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Álvaro Obregón Salido

1880-1928

Hijo del agricultor Francisco Obregón y de Cenobia Salido, nació en la hacienda de Siquisiva, Sonora, el 19 de febrero de 1880, mismo año en que falleció su padre. Perteneció a la clase media provinciana; sus estudios de primaria los realizó en Álamos y en Huatabampo, en una escuela dirigida por su hermano José; además, tuvo tres hermanas profesoras que también se ocuparon de su educación. Posteriormente trabajó como tornero mecánico, y después como jefe del taller del ingenio de Navolato. Por un breve periodo llegó a desempeñarse como profesor, tarea que abandonó para dedicarse a la agricultura en 1904.

En 1905 compró la finca "Quinta Chilla", cerca de Huatabampo, a orillas del río Mayo. Aunque desde principios del siglo XX fue lector del periódico editado por los Flores Magón "Regeneración", no participó en la lucha contra Díaz.

Un año antes se casó con Refugio Urrea, con quien procreó cuatro hijos; sin embargo, en un accidente perdió a su esposa y a dos de sus vástagos en 1907.

En 1909 inventó una máquina cosechadora de garbanzo, la que le brindó cierta prosperidad económica. Cuando estalló la revolución maderista, Obregón se mantuvo al margen. En 1911 inició su participación en la política como candidato perdedor a una diputación, pero después ganó la presidencia municipal de Huatabampo con el apoyo de su hermano José, del presidente interino del pueblo, del gobernador de los mayos y del diputado Adolfo de la Huerta, su amigo.

Al darse la rebelión de Pascual Orozco, esta vez sí ofreció todo su apoyo al gobierno de Madero, por lo que fue nombrado teniente coronel en el 4° Batallón de fuerzas irregulares de Sonora. Operó al mando de trescientos hombres, bajo las órdenes del general Sanginés. Con este grado participó en las batallas de Ojitos, Agua Prieta y San Joaquín, donde empezó a dejar ver sus extraordinarias dotes militares. Tras liquidarse al orozquismo en el estado, regresó a su cargo en el gobierno municipal.

Cuando Victoriano Huerta se apoderó de la presidencia de la República, Maytorena dejó la gubernatura de Sonora para no enfrentar a Huerta y lo sustituyó Ignacio Pesqueira, quien nombró a Obregón, Jefe de la Sección de Guerra con el grado de coronel. Salvador Alvarado, Benjamín Hill y Plutarco Elías Calles se opusieron porque lo consideraron advenedizo, pero quedaron bajo su mando. A partir de entonces empezó a crecer su prestigio militar por sus sucesivas victorias en Nogales, Cananea, Naco y Santa Rosa, tras las cuales fue nombrado general brigadier. Después de triunfar en las batallas de Santa María y San Alejandro, el 20 de septiembre de 1913, Carranza lo designó comandante en jefe del Ejército del Noroeste. El 20 de noviembre siguiente, tomó Culiacán y de ahí en adelante, Obregón fue el apoyo militar de Carranza y la lista de sus victorias fue impresionante, racha que culminó con su entrada triunfal a Guadalajara en julio de 1914. Meses antes, en el mes de mayo, había ordenado el bombardeo desde el biplano Sonora del buque cañonero General Guerrero en Topolobampo, acción de guerra aeronaval que ocurrió por primera vez en la historia militar mundial.

Detenido el avance de Villa por órdenes de Carranza, pese a que con sus “dorados” había terminado prácticamente con el ejército federal en Zacatecas, Obregón apresuró su marcha hacia la capital de la República; el presidente Francisco S. Carbajal le ofreció pactar la rendición, pero Obregón se negó por lealtad a Carranza; siguió su avance por los estados de Michoacán, Guanajuato y Querétaro, y el 13 de agosto de 1914 firmó en nombre del Ejército Constitucionalista el tratado de Teoloyucan, por el que se disolvió el ejército federal y capituló la ciudad de México. El día 15 del mismo mes, Obregón tomó la capital; a su llegada impuso pena de muerte a todo aquel que alterara el orden público y prohibió la venta de bebidas alcohólicas. El día 20, hizo su entrada triunfal al lado de Carranza.

Por órdenes del Primer Jefe, durante varios días cumplió sin éxito la peligrosa misión de tratar de someter a Villa y a Maytorena a la jefatura de Carranza, intento en el que estuvo varias veces a punto de ser fusilado por el enojo que la actitud de Carranza provocaba en Villa. Ante la amenaza de la muerte respondió a Villa: "Desde que puse mi vida al servicio de la Revolución he creído que sería una fortuna para mí perderla. A mí personalmente, me haría usted un favor, porque con la muerte me daría una personalidad que jamás he soñado en tener. El único perjudicado será usted." Por qué, preguntó Villa indignado: "porque sería una derrota sin que tuviera usted el gusto de disparar un tiro". Fue dejado en libertad.

También asistió como delegado a la Convención de gobernadores y generales convocada por Carranza, que se inauguró en la ciudad de México el 1º de octubre de 1914 y continuó en Aguascalientes durante varias semanas más. Destituido Carranza y nombrado presidente Eulalio Gutiérrez por la Convención, el 24 de noviembre Obregón abandonó la capital y el mismo día el general zapatista Antonio Barona entró a Palacio Nacional.

Obregón permaneció leal a Carranza, que estableció su gobierno en Veracruz, y fue nombrado general en jefe de las fuerzas carrancistas contra el gobierno convencionista apoyado por Villa y Zapata. Pero Obregón no sólo preparó la contraofensiva militar contra los convencionistas con el apoyo del general Cándido Aguilar, sino logró que Carranza aceptara dar un giro radical a su causa para restarle base popular a los convencionistas, lo cual se plasmó en las reformas y adiciones al Plan de Guadalupe.

Asimismo, siendo militar, varias veces pidió a Carranza que los militares no figuraran en el gobierno al triunfar la revolución: “Hondamente preocupado por las desgracias que vienen afligiendo a nuestra Patria, desde épocas remotas, en que se iniciara como Republica, he llegado al convencimiento de que el principal origen de todas ellas, han sido las desenfrenadas ambiciones del odioso militarismo, que en estos últimos tiempos ha venido manifestándose con mayor brío en una serie de cuartelazos, asesinatos y traiciones, con que nuestra pobre Patria se exhibe a la faz del mundo como un país irredento, de brutales ambiciosos, que no miden las consecuencias para llegar a ocupar cualquier puesto público que este más al alcance de su jerarquía militar… para demostrar al mundo que el Ejército Constitucionalista persigue la realización de verdaderos principios, desprovistos de ambiciones bastardas, de una sola plumada se corrija tanto error en que se ha venido incurriendo, con el solo hecho de que usted lance un Decreto, para que sea elevado a la categoría de precepto constitucional, por el cual se nos inhabilite a todos los militares que tomamos parte en el actual movimiento armado, y a los que en lo futuro formen el definitivo Ejército Nacional, para ocupar puestos públicos, pudiendo un militar ocuparlos, solamente en el caso de que hubiere pedido su baja seis meses antes de aceptarlo”.

Para Obregón: “los tres grandes enemigos del pueblo mexicano son el militarismo, el clericalismo y el capitalismo. Nosotros podemos acabar con el capitalismo y el clericalismo, pero después ¿quién acabará con nosotros? La patria necesita liberarse de sus libertadores.”

