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Porfirio Díaz Mori

1830-1915

Nació el 15 de septiembre de 1830 en Oaxaca, hijo de José Faustino Díaz, hojalatero descendiente de españoles, y de la india mixteca Petrona Mori, originarios de la Mixteca, quienes tenían el Mesón de la Soledad. Su padre, profundamente católico, cambió su nombre por José de la Cruz cuando vistió el traje monacal de los Terceros de San Francisco, pero murió de cólera morbus el 18 de octubre de 1833 y su madre se hizo cargo de la familia y del mesón.

Aprendió sus primeras letras en una escuela Amiga y en la primaria municipal, al mismo tiempo que latín en la parroquia de San Pedro Teococuilco. Por influencia de su tío y padrino, el canónigo José Agustín Domínguez, en 1843 ingresó al Colegio Seminario Conciliar de Oaxaca como alumno externo, pero por consejo del respetado liberal Marcos Pérez, y habiendo sido impresionado por la personalidad de Benito Juárez en ese tiempo gobernador de Oaxaca, abandonó la carrera eclesiástica e inició estudios de leyes en el Instituto de Ciencias y Artes de Oaxaca, en donde fue alumno de profesores distinguidos como el propio Juárez, Manuel Dublán y Manuel Iturribarría y tuvo como condiscípulo a Matías Romero. Asimismo, asistió a una cátedra de estrategia y táctica en el mismo Instituto, creada por Benito Juárez e impartida por el teniente coronel Ignacio Uría.

Al quebrar el mesón, su familia se trasladó al solar del Toronjo, del barrio de los Alzados en la misma ciudad de Oaxaca; su madre se hizo hilandera y tejedora de puntas de rebozo. Porfirio, el hijo mayor comenzó a trabajar en varios oficios, como zapatero, carpintero y armero, para ayudar a la manutención de la casa.

En 1846, al estallar la guerra contra Estados Unidos, se inició en la vida militar en el batallón Trujano de la guardia nacional, aunque no participó en hechos de armas. Al año siguiente, fue maestro de latín de un hijo del abogado liberal Marcos Pérez y a instancias del mismo, en 1849, abandonó la carrera sacerdotal para ingresar al Instituto de Ciencias y Artes de Oaxaca. A los 19 años era ya auxiliar de la cátedra de latín. Sostenía sus estudios trabajando como bibliotecario en el mismo Instituto. Fue alumno en la cátedra de Derecho Civil impartida por Benito Juárez, entonces gobernador del estado, quien lo incorporó a la masonería y a su grupo político. Más tarde llegó a ser profesor interino de las cátedras de derecho natural y de gentes. No obtuvo el título de abogado porque en 1854, cuando preparaba su examen profesional, fue clausurado el Instituto con motivo de la revolución de Ayutla por órdenes del presidente Antonio López de Santa Anna y fueron encarcelados algunos de sus profesores, entre ellos Marcos Pérez, su protector.

Durante el plebiscito convocado por Santa Anna, el 1º de diciembre de 1854, Díaz votó públicamente a favor de Juan Álvarez, que encabezaba la revolución de Ayutla, lo cual provocó que se ordenara su aprehensión por sufragar por un sedicioso. En consecuencia, Díaz se unió al levantamiento y en Teotongo combatió a las fuerzas gobiernistas al mando de José María Herrera. Al ser derrotado anduvo prófugo hasta el derrocamiento de Santa Anna en 1855.

El nuevo gobernador de Oaxaca, José María García, nombró a Díaz subprefecto del distrito de Ixtlán, en donde organizó un grupo de cien hombres de la Guardia Nacional. Al triunfo del plan de Ayutla, el gobernador Benito Juárez le concedió  la patente de mayor de infantería de la Guardia Nacional.

Tras un año de servicios como subprefecto, optó por ingresar al servicio activo como capitán, con un sueldo mucho menor que el que devengaba como subprefecto. Ahí organizó a su tropa en previsión de la guerra que estaba por venir.

Jurada la Constitución de 1857, los conservadores iniciaron la resistencia armada y en Ixcapa, distrito de Ometepec, el 13 de agosto de 1857, Díaz fue herido de bala cerca de la fosa iliaca, sin que se afectaran sus intestinos, pero en la refriega, el coronel conservador José María Salado, no sólo resultó derrotado, sino también muerto.

El 16 de enero de 1858 participó en la toma de la ciudad de Oaxaca y en otros combates, como el de Jalapa. En 1859, en condiciones muy desventajosas para resistir a los conservadores, fue nombrado gobernador y comandante militar del distrito de Tehuantepec; ante el inminente ataque de fuerzas superiores, Díaz marchó sigilosamente buscando la retaguardia de los conservadores acantonados en la hacienda de la Jícara, a los que tomó por sorpresa y derrotó, lo cual le mereció el despacho de mayor de infantería. Los siguientes dos años, tuvo constantes escaramuzas con los conservadores, entre ellas, la toma de la hacienda de Los Amates, que le valió el ascenso a teniente coronel; sin embargo, actuaba en condiciones adversas, escasez de armas, municiones y víveres, rodeado de enemigos y prácticamente incomunicado y aislado del resto de las fuerzas liberales.

Al enterarse de las leyes del matrimonio y del registro civil que había promulgado Juárez desde Veracruz, los juchitecos se rebelaron porque las interpretaron como un ataque a la religión, pero Díaz, con ayuda del cura dominico Mauricio López pudo convencer a los alzados de que no había razón para tomar las armas. En el cumplimiento de la conducción de armamento y parque, derrotó a los conservadores en Santa María Areu, por lo que fue ascendido a coronel de la Guardia Nacional.  Se dice que ahí aprendió Díaz las estrategias de infundir temor a la población y de dividir y enfrentar entre sí a sus enemigos, que lo caracterizarían como gobernante.

Fue derrotado en Mitla el 21 de enero de 1860, pero participó en el infructuoso sitio que se tendió a la ciudad de Oaxaca del 1º de febrero al 11 de mayo del mismo año, cuando tuvo que levantarse el sitio ante la llegada de refuerzos al mando del coronel Mariano Miramón, hermano del presidente conservador espurio, a quien después derrotó en Ixtepeji. Así pudo participar en la toma de Oaxaca el 5 de agosto del año citado, aun cuando fue herido levemente en una pierna, lo cual mereció su ascenso a coronel del ejército permanente.

Sin mayores eventos militares importantes, una vez derrotado Miramón por González Ortega en Calpulalpan, Díaz entró con sus tropas a la ciudad de México el 4 de enero de 1861, con lo que terminó la Guerra de Reforma. Para ese entonces estaba enfermo de tifo y durante la mayor crisis de esa enfermedad, fue electo diputado al segundo Congreso de la Unión por el distrito de Ocotlán, Oaxaca.

Sin embargo, pronto solicitó licencia para perseguir, a las órdenes del general González Ortega, al conservador Leonardo Márquez., a cuyas tropas derrotó en Jalatlaco el 13 de agosto de 1861, por lo que el presidente Juárez le otorgó el ascenso a general de brigada. El 20 de octubre del mismo año, volvió a batir a Márquez, ahora en Pachuca.

Durante la intervención francesa, Díaz tuvo su actuación militar más destacada. El 28 de abril de 1862, las tropas a su mando tuvieron la primera batalla con los invasores franceses en las cumbres de Acultzingo.

En sus Memorias, narra Porfirio Díaz acerca de la víspera de la batalla del 5 de mayo: “nos manifestó el general Zaragoza que la resistencia presentada hasta entonces era insignificante para una nación como México de ocho a diez millones de habitantes; pero que era a la vez lo más que podía hacer el gobierno, dadas sus circunstancias; que vista la situación bajo el primer aspecto, era muy vergonzoso que un pequeñísimo cuerpo de tropa, llegara a la capital de la República sin encontrar la resistencia que corresponde a un pueblo que pasa de ocho millones; que en consecuencia, creía que los que estábamos presentes nos debíamos comprometer a combatir hasta el sacrificio, para que si no llegáramos a alcanzar la victoria, cosa muy difícil, aspiración poco lógica, supuesta nuestra desventaja en armamento y en casi todo género de condiciones militares, al menos procuráramos causarle algunos estragos al enemigo, aun cuando nuestros elementos actuales fueran consumidos, porque así el gobierno y la Nación contarían con el tiempo necesario para preparar la defensa del país, pues teniendo el enemigo muchas bajas y mucho consumo y deterioro en sus materiales, se vería obligado a estacionarse en Puebla”.

Al otro día, durante la famosa batalla, Díaz contuvo y rechazó con dos cuerpos de su brigada el ataque de los invasores desde la posición ubicada en la ladrillera de Azcárate en el camino de Amozoc. Tras la victoria sobre los franceses, Zaragoza señaló en el parte oficial que Díaz quería perseguirlos, pero que derrotados como estaban, conservaban aun su superioridad numérica, “por tanto mandé hacer alto al ciudadano general Díaz, que con empeño y bizarría los siguió”…

Casi un año después, Díaz luchó contra el sitio que pusieron los franceses a la ciudad de Puebla el 16 de marzo de 1863. Eran 40,000 sitiadores contra 12,000 defensores. Durante el sitio, Víctor Hugo proclamó desde su exilio: “¡Hombres de Puebla!…No es Francia la que os hace la guerra: es el Imperio…Valientes de México ¡resistid!... Si sois vencedores, mi fraternidad de ciudadanos, y si sois vencidos, mi fraternidad de proscrito”. Por su participación destacada en la defensa del convento de Santa Inés, Díaz fue ascendido a general efectivo de brigada el 25  de abril siguiente. Después de dos meses de sitio y ante la absoluta escasez de provisiones de boca y de municiones para sostener la guerra, el ejército mexicano se rindió y entregó la plaza de Puebla al general Forey el 17 de mayo siguiente. Díaz, igual que González Ortega, Mariano Escobedo, Ignacio de la Llave y muchos más, estuvo entre los generales, jefes y oficiales prisioneros que se negaron a firmar el compromiso de permanecer neutrales hasta el fin de la guerra, por lo que Forey dispuso su envío a Francia.

 El 21 de mayo, sin uniforme y aprovechando la entrada y salida de los muchos amigos y familiares de los prisioneros que saldrían a Francia, escapó a la ciudad de México. El conde Thun ofreció mil pesos por su captura o muerte.

Ya en la capital, no aceptó el nombramiento de Secretario de Guerra y Marina que le ofreció el presidente Juárez, o de jefe del ejército republicano, porque consideró que debido a su juventud tendría la oposición de muchos generales de mayor experiencia y trayectoria. Entonces, Juárez le concedió formar una división a su gusto y comandarla en la guerra contra los franceses. Después fue nombrado jefe del Ejército del Centro.

El 14 de octubre del mismo año, fue ascendido a general de división al mando del Ejército de Oriente con jurisdicción en los estados de Oaxaca, Veracruz, Chiapas, Tabasco, Campeche y Yucatán. A su paso hacia Oaxaca, tomó Taxco el 28 de octubre siguiente. En la ciudad de Oaxaca asumió temporalmente la gubernatura; entonces recibió una carta de Juan Pablo Franco, prefecto político del Estado de Oaxaca por nombramiento de Maximiliano, para que se uniera al Imperio conservando el mando de sus tropas. Desde luego, la propuesta fue rechazada por Díaz y puesto en prisión el mensajero que había sido Manuel Dublán. Una proposición similar le fue hecha por el general José López Uraga, quien se había pasado al lado de los imperialistas; la contestación fue terminante: “ni por mí, ni por el distinguido personal del ejército, ni por los pueblos todos de esta extensa parte de la República, se puede creer en la posibilidad de un avenimiento con la invasión extranjera, resueltos como estamos, a combatir sin tregua, a vencer o morir en la demanda, por legar a la generación que nos reemplace la misma República libre y soberana que heredamos de nuestros padres”.

