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Edicion 2017

 

Autora: Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

 

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Luís Cabrera

1876-1954

En el seno de una familia humilde, hijo del panadero Cesáreo Cabrera y de Gertrudis Lobato, Luis Vicente Cabrera Lobato nació en Zacatlán de las Manzanas, Puebla, el 17 de julio de 1876. De niño asistió a una modesta escuela rural en la que enseñaba el profesor José Dolores Pérez, lo que lo puso en contacto directo con los campesinos y el idioma náhuatl. Su tío Daniel también influyó en su educación durante sus primeros años. En sus ratos libres ayuda a su padre en el reparto del pan. Posteriormente fue alumno de la Escuela Nacional Preparatoria de la ciudad de México. Interrumpió sus estudios para trabajar como maestro en Tecomaluca, Tlaxcala. En 1886 ingresó a la Escuela Nacional de Jurisprudencia, en la que obtuvo el título de abogado en mayo de 1901, con la tesis “Los seguros sobre la vida en México”. De inmediato ejerció su profesión, trabajando en los bufetes de Rodolfo Reyes, William A. McLaren y de Rafael Hernández sucesivamente, hasta que estableció su propio despacho jurídico.

Además de su profesión, también se inició en el periodismo a los 16 años, con artículos sobre diversos temas: desde crónicas taurinas y de teatro, de economía, política y sociología, hasta traducciones, ensayos y poesías.  También llegó a participar en El Hijo del Ahuizote, de su tío Daniel. También colaboró en otras publicaciones como El Noticioso, El Partido Democrático, El Diario del Hogar, El Dictamen, La Patria y El Colmillo Blanco. A fines del porfiriato, bajo el seudónimo de Blas Urrea lanzó devastadoras críticas a Limantour, a los Científicos y en general a la dictadura del general Díaz. Entre 1908 y 1909 se enroló en el reyismo, pero cuando el general se retiró de la lucha por la presidencia de la República, se integró al Partido Antirreeleccionista. Además, en 1911 comenzó a impartir clases de Derecho Civil en la Facultad de Leyes.

No participó en la lucha armada contra Díaz, pero Cabrera apoyó el movimiento con su pluma tratando de sacudir conciencias e ideologías para hacerlas participar en la búsqueda de respuestas a las grandes cuestiones nacionales. Entre los numerosos artículos que escribió en esa época, está “Cargos Concretos” en el que reveló con datos la corrupción imperante en los negocios de los personajes cercanos a Limantour y al dictador, así como el anquilosamiento del régimen; y "La solución del conflicto", en el que analiza las causas de la insurrección y propone algunas soluciones, así como bases de entendimiento entre las partes beligerantes: “El problema político era de imposible solución. La adoptada por el general Díaz consistía en tener una Constitución y un sistema legal meramente teóricos...El sistema legal meramente teórico, como la Constitución, solamente era aplicable por completo para los extranjeros y los criollos en la parte declarativa de los derechos; para indios y mestizos, en la parte represiva...El resultado tenía que ser una dictadura absoluta en la cual la aplicación de la ley variaba según la clase de personas, con todas las consecuencias naturales de semejante sistema y cuyos resultados inevitables tenían que ser el privilegio para los de arriba y la servidumbre para los de abajo, la falta de garantías para las capas inferiores, y la falta absoluta de justicia para esas mismas capas en los conflictos con las capas superiores…Nuestra Constitución representa, teóricamente, un sistema individual y es aplicada conforme al criterio personal del dictador o de sus representantes de los Estados y, resultaba siempre en favor del individuo de la clase alta sobre el individuo y aún sobre los grupos de la clase baja”.

El 27 de abril de 1911, publicó una "Carta abierta a Francisco I. Madero", en la que lo exhorta a emprender reformas profundas y no sólo conformarse con la renuncia del dictador: "Las necesidades políticas y democráticas no son en el fondo más que manifestaciones de las necesidades económicas ...El cirujano tiene ante todo el deber de no cerrar la herida antes de haber limpiado la gangrena. La operación, necesaria o no, ha comenzado; usted abrió la herida y usted está obligado a cerrarla; pero, ay de usted, si acobardado ante la vista de la sangre o conmovido por los gemidos de dolor de nuestra Patria cerrara precipitadamente la herida sin haberla desinfectado y sin haber arrancado el mal que se propuso usted extirpar; el sacrificio habría sido inútil y la historia maldecirá el nombre de usted...Todos hemos sentido las consecuencias de la Revolución; pero nos hemos resignado a sufrirlas con la esperanza de que trajera consigo algunos bienes en medio de tantos males".

