1845-1916
Nace en Colotlán, Jalisco, el 23 de marzo de 1845. Estudia en Guadalajara las primeras letras y en 1869 se ofrece como voluntario cuando pasa por su pueblo natal el general Donato Guerra, a quien sirve y con cuya ayuda ingresa al Colegio Militar en 1871 recomendado por Juárez. Es uno de los mejores alumnos de su generación. Al egresar, su carrera corre paralela al gobierno de Porfirio Díaz. Sirve como teniente de la Plana Mayor Facultativa de Ingenieros, En 1879 participa en la campaña de Occidente a las órdenes de Manuel González. Desempeña varias comisiones no de armas en los estados de Puebla, Veracruz y Chihuahua. En 1901 es adscrito a la Plana Mayor del ejército y es enviado a combatir la rebelión de Rafael del Castillo Calderón en el estado de Guerrero. Es ascendido a general brigadier y en 1902 es nombrado jefe de armas en ese mismo estado.
Combate la rebelión maya con mano férrea bajo el mando de Bernardo Reyes y es promovido a general de brigada. “La mezcla de violencia, brutalidad y traiciones con que se empleó en las campañas contra los indígenas dan la medida del talante autoritario y mezquino del futuro presidente usurpador de México [...]”. (Grandes Personajes de México)
Es subinspector de Infantería, Caballería y Almacenes Generales de Vestuario y Equipo. Asimismo, es magistrado del Supremo Tribunal Militar.
Amigo del coronel Bernardo Reyes, gobernador de Nuevo León, en 1905 se traslada a Monterrey a hacerse cargo de las obras de pavimentación. Regresa a México en 1909, cuando Reyes es enviado al extranjero por Díaz, quien por esa relación mantiene a Huerta marginado. Al estallar la revolución es enviado a Guerrero y a Morelos. Triunfante la revolución maderista, en 1911 se dice que escolta al dictador a Veracruz para iniciar su exilio. El presidente León de la Barra le encomienda sofocar al zapatismo, aun en contra de la oposición de Madero, lo que provoca la sospecha de Zapata acerca de las verdaderas intenciones de Madero y su posterior desconocimiento de su gobierno.
En las Memorias atribuidas a Huerta y fechadas en 1915 en Barcelona (el autor parece ser Joaquín Piña, periodista de El Imparcial), se da cuenta de que pudiendo exterminar al zapatismo no lo hace porque no conviene a sus intereses políticos: “Pero pensé que si mataba a Zapata, crecía mi prestigio militar, pero también terminaba mi encumbramiento, que se iniciaba tan bien, pues Madero no me perdonaría que yo acabara con la fuerza que quería conservar para batir a De la Barra en el caso de que éste no quisiera entregarle la Presidencia”. Sin embargo, los maderistas tampoco le brindan su confianza porque lo consideran “reyista”, pese a que Huerta se deslinda abiertamente del general Reyes, su antiguo protector y deja de intervenir en sus acciones políticas y subversivas.
En 1912, ante la derrota del ejército federal en Rellano, infligida por Pascual Orozco, el presidente Madero le encomienda el combate contra los sublevados. Huerta crea la División del Norte, derrota la rebelión orozquista en Chihuahua y asciende a divisionario. En las Memorias citadas se lee: “Una derrota violenta significaba para mí escaso éxito. Se hubiera hablado de mi División, se me hubiera ascendido; pero nada más. ¡Y yo no quería un ascenso: yo iba a exigir por aquella campaña, el Ministerio de la Guerra! Es tan antigua como el Ejército mexicano la táctica de prolongar las campañas. Las campañas producen prestigio y dinero. Mientras más larga es la campaña, es más productiva.”

