1920-2004
Nace el 16 de junio de 1920 en la ciudad de México. Hijo de José López Portillo y Wéber, cadete del Colegio Militar que el 9 de febrero de 1913, escoltó al presidente Madero del Castillo de Chapultepec a Palacio Nacional, al darse el cuartelazo de Bernardo Reyes. Nieto de José López Portillo y Rojas, diputado porfirista, gobernador de Jalisco en tiempos de Madero y brevemente, secretario de Relaciones Exteriores de Victoriano Huerta. Al triunfo de Carranza, su abuelo y su padre tuvieron que refugiarse en Jalisco, hasta que pudieron regresar a la capital sin riesgo de represalias.
Estudia en la UNAM y en la Universidad de Santiago de Chile. Se titula de abogado en 1946 con la tesis “Valoración del Estado” y más tarde, obtiene el doctorado en derecho. Ejerce su profesión en forma privada hasta 1960. De 1947 a 1958 imparte clases en la Facultad de Derecho y en la Escuela Nacional de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, así como en el doctorado en administración del IPN. Escribe ensayos jurídicos y los libros “Quetzalcóatl”, “Don Q” y “Génesis y Teoría General del Estado”.
Durante su juventud se mantiene alejado de la política por consejo de su padre, para quien “los defectos de un hombre honrado son las cualidades de un político”; pero en 1958 acepta participar en la formulación del plan de gobierno del candidato priísta Adolfo López Mateos, quien por su brillante personalidad, al conocerlo, le inspira la decisión de abandonar sus actividades privadas y participar en el sector público.

Invitado por Luís Echeverría, con quien mantenía una añeja amistad, en 1960 ingresa al servicio público en la Secretaría del Patrimonio Nacional, como asesor del oficial mayor y después, director general de las Juntas Federales de Mejoras Materiales. De 1962 A 1965 coordina el Comité de Desarrollo Urbano. De 1965 a 1970 es director jurídico y subsecretario de la Secretaría de la Presidencia. En 1970 es subsecretario del Patrimonio Nacional, director de la Comisión Federal de Electricidad y Secretario de Hacienda en 1973. En 1975 es candidato presidencial del Partido Revolucionario Institucional, del Partido Popular Socialista y del Partido Auténtico de la Revolución Mexicana. Realiza su campaña con el lema “La solución somos todos”. Su único contendiente es Valentín Campa, candidato sin registro del Partido Comunista. Obtiene 16,727,993 votos.

Presidente de la República de 1976 a 1982. Recibe el país en crisis económica, tras la devaluación del peso, cuya paridad con el dólar se había mantenido varias décadas, con el compromiso de un acuerdo firmado con el FMI por su antecesor de reducir el gasto público y restringir los salarios, y tras un enfrentamiento del gobierno anterior con empresarios poderosos. En su discurso de toma de posesión trata de corresponsabilizar a todo el pueblo, se dirige a los marginados para que perdonen el olvido en que han estado sumidos y pide una tregua a todos los intereses en pugna para iniciar un plan de desarrollo económico que comprenderá tres etapas de dos años cada una: recuperación, consolidación y crecimiento acelerado. “Lo primero es calmar el movimiento nervioso, lleno de pánico. De éste sí hay que temer, rechacémoslo. Hagamos una tregua inteligente para recuperar serenidad y no perder rumbo. Tregua que no sea renuncia o claudicación sino oportunidad de reencuentro y reconciliación. Propone la Alianza para la Producción, para “ofrecer a todos alternativas viables que permitan conciliar los objetivos nacionales de desarrollo y justicia social con las demandas específicas de los diversos factores de la economía. “

Inicia su gobierno con la reforma de la administración pública mediante una nueva Ley Orgánica que suprime la Secretaría de la Presidencia y crea las de Programación y Presupuesto, Patrimonio y Fomento Industrial, Agricultura y Recursos Hidráulicos, Asentamientos Humanos y Obras Públicas y la de Pesca. En materia hacendaria, se sustituye el impuesto sobre ingresos mercantiles por el impuesto al valor agregado IVA.