El 7 de enero de 1915, al frente del nuevo Ejército de Operaciones, Obregón se apoderó de Puebla, a continuación derrotó a los zapatistas en Tecamachalco y el día 28 del mismo mes, entró a la ciudad de México, lo que obligó al gobierno convencionista a establecerse en Cuernavaca.

Obregón escribió (Ocho Mil Kilómetros en Campaña): “No podían ser más lastimosas las condiciones en que se encontraba la primera ciudad de la República. Aislada, sin servicios urbanos y agotadas las subsistencias, las enfermedades y el hambre se habían enseñoreado del bajo pueblo y las privaciones y el malestar se habían extendido hasta las clases acomodadas…las castas privilegiadas -como las llamaré sarcásticamente- ya que su verdadero nombre debe ser el de ‘castas malditas’-, encabezadas por el clero y hostiles a la Revolución, elevaban los precios, ocultaban los artículos de primera necesidad…Todos las maldiciones de los hombres que dejó señalados convergían a mí.

Desde que me incorporé a la ciudad de México, había podido notar una hostilidad determinadamente marcada hacia el Ejército Constitucionalista, por parte del clero, del comercio en grande escala, de la Banca, de los industriales acaudalados y de la mayor parte de los extranjeros; hostilidad que se venía revelando en la oposición que presentaban al cumplimiento de las disposiciones emanadas de mi Cuartel General, o de las comunicadas por mí, por acuerdo expreso de la Primera Jefatura del Ejército Constitucionalista. Esta hostilidad, sinceramente creo que, en la mayor parte de los casos, no era hija de sus convicciones y sí de su conveniencia, porque se les resistía suponer que nuestro Ejercito, siendo tan reducido en número, y tan limitado de pertrechos también, fuera capaz de resistir a los ejércitos de Villa y Zapata, que habían visto desfilar en la misma Capital… [de modo] que nuestro Ejército tocaría muy pronto a su fin… De ahí que su principal objeto, al seguir esa actitud hacia nosotros, era el de ser consecuentes exclusivamente con sus intereses materiales”.

En la capital, Obregón organizó la Junta Revolucionaria de Auxilios al Pueblo, presidida por Alberto J. Pani, para resolver problemas como la falta de agua (cortada por los zapatistas) y combustible, así como la ausencia de garantías ciudadanas; distribuyó víveres y ropa a la gente más pobre y fijó impuestos de guerra a los capitalistas, a los comerciantes y al clero; encarceló a ricos y clérigos que se negaron a dar dinero para ayudar a la población y dictó severas medidas contra los comerciantes acaparadores de productos de primera necesidad; a los abarroteros españoles codiciosos los encarceló e hizo barrer las calles.

Cuenta Obregón en la obra citada: “La mayor parte de los propietarios de pequeños capitales acudieron gustosos a cubrir el Impuesto que les correspondía; pero el resto de los comprendidos en el decreto celebraron una junta en el teatro "Hidalgo" y en ella acordaron no pagar.

Los miembros del clero siguieron igual conducta, dejando vencer el plazo que se les había fijado sin hacer el entero y sin tomarse siquiera la molestia de hacerme ninguna notificación.

La mayor parte de los extranjeros que, por su calidad de comerciantes, industriales, banqueros, acreedores, etc., debían pagar también contribución conforme a los términos de mi decreto, se dirigieron al Primer Jefe, solicitando se les exceptuara de aquel pago, y lograron un acuerdo favorable. Estos señores creían, quizás, que cuando se encuentra uno con un hambriento, basta hablarle en un idioma que éste no pueda comprender para quedar relevado del deber de aliviar su necesidad.

En vista de lo anterior, ordené la aprehensión de todos los rebeldes a las disposiciones del Cuartel General, y se logró capturar a 180 sacerdotes católicos, inclusive el canónigo Antonio de J. Paredes, los que quedaron presos en la Comandancia Militar de la Plaza.

A los acaudalados que se habían negado a cubrir la contribución impuesta, los cité a una junta, la que se llevó a cabo en el teatro "Hidalgo", y en ella les hice ver lo reprobable de su actitud, y les anuncié la que yo seguiría con ellos, ordenando, en seguida, que fueran puestos presos también”.

Las acciones de Obregón en la capital de la República motivaron la protesta del gobierno de Estados Unidos a través del Ministro de Brasil y Encargado de los Intereses norteamericanos en México, pues “dichos actos tienden a incitar al populacho a cometer atentados en los cuales pueden ser envueltos extranjeros inocentes, dentro del territorio mexicano, y especialmente en la ciudad de México… El gobierno de los Estados Unidos cree que tan deplorable situación ha sido creada voluntariamente por los jefes constitucionalistas... hace al general Obregón y al general Carranza, personalmente responsables… (y) tomará las medidas conducentes para traer a cuentas a los que sean personalmente responsables de lo que pueda ocurrir”.

Obregón respondió a Carranza: “solamente he querido hacer ver a los acaparadores la necesidad que tenemos de colaborar para conjurar el hambre, evitando así que el pueblo hambriento se amotinara, en cuyo caso, no podía yo, a balazos, mitigar su hambre. La actitud de los extranjeros, con raras excepciones, que espontáneamente han hecho su pago, ha sido perfectamente hostil a los principios humanitarios a que estamos obligados todos los hombres entre sí”.

Por otra parte, durante su estancia en la capital de la República, Obregón se dedicó a conseguir el apoyo de los sindicatos obreros, como el de electricistas de Luís N. Morones, y lo más importante, logró la firma de un pacto con los sindicatos afiliados a la Casa del Obrero Mundial mediante el cual, con la promesa de satisfacer sus demandas, los obreros se unieron al constitucionalismo organizados como “batallones rojos”, con lo cual se dividió al proletariado, pues se enfrentó a los campesinos con los obreros. Conforme al pacto, según el propio Obregón, se incorporaron a filas más de nueve mil hombres en seis batallones.

El 15 de marzo, Obregón evacuó la ciudad de México ante el acoso convencionista y prosiguió la campaña contra Villa. Finalmente, en abril siguiente, lo derrotó por completo en las "batallas de Celaya" el 7, 13, 14 y 15 de abril, con la estrategia general de hacer actuar a Villa impulsivamente, de modo que “sobre la impetuosidad se impuso la inteligencia”, como expresó el General Francisco L. Urquizo.

Durante los combates en Santa Ana del Conde, Obregón perdió el brazo derecho (cuenta que por eso trató de suicidarse, pero su pequeña pistola Savage estaba descargada) y dejó el mando de sus tropas a Benjamín Hill: "Diga usted al Primer Jefe, que he caído cumpliendo con mi deber, y que muero bendiciendo la Revolución". Obregón poseía una mente ágil y una prodigiosa memoria que encandilaban a la gente con su hablar salpicado de grandilocuencias, picardías, anécdotas y chistes. La pérdida del brazo le sirvió para hacer bromas de sí mismo: contaba que para encontrar el brazo tuvieron que echar una moneda de oro al aire, de modo que la codicia impulsara al brazo a abalanzarse sobre ella; también decía que como en México todos éramos ladrones, él era querido por el pueblo porque únicamente podía robar con una sola mano.

Después de un periodo de recuperación, avanzó hacia el norte hasta la rendición, el 22 de diciembre de 1915, en Ciudad Juárez, de lo que quedaba de la División del Norte aun bajo el mando de los generales villistas Fidel Ávila y Joaquín Terrazas: 20 generales, 2,632 jefes y oficiales y cerca de 5,000 individuos de tropa.