Para debatir la propuesta evolucionista del porfirista  Jorge Vera Estañol de que las reformas necesarias debían realizarse paulatinamente, Cabrera escribió el artículo  "La Revolución es la Revolución", en el que sostenía que toda revolución tiene  dos fases: la destructiva y la de reconstrucción. “Las revoluciones son revoluciones... implican necesariamente el desconocimiento general y absoluto de todas las autoridades, de todos los principios de autoridad y de todas las leyes políticas de un país; son la negación de las formas constitucionales y no están sujetas a más reglas que las que impone la necesidad militar o el plan revolucionario.”

El 22 de mayo de 1911, Madero le ofreció la subsecretaría de Instrucción Pública, pero Cabrera no aceptó. Sin embargo, consciente del error de Madero de permitir el interinato de Francisco León de la Barra, que sólo serviría para restaurar el régimen porfirista, continuó su labor periodística, manteniendo la voz de alerta para que no se echara marcha atrás a la revolución iniciada. En ese mismo año, sin conocerlo personalmente, sugirió que Venustiano Carranza ocupara la vicepresidencia.

El 30 de junio de 1912 fue electo diputado por el Distrito Federal, por lo que formó parte del Bloque Renovador de la XXVI Legislatura, que enfrentó al poderoso y reaccionario “Cuadrilátero” integrado por Querido Moheno, Olaguibel, Lozano y Nemesio García Naranjo.

El 20 de noviembre de 1912, en su discurso frente a Madero, recordó que si bien la lucha había sido por el  "Sufragio efectivo; no reelección", debía de continuar con los propósitos de justicia social y esta acción correspondía a los diputados: “La obra que la Revolución dejó a cargo del gobierno actual, se compondrá como he dicho, de una renovación de sistemas, y de una transformación de condiciones sociales. Lo primero sólo pueden hacerlo los poderes Ejecutivo y Judicial. lo segundo sólo puede lograrse por medio de la reforma de aquellas leyes cuya aplicación había producido una condición social inadecuada en el momento actual. Toca pues, al Poder Legislativo emprender esa parte de la labor y por lo que hace a la Cámara de Diputados, puedo afirmar que se ha dedicado a ella con toda decisión, con toda honradez y con todo patriotismo.”

El 3 de diciembre siguiente, Cabrera presentó a la Cámara de Diputados una iniciativa titulada "La reconstitución de los ejidos de los pueblos como medio de suprimir la esclavitud del jornalero mexicano", en la que sostuvo que la mejor manera de lograr la paz era atendiendo el grave problema económico que sufrían los campesinos: “...el restablecimiento de la paz debe buscarse por medios preventivos y represivos; pero a la vez por medio de transformaciones económicas que pongan a los elementos sociales en conflicto en condiciones de equilibrio más o menos estables. Una de esas medidas económicas trascendentales y benéficas para la paz es la reconstitución de los ejidos.”

Prácticamente al mismo tiempo que se desempeñaba como diputado, Cabrera se hizo cargo de la dirección de la Escuela Nacional de Jurisprudencia de la recién integrada Universidad Nacional, en donde se generó un intenso conflicto que concluyó con la fundación de la Escuela Libre de Derecho.

El 26 de enero de 1913, el Bloque Renovador alertó a Madero de la posibilidad de que se preparara un golpe contrarrevolucionario. Después, Cabrera viajó a Nueva York, envía a su familia a España y se instala en La Habana, Cuba. Ausente del país y de su trágica decena que le costó la vida a Madero y a Pino Suárez, escribió el 5 de marzo de 1913 en El Imparcial, que procurará dentro de las vías constitucionales, “el pronto restablecimiento de las libertades” pero que no actuará antes de “conocer los programas políticos  de los nuevos hombres sobre administración de justicia, autonomía municipal, reclutamiento militar, reformas agrarias y demás ideales renovadores”. Se mantuvo en el exilio hasta diciembre, cuando en Nogales, Sonora, se unió a Venustiano Carranza, de quien llegó a ser su principal consejero.