El descubrimiento de importantes yacimientos de petróleo en Chiapas, Tabasco y la sonda de Campeche, permite a López Portillo la reactivación de la economía nacional, pero también su endeudamiento para financiar la producción petrolera; sin embargo, dadas las bajas tasas de interés de la época, endeudarse es una opción atractiva, por lo que la deuda externa crece rápidamente hasta alcanzar en 1982, los 59 000 millones de dólares. Así, se inicia la exploración y explotación petrolera en el mar abierto del Golfo de México y la exportación de crudo pasa de 94 000 barriles diarios al principio del gobierno lopezportillista, a 1.5 millones al final de su periodo y México llega a alcanzar el cuarto lugar mundial como país petrolero, después de la Unión Soviética, Arabia Saudita y Estados Unidos. Como consecuencia del aumento de la exportación de crudo, los ingresos petroleros no previstos, que rebasan los cien mil millones de dólares durante este sexenio, llegan a cubrir una tercera parte del presupuesto de egresos de la Federación.
Además, el embargo de la OPEP impuesto a varios países, eleva el precio del barril de menos de tres dólares en 1970 a más de 35 en 1981, de modo que el aumento de la deuda no resulta preocupante porque parece pagable debido a que se prevé que el precio del barril siga subiendo y se duplique. Los altos ingresos por petróleo y el acceso al crédito internacional hacen decir a López Portillo: “Los mexicanos que han sufrido carencias ancestrales, ahora tendrán que aprender a administrar la abundancia”. Efectivamente, hasta mayo de 1981, México parece encaminarse a una era de bonanza sin igual en su historia.

En el ámbito internacional, en 1977 restablece, a la muerte de Franco, relaciones con España y se solidariza con Panamá en la cuestión del canal. En 1979, también influido por su religiosa madre, recibe la visita a México del Papa Juan Pablo II, que llega a reafirmar la autoridad de la jerarquía eclesiástica y a combatir las concepciones que hablaban de una Iglesia Popular. Recibe al presidente norteamericano Carter, pero rompe relaciones con Somoza y apoya a los rebeldes sandinistas para enfrentar indirectamente a los Estados Unidos en la región. Además, propone en las Naciones Unidas el Plan Mundial de Energéticos en 1979; y convoca a la reunión cumbre mundial norte-sur en Cancún en 1981, para buscar soluciones a los problemas sociales originados en el orden económico internacional. Durante su gobierno, López Portillo recibe a 66 mandatarios extranjeros y visita 20 países.

En lo interno, López Portillo libera presos políticos y abre cauce a una reforma que culmina en la Ley Federal de Organizaciones Políticas y Procesos Electorales, al amparo de la cual se reconoce personalidad jurídica y se otorga registro a varios partidos, entre ellos a los que representan las dos posiciones opositoras más antiguas de México: el Partido Demócrata Mexicano, expresión de la corriente sinarquista, y el Partido Comunista Mexicano, organización marxista fundada en 1919. La misma ley da cabida a diputados de oposición mediante un procedimiento de proporcionalidad parcial que agrega a los diputados de mayoría relativa, uninominales, diputados plurinominales, o sea, de representación proporcional conforme a los votos obtenidos por cada partido. En 1979, como resultado de la reforma política ingresan al Congreso los primeros diputados comunistas.

El auge también hace posible intentar planes para reactivar sólidamente la economía nacional y combatir la desigualdad, como la Alianza para la Producción, el Plan Global de Desarrollo, el COPLAMAR para atender a los marginados, y el Plan Nacional de Desarrollo Agropecuario y el Sistema Alimentario Mexicano SAM, para procurar la soberanía alimentaria. Para aprovechar mejor la tecnología y los recursos, así como para generar empleo y reordenar los asentimientos humanos, se formularon los Planes Nacionales de Desarrollo Industrial, el de Desarrollo Urbano, el del Empleo y el de Turismo. Así, se obtienen altas tasas de crecimiento económico, se recuperan los salarios y el índice de desempleo se reduce de 8.1% a 4.5%, con la creación de 4.2 millones de nuevos puestos de trabajo. El gasto en educación permite que por primera vez en la historia de México, se cubra totalmente la demanda de educación primaria; se fundan el Colegio Nacional de Educación Profesional Técnica, la Universidad Pedagógica Nacional y el Instituto Nacional para la Educación de los Adultos. Las obras de infraestructura vuelven a emprenderse en el Distrito Federal y por todo el país. Se inauguran los museos nacionales de las Intervenciones y de Arte, y se restauran el Templo Mayor y el Centro Histórico de la Ciudad de México. La población atendida por las instituciones de salud y asistencia pasa del 60% en 1976 al 85% en 1982. También se logra que 70 de cada 100 habitantes disfruten del servicio de agua potable. La desigualdad social y regional comienza a recobrar su tendencia a disminuir.