El 13 de marzo de 1916, fue nombrado secretario de Guerra y Marina; modernizó el ejército, lo desligó de la política, organizó servicios de salubridad, levantó un censo, creó la Escuela Médico Militar y el Departamento de Aviación y puso bajo el control militar las fábricas de armas y municiones. También le correspondió participar en las negociaciones con Estados Unidos por el conflicto provocado por Villa al tomar Colombus, Nuevo México.

Sin embargo, habiendo sido un destacado militar, para Obregón: “Nuestra revolución no puede hacer una nueva patria ganando solamente batallas, debemos establecer y llevar a la práctica, aquellos principios capaces de darnos la confianza del pueblo, y de garantizar los intereses de la colectividad. ¿Cómo quieren ustedes que el pueblo tenga fe en nosotros, si sólo le dejamos los campos regados con su sangre? ¿Con qué programa nos vamos a presentar a la Nación después de las batallas?”.

El 23 de octubre del mismo año, formó, junto con otros militares, el Partido Liberal Constitucionalista PLC para apoyar la candidatura presidencial de Carranza. No descuidó su relación con los dirigentes obreros, ante quienes se mostraba conciliador, en marcado contraste con la dureza con que los trataba Carranza. Asimismo, partidarios suyos, que contaban con su apoyo, dieron un contenido social a la Constitución de 1917, expresados en sus artículos 3º, 27, 123 y 130. “Esas Leyes y Decretos forzosamente deben tener un fondo social para favorecer a las clases trabajadoras, explotadas y oprimidas”. En ese mismo mes contrajo matrimonio con María Tapia Monteverde.

Obregón escribió sus Memorias que tituló Ocho mil kilómetros de Campaña, que comprenden sus acciones militares desde que fue Comandante del 4º Batallón Irregular de Sonora, hasta ya Comandante del Cuerpo de Ejército del Noroeste. Escribe Álvaro Matute (Obregón como político): “Obregón recorrió, según el título de su libro publicado en 1917, ocho mil kilómetros en campaña. De ellos obtuvo enseñanzas fundamentales: trato con subalternos, manejo de su figura ante la tropa y ante los otros jefes, conocimiento del terreno nacional y de sus diferencias y, sobre todo, la conciencia de saberse el número uno dentro del aspecto que define el destino de una lucha”.

Por sus éxitos militares y políticos, así como por su origen social, Obregón, el único general de división invicto, que representaba una corriente más popular que la burguesa carrancista, se proyectó como el sucesor lógico de Venustiano Carranza, de modo que una vez establecido el nuevo orden constitucional, participó como candidato en las elecciones presidenciales de mayo de 1917, pero sólo obtuvo 4008 votos frente a los 797,305 emitidos a favor de Carranza. En consecuencia, se retiró a la vida privada y vivió en Navojoa; ahí fundó la Agencia Comercial y la Liga Garbancera.

Así, para Matute, Obregón optó por representar el papel de Cincinato, es decir, un ciudadano convertido en dirigente por las circunstancias, que una vez cumplido su deber regresa a sus actividades privadas, pues no podía aspirar a ser el sucesor oficial de Carranza sin aceptar su tutelaje; ni tampoco podía presentarse como un opositor rebelde sin perder legitimidad. Para Obregón, la oposición legal era la mejor vía para suceder a Carranza.

El 1º de junio de 1919, desde Nogales, “el ciudadano” Obregón, “obligado por las circunstancias”, dio a conocer el manifiesto de “la resaca" (llamado así porque dice que abandonó el retiro porque sintió como una resaca que viene del mar cuando las aguas se agitan en el centro), en donde anunció su candidatura a la presidencia de la República porque “muchos de los hombres de más alto relieve dentro del orden militar y del orden civil, han desvirtuado completamente las tendencias del movimiento revolucionario, dedicando todas sus actividades a improvisar fortunas, alquilando plumas que los absuelvan falsamente en nombre de la opinión pública”. Explicó mediante preguntas y respuestas, su visión del país y lo que constituiría su programa de gobierno, que resultaba moderado; no obstante, Obregón era considerado como el caudillo que más podía cumplir las aspiraciones revolucionarias. Al autopostularse como candidato civil, sin el apoyo de partido u organización alguna, como era la ortodoxia democrática, se presentaba como el gran conciliador de los intereses políticos contrapuestos. A partir de este manifiesto inició, al igual que Madero una década atrás, su gira electoral por varios estados.

El 6 de agosto de 1919 firmó con Luís N. Morones, líder de la Confederación Regional Obrero Mexicana CROM, un “convenio secreto” en el que se comprometió a cambio del apoyo de los trabajadores a crear una Secretaría del Trabajo, cuyo titular sería nombrado previa consulta con la CROM, además de sujetar a la aprobación de los líderes obreros los nombramientos de los secretarios de Industria y Comercio, y de Agricultura y Desarrollo; asimismo, acordaron la fundación del Partido Laborista Mexicano PLM. A fines del mismo mes, obtuvo la nominación por el Partido Liberal Constitucionalista PLC: “convencido de que el país ya no quiere programas que al fin resultan prosa rimada: ¡El pueblo quiere hechos!”

Antes de terminar 1919, a la campaña electoral se agregaron el general Pablo González, candidato de la Liga Democrática y el ingeniero Ignacio Bonilla, por el Partido Liberal Democrático.

En 1920, Obregón, ya nominado por el Partido Nacional Cooperativista, por el PLC, el PLM, el Partido Nacional Agrarista PNA y el Partido Socialista Yucateco, denunció en su gira que se ha hecho “circular la noticia…de que la contienda será inútil porque hay un candidato oficial que se hará triunfar por encima de la voluntad del pueblo… (nuestros enemigos) tratan de influenciar al actual Jefe del Poder Ejecutivo para obtener su complicidad…Si nosotros no logramos que el principio del Sufragio Efectivo sea un hecho, no podremos implantar los demás principios…seguiremos dejando a los hombres del poder la tarea de nombrar sus sucesores”. Asimismo, atacó al general Cándido Aguilar porque declaraba que los militares eran malos para gobernar y el pueblo estaba harto de ellos.

Carranza apoyó al civil Bonillas para luchar contra el militarismo, según declaró. Su táctica fue orillar a Obregón a la rebelión para derrotarlo y eliminarlo militarmente y en el caso de que Obregón triunfara, dejarlo con el estigma de haber asumido el poder mediante las armas. Con el claro propósito de detener su campaña electoral, hizo llamar a Obregón a declarar en el juicio por sedición que se seguía en contra del general Roberto Cejudo, a fin de inculparlo también. Ante la inminente orden de aprehensión, Obregón escapó el 14 de abril de sus vigilantes que esperaban el momento oportuno para detenerlo. Disfrazado de ferrocarrilero y protegido por ese gremio, salió de la ciudad de México y se dirigió al estado de Guerrero, en donde contaba ya con el apoyo de Gildardo Magaña, Genovevo de la O y demás jefes zapatistas que a pesar de haber sido asesinado Zapata, aun luchaban contra Carranza.