El 15 de enero de 1865, el mariscal Bazaine con 9,000 franceses y 1,000 conservadores puso sitio a la ciudad de Oaxaca. En la noche del 8 de febrero siguiente, Díaz rindió, personalmente, la plaza al mariscal francés, quien en un principio, creyó que se unía a los imperialistas. Pasó más de siete meses como prisionero en un convento, del cual pudo escapar por las azoteas el 20 de septiembre siguiente.

En la hacienda La Providencia se reunió con el general Juan Álvarez, quien lo apoyó a su paso por el estado de Guerrero. Después de algunas escaramuzas y combates ya en territorio oaxaqueño, el presidente Juárez lo restituyó en su cargo al frente del Ejército de Oriente el 12 de noviembre siguiente.

Durante el año de 1866 continuó realizando algunas operaciones militares para hostilizar a los invasores franceses y a sus seguidores, pero a partir de la batalla de Miahuatlán del 3 de octubre, la balanza comenzó a inclinarse a favor de los republicanos mexicanos. Díaz ordenaba el fusilamiento de los jefes y oficiales mexicanos de mayor graduación que sirviendo a los franceses cayeran prisioneros: “porque desgraciadamente, el corazón humano se guía del miedo más que de otros sentimientos y cuando era preciso influir eficazmente en el ánimo del enemigo para desmoralizarlo, se hacían indispensables actos ejemplares de rigor y energía, aun cuando después tuvieran  que lamentarse”, cuenta en sus Memorias. En una ocasión, personalmente dio muerte con su sable a uno de los traidores mexicanos. No actuaba de la misma manera con los extranjeros porque a ellos no los consideraba traidores a su patria y el no ajusticiarlos le permitía el canje de prisioneros.

El 18 de octubre del mismo año, derrotó a los invasores en el paraje llamado La Carbonera, cuyo saldo fue de unos 700 prisioneros, cañones, carabinas y municiones tomados al enemigo. Esta victoria sobre los franceses provocó que, desmoralizados, rindieran la plaza de Oaxaca a Díaz el 31 de octubre siguiente. Durante la ocupación de la ciudad de Oaxaca, Díaz estableció una academia de educación secundaria para niñas, dado “el atraso que guardaba en el país la educación de la mujer, lo cual la hacía egoísta, y la grande influencia que ella naturalmente ejerce sobre el hombre, pues en muchos casos era bastante para entibiar el entusiasmo de mis soldados y hacerlos desistir de su propósito de pelear por la independencia de su patria”…

Su ejército se financiaba con las exacciones a la población, el botín que se arrebataba a los derrotados y la venta de las propiedades que se incautaban a los traidores conservadores, además de los escasos recursos que de vez en cuando eran proporcionados por el gobierno juarista. En cuanto al armamento y municiones, además de los que eran quitados al enemigo y los particulares que los habían recibido de los franceses, el propio Díaz se encargaba de fabricar cañones y parque para los mismos. Justo Benítez era el eficaz administrador de la campaña, lo que permitía a Díaz ocuparse por entero de las cuestiones militares. El año de 1866 terminó con la compra y envío a Minatitlán de armamento, equipo, municiones y útiles de hospital que Benítez contrató en Nueva York para el Ejército de Oriente. Con los nuevos recursos recibidos, Díaz reorganizó su ejército que llegó a reunir más de 4,000 hombres y se aprestó a marchar sobre las ciudades de Puebla y México.

El 9 de marzo de 1867, Díaz inició el cerco y sitio de Puebla. Tras semanas de batallar sin resultados y ante la inminente llegada del general Miramón con refuerzos para los sitiados, a las tres menos quince minutos del día 2 de abril siguiente, emprendió el asalto a la plaza que después de muchas horas de combate calle por calle, quedó en manos de los republicanos. Ese mismo día fueron fusilados los jefes y oficiales conservadores capturados. Díaz escribió: ”considero esta acción como una de las más importantes de las que sostuve durante la guerra de intervención”. Por esta batalla fue llamado “el héroe del dos de abril”. Dos días más tarde, ante el inminente ataque con fuerzas muy superiores, se rindieron los fuertes de Loreto y Guadalupe que ocupaban los conservadores. Contra su costumbre y para sorpresa de los prisioneros, Díaz no procedió al fusilamiento de los jefes y oficiales, los puso en libertad bajo protesta firmada de no volver a tomar las armas y de acudir al llamado del gobierno si así fuera el caso.

Los días siguientes, Díaz persiguió a Leonardo Márquez y tuvo enfrentamientos con húngaros y polacos en la hacienda de San Diego Notario y en la de San Lorenzo; el 10 de abril lo derrotó en el camino de Calpulalpan y Texcoco. El 13 de abril siguiente, inició el sitio de la ciudad de México, a donde se había refugiado Márquez.

Durante el sitio, el padre Fischer, que se ostentaba como confesor de Maximiliano, propuso a Díaz entregar la capital, a cambio de que se permitiera al sedicente emperador abandonar el país. En el mismo sentido actuó la princesa Salm Salm, y Nicolás de la Portilla, que se decía secretario de Guerra, le propuso unir fuerzas y juntos encabezar un gobierno, distinto al de Juárez y al de Maximiliano; el general O’Harán ofreció inclusive entregar a Márquez con tal de salvarse. Relata Díaz en sus Memorias que el mismo mariscal Bazaine propuso rendir las ciudades que aun ocupaba y entregarle a Maximiliano, Miramón, Mejía y demás traidores, así como venderle fusiles, cápsules, cañones y pólvora.

Al caer la ciudad de Querétaro en manos de los juaristas y ser aprehendido Maximiliano, los soldados austriacos ofrecieron ser neutrales ya en la lucha. Ese mismo día 15 de mayo, Díaz se casó mediante su apoderado Juan de Mata Vázquez con su sobrina Delfina Ortega Díaz, hija de su hermana Manuela, con quien procreó siete hijos, pero sólo dos sobrevivieron. 

El 9 de junio, el general Márquez intentó salir de la ciudad de México por la Piedad, pero fue rechazado con grandes pérdidas para los monárquicos. Ya para entonces, los sitiados sólo disponían de 12,000 efectivos, mientras los sitiadores llegaban a 35,000 soldados, con 9,000 caballos. Finalmente, el 20 de junio siguiente, mediante una bandera blanca colocada en las torres de la catedral, el general Ramón Tavera rindió incondicionalmente la ciudad. El príncipe Khevenhüller, defensor austriaco de la plaza, se encerró en palacio nacional junto con sus tropas sin hacer resistencia a cambio de serle permitido marcharse a su país. A las seis de la mañana del otro día, entre repiques y cohetones, las fuerzas republicanas ocuparon en orden la capital de México y tomaron a todos los defensores prisioneros sin derramamiento de sangre. El general Márquez pudo escapar. Al final de la jornada, Díaz presentó su renuncia al ministro republicano de la Guerra por considerar que ya no tenía motivo para continuar al mando del Ejército de Oriente.

El 15 de julio, Díaz recibió en la capital de la República al presidente Juárez, quien izó personalmente la bandera mexicana en palacio nacional. Después rindió cuentas de la campaña a su cargo, cuyo superávit alcanzó la suma de $87 222.91, a pesar de haberse cargado a su cuenta, el pago de la escolta de Juárez y de algunos empleados públicos. Entregada la plaza, fue nombrado jefe de la División de Oriente con sede en Tehuacán. Para entonces su prestigio de militar heroico y honrado se había acrecentado a nivel nacional.

Escribe Javier Garcíadiego (El Porfiriato): “Con el triunfo del grupo liberal dio inicio el periodo conocido como República Restaurada, que duró hasta la llegada de Díaz al poder, en 1876. Pero durante esos últimos diez años ocurrió una clara división en el bando liberal. Por un lado, Juárez y sus principales colaboradores civiles, convencidos de que, lograda la paz y restaurado su gobierno, el equipo gubernamental debía concentrarse en dirigir la reconstrucción del país, con los hombres capacitados para ello. Por el otro, los caudillos militares, como Díaz, seguros de merecer los más altos puestos políticos por ser los verdaderos artífices de la victoria militar sobre las tropas francesas y el bando conservador mexicano”.

En este contexto, las relaciones de Díaz con Juárez empezaron a deteriorarse rápidamente. Había varias razones: en primer lugar que Juárez percibiera las ambiciones desmedidas de Díaz e independientemente de la lucha política por el poder, que prefiriera para sucederlo a un civil; asimismo, Díaz no había mostrado un apoyo firme a Juárez frente a las pretensiones de González Ortega de sustituirlo en la presidencia, y al tomar la capital del país, tampoco había obedecido las órdenes de no nombrar a Juan José Baz gobernador de la ciudad de México y de aprehender a Dano, ministro del Imperio e incautar su archivo. Finalmente, el conflicto creció cuando en agosto de 1867, Díaz se presentó como candidato a la presidencia en oposición a Benito Juárez.

En noviembre siguiente, Díaz fue derrotado de manera aplastante, pero en las mismas elecciones resultó electo gobernador de Oaxaca su hermano Félix, y el distanciamiento con Juárez aumentó. Entonces Díaz renunció al ejército el 23 de febrero de 1868 y ejerció un poder velado en Oaxaca desde la hacienda de La Noria que el gobierno estatal le obsequió por sus servicios. Ahí cultivó caña de azúcar, al mismo tiempo que mantenía correspondencia con sus numerosos partidarios militares, quienes veían en él una esperanza de sustituir a los civiles en el gobierno, además de salir del caos y de la anarquía que aun prevalecía. Entonces Juárez ofreció a Díaz la representación del gobierno en Washington, pero éste la rechazó.

En 1871, Juárez volvió a ganar a Díaz la presidencia de la República por decisión de la Cámara de Diputados porque su victoria no fue absoluta. Entonces, Díaz preparó su revolución y el 7 de noviembre del mismo año, secundado por su hermano Félix que renunció a la gubernatura, lanzó el Plan de La Noria, en el que desconoció el gobierno juarista y proclamó la no reelección: “que ningún hombre se imponga y perpetue en el ejercicio del poder y esta será la última revolución”. Fue derrotado y se exilió en Nueva York. Regresó al país a continuar la lucha, pero después de la muerte de Juárez acaecida el 18 de julio de 1872, se rindió al presidente Lerdo de Tejada, quien había proclamado la amnistía para los rebeldes. Pasó a la vida privada en el rancho de La Candelaria, cerca de Tlacotalpan, Veracruz.

En 1874, Díaz compitió en las elecciones para gobernador del estado de Morelos y fue derrotado por el general Francisco Leyva, afín al presidente Sebastián Lerdo de Tejada. Entonces resultó diputado federal por Veracruz. Se le ofreció la embajada de México en Alemania y la rechazó. Por lo que en enero de 1875, ante la inminente reelección de Lerdo, lanzó el Plan de Tuxtepec desde Ojitlán, Oaxaca, por el que se desconocía al gobierno establecido por graves violaciones a la Constitución, se pugnaba por la no reelección del presidente y de los gobernadores, así como por el respecto a la soberanía de los estados. La rebelión cundió por todo Oaxaca encabezada por su hermano Félix Díaz. Por su parte, Porfirio, desde Brownsville, convocó a gobernadores y comandantes militares a sumarse a la lucha. En Palo Blanco Tamaulipas, Díaz hizo algunas reformas al Plan de Tuxtepec: reconoció la Constitución de 1857 y las Leyes de Reforma, suprimió el Senado, proclamó la no reelección y desconoció el gobierno de Lerdo de Tejada. Después marchó a Nueva Orleáns para gestionar, con el apoyo de Joseph Yves Limantour (padre de José Yves), financiamiento para su revuelta. Logró tomar Matamoros y extender la rebelión a buena parte del norte del país, pero fue derrotado por los lerdistas en Icamole, Nuevo León, el 20 de mayo de 1876; cuentan que al verse perdido soltó el llanto y por eso le apodaron  el "llorón de Icamole".

Entonces, salió a Nueva York y a Nueva Orleáns en busca de recursos frescos; a punto de ser aprehendido en Tampico (se cuenta que escapó a nado, o que fue escondido en un camarote), desembarcó en Veracruz y marchó a Oaxaca a preparar su “Ejército Regenerador”.