Pero, desafortunadamente, la sobreoferta de los países productores y el ahorro de energía de los países consumidores provocan, a partir de junio de 1981, el desplome de los precios del petróleo que arrastra en su caída a la economía nacional petrolizada. Las importaciones crecen a una tasa del 41.9%, en tanto que las exportaciones disminuyen; empiezan a imponerse severas restricciones crediticias en el exterior y se desequilibran las finanzas nacionales, al grado que en marzo de 1982, el Banco de México se retira del mercado de cambios. Al mismo tiempo, las tasas de interés se disparan y al terminar el sexenio la deuda exterior casi alcanza los cien mil millones de dólares, el tipo de cambio pasa de 26 a 70 pesos por un dólar, la fuga de capitales es imparable y la incontenible inflación llega al 100%. Estimulada por el optimismo gubernamental, la deuda externa de los empresarios privados también se ha disparado.
El 9 de marzo de 1982 se pone en marcha el Programa de Ajuste a la Política Económica que reduce el 3% al gasto público, mayor flexibilidad a las tasas de interés para promover el ahorro, impedir la dolarización y la fuga de capitales, así como una nueva emisión de petrobonos, entre sus medidas más relevantes.
En medio de los nubarrones del desastre nacional, el l 7 de junio de 1982, Día de la Libertad de Prensa, Francisco Martínez de la Vega, cuestiona a López Portillo por su hostilidad hacia los medios masivos, especialmente hacia la revista Proceso, a lo que respondió: “¿Una empresa mercantil, organizada como negocio profesional, tiene el derecho a que el Estado le dé publicidad para que sistemáticamente se le oponga? Esta, señores, es una relación perversa, una relación morbosa, una relación sadomasoquista que se aproxima a muchas perversidades que no menciono aquí por respeto a la audiencia. Te pago para que me pegues. ¡Pues no faltaba más! Frente a las empresas mercantiles que viven de la publicidad y que de ella obtienen anuncios no altruistas, como los partidos políticos, ante cuya responsabilidad rindo respeto, sino que quieren hacer negocio con la publicidad del Estado, hablando sistemáticamente mal del Estado para frustrar los propósitos que el Estado tiene al hacer publicidad, ahí estamos en una relación perversa que debemos vigilar. ¿Debe el Estado, que tantas actividades subsidia, subsidiar también la oposición sistemática fuera de los partidos políticos, gratificando vanidades profesionales que persiguen el lucro?"
Un año antes, en agosto de 1981, López Portillo recibe un magnífico rancho en Tenancingo, Estado de México, obsequio del Dr. Jorge Jiménez Cantú, en ese entonces gobernador de esa entidad. Pero el periodista Miguel Ángel Granados Chapa pone en duda la moralidad de este acto en su “Plaza Pública” y ante la argumentación esgrimida, el presidente decide rechazar el regalo y además, poner límites a los obsequios que pueden legalmente recibir los servidores públicos.
En agosto DE 1982, el gobierno declara la suspensión de pagos a los acreedores extranjeros. “Shylock se portó como Shylock”, escribió López Portillo. Para algunos, el gran error fue considerar como temporal la caída del precio del petróleo al mismo tiempo que mantener la paridad del peso (lo que condujo a la dolarización de la economía), sostener el mismo ritmo del gasto público y financiar con nuevos créditos externos el faltante originado por dicha caída. También se negó a devaluar: “Presidente que devalúa se devalúa”… y prometió defender el peso como “un perro”. Además, destituyó a Jorge Díaz Serrano, director de Pemex, por ajustar a la baja el precio del petróleo mexicano en el mercado internacional; por el contrario, lo aumentó, pretendiendo condicionar ventas futuras a su aceptación, con lo cual se perdieron importantes compradores que no cedieron a la presión y optaron por abastecerse en otros países que vendían más barato.