En 1914, ante la inminente ruptura de Carranza con el villismo, Cabrera, junto con Antonio I. Villarreal  marchó a Morelos con la intención de establecer una alianza con Emiliano Zapata, quien puso como condición que Carranza adoptara su Plan de Ayala, lo cual resultaba inaceptable para el carrancismo.

Participó en la Convención Militar de la ciudad de México con la representación de Carranza y el 2 de octubre de 1914, logró que fuera rechazada la propuesta de renuncia de Carranza como Primer Jefe, mediante un vibrante discurso en defensa del civilismo. Tras la división revolucionaria, permaneció leal a Carranza, de modo que cuando su gobierno se estableció en Veracruz, fue nombrado secretario de Hacienda. En ese cargo convirtió toda la deuda a un solo papel, con calidad de “infalsificable”, con límite de quinientos millones de pesos y garantía en metálico.

Redactó las adiciones al Plan de Guadalupe, que así se convierte en un programa de reorganización del Estado Mexicano. Fue autor de la Ley Agraria del 6 de enero de 1915, que logró atraer al carrancismo el apoyo de grupos importantes de campesinos, salvo en Morelos, en donde la tierra ya había sido repartida por Zapata; pensaba que el ejido debía ser un paso hacia la propiedad privada, no una forma de posesión definitiva. Entre agosto de 1915 y febrero de 1916 viajó a Estados Unidos a tratar de detener el intervencionismo norteamericano mediante la divulgación del carácter del movimiento revolucionario. También formó parte de la comisión mexicana que buscó resolver con Estados Unidos los problemas provocados en 1916 por al asalto de Villa a Columbus y la expedición punitiva que trató de aprehenderlo.

Animó a Carranza para que realizara un programa de reformas sociales y promulgara una nueva constitución. Aprobada la Constitución de 1917, fue diputado en la XXVII Legislatura; más tarde encabezó una comisión de estudios enviada por Carranza a América del Sur. A su regreso fue nuevamente nombrado secretario de Hacienda, tarea que desempeñó del 9 de abril de 1919 hasta la muerte de Carranza, en mayo de 1920. De hecho, Cabrera acompañó a Carranza en su huída de la capital y presenció el crimen que puso fin a la vida de don Venustiano.

Tras esos sucesos, quedó en libertad bajo palabra de no volverse a inmiscuir más en política. Para Cabrera, la rebelión de Agua Prieta había interrumpido el proceso de reconstrucción, la segunda fase de toda revolución; así es que en esos años, sus escritos estuvieron dedicados a elogiar la obra de Carranza y a criticar las acciones de Obregón y de Calles.

Entre 1929 y 1930 permaneció en Europa, donde pudo visitar Rusia cuando Stalin consolidaba su poder, lo que le predispuso contra el comunismo; esa experiencia lo prejuiciaría contra la política de socialización, nacionalización y expropiación del gobierno cardenista.

En 1931 pronunció una conferencia, “Balance de la Revolución”, en la Biblioteca Nacional, en la que condenó el pacto de Sonora y criticó el camino que había seguido la revolución mexicana. Resumió: “…la resolución de nuestros problemas políticos requiere valor civil, honradez y patriotismo, de que desgraciadamente andamos muy escasos los mexicanos. Los problemas políticos no pueden resolverse en la forma democrática pura mientras subsistan nuestras desigualdades social y económica. Hemos hecho algo en lo económico y en lo social; pero la Revolución no ha hecho nada por resolver los problemas políticos, y lo que había hecho lo deshicimos vergonzosamente. Por último, la Revolución económica y social de México no puede consolidarse sin una reforma política que permita la participación de los mexicanos en el gobierno de su República. Mientras las reformas sociales y económicas de México tengan que sostenerse por medios dictatoriales, no sabremos si podremos mantenerlas y consolidarlas o si son un vano ensayo que más tarde habrá que abandonar…que no puede haber libertad política sin igualdad económica y social; pero que tampoco puede haber bienestar económico y social sin libertades”.

Esto hizo que el presidente Pascual Ortiz Rubio decidiera aprehenderlo en mayo del mismo año y desterrarlo a Guatemala. Sin embargo, Cabrera regresó un mes después, debido a que consideró que el destierro era una acción anticonstitucional. 

En 1933 el Partido Antirreeleccionista le ofreció la candidatura presidencial, a la que declinó censurando el sistema electoral mexicano y advirtiendo que en México no existía un régimen democrático.

