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Los insurgentes pierden ante los realistas la Batalla de Puente de Calderón. Este hecho representa un gran desastre para los insurgentes.

Enero 17 de 1811

Hidalgo, acosado por Calleja y acantonado en Guadalajara, en donde asienta el gobierno insurgente, saca a sus tropas de la ciudad y las distribuye en un punto denominado Puente de Calderón, que está a unos 60 kilómetros de Guadalajara. Ahí espera a las tropas realistas de Calleja que marchan en su persecución.

En la madrugada de este día inicia la batalla. Participan Ignacio Allende, Ignacio Aldama, Mariano Abasolo, José Mariano Jiménez, José Antonio Torres, e Ignacio Camargo entre otros. Después de seis horas de reñida lucha, los insurgentes tienen que huir y dejan en el campo cuantiosas pérdidas en hombres, pertrechos y caudales.

Ya habían sufrido derrotas en Aculco y en Guanajuato, por eso las tropas insurgentes se habían concentrado en Guadalajara. Al saberlo, el gobierno virreinal se propuso dar un golpe definitivo a las fuerzas insurgentes y ordenó que las mejores divisiones realistas actuaran conjuntamente y tomaran Guadalajara. El ejército de Calleja, que corresponde a la tercera división, estaba en Guanajuato y marchó a Silao, León y Lagos.

Calleja tenía órdenes de esperar a las otras divisiones; pero estaba muy confiado por la disciplina y entusiasmo de su ejército de seis mil hombres, la mitad de caballería y diez piezas de campaña con gran repuesto de municiones. Por su parte, los insurgentes formaban siete batallones de infantería, seis de caballería y dos compañías de artillería; sumaban 3,400 hombres armados con 1200 fusiles viejos o recompuestos. El resto del ejército era gente de campo, indios de los pueblos que hablaban distintas lenguas, armados con instrumentos de labranza como garrochas con las que conducían las yuntas, pequeños machetes de fierro maleable y enmohecido, hondas, arcos y flechas. Eran grupos de hombres que sin formación, seguían los tambores, el sonido de los pitos y chirimías. Sumaban casi cien mil hombres, de los cuales unos 20 mil eran jinetes que vestían calzoneras de cuero cortas hasta las rodillas, piernas descubiertas, en mangas de camisa, descalzos, con sombrero de palma y la manga de jerga o el sarape de lana burda. Sus caballos eran pequeños y fogosos, pero flacos y desobedientes a las riendas, pues eran medrosos y espantadizos por estar acostumbrados sólo a las labores del campo. Estos hombres tenían por armas espadas de cobre pesadas y débiles, lanzas de encino o muy cortas o muy largas que no sabían manejar; y la mayoría tenía como mayor defensa el saber manejar el lazo. Para suplir la falta de armamento, en Guadalajara habían construido grandes cohetes con puntas de hierro para ser disparados contra la caballería y granadas de mano para ser lanzadas con las hondas. Los insurgentes centraban sus esperanzas en sus baterías: 95 cañones de los cuales 44 eran de las fundiciones reales y el resto malos tubos de cobre vaciado, con cureñas muy pesadas y otros amarrados a carros que no tenían capacidad para ser apuntados y eran de corto alcance.

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El contenido de este texto pertenece a la publicación: MEMORIA POLITICA DE MÉXICO de Doralicia Carmona para leer más verifique la Edición Completa