En efecto, su victoria sobre los rebeldes convierte a Huerta en “el salvador de la Revolución” y el Senado aprueba su ascenso a general de división. Fomentada por la prensa reaccionaria, su popularidad crece al grado de que tiene que regresar a México para aclarar rumores de su posible traición y es relevado del mando de la División del Norte. Entonces comienza a ser identificado por los exporfiristas como el único capaz de derrocar a Madero. Es así como Huerta inicia sus reuniones con Nemesio García Naranjo, director de La Tribuna y miembro del llamado “triángulo parlamentario”, grupo de diputados reaccionarios, integrado además por José María Lozano y Francisco M. de Olaguíbel, al cual se incorporó más tarde Querido Moheno, formando el “cuadrilátero”.
El 9 de febrero de 1913 ante la rebelión de Bernardo Reyes y Félix Díaz, Madero lo nombra comandante militar de la capital en sustitución del general Villar que resultó herido. Huerta hace contacto con los sublevados mediante su compadre Enrique Cepeda. En las Memorias citadas se lee: “Comprendí la situación. Los sublevados estaban a mis órdenes, podía aniquilarlos en un momento; por otra parte, el señor Presidente estaba en mis manos, pero no podía tocarlo porque todas las fuerzas eran irregulares, es decir, maderistas. Di tiempo suficiente para que los sublevados adquirieran alguna fuerza y a que se organizaran, pues era notoria su debilidad.”
En ese puesto, durante diez días (la “decena trágica”), Huerta es “incapaz” de tomar la Ciudadela, donde resisten los sublevados Díaz y Mondragón; tampoco hace nada para cortarles los suministros. Dicen las Memorias mencionadas: “Tuve en varias ocasiones que cañonear la Ciudadela, pues se les olvidaba a los que estaban dentro que yo era el alma y que su salvación estaba en mis manos.”
Simultáneamente, Huerta acuerda con los sublevados, con un grupo de senadores encabezados por Guillermo Obregón y De la Barra y con el embajador norteamericano Henry Lane Wilson, el Pacto de la Embajada para sustituir a Madero y convocar a elecciones. El 18 de febrero, se realiza la aprehensión de Madero y Pino Suárez en el Palacio Nacional. En el fondo, de lo que se trata es que asuma el gobierno, alguien capaz de detener la revolución campesina y de mantener el antiguo régimen, apenas tocado por la revolución maderista.

Ese mismo día, Huerta envía la siguiente carta a Henry Lane Wilson:
“Señor Embajador de los Estados Unidos de América
Presente
El Presidente de la República y sus Ministros, los tengo en mi poder en el Palacio Nacional, con carácter de presos, este acto mío ruego a su Excelencia se sirva interpretarlo como la manifestación más patriótica del hombre que no tiene más ambiciones, que servir a la Patria, sírvase su Excelencia interpretar en la forma que respetuosamente le suplico un hecho que no tiende más que a restablecer la paz en la República y asegurar los intereses de sus hijos y los de las diversas Colonias extranjeras que tantos beneficios nos han proporcionado.
Saludo a usted suplicándole con el mayor respeto se sirva poner en conocimiento de su Excelencia el Señor Presidente Taft todo lo que he tenido la honra de exponer a usted en esta nota.
Igualmente tengo la honra de suplicarle se sirva usted hacerme la gracia de dar el aviso correspondiente a las diversas Legaciones que se hallan en esta Capital.
Si su Excelencia pudiera hacerme la gracia de dar aviso a los rebeldes que se hallan en la Ciudadela, sería un nuevo motivo de agradecimiento y del pueblo todo de la República hacia usted y hacia el siempre glorioso pueblo Americano.
Con el respeto de siempre quedo de su Excelencia su afectísimo.
El General en Jefe de las Operaciones, Comandante General Militar de la Plaza de México,
Victoriano Huerta

Comenta en las Memorias citadas: “Lo que más me ayudó fue el temor que abrigaban en mi país todos los gobernantes a una intervención armada de parte de los Estados Unidos... El señor embajador de los Estados Unidos hizo, pues, sus gestiones encaminadas a hacer creer al gobierno que los Estados Unidos intervendrían en México si no cesaba la lucha en la capital. La especie se propaló en un momento de terror y todo el mundo la acogió no sólo como posible sino hasta como una medida salvadora... Sucedía en mi país que el señor Embajador de los Estados Unidos, era visto como un poder superior al Ejecutivo de la República. Representaba a los Estados Unidos y este hecho le daba una influencia preponderante sobre los demás miembros del Cuerpo Diplomático acreditado ante el Gobierno mexicano. Se presumía que el Embajador americano, era algo así como un tutor enviado por la Casa Blanca para que vigilara de cerca la conducta de los funcionarios mexicanos... En el caso a que me voy a referir había algo de verdad en este modo de juzgar, pues el señor Wilson había cooperado a la caída del señor general Díaz, de una manera activa.”
Al día siguiente, Huerta publica un manifiesto al pueblo de México en el que informa de la renuncia de Madero y Pino Suárez y señala que todas las libertades de nacionales y extranjeros están aseguradas bajo la responsabilidad de los jefes militares que asumen el mando, ofrece que en el término de 72 horas quedará debidamente organizada la situación legal y concluye: “El ejército invita al pueblo, con quien cuenta, a seguir en la noble actitud de respeto y moderación que ha guardado hasta hoy, e invita a todos los bandos revolucionarios a unirse para consolidar la paz nacional.”
Ese mismo día, 19 de febrero, Madero y Pino Suárez son obligados a renunciar. Pedro Lascuráin, secretario de Relaciones Exteriores, presenta las renuncias a la Cámara de Diputados, que las admite por una aplastante mayoría y sólo con el voto en contra de unos cuantos diputados; en sesión, la Cámara toma la protesta de ley como presidente interino a Lascuráin, quien en los siguientes cuarenta y cinco minutos, nombra a Huerta secretario de Gobernación y renuncia a favor de Huerta. El general asume la presidencia una vez que el Congreso acepta esta última renuncia.