Simultáneamente, tomando como pretexto una supuesta violación de la soberanía del estado de Sonora por el gobierno de Carranza, Plutarco Elías Calles, junto con otros militares sonorenses, lanzó el 23 de abril siguiente, el Plan de Agua Prieta en el que se acusaba a Carranza de haberse constituido en el jefe de un partido político y de violar el voto para hacerlo triunfar; en consecuencia, se le destituía al igual que a todas las autoridades y funcionarios derivados de las últimas elecciones. Como jefe del ejército en rebeldía se nombró a Adolfo de la Huerta, gobernador de Sonora. Fue la respuesta militar a las pretensiones de Carranza de dejar al civil Bonillas como su sucesor. Paradójicamente, con el Plan de Agua Prieta, un civil, Adolfo de la Huerta, encabezaba la rebelión en apoyo del militar Obregón.

El mismo día, desde Chilpancingo, Obregón denunció la intención de Carranza de imponer a Bonilla y secundó la rebelión sin firmar el Plan de Agua Prieta.

En menos de un mes, la mayoría de los jefes militares desconocieron a Carranza, quien ante el avance de Pablo González, que también se unió a la rebelión, decidió marchar a Veracruz para establecer nuevamente ahí su gobierno como en 1914, pero fue asesinado en la sierra de Puebla.

Así tomó el poder un nuevo grupo de clase media no radical, con diversidades ideológicas pero sin vínculos con el régimen porfirista y aliado a los sectores populares, campesinos y obreros, a los que a cambio de apoyo y subordinación, otorgaban importantes concesiones políticas y sociales.

Obregón no asumió la presidencia de inmediato, hubiera parecido un golpista más, esperó a ser electo “democráticamente”. Nombrado presidente Adolfo de la Huerta, las campañas electorales continuaron con tres candidatos a la presidencia: el eterno candidato porfiriano independiente Nicolás Zúñiga y Miranda, Álvaro Obregón y Alfredo Robles Domínguez, candidato del Partido Nacional Republicano, para quien Obregón no podía ser presidente por haberse rebelado contra Carranza, lo cual legalmente no era cierto. Las elecciones se efectuaron el 5 de septiembre siguiente. Obregón ganó con 1,131,751 votos para el periodo del 1º de diciembre de 1920 al 30 de noviembre de 1924. Zúñiga y Miranda obtuvo 2,357 votos y Robles Domínguez 47,442, pero se exilió y a su regreso, siendo ya Obregón presidente, fue acusado de rebelión y sometido a juicio.

Como presidente electo, Obregón trató de obtener el reconocimiento del presidente Wilson, a través de Luís N. Morones, lo que aumentó la sospecha del gobierno norteamericano de que el nuevo mandatario era un “bolchevique” y por lo tanto, no obtuvo ese reconocimiento. En los años siguientes, los republicanos norteamericanos presionarán a su gobierno para que sólo reconozca a quien firme un tratado que garantice en México los derechos de propiedad de los estadounidenses.

En la presidencia, Obregón procuró la pacificación del país a través de la integración a la vida política de zapatistas y villistas, el combate a rebeliones como las de los generales Juan Carrasco y Francisco Murguía, el asesinato sospechoso de generales como Lucio Blanco y Francisco Villa y de líderes como Miguel Alessio Robles. Por eso, el general Murguía, fiel seguidor de Carranza, levantado contra Obregón en 1922, le escribió: “El gobierno de usted, señor general Obregón, es un gobierno de hecho nacido del crimen y sostenido por el crimen. Es probablemente el más opresivo, el más humillante, el más vergonzoso que ha tenido el país, porque ha adoptado el asesinato como sistema fundamental de su conservación, contra sus enemigos políticos, supuestos o reales, a quienes se hace desaparecer con la ley de fuga, por el secuestro, por el fusilamiento y aun por otros procedimientos que ni el mismo Victoriano Huerta empleo jamás, no obstante haber pasado éste a la historia de México como el tipo de soldado brutal que mata sin escrúpulos.”

También obtenía la obediencia a su poder mediante canonjías y sobornos a los generales levantiscos; se le atribuye la frase: “no hay general que aguante un cañonazo de cincuenta mil pesos". Esta práctica de premiar más que nada las lealtades personales en el ejército, sería una de las causas del descontento de quienes no eran beneficiados y abriría un campo fértil para la futura sublevación delahuertista.

Para Obregón era necesario centralizar y concentrar el poder para constituir un Estado fuerte, nacionalista, más autoritario que democrático, pero capaz de iniciar la reconstrucción del país. Sin embargo, durante su mandato se respetó la libertad de expresión tanto en la prensa como en las convenciones partidistas y desde luego en el Congreso de la Unión.

Para que nadie le disputara el poder, Obregón hizo perder relevancia al partido (PLC) que formalmente lo había llevado a la presidencia y finalmente lo sustituyó por varios partidos corporativos, los principales: el Partido Laborista de la CROM liderado por Luís N. Morones, el Partido Cooperativista dirigido por Jorge Prieto Laurens y el Partido Nacional Agrarista encabezado por Antonio Díaz Soto y Gama, todos leales a Obregón que para entonces se había convertido en un caudillo.

Asimismo, para restar fuerza a los gobernadores y evitar sublevaciones de caciques y caudillos, disolvió las fuerzas armadas estatales, continuó el licenciamiento de la tropa e inició la profesionalización y centralización del ejército.

Además, para detener la actividad sediciosa del clero católico porfirista, enemigo declarado de la revolución, expulsó al delegado apostólico Ernesto Fillipi por violar la Constitución durante el acto de inicio de la construcción del Cristo del Cubilete, en Silao, Guanajuato, en enero de 1924. Entonces expresó:

“La religión católica exige a sus ministros nutrir y orientar el espíritu de sus creyentes. La Revolución que acaba de pasar exige al Gobierno de ella emanado nutrir el estómago, el cerebro y el espíritu de todos y cada uno de los mexicanos, y no hay en este otro aspecto básico de ambos programas nada excluyente y sí una armonía indiscutible. Yo lamento muy sinceramente que los miembros del alto clero no hayan sentido la transformación que se está produciendo en el espíritu colectivo hacia orientaciones modernas, en cuya transformación están perdiendo fuerzas cada día las doctrinas afectivas y abstractas y robusteciéndose las efectivas y sociales. Los postulados del verdadero socialismo están inspirados en las doctrinas de Jesucristo, quien, con toda justicia, está siendo considerado como el socialista más grande que haya conocido hasta ahora la humanidad. Yo invito a ustedes, con la sinceridad que caracteriza a los hombres de la Revolución y los exhorto para que, en bien de la humanidad, no desvirtúen ni entorpezcan el desarrollo del programa esencialmente cristiano y esencialmente humanitario, por lo tanto, que el Gobierno surgido de la Revolución pretende desarrollar en nuestro país.”

Cuando, desafiante, el clero anunció la celebración del Congreso Eucarístico Internacional a celebrarse en octubre de 1924, Obregón respondió con un desplegado:

“Ha sido el fanatismo el más franco aliado de las tiranías. Él atrofia el cerebro, porque le desconoce el derecho a la investigación y a la discusión; atrofia todo civismo, porque establece la sumisión incondicional a sus pastores; es incapaz de generar toda noble aspiración de mejoramiento, porque su reino no es de este mundo; es incapaz de rebelarse contra sus propios dolores, porque tiene que aceptarlos sumisamente, a cambio de la ventura que se le brindará después de la muerte. Nada es más infecundo que el fanatismo, y si todos los fanáticos son funestos, tendremos que aceptar que el que más males ha causado ha sido el que crearon los verdugos del Nazareno, para desvirtuar su obra y ponerla al servicio de sus ambiciones e intereses; fingiendo concederle una autoridad omnipotente, pero exigiéndole en cambio que la pusiera al servicio de la maldad. Y es así como vemos a todos los creyentes adorar a su Dios; pero siempre dentro de la condición indeclinable de que los absuelva de todos sus pecados, que no son sino maldades catalogadas por ellos mismos con ese nombre. Todo su culto lleno de prejuicios y de imperativos podría resumirse así: una autosugestión que los hombres cuyas conciencias no están en reposo han decretado en su propio favor, concibiendo una entidad omnipotente para ponerla en su servicio como cómplice máximo de su impunidad.”