El general Mariano Escobedo logró contener la rebelión y las elecciones presidenciales se realizaron en septiembre de 1876, resultando reelecto el presidente Lerdo de Tejada. Sin embargo, en Salamanca estalló una nueva revuelta en contra el “fraude electoral”, encabezada por José María Iglesias, que como presidente de la Suprema Corte de Justicia, reclamaba para sí el poder ejecutivo.

Favorecido por esta nueva rebelión, el 11 de noviembre de 1876, con ayuda de su compadre el general Manuel González, Díaz derrotó a las fuerzas lerdistas del general Alatorre en Teocac. El 21 de noviembre siguiente, el presidente Lerdo huyó a Zihuatanejo para embarcarse rumbo al extranjero. El triunfo de Díaz fue resultado de varias alianzas con distintos grupos de latifundistas, alto clero, empresarios, caciques regionales partidarios de vincularse más a los Estados Unidos y con capitalistas norteamericanos que lo apoyaron con armas, parque y dinero.

A partir de entonces, Díaz se convirtió en el presidente de facto e intentó negociar con lglesias y los gobernadores que habían reconocido a éste como presidente y ante su negativa, el 26 del mismo mes, entró en un tren a la capital de la República; en palacio nacional fue aclamado por una entusiasta multitud que vitoreó al “caudillo de la democracia”.

A continuación, derrotó fácilmente a José María Iglesias, quien el 2 de enero de 1877, publicó en Unión de Adobes, Jalisco: “Si el general Díaz llegara a dominar la República entera por la fuerza de las armas, sería simplemente un soldado afortunado cuyo imperio, más o menos largo, carecería siempre de solidez, de justicia, de legalidad, atributos que acompañarían en la última desgracia al funcionario designado por la Constitución para ejercer la suprema magistratura de la República”.

Para dar a su victoria la legalidad que requería, Díaz nombró como presidente interino al general Juan N. Méndez, quien realizó elecciones que ganó Díaz por una gran mayoría. Al triunfar en los comicios protestó como presidente constitucional el 5 de mayo de 1877. Señala Garcíadiego: “Es evidente, por su biografía, que al tomar el poder sabía lo costoso que era para México vivir entre alzamientos, pronunciamientos y rebeliones; por eso se esforzó en imponer la paz en el país, así fuera una “paz forzada”. Su propia experiencia política lo llevaba a despreciar los procesos electorales y las instituciones legislativo-parlamentarias. Finalmente, reconocía como fatídicas las presidencias breves y débiles.” No dejaría el poder hasta el 25 de mayo de 1911.

La prolongación de una férrea dictadura mediante reelecciones sucesivas sería funcional al saqueo depredatorio de los recursos naturales y de la explotación ilimitada de la mano de obra que en las siguientes décadas realizarían las corporaciones extranjeras, pues así ya no corrían el riesgo de la democracia ni de la renovación de los gobernantes.

Desde esta perspectiva política la dictadura de Díaz se caracterizará "por la centralización del poder, el uso de la fuerza, el fraude electoral, el sometimiento de la prensa, la economía de élite, la mentalidad racista, el desprecio por los de abajo y otros asuntos de fondo, pero también por crear la parafernalia que envuelve el ejercicio de la política en México hasta nuestros días". (López Obrador Andrés Manuel. El Neoporfirismo).

Prolegómenos de la dictadura

La larga dictadura de Díaz correspondió a la “segunda revolución industrial” que en las metrópolis produjo el auge de la siderurgia, de los ferrocarriles y de la electrificación, y que requirió de los países periféricos como México, materias primas industriales, petróleo, alimentos y consumidores para sus productos manufacturados, para lo cual fue necesaria la imposición pacífica o violenta del orden capitalista mediante el libre comercio y la inversión extranjera. “Estoy convencido de que la acción particular estimulada por el interés privado es mucho más eficaz que la oficial”.

Particularmente, los Estados Unidos, después de las guerras con México, que le había dado a ganar extensos territorios,  y de Secesión, que había privilegiado su desarrollo industrial, alcanzaron un profundo y rápido cambio económico y social, igual que una creciente influencia internacional que les permitió intervenir, con base en la Enmienda Platt y la política del big stick o gran garrote proclamada por el presidente Theodore Roosevelt, en los asuntos latinoamericanos para garantizar su expansión económica mediante el libre comercio y la inversión directa.

En lo interno, habiendo triunfado la república y el liberalismo, para sectores importantes de la sociedad de esa época, lo más importante era la paz que permitiera la reconstrucción nacional y el progreso material, aun a costa de la democracia. De eso, tuvo conciencia Díaz y sacó provecho, a pesar de que después "de la Reforma y la lucha contra la intervención francesa, que dio a aquélla un valor nacional, la única labor política honrada era la obra reformadora, el esfuerzo por dar libertad a los espíritus y moralizar a las clases criolla y mestiza que gobierna. El régimen de la paz hizo criminalmente todo lo contrario. Instituyó la mentira y la venalidad como sistema, el medro particular como fin, la injusticia y el crimen como arma; se miró en El Imparcial, periódico inmoral e infame; engendró todos los Íñigos Noriegas de nuestros campos, los lords Cowdrays de nuestras industrias, los Rosalinos Martínez de nuestro ejército". (Guzmán Martín Luis. A Ortillas del Hudson).

Al asumir por primera vez la presidencia, Díaz tenía que unificar a las fuerzas políticas para obtener la legitimidad y la legalidad de su revuelta, además de lograr el reconocimiento internacional de su gobierno. Nombró un gabinete “tuxtepecano”: Protasio Tagle en Gobernación; Justo Benítez en Hacienda; Ignacio Ramírez en Justicia y Educación; Vicente Riva Palacio en Fomento; Pedro Ogazón en Guerra y Marina e Ignacio Vallarta en Relaciones exteriores. Asimismo, fue incorporando a su gobierno a diferentes grupos y personajes que consideró valiosos para consolidar su poder: Manuel Romero Rubio y Joaquín Baranda, lerdistas; Felipe Berriozábal, iglesista; y hasta un monarquista como Manuel Dublán fueron asimilados al porfirismo.

También logró que el Congreso se integrara en su mayoría con “tuxtepecanos” (113), y con sólo 35 "independientes". A partir de entonces, dominó al Poder Legislativo, que había sido un poderoso opositor del Ejecutivo. Para ello manejó las elecciones de senadores y diputados de manera que sólo tuvieron acceso a las cámaras quienes le eran incondicionales. En el Congreso envejecerían sus partidarios, quienes de un periodo a otro pasaban de diputados a senadores y viceversa. Así, el 5 de mayo de 1878, Díaz pudo reformar la Constitución para establecer la no reelección continua, con lo cual dejó abierta la posibilidad de volver al poder tras un periodo intermedio: “El Presidente entrará a ejercer su encargo el 1 de diciembre y durará en él cuatro años, no pudiendo ser reelecto nuevamente hasta que haya pasado igual período, después de haber cesado en sus funciones".

Se pregunta Martín Luis Guzmán: ¿Habrá nada más definitivo, para un valoramiento de la inmoralidad criolla, que el espectáculo de aquellos cientos y cientos de ciudadanos que durante treinta y cinco años no faltaron nunca al tirano para colmar los asientos de las cámaras y las legislaturas? ¡Legiones de ciudadanos conscientes y distinguidos, la flor de la intelectualidad mexicana, prestándose a la más criminal de las pantomimas políticas que han existido!"

Por su parte, el Poder Judicial comenzó su subordinación a los dictados del Ejecutivo en franco oportunismo acomodaticio, de modo que también sus miembros envejecerían con el régimen porfirista.

Ante un ejército numeroso, que consumía gran parte de los recursos del gobierno, en vez del licenciamiento que podía generar asonadas, transfirió a muchos militares a la policía rural, la cual se convirtió en su brazo armado en el campo para aplicar mano dura a delincuentes y descontentos. También nombró gobernadores a prestigiados generales incondicionales para descartarlos como aspirantes a la presidencia de la república. Además, envió tropa a regiones distantes y otorgó  jugosas prebendas a muchos militares. Así obtuvo el apoyo incondicional del ejército y con el tiempo, en la práctica, desapareció el federalismo.

A nivel regional y local, Díaz fue atrayendo, imponiendo o eliminando a los caciques regionales, que ejercían un poder político y económico casi absoluto y que llegaron a constituir la base de la pirámide del poder presidencial, que pasando por los hacendados, jefes políticos y gobernadores, congreso de la unión y suprema corte, tendría como vértice al dictador.

Para cooptar a los disidentes importantes de las clases medias, inició el crecimiento de la burocracia civil y militar que pronto se convirtió en uno de sus principales apoyos, pero que a largo plazo hicieron del gasto administrativo una pesada carga para el erario, a pesar de la reorganización de los ingresos fiscales que hizo Díaz desde el principio de su gobierno.

También comenzó una política de conciliación con la iglesia católica, aun reciente la “guerra de los religioneros” de 1874. Así dejó en letra muerta las leyes de reforma por la que habían luchado los liberales: permitió que el clero recuperara propiedades y que restableciera monasterios y congregaciones dedicadas a la educación y beneficencia pública. Mantuvo gran acercamiento con los obispos de las principales diócesis: Mora y del Río, Montes de Oca, Labastida y Gillow. La Iglesia recuperó su influencia, pero sin responsabilidad alguna, ya que legalmente se había separado del Estado. A cambio; Díaz obtuvo que apoyara públicamente su gobierno y desconociera todo alzamiento popular hecho en su nombre.

En lo externo, para conseguir el reconocimiento de su gobierno por parte de los Estados Unidos, Díaz hizo grandes concesiones a los inversionistas norteamericanos, en primer lugar, la de los ferrocarriles, que a lo largo del porfiriato se fueron concesionando y construyendo, por el norte, de México a Laredo,  pasando por San Luís Potosí, Saltillo y Monterrey; y a Paso del Norte (hoy Ciudad Juárez) pasando por Querétaro, Celaya, Salamanca, Irapuato, Guanajuato, Silao, León, Aguascalientes, Zacatecas y Chihuahua. Por el oriente, a Manzanillo, pasando por Toluca, Maravatío, Acámbaro, Morelia, Zamora, la Piedad y Guadalajara. En el istmo, el ferrocarril interoceánico Veracruz-Coatzacoalcos-Salina cruz. En el sureste, el ramal Mérida, Campeche, Muna, Valladolid y Peto. Así también se autorizarían otras conexiones entre algunas ciudades, como las vías inconclusas México-Acapulco y México Tampico. Al efecto se irían constituyendo empresas “mexicanas” (aunque la mayoría de sus miembros fueran extranjeros), con derecho de explotación por 99 años. Los contratos más importantes se firmaron con compañías norteamericanas: James, Sullivan, Symons y Camacho y David Ferguson.

Por otra parte, Díaz aceptó el pago de indemnizaciones por daños sufridos durante la rebelión; reconoció la deuda externa; dio permiso a norteamericanos para adquirir bienes raíces en la frontera y se comprometió a la pacificación de la misma. El 11 de abril de 1878, obtuvo el ansiado reconocimiento por el gobierno de los Estados Unidos. Antes se lo habían otorgado España, Inglaterra, Alemania y Bélgica; al final de este primer periodo reanudaría relaciones con Francia.

Para Díaz, al igual que para muchos de sus contemporáneos, el “progreso” fue la consigna más importante, pero para alcanzarlo debía existir “orden”, se requería de estabilidad política para que la inversión y la inmigración extranjeras trajeran este progreso anhelado, cuyos beneficios paulatinamente irían permeando al conjunto de la sociedad mexicana. Por eso “Orden y Progreso” fue el lema de su gobierno y su imagen personal fue la del restaurador del orden, el dictador “honrado" capaz de conducir con mano férrea a México por la senda del progreso. Así se podrían aprovechar las oportunidades favorables al desarrollo económico nacional que el mundo ofrecía. Debían otorgarse ventajosas concesiones al capital extranjero, someterse a una rigurosa disciplina la fuerza de trabajo nacional y construirse una infraestructura interna para hacer redituable la inversión extranjera. El tiempo de la política había terminado con el triunfo de Juárez, ahora se necesitaba de “poca política y mucha administración”, aunque, en realidad, forjar la base de poder en que se sustentaría el régimen porfirista, requirió de mucha política de parte del futuro dictador.