Al asumir la presidencia, Huerta cuenta con el apoyo de la mayoría de las clases poseedoras y de sus políticos, temerosos de la rebelión campesina desatada por Madero. La mayoría de diputados y senadores aprueban inicialmente su nombramiento y todos los gobernadores, con excepción de los de los estados de Coahuila, Venustiano Carranza, y Sonora, José María Maytorena, reconocen su gobierno. Los extranjeros residentes en la capital, la mayoría antiguos miembros del "Círculo de Amigos del General Díaz", aplauden el cuartelazo, al grado de que empresas extranjeras tales como la tabacalera El Buen Tono, de Ernesto Pugibet, lanza nuevas cajetillas con fotografía y servil dedicatoria con los rostros de los generales Huerta, Félix Díaz y Mondragón, y la Casa Wagner y Levien Sucrs, al expresar su incondicionalidad al nuevo gobierno, le ofrece sus tambores y cornetas. De igual modo, algunas empresas japoneses le expresan su disposición a venderle pertrechos de guerra.
Huerta cuenta, asimismo, con el apoyo de los bancos europeos y el 8 de junio de 1913 recibe un préstamo firmado en París de 16 millones de libras esterlinas de un consorcio internacional de bancos, lo que le permitirá resistir la renuencia del gobierno norteamericano a reconocerlo como presidente legítimo de México.
También cuenta con el apoyo de la Iglesia Católica, especialmente de José Francisco Ponciano de Jesús Orozco y Jiménez, trigésimo tercer obispo de Chiapas y quinto arzobispo de Guadalajara, a quien recibe en Palacio Nacional, y arrodillado besa su anillo pastoral al inicio y al final de la entrevista.
Como “presidente”, Huerta trata de formar una corriente a su favor entre los opositores a Félix Díaz y maderistas integrantes de la Cámara de Diputados. Convierte la Secretaria de Fomento en la de Industria y Comercio, crea la de Agricultura y Colonización, y reorganiza las de Guerra y de Justicia. Además continúa las políticas maderistas en materia de reforma agraria y trabajo: la Comisión Nacional Agraria pretende promover la pequeña propiedad mediante la eliminación de los impuestos que la gravan y el reparto de ejidos, además que restituye las tierras usurpadas a los yaquis y mayos durante el porfiriato; también intenta aumentar sustancialmente los impuestos a los latifundios, de modo que sea redituable para los hacendados fraccionarlos. Por otra parte, no sólo conserva el Departamento del Trabajo, creado por Madero, sino que promueve que en cada estado se establezcan dependencias similares, y le amplia sus funciones para que pueda inspeccionar el cumplimiento de acuerdos entre empresarios y obreros, y operar una bolsa de trabajo; asimismo, decreta un día de descanso semanal para los empleados del Distrito Federal.
Los secretarios huertistas también hacen propuestas como si el gobierno no enfrentara la revolución y no sufriera el rechazo del gobierno norteamericano: Vera Estañol lanza una iniciativa para abatir los niveles de analfabetismo que a la fecha alcanza al 80% de la población, y mejorar la enseñanza de la aritmética, historia y civismo, así como para que los grupos indígenas aprendan español. Por su lado, Nemesio García Naranjo emprende toda una reforma educativa contra el positivismo porfirista que incluye desde los jardines de niños hasta la Universidad Nacional.