Sin embargo, nunca dejó de tener contacto con altos dignatarios de la Iglesia y anteriormente, asistió a la misa en la catedral metropolitana celebrada con motivo del  primer centenario de la Independencia, justo cuando la misma Iglesia puso la figura de Agustín de Iturbide por encima de las de los héroes insurgentes:

“Gloriosa y santa empresa que nuestro libertador [Iturbide] cimentó sobre tres fuerzas fundamentales que él llamó las Tres Garantías y deja simbolizadas en nuestra bandera nacional: la religión católica, que era y es de la Nación, la unión de todos los mexicanos sin distinción de razas y la Independencia de la Patria. Muy justo es, por tanto, que el pueblo mexicano acuda en masa a festejar cristianamente tan fausto centenario, y que con este motivo reconozca sus yerros, recuerde sus deberes y se muestre digno de aquel Héroe que le dio vida de nación independiente.”

Los tres primeros años de su gobierno fueron de aliento y reconstrucción. Decretó la Ley de Ejidos, instauró la Procuraduría de Pueblos y publicó el Reglamento Agrario. Fue el primer presidente que puso en práctica la reforma agraria mediante “dotaciones” de tierra para crear la pequeña propiedad, pero preservando las grandes unidades de explotación, así se dotaron o restituyeron 1,200,000 hectáreas. A fin de repartirse, se adquirió, entre otras propiedades, por cuenta de la Federación, el enorme latifundio de los Terrazas en Chihuahua. Obregón estaba “seguro de que en muchos estados de la República, si se hiciera un fraccionamiento total, desde luego muchas de esas propiedades quedarían abandonadas, ya por la falta de conocimientos en agricultura de sus propietarios o por la negligencia de otros; y esto traería naturalmente fatales consecuencias, porque se suspendería una gran parte de nuestra producción agrícola.”

Creó la Secretaría de Educación Pública el 9 de julio de 1921, con José Vasconcelos al frente, para federalizar la educación primaria y dar gran impulso a la educación popular y rural, a la que se destinó un presupuesto superior a los que anteriormente se le habían otorgado. “La educación es la función más importante y trascendental del poder público”. Vasconcelos organizó misiones culturales y protegió la labor de los maestros rurales que eran hostilizados, mutilados de oreja o nariz y hasta asesinados por los caciques locales. Para Sergio de la Peña (De la revolución al nuevo Estado): “De hecho, la educación se convirtió en el brazo revolucionarios más poderoso, que agitaba, politizaba, organizaba, atacaba y también transmitía conocimientos. Mediante su acción, el sentido de nación se empezó a consolidar”. Asimismo, con el apoyo de Obregón, quien no consideraba extranjeros a los latinoamericanos sino compañeros de "dolores y desventuras", promovió una cultura mexicana para hacer de México, la capital cultural de América Latina.

Paralelamente a los avances de la educación pública, desde 1921, en los inicios del gobierno de Obregón, comenzó la radio en México. Se instaló la Casa del Radio de Raúl Azcárraga Vidaurreta vinculada al diario El Universal, la radiodifusora de Martín Luis Guzmán director del periódico El Mundo y la de la Cigarrera El Buen Tono. Cuando fueron más numerosas las estaciones de radio, todas de carácter privado y dedicadas a fines comerciales, para defenderse de la posible intervención gubernamental fundaron en 1923 la Liga Central Mexicana de Radio, que fue el antecedente de la Cámara Nacional de la Industria de Radio y Televisión.

A pesar de su escasa educación formal, Obregón no careció de inquietudes intelectuales y hasta escribió poemas. En una carta a Vargas Vila escribió: “¿Y por qué los pueblos latinos del continente quedaron huérfanos demasiado jóvenes?... Desde que Cervantes sabiamente dividió en dos ramas la raza española, haciendo representar una por Don Quijote y la otra por Sancho, quedaron definidas las tendencias de aquel gran pueblo, que cuando necesitó llevar a cabo la ocupación y conquista del Nuevo Mundo, empresa llena de aventuras y peligros, tuvo que encomendar necesariamente su realización a los representantes de Don Quijote, quienes la llevaron a cabo asombrando al mundo con sus fazañas [sic]. Terminada la conquista y desaparecidos los peligros, cuando ya el eco de nuestras riquezas llenaba el Viejo Mundo, acudieron en parvadas los representantes de Sancho, invadiendo todas las fuentes de producción y amagando absorber todas las riquezas del Nuevo Continente, sin cuidar de la cultura y del progreso moral e intelectual de las razas que lo habitaban. Fatalmente, el choque se produjo, porque en el Continente todo y muy especialmente en México y en el Perú, donde había ya dos civilizaciones y dos razas de abolengo, había encontrado terreno muy propicio el espíritu de los Quijote, determinado en la idiosincrasia de nuestros criollos por el más alto sentimiento de dignidad y de desinterés, quienes no pudieron soportar la avidez absorbente de los representantes de Sancho y la Independencia se hizo, logrando estos pueblos su emancipación de España antes de tener una preparación suficiente que los capacitara para hacer una defensa propia y contener la invasión de otros muchos piratas, que también han acudido a disputarnos nuestros tesoros.”

En materia obrera, convencido de que el Estado debe asumir la tutela de los trabajadores procuró la conciliación de los conflictos obrero-patronales y además, trató de implantar el “seguro obrero”, antecedente del seguro social. “Es el Estado el que se encarga de proteger los derechos de los trabajadores y hacerles efectivos, en una forma administrativa, todos los derechos que las mismas leyes establecen a su favor.” Más tarde recordaría: “En mil novecientos veinte, cuando el pueblo depositó en mí su representación honrándome con la alta investidura de encargado del Poder Ejecutivo federal, fue mi primera preocupación buscar ese reajuste social entre las diversas clases que forman la familia mexicana; fue mi primera preocupación estudiar a fondo el origen del desequilibrio económico que privaba entre las clases que trabajan y las clases que pagan; y de mis preocupaciones y de mis estudios, resultó este proyecto de ley que fue enviado a las Cámaras federales para su estudio y discusión. Las Cámaras federales en aquella época no ofrecieron su cooperación al Ejecutivo federal. Incidentes de carácter político y de importancia secundaria distanciaron al Poder Legislativo del Poder Ejecutivo y el proyecto de ley fue devuelto al suscrito sin colocarlo siquiera sobre la carpeta de las discusiones.”

Inició la reconstrucción del sistema financiero mediante la Ley General de Instituciones de Crédito; además estableció el impuesto sobre la renta, porque el impuesto indirecto al consumo, “es el impuesto favorito de las clases acomodadas por ser la cuota regresiva en proporción a la renta”. Así, el 20 de julio de 1921 decretó el impuesto llamado del “Centenario”, de carácter federal, extraordinario y pagadero una sola vez sobre los ingresos y ganancias particulares. Después, el 21 de febrero de 1924, mediante nueva ley tributaria estableció el sistema cedular de gravamen cuya base eran las utilidades obtenidas, que es el antecedentes más remoto del ISR y que rigió durante casi las cuatro décadas siguientes. Asimismo, creó el impuesto de herencias y legados; integró el Tribunal de Apelaciones en Materia Fiscal y reservó fondos para la fundación de un banco único de emisión controlado por el Estado y sin injerencia de capital extranjero.