La época de Díaz fue de gran transformación económica para la mayor parte de los países: la industrialización disminuía el costo de los productos manufacturados y demandaba grandes cantidades de materias primas; el ferrocarril, el barco de vapor y el telégrafo bajaban los costos del intercambio de mercancías; estaba en desarrollo un sistema financiero de alcance mundial basado en el patrón oro, que permitía el flujo de capitales e inversiones cuantiosas. Asia y África enfrentaban la expansión del colonialismo europeo y Latinoamérica, formalmente independiente, estaba en medio de la lucha económica entre los Estados Unidos y Europa. En este contexto, en México surgiría una economía moderna dedicada a las exportaciones que convivió con una economía tradicional y de consumo supeditada al exterior. Una sociedad dual, con un pequeño grupo de privilegiados nacionales y extranjeros y una mayoría pobre estratificada en forma abigarrada social y geográficamente. Una cultura enajenada que identificaba la civilización con el afrancesamiento.

La ideología liberal y la filosofía positivista justificaron la vinculación de dependencia con las metrópolis en aras de la civilización y del progreso. Asimismo, las ideas de Herbert Spencer acerca del darwinismo social legitimaron la desigualdad, la discriminación y el racismo, de modo que se consideró un mal necesario la represión de todos aquellos de “inferior capacidad” que obstaculizaran el progreso, como los sindicatos, los campesinos libres y los indígenas.

La dictadura de Díaz no fue un fenómeno exclusivo de México. Margarita Carbó señala (Oligarquía y Revolución): “El resultado político más notorio de este ingreso latinoamericano  al mercado mundial capitalista es el surgimiento del autócrata reformador o tirano honrado, que comienza su carrera como caudillo popular y termina instaurando una dictadura que, aunque personalista, o de partido, irá consolidando el estado nacional…aunque en varios países como Perú, Argentina, Colombia, Venezuela, Chile y Ecuador se manifiesta un fenómeno similar durante la misma época, Díaz es su modelo más acabado”, concluye Carbó.

Añade Daniel Cosío Villegas (Trasfondo tiránico): “De nuevo ha sido en esto cruel la historia con la América Hispánica: después de haber logrado introducir las formas de una organización política liberal, y creado el tipo de mandatario ilustrado que un gobierno así exigía, cambió el contenido de la democracia al ser invadida por el capitalismo extranjero, que creó la mentalidad moderna de masa, pero no las condiciones del bienestar general. [...] la obra del dictador tiene poco o ningún mérito personal: el tirano es un mero agente de intereses ajenos a él, que lo usan exactamente como se usa una herramienta cualquiera, digamos un martillo para remachar un clavo.”

Sin embargo, señala Paul Garner (Porfirio Díaz) que Díaz, a diferencia de otros dictadores latinoamericanos, fue el único presidente mexicano del siglo XIX capaz de controlar al ejército y de eliminar la amenaza de nuevas intervenciones de militares en la política. Asimismo, no careció de compromisos ideológicos, pues nunca abandonó su compromiso aparente con el liberalismo constitucional, pese a su pragmatismo y cinismo con que concebía la política; por ejemplo, su declarada oposición "en principio" a la reelección y su continuación en el cargo "obligado por su sentido del deber y responsabilidad públicos," lo cual le impedirá solucionar el problema de su sucesión y finalmente provocará su caída.

En contraste con su acción política de unificación, conciliación y negociación, Díaz también impuso la estabilidad mediante una brutal represión. Desde su primer periodo presidencial, hizo realidad para sus opositores el dicho español de que para los enemigos acérrimos “el encierro, el destierro o el entierro”. Fue implacable contra quien cuestionaba su poder o consideraba un peligro para el logro de sus fines. Así acabó con las insurrecciones lerdistas en Piedras Negras y Matamoros en 1878, y con los levantamientos militares en Sonora, Baja California y Tepic. Fue notable el fusilamiento sumario el 25 de junio de 1879, de un grupo de lerdistas levantados en Tlacotalpan, que se apoderaron del buque Independencia y que fueron aprehendidos en el puerto de Alvarado. La ejecución fue ordenada por el gobernador veracruzano Luís Mier y Teherán, a quien Díaz envió un telegrama con la instrucción: "mátalos en caliente". Como años más tarde declararía en 1908 al periodista Creelman, Díaz pensaba que “para evitar el derramamiento de torrentes de sangre, fue necesario derramarla un poco… La sangre derramada era mala sangre, la que se salvó, buena… Además, estableció una guardia personal que eliminaba a sus enemigos políticos que escapaban de la acción judicial. La misma dureza para restaurar el orden tuvo contra bandoleros, ladrones y asesinos, a quienes se aplicó la “ley fuga”.

El ejército, los cuerpos rurales y la policía se reorganizaron y profesionalizaron para despolitizarlos y mejor servir a la dictadura y a la explotación despiadada de las masas de trabajadores del campo y de la ciudad. Los escasos empresarios nacionales se aliaron con los extranjeros en contra de los trabajadores. Los caciques locales obtuvieron nuevas prebendas a cambio de sumisión al poder central y las autoridades locales fueron sustituidas por los “jefes políticos” que ejercían el poder discrecional e impunemente.

La libertad de prensa quedó en letra muerta, periodistas como Filomeno Mata, Daniel Cabrera y los hermanos Flores Magón serían muchas veces encarcelados en las prisiones de Belén y de San Juan de Ulúa por manifestar opiniones adversas al régimen establecido. Publicaciones críticas como El Diario del Hogar, El Amigo del Pueblo, La Alianza de los Obreros, El Obrero y El Hijo del Ahuizote, serían clausuradas y sus impresores detenidos. En contraste, los periódicos oficialistas como El Imparcial, El Siglo XIX, El Universal y La Patria, pagados por el gobierno, condenarían toda desobediencia civil, justificarían la represión y llenarían de elogios a Díaz.

De este modo, Díaz fue capaz de tejer una alianza entre la oligarquía local, el capital extranjero y los militares para establecer un gobierno ordenado y sistemático con marcado tinte militar, orientado a proteger a las clases dominantes, especialmente a los inversionistas extranjeros y hacendados, a costa de la masa carente de todo.

El régimen político resultante fue, en la forma, una democracia legal con derechos individuales, división de poderes, federalismo y elecciones periódicas, y en la práctica, autoritarismo y centralización de todo el poder en la persona de Díaz, perpetuación de la élite porfirista, paralización de toda movilidad política y social, restricción de las libertades ciudadanas y represión constante para los opositores.

Así se inició en México la más eficaz dictadura modernizadora de toda América Latina, que propició un espectacular desarrollo del país. Una dictadura que según Elisa Speckman (El Porfiriato), “significaría avances en la consolidación del Estado-nación y transformaría la economía, la sociedad y la cultura mexicanas, pese a su legado de vicios políticos y de profunda desigualdad económica y social.”

 

Un paréntesis: Manuel González

A finales de 1880, Díaz realizó elecciones presidenciales; en un principio se inclinaba por Justo Benítez como su sucesor, pero finalmente cambio su decisión. Los candidatos fueron Manuel González, su compadre que perdió un brazo en la batalla del 2 de abril; el licenciado Justo Benítez, seguidor de Díaz en la política y en sus rebeliones; el licenciado Ignacio L. Vallarta, el general Trinidad García de la Cadena, el licenciado Manuel María Zamacona y el general Ignacio Mejía. Resultó electo Manuel González y Díaz ocupó la Secretaría de Fomento.

Manuel González continuó la política porfirista: logró la construcción del ferrocarril de la capital a los Estados Unidos y estableció la primera institución de crédito oficial, el Banco Nacional Mexicano; reconoció la deuda inglesa mediante una negociación muy desventajosa para el país y promulgó reformas a la Ley de Deslinde y Colonización de terrenos Baldíos. Asimismo, promulgó un Código de la Minería en el que se asimiló la propiedad del suelo al subsuelo, lo que facilitaría la explotación petrolera por extranjeros.

En 1881, Díaz renunció al gabinete presidencial para ser electo gobernador de Oaxaca. Ese mismo año, después de fallecida su primera esposa, se casó con la joven Carmelita, de 17 años, hija de Manuel Romero Rubio, un prominente lerdista. Ocupó la gubernatura del primero de diciembre de 1881 al 27 de julio de 1882. Durante su mandato saneó la hacienda pública, construyó el puente sobre el rio Atoyac, introdujo el alumbrado en la capital del Estado, fundó la Escuela de Artes y Oficios, inauguró una sucursal del Monte de Piedad, y promovió la construcción del ferrocarril de Tehuantepec. Después de unos meses de licencia, dejó el cargo el 3 de enero de 1883, para volver a ocupar la Secretaría de Fomento. A mediados de abril siguiente, Díaz hizo un viaje “turístico” por varias ciudades de los Estados Unidos y el 26 de mayo fue recibido por el presidente Chester A. Arthur en Washington D.C. Así constató que contaba para su reelección con el apoyo del gobierno y de poderosos empresarios norteamericanos.

Instauración del porfiriato

A su regreso al país, Díaz promovió una campaña de desprestigio del  presidente González por su “corrupción”, y de ensalzamiento de su propia figura para que la gente anhelara su regreso a la presidencia. “Compitió” en las elecciones y “ganó” nuevamente la presidencia para el periodo 1884-1888. El primero de diciembre de 1884 rindió la protesta correspondiente. A partir de entonces, para “preservar la tan preciada estabilidad política” reformó la Constitución para prolongar su mandato hasta 1916: así, en 1887 durante su segundo periodo presidencial, con el apoyo del Círculo Porfirista, estableció la reelección por solo un periodo más para mantener el poder de 1888 a 1892,  para lo cual tuvo que asesinar en Zacatecas al jefe antirreeleccionista Trinidad García de la Cadena en 1886 y en 1889 al gobernador de Jalisco, Ramón Corona, a quien curiosamente mató “un loco”. En 1890, Díaz haría que el Congreso aprobara la reelección sin limitaciones, lo que abrió la posibilidad de que se reeligiera libremente para los periodos 1892-1896, 1896-1900 y 1900-1904, 1904-1910 y 1910-1916, ya que en 1903 se ampliaría el periodo de gobierno de 4 a 6 años. Desde luego, la revolución lo obligaría a renunciar en 1911.

Díaz mantuvo las elecciones para dar una fachada legal y democrática a su dictadura. Las elecciones eran indirectas, es decir, los electores (ciudadanos mexicanos mayores de 21 años o de 18 si eran casados) votaban por un representante, que junto con los demás representantes elegidos, designaban a quienes debían ocupar los cargos públicos. Lo anterior, dejaba la puerta abierta al fraude electoral; además, como el electorado era mayoritariamente ignorante y pobre, la oligarquía manipulaba fácilmente el voto, por lo que los comicios eran más que nada un ritual democrático.

Señala Alicia Salmerón (La campaña presidencial de 1892): “Aun cuando Porfirio Díaz apareciera cada cuatro años como candidato incontestable, las campañas electorales seguían siendo escenarios de lucha entre los propios intereses comprometidos con el régimen: despertaban debates y movilizaban a la clase política, se constituían en espacios de negociación y de reacomodo de fuerzas. El pacto celebrado en apoyo a la reelección no implicaba la inactividad de los grupos a favor de sus propias posiciones de poder. Más aun, como los comicios presidenciales se realizaban a la par de aquellos para renovar integrantes de los otros poderes federales, los grupos a todos los niveles de la política se ponían en movimiento para mostrar su adhesión a la reelección presidencial, pero también para asegurar sus lugares en las listas oficiales de candidatos a diputados, senadores y magistrados. Así, aun bajo un esquema no-competitivo, las elecciones federales representaban coyunturas marcadas por pugnas y negociaciones, trances de importante tensión política”.