Huerta no habita el Castillo de Chapultepec, la residencia presidencial, sigue en su casa de Tacuba; tampoco despacha habitualmente en Palacio Nacional, gusta de acordar a cualquier hora en su coche y en cualquier lugar, desde su propia casa hasta cantinas y restaurantes. Toribio Esquivel Obregón, ministro de Hacienda huertista cuenta en Mi labor en servicio de México, que Huerta mostraba gran nerviosidad en las escasas reuniones a que asistía y que sin venir al caso repetía como estribillo: “Señores ministros, yo soy un hombre honrado”; y que cuando algunos miembros de su gabinete se resistieron a aceptar el nombramiento de uno de sus amigos de juerga, exclamó: “Señores Ministros, yo soy borracho, y sin embargo, ya ven ustedes, soy presidente de la República”.
Por su parte, Ramón Prida (De la dictadura a la anarquía) escribió: “El general Huerta es completamente incapaz de ser jefe de un pueblo culto: Es sanguinario, pero no es enérgico; es inteligente pero no es juicioso; es egoísta, disipado e inconstante para el trabajo”.
Huerta inicia un gobierno dictatorial y tan sanguinario como lo había sido antes en sus campañas contra los indígenas. Madero y Pino Suárez son sus primeras víctimas, le siguen Belisario Domínguez, Serapio Rendón y muchos más, entre ellos los también diputados Adolfo C, Gurrión, Edmundo Pastelín y Néstor Monroy.
Deja crecer la corrupción en todos los ámbitos: en las arcas y obras públicas, en los suministros del ejército, en los nombramientos de funcionarios y en los ascensos y reconocimientos militares. Su hijo Jorge se enriquece ostentosamente mediante grandes negocios.

Su gabinete está sujeto a constante cambios y dentro de él se rotan los miembros del antiguo “cuadrilátero”, salvo Olaguíbel, y desde luego, figuran en él mismo, Rodolfo Reyes y destacados exporfiristas. Según las Memorias mencionadas: “De estos, quien mató más, fue mi general Blanquet (secretario de Guerra) y yo no creo que haya ladrones más grandes, que De la Lama (secretario de Hacienda) y Alvaradejo” (encargado del despacho de Comunicaciones).

Trata de atraerse a los campesinos por medio de Pascual Orozco y de mantener al movimiento de los trabajadores neutral a la lucha armada, por lo que choca con la Casa del Obrero Mundial, en tanto promueve la formación de una Confederación de Sindicatos de la República Mexicana. Para anular políticamente a Félix Díaz, lo envía como embajador a Japón, pese a que se había comprometido a apoyar su candidatura presidencial.

En el terreno de la guerra, desde el primer día de su gobierno, Huerta lucha inútil pero muy cruentamente durante casi año y medio contra los constitucionalistas encabezados por Carranza y los zapatistas que se niegan a aceptar su dictadura. Además, la desconfianza en sus propios generales, que hace que se les regatee fuerzas suficientes y oportunas, así como la desorganización prevaleciente, limitan la capacidad de los federales para vencer a los revolucionarios.

Militariza todo lo que está a su alcance, pese a que el aumento de los gastos militares incrementa el déficit gubernamental. Implanta la leva que “vacía las cárceles y aumenta las filas”. Militariza la educación. Como escribe en sus “memorias”:
“La militarización de México la hice con el fin de obtener un gran contingente de fuerzas para el caso de tener que emprender una campaña y también con este objeto: someter a todos los que quisieran oponerse a mi política, por medio de la disciplina militar.
No creo que nadie haya establecido un Gobierno Militar como el mío. Todos los mexicanos fueron militares. Los maestros de escuelas, los empleados, los barrenderos, los Ministros, los niños, los Gobernadores, los secretarios particulares, los diputados, los empleados de todas las ramas,... todos fueron militares.
Hasta las mujeres tuvieron grados en corporaciones militares: me valí de las instituciones de la Cruz Roja, la Cruz Blanca, la Cruz Azul… de no sé cuántas cruces...
Regía la Ordenanza en vez de la Constitución.
Por otra parte, extendía nombramientos de Generales, de Coroneles, de Capitanes, de todos los grados, a los civiles que me lo pedían.
Los orígenes de muchos fracasos militares estuvieron en la participación que tuvieron los irregulares (así se denominaba a los militares que no eran de línea) en los combates contra los revolucionarios. Por un General Argumedo, que por su arrojo avergonzó a veintidós generales federales en el desastre militar más grande, en San Pedro de las Colonias, había mil Generales y Jefes irregulares que saqueaban, mataban, incendiaban y huían ante el enemigo...”