En el campo internacional, Obregón buscó establecer acuerdos para solucionar el problema de la deuda mexicana y reconoció a la URSS, lo que convirtió a México en el primer país americano que estableció relaciones con los soviéticos.

Para atender la deuda externa, estimada en 500 millones de dólares, se invitó a todos los gobiernos a que presentaran las reclamaciones que sus súbditos tuvieran pendientes y al mismo tiempo, Adolfo de la Huerta, secretario de Hacienda entabló negociaciones con el Comité Internacional de Banqueros con intereses en México. Así, el 16 de junio de 1922, se suscribió el Tratado De la Huerta-Lamont que consolidó y redujo las responsabilidades financieras contraídas por las administraciones anteriores, aunque dispuso condiciones imposibles de cumplir para el erario mexicano. Inmediatamente después se reanudó el servicio de la deuda exterior.

Para ayudar al pago de la deuda externa, el gobierno de Obregón rebajó en tres ocasiones los salarios de los empleados federales, despidió personal y canceló inversiones, pero no aceptó las condiciones onerosas que trataban de imponerle los banqueros extranjeros para otorgarle créditos: “prefiero entregar las arcas vacías pero dignas, y no llenas pero con una soga al cuello”.

En particular, Obregón se enfrentó abiertamente a las presiones de las compañías petroleras norteamericanas, a las cuales aumentó el impuesto decretado por Carranza y agregó otros nuevos impuestos. Durante el conflicto, las empresas respondieron bajando su producción y despidiendo a miles de trabajadores, financiaron las bandas armadas de Manuel Peláez y mediante dos barcos de guerra anclados en Tampico, amenazaron con una nueva invasión, a lo que respondió Obregón con boicots y huelgas organizadas por la CROM. Finalmente, la Suprema Corte de Justicia dictaminó el 20 de agosto de 1921 que la nueva Constitución no era retroactiva para las empresas que hubieran hecho algún “acto positivo” antes del 1º de mayo de 1917 y además, ambas partes acordaron que el 10% de la recaudación de los impuestos petroleros se destinaran al pago de la deuda externa. La táctica de Obregón fue ceder en lo accesorio para defender lo principal; en lo esencial, logró afirmar el derecho de la nación sobre el subsuelo y la renuncia de las empresas extranjeras a solicitar la protección de sus gobiernos en los litigios entre ellas y el gobierno mexicano.

Fue así que Obregón firmó los Tratados llamados de Bucareli, por los que no se aplicó de manera retroactiva el artículo 27 Constitucional a las compañías petroleras, se consintió en pagar en efectivo y a precio de mercado, las afectaciones a los latifundios mayores de 1,755 hectáreas y se aceptaron reclamaciones por los daños sufridos durante la revolución en las propiedades de los norteamericanos. Según Josefina Zoraida Vázquez y Lorenzo Meyer (México frente a Estados Unidos) por medio de estos tratados “Estados Unidos logró cortar las alas de la legislación revolucionaria nacionalista”… Conforme al mismo autor (Las Raíces del Nacionalismo Petrolero en México): “Según Aarón Sáenz –subsecretario de Relaciones Exteriores de Obregón- las conferencias fueron un sucedáneo necesario de la ley reglamentaria del artículo 27, cuya ausencia no dejó otro camino para interpretar la ley. En opinión de ciertos autores estadounidenses, si México no hubiera aceptado los acuerdos de 1923, el gobierno estadounidense muy posiblemente hubiera dado su apoyo a una rebelión de carácter contrarrevolucionario, o invadido el país para poner fin a un impasse que era una amenaza constante a los intereses de sus ciudadanos.”

El gobierno de Obregón fue reconocido por los Estados Unidos y las relaciones entre ambos países se reanudaron el 31 de agosto de 1923, que estuvieron suspendidas desde el 7 de mayo de 1920. Obregón gozó entonces de los préstamos, de las armas y del apoyo en general de los norteamericanos, lo que le permitió vencer la inminente rebelión del candidato presidencial del Partido Nacional Cooperativista, Adolfo de la Huerta, que estalló el 4 de diciembre de 1923, e imponer a Calles como su sucesor en 1924. Quedó la duda si en esas conferencias de Bucareli se convinieron acuerdos secretos y extraoficiales en forma de actas de las sesiones y si esas actas fueron realmente la parte principal de lo convenido acerca del petróleo y las expropiaciones agrarias.

Así, mientras Carranza fue reconocido por Washington, a pesar de haber expedido leyes que afectaban a las empresas petroleras, a Obregón se le exigió no sólo no aplicarlas, sino derogarlas en la práctica; pero era muy grande la necesidad que Obregón de sobrevivir a la rebelión delahuertista.
 
Obregón había ofrecido a Adolfo de la Huerta su regreso a la presidencia, pero éste la había rechazado por cuanto significaba su subordinación y a partir de entonces se inició el alejamiento entre ambos, que siguió con su desacuerdo con los Tratados de Bucareli, la violación a la soberanía popular en el caso de las gubernaturas de Nuevo León, Coahuila y San Luís, y culminó con la renuncia de De la Huerta al gabinete. Sin embargo, De la Huerta siguió siendo considerado uno de los precandidatos independientes fuertes para sucederlo y recibía el apoyo de importantes grupos militares y civiles contrarios a Calles. Pero Obregón era un maestro consumado en la operación de orillar a sus opositores a improvisar decisiones y a perderlos en sus propios laberintos. Así, Adolfo de la Huerta se enteró en el diario veracruzano El Dictamen que encabezaba una sublevación de un grupo de militares y no tuvo más opción que aceptar el reto.

En el combate de la revolución delahuertistas murieron más de siete mil militares y civiles. El efectivo del ejército era de 508 generales, 2758 jefes, 8583 oficiales y 59030 individuos de tropa; de ellos defeccionaron 102 generales, 573 jefes, 2417 oficiales y 23224 individuos de tropa. En ayuda de Obregón, el gobierno del presidente Coolidge aportó material de guerra, aviones, créditos, privilegios de transito, presiones diplomáticas, movimientos de barcos en puertos rebeldes, y toda clase de elementos. Por su parte, Edward L. Doheny, presidente de la Pan-American Petroleum and Transport Company y la Mexican Petroleum Company, contribuyó con un "préstamo forzoso" de cinco millones de dólares para combatir al delahuertismo que se había apoderado de las costas petroleras.

Con la derrota de los rebeldes en 1924, Obregón pudo eliminar a todos los militares de alta graduación que podían disputarle el poder legítimamente, como los generales Alvarado y Diéguez, por lo que con la muerte o expatriación de los militares más distinguidos, al asumir el mando los subalternos, el ejército nacional quedó por completo leal a Obregón o a quien él le señalara.