En sus reelecciones sucesivas, el presidente Díaz siempre era el candidato del Partido Reeleeccionista y del Círculo de Amigos de Porfirio Díaz, así como de otros clubes que simulaban campañas electorales de muy corta duración y desaparecían. Presentaban la reelección como un sacrificio para la democracia, pero indispensable para la estabilidad política y la continuación del progreso nacional.

A medida que se prolongó su mandato, el gobierno de Díaz aumentó su autoritarismo y centralización en aras de la estabilidad política. Sin embargo, al morir algunos de sus hombres de mayor confianza tuvo que permitir el ingreso de nuevas figuras, lo que tendría consecuencias políticas importantes: Joaquín Baranda que fue ministro de Justicia a partir de 1882 y que representaba la tradición liberal, civilista y democrática; José Yves Limantour, secretario de Hacienda desde 1893, profesional acaudalado y miembro del grupo de los científicos, que desde el positivismo divulgaba la inevitabilidad histórica del porfiriato y pugnaba por fomentar la economía y reformar la sociedad “científicamente” por medio de un gobierno fuerte, pero que en realidad era un grupo de racistas afrancesados que representaban a los grandes negocios extranjeros; y el general Bernardo Reyes, ministro de Guerra y Marina en 1902, popular entre el ejército y sectores de empresarios norteños opuestos a los científicos, así como entre gente de clase media e inclusive de trabajadores por su obrerismo demostrado como gobernador de Nuevo León.

Díaz sacó provecho político de estos grupos, los mantuvo en pugna, jugó con sus aspiraciones presidenciales, especialmente en vísperas de su cuarta reelección, cuando apoyó a Limantour como su sucesor y para que negociara con Reyes la aceptación de su candidatura (pacto de Monterrey), y al hacerlo exitosamente, lo mandó de viaje a Europa, para descartarlo a su regreso por ser hijo de extranjero y quedar él otra vez como "El Caudillo Necesario”…y reelegirse de nuevo.

Finalmente, sacó de la política a Baranda y también a Reyes; optó por los “científicos”, pero sólo les concedió la vicepresidencia en la persona de Ramón Corral, a quien propuso Limantour en 1904. La creación de la vicepresidencia tuvo como fin preservar la estabilidad del régimen en caso de fallecimiento del dictador, dada su avanzada edad. En esa medida se volvió tan importante ese cargo, que el propio Madero consideró la opción de ser vicepresidente bajo el poder del dictador como un avance hacia la democratización del país, pero Díaz reelegiría también a Corral en 1910, con lo cual clausuraría la vía electoral para el cambio.

Pero al decidirse por los “científicos”, Díaz fracturó a la élite política que activa o pasivamente lo apoyaba. Todos los demás grupos quedaron excluidos y por lo tanto, buscaron otros medios para luchar por el poder, desde clubes y partidos políticos hasta la revolución armada. Díaz se vio obligado a recurrir cada vez más a la imposición, al autoritarismo y a la represión, abonando las semillas del descontento general hasta que su fuerza política y militar ya no fue capaz de mantenerlo en el poder ante la rebelión generalizada.

Además, el régimen porfirista envejecería al parejo de sus miembros más destacados. Con el tiempo, esta paralización de la vida política formaría una gerontocracia; por ejemplo, en 1908, Porfirio Díaz, tenía 78 años; los secretarios de Relaciones y Justicia, 82; el general Manuel González Cosío, secretario de Guerra, 77. En los gobernadores se observaba la misma tendencia: el de Tlaxcala, Próspero Cahuantzi, 78; el de Tabasco, Abraham Bandala, 76; los de Michoacán y Puebla, Aristeo Mercado y Mucio Martínez, 75 y 73 respectivamente; el de Guanajuato, Joaquín Obregón González, 68; y el de Aguascalientes, Alejandro Vázquez del mercado,70; el presidente de la Suprema Corte de Justicia, Félix Romero, 83. Además, algunos gobernadores se mantuvieron en el poder por periodos de 20 años o más.

 

Progreso material para pocos

Durante el largo periodo que comprendió su gobierno, Díaz emprendió muchas acciones que transformaron la realidad política, económica, social y cultural del país, entre las que destacan las siguientes:

 

La tierra

Las leyes de Colonización de 1883, de Aprovechamiento de Aguas de 1888 y de Enajenación y Ocupación de Terrenos Baldíos de 1894 favorecieron el capitalismo agrario, la concentración de la propiedad raíz y el despojo de tierras a las comunidades campesinas e indígenas. En especial la ley de colonización de 1875, pretendió atraer la inmigración europea mediante la cesión gratuita de tierras incultas. Surgieron así compañías que se encargaron de deslindar los baldíos y de traer inmigrantes a cambio de una tercera parte de la tierra deslindada. Después se omitió la obligación de traer colonos extranjeros. Se fortaleció de este modo, la concentración latifundista entre unos cuantos dueños de estas compañías deslindadoras: Romero Rubio (suegro de Díaz), Limantour, Terrazas, Green, Peniche, Creel, Treviño, Cravioto, Coutolenne, Redo y Cajiga, figuraron entre los privilegiados que se apoderaron casi del 14% del territorio nacional. Ocho personas llegaron a poseer más de 22 millones de hectáreas.

La resistencia de las comunidades a las acciones de las empresas deslindadoras y a la expansión territorial de las haciendas exportadoras tuvo su expresión más violenta en las guerras contra los indígenas yaquis y mayas. Una cuarta parte del ejército federal se llegó a destinar para detener las continuas rebeliones. Los indígenas capturados eran vendidos como esclavos a los hacendados nacionales y cubanos. John Kenneth Turner (México Bárbaro) atestiguó la crueldad de este genocidio.

Así, durante el porfiriato, la hacienda moderna se convirtió en el eje rector del capitalismo agrario, con su peonada acasillada y sus tiendas de raya para disponer de mano de obra segura, y conforme a la expansión de la demanda exterior de azúcar, henequén, cacao, café, algodón, chicle, hule y otros productos de exportación. Se mantuvo así un continuo crecimiento a costa de los pueblos, comunidades y ranchos, a los que se despojaba de sus tierras liberando su mano de obra barata. Otras formas económicas y sociales diferentes al capitalismo monopolista, como la pequeña propiedad o las comunidades rurales e indígenas, desaparecieron o fueron sistemáticamente subordinadas a las necesidades del sujeto a los intereses extranjeros.

Las haciendas que conservaron su producción tradicional para el mercado interno, con frecuencia especulaban con el precio de alimentos como el maíz para aumentar sus ganancias, sin incorporar nuevas tecnologías ni incrementar el salario de sus trabajadores. El volumen de la producción se mantuvo estancado a pesar del aumento de la población, no así el precio de los alimentos.

La agricultura de exportación creció de 20 millones de pesos en 1887/88 a 50 millones en 1903/4. Las plantaciones modernas se ubicaban en Yucatán, Morelos, Valle Nacional, Chiapas, Veracruz, Coahuila, Sonora, Chihuahua y Sinaloa. La explotación de trabajo llegó al grado de que las haciendas se vendían y compraban con las familias campesinas incluidas, a un precio por peón que variaba conforme a las condiciones del mercado. El hacendado disponía de ejércitos particulares para hacer prevalecer su orden y su justicia.

Además, dada la política de inmigración, buena parte de extranjeros se constituyeron en capitalistas dominantes en ciertas actividades económicas. Españoles, franceses, estadounidenses controlaban la minería, la banca, el comercio y la agricultura. Sin embargo, no llegaron los grandes flujos de inmigrantes europeos; los bajos salarios que se pagaban en el país fueron muy escaso atractivo para la inmigración extranjera masiva.

Los ferrocarriles

Inspirado en el modelo norteamericano, que a partir del crecimiento de los ferrocarriles generó una industrialización acelerada, el gobierno de Díaz, para estimular a las empresas ferrocarrileras, se comprometió a pagar entre seis y ocho dólares por kilómetro de vía en terreno plano y veinte en montañoso, así como a ceder sesenta metros de terreno a cada lado de la vía; asimismo, a proporcionar gratuitamente los materiales de construcción, a dar el usufructo de los terrenos para las instalaciones necesarias y a exentar de impuestos durante veinte años; además de todos los estímulos establecidos en la ley de industrias nuevas. Las poblaciones próximas al paso de la vía estaban obligadas a trabajar en ella gratuitamente o a salarios muy reducidos. La construcción de ferrocarriles y de sus instalaciones dio trabajo a miles de asalariados, comunicación para millones de personas que antes estaban aislados e integró a los mercados, por lo que también las compañías extranjeras se beneficiaron de un transporte masivo y más barato.

El sistema ferroviario se diseñó para la extracción de materias primas hacia los puertos para el comercio con Europa y hacia los Estados Unidos, las grandes rutas troncales fueron prolongación de las vías ferroviarias norteamericanas, para la exportación de productos mineros, agrícolas y ganado. En apoyo de la exportación se instalaron puertos en Salina Cruz, Tampico, Guaymas, Veracruz y Mazatlán; cuando el tráfico marítimo se intensificó, se acondicionaron varios puertos, como los de Veracruz, Manzanillo, Salina Cruz y especialmente el de Tampico. El resto del país permaneció incomunicado.

Para tratar de ordenar el desarrollo ferrocarrilero, el gobierno de Díaz creó la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas; asimismo, expidió  la primera Ley General de Ferrocarriles en 1898. Con semejante propósito, en 1908 se fundó Ferrocarriles Nacionales de México con la unión de seis de las compañías ferroviarias más grandes de las cuales el estado adquirió el 55% de las acciones. El gobierno de Díaz poseyó las vías férreas pero el material siguió siendo de los extranjeros.

Como su objetivo básico fue apoyar la exportación, la red ferroviaria pasó de 640 kilómetros en 1876 a más de 20,000 al final del porfiriato. En contraste, la construcción de caminos no rebasó los mil kilómetros y su objetivo principal fue alimentar las estaciones de trenes; sólo algunos de ellos fueron construidos para comunicar zonas que carecían de medios de transporte.

Señala Aurora Gómez Galvarriato (Modernización económica y cambio institucional: del porfiriato a la segunda guerra mundial): "Las redes ferroviarias no sólo sirvieron para unir a la economía nacional a los mercados extranjeros, sino también articularon el mercado nacional, ya que buena parte de los productos que transportaban estaban destinados a la producción y al consumo internos. El desarrollo de los ferrocarriles, aunado al reciente desarrollo de rutas costeras de embarcaciones a vapor y la abolición de las alcabalas, dio lugar a la construcción, por primera vez, de un mercado nacional".

También, paralelamente a las vías, comenzó el tendido de líneas telegráficas y telefónicas por todo el país; la primera línea de teléfono que existió en la República Mexicana fue la que se instaló entre el Castillo de Chapultepec y Palacio Nacional el 16 de febrero de 1878. Asimismo, durante el gobierno de Díaz, México quedó comunicado con Europa por cable submarino trasatlántico Galveston-Veracruz.

 

La industria

El gobierno de Díaz impulsó la política de industrialización mediante la inversión extranjera directa. Había que “enganchar a México a la locomotora del progreso” y si el país era proveedor de materias primas y dependía del mercado internacional, tenía que subordinarse al capital extranjero, al que se privilegiaba por encima de cualquier otra consideración. La ley del 3 de junio de 1893 protegió a las nuevas industrias, a las que se les eximió de impuestos durante diez años, se les concedió permisos de importación de maquinaria sin derechos aduanales y se les garantizó sus contratos con deuda pública. Asimismo, se protegieron algunos sectores industriales mediante el establecimiento de gravámenes a los productos extranjeros que competían con los mexicanos.