En el ámbito político, Huerta inicia en México lo que hoy se conoce como la “guerra sucia”, ejerce la violencia y hace uso de los instrumentos de fuerza del Estado sin mediación alguna de la ley. Escribe Ariel Rodríguez Kuri (1913-1915: El gran desasosiego):
"Un grupo compacto de cuatro o cinco hombres, entresacados del Ejército, la Secretaria de Gobernación y la policía, hacían ese trabajo. Provistos con el "automóvil de la muerte", sólo recibían órdenes verbales y eran recompensados pecuniariamente por cada caso "resuelto". Sin orden judicial de por medio, el comando secuestraba a las victimas en su casa particular o en la calle, usando frecuentemente la cobertura de la noche; luego asesinaba a los prisioneros, o bien, en una bárbara división del trabajo los entregaba a otras fuerzas (rurales, unidades del Ejercito) para -como se le denominaba en la jerigonza homicida- "la barbacoa". Las ejecuciones se llevaban a cabo casi siempre en la periferia, por ejemplo en los descampados de Coyoacán, San Ángel, La Villa o Tlalnepantla; enterraban los cuerpos sin llevar registro alguno, y los familiares recibían sólo informaciones, por decirlo así, no oficiales. No estamos ante atavismos, sino ante prefiguraciones. Es difícil valorar los alcances numéricos de aquellas operaciones de limpieza política, pero un periódico de la Ciudad de México (El Sol, 20, 30 Y 31 de julio de 1914) calculó que en un sólo día la policía de Huerta asesinó a 62 disidentes políticos en el panteón de la Villa de Guadalupe".
La represión del gobierno huertista se extendió hasta las organizaciones obreras, principalmente a la Casa del Obrero Mundial COM, por lo que algunos de sus miembros se unieron a las filas del zapatismo. Y finalmente, la COM fue clausurada el 27 de mayo de 1914.
No cumple con lo pactado con Wilson: convoca a elecciones para el 26 de octubre de 1913, se postula con la fórmula Huerta-Blanquet y en una muy reducida votación dado que extensos territorios del país están ocupados por fuerzas revolucionarias, gana mediante la intimidación y el voto de sus propias tropas; pero aun así, el abstencionismo y la desorganización resultan tan grandes que los diputados anulan las elecciones, ratifican a Huerta y fijan el primer domingo de julio de 1914 para celebrar nuevas elecciones. Huerta disuelve la Cámara de Diputados y encarcela a 84 de ellos. El Senado, ante estos atropellos, “acuerda suspender todos sus trabajos por todo el tiempo que perdure la aludida perturbación del orden constitucional”.
En el campo internacional, ante el decreciente apoyo de los Estados Unidos, Huerta hace concesiones al imperialismo inglés, su principal proveedor de armas. Al asumir la presidencia de Estados Unidos, Woodrow Wilson se niega a reconocer su gobierno; el 12 de agosto de 1913, envía como su representante personal a Mr. John Lind para que gestione su renuncia; ante la negativa de Huerta y dadas las crecientes diferencias entre ambos gobiernos, el 3 de febrero de 1914, levanta el embargo de armas que impedía a los constitucionalistas recibir abastos bélicos; y después, marinos norteamericanos desembarcan en abril del mismo año, en Tampico y Veracruz para cortar el suministro bélico que Huerta obtenía de los ingleses. Con este motivo, Huerta rompe relaciones con Estados Unidos. La invasión es aprovechada por Huerta para exaltar el patriotismo y llamar a la unidad nacional a los revolucionarios para defender a la nación, pero éstos no caen en la trampa.

La inminente Primera Guerra Mundial hace perder interés a Inglaterra en seguir apoyando al gobierno de Huerta. Finalmente, es derrotado por los constitucionalistas. Renuncia el 15 de julio de 1914: “Dejo la presidencia de la república llevándome la mayor de las riquezas humanas, pues declaro que he depositado en el banco que se llama conciencia universal, la honra de un puritano”. Abandona el país rumbo a Europa.

En marzo de 1915 llega a Nueva York, el gobierno norteamericano lo mantiene bajo estricta vigilancia porque se rumora que tiene acuerdos con los alemanes para recuperar su gobierno a cambio de una alianza contra Estados Unidos; lo apresa en Nuevo México junto con Pascual Orozco, y ambos son trasladados a El Paso, Texas; salen libres bajo fianza.
Pero como Orozco huye, Huerta es llevado a la prisión Militar de Fort Bliss; mientras se integra su expediente para ser juzgado por actividades subversivas, inesperadamente enferma y muere el 13 de enero de 1916 de cirrosis hepática. Corre el rumor de que fue asesinado por su traición a los intereses norteamericanos.
Nemesio García Naranjo, que formó parte del gabinete de Huerta como secretario de Educación Pública, escribe: “No fue un dictador más, antes que todo fue un traidor”.
Doralicia Carmona: MEMORIA POLÍTICA DE MÉXICO.
Efeméride. Nacimiento 23 de marzo de 1845. Muerte 13 enero de 1916.
|