron para sostener la guerra.”

Veinticinco años de anarquía política, de falta de cohesión en las clases dirigentes divididas en centralistas, monarquistas, liberales puros y liberales moderados, que en varias ocasiones antepusieron los intereses de partido a los de la Nación, permitirán que “un ejército extranjero de diez a doce mil hombres haya penetrado desde Veracruz hasta la capital de la república, y que, con excepción del bombardeo de aquel puerto, la acción de Cerro Gordo y los pequeños encuentros que tuvo con las tropas mexicanas en las inmediaciones de la misma capital, puede decirse que no ha hallado enemigos con quién combatir"... como lo expresará Mariano Otero en 1847.

Y no hallarán enemigos las tropas norteamericanas porque, vergonzosamente, el pueblo mexicano, con excepciones, no defenderá a su país y tampoco apoyará a su ejército por la ignorancia mayoritaria de su condición de mexicanos (varios millones eran indígenas monolingües); por la indiferencia de otros ante las derrotas de un ejército percibido como ajeno, arbitrario y opresor; y por la codicia de los menos que aprovecharán la oportunidad para comerciar sus bienes y servicios, o emplearse como sus sirvientes; sin faltar aquellos que recibirán con vítores la llegada del enemigo. Sólo algunos sacerdotes católicos promoverán la resistencia popular al inicio de las hostilidades, temerosos de la persecución religiosa, pero pronto se darán cuenta que la fe católica no correrá riesgo alguno y garantizados sus bienes, ayudarán, como en Puebla, la ocupación pacífica de las ciudades. La invasión norteamericana nunca encontrará la resistencia que en situación similar mostrara el pueblo ruso o español, y que fue básica para la victoria. Nuestro nacionalismo sólo llegará a manifestarse tardíamente en la ciudad de México ocupada, por lo que la defensa de nuestro territorio recaerá sólo en los jefes, oficiales, clases y soldados más heroicos de nuestro ejército.

Al iniciarse la guerra, el filósofo norteamericano Henry D. Thoreau irá a la cárcel una noche por negarse a pagar impuestos, como desobediencia civil contra la guerra con México. Declarará públicamente que cuando algún hecho como esa guerra “os obliga a ser agentes de la injusticia, entonces os digo, quebrantad la ley...Bajo un gobierno que encarcela a alguien injustamente, el lugar que debe ocupar el justo es también la prisión”.

Muy distinta será la posición del poeta Walt Whitman en el Eagle de Brooklyn: “Sí, México debe ser castigado... Dejad que nuestras armas se porten llevando el espíritu que enseñaremos al mundo, si bien no promovemos la lucha, ¡en Estados Unidos sabemos aplastar y expandirnos!”

La Sociedad Americana Abolicionista insistirá en que la guerra “se hace sólo con el propósito detestable y horrible de extender y perpetuar el régimen esclavista por el vasto territorio de México”. Por su parte, Horace Greeley escribirá en el Tribune de New York: “Podemos vencer con facilidad a los ejércitos de México, aplastarlos por millares… ¿Quién cree que un puñado de victorias contra México y la ‘anexión’ de la mitad de sus provincias, nos darán más libertad, una moralidad más pura, una industria más próspera que la que tenemos hoy?... ¿No es lo bastante miserable la vida, no nos llega la muerte lo suficientemente pronto sin necesidad de recurrir a la terrible ingeniería de la guerra?”

En agosto de este mismo año, el Congreso norteamericano rechazará la cláusula Wilmont (patrocinada por David Wilmot, como modificación a un proyecto de ley relativo a la compra de territorio a México), que pretendía prohibir la esclavitud en cualquier territorio ganado durante la guerra con México, lo cual aumentará el interés de los sureños esclavistas en el desarrollo de esta guerra de despojo.

En su primera guerra en el extranjero, Estados Unidos prueba sus armas con una presa débil y con una victoria de antemano asegurada.

Doralicia Carmona: MEMORIA POLÍTICA DE MÉXICO.