Además, el desarrollo industrial se vio favorecido por la construcción de los ferrocarriles, la creación de un mercado interno más amplio e integrado, el aumento de la población y la inversión extranjera. Grandes compañías extranjeras dotadas de maquinaria y técnicas de producción y administración modernas dieron impulso a la industria ligera. Fundidora de Fierro y Acero de Monterrey fue la única industria pesada que creció porque abastecía a los ferrocarriles.

Así se inició una nueva etapa en la industria de hilados y tejidos, a la vez que surgieron empresas cerveceras, de calzado, peleteras, de bebidas, papel, vitivinícola, y alimenticia; lo mismo que cementeras, siderúrgicas, vidrieras y similares en ciudades como México, Puebla, Orizaba, Monterrey y Guadalajara, casi todas de capital francés (53%), alemán, inglés y norteamericano.

En 1884, se promulgaron leyes mineras en las que se entregaban en propiedad privada irrestricta los productos mineros a quienes los explotaban, por lo que la minería pasó a manos de monopolios extranjeros. La cuarta parte del capital extranjero se concentró en la explotación de cobre, oro, plata, plomo, hierro, antimonio, zinc y mercurio. La extracción y beneficio de minerales se modernizó con nueva maquinaria cuando paulatinamente pasó de manos españolas a inglesas y norteamericanas; la minería se ubicó en Sonora, Chihuahua, Coahuila y Sinaloa. México se convirtió en el primer productor de plata en el mundo y el segundo de oro.

En 1885 la Waters Pierce Oil Company, agente exclusivo de la Standard Oil, comenzó la extracción de petróleo en Tamaulipas y Veracruz, monopolio que duró hasta 1900, cuando comenzó a operar la Mexican Petroleum Company, a las cuales se agregó en 1906, con el apoyo del general Díaz, la Mexican Eagle Oil, en cuyo directorio figuraron porfiristas relevantes como Guillermo de Landa y Escandón, Porfirio Díaz Ortega -hijo del dictador y su primera esposa-, Enrique Creel y Pablo Macedo, así como un hermano del presidente Taft y el procurador general norteamericano George W. Wickersham. En su momento, todas estas compañías petroleras disfrutaron de grandes concesiones y exenciones, otorgadas, según el gobierno mexicano, para mantener el equilibrio del mercado, dejar a salvo el interés del consumidor y diversificar el capital extranjero invertido en México.

Además, mediante la inversión extranjera, se introdujo la energía eléctrica y se construyó la presa de Necaxa, en su tiempo la más grande del mundo.

Es notable que a partir de la década de 1890, Díaz, quizás consciente del creciente imperialismo norteamericano y de sus conflictos con algunos países latinoamericanos, exigió la inserción de la cláusula Calvo (que reconoce que el inversionista extranjero debe conformarse con los recursos legales que el Estado que lo recibe pone a su alcance) en todo contrato-concesión, o en contratos públicos con extranjeros.

Así se produjo la primera revolución industrial del país; para 1910, México era la nación más industrializada de América Latina.

 

Comercio y banca

En 1899 en el primer Congreso Panamericano celebrado en Washington, el secretario de Estado norteamericano propuso el libre comercio, que haría innecesarias las reglamentaciones y controles fronterizos; también se propuso la construcción de vías de comunicación modernas para comerciar de manera rápida y sencilla. Así, durante el porfiriato se expidió un nuevo código de comercio y se intensificó el comercio interno y externo, principalmente por la abolición de impuestos y el mejoramiento de las vías de comunicación. En la década 1892-1902, mediante la inversión española, inglesa y alemana que prácticamente monopolizaba el comercio, éste creció de 155 millones de pesos a más de 400 millones de pesos; el comercio exterior aumentó aproximadamente en un 300%.

A partir de 1880, Díaz otorgó concesiones al capital extranjero para el establecimiento de instituciones bancarias. Así surgieron el Banco Nacional Mexicano y el Banco Mercantil, Agrícola e Hipotecario que al fusionarse constituyeron el Banco Nacional de México; también se crearon el Banco de Londres y México y el Banco Hipotecario. La banca favoreció principalmente a las grandes empresas, especialmente a partir del cambio al patrón oro en 1905 y de la crisis de 1907.

 

Finanzas públicas

Con Matías Romero como secretario de Hacienda y después con Limantour, se realizó una reforma hacendaria para elevar la recaudación, disminuir la dependencia de los impuestos aduanales, equilibrar las finanzas y solucionar la deuda externa. Así se introdujo el impuesto del timbre para grabar tabacos, alcoholes y textiles principalmente. En 1886 se logró un acuerdo sobre la deuda externa y México volvió a ser sujeto de crédito en el mercado de capitales internacionales. Se abolieron los derechos de exportación sobre la plata acuñada y se liberó la exportación de metales no acuñados, se eliminaron trabas al tráfico marítimo y al funcionamiento de los puertos.

La hacienda pública, normalmente en quiebra, se tornó superavitaria a partir de 1894. Se racionalizaron gastos e ingresos, se eliminaron las alcabalas y se crearon nuevos impuestos que no afectaban la actividad económica. Se reestructuró a largo plazo la deuda externa, pero se recurrió a empréstitos extranjeros mediante el reconocimiento de la deuda anterior y la garantía de estabilidad interna para seguridad de los capitales. Así se obtuvieron créditos en 1887, 1888, 1890, 1893, 1899, 1904 y 1910, de modo que la deuda externa inicial de 52 millones llegó a 600 millones a la caída de la dictadura. Sin embargo, el país tenía una capacidad de pago muy superior a esa cifra.

A pesar de la reforma hacendaria, los ingresos provenientes de impuestos al comercio exterior siguieron siendo elevados, la recaudación de impuestos sobre la propiedad raíz muy reducida y la relación de los ingresos gubernamentales respecto al ingreso nacional fue sólo del 3.1%, mientras en Argentina y España rebasaba el 8%.

 

Educación

Entre las acciones más relevantes se cuentan: el establecimiento de la Escuela Normal para Profesores en 1886; las reformas legislativas para permitir el acceso a la mujer a las carreras profesionales; la celebración del primer Congreso Nacional de Educación para unificar los métodos de enseñanza en 1889; la obligatoriedad de la enseñanza gratuita y laica de los 6 a los 12 años en 1891; la creación de la Secretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes en 1905, bajo la dirección de Justo Sierra; y el restablecimiento de la Universidad Nacional, clausurada por Maximiliano en 1865, el 22 de Septiembre de 1910 dentro de los festejos del centenario de la Independencia. En la realidad, las élites se formaban en las escuelas de jesuitas, los planteles públicos fueron para las reducidas clases medias urbanas, de modo que más del 74% de los niños en edad escolar no asistían a las aulas y el analfabetismo alcanzó al 80% de la población.

Relaciones con Estados Unidos

En el ámbito internacional, el prestigio de Díaz fue notable por la pacificación y modernización del país. Como “héroe de la paz” fue condecorado hasta por sus antiguos enemigos franceses. Se esforzó por demostrar cierta independencia de los Estados Unidos, como cuando reinterpretó la Doctrina Monroe en relación a la influencia de los norteamericanos en Centroamérica: “una doctrina que condena como atentatoria cualquiera invasión de Europa en contra de las Repúblicas de América; pero no entendemos que sea suficiente para el objetivo que aspiramos el que sólo a los Estados Unidos, no obstante lo inmenso de sus recursos, incumba la obligación de auxiliar a las demás naciones de este hemisferio en contra de los ataques de Europa, sino que cada una de ellas…deberían proclamar que todo ataque de cualquiera potencia extraña dirigido a menoscabar el territorio o la independencia, o cambiar instituciones de una de las repúblicas americanas, sería considerado por la nación declarante como ofensa propia, si la que sufre el ataque o la amenaza de ese género reclama el auxilio oportunamente. De esa manera, la doctrina hoy llamada Monroe, vendrá a ser doctrina americana en el sentido más amplio; y si bien engendrada en los Estados Unidos, pertenecería al derecho internacional en toda América”.

En igual sentido se pronunció durante el conflicto de límites con Guatemala, cuando rechazó el arbitraje de los Estados Unidos, que apoyaba al dictador guatemalteco Rufino Barrios. Asimismo, movilizó tropas a la frontera sur en 1885, cuando Barrios decretó unilateralmente el establecimiento de los “Estados Unidos de Centroamérica” amenazando con integrar por la fuerza a El Salvador, Nicaragua y Costa Rica. De igual modo se comportó cuando mandó el cañonero mexicano Guerrero al rescate del presidente José Santos Celaya, cuando fue derrocado por un movimiento golpista auspiciado por los norteamericanos y a quien se pretendía aprehender para llevarlo a juicio en Estados Unidos por la muerte en la revuelta de dos ciudadanos estadounidenses que militaban en las fuerzas mercenarias.

Actitud similar adoptó Díaz cuando protestó por la iniciativa que el gobierno estatal de California envió a su Congreso federal para que se presionara al gobierno mexicano a fin de que vendiera la península de Baja California para integrarse a la unión americana. Misma posición se mantuvo en la disputa por el Chamizal, cuando sí se aceptó el arbitraje del Rey de Italia y cuyo fallo favorable a México no fue reconocido por los norteamericanos.

Hubo roces también con los Estados Unidos por la construcción del ferrocarril Salina Cruz-Puerto México (hoy Coatzacoalcos) que podía afectar al canal de Panamá, y por la negativa a prorrogar el arrendamiento de Bahía de la Magdalena, en donde se encontraba una base naval norteamericana. Lo mismo sucedió cuando frente a la Enmienda Platt que autorizaba la intervención de Estados Unidos en los asuntos latinoamericanos, México se adhirió al Tratado de la Haya, relativo al arbitraje internacional, como una manera de prevenir esta intervención.

Finalmente, cuando en 1903, Estados Unidos provocó la separación de Panamá de Colombia para construir el canal interoceánico, Díaz demoró el reconocimiento del nuevo país, hasta el 1° de marzo de 1904.

Los ideólogos de la dictadura, como Sierra o Macedo, pensaban que no había más opciones que asumir una guerra desigual contra el capital extranjero, o permitir su llegada con la posibilidad de restringir o limitar su capacidad expansiva mediante la acción de “un gobierno unido y con la más absoluta libertad para tratar en nombre de la nación”; por eso, si bien eran partidarios de las inversiones extranjeras, también estaban a favor de crear un contrapeso europeo a la inversión norteamericana. El contratista y político inglés Weetman Pearson, constructor de grandes obras públicas y después fundador de la Mexican Eagle Petroleum Company, sirvió a Díaz para intentar este contrapeso.

En los últimos años del porfiriato, la creciente influencia norteamericana en el país a través de sus inversiones, determinó que Díaz pretendiera atraer a los inversionistas europeos, e incluso, establecer lazos con Japón para neutralizar esta influencia. Para algunos, este último intento, junto con los anteriores desencuentros, influyó en que el gobierno norteamericano considerara su relevo en el poder, así como una manera de asegurar que su sucesor siguiera favoreciendo sus intereses. Casi al término de su dictadura, Díaz fue el primer presidente mexicano que recibió la visita de un primer mandatario estadounidense: el 16 de octubre de 1909, sostuvo una entrevista oficial con William Taft en el Paso, Texas y horas después Taft le devolvió la visita en Ciudad Juárez, Chihuahua. Dentro de la agenda se trató el problema de los opositores mexicanos exiliados en Estados Unidos y del contrabando, pero también quedó claro que por los conflictos sociales y la ancianidad del dictador, el gobierno norteamericano podría tener la necesidad de intervenir en México para salvaguardar las inversiones de sus nacionales.

Costo social del auge económico

El auge económico que provocaba el crecimiento a una tasa promedio de 6%, sólo sirvió para enriquecer a los inversionistas extranjeros y a un sector reducido de la población, ya que en buena medida estaba basado en la explotación de la fuerza de trabajo mediante salarios de hambre por un lado y por otro, en la exportación de productos sujetos a las fluctuaciones del mercado internacional.