Ese mismo mes se firma el Convenio de Facilidad Ampliada con el FMI por 3,600 millones de dólares, por el que se acepta reducir el gasto público y fijar límites a los créditos externos. “Sin embargo, el daño ya estaba hecho. La deuda se duplicó en unos meses y los préstamos, en vez de destinarse a la actividad productiva lo hicieron al mercado monetario para mantener la libertad cambiaria y lograr una paridad controlada, aunque en deslizamiento”. (Germán Pérez Fernández del Castillo en Gobernantes de México)
Ante la debacle, en su último informe de gobierno, López Portillo señala: “soy responsable del timón, pero no de la tormenta”. Expresa con voz quebrada: “A los desposeídos y marginados, a los que hace seis años les pedí perdón, que he venido arrastrando como responsabilidad personal, -como si fuera exclusiva por haberla formulado- les digo que hice todo lo que pude para organizar a la sociedad y corregir el rezago; que avanzamos; que si por algo tengo tristeza es por no haber acertado a hacerlo mejor”. Anuncia que intentará enfrentar la situación mediante la nacionalización de la banca y el control de cambios: “México, al llegar al extremo que significa la actual crisis, no puede permitir que la especulación domine su economía. Esta crisis, que hemos llamado financiera y de caja, amenaza seriamente nuestra estructura productiva...He expedido dos decretos: uno que nacionaliza los bancos privados y otro que establece el control generalizado de cambios, no como una política superviviente de un más vale tarde que nunca, sino porque ahora se han dado las condiciones que lo requieren y justifican. Es ahora o nunca... ¡Ya nos saquearon, México no se ha acabado, no nos volverán a saquear!”
López Portillo escribe después (Mis Tiempos): “Fue un hermoso primero de septiembre. Decían los oligarcas que me tenían vencido, después de haberse enriquecido, aprovechándose de nuestra alianza nacionalista; sacando sus capitales y, finalmente, echándome toda la culpa de la crisis. Aguanté, aguanté, aguanté, hasta un límite. Se les olvidó que soy el Presidente de un Estado soberano. Fue interesante el proceso subjetivo; pero premonitorio, por cuanto que desde hace meses, tal vez subconscientemente, me estaba preparando”.
“Fueron días angustiosos. Ya pasaron. El país ganó varias cosas, una fundamental: ratificar que el Estado es nacional y soberano y no es de los ricos ni de los extranjeros. Y saber que México tiene su camino y un sistema legal dinámico para resolver institucionalmente las contradicciones de su sociedad.”
“Fueron días de profunda meditación. Para mí verdaderamente dramáticos. Sin tiempo para dedicarme tranquilamente a escribir el Informe. Cada día lleno de noticias tensionantes. Una posición norteamericana inicialmente insoportable. Ahora parece haber cierta comprensión internacional. Pero tuvimos que endurecernos y el mundo que reflexionar en nuestra posición. Realmente nuestra deuda crea problemas. Claro, nos fastidiarán con el Fondo Monetario, salvo que logre que los sacadólares los regresen. Pero afirmamos nuestra soberanía nacional frente a la crisis. Somos un país y no un negocio petrolero.”
Los riesgos de la nacionalización, corrupción y burocratización parecen menores ante la gran descapitalización por la fuga de más de 54,000 millones de dólares, el caos económico, las altas tasas de interés, el desempleo y la crisis incontrolable. Para López Portillo “era necesario salvar nuestra estructura productiva. La defensa de sí mismo que nunca asumió el capital productivo, la asumió el Estado".
Miguel Ángel Granados Chapa (La Banca Nuestra de Cada Día) comenta al mes siguiente respecto a la decisión de nacionalizar: “También contaron, por supuesto, la coyuntura y la psicología. López Portillo se acercaba al final de su mandato. La circunstancia le permitía arrostrar un grado mayor de riesgo que nunca antes. También lo exigía la propia situación. En los meses anteriores, desde que en febrero el gobierno se retiró del mercado de dinero, creció la sensación de que no había régimen político, sino sólo instituciones administrativas incapaces de formular decisiones. La economía se maneja con la política y así lo supo en el último instante el Presidente.”
“No quería, seguramente, pasar a la historia posando mal para los fotógrafos. La conciencia del propio honor, del aprecio que cada quien se tiene a sí mismo, tiene exacerbamientos notorios en López Portillo. Sus emociones contaron mucho en su gobierno. Aquí no tenía porqué ser distinto. Aun admitiendo que sus motivaciones en este caso fueron turbias o mezquinas, el resultado es lo que importa. La banca es nuestra, cada día”.
Escribe Scherer (Los Presidentes): “Cuatro días después de la nacionalización de la banca, el lunes cinco de septiembre, conversé de nuevo con López Portillo. Quería felicitarlo por su decisión. Eran inauditas las fortunas levantadas al amparo de los negocios bancarios y los últimos noventa días de su gobierno podrían ser los mejores desde los tiempos del general Cárdenas. Empeñada la palabra presidencial en circunstancias excepcionales, podría haber jurado que López Portillo haría pública la lista de sacadólares que empobrecieron al país. La atmósfera estaba cargada. Sobrevendrían acontecimientos en cadena”.