En plena campaña electoral del general Lázaro Cárdenas, Cabrera pronunció otra conferencia crítica, titulada “Los Problemas Trascendentales de México”.

En 1936, publicó “La revolución de entonces y la de ahora”, en la cual condenaba el intervencionismo estatal de Cárdenas (la revolución de ahora) frente al liberalismo económico clásico que había sustentado a la revolución de antes.

Fue un severo crítico del gobierno cardenista; en libros y artículos periodísticos atacó muchos de los principales actos del general Cárdenas, como los repartos agrarios en La Laguna y Yucatán, a los que consideró un ensayo comunista.

En 1938, habiendo sido abogado de empresas, se opuso a la expropiación de las petroleras, lo que le valió la condena de los grupos revolucionarios que la habían recibido con gran entusiasmo nacionalista.

Durante el gobierno de Ávila Camacho, en plena Segunda Guerra Mundial, fue Presidente de la Junta de Intervención de los Bienes del Enemigo. Paralelamente atacó también las razones y acciones de la conflagración mundial.

En 1946 el Partido Acción Nacional le ofreció la candidatura presidencial, invitación que Cabrera declinó. En 1950 dejó su despacho de abogado y al poco tiempo se convirtió en consejero del presidente Adolfo Ruiz Cortines.

Entre su obra escrita, a veces con los seudónimos de “Juan Tenorio” y “Blas Urrea”, destacan: La herencia de Carranza, La revolución de entonces y de ahora, Credo político y social, Obras políticas, Veinte años después... de 1910, El balance de la revolución y Un ensayo comunista en México.

Además, casi nunca dejó de ejercer el periodismo de manera crítica, sustentada y documentada, sólo fue ampliando su campo de interés del ámbito nacional al internacional: la bomba atómica, el imperialismo de Truman, la guerra de Corea, entre los muchos temas abordados.

Inspirado por un artículo de Vicente Lombardo Toledano, Cabrera expuso su credo político y social en el diario “El Universal” y concluyó:

“Creo haber conservado mi actitud original como revolucionario, con la evolución natural que en mi ideología han producido los hechos mundiales, la experiencia y la edad; quiero decir, que sigo los mismos ideales de libertad y de redención de los oprimidos, aunque en los medios prácticos de realizar esos ideales haya yo empeorado en el sentido del escepticismo que me produce la pobreza del material humano con que se cuenta en México.

No me ha conquistado la clase conservadora en el sentido de que haya yo pasado a formar parte de ella, o de que se me haya elevado al rango de defensor de sus intereses. No soy capitalista, ni pienso como capitalista. Como abogado no he ofendido los intereses de esa clase contra la Revolución, sino el cumplimiento de las leyes mientras existen derechos reconocidos por la ley. Y aun en ese carácter de patrono siempre me he considerado independiente de las clases capitalistas, como soy independiente respecto del gobierno o de las clases proletarias, para mostrarles sus errores y criticar sus faltas cuando acuden a mi consejo. Tampoco puede decirse que me haya ‘conquistado’ la clase proletaria como defensor contra otra clase, pues como revolucionario desde un principio estuve con las clases desvalidas y reconozco las injusticias del régimen capitalista, aunque en los remedios sociales no estoy de acuerdo con los comunistas.

Por último, como revolucionario de ayer, no pretendo ser digno de llamarme revolucionario de hoy; pero quizás sea yo un revolucionario de mañana, cuando se necesite luchar por los mismos ideales de ayer, desconocidos y vilipendiados hoy.”

Falleció el 12 de abril de 1954 en la ciudad de México. Teórico y crítico de la revolución, Cabrera advirtió desde el principio del proceso revolucionario que la cuestión agraria era el problema fundamental de México. Defendió la pequeña propiedad y la restitución de los terrenos ejidales a los pueblos. Como ha escrito Eugenia Meyer (Luís Cabrera, teórico y crítico de la revolución), “puede ser considerado una de las figuras intelectuales más brillantes y más controvertidas de cuantos destacaron a partir de la lucha revolucionaria, especialmente si se consideran sus esfuerzos por dar coherencia a las reivindicaciones populares.”

Doralicia Carmona: MEMORIA POLÍTICA DE MÉXICO.

Efeméride. Nacimiento 17 de julio de 1876. Muerte 12 de abril de 1954.