En lo que corresponde a los salarios, a pesar de que la productividad se elevó por el empleo de nuevas tecnologías productivas y administrativas,  las condiciones de los trabajadores mexicanos fueron cada vez más miserables, los salarios eran de entre 17 centavos y 2.50 pesos diarios, las jornadas excesivas (12 a 14 horas diarias) sin descanso dominical, servicios médicos ni vacaciones; además, frecuentemente se pagaban en especie en las tiendas de raya de las haciendas y de las fábricas, las cuales también eran un negocio para los patrones. Asimismo, las deudas con las tiendas de raya se heredaban, lo que era una manera de arraigar al trabajador en regiones en donde la mano de obra libre escaseaba o existían oportunidades de mejores salarios en zonas aledañas. Tampoco eran raros los descuentos que con cualquier pretexto se hacían a los trabajadores. Los salarios eran cada vez más bajos frente al costo de los alimentos siempre al alza.

Dado el interés del gobierno porfirista en atraer y conservar las inversiones extranjeras mediante la oferta de mano de obra barata, se dejaba en plena libertad a los patrones de tratar con los trabajadores sin intervenir en los conflictos, salvo para proteger con la fuerza de las armas a las empresas. Quienes solicitaban aumentos salariales o promovían la formación de sindicatos, paros y huelgas eran multados, despedidos, arrestados y hasta condenados a muerte.

Díaz sólo toleró las sociedades mutualistas de trabajadores, a las que subsidió y concedió lugares para sus reuniones a cambio de proporcionar contingentes acarreados para los actos públicos en que estaba presente.

La migración del campo a las ciudades y nuevos centros de producción provocó una sobreoferta de mano de obra masculina, femenina e infantil, que también puso a los trabajadores a merced de los patrones.

Por otra parte, la caída de los precios de los productos de exportación también provocaba disminución de salarios, despido temporal, desempleo y desde luego, depreciación del peso (por ejemplo, en 1870 el peso y el dólar se intercambiaba a la par, en 1890 un peso por 0.87 dólar y en 1894 un peso por 0.51 dólar), y por consiguiente, baja en las condiciones de vida de la mayoría de la población. Las sequías periódicas obraban en el mismo sentido por el encarecimiento de alimentos, como la tortilla que se elaboraba con maíz de importación.

Así, al término de porfiriato, la sociedad mexicana se había dividido profundamente en clases sociales, regiones y etnias, y más del 80% de la población era analfabeta y pobre, de modo que para guardar las apariencias ante los extranjeros, en la capital de la República se repartía ropa en vísperas de las celebraciones oficiales importantes. Sin embargo, el fin de las guerras y rebeliones, así como el mejoramiento de las condiciones de vida del sector conectado a las exportaciones, permitió que la población creciera de nueve millones y medio de habitantes en 1876 a más de quince millones en 1910, de éstos el 77.4% vivía en el campo; la población rural estaba compuesta en un 96.9% por familias sin tierra y en un 1% por las familias propietarias del 85% de las tierras de cultivo.

El crecimiento económico y las vías férreas hicieron que la población se desplazara a algunas ciudades, como Toluca, Puebla, Querétaro, León, Guadalajara, Durango, Zacatecas, San Luís Potosí, Saltillo, Torreón, Monterrey y Chihuahua. Pero fue la ciudad de México la que creció más, y en donde además de concentrar la burocracia federal, las empresas y los bancos, también concentró las escuelas y todo tipo de instituciones públicas y privadas. Fue aquí donde se realizaron las principales obras públicas: el canal de desagüe, el Hospital General, el Teatro Nacional, el Palacio de Correos, el de Bellas Artes y el de Telégrafos, entre las más destacadas. En el resto del país, también se realizaron obras tales como los palacios de gobierno en las capitales de los estados y en los principales municipios, palacios municipales, mercados públicos y algunos teatros como el “Juárez” en Guanajuato y de “La Paz” en San Luís Potosí. Sin embargo, la mayoría de la gente siguió viviendo en comunidades rurales, en localidades de menos de 2 500 habitantes y las ciudades no pasaban de 50 mil pobladores. Los servicios básicos como el agua potable y drenaje sólo alcanzaban a una minoría privilegiada, lo mismo que el servicio de tranvías eléctricos y el alumbrado público.

Albores de la revolución

La paz impuesta por Díaz fue constantemente alterada por grupos e individuos afectados por el despojo, la explotación y la represión. Ante la lacerante desigualdad, aparecieron bandidos “generosos”, como Jesús Arriaga “Chucho el roto” y Heraclio Bernal que pagaron con la vida la osadía de desafiar al sistema; inclusive un desconocido como Arnulfo Arroyo, el 16 de septiembre de 1897, rompiendo la valla de seguridad atacó a mano limpia al presidente en la Alameda central, fue detenido y asesinado por la policía esa misma noche.

Varias rebeliones indígenas y campesinas tuvieron lugar a lo largo del porfiriato, pero las más importantes las realizaron los yaquis y mayas. Los yaquis eran una tribu pacífica que se dedicaban a la pesca, agricultura y ganadería en la región comprendida entre los ríos Yaqui y Mayo, cuando fueron despojados por especuladores de tierras; la resistencia armada fue dirigida por José María Leyva (Cajeme)  en 1874 y se prolongó por varios años porque, refugiados en la sierra, pudieron rechazar a las tropas federales y organizar una comunidad autosuficiente e independiente; así se llegó a un modus vivendi hasta que fueron nuevamente agredidos en 1885 y se reinició la guerra. Ramón Corral, gobernador de Sonora, los derrotó y Cajeme fue fusilado en 1887; los sobrevivientes fueron vendidos en subastas y trasladados a Yucatán y Quintana Roo. El conflicto no terminó, continuaron las deportaciones y Cajeme fue sustituido por Juan Maldonado Tetabiate, quien tras fracasados acuerdos de paz, en 1897 fue también asesinado. Luís Bule continuó la lucha y sólo se rindió hasta 1909.

Suerte similar corrieron los mayas que vivían en Yucatán cuando fueron despojados de sus tierras para hacer plantaciones de henequén y caucho. Tras resistir varios años, el ejército federal los aplastó y sus tierras pasaron a una docena de plantadores encabezados por Olegario Molina, gobernador de Yucatán. Los que no perecieron fueron esclavizados y marcados; los que persistieron en su desobediencia, asesinados.

La paz y el orden también se vieron amenazados por más de doscientos  movimientos de obreros, principalmente de ferrocarrileros, tabacaleros y textileros, que fueron suprimidos por la fuerza. La misma brutalidad se aplicó para reprimir las huelgas obreras, entre las más importantes la de Río Blanco en Veracruz en 1905 y la de Cananea, Sonora en 1906, en esta última se contó con los “rangers” del ejército norteamericano para matar a los huelguistas. 

Tampoco faltaron manifestaciones ciudadanas de resistencia a la dictadura; el 5 de febrero de 1901, los clubes liberales organizaron un congreso en San Luís Potosí en contra de la creciente intervención del clero en la política nacional y fueron reprimidos. Pero la primera respuesta política organizada más importante fue la fundación del Partido Liberal Mexicano en 1905, que publicó su programa al año siguiente. Este grupo, encabezado por Ricardo Flores Magón demandó para los trabajadores derechos sociales que diez años después serían plasmados en la Constitución de 1917. El mismo año de 1906, en Acayúcan, Hilario Salas encabezó un movimiento armado en contra de los abusos de los Romero Rubio, parientes de Díaz. También algunos floresmagonistas se levantaron en armas en Coahuila, Veracruz y Chihuahua, pero fueron derrotados con crueldad por el ejército porfirista; asimismo, intentaron alzarse otra vez en Vacas y Viesca, Coahuila, y Palomas, Chihuahua, en 1908.

Apunta Garcíadiego: “Pero la crisis del sistema porfirista no se redujo al aspecto político. También la economía entró en crisis, que agravó sus debilidades estructurales, como su dependencia del exterior, las disparidades regionales y sectoriales y la concentración de los beneficios en muy pocas personas. Sucedió que entre 1907 y 1908 hubo una crisis internacional que provocó la reducción de las exportaciones mexicanas y el encarecimiento de las importaciones. Para colmo, los préstamos bancarios se restringieron. Por lo tanto, sin mercado ni insumos ni créditos, los industriales disminuyeron su producción y hubo reducciones salariales o recortes de personal. En el mundo rural los hacendados intentaron resolver la falta de préstamos bancarios aumentando las rentas a sus rancheros y arrendatarios y endureciendo el trato que daban a sus peones, medieros y aparceros; asimismo, los hacendados y los rancheros acomodados redujeron el número de jornaleros agrícolas que solían contratar temporalmente. Más aun, el declive de la actividad económica afectó los ingresos del gobierno, a lo que Díaz respondió con dos estrategias: congeló los salarios y las nuevas contrataciones de burócratas y buscó aumentar algunos impuestos, medida que resultó, como era previsible, muy impopular. Para colmo, dado que la crisis económica tenía carácter internacional, regresaron al país muchos braceros que perdieron sus empleos en Estados Unidos, con lo que aumentaron las presiones sociales y políticas que planteaban los desempleados del país.

Obviamente, también se padeció una grave crisis en el ámbito social. En el campo, numerosas comunidades perdieron parte de sus tierras, que fueron adquiridas o usurpadas por algunos caciques y hacendados, quienes buscaban aumentar su producción estimulados por el crecimiento de la demanda de las ciudades, atendible con la posibilidad de enviar lejos sus productos mediante el ferrocarril. De otra parte, como resultado del auge ganadero, en las extensas praderas del norte mexicano muchos hacendados comenzaron a impedir el libre acceso a sus pastizales, vieja tradición que posibilitaba la alianza militar entre hacendados, rancheros, aldeanos y campesinos contra los indios belicosos de la región. EI resultado fue la politización y organización de las comunidades rurales al no encontrar ayuda en las autoridades gubernamentales, claramente aliadas con los hacendados”.

Entrevista con Creelman

En el mismo año de 1908, el 17 de febrero, Díaz concedió una entrevista al periodista norteamericano James Creelman, en la que expresó su determinación de retirarse del poder, así como su agrado y acuerdo con la formación de partidos políticos de oposición que compitieran en las elecciones de 1910: “el pueblo mexicano está ya apto para la democracia”. La entrevista fue traducida al español y publicada en los diarios El Imparcial de México y La Ilustración de Bogotá. Las declaraciones generaron una gran agitación entre los políticos porfirtistas y de oposición, y los más activos comenzaron a organizarse en partidos políticos.

 

La revolución maderista

Pero la consecuencia más importante de la entrevista fue que motivó a Francisco I. Madero a publicar su libro "La sucesión presidencial de 1910. El Partido Nacional Democrático" en el que invitó al pueblo a retomar el ejercicio de sus derechos políticos y dar fin a una dictadura que promovía el enriquecimiento de unos pocos a costa del empobrecimiento de la mayoría; llamó a conformar un régimen democrático y así impedir una revolución armada o el fortalecimiento de la dictadura; propuso formar el Partido Nacional Democrático para contender en las elecciones de 1910, bajo el lema “Libertad de sufragio y no reelección”. En aras de que el cambio fuera pacífico, aceptó que Díaz se reeligiera en la Presidencia a cambio de que la vicepresidencia fuera ocupada por un miembro de la oposición y se realizaran elecciones libres para los demás cargos políticos.

Díaz recibió un ejemplar del libro con una carta de Madero, pero no dio contestación alguna. Pensó que Madero era un iluso y hasta demente, no le concedió importancia y lo dejó seguir su movimiento considerando que su presencia restaba fuerza a la oposición del reyismo. No consideró que el libro salía en un contexto de agitación y descontento porque las elecciones estatales de 1909 en Sinaloa, Coahuila, Morelos y Yucatán habían provocado una movilización social desconocida hasta entonces, de la que surgirían nuevos liderazgos como los de Carranza, Zapata y Pino Suárez. En lo internacional, tarde se daría cuenta de que los Estados Unidos ya no veían con simpatía la situación prevaleciente y deseaban una transición de la oligarquía terrateniente a la burguesía industrial y agraria, antes de que estallara la rebelión social y no descartaban a Madero para encabezar esa transición.