Las medidas tomadas desencadenan de inmediato la reacción del capital nacional e internacional en su contra. Manuel J. Clouthier, presidente del Consejo Coordinador Empresarial, pide un plebiscito nacional pues esas medidas “no las puede tomar un solo hombre”; asimismo, defiende a los banqueros, “ese sector no es traidor sino patriota y solidario con los más altos intereses del país”.
Por otro lado, desde la posición de izquierda, la nacionalización es considerada lo mismo como nacionalista, popular y progresista, que como una trampa del capital y de la clase dominante para cooptar y manipular a los trabajadores. Lo cierto es que las manifestaciones de apoyo a la nacionalización, a pesar de que la medida fue tomada sólo por López Portillo y algunos de sus allegados (Carlos Tello, José Andrés de Oteyza, José María Sbert y José Ramón López Portillo, su hijo, “el orgullo de mi nepotismo”), son mayores que las de rechazo y hostigamiento; pero a partir de entonces, una fracción de los empresarios más poderosos, a quienes López Portillo había tildado de “empresarios ricos con empresas pobres”, ya no consideraron que el PRI satisfacía sus intereses y apoyarán al PAN en su lucha por el poder político.
La crisis continúa, y al término de su periodo, por todos los medios se magnifican y difunden los errores, defectos y excesos del presidente López Portillo. Los empresarios crean un “fondo de desprestigio”. Su carisma, elocuencia y popularidad, antes alabados, se convierten en objeto de escarnio y burla: “En el régimen de López Portillo lo prometido es deuda.” Es acusado de “populismo” y de la peor corrupción, despilfarro, nepotismo y frivolidad registrados en la historia de México. “Estoy pasando de la condición de prohombre a la de Satán de esta sociedad”, señala López Portillo, quien “por prudencia y respecto al futuro gobierno” no publica la lista de los sacadólares. Así concluyó el gobierno de quien había expresado: “soy la última oportunidad de la revolución”.

La rueda de la historia ya había girado en sentido contrario. El contexto internacional se había modificado pocos años antes de la nacionalización de la banca con el ascenso al poder de Margaret Thatcher y Ronald Reagan, como reacción conservadora a la crisis mundial de 1973. La carrera armamentista obligaba a la Unión Soviética a agotar sus recursos, y el nuevo Papa Juan Pablo II, elegido en 1978, se enfrascaba en una lucha activa contra el socialismo y toda ideología que hiciera ver a Cristo como un político revolucionario. El desarrollo de la tecnología digital y de las comunicaciones de todo tipo, abrían la posibilidad de una nueva forma de globalización de la economía. El Estado ya se mostraba incapaz de controlar variables económicas como lo había sido en un mercado cerrado. A la luz de la nueva situación, la banca nacionalizada correspondía a una visión keynesiana y a un Estado de Bienestar que en las potencias capitalistas ya habían sido sustituidos por un nuevo dogma: el “neoliberalismo”, que reduce el gasto público y deja el destino de los pueblos en manos de las corporaciones transnacionales por encima de los gobiernos y de los estados nacionales.

Durante los siguientes veinticinco años, se privatizarán bancos, teléfonos, acero, minas, puertos, aeropuertos, líneas aéreas, ferrocarriles, etc. (mil empresas públicas) y se detendrá la construcción de presas, refinerías, carreteras, escuelas, hospitales, etc., pero la deuda pública crecerá de 80,000 más de a 300,000 millones de dólares. El proteccionismo y fomento a la economía nacional se abandonará trayendo la ruina al campo y al mediano y pequeño comercio, y los inversionistas extranjeros se apoderarán casi por completo de la planta industrial. El empleo en la economía formal descenderá de 35% a sólo el 22%, de modo que mientras en 1982, salen al extranjero 210 mil mexicanos a buscar trabajo, en 2007 emigrarán 582 mil, motivados por el desempleo. La diferencia entre ricos y pobres crecerá: el salario mínimo perderá el 85% de su poder adquisitivo; el 70% de las familias mexicanas tendrá ingresos menores a 8 mil pesos, por lo que el número de pobres pasará de 32 millones a más de 60 millones, mientras el patrimonio de los diez mexicanos más ricos equivaldrá al ingreso de un año de la mitad de la población. En contraste, se extraerá tres veces más petróleo que todo lo producido de 1901 a 1982.