Al término de su gobierno entregó constitucionalmente el poder, pero reconoció que “cuando la confianza popular depositó en mis manos el supremo poder de la República, llegué con la deslumbradora misión de llevar a cabo una labor efectiva y positiva para nuestro querido pueblo. Hoy lleno de pena y de amargura, veo que todo aquel tesoro de mis ilusiones era muy grande para lo que realmente he podido llevar a la práctica”. Asimismo aceptó que “la responsabilidad de mis actos vivirá lo que vivan sus consecuencias.”

Para Abdiel Oñate (Gobernantes Mexicanos): “Durante su periodo presidencial (1920-1924) Obregón enfrentó la tarea de implementar la Constitución de 1917, la cual había asignado al Estado grandes responsabilidades. Éstas incluían ser el árbitro de las relaciones entre las clases sociales, el defensor de los recursos naturales de la nación y el protector del derecho a la tierra de los campesinos y de los derechos laborales de los trabajadores; en una palabra, el Estado debía erigirse en el rector de un proyecto nacional de desarrollo. La contribución de Obregón fue nada menos que crear las primeras instituciones e instrumentos de política que le permitirían al Estado cumplir con este mandato.”

Por su parte, Manuel González Ramírez (Álvaro Obregón, Estadista) señala que si bien le sucedieron otros estadistas, “el comienzo estuvo a cargo de Álvaro Obregón, que con arrojo despejó los obstáculos que había levantado el Antiguo Régimen para evitar que los cambios sociales tuvieran lugar. Ese arrojo fue hecho con impulso revolucionario y con el sentido patriótico de mejorar las condiciones de vida de los hombres humildes de México, hasta entonces olvidados, secularmente atropellados, pese a que constituían la esencia y la presencia del nacionalismo mexicano.”

Después de pasar la banda presidencial a Calles, otra vez como Cincinato, Obregón se retiró a la vida privada en Sonora; emprendió la siembra de garbanzo y arroz; aprovechó su influencia política y amplió su campo de acción con otros productos agrícolas en las mejores tierras de cultivo de Sonora, Sinaloa y Coahuila; además, instaló fábricas de jabón, de equipos agrícolas, distribuidoras de autos y empacadoras de mariscos.

Obregón nunca dejó la milicia y con quince mil hombres a su mando combatió a los yaquis, sus antiguos aliados. “Soy de la opinión de que los levantamientos de los yaquis ofrecen una brillante oportunidad al presente gobierno para terminar con la vergüenza que para Sonora y la República significa la manutención de la tribu, que es un núcleo de salvajes armados que han retrasado el desarrollo de una de las regiones más ricas del país, y quienes constantemente han cometido depredaciones que ni las mismas autoridades han podido explicar.”

Tampoco dejó la política y no cesó de mover los hilos para preparar su vuelta al poder. A escasos dos años del gobierno de Calles, inició el debate de la no reelección y de la ampliación del periodo de gobierno de cuatro a seis años. Así, el 28 de diciembre de 1926, se aprobó la reforma al Artículo 83 Constitucional que permitió ocupar la presidencia hasta por dos periodos de seis años, con un periodo intermedio entre ambos. Como la reforma fue a la medida de Obregón, el país se dividió entre reeleccionistas y antirreeleccionistas.

Meses antes había estallado la sangrienta rebelión cristera que pretendió modificar los artículos 3º, 5º, 27 y 130 de la Constitución de 1917, con lo que el país volvió a sumirse en una desgastante, aunque limitada guerra civil que consumía vidas y haciendas. En este conflicto, Obregón intentó en tres ocasiones llegar a un acuerdo con el clero, presentarse como un pacificador y así tener mayores posibilidades de ser reelecto. Para Obregón el clero aprovechaba los problemas internacionales para “demostrar a los descontentos extranjeros que en México tenían aliados, poniendo al servicio de intereses políticos la fe de los creyentes”, ya que las declaraciones del clero coincidían con la crisis provocada por las empresas petroleras, que se sintieron lesionadas con la promulgación de las Leyes del Petróleo y Extranjería. Por lo tanto, justificó las acciones gubernamentales, puesto que “el conflicto desaparecerá automáticamente cuando los directores de la Iglesia católica de México subordinen su vanidad ahora lesionada, y declaren estar dispuestos a prestar obediencia a las Leyes y a las autoridades encargadas de velar por su cumplimiento, aconsejando esta línea de conducta a todos los creyentes… los motines aislados, que han ocurrido en algunos estados de la República y que han tomado como bandera la restitución de los fueros y privilegios que poseía el clero antes de la Revolución, no han encontrado ningún eco en la conciencia colectiva, y así vemos cómo estos movimientos prácticamente han abortado.”

Cuando el clero suspendió el culto, Obregón insistió en su carácter político, "bajo la falsa suposición de que !as masas populares se amotinarían contra la Administración Pública, para cambiar su régimen por otro que se pusiera al servicio de los intereses de Roma… el problema ha sido planteado por los encargados de la Iglesia en sentido diametralmente opuesto a las doctrinas del Nazareno; aquel expulsó a los ricos de la Iglesia y declaró que era más fácil que un camello pasara por el ojo de una aguja que un rico se salvara, y éstos han lanzado a los pobres de la Iglesia, negándoles el ejercicio de su culto para refugiarse en las filas de los adinerados.”

Obviamente, el Comité Episcopal respondió que lo que llamaba fueros y privilegios, eran "los derechos más sagrados que la propia naturaleza y que Dios ha concedido al hombre y que están sobre todas las constituciones y partidos políticos"; y que no eran "ningún privilegio ni fuero, sino la sincera y verdadera libertad".

El 26 de junio de 1927, Obregón, prematuramente envejecido, lanzó un extenso manifiesto a la Nación, en el cual explicó por qué salía de su retiro: la reacción acechaba y se disfrazaba para entrar a las luchas cívicas, tomar el poder y destruir la obra revolucionaria. Propuso institucionalizar la revolución, avanzar en la reforma agraria, atraer la inversión extranjera honesta no imperialista, alentar la industrialización con medidas proteccionistas para que los productos nacionales fueran sustituyendo a los importados.

En respuesta al Manifiesto de Obregón, el Partido Nacional Antireeleccionista resurgió y proclamó como su candidato al general Arnulfo R. Gómez. Por su parte, el general Francisco R. Serrano renunció a su cargo de gobernador del Distrito Federal para buscar también la presidencia de la República por el Partido Nacional Revolucionario, que prácticamente no hizo campaña alguna. Serrano basó su campaña en el antiobregonismo; Gómez en el antirreeleccionismo.

Para Obregón no bastaban cuatro años para realizar la obra revolucionaria y la "reacción" estaba en contra de su reelección porque quería impedir el avance revolucionario. Consideraba "reacción": "la retracción que han hecho Arnulfo R. Gómez y Francisco Serrano, del programa vigorosamente social que sirve de base a la administración en que ellos colaboraron, para presentarse como candidatos... Es reacción el oro de los grandes truts de Wall Street, tratando de dominar al mundo con la doctrina del dólar".

Pedro Castro (Álvaro Obregón. Fuego y Cenizas de la Revolución Mexicana) cita que Serrano visitó a Obregón para notificarle que sería también candidato presidencial y que “al despedirse de Obregón, le dijo su contrincante en ciernes: - ¡Bueno, general, ya sabe usted que vamos a una lucha de caballeros! -‘Yo te creía inteligente, Serrano; si en México no hay luchas de caballeros: en ella, uno se va a la presidencia y el otro al paredón."