El 22 de mayo de 1909, Madero organizó el Centro Antirreeleccionista encargado de promover clubes políticos para fundar el Partido Antirreeleccionista. A partir de junio de 1909 comenzó una gira por todo el país para promover el antirreeleccionismo. En junio de 1910, fue aprehendido pero logró escapar a los Estados Unidos. El 10 de julio siguiente se realizaron las elecciones y resultó triunfadora nuevamente la fórmula Díaz-Corral, fue la séptima elección del dictador.

Díaz celebró con lujo y derroche el primer centenario del inicio de la guerra de Independencia con la presencia de embajadores y contingentes militares de las naciones más poderosas; y con este motivo inauguró más de 1400 obras permanentes, como la Columna de la Independencia, el palacio de Comunicaciones (hoy MUNAL), el manicomio de La Castañeda y la Escuela Normal para Maestros en la capital, así como en todas las entidades del país, en las cuales construyó por lo menos una obra de interés social para conmemorar el inicio de la gesta. Sus propósitos políticos fueron presentar al mundo la paz y el progreso logrados por México, cerrar viejas heridas causadas por nuestros enemigos históricos, atraer inversión extranjera de países diversos, invertir en obras de bienestar social, fortalecer nuestra identidad nacional y ubicar su figura dentro de los grandes forjadores de México: “Hemos querido celebrar nuestro centenario con obras de paz y progreso…que la humanidad, congregada por intermedio vuestro en nuestro territorio, juzgue de lo que son capaces un pueblo y un gobierno cuando un mismo móvil los impulsa: el amor a la Patria, y una sola aspiración los guía: el progreso nacional. El pueblo mexicano, con vigoroso empuje y con lúcido criterio, ha pasado de la anarquía a la paz, de la miseria a la riqueza, del desprestigio al crédito y de un aislamiento internacional a la más amplia y cordial amistad  con toda la humanidad civilizada. Para obra de un siglo, nadie conceptuará que es poco”.

El 27 de septiembre de 1910, el Congreso declaró reelectos a Porfirio Díaz y Ramón Corral. Madero lanzó el Plan de San Luís el 5 de octubre de 1910 en el que declaró ilegales las elecciones pasadas, desconoció a las autoridades establecidas, convocó a la instauración de un gobierno provisional y llamó al movimiento armado para el 20 de noviembre del mismo año. Dos días antes, fue descubierta la conspiración en Puebla y asesinado Aquiles Serdán; sin embargo, el ejército federal era ya incapaz de hacer frente a la rebelión popular generalizada que estaba en gestación, envejecido en sus mandos, tras años de inactividad y debilitado por el propio Díaz, por su temor a fortalecer a Bernardo Reyes.

La insurrección creció lentamente, a medida que el campesinado encontró en Madero la esperanza de recuperar las tierras despojadas o de obtener una parcela propia. Por su parte, Estados Unidos movilizó sus tropas a la frontera con México en espera de una posible intervención. Ante la amenaza norteamericana, la creciente agitación, el aumento de la violencia y de  la organización popular, la invasión de haciendas y la toma de poblados, en marzo de 1911 Limantour viajó a Nueva York a intentar acuerdos con los familiares de Madero y con el doctor Francisco Vázquez Gómez. Al no lograrlos, Díaz declaró en su informe ante el Congreso que enviaría iniciativas para restablecer constitucionalmente el principio de No Reelección, tanto del presidente como del vicepresidente; que modificaría la Ley Electoral para hacer más efectivo el sufragio y crear por primera vez un sistema de partidos; que fraccionaría las tierras de las grandes haciendas que no fueran cultivadas para venderlas a precios accesibles; que reformaría la Ley Orgánica del Poder Judicial Federal para que fuera autónomo respecto al poder ejecutivo y que propondría una ley de responsabilidades de funcionarios judiciales; además, que enviaría un proyecto de ley de amnistía por delitos de rebelión y sedición. Por su parte, Francisco Bulnes, político porfirista presentó una iniciativa de reformas a los artículos 78 y 109 de la Constitución, prohibiendo la reelección de presidente de la República y de los gobernadores de los estados.

El 10 de mayo de 1911, Ciudad Juárez cayó en manos de los rebeldes. Ante la posibilidad del derrumbe total del régimen y de la intervención norteamericana, Díaz, en una retirada estratégica para preservar el establishment, decidió firmar los Tratados de Ciudad Juárez por sus representantes el 21 de mayo siguiente y mientras una multitud amenazante rodeaba su casa, renunció a la presidencia el 25 del mismo mes, porque para retener el cargo “sería necesario seguir derramando sangre mexicana, abatiendo el crédito de la Nación, derrochando su riqueza, segando sus fuentes y exponiendo su política a conflictos internacionales”.  Al aceptarse su renuncia, en la Cámara de Diputados se improvisó un tímido homenaje al dictador. Desde París también renunció el vicepresidente Ramón Corral. Díaz ganó su última batalla, pues logró salvar intacto el ejército federal, el régimen porfirista y no dio pretexto para la intervención extranjera.

Escoltado por el general Victoriano Huerta, el 26 de mayo de 1911 partió por tren a Veracruz. Ahí permaneció hospedado en la casa del representante de la firma petrolera inglesa Pearson & Son -cuyo propietario, Lord Cowdray, lo veía como un padre por el trato que recibió de Díaz-, y como huésped del gobernador del estado, Teodoro Dehesa, para embarcarse el día 31 siguiente en el buque "Ypiranga" rumbo a La Habana y posteriormente a Europa.

Roberto Mares (Porfirio Díaz) cita lo expresado por el exdictador al diario Le Matin ya instalado en París: “Mi vida política ha concluido: se acaba a mis ochenta y un años…Por causas que expuse al Parlamento Mexicano, tomé la resolución de renunciar a mis funciones. Por causas que no me explico, importantes grupos de ciudadanos se levantaron contra mi administración; y a fin de evitar que mis compatriotas se maten entre sí, y de evitar una intervención extranjera, me dije que si la lucha podría desaparecer gracias a mi partida, partía yo, voluntariamente, para dejar a la nueva administración toda su libertad de acción, a fin de que mi presencia en manera alguna la perturbara. Voluntariamente he abandonado mi país… Sólo un acontecimiento podría decidirme a reanudar una vida activa: que mi país se viera amenazado por el extranjero. En ese caso, pero en ese caso únicamente, actuaría yo como un simple ciudadano y como soldado mexicano. No creo en ese peligro… Deseo que, con prudencia y sabiduría, los gobernantes nuevos logren hacer a un lado todos los sucesos graves, lo mismo dentro que fuera… A este propósito, ruego a usted que desmienta la especie que se me atribuye, de que yo había dicho que los Estados Unidos ministraron fondos para fomentar la revolución en México. Nunca dije cosa semejante. Yo solamente hablo de lo que sé a ciencia cierta y de lo que he visto con mis ojos”.

Vivió en París en la calle Víctor Hugo. Deprimido y abrumado, expresó a Federico Gamboa: "Me siento herido. Una parte del país se alzó en armas para derribarme, y la otra se cruzó de brazos para verme caer". Se dice que sus ingresos provenían de sus acciones de la empresa petrolera El Águila. Realizó viajes con su familia a Egipto y Alemania, donde le rindieron homenajes como expresidente. Durante la decena trágica desmintió que Félix Díaz, “el sobrino de su tío”, contara con su apoyo.

Murió el 2 de julio de 1915, fue sepultado en la iglesia de Saint Honoré l’Eylau y desde 1921 sus restos descansan en el cementerio de Montparnasse, en París. Martín Luís Guzmán (Muertes Históricas) relata sus últimos momentos y su funeral:

"A media mañana del 2 de julio la palabra se le fue acabando y el pensamiento haciéndosele más y más incoherente. Parecía decir algo de la Noria, de Oaxaca. Hablaba de su madre: 'Mi madre me espera'. El nombre de Nicolasa lo repetía una y otra vez. A las dos de la tarde ya no pudo hablar. Era una como parálisis de la lengua y de los músculos de la boca. A señas, con la intención de la mirada, procuraba hacerse entender. Se dirigía casi exclusivamente a Carmelita. '¿Cómo?' '¿Qué decía?' '¡Ah, sí: la Noria!' '¿Oaxaca?' 'Sí, sí: Oaxaca, en Oaxaca; que allá quería ir a morir y a descansar'.

"Se complació oyendo hablar de México: hizo que le dijeran que pronto se arreglarían allá todas las cosas, que todo iría bien. Poco a poco, hundiéndose en sí mismo, se iba quedando inmóvil. Todavía pudo, a señas, dar a entender que se le entumecía el cuerpo, que le dolía la cabeza. Estuvo un rato con los ojos entreabiertos e inexpresivos conforme la vida se le apagaba.

"Perdía el conocimiento a las seis. Por la ventana entraba el sol, cuyos tonos crepusculares doraban afuera las copas de los castaños. Los rayos, oblicuos, encendían los brazos y el asiento de la silla y casi atravesaban la estancia. Era el sol cálido de julio; pero él, vivo aún, tenía ya toda la frialdad de la muerte. Carmelita le acariciaba la cabeza y las manos; se le sentían heladas.

"A las seis y media expiró, mientras a su lado el sol inundaba todo en luz. No había muerto en Oaxaca, pero sí entre los suyos. Rodeaban su cama Carmelita, Porfirito, Lorenzo, Luisa, Sofía, María Luisa, Pepe, Fernando González y los nietos mayores.

"Se llenó la casa con funcionarios de la República Francesa y con delegados de la ciudad de París. Vino el jefe del cuarto militar del Presidente Poincaré; se presentó el general Noix, que había recibido a don Porfirio a su llegada a Francia y le había puesto en las manos la espada de Napoleón; desfilaron comisiones de los ex combatientes. Acababa de morir algo más que una persona ilustre: el pueblo de Francia rendía homenaje al hombre que por treinta años había gobernado a otro pueblo; el ejército francés traía un saludo para el soldado que medio siglo antes había sabido combatirlo. Pero eso era el valor oficial: el duelo íntimo quedaba reservado para el país remoto y presente. Porque lo más de la colonia mexicana de París acudió en el acto trayendo su reverencia, y otros hijos de México, al conocer la noticia, llegaron desde Londres, desde España, desde Italia.

"Quiso Carmelita que se le hicieran honras fúnebres. El servicio religioso, a la vez solemne y modesto, se celebró en Saint Honoré l'Eylau, y allí quedó depositado el cadáver en espera de su tumba definitiva. Año y medio después se sacaron los despojos para llevarlos al cementerio de Montparnasse. El sepulcro es una capilla pequeña, en cuyo interior, sobre una losa a modo de ara, se ve una urna de cristal que contiene un puño de tierra de Oaxaca. Por fuera, en lo alto, hay inscrita un águila mexicana, y debajo del águila un nombre compuesto de dos palabras.”

Respecto a la importancia de Porfirio Díaz en la historia de México, para Paul Garner (Gobernantes Mexicanos) se ha sobrevaluado su contribución individual, por lo que conviene aclarar que “a pesar de que Díaz personalmente, sus subordinados y los historiadores porfiristas afirmen que la estabilidad política y el progreso del país dependió en exclusiva del presidente, no fue así. La supervivencia del régimen pudo darse, en gran medida, gracias al servicio leal de un buen número de capaces colaboradores. De la misma manera se puede afirmar que el progreso material experimentado en ese periodo no se debe sólo a la visión de Díaz o a los esfuerzos de su equipo más cercano sino también al efecto del desarrollo del comercio y las finanzas mundiales en el último tercio del siglo XIX y a la intención de incorporar los recursos económicos y las materias primas  de México a la creciente economía internacional.”

Doralicia Carmona. Memoria Política  de México.

Efemérides. Nacimiento: 15 de septiembre de 1830. Muerte: 2 de julio de 1915.