Años después, en una entrevista periodística, López Portillo expresa sobre la nacionalización de la banca: “En mi último informe de gobierno declaré que la economía mexicanizada había fracasado, que esa no era la solución, que la solución para mí estaba en la nacionalización, que fue un paso adelante, la mexicanización no sirvió para nada, por una razón muy sencilla: porque el dinero no tiene patria y, el atrevimiento, ni matria”. En otra ocasión declara: “Se me acusa de ser el responsable del fracaso de la banca estatizada. ¿Cómo podría serlo si mi sucesor no la desarrolló, ni siquiera para probar si era eficaz? Reviró enseguida y dejó que la condena histórica fuera contra mí”.
Entrevistado por la revista Proceso a finales de 1992, López Portillo revela que Miguel de la Madrid, ya siendo Presidente electo, le pidió que no denunciara a los sacadólares para no ahondar en las diferencias en la sociedad civil. Respecto a las reformas constitucionales del presidente Salinas, como la del artículo 27, señala: Si con esas modificaciones al 27 constitucional, que van a contrapelo de nuestros antecedentes revolucionarios, se logra alimentar al pueblo de México, en buena hora. El imperativo fundamental es darle de comer al que tiene hambre." Añade que si mediante la justicia social el país no sale adelante, la reprivatización de la banca constituirá, además de un acto lamentable, un "sacrificio institucional". Respecto a las reformas al 130 constitucional, el expresidente las considera benéficas, tanto para la Iglesia como para el Estado. Sin embargo, “cada Presidente tiene información que le permite tomar decisiones. Y a mí, como expresidente, me corresponde tratar de entender al Presidente Salinas y esperar que las decisiones que tome sean las correctas.”
López Portillo rechaza que el neoliberalismo económico sea "la respuesta final que ponga quieta a la historia…Así como en el surf hay que aprovechar la fuerza de la ola para impulsar la tabla sobre la que vamos en difícil equilibrio y a riesgo de hundirnos, en este momento los Estados Unidos se han convertido, ya sin el contrapeso del socialismo real, en una gran ola neoliberal que nos mueve sin que tengamos capacidad para remontarla. Sólo tenemos la posibilidad de aprovechar la fuerza de esa ola para darle el relativo sentido que las nuestras propician. Queramos o no, tenemos que subirnos a la tabla, mantener el equilibrio y tratar de llegar a la playa para, ahí, esperar acontecimientos, aprovechar la fuerza de otra ola y buscar una dirección diferente a la que nos impone el neoliberalismo." Así considera el TLC: “en este momento, dada la situación económica de México, no tenemos otra salida, por lo menos en el corto plazo, que subirnos a la ola, guardar el equilibrio e incorporarnos a una economía poderosa que también se esfuerza por sobrevivir ante la competencia con otros centros regionales, uno europeo, otro asiático.”
Respecto a la reforma electoral que propició, cuenta: “Cuando tuve la responsabilidad presidencial, sentí la necesidad de resolver un problema que todavía no ha sido resuelto: que las minorías tengan salidas institucionales satisfactorias... Esta falta de manejo de los derechos o de las oportunidades de las minorías me llevó a impulsar la reforma política. Con ella se trataba de resolver, dialécticamente, la integración de los contrarios minoritarios por la vía institucional... Esta reforma abrió espacios que estaban cerrados, sacó de los nichos muchas de las presiones no institucionales y permitió el sucesivo avance del proceso de reforma, tal como lo dijimos en aquel tiempo: la reforma política, dijimos, es un proceso, no una culminación”.
Retirado a la vida privada, López Portillo trata de emprender algunos negocios, como el tequila Don Q, y escribe sus memorias (Mis Tiempos), y una historia de México “Ellos Vienen... La Conquista de México”, entre sus trabajos más importantes. Pero su divorcio con la actriz Sasha Montenegro, da lugar a nuevos ataques y escándalos.
Muere de neumonía en la ciudad de México, a las 20:15 horas del 17 de febrero de 2004 y es enterrado en el Panteón Militar. Durante su sepelio una voz espontánea se hace escuchar: “López Portillo fue un patriota que gobernó y defendió al país con valentía”, lo que arranca los aplausos de la mayoría de los escasos presentes, para quien en vida se definió a sí mismo como “el último presidente de la Revolución” y que tiempo antes había confesado: “Le tengo miedo al fracaso. Le tengo miedo a la crítica injusta, le tengo miedo a la calumnia, le tengo miedo a que el pueblo de México no tenga una imagen positiva de mi presidencia.”
Doralicia Carmona: MEMORIA POLÍTICA DE MÉXICO.
Efeméride. Nacimiento 16 de junio de 1920. Muerte 17 de febrero de 2004.
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