Las campañas se iniciaron en el mes de julio siguiente. Los apoyos políticos más importantes de Obregón fueron el Partido Nacional Agrarista dirigido por Antonio Díaz Soto y Gama, y el Partido Laborista Mexicano encabezado por Luis N. Morones (con quien Obregón tendría dificultades por su "callismo"), además de muchas otras organizaciones surgidas al vapor, pero todos los esfuerzos electorales fueron coordinados por el Centro Director Obregonista. No se dio a conocer un programa porque "casi resulta inútil hablar de un programa de Gobierno cuando se ha desempeñado el cargo de Presidente de la República, durante un periodo completo de cuatro años, en el cual periodo quedó francamente definida mi concepción política y social...".

Los ataques de los opositores de Obregón fueron feroces, se le acusó de traicionar los principios por los que se había luchado, de falso líder de los campesinos, de pagar acarreados con el erario, de recibir fondos de las compañías petroleras; se le puso el mote de “Álvaro Santa Anna”; se dijeron frases hirientes (“ese hombre, no conforme con estar mutilado, hizo que se mutilara la Constitución” ) y amenazas: “si el voto popular sale burlado, no nos queda más recurso que el que el mismo Obregón empleó en 1920: las armas”.

Ante la fuerza de Obregón, a fines de septiembre, serranistas y gomistas entablaron negociaciones para formar un frente único antirreeleccionista. Pero Obregón era un maestro consumado de adelantarse a los acontecimientos y como después escribiría Martín Luís Guzmán en su novela “La Sombra del Caudillo”, les “madrugó”. Los forzó a radicalizarse y sorpresivamente, ambos candidatos fueron acusados por Calles de promover una sublevación que supuestamente implicaba el asesinato de Obregón, Calles y Amaro. Serrano fue detenido en Cuernavaca y asesinado en Huitzilac el 3 de octubre. Gómez, que se encontraba en Perote, Veracruz, fue perseguido y fusilado en Coatepec el 4 de noviembre de 1927. ”En este país, si Caín no mata a Abel, entonces Abel mata a Caín”, escribió alguna vez Obregón..

El mismo Pedro Castro cita una entrevista en la que el general Claudio Fox, jefe de los sicarios que asesinaron a Serrano y sus seguidores, relata que al llevar ante Obregón, los cuerpos masacrados de los mismos, éste exclama: "Ah, muy bien -¿Y Pancho?-¿Dónde está Pancho que no lo veo? -Ahí está, mi general-, respondió un soldado. A ver….a ver; bájenlo, que quiero verlo. Y cuando se bajó el cadáver del Gral. Francisco R. Serrano y quedó tirado sobre la rampa del castillo de Chapultepec, el general Obregón exclamo irónico cual era su costumbre: ¡Qué feo te dejaron, Pancho...! E inmediatamente después, agregó: No digas que no te doy tu 'cuelga' [regalo]; en unos minutos más es el día de San Francisco".

 

Así fue que Obregón continuó su campaña como candidato único en el ambiente enrarecido por la represión y la guerra cristera. En Tucson, Texas y después en Orizaba, Obregón fue objeto de atentados fallidos. Obregón no se inquietó y expresó: “Duraré hasta que alguien se decida a cambiar su vida por la mía”. El 13 de noviembre sufrió otro atentado en el Bosque de Chapultepec, del que salió ileso; por eso fueron fusilados algunos miembros de la Liga de Defensa Religiosa, entre ellos el padre Pro y su hermano, a quienes se les atribuyó el atentado.

Obregón ganó las elecciones el 1º de julio de 1928 con 1,670,453 votos. Al parecer sus primeras acciones iban a ser poner fin al conflicto religioso que ensangrentaba a algunas regiones del país, pues ya se habían reunido sus enviados con los obispos Ruiz y Flores e Ignacio Valdespino; y también negociar arreglos con los petroleros norteamericanos.

Ya como presidente electo, un grupo de políticos guanajuatenses le ofrecieron un banquete en el restaurante La Bombilla. Mientras privaba una franca y alegre camaradería y la orquesta típica de Esparza Oteo interpretaba canciones como el “Pajarillo Barranqueño” y "El Limoncito", su pieza favorita, Obregón recibió tres disparos del revolver que llevaba escondido José de León Toral, quien pretextando dibujarlo, había logrado acercársele. Así murió el día 17 del mismo mes de 1928.

Su cadáver fue conducido al Palacio Nacional para rendirle honores y al día siguiente trasladado a Sonora conforme a su deseo. El asesino material fue sentenciado a muerte y fusilado el 9 de febrero de 1929; asimismo, fue condenada a 20 años de prisión la religiosa Concepción Acevedo de la Llata, la Madre “Conchita”, bajo el cargo de autoría intelectual.

Francisco Martín Moreno sostiene en su novela “México Acribillado”, la hipótesis, con base en un acta del reconocimiento médico practicado al cuerpo de Obregón y en el análisis de las relaciones de Luís N. Morones y la madre Conchita, que el presidente electo no sólo fue muerto por las balas de Toral, sino también por francotiradores que dispararon simultáneamente, y que estos asesinos eran enviados por Morones para asegurarse que Obregón muriera. Esto explicaría las 19 heridas de distintos calibres encontradas en el cadáver. De modo que por distintos motivos, tanto Calles y Morones, como el obispo Francisco Orozco y Jiménez, la madre Conchita y Toral, sin haberlo conversado jamás, convergieron en el propósito del atentado, pues a ninguno de ellos convenía que Obregón regresara a la presidencia.

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Lo cierto fue que la investigación sólo abarcó a las personas involucradas directamente en el asesinato. Jamás se indagó más allá, ni se llamó a comparecer a Calles, Morones y a los altos dignatarios eclesiásticos.

Poco después del asesinato de Obregón, en su último informe, el presidente Calles declaró concluida la época del caudillismo e iniciada la del régimen institucional. Así, como señala Oñate: “Paradójicamente, uno de los aspectos del legado político de Obregón…fue su muerte que permitió (al grupo en el poder) unificar a la nación, identificar héroes y villanos, y sirvió para consolidar el proyecto político de la Revolución expresado en el Estado.”

En el lugar en que se asentó el restaurante en que fue asesinado, ubicado en San Ángel, dentro de la delegación del Distrito Federal que hoy lleva su nombre, está el monumento en honor de Álvaro Obregón, en cuyo interior estuvo el brazo que perdió el caudillo en Celaya hasta 1979. Sus restos descansan en el Monumento a la Revolución.

El libro citado de Pedro Castro termina con el siguiente párrafo: “Álvaro Obregón fue un hombre clave en la historia de México, la de la reconstrucción después de una larga lucha civil en la que resultó triunfador. En su persona convivieron el reformista y el conservador, el estadista y el hombre de negocios, el idolatrado y el odiado, el sereno y el temperamental, el benévolo y el cruel, una suma de cualidades y defectos que son el material de que están hechos los conductores de hombres, aunque para él la grandeza fue un imposible. Su vida es una travesía extraordinaria, desde un pueblo ignoto y lejano como tantos, hasta la puerta grande de la historia. Con su muerte se cerró un ciclo más de los caudillos nacionales y se abrió el de un sistema autoritario de larga duración, llamado a perdurar hasta el final de su siglo, y su imagen evoca la epopeya y la tragedia de una revolución que marcó, para bien o para mal, el destino de México."

Doralicia Carmona: MEMORIA POLÍTICA DE MÉXICO.

Efeméride: Nacimiento 19 de febrero de 1880. Muerte 17 de julio de 1928.